miércoles, 1 de enero de 2020

"LA FLOR DE MANOLETE"

Por Rafael Sánchez González

Plantación de flor de ceniza 
Recientemente se han cumplido dos efemérides, de muy distinto signo, relacionadas con Manuel Rodríguez Sánchez Manolete. Una, la exitosa, que dirían allí, confirmación de alternativa en México, acontecida el 9 de noviembre de 1945 en la capitalina plaza de El Toreo de la Condesa, acartelado junto a los espadas nacionales Silverio Pérez y Eduardo Solórzano con ganado de Torrecilla, fecha desde la que el diestro cordobés dejó cautivada a la afición azteca al punto de ser recordado en aquel país tanto o más que en España. La otra cita a la que me quiero referir es el fallecimiento de su madre, Angustias Sánchez Martínez, ocurrida treinta y cinco años después, concretamente el día 10 del citado mes, estando muy próxima a cumplir el siglo de edad, ciegos sus ojos pero disfrutando de buena lucidez mental, y aunque nacida en Albacete bien podría considerársele cordobesa, ya que  llegó a nuestra capital apenas cumplidos los cinco años, teniendo su primer domicilio en calle Los Álamos (hoy Enrique Redel). 

Angustias Sánchez con su hijo. Foto Ricardo
De sobra es conocido, por lo mucho que se ha dicho y escrito sobre el tema, el gran cariño que Manolete sentía hacia su madre. Diríase mejor, que lo suyo más que cariño era veneración. Sabido es también, que el torero se crió en el seno de una familia matriarcal y rodeado de mujeres, habida cuenta las cinco hembras fruto de los dos casamientos de Angustias Sánchez con los matadores de toros Rafael Molina Martínez Lagartijo Chico y Manuel Rodríguez Sánchez Manolete. Mujer temperamental, que supo de los avatares del toreo y no siempre con vientos de bonanza, fue muy exigente en  la educación de su hijo, pero sin poder frenar  los flujos de la sangre torera que corría por las venas de aquel chiquillo, que aprovechaba los recreos en el Colegio Salesiano para torear con el babero a sus compañeros que le hacían de toro. Porque, la principal obsesión de  Manolete era triunfar en los ruedos para darle a ella el mejor bienestar posible. En el terreno personal, por encima de cualquier otra pasión, la más importante para él era el cariño que sintió siempre por su madre…, y después, el amor que disfrutó junto a Lupe Sino, bella actriz secundaria de cine a la que en 1943 conoció en el famoso establecimiento de Perico Chicote situado en la Gran Vía madrileña. Me atrevería  a decir que este fue el único punto de contradicción entre él y su madre, a pesar de que ella, transcurridos ya unos años de la muerte del torero, con cierto tono de comprensión llegara a declarar en una entrevista (Pueblo 28/8/1972): “yo sabía todo lo de él y Lupe… Nunca me lo ocultó”. 

Antoñita y Manolete. Foto Santos Yubero
Sobre este escabroso asunto, si nos dejamos llevar por las manifestaciones de sus amigos más íntimos, de no haberlo impedido Islero, Manolete tenía intención de casarse con Antonia Bronchalo Lopesino, que así se llamaba realmente su novia. Incluso el periodista Antonio Bellón llegó a confirmar que cuando viajaban camino de Linares en el coche del diestro, éste le pidió que tratara de convencer a su madre de la proyectada boda. Pero el tema de Lupe Sino era tabú en todo el entorno, sobre todo familiar, que rodeaba a Manolete, queriéndose ignorar que junto a esta mujer vivió su etapa más feliz, tanto en Sayatón, pueblo manchego donde había nacido, como en los periodos temporales que compartieron en México. Días de felicidad que solo eran paréntesis en los tormentosos años finales de su vida, ya de por sí enrarecidos en el terreno profesional por las reiteradas exigencias del publico, difíciles de poder complacer, unidas a una injusta campaña por parte de cierta prensa interesada. Es lamentable recordarlo, pero entre los espectadores que la aciaga tarde de Linares gritaron a Manolete aireando la entrada en señal de protesta, cuando ni siquiera había terminado el paseíllo, se encontraban algunos cordobeses, según testigos presenciales de fiable condición. Es decir, que ni en su tierra encontraba ya total comprensión. “Qué lástima. Ahora que pensaba yo ir a verle torear”, exclamó uno al paso del cortejo fúnebre del infortunado espada. Ante tan insostenible situación, en 1947 era manifiestamente visible que Manolete no estaba en condiciones, físicas y anímicas, de poder realizar aquella temporada con el éxito acostumbrado. No en vano su apoderado, José Flores Camará, le había propuesto la conveniencia de trasladar la residencia a Madrid  (Toreros 13/5/1945). La respuesta fue: “Si lo hago, entonces será cuando no podré volver a Córdoba”.
Además, insisto, por encima de todo estaba el inquebrantable cariño a su madre, quien las tardes de corrida las pasaba rezando ante una pequeña imagen de la Virgen de los Dolores que tenían en la casa. Virgen a la que su hijo profesaba gran devoción, junto a San Rafael y Jesús Caído, perteneciente a la hermandad de los toreros. “Angustias Sánchez, qué pena pena.  /  Malhaya el toro, que lo mató. /  No poder con tus besos contener aquella herida…”. Dice el pasodoble canción que le compusieron Juan Guardón y Rafael Báez, que en 1949 grabó en disco  la genial Lola Flores, y dos años antes, incorporándolo a su espectáculo Solera de España, había estrenado Juanita Reina en el sevillano Teatro San Fernando.

Casa de Manolete en la actualidad. Foto Casa de Manolete Bistró.
Manolete, reitero una vez más, siempre tuvo presente en el pensamiento a su madre. Recordándola pronunció unas palabras minutos antes de morir: “¡Qué disgusto se va a llevar mi madre!”. Y para ella compró  a Rafael Cruz Conde, en 1942, el palacete situado en la Carrera o Camino de la Estación (actual Avenida de Cervantes), que cincuenta y dos años atrás mandara construir para residencia temporal José Ortega Munilla, buscando un clima más beneficioso para su esposa, Dolores Gasset, aquejada de tisis. En esta casa pasaría parte de su infancia José Ortega y Gasset, hijo de ambos.
Las obras encaminadas a una mejor adecuación para vivienda familiar, que bajo la dirección del arquitecto Carlos Sáenz de Santa María realizó Manolete, construyéndose además el cuerpo de su fachada lateral a calle de la Bodega y una azotea con pérgola, dieron al inmueble la visión con que a partir de entonces se le conoce. Esta casa la disfrutó muy poco el torero. La casa del Monstruo, llegó a denominarla un periodista taurino, quien confesaría después que por respeto no quiso escribir La jaula del Monstruo. De allí salió su cuerpo ya sin vida en el que sería su último paseo a hombros, esta vez sin olor a multitudes y rodeado de un respetuoso silencio, camino del Cementerio de Nuestra Señora de la Salud, donde reposan sus restos junto a los de su madre, unidos ya los dos para siempre en un solemne panteón de mármol blanco, obra del escultor Amadeo Ruiz Olmos, en el que al respaldo de una gran cruz puede leerse un bellísimo poema del médico y poeta valenciano Rafael Duyos, que comienza así: “Aquel que las arenas pisó con más firmeza  /  yace aquí bajo el cielo de su Córdoba mora.  /  Dictó frente a los toros, lecciones de majeza…”.  

Ana Muñoz en el patio de la calle Tinte número 9. Foto Diario Córdoba
Abundando en el desmedido afán de Manolete por querer complacer a su madre hasta en el más mínimo detalle, voy a referirme finalmente a una circunstancia, que cuando menos me parece curiosa. Leyendo en su fecha unas declaraciones (ABC 6/5/2018) de Ana Muñoz, decana de los participantes en el Concurso de Patios de nuestra ciudad, presentando durante treinta y cinco años el suyo, situado en el número 9 de la calle Tinte, me llamó la atención que al citar una de las plantas que adornan su bonito y bien cuidado patio, dijera: “la flor de la ceniza, de la que cuentan que la introdujo en Córdoba Manolete desde México cuando se la regaló a su madre, gran aficionada a las plantas”.
En aquel momento quise recordar algo sobre el tema, pero recientemente y es lo que me induce a escribir estas líneas, removiendo papeles de mi archivo encontré unas cuartillas en las que anoté lo que en su día, al salir de un programa radiofónico al que también acudió mi recordado amigo José Guerra Montilla -nieto de Guerrita- nos contó Manuel Rodríguez Palitos, primo de Manolete, por ser hijo de José Rodríguez Sánchez Bebe Chico, matador de toros al que llamaban Pijulin en el barrio -para ellos no había más barrio que el Campo de la Merced-, quien el día de su alternativa en Madrid (22/7/1900), mano a mano con Enrique Vargas Minuto, tuvo que matar, y lo hizo muy dignamente, los seis ejemplares de Peñalver.
Ciertamente, Palitos era muy querido por Manolete, él se encargaba de ahormarle los zapatos antes de que este los usara, y bien que presumía de ello. Por cierto, los dos actuaron en Cabra el Domingo de Carnaval de 1933, junto a Juanita Cruz, cuando el cuarto califa del toreo cordobés iniciaba su andadura taurina. Pues bien, según nos dijo este hombre, al regreso de uno de los viajes que su primo realizó a México, “envuelto en papel de celofán le trajo a su madre el injerto de una flor que a él le había llamado la atención” y que -según versión de nuestro interlocutor- Guillermo, el mozo de espadas y hombre para todo en la casa, se encargó de plantar en una maceta, “con la suerte de que le agarró”. Dato que en el fondo viene a coincidir con lo manifestado por Ana Muñoz en el citado periódico.
La flor de la ceniza
Esta flor, llamada de la ceniza, que procede de Santiago Huajolititlán estado de Oaxaca, y según los oriundos nace de las cenizas de los muertos, para que sus almas sepan por donde regresar al mundo terrenal y en su andar crecen despidiendo un característico y penetrante olor; ha sido muy cantada por  poetas y cantautores, entre ellos Luis Eduardo Aute,  e incluso llevada  a uno de sus lienzos por el pintor alemán Anselm Kiefer.
Leyendas y datos al margen, solo cabría añadir, que, como homenaje a Manuel Rodríguez Sánchez Manolete y en recuerdo de su madre, en el palacete que fuera la última morada de ambos, feliz y acertadamente recuperado y hoy abierto al público como destacado establecimiento de hostelería, que ya nació con el nombre puesto, La Casa de Manolete Bistró, junto a la simbólica presencia del torero, entre la variedad de plantas que lo adornan podría conservarse alguna maceta con esta flor que para su madre trajo cuidadosamente desde México. La flor de la ceniza. Que yo he querido llamar hoy la flor de Manolete.  

1 comentario:

Andrés Osado dijo...

Amigo Antonio: Buena elección para un comienzo de año.
Que sea muy fructífero y así seguiré aprendiendo,, cada vez más, de este digno arte.