lunes, 8 de noviembre de 2021

TOREROS CON GAFAS EN LOS RUEDOS

Por Rafael Sánchez González

Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete»

Me preguntan si es cierto que Manuel Rodríguez Sánchez Manolete (padre) llegó a torear usando gafas durante la lidia. No es la primera vez, y más concretamente en Córdoba, que sale a colación este tema y la realidad es que no se conocen datos que acrediten tal caso.

Allá por marzo de 1989, en compañía de mis recordados amigos Pepe y Rafael Guerra Montilla nos desplazamos a la localidad de Cabra, donde, por mediación de Manuel Mora, visitamos a José Pérez Polo, reconocido aficionado local que era poseedor de abundante material (carteles, fotografías, etc.) relacionados con la Fiesta de los toros. Entre otros documentos pudimos observar una foto en la que el referido diestro aparecía vestido de luces y provisto con gafas para la vista, junto a dos personas desconocidas para nosotros. Como fondo tenía una blanqueada pared, por lo que era imposible poder identificar el lugar donde pudo ser tomada dicha instantánea. Lo que estaba claro es que Manolete llevaba puestas las antiparras aun vestido de torero.

Antiguo barrio del Campo de la Merced de Córdoba

Asimismo y relacionado con este tema, entre los numeroso datos tomados en las amenas tertulias que hace años mantuve con antiguos vecinos del «Campo de la Merced», todos ellos veteranos aficionados con muchas vivencias que todavía recordaban, y poseedores por tanto de innumerables  episodios sucedidos en aquel taurinísimo barrio del viejo matadero cordobés, conservo un apunte en el que Rafael  Luque Flores (hijo del que fuera extraordinario subalterno Ricardo Luque González Curro Camará), me refiere cuando con otros chavales se asomaban a una ventana en la planta baja de la casa donde vivía Manolete, en la calle «Molina Sánchez Lagartijo», para verle vestirse de luces, llamándoles la atención que lo hiciera teniendo colocadas unas gafas, que -me dijo- dejaba luego sobre la mesita de noche antes de salir con dirección al coso de «Los Tejares». Sabido es y conviene recordarlo ahora, que como consecuencia de una enfermedad el Sagañón, apodo por el que era conocido entre sus vecinos Manuel Rodríguez, padecía una afectación en la vista que se fue agravando con el paso del tiempo, por lo que solía utilizar lentes en su vida cotidiana. 

Como última cita, en la página dedicada a Consultorio Taurino del semanario El Ruedo correspondiente al 20 de febrero de 1958, contestando a la misma pregunta con relación a Manolete ofrece la siguiente respuesta: Solo podemos decirle que en una ocasión le vimos hacer el paseíllo en Bilbao (solo el paseo) con gafas cuando era novillero todavía.

En cambio, respecto a Francisco Montes Paquiro, parecer ser que toreó con gafas en el festejo que se dio en Sevilla el 5 de noviembre de 1849, con motivo del feliz alumbramiento de la Infanta Luisa Fernanda, Duquesa de Montpensier, según afirmó Aurelio Ramírez Bernal P.P.T., en un trabajo que publicó La Lidia en su número 41 del año 1900, en el que dicho escritor hizo tal aseveración a la vista del cartel de aquella corrida.

La despedida del torero.
Museo Carmen Thyssen de Málaga

Indiquemos de paso que Francisco Montes fue el gran reformador de los festejos taurinos tal y como han llegado hasta nuestros días, sin más variaciones que las impuestas por la evolución de los tiempos. Una prueba concluyente de su poder creativo y organizador la encontramos en su original concepción del arte de torear, que Pedro Romero fundamentaba en la suerte de matar, pues si bien Costillares y Pepe-Illo se apartaron algo de tal concepción, fue Paquiro el que otorgó parecida transcendencia a las restantes suertes, tanto de capa, banderillas y muleta, de manera definitiva. Su inteligencia y buen gusto fueron las bases en que se apoyó para lograr su propósito, sin que podamos olvidar que también ordenó la composición de las cuadrillas e influyó sobre el cambio en la ropa de torear. Sus amplios conocimientos de la lidia los dejó reflejados en su Tauromaquia Completa. Por algo Ortega y Gasset al proyectar un estudio, que no llegó a desarrollar, sobre la Fiesta de los toros lo titulaba Paquiro o el arte de torear. 

Corría el año 1846 y Montes, ya envejecido prematuramente por culpa de una vida alocadamente entregada  a diversos excesos, seguía con el mismo valor y entusiasmo de los días de su poderosa juventud, sosteniendo con hechos asombrosos el prestigio conquistado a base de arte y maestría, pese a sufrir un varetazo en la ingle toreando en Jerez de la Frontera y una cornada en el muslo que le infirió un astado de Durán, percances que le indujeron a tomar la determinación de que en el curso siguiente limitase  sus intervenciones a las plazas de Andalucía y algunas del norte, y cuando en septiembre del 48 fue a Sevilla, accediendo a los deseos de los Duques de Montpensier, tras actuar  junto a Curro Cúchares y el Chiclanero, optó por dejar el toreo. Retirada que habría de durar poco tiempo, dado que en 1850, aceptando una sustanciosa oferta que le presentó la empresa de la Villa y Corte volvió nuevamente a los ruedos. 

Procedente de La Coruña, donde había participado en dos corridas, Francisco Montes llegó a Madrid el día 20 de julio de aquel año a fin realizar el paseíllo el día siguiente en el ruedo madrileño, no sin antes apadrinar a un hijo del famoso banderillero Nicolás Baro, fausto acontecimiento que con todo rumbo se celebró hasta bien entrada la noche, pero decidido a continuar la fiesta, en lugar de marcharse a descansar Paquiro quiso  prolongar su particular juerga hasta el día siguiente, acudiendo a tan importante cita con evidentes pruebas de la alegre jornada vivida.

Francisco Montes «Paquiro»

Acartelado con José Redondo el Chiclanero y Cayetano Sanz se enfrentaron a toros de la antiquísima ganadería de casta jijona que a la sazón poseía en Ciempozuelos don Manuel de Torre y Rauri, cuyas reses lucían ya en su divisa los colores amarillo y encarnado. En primer lugar, salió Rumbón, retinto y aldinegro ejemplar que manseó en varas por lo que fue fogueado. Tan solo le había dado Montes tres pases con la muleta cuando el jarameño, en una colada, le volteó y corneó produciéndoles una herida a la altura del tobillo y otra de mayor extensión en la pantorrilla del muslo izquierdo, además de contusionarle en la cabeza y en el pecho. Al incorporarse con el rostro ensangrentado miró a su paisano diciéndole: encárgate de él, que estoy jerío. Después de curado en la enfermería de la plaza fue trasladado a su domicilio en la calle Amor de Dios. No volvería a torear más.

Retirado definitivamente en su casa de Chiclana de la Frontera, cuando apenas había cumplido cuarenta y seis años de edad, el 4 de abril de 1851 dejo de existir aquel buen mozo que iniciado en el oficio de albañil, tras pasar por la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla, alcanzó a ser un torero de enorme popularidad y, sobre todo, uno de las más importantes en la historia del toreo, a cuya memoria y amparado en el tema  que motiva estas líneas, he querido recordar brevemente, cuando se ha cumplido este año el 170 aniversario de su muerte, y al que García Tejero le dedicó estos versos:  

                              «El rey de los toreros se apellida

                               y con justa razón rey se proclama…

                               Su nombre ya no muere, pues su vida

                               en letras de molde se verá esculpida

                                y tanto durará como su fama».  

lunes, 1 de noviembre de 2021

TOREAR DESPACIO: UN DON DE PRIVILEGIADOS

Por Antonio Luis Aguilera

«El temple somete y el sometimiento ralentiza la embestida». Foto Plaza1

«El temple somete y el sometimiento ralentiza la embestida». Son palabras del torero que más despacio he visto torear en mi vida: Juan Ortega.

Hacer despacio el toreo de verdad es lo más difícil en el trance de pasarse por la faja a un toro bravo. Requiere una fuerza interior, un don especial que sostenga la calma para mantener la pureza del compromiso sin recurrir a los alivios técnicos, a esas ventajas que ofrece el conocimiento del oficio y permiten aligerar el riesgo, las mismas que son válidas cuando permiten resolver situaciones comprometidas de la lidia ante la peligrosidad del animal, pero que últimamente son comunes en los ruedos ante cualquier res, hasta el punto de que el público no muy entendido las acepta como normales. Verbigracia, colocarse por fuera y aprovechar la inercia del animal para meter el pico de la muleta en el pitón contrario y aligerar el pase con impostada elegancia fotogénica, o torear en oblicuo echando hacia afuera la embestida.

Torear encajado de verdad, con la pureza y el clasicismo que lo hace Juan Ortega es engrandecer el arte del toreo, elevarlo a un estado superior; es exaltar el efímero e inolvidable encuentro donde se ofrece la vida para crear una obra que exige entrega absoluta desde la colocación en la suerte, así como calma interior para afrontar la angustia del riesgo al enganchar al toro y someter la embestida pulseando el suave vuelo de las telas, que terminan por imponer otra velocidad, otro ímpetu al mostrado en las primeras acometidas, graduando su celeridad con ese toreo de seda que nace de un encuentro sin violencia, despacioso, de imágenes a cámara lenta. Atesorar la gracia para hacer inmenso el toreo, con esa cualidad que no parece humana, es un don que solo han tenido algunos privilegiados en la historia, esos elegidos que recibieron «las bolitas» que según Rafael de Paula mandan desde el cielo al nacer. 

Juan Ortega, encajado de verdad, torea al natural en Sevilla.
Foto Emilio Méndez (Cultoro)

Pronto vio la afición de Madrid las cualidades de Juan Ortega, torero al que ha respetado y esperado desde su revelación en el ruedo venteño el 15 de agosto de 2018, adelantándose incluso a la hispalense, que por la «sensibilidad» de su empresario hubo de aguardar media docena de años, más otro por el maldito Covid, para verlo en su albero como matador de toros. Un largo y duro camino desde la tarde de la alternativa en Pozoblanco, sin que los grandes comisionistas del toreo dieran opciones a las cualidades que después, gracias a dos empresarios modestos, Juan Reverte y Alberto García, iban a maravillar al orbe taurino al ser televisadas por Canal Toros de Movistar, que actuó como notario para dar fe de la epifanía de Linares ante el enclasado Nardito de Parladé, amenizada con las notas del pasodoble Manolete, y fechas después en la plaza de Jaén de la que fue considerada la faena del año, ante el exigente Basurilla del hierro de Victoriano del Río.

Entre la tristeza por la pandemia llegaba un canto a la esperanza por aquella bocanada de pureza, sensibilidad y excelencia del toreo. Tras desbrozar un espinoso camino sacando fuerza de flaqueza, el primer gran éxito de Juan Ortega fue creer en sus cualidades sin que «el sistema» lograra aburrirlo, y tener la certeza de que debía estar preparado para el día que la «suerte» apareciera por la puerta de chiqueros vestida de negro con dos pitones en el testuz. Cuando por fin le vimos «cambiar la moneda» y expresar el toreo clásico tan despacio, llevando la ilusión a los aficionados, recordamos una frase con aires de sentencia pronunciada por Curro Romero: «¡Qué difícil es comer despacio cuando se tiene mucha hambre!».

ENLACE RECOMENDADO: CRÓNICA DE VICENTE ZABALA PUBLICADA EN EL DIARIO «EL MUNDO» E IMÁGENES DEL CANAL TOROS DE MOVISTAR EDITADOS EN EL BLOG «LA RAZÓN INCORPÓREA» de JOSÉ MORENTE.

lunes, 25 de octubre de 2021

JUAN BELMONTE, «DON MODESTO» Y JUAN ORTEGA

Por Luis Miguel López Rojas

Juan Ortega meciendo la verónica. Foto Plaza de la Maestranza 

Cuando la atípica temporada taurina de este 2021 está a punto de echar el cierre, trato de saciar mis ansias por profundizar en los secretos de la tauromaquia a través de la lectura.

Leyendo el magnífico y lujosamente editado libro «Juan Belmonte, la huella de un retrato» (Ediciones Giralda), escrito por Jesús Cuesta Arana, en su tomo I, me encuentro con la última gran crónica escrita por «Don Modesto». Bajo este  pseudónimo, se escondía el famoso revistero D. José de la Loma y Milego, escritor y periodista taurino. Reconocido partidario de Ricardo Torres «Bombita», al que este hiperbólico y gran cronista bautizó como «El Papa, sumo pontífice del toreo». De la misma forma, a él se le atribuye poner el sobrenombre del «Papa Negro»  con el que todos conocemos a Manuel Mejías Rapela «Bienvenida III», patriarca de la dinastía «Bienvenida» haciendo un juego eclesiástico, entre el poder del Papa de la Iglesia Católica, siempre blanco, y el Prepósito General de los Jesuitas, siempre negro.

Media verónica del inolvidable Juan Belmonte

Su última gran crónica (puesto que falleció el 30 de enero de 1916), fue de una de las actuaciones más portentosas de Juan Belmonte en la vieja plaza de toros de Madrid (antigua de la carretera de Aragón). Para algunos, su faena al cuarto toro fue la más completa de Belmonte en su vida, superando incluso la del 2 de mayo de 1914 y la famosa del toro de la Viuda de Concha y Sierra en la corrida del Montepío de 1917. Fue el 23 de abril de 1915, compartiendo cartel con Vicente Pastor, Rafael «el Gallo» y «Joselito», que hicieron el paseíllo con el «Pasmo de Triana» para lidiar ocho toros de Murube. Dicha crónica fue publicada en las páginas del «El Liberal», titulada «Belmonte, a horcajadas de la luna, abre cátedra de torear». Una verdadera delicia leerla, cosa que les recomiendo (páginas 264 a 266, del citado libro).

Según la estaba leyendo, mi imaginación me transportó en el tiempo para situarme en la Maestranza, ciento seis años después, un 24 de septiembre de 2021, donde contemplé a otro Juan, también trianero, con el mismo apellido que «la Señá Grabiela» madre de «Gallito». Juan Ortega y su forma de cuajar por verónicas al segundo de la tarde. Así que permítanme apropiarme del final de la crónica de «Don Modesto» con la única sustitución de una palabra, ustedes pronto descubrirán cuál es…

Lance de Juan Ortega en la pintura de Tico de la Rosa

«Señores. Ayer Juan Ortega montó a horcajadas sobre la mismísima luna, y desde allí. Impávido, clásico, helénico, abrió cátedra de torear.

La multitud enronqueció de entusiasmo. A otra faena así, se van a poner las celdas de los manicomios por las nubes.  

Resumen: ¡Juan Ortega! En Sevilla, barrio de Triana, darán razón». 

martes, 19 de octubre de 2021

JUAN ORTEGA PREMIADO CON EL TROFEO «JOSÉ MARÍA MARTORELL»

Por Antonio Luis Aguilera 

Juan Ortega. Foto Plaza1
La Tertulia Taurina «Tercio de Quites» de Córdoba ha premiado con el trofeo «José María Martorell» al matador de toros Juan Ortega, en reconocimiento «a la ilusión despertada en la afición y la excelencia de su toreo». El premio, un busto en bronce del inolvidable torero del barrio de San Cayetano, magistralmente modelado por los escultores cordobeses Hermanos García Rueda, que generosamente colaboraron con la tertulia por admiración y amistad con el torero, y que en su basamento tiene alegorías de la vieja plaza cordobesa de «Los Tejares», le será entregado al torero nacido en Triana en el transcurso de un almuerzo, cuando sus compromisos profesionales se lo permitan.
Juan Ortega en la pasada feria de Otoño de Madrid. Foto Plaza1
Juan Ortega fue miembro activo de esta Tertulia durante su etapa universitaria en la ciudad, donde entre toros y libros estudió y se licenció como Ingeniero Agrónomo. De igual modo, en el año 2010, siendo novillero sin picadores, Juan Ortega también fue premiado por este grupo de aficionados cordobeses con el «Trofeo a la Ilusión», un capote de brega que le fue entregado por la máxima figura del toreo Manuel Benítez «El Cordobés», que en el mismo acto recibió el trofeo «José María Martorell» en reconocimiento a su incomparable carrera en la historia del toreo. 
        Trofeo «Martorell»

Durante su etapa universitaria en Córdoba Juan Ortega fue alumno de la Escuela Taurina del «Círculo Taurino», con la que participó en varias novilladas sin picadores televisadas por Canal Sur. Del mismo modo, debutó como novillero con picadores en la plaza de «Los Califas», donde se había presentado sin caballos el año anterior, el día  24 de mayo de 2011, formando terna con Juan del Álamo y Víctor Barrio para lidiar un encierro de la ganadería Fuente Ymbro, y tomó la alternativa en el coso de «Los Llanos» de Pozoblanco el 27 de septiembre de 2014, de manos de Enrique Ponce, actuando como testigo José María Manzanares, con una corrida de Zalduendo. El toro de la ceremonia atendía por «Amante», estaba marcado con el número 122, y era negro mulato. El toricantano cortó las dos orejas a «Presumido», el sexto de aquella lluviosa tarde.

El trofeo «José María Martorell» fue instaurado por la Tertulia «Tercio de Quites» de Córdoba a la muerte del gran espada cordobés en 1995. 

jueves, 14 de octubre de 2021

LA GENTE JOVEN HA VUELTO A LAS PLAZAS

Por Antonio Luis Aguilera

La increíble despaciosidad de Juan Ortega.
 Foto Arjona (Revista Aplausos)

De los aspectos más importantes de la temporada que está a punto de concluir nos quedamos con la vuelta de la gente joven a las plazas. Da gusto ver los tendidos con tanta juventud, que acude sin complejos a presenciar un espectáculo profundamente arraigado en nuestras costumbres, y que desde hace siglos forma parte de la cultura de España, a pesar del desprecio actual de los políticos ignorantes que gobiernan la nación, quienes tratan de hundirlo con conductas prevaricadoras, como la denegación del subsidio por Covid a los profesionales del toreo, a pesar de las terribles circunstancias económicas, que tuvieron que acudir a los tribunales de Justicia para que estos les reconocieran su derecho a percibirlo, algo increíble en un gobierno de izquierdas que no respeta la diversidad ni el derecho.

El mismo que pretende prohibir la asistencia a los espectáculos taurinos de los menores de 16 años, propuesta que fue llevada el pasado fin de semana al congreso del partido en Valencia; y el que ha sacado de la chistera del dinero público un bono cultural de 400 euros para los jóvenes que cumplan los 18 años en 2022, con el que sin el menor escrúpulo busca la compra de votos, y que con deliberada desvergüenza excluye a la fiesta de los toros, curiosamente a propuesta de la misma ministra —ahora vicepresidenta del gobierno— que tanto daño moral y económico causó a los profesionales del toro denegando las ayudas Covid.

El hermoso trazo del toreo de Morante. Foto Plaza1

Es decir, un nuevo acto de presunta prevaricación gubernamental —que afortunadamente va a ser llevada a los tribunales por la Fundación del Toro de Lidia—, tratando de orillar desde el Estado la ley 18/2013, de 12 de noviembre, para la regulación de la Tauromaquia como patrimonio cultural. Otro obstáculo en el camino del toreo de un gobierno que lo odia y lo margina, no respeta a sus profesionales, ni acepta la libertad consagrada en la Constitución para que la ciudadanía haga y elija lo que le plazca dentro de los límites de legalidad. Otro impedimento más al toreo de esa mediocridad política a la que se le llena la boca hablando de libertad y respeto.   

Pero a pesar de este sucio acoso del gobierno a los profesionales taurinos y a los aficionados, la respuesta de la gente joven ha sido la contraria a lo pretendido y esta temporada ha vuelto con fuerza a las plazas, como ha podido verse en las corridas televisadas por el Canal Toros de Movistar, y de forma especial a las corridas donde tomaban parte toreros considerados artistas por la bella y singular manifestación de su acento personal, ese que cuando se expresa ilumina el ruedo con la cegadora fuerza del relámpago para que los tendidos, asombrados ante el fenómeno, liberen el estruendo del ole seco y profundo, la catarsis ante la experiencia vital profunda y comunitaria, que únicamente se desencadena ante unas verónicas ralentizadas, o unos naturales que no terminan en la despaciosa y serpenteante embestida que rodea la cintura del artista que cita, trae, pasa y lleva una amenaza de muerte hasta detrás de su cintura para poder ligar otra embestida.

La belleza dibujada por Diego Urdiales

La gente joven ha elegido bien rechazando debates estériles de confrontación política —¡qué lejos quedan los tiempos de consenso y debate de aquellos políticos de talla de cualquier formación en la transición!— y siendo testigos de una temporada fecunda en el toreo de arte, ese que permanece siempre en la mente de la afición, y que será recordado como el suceso de tal plaza o cual feria, porque la firma de su autor no se difuminará con el paso del tiempo, como sí lo harán con toda seguridad los discursos fatuos de la vigente clase política, que tanto hartazgo, desazón y malestar provoca en la ciudadanía.

¿O es que puede olvidarse el hermoso trazo del toreo de Morante, la belleza dibujada por Diego Urdiales o la increíble despaciosidad de Juan Ortega…? Tres nombres propios de la temporada para elegir una terna soñada, a los que cada aficionado podrá añadir algunos más, de esos héroes que jugándose la vida cada tarde han reivindicado en la arena la belleza del toreo en su más excelsa expresión. Y lo han hecho con tanta intensidad que otras manifestaciones artísticas, que antes del Covid estaban de moda, las catalogadas en el concepto del «más difícil todavía», han pasado a un segundo plano ante la poesía del toreo sin estridencias, el de manos bajas, trazos de seda y templado compás, que por su inolvidable plasticidad y verdad eriza el vello, humedece los ojos y seca las gargantas cuando un artista se juega la vida ante un toro bravo. 

Eso sí que es arte de verdad y no los groseros ataques y censuras del gobierno de España a la Tauromaquia. Sin bono cultural o pretendida compra anticipada del voto, la gente joven ha vuelto a los toros haciendo uso de su libertad y de su sensibilidad. A pesar de tanta hostilidad los aficionados estamos de enhorabuena.

jueves, 7 de octubre de 2021

JUAN ORTEGA, A CÁMARA LENTA

Por Barquerito

«Juan Ortega, el garbo grave del buen toreo». Foto Plaza1

Antes de asomar el sexto cobró cuerpo un palmeo por bulerías, que iba por Juan Ortega. Tardó en fijarse el toro, nunca llegó a hacerlo del todo y hasta terminó buscando tablas y a su aire. Pero no paró de moverse y de venirse franco cuando tomó engaño. Con ese toro tan distinto a los cinco jugados por delante Juan Ortega improvisó una faena de puro garbo, el garbo grave del buen toreo. Un toreo de una despaciosidad insuperable, la propia del tenido por toreo de compás. Lo hubo por las dos manos, en el medio perfil, tan distinguido, y hasta de frente. La sucesión fue caprichosa, ajena a los patrones preestablecidos. Molinete de apertura ligado con el de pecho a pies juntos, y el de pecho con el natural y este con el remate en recorte. Golpes de sorpresa, uno tras otro. Posado en todas las bazas el toreo sevillano, ni relamido ni envarado, pura melodía. Pero fue faena sin espada. 

«Posado en todas las bazas del toreo sevillano, ni relamido ni envarado, pura melodía». Foto Plaza1

Madrid, 2 de octubre de 2021 (COLPISA, Barquerito). Plaza de Las Ventas. 5ª del abono de otoño. Veranillo. 12.000 almas. No hay billetes. Aforo reducido. Dos horas y veinte minutos de función. Cuatro toros -1º,3º,5º y 6º- de Domingo Hernández (Concha Hernández) y dos -2º y 4º- de Garcigrande (Justo Hernández). El Juli, una oreja y silencio. Emilio de Justo, silencio tras un aviso y dos orejas. A hombros. Juan Ortega, silencio y saludos tras aviso.

domingo, 26 de septiembre de 2021

«EL PEREGRINO» (Sevilla, 24 de septiembre de 2021)

Por Luis Miguel López Rojas

«Juan Ortega cuajó el mejor toreo a la verónica que se ha realizado en la Maestranza en el siglo XXI».
Texto del Diario ABC de Sevilla. Foto Raúl Doblado.

Camino de Sevilla me preguntaba qué motivo razonable pudiera existir para que yo, un toledano, solo y sin compañía, hubiera decidido hacer mil kilómetros en un día para presenciar una corrida de toros. Por más que el mano a mano improvisado entre Morante y Juan Ortega en la Maestranza fuera un gran aliciente. Alguna causa, que convenciera a mi mente de que no era una locura, y de mi propia cordura… La razón, mi razón, no aparecía. Y donde acaba la razón, para aquellos que somos creyentes, empieza la fe. Y me sentí peregrino. Y le dije a mi mente que desde ese mismo instante era un peregrino. No hay más motivos.

Me preguntaba también cómo Juan Ortega, un torero de Sevilla, de Triana, cuyo toreo parece haberse concebido expresamente para pisar el albero maestrante, ha tardado siete años en ser anunciado en los carteles que cuelgan en la Avenida de Colón. Y no encontraba respuesta. 

Juan Ortega meciendo el lance a la verónica.
Foto Plaza de la Maestranza
Me preguntaba si Gallito y Belmonte hubieran nacido en nuestros días, si también habrían tardado siete años en ser anunciados. Y qué habría pasado con la edad de oro a la que tantas páginas y lecturas hemos dedicado. Y no encontraba respuesta. 

Me preguntaba si Juan Ortega hubiera nacido un siglo antes, en los tiempos de Gallito, en el mismo sitio que nació, en Triana, y Belmonte no hubiera ido a la novillada de Valencia, si no seguiríamos hablando hoy de “José y Juan”, pero de otro Juan, de apellido como el segundo de Gallito: Ortega. Y tampoco encontraba respuesta.

Y llegó la hora y el reloj de Dios, ese que mide en fracciones exactas, el que hace que las cosas pasen cuando tienen que pasar, se sincronizó con el que corona el coso del Baratillo. Eran las seis y veinte de la tarde del 24 de septiembre de 2021… Y yo estaba allí para presenciarlo.

El milagro del toreo a la verónica de Juan Ortega, de esa fragua incandescente que surge de lo más profundo de su alma. De ese corazón que late a compás, como guitarra que toca para marcar el ritmo del cante grande. Y sus muñecas se convierten en pincel y cincel. Pincel que pinta con fuego eterno en el lienzo de nuestra memoria. Cincel que hace de aquello una escultura con la que no pueda el tiempo, para que se lo podamos contar a nuestros hijos, a nuestros nietos… 

Lo vi, juro que lo vi. Vi la verónica de Cagancho, de Curro Puya,  la media de Belmonte… La “otra orilla”. Ese toreo que solo vi en fotografía, por tanto que nunca vi, pero que tantas veces imaginé… Y la música de la Maestranza, esta vez sí, tocó para recibirlo, para dar la buena nueva: La VERÓNICA DEL SIGLO XXI está aquí. Y para decirnos que aquello no era un sueño.  

«¡¡¡Juan Ortega!!! Sinfonía pura», Apunte de Humberto Parra sobre el 
toreo a la verónica de Juan Ortega. Publicado en Diario ABC de Sevilla.

Del resto de poco me acuerdo, ni creo que merezca la pena acordarnos. Un  milagro, es un milagro. Y yo «peregrino» tuve la suerte de presenciarlo. Y es que el reloj de Dios mide en fracciones exactas.

En el tren de vuelta a casa ya no había preguntas, sólo respuestas. Pero preferí cerrar los ojos y volver a soñar con ese cuadro que pintó Juan Ortega en mi memoria. 

¡Gracias, torero. Y viva Triana!