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martes, 1 de noviembre de 2022

CONCHITA CINTRÓN, «LA DIOSA RUBIA DEL TOREO»

Por Alejandro A. Arredondo M.

Conchita Cintrón

“Sí; yo sé de toros. Los he visto embestir. Los he matado. Y los he visto matar hombres, y los he sentido mientras daban muerte al caballo que montaba. Sí; yo sé de toros. Y de públicos…”.     Fragmento del texto Sol y Sombra escrito por Conchita desde Lisboa en 1971.

El poeta español Gerardo Diego en unos versos del Madrigal dedicado a Conchita la retrata:

Tú sola, tú jinete, tú peona,

tú Conchita Excepción, tú iluminada

Juana de Arco a las voces de tu zona,

juraste la bandera desbocada

y abrazaste los votos del monjío

y el duro cuero, el hábito bravío.

En estos dos fragmentos escritos uno por ella y el otro por el poeta se atisba la personalidad de una mujer irrepetible, fuera de serie. 

No pretendo relatar una biografía fría y escueta de una mujer, sino que la intención es recordar a una mujer de carácter, figura del toreo, precursora del toreo a caballo y a pie, culta y sensible que supo sortear una y mil vicisitudes para conseguir su objetivo, siempre haciéndose respetar, siempre con dignidad y categoría, una mujer de una sola pieza. La recordaremos en esta semblanza con algunos pasajes que retratan su personalidad.

Su paso por el mundo, por el planeta de los toros fue un recorrido que inició desde su niñez; era hija de un militar portorriqueño (Puerto Rico estado libre asociado de USA) en retiro Francisco Cintrón Ramos y madre norteamericana Loyola Hyatt MaCarthy, nació el 9 de agosto de 1922 en Antofagasta, Chile; al poco tiempo, por el trabajo del padre en una compañía comercial norteamericana se trasladaron a Perú, la que Conchita consideró su patria. Cerca de su casa, en un barrio residencial de Lima había una escuela de equitación, por curiosidad pidió a su padre que la inscribiera en ella. Inició las clases con un maestro de origen aristocrático y rejoneador de profesión, el portugués Ruy de Cámara, bajo su influencia conoció y profundizó en el arte de Marialva y se prendió apasionadamente de dicha actividad, actividad en que su maestro como su sombra siempre la acompañó, a lo largo de su carrera de quince años en los ruedos, cuidando de ella y de sus caballos, educándola y dándole una formación integral, en rectitud en todos los aspectos de la vida. Relata Conchita en uno de sus libros, que muchos años después estuvo junto a su maestro en el lecho de muerte, y que este le murmuró con voz apenas audible: “es desagradable dar este salto a lo desconocido”, y sonriendo, previo a exhalar su último aliento, levantó la mano en el clásico gesto de un matador de toros y así se fue con ejemplar entereza, refiere Conchita.

La elegante monta de Conchita encabezando un paseíllo

Llegó a México en 1939, invitada y protegida por el matador Chucho Solórzano Dávalos, también amparada por los ganaderos de La Punta, los señores Pepe y Paco Madrazo. Toreó a caballo y a pie con pleno dominio y éxito; además aprendió y practicó las suertes de la charrería. Toreó por toda la República Mexicana, siempre en los mejores carteles y con las principales figuras de la época; aquí en Monterrey y en la región tuvo actuaciones formidables. Actuando en Guadalajara recibió su bautismo de sangre mexicano; en cinco años que permaneció en el país participó en 230 corridas; como ya decía gustaba de bajarse del caballo y echar pie a tierra, lo que realmente era su pasión, para eso se preparó. Después de tomar la alternativa como rejoneadora en la plaza de Acho el 28 de julio de 1938, ese mismo año se presentó como novillera con tan solo 15 años. El año 1936 torea por primera vez en Portugal en la plaza de Algez y en 1937 debutó en Lisboa. Se presenta en Madrid como rejoneadora el 13 de mayo de 1945.  En España en esa época a las mujeres no se les permitía torear a pie, y sin embargo, el día de su despedida, en una corrida formal en Jaén el 18 de octubre de 1950, alternando con Antonio Ordóñez y Manolo Vázquez, se bajó del caballo y se fue a los medios haciendo su faena con toda tranquilidad y sin temor a represalias del régimen franquista. Su gran referente taurino, aparte de Ruy de Cámara, fue el torero vasco Diego Mazquiarán “Fortuna”, que le compartió muchos secretos del toreo. En su vida dentro de los ruedos toreó 750 corridas y recibió tres cornadas graves; actuó de México a España, en su patria adoptiva el Perú, en Portugal, Francia, Colombia, Ecuador, y muchas plazas del mundo taurino disfrutaron de su tauromaquia.

«La diosa rubia del toreo» en la plaza de Madrid

El crítico español Gregorio Corrochano dijo de ella: “El día que este torero se baje del caballo, se tendrán que subir al caballo muchos toreros”.

Tuve el honor de conocerla personalmente a principios de los años noventa en el Centro Taurino Potosino, en el tradicional Encuentro de Peñas, ya mayor y seguía manteniendo una personalidad impresionante. Su clase, su elegancia, sencillez y categoría se acentuaron con los años.

Escritora prolífica, culta, poeta, columnista en diversos periódicos nacionales entre otros El Porvenir en Monterrey y revistas como El Redondel, manejando la pluma con maestría y sapiencia, al igual que manejó sus caballos y el quehacer taurino en el ruedo, analizando siempre con objetividad y verdad los festejos que presenciaba, aplicando la capacidad y conocimiento que la caracterizaban. Escribió dos libros para editorial Diana, el primero en 1977 “Porqué vuelven los Toreros”, antología de crónicas como lo define la autora, y “Aprendiendo a Vivir” en 1979, más que una biografía es la historia de vida de una mujer triunfadora y figura del toreo, dos libros imperdibles que tanto los taurinos y los no taurinos deberían de leer. En los últimos años de vida desarrolló su veta creativa en la pintura llegando a exponer su obra.

El maestro Ángel Luís Bienvenida dijo de ella: “…ella ve, como pocos hombres lo que desarrolla el toro en la plaza, la actitud de los toreros, lo puro, lo auténtico; con una maestría, capaz de dar lecciones, a los grandes maestros del toreo. Mujer entendidísima, con personalidad arrolladora, inteligente, guapa, rebosante de señorío, con empaque único, que fue depositando en el mundo taurino la flor de su refinada elegancia”.

Al inicio de este texto, ella dice: “… yo sé de toros, porque los he visto matar hombres…”. Estuvo presente en una barrera de la plaza El Toreo aquél diciembre de 1940 cuando “Cobijero”, toro de Piedras Negras, hirió de muerte a Alberto Balderas, y tres días después debía alternar con él en Aguascalientes; en su crónica describe con exactitud esos duros momentos de la cornada mortal. Siete años después, el 15 de septiembre de 1947, en Villaviciosa en Portugal, una tarde donde alternaban ella y otro torero a caballo y dos más a pie, uno de ellos José González “Carnicerito”, su compañero de muchas tardes en los ruedos con ganado de Joaquín Esteban de Oliveira. El séptimo de la tarde “Sombrereiro” le infirió una cornada mortal en el muslo derecho destrozándole la femoral; Conchita le aplicó un torniquete en el ruedo y permaneció a su lado aún con el traje corto durante y después de la operación; cuando despertó el torero, ella le detenía la mano, hasta que expiró a las 8.30 de la mañana del día 16. Conchita avisó del deceso a la viuda del torero que vivía en Barcelona y corrió con todos los gastos del entierro provisional en la localidad lusitana.

La rejoneadora rompe plaza  

Célebre fue su encuentro con el General Maximino Ávila Camacho, Secretario de Comunicaciones del gobierno federal y hermano del presidente Manuel. Maximino era empresario, ganadero, dueño de vidas, mujeres y haciendas de aquél México todavía un tanto bronco, que apenas se asomaba a la modernidad; Conchita era una mujer muy bella, joven, alta, rubia, de ojos claros que llamaba la atención, y más por la actividad que desempeñaba. El general nunca se cansó de hacerle regalos. Caballos muy finos, una silla de montar, que nunca llegó a su destino porque el artesano era borracho y se gastaba el dinero en alcohol, por lo que cuando el general se enteró el pobre hombre fue a dar a la cárcel, donde acostumbraba terminar los encargos; además le otorgó prebendas, -beneficios o ventajas-, para que pudiera circular por las carreteras de México cualquier día de la semana, y que a su vehículo no le faltara la gasolina que en ese tiempo estaba racionada; también la nombró policía secreta del estado con su clásica charola (credencial). Tenía derecho de picaporte en las oficinas de la Secretaría, con solo mencionar la palabra “rejoneador” las puertas del despacho se abrían de par en par, cuando por algún motivo se presentaba en dicho lugar, citada o no. Nunca sola, siempre acompañada por su inseparable maestro Ruy de Cámara y la esposa de este. Una vez en el despacho, la orden del general a los subordinados era: “cierren las puertas, no estoy para nadie, estoy en Consejo de Ministros y empezaban a charlar de caballos”. Lo más seguro que Maximino con todas estas atenciones persiguiera otros fines, pero la rectitud e integridad de Conchita y su maestro nunca permitieron que se sobrepasara o insinuara alguna actitud insana; digamos que supieron aprovechar la oportunidad que se les presentó. Así lo cuenta ella en su libro.

Conchita toreando a caballo en la Real Maestranza de Sevilla

Una anécdota que habla de su responsabilidad y un tanto de sus “locuras”, como dijo su peón de brega y relatada por ella para un periódico, refiere más o menos lo siguiente:

Una ocasión viajando vía aérea desde Mérida a Villahermosa para actuar en un festejo en ese lugar, se enteró que no podían llegar desde México D.F. el resto de la torería ni sus caballos, por motivos de lluvias torrenciales que hacían imposible el paso hacia Tabasco; sus únicos acompañantes eran su maestro Ruy y su peón de confianza Fernando López, y al ver que no llegarían los demás actuantes, le comentó a Fernando que sería bueno que  ellos dos lidiaran a pie los cuatro toros, dos cada uno, haciendo uno de peón del otro, esto con el fin de que no se suspendiera el festejo, a lo que Fernando le comentó molesto: ¡son locuras! Ruy de Cámara apoyó a su alumna. Estando en la plaza viendo el ganado en los corrales; los toros no eran tales, sino ganado de media casta por decir algo; en presencia del hermano del gobernador del estado y el empresario de la corrida Conchita les dijo: -no se preocupen Fernando y yo, matamos dos toros cada uno, por lo que tanto el empresario y el hermano del ejecutivo estallaron de alegría; por la premura del tiempo para la celebración de la misma, el hermano del gobernador exclamó -haremos el festejo nocturno, el empresario contestó -señor, pero no tenemos alumbrado, ¡pongan focos! y los colocarían sobre el anillo; muy bien dice el empresario, pero no hay energía suficiente, si encendemos los focos el pueblo se queda sin alumbrado, -no me importa, por mis pistolas dejamos al pueblo sin luz y al que se oponga lo fusilo. El festejo se dio salvando una y mil vicisitudes, al batallar constantemente con un ganado que no se dejaba torear y rehuía dar pelea, y que cada vez que remataba en tablas queriendo huir se iniciaba un momento de apagón que hacía más difícil el intentar torear; apenas y lograron acabar con la vida de tres de los astados, ya que el último fue totalmente imposible dar cuenta de él, todo ante el enfado de Fernando López, un tanto cabizbajos regresaron al hotel; pasaje que recuerda la torera con nostalgia y sonrisas.

Belmonte y Conchita 

La culta rejoneadora, acuñó por decirlo de algún modo el término: Arquitectear y así lo refiere en uno de sus textos Arquitectura y Toros escrito en Lisboa en 1973; enseguida transcribo un fragmento publicado en el libro “¿Porque vuelven los toreros?”, partiendo de la premisa de que la arquitectura es el resumen de todas las artes: “Torear es arquitectear. El toreo puede ser romántico como el de Sánchez Mejías, sólidamente edificado sobre el valor; o gótico como el de Manolete tan esbelto y espiritual… un torero de luz ensombrecida por una mirada de penumbra; una luz semejante a las catedrales iluminadas por vidrieras. Y hay un toreo griego como el de Gaona, un toreo que banderilleando se desprende en vuelos inconcebibles, dignas de la Victoria de Samotracia. Y existe un toreo barroco, el triunfo de la línea curva y la exuberancia del adorno en la interpretación de Belmonte. Y nadie niega el toreo moderno, simple y funcional, que nos presenta “El Cordobés”. Todo esto es el toreo. Pero es mucho más aún: es Arquitectear, con la muerte, una forma de vivir…”.

Gran escritora, en un fragmento de una crónica suya, correspondiente a una corrida celebrada en Guadalajara, México, y publicada en la revista El Redondel en febrero de 1989, describe con sensibilidad y acento poético los sucesos en el ruedo y “celebra al mismo tiempo lo orgullosa que se siente el haber formado parte algún día de quienes saben pisar el ruedo ante un encierro encastado”: “…Era ganado fuerte, duro para los caballos, de buena estampa, astifino, entretenido. Y ese encierro obtuvo el milagro, en Guadalajara, de un respetuoso silencio en los tendidos… En el ruedo estaba Alejandro Silveti, deseando “romper” con calor primaveral. Se topó con Jorge Gutiérrez, verano del acontecimiento, quién trae lo suyo y cosechó los frutos del momento. Enseguida estaba Manolo Martínez –el ganadero- el de los momentos augustos del sereno otoño capaz de apagar, con su drama, a las más desbordantes primaveras… capaz de hincarse, como jamás lo ha hecho, en un lance afarolado que iluminó, aún más, la tarde esplendorosa, en que caían sombreros al paso –cada paso- de los toreros…”  ¿Acaso se puede escribir mejor de toros, y describir en unas cuantas líneas lo ocurrido en una tarde de toros? Conchita Cintrón sabía de toros. 

Conchita pie a tierra en la plaza de Oropesa-Toledo

Contrajo matrimonio con el portugués Francisco de Castelo Blanco, sobrino de su maestro Ruy de Cámara con quién tuvo seis hijos, vivió en Lisboa, donde se dedicó un tiempo a la crianza de caballos; regresó a México, vivió en Guadalajara, donde perdió uno de sus hijos en un accidente, y de nuevo volvió a Lisboa donde falleció el 17 de febrero de 2009. 

Decía que ella fue precursora del toreo a caballo y a pie, que se abrió paso en un mundo dominado por los hombres, por lo mismo también fue precursora del feminismo en una época que resulta difícil imaginar el término, una época que muchas actividades estaban vedadas para la mujer, resultaría ocioso enumerarlas. Baste decir que fue una mujer adelantada a su época, que abrió nuevos horizontes en las actividades que antes eran vedadas al sexo femenino.  

Para culminar esta semblanza conmemorativa a los 100 años de su natalicio, un poema de su autoría que publica al término en uno de sus libros:

Quisiera irme como la tarde,

entre aromas de jazmín y madreselva,

con el luto en los horizontes, y el pájaro cansado.

En el crepúsculo de mis horas, quisiera irme.

Quedo, muy quedo, en busca de la aurora.

Quedo, muy quedo, como se va la tarde.


                                                     Alejandro A. Arredondo M.

                                       Monterrey N.L. 13 de octubre de 2022 

jueves, 8 de septiembre de 2022

«MANOLETE» A 75 AÑOS DE SU MUERTE

Por Alejandro A. Arredondo Maldonado*

Panteón de «Manolete» en el cementerio de la Virgen de la Salud de Córdoba
 Fotografía: Juan García-Gálvez

 «Ven, muerte, tan escondida,

que no te sienta venir

porque el placer de morir

no me vuelva a dar la vida».

Anónimo. Cantar español siglo XVII 


«Manolete». Obra de Diego Ramos.

Confieso que, para mí, la figura de Manuel Rodríguez Manolete” por algún tiempo no me dijo mucho. Mi ya largo peregrinar por “el planeta de los toros” me limitaba un poco a ciertos personajes como Lorenzo Garza, primo y compadre de mi padre, y por supuesto muy familiares todas sus hazañas en los ruedos; y a Manolo Martínez, por contemporáneo y por crecer taurinamente de manera paralela, si no en conocimientos por lo menos en tiempo.

No por ello la figura del cordobés me era ajena, quizá se mantenía estática en espacio y tiempo, para en su momento explotar luminosamente en el panorama de la historia reciente de la entrañable España.

Tal vez estuvo en espera de que comprendiese más a fondo el devenir histórico español y el sentir de tan ilustre pueblo. Entender sus vectores y sus vertientes, su ser y su estar, sus objetivos y sus metas, su génesis, su cultura y su fiesta nacional; que, como pueblo prócer, origen de otros —entre ellos el mexicano—, nos heredaron gustos y costumbres. Todo esto en definitiva me imponía cierto proceso de aprendizaje, es probable que un tanto complicado, pero no dejó de ser un proceso de maduración.

Creo que la trascendencia de “Manolete” es única por muchos motivos —entre otros, ya lo dejé entrever líneas arriba—, porque Manuel Rodríguez Sánchez significa la España misma: la España invadida, la España conquistada, y creo lo más significativo, la España conquistadora, triunfante y trágica, porque al fin y al cabo tan singular personaje acabó conquistando al mundo y no solo el taurino, sino a todo lo que tuviese que ver con España a pesar de los no taurinos. Tan grande así es el significado de “Manolete” y lo anterior no es gratuito, ni la pasión taurina me lleva a manifestar (sustentar) tales conceptos, sólo habrá que ver cómo han sido sus vidas y como se han desarrollado para afirmar categóricamente que “Manolete” y España son mutuamente incluyentes, que en el espacio y en el tiempo no se da el uno sin el otro; afirmación temeraria sí, pero con una verdad de por medio: España y “Manolete” han escrito su propio destino y han salido renovados y agigantados de toda batalla, en particular la batalla con la muerte. 

«Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero,

que muero porque no muero».

Santa Teresa de Jesús

 

«Un solo pez en el agua.

Dos Córdobas de hermosura.

Córdoba quebrada en chorros.

Celeste Córdoba enjuta».

«San Rafael» (fragmento)

Federico García Lorca 

Busto a «Manolete» en la plaza de La Lagunilla de Córdoba.
Al paso del tiempo “Manolete” me confió su vida y su arte. Sí, me dijo muchas cosas, ahí en sus terrenos, en sus barrios, en sus plazas. Alguna vez, ahí estuve, en el barrio donde pasó su infancia, en Torres Cabrera, en la plaza de la Lagunilla con su pequeño busto; o más allá en la plaza del Conde de Priego —Alabados sean los dulces nombres de José y María—, donde pasó su juventud. Ahí junto al conjunto escultórico formado por caballos, ángeles, el toro y “Manolete” —a los hijos pródigos no se les olvida—, ahí en la Córdoba mora, majestuosa; en la Mezquita, en la Judería, ahí donde estuvo la antigua plaza de “Los Tejares”, en la plaza de “los Cuatro Califas”, junto a “Machaquito” “Lagartijo” “El Guerra”, en el museo taurino de Córdoba; junto al Guadalquivir; o en “el Cristo de los Faroles” y más allá en el Mausoleo, en el cementerio, me dijo muchas cosas, se sentía su presencia, ahí estaba para guiarme por esa tierra mágica y torera.

Me habló de la grandeza de su terruño, de la Guerra Civil, de su madre Doña Angustias, de su padre torero, de su toreo y de su destino, su sino y de Lupe Sino la mujer, su mujer, del whisky, del tabaco, de sus fatigas, de México; por cierto, no olvidó Monterrey en aquél diciembre frío y lluvioso.

«Manolete». Obra de Diego Ramos

«Andar es muy fácil.

lo difícil es andar sin premura.

Pasear por el miedo del ruedo

grave y con figura. 

Cuando un cordobés es torero

su capa es la túnica.

Esencia y decencia:

las dos cosas juntas. 

¿Quién ha visto, si no es entre sueños,

la estatua segura,

arriscada de gracia, de arte y de celo,

crispada de angustia,

caminar paso a paso, despacio,

buscándole sitio a su tumba?».

«Manolete»

Pedro Garfias.

 

«Quiero dormir un rato,

un rato, un minuto, un siglo;

pero que todos sepan que no he muerto;

que haya un establo de oro en mis labios;

que soy el pequeño amigo del viento Oeste;

que soy la sombra inmensa de mis lágrimas».

«Gacela de muerte oscura» (fragmento)

Federico García Lorca

Si bien el semblante de Manuel Rodríguez Sánchez era trágico y en su mirada se percibía un dejo de tristeza, todo se conjuntaba produciendo una visión recurrente de martirio inevitable, cuya única constante sería una muerte gloriosa. Si bien esa visión no se manifiesta claramente desde el inicio de su carrera, si se fue acentuando en el transcurso de la misma hasta llegar a un clímax. Inconsciente “Manolete” intuía su destino, tenía prisa por morir.

Cruz de Mayo en el monumento a «Manolete». Foto Paco Zurera

Esa tarde de Linares “Manolete” abandonaría muchas cosas: la afición, el arte, el toreo mismo. Quedaron muchas preguntas sin respuestas ni razonamientos, lógicos e ilógicos —la vida de “Manolete” creo fue lógica—, mucho se perdió, pero sin lugar a dudas mucho se ganó. De hecho, se sacudió brutalmente la Fiesta y sus estructuras, dándose un parteaguas con el sacrificio de esa vida iniciándose así una nueva era en la tauromaquia moderna.

¿Lo ilógico? Quizá la orfandad misma del toreo, aunque temporal, en parte pudo superarse.

Sin embargo, dejó muchas citas pendientes en su agenda y un sinnúmero de páginas por escribir en la historia del toreo y de la España misma. Con todo queda una impresión ambivalente de que todo y nada quedó abandonado.

Posiblemente en esa tarde, toro y torero, compendio y síntesis del arte, se manifestaron sin velos protectores, con carencias y virtudes. 

«He venido a sembrar mis huesos otra vez

y a abrir las acequias de mis venas.

Estas son mis llaves:

sacad el trigo por la puerta.

El hombre está aquí para cumplir una sentencia,

no para imponerla.

Que suba al ara como la paloma y el cordero.

Y que hable el juez desde la cruz, no desde su silla». 

«Estas son mis llaves» (fragmento)

León Felipe 


«Ya hay un español que quiere

vivir y a vivir empieza,

entre una España que muere

y otra España que bosteza».

«Españolito» (fragmento)

Antonio Machado

«Manolete», sombra viva del toreo. Foto Ernesto Castillejo

Sin pretender un análisis de la tauromaquia “Manoletista” —que de esto se ha escrito bastante, aunque nunca lo suficiente—, si es interesante revisar un poco y como se fue desarrollando el concepto de esa particular manera de torear, en donde se da un común denominador de naturaleza intrínseca entre lo técnico y lo trágico.

Se dice que “Manolete” vino a implantar una característica esencial en el toreo moderno. Y esta era la quietud, digamos lo más peculiar de su toreo. Aquí se guarda un símil —quizá premonitorio—, su monumento fúnebre, su mausoleo, su perfil, el mármol estático y frío en su escultura; que se adivinaba, aún antes de su muerte. Esta percepción también sería manifiesta a través de su mirada, de su mirada que ha trascendido en imágenes fijas y de cine de la época hasta nuestros días. 

«Suerte suprema». Obra de Diego Ramos.

«Él, que templaba y mandaba

en la infernal embestida;

inconmovible y sereno,

clavado como una espiga;

su tronco, ritmo de palma

suave la mano corría,

quieto, erguido, irreprochable

como sombra cipresina;»

Elegía a Manuel Rodríguez «Manolete»

Abraham Domínguez 

El crítico y periodista español Vicente Zabala decía con respecto al cordobés: «Manolete impone algo que va a ser la ruina para todos los toreros que lo han sucedido. Implanta “la quietud” a toda costa y ante todos los toros. Esto es una enormidad, una barbaridad tan grande, que hace que el toreo entero se transforme». Continúa Zabala: «Desde Manolete no se tolera la faena de aliño. Todos los toreros se ven obligados, si no quieren recibir feroces broncas, a quedarse quietos, muy quietos, con todos los toros». 

«Manolete, Manolete,

hijo y nieto de toreros,

de la raza de los bravos

que triunfaron en el ruedo.

Que lloren los olivares

y se enluten los chiqueros,

que en la plaza de Linares

murió el rey de los toreros».

Fandango anónimo. 

*Alejandro A. Arredondo Maldonado, aficionado mexicano de Monterrey (Nuevo León), nos envía este texto que rinde homenaje a quien considera un "cordobés universal", "al cumplirse los 75 años de su último paseíllo terrenal". Este trabajo, con el título «Manolete a 50 años de su muerte», fue publicado en el periódico «El Porvenir» de la citada localidad en el año 1997, al conmemorarse medio siglo de la muerte del espada cordobés. Al no haber perdido actualidad, nos lo remite por si consideramos oportuno editarlo en la manoletista «Plaza de La Lagunilla». Lo que hacemos con gusto, al tiempo que mostramos nuestra gratitud a su autor por expresar su hondo sentimiento sobre la figura del inolvidable torero cordobés, cuya huella en México, la nación que tanto quiso y donde fue feliz, sigue viva en la afición hermana. 

martes, 14 de mayo de 2019

JULIO ROMERO DE TORRES E IGNACIO ZULOAGA, PINTORES TAURINOS

Por Alejandro Adrián Arredondo Maldonado
Monterrey, Nuevo León (México). Abril de 2019
Romero de Torres. Retrato de su
amigo Anselmo Miguel Nieto
Siempre han existido gran cantidad de artistas de la pintura que se han ocupado de la fiesta brava y que sin duda sienten una gran atracción por esta manifestación cultural; desde luego son muchos los factores que inciden en su sensibilidad y los hacen tomar como motivo de su expresión plástica, la tauromaquia.  
En la historia de la pintura taurina sobresalen dos artistas españoles nacidos en el último tercio del siglo XIX, apasionados de la fiesta brava, uno andaluz, natural de Córdoba Julio Romero de Torres donde nació un 9 noviembre de 1874 y falleció en la misma ciudad un 10 de mayo de 1930 y el otro Ignacio Zuloaga Zabaleta, natural de Éibar, provincia de Guipúzcoa en el país Vasco donde nació en 1870, fallece en Madrid en 1945. Ambos cultivaron el retrato y se destacaron por la aportación a la pintura en general y en tema que me ocupa la aportación pictórica a la tauromaquia. Dos maestros de la pintura que sobresalieron entre otras características por su gusto indeclinable por la fiesta brava, por su pintura costumbrista y por ser grandes retratistas. Pintores siempre rodeados de intelectuales y de las figuras del toreo de su tiempo, además compartieron su admiración por uno de los grandes toreros de la época, el “Pasmo de Triana” Juan Belmonte.
Autorretrato de Ignacio Zuloaga
En un sector céntrico de la ciudad califal, casi frente al río Guadalquivir se encuentra la plaza del Potro y frente a la pequeña escultura del caballo reparando, el museo Julio Romero de Torres en lo que también fue su casa ya que sus padres Rafael Romero Barros y Doña Rosario de Torres Delgado tenían habilitada una vivienda donde nacieron sus ocho hijos. Su padre también fue pintor y autor de retratos románticos, bodegones y paisajes, fue nombrado director del recién creado Museo de Bellas Artes de Córdoba, recuerdo en mi primer visita a Córdoba, una visita muy rápida de ida y vuelta el mismo día, habíamos salido por la mañana de Sevilla en el recién inaugurado tren AVE allá en octubre de 1992, año de la conmemoración del quinto centenario del  encuentro de dos mundos, eufemismo con el que se llamó a tal evento. Recuerdo que al llegar a la plaza del Potro, un niño jugaba con un balón de futbol frente a la casa museo Romero de Torres, llegué acompañado del fotógrafo taurino Guillermo Escobar, lamentablemente el lugar estaba cerrado, el niño que jugaba nos avisó y al escuchar nuestro tono de voz nos preguntó con marcado acento andaluz, -¿de dónde sois? -De México le dijo Guillermo y rápidamente contestó: -¡De donde es Hugo Sánchez! se desatendió de nuestra presencia y siguió jugando con la pelota, nos retiramos a seguir recorriendo la ciudad. Al paso de los años ya por la primera década del 2000 regresé a Córdoba y visité la casa museo, verdaderamente extraordinaria con un tesoro colgado en los muros con obra de diferente formato del maestro cordobés.  En otra ocasión que estuve en Córdoba fui invitado por mi amigo el periodista e historiador cordobés Francisco Bravo Antibón al Círculo de la Amistad de Córdoba y recibido por su presidente que nos atendió espléndidamente, un lugar céntrico con una construcción tradicional cordobesa, sitio donde convive lo mejor de la sociedad, en aquella ocasión al recorrer sus pasillos, habitaciones y escaleras pude contemplar unos murales que datan de 1905 y me llamó la atención cuatro de ellos, pinturas de gran formato, que representan a las artes todas con fondos azules.
Plaza del Potro y Museos de Bellas Artes y de Julio Romero de Torres
Romero de Torres llegó muy joven a la pintura, sus primeros conocimientos los adquirió en el centro docente dirigido por su padre. La influencia del padre también pintor y su hermano Enrique fueron determinantes en un principio pero recibiría diferentes influencias desde el “fortunismo” hasta el impresionismo y el simbolismo francés, esta última corriente literaria y pictórica de moda desde 1880; en alguna etapa también tuvo influencia del valenciano Sorolla. Era un joven inquieto, aficionado al flamenco que sería una de las principales pasiones de su vida; también tuvo amistad con muchos toreros particularmente de Sevilla y de Córdoba.  Sin lugar a dudas el tema principal de la pintura de Romero de Torres fue la mujer, como dice la copla: “…pintó a la mujer morena…”, también el tema del paisaje cordobés, lo flamenco y lo taurino. A partir de 1915 se trasladó a Madrid donde se estableció.  En la capital del reino hacía una vida cultural intensa, acudía a los lugares de reunión de los intelectuales de la época, como Ramón Pérez de Ayala, José Ortega y Gasset y las tertulias de Valle Inclán y de Gómez de la Serna; también frecuentaba al otro Madrid el de las tabernas y los teatros, asistía a sitios de flamenco como Los Gabrieles. En 1913 apoyó públicamente a Juan Belmonte un joven torero muy discutido que se haría famoso, en el restaurante al aire libre del Buen Retiro, lo retrató desnudo y envuelto en un capote con el fondo de Sevilla y la Giralda. Belmonte fue un tema recurrente en la temática taurina del pintor cordobés, unos años antes en 1909 lo retrata como novillero con rostro casi infantil cuando el sevillano contaba con 17 años y era aún un desconocido. El trianero aparece vestido con corbata, mirando con seriedad al observador.
Belmonte. Retrato de Julio Romero (1909)
El tema taurino lo abordó en los retratos de sus toreros preferidos y en mínima parte en los carteles de la feria de La Salud en Córdoba en especial los de 1902 y 1905 y el de la Corrida Patriótica de 1921, donde se hace referencia de festejos taurinos; esos carteles se encuentran en el museo taurino de Córdoba, esta obra tiene una manifiesta influencia de los pintores de carteles franceses. Los primeros dibujos taurinos los publicó muy joven en la revista “El Toreo Cordobés” del cual era director artístico. Básicamente era un pintor de estudio no le gustaba pintar al aire libre por lo que las escenas taurinas son escazas en su obra. Del tema, su primer apunte digamos publicado nacionalmente fue de “Lagartijo muerto”, en la capilla ardiente que fue publicado el año 1900 en el diario “El Liberal de Madrid”; posteriormente pintó un retrato al óleo del mismo Rafael Molina. Tiempo después por encargo de importante banquero pintó a Rafael Guerra “Guerrita” en traje de luces. En el siguiente trabajo taurino pintó a “Machaquito” de cuerpo entero y aunque este retrato lo incorporó al conjunto de su cuadro “La Consagración de la Copla” es una magnífica representación del califa y en sí esta obra se le considera una síntesis pictórica de su obra. Posteriormente realizó de nuevo un retrato de Juan Belmonte, caso curioso Belmonte en la época hacía su servicio militar y por ello aparece con la cabeza rapada.  En otro cuadro llamado “Poema de Córdoba” está representada la Córdoba torera con una escena taurina de la plaza de La Corredera con la figura de “Lagartijo”. Existió otro cuadro con ambiente taurino “La Niña Torera” del que se desconoce su paradero. También hay una obra póstuma taurina que es  “Ofrenda al arte del toreo” pintura llena de contenido simbólico por demás interesante y que en primer plano y casi cubriendo más de tres cuartas partes del cuadro aparece una mujer desnuda. Fallece en Córdoba el 10 de mayo de 1930.
Guerrita. Retrato de Romero de Torres
A vuelo de pájaro su obra  la conforman su amada Córdoba, la mujer, el desnudo, el retrato, el costumbrismo, homenaje recurrente al flamenco y a la copla. Los toreros, en fin, un universo pictórico lleno de símbolos, en ocasiones provocador, con dos constantes: creatividad y calidad.
Ignacio Zuloaga el genial vasco compartía como le hemos dicho con Romero de Torres aparte de la bohemia, el flamenco, el gusto por las tertulias intelectuales, la afición a los toros y la admiración por Belmonte. Colaboró con Manuel de Falla en la organización del célebre concurso del Cante Jondo de Granada; intentó y se hizo torero en Sevilla. Hecho curioso que es preciso referir  por cómo le utilizó en algunas de sus obras es el de comprar en Córdoba su cuadro favorito: “El Apocalipsis” de “El Greco” en cinco mil pesetas de aquellos tiempos, obra que le sirvió de fondo para algunas de sus obras en especial uno que dejó inacabado llamado “Mis amigos” que dedicó a la generación del 98. En ese cuadro pintó a Juan Belmonte junto a Valle Inclán, Ortega y Gasset, Marañón y Baroja con la finalidad de dejar constancia de la categoría que dejaba el arte del toreo en general y a Belmonte en particular, al que consideró otro miembro de esa generación.
Belmonte. Retrato de Ignacio Zuloaga
Zuloaga provenía de cuatro generaciones de artistas que ocuparon cargos en la corte de los Borbones, desde joven se dedicó a la pintura, estudió con los maestros del Museo del Prado, de ahí viajó a perfeccionarse a Roma luego se estableció en Paris. En la ciudad luz se relacionó con los pintores impresionistas, Monet, Degas y Gauguin con quién compartió estudio. La presión familiar y la precariedad económica a su estancia en Montmartre. Regresa a España concretamente a Sevilla. Consiguió trabajo, pero no deja su vocación. En Sevilla retrata a personajes populares, gitanos, floristas, cigarreras, etc. Vivió feliz en Sevilla donde prosiguió su vida bohemia, para él más atractiva que en Paris. En Sevilla pasó largas temporadas de 1893 a 1898 además en esta ciudad y posiblemente influenciado por el ambiente se decantó por la fiesta brava e intentó ser matador de toros debutando con el apodo de “El Pintor”. En el barrio de San Bernardo, junto a la puerta de la carne, un torero de la tierra Manuel Carmona abrió una escuela en una plaza por él construida y ahí se presentó Zuloaga, a lo largo de su fugaz trayectoria estoqueó diez y siete toros; en el último festejo que participó un novillo le  propinó serio percance que lo obligó a retirarse en un principio momentáneamente y después definitivo de su aspiración torera; todos estos festejos se dieron en los alrededores de la capital hispalense. En el museo de Pedraza, se exhibe un cartel donde participa Zuloaga y refiere que el sábado 17 de abril de 1897 en la plaza de la escuela taurina de Sevilla, alternó con Manuel Domínguez, anunciado el vasco como “El Pintor” lidiando cuatro novillos de cuatro años dos para capea y dos de muerte. En los cinco años que vivió en Sevilla fue rico en el tema taurino, pintó diversos cuadros de toreros.
Cartel de la actuación de Zuloaga
En el verano 1898 se traslado a Segovia donde permaneció hasta 1916; en esa población castellana vivía con su tío un medio hermano de su padre Daniel Zuloaga que era destacado ceramista. En esta tierra realizó obras que le valieron reconocimiento internacional; ahí pintó alrededor de catorce cuadros de tema taurino en cuyas composiciones destaca las figuras de sus protagonistas;  recorrió buena parte de las poblaciones cercanas atraído por los festejos taurinos que por esos rumbos se dan. De esa época se dan algunos de sus cuadros como: “Preparativos para la corrida”, “Toreros de pueblo”, “El Corcito”, “Torerillos de Turégano”, “En la corrida”.
La fama que iba adquiriendo y su amistad con toreros y ganaderos lo llevaron a participar como invitado a tientas en importantes ganaderías, por algún motivo familiar acompañado siempre de su tío y donde con entusiasmo echaba capa y calmaba sus ansias de  torero.
Estuvo en el cortijo Zahariche con don Félix Urcola; con el Marqués de Villagodío; en Aldeanueva, ganadería que más adelante sería adquirida por Domingo Ortega.
Ya con fama de pintor destacado debido a su talento y a que importantes hombres de negocios lo solicitan como retratista; es llamado de Madrid para pintar el retrato del Duque de Alba y luego el de la esposa de este, entonces se le abre un amplio panorama con la gente de la aristocracia. Vive en Madrid a sus anchas, asiste a las tertulias Valle Inclán, Pío Baroja, Belmonte, Pérez de Ayala, Marañón que le insisten a que exponga pero el reconocimiento madrileño todavía tardaría en llegar.
Domingo Ortega. Retrato de Zuloaga
En ese período organizó festejos taurinos y becerradas siempre con fines benéficos donde actuaron Juan Belmonte y otros destacados espadas, en la mayoría  de ellos el pintor corrió con los gastos; en esta aventura empresarial lo acompañó como gestor ante autoridades su tío Daniel que había sido nombrado profesor en la escuela cerámica de Madrid; a estos festejos siempre lo acompañaron intelectuales, políticos y hombres ilustres de la época. En uno de los festejos de Segovia donde estuvieron los hermanos Juan y Manolo Belmonte con ganado de Aleas estuvo presente el pintor cordobés Julio Romero de Torres. El año de 1924 realizó tres retratos de Belmonte destacando entre ellos el célebre “Belmonte en plata”. La amistad y la admiración entre los dos, pintor y torero, era mutua. En una ocasión en que reaparecía Juan Belmonte en Nimes el 25 de junio de 1934, Zuloaga ayudó a vestirlo, existe una foto en donde el pintor ayuda al pasmo de Triana a ponerse la casaquilla. Sobre la afición taurina del pintor, Belmonte expresó: “Creo que hubiese cambiado toda su pintura por haber matado un toro en Madrid, en la corrida de la beneficencia y verle rodar con las cuatro patas por lo alto y el tendido lleno de pañuelos”.
Albaicín. Retrato de Zuloaga
Era tal su fama de retratista que era solicitado por países de Europa y América. La afición y la amistad lo llevan a retratar a Rafael García EscuderoAlbaicín” a Domingo Ortega, Antonio Sánchez El Chepa", a su amigo de la época sevillana Ángel CarmonaEl Camisero” y hasta el mismo Manolete con el que nunca coincidió en agenda, sin embargo, sin modelo y atendiendo a su memoria privilegiada esbozó con suaves trazos un cuadro sobre Manolete de cuerpo entero y tamaño natural, pero la muerte sorprendió al pintor dejando inconcluso el cuadro. Una de sus últimas pinturas fue el “Palco de las Presidentas”. Realizado pocos meses antes de fallecer.
En sus últimos años en Madrid, abonado en Las Ventas y conviviendo en las tertulias con amigos como Manuel Machado y Díaz Cañabate entre otros, hicieron felices los últimos días que residió en la capital española. A los setenta y dos años seguía asistiendo como invitado a tientas en la finca de Domingo Ortega donde en los medios daba capotazos a becerras enrazadas, siembre bajo la atenta mirada y cercanía de Domingo Ortega y Rafael Albaicín. Fallece el 31 de octubre de 1945, en reconocimiento a su afición, a la salida del estudio el féretro fue cargado entre otros por José María Cossío, Domingo Ortega y Rafael Albaicín.
El Chepa. Retrato de Zuloaga
Dos pintores de excelente trazo, de gran calidad y capacidad; de un convencimiento total de su vocación artística, pintores de acendrada afición taurina, genios que coincidieron en el tiempo y que convivieron con los principales protagonistas del mundo cultural y político español de su tiempo; vidas paralelas que junto a otros artistas llenaron una época de esplendor ibérico. Desconozco que tan cercanos fueron ó si existió entre ellos una amistad cercana, amigos mutuos los tuvieron, influencias artísticas muy similares también. Son muy contadas las referencias de alguna cercanía entre ellos; existe la  constancia de la asistencia de Romero de Torres a uno de los festivales benéficos organizados por Zuloaga, sin embargo creo que debieron convivir en más de una ocasión e intercambiar sus particulares conceptos para expresar mediante la pintura el arte taurino.
Manolete, retrato inconcluso de Ignacio Zuloaga