sábado, 1 de diciembre de 2018

"CHICUELO", UN TORERO GRANDIOSO SILENCIADO POR LA HISTORIA


Por Antonio Luis Aguilera

Manuel Jiménez Moreno Chicuelo
Los aficionados aguardan con expectación los actos conmemorativos que en la ciudad hispalense se organicen para rememorar el centenario de la alternativa de un espada realmente grande en la historia del toreo: Manuel Jiménez Chicuelo, otorgada el 28 de septiembre de 1919 por Juan Belmonte en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, cuando el toricantano nacido en la trianera calle Betis tenía diecisiete años de edad. Aquella tarde el Pasmo de Triana le cedió la muerte de Vidriero, del Conde de Santa Coloma; completaba la terna Manolo Belmonte

Chicuelo sentía verdadera pasión por Gallito, el torero que admiraba desde que siendo un niño estoqueó un becerro en su presencia  en la Huerta del Lavadero, donde la familia de los Gallo, de los que era amigo, tenía una plaza. Joselito valoró positivamente su actuación y le animó haciéndole un regalo con el que pudo adquirir la entrada para verlo torear en la Maestranza, en una corrida de ocho toros donde alternó con Bombita, Rafael el Gallo y Belmonte. Precisamente sería en esa plaza donde el 28 de febrero de 1918 Chicuelo actuó por primera vez en un festival organizado por el propio Gallito.

Su primer becerro en la Venta de la Huerta del Lavadero
Recordaba en una entrevista Manuel Jiménez que cuando le hablaba José se ruborizaba y no sabía qué decir, y que si en algún tentadero le dejaba un capote o una muleta se le salía el corazón del pecho de lo feliz que era. Esta declaración, además de revelar la mutua simpatía que ambos llegaron a tenerse, también ofrece un dato enormemente significativo: Chicuelo, que consideraba a Gallito la máxima referencia del toreo, vio y compartió con él en las placitas del campo la experimentación de la embrionaria ligazón de los pases naturales del torero de Gelves, que después en las plazas de toros ante el público incluía en su habitual repertorio de faena. 

Chicuelo y Corchaíto cambian el rumbo del toreo. Madrid, 24 de mayo de 1928. 
Esta vivencia fue importantísima, porque influyó en el concepto de Chicuelo de forma determinante. Además, Manuel Jiménez iba a dar continuidad, pero hermoseándola con la gracia natural de su arte, a la obra de José, con quien llegó a torear seis corridas de toros y un festival antes de la infausta tarde del 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina. Y conviene precisar que el torero de la Alameda de Hércules siguió experimentando el toreo gallista, consiguiendo dar un nuevo giro de tuerca al planteamiento de la ligazón, al alternar los terrenos de adentro y de afuera para estructurar los pases en series, creando con la sucesión de muletazos un nuevo modelo de faena que por su belleza de expresión halló la inmediata y cálida acogida del público, que aceptaba con agrado ese toreo de mayor quietud, reunión y  armonía. Tan bien recibido fue que el respetable empezó a exigirlo a todos los toreros. 

 Chicuelo y Dentista con los sombreros rendidos al arte del toreo. México 25-10-1925
Para ello resultó trascendente su actuación del 24 de mayo de 1928 en Madrid, donde, alternando con Cagancho y Vicente Barrera, Chicuelo deslumbró a la afición de la capital del reino ligando de forma primorosa el toreo en redondo por ambas manos al toro Corchaíto, de Graciliano Pérez Tabernero, al que toreó con tanta ligazón y belleza que se puede asegurar que aquella faena marcaría de forma definitiva un antes y un después en la historia del toreo. No fue la primera, otras tan importantes o más que la reseñada tuvieron lugar anteriormente en la plaza de México, donde en 1925, ante una afición apasionada que inundó la arena de sombreros, inmortalizó a los toros Lapicero y Dentista, de San Mateo, con un toreo que además de llevar el entusiasmo a los tendidos habría de tener una influencia decisiva en uno de los espadas más grandiosos de la tauromaquia azteca, el inolvidable maestro de Saltillo Fermín Espinosa Armillita. Por tanto, conviene subrayar que ese toreo de línea gallista, el ligado en redondo, que estructura los pases en series y crea la faena moderna, fue perfeccionado y revelado por el gran Manuel Jiménez Chicuelo en España, México y, consecuentemente, en todo el orbe taurino.

Chicuelo cortó cuatro rabos en Sevilla
Sin embargo, a pesar de que el fabuloso artista sevillano hizo y mostró ese toreo a los demás toreros, poniendo en valor una arquitectura maravillosa que sigue vigente en nuestros días, merecimientos más que suficientes e incuestionables para analizar y estudiar su figura, tratando con rigor y respeto su paso por el toreo y la grandeza de su legado, algunos de los que contaron la historia lo despacharon a la ligera como "un fino torero sevillano", y el inventor de la vistosa chicuelina. Pero Manuel Jiménez Moreno fue mucho más que eso en el toreo, fue el creador de la faena moderna, y no debe pasar inadvertido en una historia donde sus postulados cobran protagonismo cada tarde de corrida. Y si como torero artista pudo adolecer de regularidad, no es menos cierto que cuando los toros le embistieron alcanzó éxitos clamorosos con un toreo que enamoraba a los públicos, y que creó escuela en grandes espadas sevillanos de los considerados artistas que habrían de sucederle. Traemos a colación la confidencia protagonizada por Enrique Ortega El Almendro, primo de Gallito y miembro de su cuadrilla, quien le comentó a Joselito que era una lástima que teniendo Manolo tanto arte no tuviera más valor para ser un figurón del toreo, a lo que el inolvidable José respondió: “Chicuelo tiene tanto arte que no necesita tener valor para ser un figurón del toreo”. No se equivocó en su juicio el menor y más grande de los Gallo, porque Manuel llegó a torear como nadie lo había hecho jamás. 


Juan Belmonte otorga la alternativa a Chicuelo en la Maestranza de Sevilla. 
José y Juan fueron dos toreros grandiosos que protagonizaron la segunda edad de oro del toreo, pero no lo fue menos Manuel Jiménez en la edad de plata, porque influyó decisivamente en el curso de la historia creando la faena moderna. Solo por esta razón Sevilla y el toreo deben de recordar al torero y homenajear su legado recreando su imagen en el  cartel que anuncie la temporada de 2019 en el coso del Baratillo, donde realizó 98 paseíllos, para torear 76 corridas de toros –otras 2 las toreó en la plaza monumental de Sevilla-, 8 novilladas con picadores y 14 festivales benéficos. En la Maestranza, donde aseguró que nunca había estado a gusto de verdad con un toro, llegó a cortar cuatro rabos, el penúltimo en una fecha trascendente, el 2 de julio de 1939, cuando al otorgarle a Manolete la alternativa le cedió también el testigo de su toreo, para que el nuevo rey de los toreros -que defendía que su concepto era el mismo de Chicuelo-, perseverando todas las tardes con todos los toros, impusiera definitivamente ese modelo de faena con sentido de unidad, ligada y seriada, cuya estructura habrían de aceptar y adoptar todos los toreros para manifestar su arte. Sevilla debe iluminar los oscuros silencios que algunos proyectaron sobre la excelsa figura de Manuel Jiménez, y proclamar al mundo que Chicuelo fue un torero grandioso que resultó determinante en la vertebración del toreo. Ya es hora de revisar la historia y situarlo en el lugar que con su inteligencia y su arte se ganó en los ruedos. 

Fotografías cortesía de la familia Chicuelo (chicuelodinastia.com)

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