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sábado, 30 de noviembre de 2024

LA INFLUENCIA DE «CHICUELO» EN EL TOREO DE «MANOLETE»

Por Antonio Luis Aguilera 

Manuel Jiménez «Chicuelo»
(Foto familia Chicuelo)

Faltaban veinte años para la alternativa de Manuel Rodríguez «Manolete» cuando en el mismo palenque la recibió Manuel Jiménez Morenoel torero sevillano que sería su padrino de ceremonia, quien además de cederle muleta y espada, también le entregaría el testigo de su toreo, como si el histórico maestro presintiera que aquel espigado novillero cordobés, por su inmenso valor y el talento que atesoraba, sería capaz de imponerlo definitivamente en el orbe taurino. Aquella tarde del 28 de septiembre de 1919, en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, «Chicuelo», espada de dinastía, huérfano de padre torero desde la niñez —como lo fue «Manolete»—, fue investido matador de toros con el apretón de manos de Juan Belmonte. El  chaval nacido en la calle Betis tenía diecisiete años cuando «El Pasmo de Triana» le cedió la lidia y muerte del toro Vidriero, del Conde de Santa Coloma. Completaba el cartel Manolo Belmonte

En aquella época maravillosa y apasionante del toreo, cuando la afición estaba dividida en dos bandos irreconciliables, los partidarios de José Gómez Ortega y los de Juan Belmonte García, fantásticos y complementarios toreros que  protagonizaron la «edad de oro del toreo» —la segunda, pues este titulo había denominado el siglo anterior la mantenida por «Lagartijo» y «Frascuelo»—, el joven «Chicuelo», como todos los toreros de su tiempo, incluido Belmonte, sentía verdadera admiración por «Gallito», aquel genio al que veneraba desde niño, y ante el que lidió su primer becerro en la placita familiar de los «Gallo» en la Huerta del Lavadero. Tanto le agradó su toreo a «Joselito» que le regaló una propina, que el chaval pronto gastó en las taquillas de la Maestranza, adquiriendo la entrada para la corrida donde José alternaba con Ricardo Torres «Bombita», Rafael «el Gallo» y Juan Belmonte

Juan Belmonte otorga la alternativa a «Chicuelo».
Sevilla, 28 de septiembre de 1919. (Familia Chicuelo)

«Chicuelo» pisaría por primera vez ese redondel el 28 de febrero de 1918, en un festival organizado por «Gallito». Rememoraba el maestro en una entrevista que cuando José le hablaba se ruborizaba, se ponía tan nervioso que no sabía qué decir, y si en un tentadero le cedía un capote o una muleta se le salía el corazón de felicidad. Si la participación del chaval en el festival de su debut de Sevilla fue gracias a José, es fácil deducir la empatía que existió entre ambos. «Chicuelo» consideraba a «Gallito» la máxima referencia del magisterio taurino, y procuró empaparse de sus enseñanzas en los tentaderos, donde pudo observar cómo José entrenaba la técnica de la ligazón del pase natural, procurando sujetar a las reses dejándole la muleta en la cara al terminar el pase en lugar de despedirlas, para así obligarlas a repetir la suerte. «Gallito» desarrolló en el campo la técnica de la ligazón, que después habitualmente incluía en las plazas en su modelo de faena. Fue el primero que mostró públicamente el germen de un toreo nuevo, que con el paso de los años, perfeccionado por «Chicuelo» y «Manolete», culminaría en el toreo de línea natural, el concepto que liga los pases agrupándolos en series: el toreo moderno. ¡Para qué algunos sigan diciendo que «Gallito» fue un torero antiguo!

No debe confundirse el concepto con la expresión o acento personal del torero. Conviene sacar esto a colación porque, ante la montaña de literatura que afirma lo contrario, Juan Belmonte no cambió el planteamiento del antiguo toreo de muleta. Sus faenas se desarrollaron según las normas clásicas, con el matador situado en los terrenos de adentro y el toro en los de afuera, y sus trasteos consistían en pases por alto, el natural ligado con el de pecho —no con otro natural o varios naturales—, molinetes, faroles y desplantes. Lo que de verdad hizo único a Juan Belmonte fue el sitio que pisó, pues  acortó las distancias con el toro, y su portentoso temple le permitió expresar un toreo de capa de prodigiosa belleza, donde el espada ejecutaba los lances a la verónica por ambos lados, hasta cerrar la serie enroscándose el toro a la cintura con media verónica escultural, que liberaba la emoción y el entusiasmo del público por la escalofriante conmoción de su toreo. Con la muleta, por ocupar el mismo sitio, su temple sujetaba al animal, que al terminar el pase natural comenzaba a trazar la línea curva hacia adentro, pero al mantener el torero su terreno, dando la espalda a tablas, entre cada pase tenía que cruzarse al pitón contrario para no quedar fuera de cacho. 

«Chicuelo» torea a Corchaito. Madrid, 24 de mayo de 1928.
(Foto familia Chicuelo)

Tras la tarde fatal de Talavera de la Reina, sería «Chicuelo» —que había toreado con José seis corridas de toros y un festival—, quien otorgaría continuidad a la técnica de la ligazón de los pases del inolvidable espada de Gelves. Él sería quien daría un nuevo giro de tuerca al concepto «gallista», y al curvar el animal la embestida al final del pase natural, en lugar de irse al pitón contrario, lo que hizo fue girar sobre su eje, para de esa forma, intercambiando los terrenos del toro y del torero, ligar los pases y agruparlos en series, estructurando así la faena moderna. «Chicuelo» fue el creador de la faena actual, que por su quietud, emoción y belleza pronto halló la calurosa acogida del público. 

Trascendente resulto para la historia la tarde del 24 de mayo de 1928 en Madrid, donde «Chicuelo», alternando con «Cagancho» y Vicente Barrera, deslumbró a la afición de la capital del reino ligando los pases en redondo por ambas manos al toro Corchaíto, de la ganadería de Graciliano Pérez Tabernero, al que toreó con tanta naturalidad, gracia y belleza que aquella faena —como sentenció su banderillero Manuel González Buzón «Rerre» al ir a dejar los trastos el maestro — «había cambiado el toreo». Fue también la gota de agua que colmaba el vaso de la injusticia, porque hasta entonces la carrera del espada sevillano había sido escrita con sordina por la “sobrecogedora” crítica española, que por no “trincar”, no tuvo escrúpulos en callar sus apoteósicos triunfos en México, donde logró éxitos de igual o mayor calado que el de Madrid. Históricas fueron por su repercusión las ejecutadas en la plaza de «El Toreo de la Condesa», donde en 1925 había inmortalizado a los toros Lapicero y Dentista, de San Mateo. En la nación hermana fue considerado máxima figura, y su concepto tuvo gran influencia en uno de los diestros más importantes de la tauromaquia azteca: el maestro de Saltillo Fermín Espinosa «Armillita». Aun así, la crítica española, más preocupada de ensalzar el toreo de avance buscando el pitón contrario, no tuvo reparos en ocultar el clamor levantado en América por «Chicuelo», donde aquella apasionada afición se entusiasmó con su toreo de reunión y quietud ligando los pases en redondo. La faena a Corchaíto no pudo eclipsar por más tiempo la realidad de su toreo en España.

Con el ruedo lleno de sombreros, «Chicuelo» inmortaliza
al toro Dentista en México, el 26 de octubre de 1925.
(Foto familia Chicuelo)

Por su importancia en este asunto reproducimos unos párrafos del texto «Chicuelo, las sombras de un silencio», escrito por Federico Arnás para el interesante libro «Chicuelo, el arte de inventar», editado por la Fundación de Estudios Taurinos de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, donde el sagaz periodista madrileño busca documentación en la hemeroteca para iluminar esta triste historia:

«Llevaba pocos años de alternativa cuando en México costaba entender las razones para que la prensa española no reconociera con carácter de unanimidad el alcance innovador que su toreo traía atestiguado en aquellas plazas. Valga como apunte lo firmado por el mexicano Verduguillo en el semanario La Corrida: “Si los revisteros madrileños que tratan a toda costa regatear méritos a este torero y de empequeñecer su labor hubieran visto a Manolo esta tarde, tendrían que reconocer que están haciendo el ridículo a sabiendas, o que no tienen un tanto así de pudor profesional… Lo que hay es que el tío Zocato no ha querido resolver el problema que tiene más de financiero que de artístico, fiado en lo grande que es su sobrino”. El comentario fue recogido en el diario madrileño La Nación con esta consideración a modo de escozor patrio: “¿Tiene razón Verduguillo? Parece que sí, puesto que a la hora presente todos los revisteros madrileños han dado la callada por respuesta. (Entremos todos y que salga el que pueda). Se ofende a los revisteros españoles y nadie dice esta pluma es mía”». 

Queda por tanto suficientemente claro que la histórica faena realizada en la plaza madrileña no fue un hecho aislado, sino un eslabón más de la brillante y silenciada carrera de Manuel Jiménez «Chicuelo», que desde 1922 había conquistado a los públicos de Perú, México y Venezuela. En México, por su acoplamiento a los toros del encaste Saltillo, había protagonizado muchas tardes inolvidables en la plaza de «El Toreo de la Condesa», donde inmortalizó a ToledanoLapiceroDentistaTestaforteCarteroMelcocheroPeregrinoMezcaleroPintorDuendeSerranoPergamino y Zacatecano. Tampoco los aficionados de Venezuela pudieron olvidar la realizada a Carpintero en la Maestranza de Maracay. Mas  tantos triunfos no aparecieron en la prensa española, y tuvieron que  pasar más de cinco años para que el encuentro de «Chicuelo» y Corchaíto resultara determinante gracias a la influyente la afición madrileña. 

«Chicuelo» otorga la alternativa a «Manolete»
el 2 de julio de 1937 en la plaza de Sevilla.
(Foto familia Chicuelo)

Tras la década de los años treinta del siglo XX, dominada por el magisterio de Domingo Ortega y su toreo cambiado o de avance con el toro, quedó en segundo plano el toreo ligado en redondo, que después de la guerra española cobraría su más alto vuelo con la impresionante regularidad en el triunfo de Manuel Rodríguez «Manolete», que recibió la alternativa en Sevilla el 2 de julio de 1939 de manos de «Chicuelo». Por Comunista atendía el toro de la alternativa, pero lo rebautizaron con Mirador. «Manolete» hizo el paseíllo junto a Manuel Jiménez, su padrino, y Rafael Vega «Gitanillo de Triana», para lidiar un encierro de Clemente Tassara, antes Parladé, y la corrida fue a beneficio de la Asociación de la Prensa. Lo hizo con un traje heliotropo y oro, y cortaría las orejas, pero el gran triunfador de la tarde fue «Chicuelo», que cortaría las dos y el rabo del cuarto. «Gitanillo de Triana» paseó las del quinto. Aquella tarde no solo fue histórica por la alternativa del torero cordobés, sino porque «Chicuelo», al entregarle muleta y espada, también le cedió el testigo de su toreo, el que había aprendido de «Joselito» y pulido con la gracia de su arte. Se lo pasaba a «Manolete», que abrazando el concepto de la ligazón lo implantaría definitivamente durante su reinado. 

Un reinado donde el torero cordobés, dirigido astutamente por José Flores «Camará», mandó sin contemplaciones dentro y fuera de las plazas, entre otras cosas, porque nadie le aguantaba el pulso, lo que provocó el adelanto de la retirada de toreros como Marcial Lalanda y Domingo Ortega, que nunca se lo perdonarían, y en complicidad con el influyente crítico Gregorio Corrochano lanzaron una feroz campaña para erosionarlo, a la que tristemente también se sumaron otros toreros. Lo acusaron de torear animales chicos y afeitados, cuando el mayor escándalo sobre este fraude lo provocó Marcial Lalanda en Valencia, y lo etiquetaron como un torero corto, perfilero y ventajista, en clara insinuación de cobardía. Ya se sabe que los rayos siempre fueron a las cumbres, pero lo inmoral fue que ese acoso continuó después de muerto el inolvidable torero, como quedó de manifiesto en la conferencia que leyó Domingo Ortega en el Ateneo de Madrid en 1950, cuando los restos de Manuel Rodríguez estaban enterrados en el cementerio de “Nuestra Señora de la Salud” de Córdoba, tras haber dado su vida por el toreo. Pero tanta patraña no pudo cambiar la historia, «Manolete» había mostrado su verdad en los ruedos, donde deben de hablar los toreros, y lo hizo todas las tardes —no aguardó a que le saliera "su" toro— con admirable honestidad, majestad y gallardía. Por otra parte, es importante subrayar que el público no estaba dispuesto a tolerar la vuelta de aquellas faenas pretéritas, las de un pase aquí y otro allí buscando el rabo, y exigió la faena con sentido de unidad que liga los pases agrupándolos en series, el toreo que Manuel Rodríguez defendia que era el de su padrino. Lo hizo en el invierno de 1946, en su última campaña mexicana, conversando con «José Alameda». El escritor le habló de la similitud de su toreo con el de «Chicuelo», y «Manolete» no tuvo reparos en confirmarlo: «Así es, la gente no suele verlo, porque la gente no se fija en esas cosas, pero ese es mi toreo. Yo creo que el torero debe mantenerse lo más posible en su centro, en la línea. Y en eso el mejor que yo he visto ha sido «Chicuelo».

Natural de «Manolete» al toro Perfecto,
de Miura. Barcelona, 2 de julio de 1944.
(Foto Mateo)

La gran aportación de «Manolete» al torero moderno la explica el historiador «José Alameda»Manuel Rodríguez creó una nueva forma de obligar. Con la mano muy baja, situado en línea con el animal, acortaría las distancias con pasos laterales hasta provocar la arrancada. De esa forma fue como el torero cordobés consiguió sacar partido a la mayoría de los toros quedados de su época, que eran la mayoría, hasta instaurar de forma definitiva la ligazón revelada por «Joselito» —el toreo que deja venir al toro por su línea natural para obligarlo a ir hacia atrás y hacia adentro—, pulido y perfeccionado con el arte de «Chicuelo», que alternando los terrenos del toro y del torero creó la faena moderna, la que aceptó y adoptó «Manolete» para aguantar, obligar, ligar y expresar desde su majestuosa verticalidad de torre su señorial e inolvidable toreo de manos bajas.  

martes, 14 de noviembre de 2023

CHICUELO: EL ARTE DE INVENTAR

Por Antonio Luis Aguilera

Portada del libro sobre Manuel Jiménez "Chicuelo"

El pasado día 8 fue presentado el libro cuyo título encabeza este comentario, editado por la Fundación de Estudios Real Maestranza de Caballería de Sevilla —Fundación de Estudios Taurinos— y la Editorial Universidad de Sevilla, ejemplar número 25 de la colección Tauromaquia, que coordinado por Diego Carrasco Fernández está dedicado a la figura de Manuel Jiménez Moreno, el grandioso «Chicuelo», eslabón imprescindible para comprender la evolución del toreo, por haber sido, ni más ni menos, que el creador de la faena moderna, la actual, la estructurada por la ligazón de los pases en series como los versos del poema se encadenan en estrofas. «Chicuelo» fue el autor de la torerísima creación que aceptaron todos los espadas para expresar su acento artístico, a pesar del vergonzoso silencio histórico que ha lastrado la memoria del extraordinario maestro de la Alameda de Hércules, nacido en la trianera calle Betis. 

 Belmonte otorga la alternativa a "Chicuelo" en Sevilla (28-9-1919)

Manuel Jiménez «Chicuelo», hay que decirlo bien alto, ha sido tan importante en la historia del toreo como lo fueron «Gallito» y Belmonte. El menor de los «Gallo» experimentó en su portentosa tauromaquia la ligazón en redondo de los pases naturales, mientras Belmonte acortó las distancias y curvó el pase al final para sujetar más al toro, pero su toreo fue en «ochos», pues al ocupar los terrenos de adentro para ligar con la izquierda el natural con el cambiado por alto —que no con otro natural—, tenía que corregir su posición cruzándose al pitón contrario. Sin embargo, fue «Chicuelo» quien con la belleza natural de su toreo pulió la propuesta experimental de «Joselito» y, sin desdeñar la sujeción curvilínea de Juan, giró los pies para alternar los terrenos del toro y los del torero, resolviendo de esta forma la ligazón de los pases naturales.

"Chicuelo" inmortaliza a "Dentista" de San Mateo.
Plaza de El Toreo de México (26-10-1925) Foto Luis Reynoso

Así fue como Manuel Jiménez «Chicuelo» —con un toro de mayor entrega y nobleza, que los ganaderos venían seleccionando siguiendo los consejos de «Guerrita» y «Gallito»—, puso en valor, refinándolas con la gracia de su expresión artística, las aportaciones de José Gómez —su torero de referencia, en quien desde niño se fijó para modelar su toreo— y las de Juan Belmonte, de quien aprendió que la sujeción curvilínea del toro al final del pase permitía dejarle la muleta colocada para alternar los terrenos y ligar en redondo los pases naturales. De esta manera nacía una nueva concepción del toreo, pues mientras Belmonte y los espadas de su cuerda ligaban el natural con el cambiado por alto avanzando para buscar el pitón contrario y repetir la suerte —toreo de avance—, «Chicuelo» permanecía en línea para dejarlo venir sin desplazarlo y, consumado el pase, girar sobre su eje para alternar los terrenos y ligar series de naturales con la misma mano —toreo de reunión—.

"Chicuelo" y "Corchaíto" de Graciliano Pérez-Tabernero.
Madrid, 24 de mayo de 1928. Foto: Familia "Chicuelo"

La nueva geometría de faena creada por el magistral torero sevillano sería elevada a definitiva en los años cuarenta por su ahijado «Manolete», que aportó una nueva forma de obligar, pues conservando su verticalidad bajaría aún más la mano, y acortaría la distancia con pasos laterales hacia el toro aguantando hasta provocar su arrancada, para una vez vaciado el muletazo girar sobre su eje y ligar los naturales. Por la  perseverancia y regularidad del torero de Córdoba, que impuso ese toreo a la inmensa mayoría de sus toros, la faena de Manuel Jiménez Moreno quedaría elevada al rango de canon por Manuel Rodríguez Sánchez, pero el ahijado siempre dejó bien claro que su toreo era el de «Chicuelo», que era el mejor que él había visto. Así las cosas, desde la revelación de la ligazón, en la década de los años veinte del pasado siglo por el magistral artista sevillano, el planteamiento de su faena ligada sería adoptado por la mayoría de los diestros para expresar el toreo. 

"Chicuelo" en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla.
Foto: Familia "Chicuelo"

Por otra parte, debido a las  oscuras artimañas periodísticas y literarias que silenciaron esta evolución, conviene precisar que la célebre faena ejecutada por «Chicuelo» el 24 de mayo de 1928 en Madrid al toro «Corchaíto», de la ganadería de Graciliano Pérez Tabernero, que fue la que hizo rebosar el vaso y no pudiera silenciarse más la realidad de su toreo, no fue un hecho puntual, sino un eslabón más de su brillante trayectoria, un capítulo más de la obra con que el torero de la Alameda de Hércules había conquistado desde el año 1922 a las aficiones de Perú, México o Venezuela, países donde su éxito e influencia en otros importantes espadas resultó determinante en la evolución histórica de su concepto del toreo. 

Pase natural de "Chicuelo". Foto: Familia "Chicuelo"

Debe quedar muy claro que lo ocurrido con el toro «Corchaíto» no fue la flauta que sonó por casualidad, sino una más de las excelentes faenas de «Chicuelo», con la que pudo expresar su toreo ante la exigente afición de Madrid, que desde entonces lo demandaría a los demás toreros. A pesar del silencio guardado por la crítica española, por su excelente adaptación a los toros del encaste Saltillo, Manuel Jiménez había protagonizado muchas tardes de triunfos memorables en la plaza mexicana de «El Toreo», donde ante sus apasionados aficionados inmortalizó faenas como las realizadas a los toros «Toledano», «Lapicero», «Dentista», «Testaforte», «Cartero», «Melcochero», «Peregrino», «Mezcalero», «Pintor», «Duende», «Serrano», «Pergamino» y «Zacatecano». Tampoco pudieron olvidar los aficionados venezolanos la realizada a «Carpintero» en la plaza Maestranza de Maracay.

Manuel Jiménez Moreno "Chicuelo".
Foto: Familia "Chicuelo"

Este nuevo libro hace justicia a la memoria del magistral torero sevillano, ninguneado por algunos de los influyentes y «respetados» escribanos que redactaron la historia al dictado de bastardos intereses. Por fortuna «José Alameda» —posiblemente el mejor analista del toreo— salió en su rescate para poner de manifiesto la grandeza de su obra, y desde su exilio en México iluminó con sus libros a las generaciones de aficionados que fueron engañadas, abriéndoles los ojos de par en par y colocando la figura de «Chicuelo» en el lugar que le habían birlado en la historia. Bajo la coordinación de Diego Carrasco, los textos que llevan su firma, y los de Manuel Jiménez Amador —nieto del torero—, Andrés Luque TeruelJosé MorenteCarlos AbellaJosé Luis RamónEduardo Gómez IbarraJean Pierre HedoinManuel Escalona Franco y Federico Arnás, hacen justicia a uno de los espadas más grandiosos del toreo. Los testimonios y datos que ofrece este libro dan fe de lo que realmente significó su paso por los ruedos, donde dejó la imborrable huella del toreo ligado en redondo, para que siguiendo su senda todos los toreros pudieran expresar el acento personal de su arte. Manuel Jiménez «Chicuelo», por ser el creador de la faena moderna, recreada con su magisterio, gracia y arte, ha sido tan importante en la historia del toreo como «Gallito», Belmonte y «Manolete». 

jueves, 2 de noviembre de 2023

¡QUÉ SABRÁS TÚ… DE TOROS!

Por Antonio Luis Aguilera

Portada del libro

Con este atractivo título vio la luz el pasado mes de septiembre un nuevo libro de toros, que lleva la firma del prestigioso periodista Federico Arnás y ha sido publicado por editorial «el Paseíllo». Se trata de una interesante obra no solo para aficionados amantes de la historia, sino para esa juventud que afortunadamente acude a las plazas y tiene inquietud por profundizar su conocimiento sobre el toreo. A modo de juego, el libro formula al lector 365 preguntas que, según reza en la portada, todo aficionado se ha hecho alguna vez, y ofrece tres posibles respuestas. Seguidamente, una vez acertada o errada la contestación, ofrece la solución detallada. 

Terminado el libro llegamos a una conclusión: ¡Qué poco sabemos de toros! Pongamos la excusa que mejor nos venga. Por falta de curiosidad o interés por nuestra cultura, lo cierto es que nos defendemos con los conocimientos básicos, esos de andar por casa, mientras hemos marginado la oportunidad de enriquecerlos con la lectura de textos taurinos. Lo contrario de lo que ocurre con esta sugerente obra, donde su autor ha escudriñado cientos de publicaciones teniendo la precaución de anotar aquellos datos, curiosidades, anécdotas o hechos que no deben pasar inadvertidos, para ofrecer a los aficionados el resultado de incontables horas de lectura y búsqueda en este ameno y didáctico ejemplar. 

Federico Arnás. Foto: Alfredo Arévalo

La propuesta del reconocido periodista taurino se divide en once capítulos: toreros, toros, plazas de toros, «Las Ventas», Sevilla; la crítica, la comunicación y el periodismo; arte y cultura; reglamentos y normas; México, Francia, Portugal y resto del mundo; rejoneo, y de todo un poco. En un figurado concurso privado de interpelación, posibles respuestas, solución y explicación, el lector irá avanzando en sus conocimientos sobre la Tauromaquia, un arte sin barreras, que nos hermana con las naciones del «Planeta de los Toros», permanente fuente de inspiración cultural y lo más importante: una auténtica escuela de valores y respeto para los profesionales del toreo. 

«¡Qué sabrás tú... de toros!» permite poner al día nuestros conocimientos, nos recuerda hechos y descubre otros ignorados alimentando nuestra afición. Nunca es tarde para seguir aprendiendo del apasionante mundo del toreo. Además, si quien enseña está capacitado para hacerlo de forma tan amena como magistral, poniendo a nuestra disposición una información ingente obtenida de múltiples fuentes, solo nos queda expresar nuestra sincera felicitación a Federico Arnás por este magnífico trabajo, y dejarles una sugerencia para las fechas que aproxima el calendario, cuando la familia nos pregunta si tenemos interés por un regalo determinado, pues tienen la ocasión de programar desde el confort de su hogar un enriquecedor viaje por el maravilloso mundo del toreo. 

 

martes, 26 de marzo de 2019

CARMELUCHI

Por Federico Arnás   

Federico Arnás, Antonio L. Aguilera, Paco Pérez, José Luis Cuevas y Carmen
 Acosta Carmeluchi sostienen un capote de Manolete. Foto José Luis Cuevas
El 24 de noviembre de 2014 tuve el gusto de acompañar al periodista taurino Federico Arnás por las calles de Córdoba, para buscar por sus íntimos y bellos rincones las huellas del pasado manoletista. Nunca habría podido imaginar lo que nos aguardaba en la taurina Taberna “La Sacristía”, donde su dueño, Paco Pérez, había concertado una cita con una mujer muy especial: Carmen Acosta, conocida por “Carmeluchi” entre la gente del castizo y torero barrio de Santa Marina. Lo que ocurrió aquella inolvidable mañana forma parte de nuestros recuerdos más hermosos, y fue redactado magistral y entrañablemente por el periodista madrileño en este artículo que con su autorización insertamos, el cual fue publicado poco después en la revista taurina “6 Toros 6”.

Tiene ochenta y tres años muy flamencos repartidos en un metro y medio de estatura, si es que llega. Tiene las canas cerca del suelo y el corazón cerca del cielo. Nada sabía de ella pero me bastó un ratito para comprender lo que han visto sus ojos, lo que ha sentido su alma. Todo empezó en un mañana de esas en las que Córdoba parece tener el monopolio de una primavera instalada en la recta final del otoño.
El matrimonio Arnás en un patio cordobés
Los sinceros amigos y mejores aficionados de una peña con solera como es “Tercio de Quites” habían tenido la gentileza de invitarme a compartir una noche de tertulia, ahí donde la palabra cercana permite la intimidad y la sincera expresión de los pensamientos confesables y no tan confesables. Me apetecía volver sobre los pasos de Manolete, entre otras cosas para quitarme el mal sabor de boca de la visita el día anterior a un Museo Taurino que recordaba cargado de historia y leyendas en la casa que fue de Góngora. Tras diez años con las puertas cerradas el Ayuntamiento entregó el proyecto de renovación a una empresa catalana que debe saber tanto de toros como Manuel Benítez de sardanas. Me contaron que han sido tantas las quejas que hay planteada una revisión profunda en unos espacios donde lo superficial genera indiferencia mientras algunos de sus fondos maravillosos no pasan de una fría pantalla táctil. Un museo que podrá ser curioso para los neófitos y güiris pero que decepciona al que busca la profunda historia cordobesa del toreo. Y ambas concepciones podrían convivir de hacer un planteamiento menos hueco y liviano. Allí, en una simple sala se concentra a los cinco califas. Si a “el Guerra” se le ocurriera hablar la que les iba a liar a los promotores de semejante simpleza. Horas después la boca iba a cambiar de sabor porque esa mañana Córdoba era muy Córdoba y a ese sol limpio sólo le faltaban las flores en sus patios para imaginarnos que estábamos en plenas cruces de Mayo. Esos pasos de Manolete nos llevaron hasta su panteón antes de pararnos frente a los de Lagartijo, el de las flores blancas de Guerrita, el de Machaquito, asomarnos a los nombres de la dinastía Camará y del genial “El Pipo”. La figura de  Manolete impone allí donde te asomes a su imagen ya sea en piedra, bronce o mármol. Ese mausoleo, situado en el corazón del cementerio de La Salud cuya espalda guarda el maravilloso poema de Rafael Duyos, es visitado por Morante cada vez que torea en Córdoba. Silencio.
A la izquierda, Carmeluchi, fotografiada con el grupo de amigos que posa 
entre fundones, capotes y muletas de Manolete. Foto José Luis Cuevas.
Seguir las huellas de Manolete por Córdoba suponen asomarse a las páginas amarillentas de una guía que nos transporta a un tiempo que sigue impregnando la esencia de una ciudad escrita en verso. No sé que pasa aquí que siendo tantos los rincones toreros con los que te tropiezas luego, a la hora de los toros, las empresas se las ven y desean para meter gente en los tendidos del coso de Los Califas. La ciudad te dice una cosa y su plaza otra. Manolete en la plaza del Conde de Priego, frente a Santa Marina, y Manuel Rodríguez en la de La Lagunilla. Los amigos Rafael Alonso, Antonio Aguilera, motores de la peña, junto al generoso José Luis Cuevas con su inseparable cámara, me habían anunciado una sorpresa ignorando que a ellos también les aguardaba otra.
 Traje de la penúltima tarde en Santander
en la Hermandad del Señor Resucitado.
En la Casa de la Hermandad del Señor Resucitado, espacio de paredes envueltas en los olores y colores de la Semana Santa, estaba recogido desde hace un mes el vestido que llevó Manolete la última tarde que salió por su propio pie de la plaza después de que Rovira le brindara la faena del sexto. Fue en Santander, el 26 de agosto, antes de ponerse en ruta con dirección a Linares, con destino a “Islero”. Parte del oro lo había matado el tiempo y lo que pudo ser seda blanca se había tornado en un tono vainilla, pero ese vestido traspiraba a su vez frescura, tal vez porque se lo enfundo aún lleno de vida, de una vida que para entonces no le llenaba. ¡Pero ahora veréis! Nos lo dijo Paco Pérez, componente de la Tertulia Santa Marina. Justo enfrente podía leerse “Taberna La Sacristía”. Y allí estaba la mujer con las canas cerca del suelo y el corazón pegado al cielo. Carmen, aunque todos la conocen como “Carmeluchi”. Su abuela sirvió en casa de Manolete padre, su madre vio nacer a Manuel y Manuel la vio nacer a ella. Durante dieciséis años le conoció y le sirvió como luego haría con Doña Angustias. Una dinastía al servicio de los Manolete. Alguien la había dicho que el señor de la tele, el de Tendido Cero, ese programa que nunca se pierde, iba a estar en Córdoba. Entonces cogió las llaves de una casa de Manuel y le pidió al amigo Paco que la ayudara a sacar unas “cosillas” que quería mostrarme. Las cosillas eran el fundón con las
Fundones de las espadas de Manolete, padre e hijo, así como
capotes -uno de seda sin estrenar- y muletas del Monstruo. 
espadas de Manolete padre, “Sagañón”, y el fundón con los estoques y descabello de Manolete. Pero había más: un capote usado y mordido por “el monstruo”, otro, de seda ligera, que nunca llegó a estrenar, y una muleta con rastros de sangre. Posiblemente teníamos en nuestras manos el capote, la muleta y el estoque con el que Manolete toreo y entró a matar al Miura que le cerró los ojos. Me temblaba el pulso; no era el único, la emoción envolvía al reducido grupo que estábamos en el coqueto rincón de “La Sacristía”. Y en medio de tantas sensaciones “Carmeluchi” empezó a contar historias de uno de los pilares de la tauromaquia. De ese niño tímido que escondidas se llevaba trapos y palos con los que montaba trebejos de juguete para ponerse a torear cuando nadie le veía. Hasta que un día la madre de “Carmeluchi” miró por una cerradura al cuarto de los secretos. Allí daba unos pases con la muletilla improvisada, “muuu planssa”, ese niño con perfiles de esqueleto y piernas alargadas. Entonces se dirigió a doña Angustias y le dijo: “señora, su hijo va a ser un torero muy grande”. Por vivir momentos de tan compleja descripción como estos que ahora quiero compartir con el lector vale la pena seguir luchando por el toreo como esencia de vida. Porque sólo en este mundo se pueden encontrar personas tan generosas, tan apasionadas, tan auténticas. “Carmeluchi” es una simple aficionada que no una aficionada simple. Te cuenta el toreo con las manos para que tú lo escribas con las tuyas. Sin decírmelo capte el mensaje y eso es lo que he hecho porque la mujer que estaba cerca del suelo nos acercó al cielo, nos permitió tocar a Manolete.

Carmen Acosta lee "Carmeluchi"


En esta foto obtenida por Paco Pérez se contempla a Carmeluchi con un ejemplar de la revista "6 Toros 6", leyendo el emocionante texto que le dedicó Federico Arnás. 
El 24 de septiembre de 2015, contando ochenta y cuatro años de edad, tras presenciar el desfile procesional por las calles del barrio de las imágenes de Nuestro Padre Jesús Caído y Nuestra Señora del Mayor Dolor en su Soledad -la hermandad de los toreros a la que pertenecía-, fallecía para llenar el cielo de gracia y alegría.