sábado, 3 de diciembre de 2022

LAS LÁGRIMAS DE UN TORERO

Por Antonio Luis Aguilera 

¡Suerte...! Foto Plaza1

Por casualidad nos encontramos en la calle. Hacía tiempo que no se cruzaban nuestros caminos, concretamente desde que «las cosas» dejaron de salir bien en las escasas novilladas donde lo ponían. La alegría del encuentro fluyó en un sincero abrazo; instantes después, la breve charla delataba la fragilidad de un ánimo incapaz de articular palabras con la garganta rota y las lágrimas brotando en sus ojos. No recordaba una situación parecida. Semanas después necesito desahogar el sentimiento que me produjo el encuentro, porque las lágrimas de dolor de un torero causan un respeto imponente, sobre todo cuando, a veces, no aparecen porque «las cosas» han salido mal, o por la falta de resultados esperanzadores al esfuerzo de años; ni siquiera suelen brotar en los amargos momentos de las cornadas. Aparecen cuando llegan las «cornadas» que hieren el alma, los percances de la indiferencia, la soledad, la  falta de fe de quienes le apoyaban… Cuando aparece un rosario con tantas cuentas y letanías de desesperanza, que invita a reflexionar sobre la perspectiva de futuro que ofrece una vida entregada al toro desde poco después de la infancia.

Dicen que el toro pone a cada uno en su sitio, pero en el toreo, como en la vida, no hay verdades absolutas. No todos los que quieren «ser gente» gozan de idénticas posibilidades ni tienen la misma suerte, esa palabra pronunciada con veneración en el mundo del toreo, repetida como un «mantra» desde que un muchacho es capaz de dibujar sus primeros lances en la arena, soñando verse pronto liado en un  capotillo de luces en la puerta de cuadrillas. ¡Suerte…! Para que no flaquee el ánimo ante el de los pelos rizados, para poder aprender de quien realmente sepa enseñar, para asimilar los conocimientos y poder crecer, para que se fijen en ti y puedas figurar en un cartel, para que esa tarde el viento no ondee las telas y un animal de reacciones imprevisibles colabore noblemente, para aflojar los nervios y expresar un concepto que agrade al público, para salir ileso de la experiencia, para que cuando haya pasado el miedo de la plaza no aparezca el pavor en la pensión por la falta de dinero para pagar tanto gasto, para subir confiado una montaña de dificultades y madurar en un aprendizaje singular y exigente como pocos: el toreo. 

«... respeto para quien ha visto de cerca al toro...» Foto Plaza1

¡Suerte…! Pero cuando las casualidades no son favorables, cuando el número asignado en la lotería de la vida no aparece en la lista de premios y la suerte es esquiva llega el encadenamiento de adversidades: florecen las dudas, aparece el miedo, se manifiesta la inseguridad, el agarrotamiento, la pérdida de sensibilidad en el manejo de los chismes, la falta de sitio, el deseo de apremiar e irse… Las precauciones que detecta un terrible jurado que con su griterío machaca los tímpanos y con sus burlas el alma. Después, en el entorno aparecen caras largas, palabras gruesas y frases hirientes para decirle que se quede en su casa... Cuando la suerte deja ser una mera casualidad se pierde la fe para volver a buscarla y brotan las lágrimas del torero, amargas, dignas de auténtico respeto para quien por poco que haya sido ha hecho lo que los demás solo han soñado; respeto para quien ha visto de cerca al toro para saber lo que nunca aprenderán los que están en los tendidos, el enigma de esa mirada, el jadeo tras sus impetuosas embestidas, el sentido o listeza que desarrolla y ha de desengañar hundiendo las zapatillas, confiando en la firmeza del delicado trazo del lienzo, y cuando no queda saliva en la boca para tragar el miedo, adelantar la tela para enganchar, llevar, expresar y sentir en el serpenteo de redondos y naturales, mientras la inteligencia gana el pulso a la violencia con el manejo templado de una simple tela.

Las lágrimas de un torero producen un respetuoso silencio, el que merece un corazón que ha latido en los momentos críticos que solo los elegidos son capaces de afrontar. Son la muestra real del sentimiento herido de quien ha ofrecido su vida por un sueño que también se desvanece o se rompe. Solo los privilegiados de todas las épocas lograron ser figuras del toreo, pero todos los que lo intentaron, absolutamente todos los que abrieron cauces por las sinuosas sendas del toro, son dignos de la mayor consideración, porque todos, sin importar el precio a pagar, transitaron por un camino que no es capaz de pisar cualquier ser humano.

7 comentarios:

JAragon dijo...

En mi humilde opinión una de las mejores entradas de tu blog. Cuanta sensibilidad eres capaz de expresar en lo que escribes. Por un momento he visto las lágrimas que brotaron de los ojos de ese torero al que no le sonrió la suerte.
Enhorabuena!

Anónimo dijo...

Que maravilla de artículo ,Antonio. Que bien reflejas el sentimiento de muchos que vestimos el alma de seda y oro. Sobre todo, veo en tu artículo una sensibilidad que emociona. Escribes como si tu también te hubieses vestido de torero¡¡¡
Juan Carlos Ávalos

Anónimo dijo...

Se nota que eres un enamorado de la FIESTA porque es justo reconocer la sensibilidad mostrada por esos privilegiados que en mayor o menor medida experimentaron la cercanía del toro, expresando su arte y despojándose y ofreciendo el valor más preciado de la persona como es la VIDA.

Anónimo dijo...

Antonio, se nota que eres un amante de la FIESTA y que tienes una sensibilidad especial con todo aquél que de una manera u otra ha intentado aportar su granito para engrandecer algo que es genuino de esta gran NACIÓN. Es justo reconocer, sin excepción, a todos aquellos que independientemente de su trayectoria, han intentado crear ARTE y engrandecer la TAUROMAQUIA, olvidándose y despojándose en determinados momentos de su cuerpo en aras de algo tan sublime como es esa conexión TORO-TORERO.

Andrés Osado dijo...

Querido amigo Antonio: Se lo que llevas dentro y te salió. En innumerables ocasiones has vertido y repartido por doquier toda tu sapiencia sobre el arte del Toreo: que nace del conocimiento, experiencia y mucho diálogo. Esta vez, sin embargo, has dejado aflorar ese interior que no se aprende en los libros, sino que nace del corazón.

Has tomado los trastes del sentimiento, te has plantado en el centro del ruedo y has confeccionado tu mejor faena.

Eres grande, amigo Antonio. Maestro.
Un fuerte abrazo

Anónimo dijo...

Espectacular la manera de expresar lo que muchos hemos sentido y vivido, sacrificando muchas cosas por un sueño. Agradecerle esa sensibilidad y ese respeto por el que se ha vestido de luces y a luchado por se algo en tal difícil profesión. Gracias Don Antonio.

Jesus Ferro dijo...

Antonio.Tu mejor que nadie sabes lo que transmites en tus escritos.Hoy nos has descubierto,con tu sensibilidad, el torero anónimo que llevamos dentro los aficionados.Muchos no lo podrán entender.Enhorabuena.