sábado, 7 de julio de 2018

GUERRITA: "NO ME VOY, ME ECHAN"


Rafael Guerra. Foto Montilla
        La despedida de los ruedos de Guerrita tuvo lugar el 15 de octubre de 1899 en la plaza de Zaragoza. Como hemos podido observar en textos anteriores publicados sobre el II Califa, el torero pronunció con tristeza la frase que encabeza esta entrada, que pretende dar a conocer la explicación del propio espada sobre su retirada, y ofrecer también una crónica de ambiente, con un extraordinario testimonio sobre el hostigamiento que hubo de sufrir el diestro por parte del público de Madrid -parece ser que no hay nada nuevo bajo el sol-, narrado por una de las plumas más brillantes de la literatura taurina, la del gran escritor donostiarra don Antonio Peña y Goñi.
     Según reza el dicho popular, el tiempo termina poniendo a cada uno en su sitio. Juzguen ustedes mismos.
                                                                 
                                                                      Antonio Luis Aguilera
   


          GUERRITA OPINA SOBRE SU RETIRADA


Declaraciones del matador de toros Rafael Guerra Bejarano, en su club de la cordobesa calle de Gondomar, al escritor montillano don José María CarreteroEl Caballero Audaz”, para  su obra “El Libro de los Toreros” (Ediciones Caballero Audaz. Madrid 1947).
"—¿Por qué se retiró usted en pleno triunfo, lleno de facultades, cuando era indiscutiblemente el máximo prestigio de la tauromaquia.
Es que conmigo pasaba una cosa rara. Como la gente creía que yo era “el amo del toreo”, resultaba que de todo lo que pasaba en las plazas me hacían responsable a mí. Hasta cuando los toros eran mansos o defectuosos, Guerrita tenía la culpa y la tomaban conmigo... La cosa llegó a su colmo en la corrida del 16 de abril de 1899, en Madrid, en que Reverte y yo teníamos que matar seis toros de Cámara. ¡Fue una mala sombra! Salieron muy mansos y la corrida era un continuo escándalo. El público, como si yo fuera el ganadero, se metía conmigo de una manera desaforada... El quinto toro era un marrajo asesino que llegó a la muleta defendiéndose, buscando el bulto. Yo lo trasteé para sacarlo de las tablas. Con aquel buey era imposible dar pases de lucimiento y de adorno. Pero el público no quiso entenderlo así y me empezó a tirar naranjas y almohadillas en medio de una bronca infernal. Me atinaron con un tremendo naranjazo en la espalda y lo injusto de la agresión me descompuso... Tardé en matar y me dieron un aviso. Aquel día tomé la resolución de no torear más en la corte y empecé a acariciar la idea de retirarme de los toros cuando cumpliera mis compromisos de aquella temporada. Porque yo pensé que el tomarla conmigo obedecía a que al público le cansa tener que aplaudir siempre al mismo artista... A la gente le gusta encumbrar un torero y poderlo hundir cuando quiera, apenas le llame la atención otra novedad. Pero conmigo no les valía... Desde que tomé la alternativa no hicieron más que ponerme toreros enfrente e imaginar competencias... Con Lagartijo, al que yo quería y respetaba como a un maestro; con Mazzantini, con el Espartero, con Reverte, con Fuentes, con el Algabeño, con Emilio Bomba... Pero tuve suerte y amor propio y me mantuve siempre en mi puesto".

Litografía y autógrafo de Guerrita


    GUERRITA Y LA AFICIÓN DE MADRID
           
           El prestigioso escritor don Antonio Peña y Goñi, crítico taurino y musical, finaliza su libro "Guerrita", publicado en 1894, cinco años antes de la retirada del torero cordobés, con este importante testimonio sobre la relación de una parte de la afición de Madrid con el gran torero cordobés.            
             "...Voy a insistir ahora sobre la situación que hoy ocupa Guerrita en la plaza de Madrid, sobre el instinto suicida que se ha apoderado de ciertos aficionados, algunos de ellos muy respetables, sin duda alguna, e insignificantes otros, que acumulan todo linaje de odios sobre la cabeza de Rafael, y ya que no pueden echarlo de la corte como buen torero, pretenden arrojarlo calumniándolo como mal hombre.                               —Oigo un siseo entre millares de aplausos y me hace saltar— solía decir Gayarre a quien el público del regio coliseo trajo siempre en palmitas, porque era el único sostén de la ópera italiana en Madrid y comunicó nueva vida al Teatro Real.
              No un siseo, sino cien silbidos, escucha aquí Guerrita en cuanto se descuida lo más mínimo como torero, o la prensa de provincias le cuelga cualquier odioso sambenito personal; silbidos que son inevitables, que mortifican el amor propio del diestro y el pundonor del hombre y echan a perder la ovación más halagüeña. 
           ¿Es sostenible esa situación cuando un lidiador que se halla solo, sin rival alguno que pueda hacerle la menor sombra, dueño de un caudal cuantioso y teniendo para torear, en provincias y en el extranjero, cuantas corridas se le antojan, se ve mortificado incesantemente por una minoría que acecha siempre el momento de meterle mano, que no reconoce en el diestro mérito alguno, que va a la plaza de toros con el único y exclusivo objeto de chillarle y dispuesta a perseguirlo a todas horas con un odio incalificable y tenaz?
            ¿Qué se proponen con eso? ¿A qué fin obedece el insensato prurito de apagar la única luz que alumbra al toreo moderno y mantiene viva la afición? Averígüelo quien quiera, que no he de ser yo quien se lance a investigar las causas de lo absurdo.

            Allá se las hayan esos señores; pero sepan que, de todas suertes, ya consigan su singular deseo o dejen de alcanzarlo, la verdad acaba por triunfar siempre, y triunfará a despecho de cuanto se obstinan en cerrarle el paso.
            ¿Quiénes se equivocan aquí? ¿Yo, y conmigo millones de españoles que participan de mi opinión, o los que zahieren en Guerrita al hombre, atribuyéndole defectos que no han podido hallar en el torero?
            ¿Quiénes se equivocan? ¿Los que, como el autor de este libro, se expresan quizá con sobrada violencia en ocasiones, pero sinceramente siempre, no pertenecen a bandería alguna ni mantienen con Rafael Guerra relaciones de amistad, o los que, obcecados por rutinarias preocupaciones o guiados por sistemáticos odios se empeñan en desconocer el mérito del diestro y lo persiguen con inacabable rencor?
            La contestación no es dudosa, y el tiempo la sancionará.

 
Guerrita. Julio Romero de Torres
      Guerrita, entre tanto, proseguirá su carrera aplaudido en todas partes y despertando la gratitud y la admiración de toda España.
        ¿Adelantará? Lo dudo; es joven, se halla en la plenitud de sus facultades, y, sin embargo, es opinión general que toreará poco y se retirará temprano a disfrutar del cuantioso caudal que ha ganado honradísimamente, venciendo las grandes dificultades que sus enemigos le han opuesto, prodigándose siempre, dando lo suyo, sin reservarse jamás.
 
          Si sigue toreando mucho, podrá tal vez depurar su estilo en algunos detalles; pero el distintivo de su individualidad, el sello especial de su toreo será siempre el mismo; y nada ni nadie habrá que aumente ni cercene la gloria que rodea a Guerrita, ni pueda oscurecer el nombre, grande entre los grandes, con que pasará a la historia del arte de torear".



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