martes, 12 de septiembre de 2023

JUAN ORTEGA: EL CANON CLÁSICO DEL TOREO

Por Antonio Luis Aguilera

Juan Ortega en Valladolid. Foto Fernando Blanco (ABC)

Nunca estuvo al alcance de muchos toreros el don de la armonía musical del toreo, esa gracia que viene de arriba como dice Rafael de Paula, y permite interpretar en la arena y ante el toro la música callada de la que hablaba José Bergamín. Esas notas insonoras que despaciosamente van «crescendo», apoderándose del alma, aumentando gradualmente su intensidad hasta crear un canon que estremece, como el compuesto en 1690 por Johann Pachelbel, cuyos envolventes acordes actúan como un bálsamo hipnótico y relajante, que nos detiene a escuchar la creación de un genio de la música, de un maestro que logró acariciar los sentidos con la divina armonía de una norma clásica, que resiste el paso de los siglos sin dejar de cautivar por su belleza.


Juan Ortega, un torero distinto

También en la historia del toreo hubo y afortunadamente hay toreros excepcionales como el célebre músico alemán, capaces de esculpir en el ruedo imágenes vivas expresando las normas del arte de lidiar un animal bravo e imprevisible. Genios que se pusieron y se siguen poniendo delante para aguantar quietos la embestida, que eso es parar; para engancharla y llevarla cosida en los vuelos de la tela, aminorando la violencia inicial del empuje con un sometimiento de terciopelo, que eso es templar; para acompañar con la cintura el viaje hacia atrás y hacia adentro, hasta donde acaba el recorrido del brazo, dejando al toro colocado para el siguiente pase con un tenue toque de muñeca, que eso es mandar; para alternar los terrenos de afuera y adentro con un trozo de tela que lleva y trae encadenando los pases, que eso es ligar. Para jugarse la vida en un delicado equilibrio de piernas,  brazos y muñecas, que eso es el toreo.

Juan Ortega en Valladolid. Foto Mundotoro

El pasado sábado el milagro del toreo cristalizó en la plaza de Valladolid, donde un torero distinto como es Juan Ortega interpretó el canon más puro y hermoso, recreándose con pasmosa lentitud y belleza en las notas clásicas de la escala del arte de torear, armonizando magistralmente el ritmo de las suertes con el toreo más templado y reunido que puede verse en los ruedos, para interpretar la música callada que lleva dentro, ese toreo de hondas raíces que buscó cerca del Guadalquivir, y que hoy solo es capaz de expresar con suavidad de seda y acento singular este torero de Triana, al que los tiburones del orden taurino, infestado de comisionistas necios y loros parlantes, se resisten a poner en el sitio que demanda la pureza y verdad de un arte que tiene sello propio, el de Juan Ortega, quien por respeto al toreo debe estar anunciado en todas las ferias importantes. 

CANON DE PACHELBEL

martes, 5 de septiembre de 2023

CANAL SUR TOROS: URGE UN CAMBIO DE TIMÓN

Por Antonio Luis Aguilera

Enrique Romero y Francisco Ruiz Miguel

Las retransmisiones taurinas de las televisiones autonómicas son irreprochables, no solo por el conocimiento y la corrección de los periodistas conductores, sino por la prudencia y el saber ser y estar de los matadores que los asesoran. Algo que lamentablemente no ocurre en Canal Sur Televisión, donde a la demagógica conducción de Enrique Romero, con halagos para todos en busca del fervor popular, se suma la grosera asesoría de Francisco Ruiz Miguel, sustentada por el mal gusto de hallar gracia a sus palabras malsonantes, para poner de relieve el nivel de su preparación para la comunicación y su falta de respeto a la audiencia, con una conducta que evidencia no ser la persona adecuada para desempeñar un puesto retribuido con dinero público.

Noelia López entrevistando al ganadero Ricardo Gallardo

La palabrería del conductor y la chabacanería del asesor dieron que pensar a la audiencia el domingo 3 de septiembre, cuando Noelia López, periodista que realiza las entrevistas desde el callejón, fue objeto del reprobable comentario de Ricardo Gallardo, ganadero de la corrida, que al ser preguntado si se llevaría al campo el toro para el que algunos espectadores solicitaban el indulto, en lo que tuvo mucho que ver desde el callejón Ruiz Miguel, este la dejó sin palabras con su vergonzosa respuesta: «¡A ti te llevaría al campo!». Enrique Romero y Ruiz Miguel callaron y no condenaron en ningún momento de la retransmisión la ofensa a su compañera, demostrando así que no se podía caer más bajo en la conducción de las programaciones  taurinas de la televisión andaluza.

Ya es hora de poner fin a los habituales improperios de Ruiz Miguel, tomados a broma por su compañero, así como las salidas de tono del espada gaditano, que venido arriba por la coba que recibe, recuerda a cada instante su historia profesional con una ensoñación idílica, creyendo haber sido Gallito, Belmonte y Manolete juntos, para permitirse dar instrucciones a gritos a todos los actuantes, sin importar que sean becerristas, novilleros o matadores de toros. Ya está bien que en lugar de unas retransmisiones taurinas dignas como en todos los canales autonómicos, los andaluces tengamos que sonrojarnos con las que ofrece nuestra televisión pública, saturadas de halagos y palabras malsonantes para todos, donde el domingo se guardó un reprobable silencio ante un ataque machista de auténtica vergüenza. 

Urge un cambio de timón en la información taurina de Canal Sur televisión.  

domingo, 27 de agosto de 2023

MANOLETE: «LO PRIMO QUE HE SIDO…»

Por Antonio Luis Aguilera

Manolete obligando con firmeza a "Islero". Foto Cano

Nos contaba el matador de toros Rafael Soria Molina «Lagartijo», que en la noche de Linares, cuando la muerte de su tío Manolo se presentía inevitable, este inclinó la cabeza hacía él y le dijo: «Sobrino: Esto no me pasa más que a mí por lo primo que he sido…». Enigmática frase en aquellas horas de dolor, angustia, nervios, rezos desesperados y división de criterios médicos, que puede encerrar varias lecturas; entre ellas, la que hace pensar que en su final Manolete fue consciente de lo que ocurría, lo que había ocurrido, y lo que, por lo que observaba a su alrededor, iba a ocurrir. 

Dicen que en los últimos momentos de la vida, ante la evidencia del final, las personas que son conscientes repasan su existencia en un instante. Cierto o no, la frase delataba la honda decepción de quien en su agonía se sintió un «primo», la víctima de un engaño o manejo interesado. ¿Qué pasaría por la memoria de Manolete…? ¿Recordaría en el trance que no quería torear en 1947, y contra su deseo Camará le firmó una exclusiva de cuarenta corridas con Balañá, entre las que figuraba la tarde de Miura en Linares? ¿Pensaría por qué no decidió negarse para seguir sin torear en España, como hizo en 1946 —que solo actuó en la Beneficencia de Madrid, gratis como era su costumbre en esa corrida—, cuando roto el convenio forzaron su regreso de México, para que los intrigantes y envidiosos de aquí lo acosaran culpándole de todos los problemas del toreo y le echaran encima al público? ¿Se preguntaría amargamente decepcionado qué había hecho mal para que no le dejaran vivir en paz profesional, social ni familiarmente…? 

Entrega absoluta hasta el final con "Islero". Foto Cano

El torero era un apasionado de la lectura de la historia de Roma y conocía bien el significado de la frase latina: «Alea iacta est»... Todo hace pensar que en el hospital de Linares fue consciente de su muerte: «¡Qué disgusto se va a llevar mi madre!», angustia que debió aumentar cuando preguntó al doctor Jiménez Guinea «si no le metía mano», y este le contestó que «todo estaba bien». Pero bien no había nada dentro ni fuera de aquella habitación. Camará y Domecq no le informaron que Antoñita, su mujer —¿o no lo era la actriz con la que convivía feliz desde 1943?—, avisada por Máximo Montes «Chimo», su mozo de espadas, que tenía órdenes expresas del torero, había llegado al hospital, pero no le permitieron el paso a la habitación. La realidad es que nunca habían aceptado aquella relación, y con la excusa de que el nerviosismo de Lupe no era bueno para el torero, que «se recuperaba de la segunda intervención y estaba tranquilo», la acomodaron en una habitación contigua asegurándole que si Manolo preguntaba por ella la llamarían. ¿Cómo iba a preguntar por Antoñita quien nunca supo en su agonía que la tenía tan cerca...? 

La pareja rumbo a México en 1946. Foto José María Lara

Las horas que faltaban para el amargo desenlace pasaron sin que Antoñita reaccionara ante el engaño forzando su entrada en la habitación del torero, donde tantos sobraban y ella faltaba, para que el moribundo recibiera el consuelo de la mujer que amaba, la actriz que había elegido como compañera de vida e iba a ser su esposa —quede claro lo de actriz de cine, pues Lupe Sino nunca fue una "chica Chicote" o mujer de alterne, como se propagó para hacer daño—. Que iba a ser la esposa del torero quedó suficientemente claro la noche anterior, cuando Manolete conducía de Manzanares a Linares, y pidió a don Antonio Bellón, que ocupaba el asiento delantero a su lado, un favor que consideraba que sólo él podía hacerle: convencer a su madre para que acudiera a su boda, prevista para el 18 de octubre en Barcelona. ¿Qué pensaría el crítico al ver pocas horas después cómo impedían la entrada en la habitación del herido a su mujer? ¿O acaso no lo era porque estuviera sin oficializar el papeleo matrimonial...? 

La presencia de Lupe, a la que el torero siempre llamó por su nombre de pila, no fue recibida con agrado después de que Manolo hubiera confesado sacramentalmente por sugerencia de Domecq. Según el rejoneador, «ya había puesto en "orden" sus asuntos y estaba en paz con Dios». El caballero priorizaba su piadosa confianza en el ritual del sacramento a la compasión y humanidad sobre las personas que en esos momentos necesitaba Antoñita, rota por el dolor y el desprecio aquella noche del 29 de agosto, donde ningún samaritano pasó por su lado para aliviar sus heridas, hasta que poco después de las cinco y siete minutos de la madrugada le dijeron fríamente que ya podía pasar a ver a Manolete. 

Pasar a ver el cadáver de un hombre joven, de treinta años, que humanamente destacó por su nobleza y bondad, y toreramente por su dignidad, honradez y entrega absoluta a la profesión. Pasar para llorar sin consuelo ante el cuerpo sin vida de Manolo en aquella habitación donde entre lágrimas, sollozos, desesperación y amargura, quedaron solapadas aquellas enigmáticas palabras: «Esto no me pasa más que a mí por lo primo que he sido…». Se cumple el 76 aniversario de la muerte de Manuel Rodríguez «Manolete», el arquitecto definitivo del toreo moderno, cuya majestuosa huella permanece imborrable en los ruedos cada tarde de corrida. 

miércoles, 9 de agosto de 2023

¿INDIFERENTE EL TORERO QUE MÁS GENTE LLEVA A LAS PLAZAS?

Por Antonio Luis Aguilera

Andrés Roca Rey. Foto Arjona

Sentenció «Manolete» que los pleitos de los toreros deben resolverse en los ruedos. Fue en los inicios del acoso que hubo de sufrir en su último año, en la tormenta orquestada por la prensa influyente y algunos toreros españoles, que finalmente se desencadenó en las postrimerías del mes de agosto en la plaza de Linares. Los intrigantes de aquí decidieron romper el convenio taurino con México, para cortar las alas a dos pájaros que resultaban demasiado molestos, porque volaban más alto que todos los demás. Así, rotas las relaciones entre ambos países, con esa carambola Carlos Arruza no torearía en España ni «Manolete» en México, donde fue feliz profesional y personalmente, y tan honda huella dejó en aquella admirable afición. 

En el invierno de 1947, al regreso del último y triunfal viaje por tierras aztecas, le informaron de las declaraciones de Pepe Luis Vázquez para saber qué pensaba. El sevillano lo había retado a matar varias corridas duras en plazas incómodas, estrategia que por la timidez de su carácter es de suponer que fuera de Marcial Lalanda, su apoderado, quizás en complicidad con Gregorio Corrochano, el más influyente de los críticos de entonces, como pareció resolverse poco después, cuando en abril llamó banquero al espada cordobés, en la crónica de una corrida de Miura de la feria de Sevilla que no toreaba el espada ofendido, por recibir un brindis de su compadre «Gitanillo de Triana». Tanto Marcial como Domingo Ortega no aceptaron, ni muerto «Manolete», el relevo generacional en la capitanía del toreo impuesto por el torero cordobés, quien, con la elegancia que le caracterizaba, contestó a la prensa que  Pepe Luis lo habría retado a comer almejas, que sabía que le gustaban mucho, para de esta forma no herir a su admirado compañero, que retos a un lado, desde la temporada de 1942, por no aguantarle el pulso, había dejado de ser su rival en los ruedos.

Sevilla, 1945. Manolete, Pepe Luis y Carlos Arruza.
"La feria de las taleguilas rotas"

Hemos rememorado este capítulo de la historia ante las inoportunas declaraciones de Alejandro Talavante sobre Andrés Roca Rey. Según el extremeño, torear con Roca Rey, el espada que actualmente lleva más gente a las plazas, le resulta indiferente. Dicho de otra forma, que le da igual torear la tarde que más dinero se ingresa en taquillas. ¿De verdad? No conforme con tan desafortunada afirmación, añadió «que es muy positivo toda la gente que está arrastrando, pero esa gente joven necesita también una educación taurina». 

Brindis de Talavante a Roca Rey

Días después, al coincidir ambos en los ruedos, vinieron los brindis de torero a torero. Primero fue el peruano, que debió «agradecer» al extremeño sus «entrañables» palabras; después, ante las cámaras de televisión, el de Alejandro, donde debió argumentar que sus palabras se habían mal interpretado, que lo admiraba mucho como torero, y esas lisonjas que se suelen decir tras meter la pata. Porque no deja de ser una inoportuna metedura de pata hablar tan despectivamente de quien, de momento, «corta el bacalao» y manda en el toreo. Algo que debiera considerar con más prudencia Alejandro, que desde su vuelta a los ruedos busca sin encontrar al Talavante que no se le adivinaba techo y dejó de torear hace años en Zaragoza, al parecer, por no ser atendidas sus pretensiones económicas, esas que con seguridad desde su regreso no puede ingresar con las taquillas del «educado» público que acude a sus actuaciones. 

Manuel Benítez "El Cordobés"

Llevaba razón «Manolete». Donde tienen que hablar los toreros es en el ruedo y ante el toro. Ahí es donde impondrán condiciones los que sean capaces de pilotar el tren del toreo, de ser la locomotora que tira de los vagones, en palabras de Manuel Benítez «El Cordobés», ese genio que mientras imponía a las empresas no cobrar menos de «un kilo» por tarde, elevaba al doble los honorarios del maravilloso elenco de toreros de los años sesenta, un buen ramillete de primeras figuras que se benefició de los llenazos del «melenas», ese pedazo de torero al que los muñidores de la ortodoxia ridículamente llamaron «payaso», ofensa que no tuvo la menor influencia en las legiones de seguidores que arrastró todas las tardes, desde 1963 a 1971, por todo el planeta de los toros.

Andrés Roca Rey

La historia permite observar con perspectiva la diferencia entre la fuerza taquillera de los espadas que llevan a las plazas a los «aficionados educados taurinamente», «los que caben en un autobús», según «Jesulín de Ubrique», y los que llevados por la pasión arrasan las taquillas, para seguir a esos toreros que, gusten o no, con más o menos arte, tienen  recursos y valor para pisar todas las tardes esa línea roja de la que hablaba Paco Ojeda, ese sitio donde queman las zapatillas y transmite de inmediato la emoción a quienes de otra forma no habrían ido a las plazas. Queremos decir que si los seguidores de Roca Rey, que además de tener un valor descomunal domina todas las suertes y torea magistralmente, son personas jóvenes, pues mucho mejor, porque una vez dentro de las plazas tendrán ocasión de aprender y perfeccionar sus conocimientos. Igual que nos ocurrió a todos. 

Francisco Arjona Herrera "Curro Cúchares"

Nadie nace sabiendo. Mucho menos los intríngulis y emocionantes modos de expresar el arte de Cúchares, torero a quien también los ortodoxos de su tiempo llamaron «ventajista», es decir, truculento,  por echarse la muleta a la mano derecha, entonces de uso exclusivo de la espada, para «animar la función», en palabras textuales del propio Curro. Curiosamente, de aquella licencia mal vista por los ortodoxos, «animando» a las gentes que según los educados taurinamente había que formar, por aquel desbordante entusiasmo popular habría de empezar a desarrollarse el toreo de muleta. Con razón el pueblo llano, que es bastante más listo de lo que suponen algunos sabios entendidos, acabó bautizando el toreo como «el arte de Cúchares».   

viernes, 14 de julio de 2023

VERGÜENZA NACIONAL (Charlas con Troylo)

Por Antonio Gala

Antonio Gala con Troylo

Muchas veces me has oído decir que hay en el mundo tres cosas que me gustaría no haber ido conociendo, poco a poco, desde niño, para encontrármelas de golpe ahora y comprobar el efecto que me harían en esta madurez, algo pocha, que tengo. Esas tres cosas son: la ciudad de Córdoba -recóndita y rezumante de historia-, el castellano de Santa Teresa -barroco e inmediato- y las corridas de toros. Pero, por fortuna o no, jamás he gozado de perspectiva bastante para contemplar ni juzgar tales dones: los tres han formado parte de mi vida desde que comenzó. En los muros milenarios de Córdoba he orinado cuando tenía dos años; en los rincones sorprendentes de Córdoba he quebrado el silencio jugando a policías y ladrones; en las altas callejas de Córdoba me ha escalofriado, adolescente, al cruzar, la belleza. Y, a los siete años, alguien me regaló las obras de Teresa de Cepeda, y yo anduve entre ellas, avanzando y retornando por sus largos periodos, tropezando y cayendo entre la plenitud y el grácil desenfado. ¿Cómo puede opinar nadie con objetividad de algo que ya es sí mismo? ¿Cómo conseguir uno alejarse de su propia mirada?

Plaza de Los Tejares de Córdoba

¿Y los toros?  De niño me llevaban a Los Tejares, la plaza cordobesa que ya no existe, mi padre y Machaquito. Me sentaban entre ellos, pensaba yo que para enseñarme la fiesta, sus complicados cánones, el rígido entresijo de la lidia, los minúsculos secretos de su trama. (Algunas veces, muy pocas, he escrito yo de toros. Y siempre me ha parecido tan difícil entenderlos, tan habitual confundir el griterío con la sabiduría, tan sencillo caer en la grosera estupidez de quien paga, por eso sólo, entiende). Jamás me compraron una gaseosa, ni un pestiño, ni un paloduz. Los dos estaban, uno a cada lado, dignos, erguidos, atentos y callados. No recuerdo haberles escuchado una palabra. No recuerdo haberles visto sacar el pañuelo para pedir una oreja. Cuando el graderío bramaba, subía yo los ojos en busca de uno y otro. Ni un gesto, salvo el ligero tic que aleteaba en la cara de Machaco. Entre mí me preguntaba yo cómo iba a aprender nada de aquellas dos esfinges. Sólo una tarde (toreando un torero que no tuvo futuro) los vi mirarse de reojo, y dejar caer los párpados en una levísima aquiescencia, y apuntar en sus labios algo relativamente semejante a una sonrisa. Al salir a la calle se despedían con el mismo desbordado entusiasmo: «Adiós, Rafael». «Don Luis, hasta la próxima». (¡Qué poco habla la hermosa gente de Córdoba, Troylo!). Y el niño que yo era se quedaba dudando si ellos estaban locos o los locos eran los vociferantes espectadores de la plaza. 

"Córdoba, recóndita y rezumante de historia"

No creo saber una palabra de toros. Después de mi experiencia infantil dudo que sean palabras lo que se necesiten. Lo cierto, Troylo, es que me pica la curiosidad de comprobar qué impresión me produciría una corrida sin haber visto ninguna previamente; qué me parecería ese espectáculo de activa participación, ese marchoso roce con la tragedia, ese riesgo asedado y dorado, esa inutilidad luminosa, ese aplomado aburrimiento -en que lo atroz se hace costumbre- del que se desprende, como una chispa, el arte y la belleza repentinos. En España, desde las seculares tradiciones hasta su mismo contorno geográfico; desde sus virtudes raciales, hasta el jocundo desgarro de su idioma, casi todo se halla, Troylo, en relación con los atributos y la figura del toro. No hay otro tótem que nos coja más cerca. En su doble manera, culta o popular, casi todas nuestras creaciones están empapadas de ese tema o de sus contigüidades.

"En ella el hombre es como el vaso de un dios"

Y es que la mitología entera se despeña sobre la fiesta. En ella el hombre es como el vaso de un dios; el sacerdote que reclama sobre si los pecados de todos, antes de iniciarse en el rito de la soledad y la proeza; Prometeo sacrificado; Orfeo, apaciguador de la fiera, descendiendo a las sombras; Dionisos inmóvil entre la danza de faunos, silenos, ménades y bacantes; Narciso virginal frente al doble unicornio. En ella, el toro significa la carne y sus poderes, el ímpetu desordenado y rebelde, la transgresión amenazadora, la víctima también propiciatoria, la hostia ofrecida, el raptor de Europa. Pero entremezclándose ambos símbolos de espíritu y materia, amándose, buscándose, dándose muerte, dándose victoria, dándose victoria en la muerte y viceversa. Es decir, con las contradicciones típicas -y tópicas- de lo más español… Acaso yo viese así -aterradora, enriqueciente, monstruosa, repugnante, obsesiva e hipnotizadora -mi primera corrida.

"se desprende, como una chispa, el arte y la belleza repentinos".

Sin embargo, leo en estos días con frecuencia que las corridas de toros son una vergüenza nacional. (Aquí somos propensos a calificar de vergüenza nacional todo lo que no nos hace individualmente gracia). Y bastantes cartas me piden, apoyándose en mi afecto por ti, Troylo, que escriba denigrando lo que se llamó siempre fiesta nacional, y procure su prohibición. Parece que a la democracia española le ha dado más por proteger a los animales que a las personas. Y hasta tú sabes, Troylo, que eso es comenzar la casa por el techo. Por descontado que percibo y me duele la pasión del toro en la arena (la activa y la pasiva, que también  la primera es pasión). Pero, sin las corridas, ni siquiera existiría ese toro de lidia, creado y conservado y dirigido para ellas; un animal tan majestuoso en libertad -en la relativa libertad de los campos- como ningún otro. Por descontado que veo el espeso chorreón de su sangre y escucho su mugido. Pero también me estremece el infinito balar de los corderos amontonados en las jaulas, camino de su muerte, carreteras alante. Y me estremece el atroz grito del cerdo en las matanzas, y el desorbitado terror de las terneras, y la candidez de los pavos navideños. El hombre mata y come (no creo que ni el comer sea  excusa suficiente para matar); el hombre caza también por gusto. El hombre, en definitiva, forma parte de la naturaleza- y su ritmo o su arritmia ecológicos.

"sin las corridas, ni siquiera existiría ese toro de lidia..."

¿Por qué no contestamos, Troylo tranquilizando a quienes se sonrojan del mundo de los toros? Si los españoles aparecemos ante ojos ajenos como incivilizados, o sangrientos, o rudos, no es por el hecho de la fiesta; es por la simple razón de que los somos. Más vergüenza nacional, muchísima más, producen otras cosas: desde el funcionamiento- si llamamos así a justamente lo contrario- de la Telefónica, hasta el de cualquier otro monopolio; desde el terrorismo de ETA hasta el de la ultraderecha; desde el espeluznante paro a la multiplicación de los atracos tan ligados a él. Suprímase, Troylo, antes que los toros el sudoroso esplendor del circo con sus niños entre aéreos y víctimas. Suprímase antes la percutante locura del boxeo. Suprímase antes la guerra que llega, pendularmente, desde hace siglo y medio, a anegarnos de odio. Porque es posible -¿verdad Troylo?- que para el toro de lidia, ancestral y mítico, sea su muerte menos incomprensible que para nosotros, cuidados y engordados para ser abatidos por una muerte sorda, sin nombre, indiferente y silenciosa. Más cruel, Troylo, cuanto más sorda e indiferente.

 

*Antonio Gala Velasco falleció en su querida Córdoba el 28 de mayo de 2023. El gran escritor, sin ser aficionado a los toros, respetó y defendió con la singular belleza de sus palabras la fiesta nacional. 

(Libro: "Córdoba de Gala". Caja Provincial de Ahorros de Córdoba. Año 1993)

domingo, 9 de julio de 2023

EL ÚLTIMO PASEO

Por Francisco Bravo Antibón

Manolete tras la cornada de Islero en la plaza de Linares. Foto Cano


La tarde noche del 28 de agosto de 1947, tras ser intervenido en la enfermería de la plaza de Linares, Manolete fue llevado en camilla por las calles de la localidad hasta el hospital de los Marqueses de Linares. 

Paco Bravo evoca con estos versos aquella tarde de feria, donde la alegría se tornó silencio ante la gravísima cornada sufrida por el espada cordobés. Los facultativos que le operaron, ante el temor de que el movimiento de la ambulancia pudiera repercutir en su delicado estado de salud, decidieron, a pesar del bullicio del pueblo en feria, que el torero fuera llevado por camilleros a pie y en parihuelas hasta el hospital donde de madrugada falleció.


EL ÚLTIMO PASEO

El reloj marcaba las diez,

tal vez minutos más… 

¡Y qué importa!,

señalaba inexorable

los primeros momentos 

de la angustiosa noche.

 

La trágica comitiva

iniciaba una siniestra marcha,

broche cruel y negro

de una tarde aciaga.

Manolete postrado

en la camilla, a hombros…

y cerca, muy cerca,

acechaba la parca…

 

El Califa se queja:

¡Qué salga la luna

 y que ilumine el sendero!

Quiero llegar cuanto antes,

no quiero morir hoy,

¡no quiero!...

 

Soliloquio postrero 

al filo ya de la muerte, 

imaginando estremecido, 

que le portan costaleros…,

de una procesión callada, 

la nuestra… ¡La del silencio!  

 

¡No soñamos! No es un sueño, 

acelerad el paso compañeros,

en nuestros hombros va,

el pintor de naturales,

el más grande del toreo. 

 

Manolete ensimismado 

sigue oyendo la cadencia

de zapatos y alpargatas,

rozando a compás el suelo.

 

Tristeza y dolor unidos, 

trance de Fiesta Nacional y oro,

y más tarde albero y sangre…

 

Donde el cadalso fue el coso..., 

convertido en pantalla y lienzo, 

siendo que antes fue silencio,

y ahora bullicio y jolgorio.

Tristeza por alegría, 

desventura y ventura

por momentos, cambia todo.

 

El torero salió en penumbra,

 y llegó de noche 

entre silenciosos quejidos, 

imagen desgarradora, 

con su cuerpo entumecido,

 sediento, desangrado,

roto y de muerte herido.

 

Aún restan minutos negros 

empapados de lágrimas

esperando con tristeza

el final de la tragedia,

cuando el reloj marque

las cinco y siete minutos… 

La madrugada implora

que no llegue la muerte,

¡Qué no llegue, que no llegue,

por Dios esa hora!

 

Pero la muerte se posó cerca, 

y su venganza entristeció al cielo, 

y rompió la rica cruz de caoba,

y llora el mundo entero, 

y sobre todo el mundo ¡Córdoba!

 

Manolete, juncal y torero

su pie derecho desliza

en el virtual albero,

y ante su postrer faena

se cala la montera

y al son de su pasodoble

se persigna e inicia solo

el último paseo…

 


domingo, 2 de julio de 2023

ANIVERSARIO DE LA ALTERNATIVA DE MANOLETE

Por José Alameda

Chicuelo otorga la alternativa a Manolete


Al cumplirse hoy el 84 aniversario de la alternativa de Manuel Rodríguez "Manolete", otorgada el domingo 2 de julio de 1939 por Manuel Jiménez "Chicuelo" en el incomparable marco de la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, queremos rendir homenaje a estos dos extraordinarios toreros, ambos definitivos en la historia del toreo moderno, con los magistrales comentarios de Luis Carlos Fernández López-Valdemoro "José Alameda", a quien consideramos el más prestigioso analista del toreo, publicados en el imprescindible libro «Los arquitectos del toreo moderno» (Ediciones Bellaterra, 2010).   


José Alameda

«A un torero como Chicuelo, tan importante históricamente que todavía estamos en la zona de su influencia, se le ha ignorado en este aspecto, limitándose a registrarlo como el creador de la «chicuelina», un lance gracioso, pero banal, que nació como un adorno y hoy se ha convertido casi en una plaga. Chicuelo estableció el toreo en redondo, creó la faena moderna. Y esto, en la evolución y desarrollo de la fiesta de toros, es un hecho de primer orden.

En cuanto los públicos vieron ese toreo en redondo, ligado, fluido, sin balbuceos, en que los pases se enlazaban constituyendo series de unidad perfecta, ya no quisieron otra cosa. Consecuencia: casi todos los toreros que vinieron después tuvieron que seguir por aquel camino que había iniciado Chicuelo y se ajustaron al patrón que él cortó, al plano trazado por su muleta para la faena moderna. Cada uno a su modo y con su estilo; unos más sobrios, otros más ligeros; éste, alto; aquel, menudo; el de más allá, seco y emotivo; el otro, pinturero y galán… Simples diferencias de expresión personal, según el sentimiento de la constitución física de cada cual… Pero la faena en su concepción y en su desarrollo, fue ya siempre la misma…».

Manuel Jiménez "Chicuelo" creó la faena moderna

«Pero ¿y Manolete?

Sin duda, el lector ya se había formulado esta pregunta. Porque Manolete cae de lleno en nuestro tema. Su toreo no tendría explicación, ni hubiera tenido posibilidad, sin el acortamiento de distancias de Belmonte, ni el trazado circular, con alternación de terrenos, de Chicuelo.

Ahora bien, la intención de la pregunta es ésta: ¿Aportó algo Manolete, dejó algo nuevo en el campo impersonal de la técnica, algo objetivo, separable de su persona, utilizable por los demás como sistema o modo de resolver algún problema de la lidia? ¿Añadió algo a la arquitectura que había tomado el toreo con Belmonte, Chicuelo y Ortega, o fue la suya una grandeza personal, residente en el tino para medir, en el temple para desarrollar, en la honradez para cumplir y en la expresión dramática que daba aquella trascendencia anímica a su toreo, cualidades geniales, pero que tenían que morir con él, porque sólo vivían con la presencia y la figura? 

¿Qué aportó Manolete?

Por lo pronto, una manera de «obligar», o sea, de hacer arrancarse al toro que no viene. Y esto no sólo porque se le acercó más (que eso sería cuestión de grado y no de sustancia), sino porque lo hizo por el camino recto, reparando una desviación en la que habían caído los demás por vía imitativa: la de cruzarse mucho en el cite. La manera de «obligar» avanzando en sentido oblicuo, era apropiada en Belmonte, por la dramática contradicción interna de su toreo, ya explicada; pero vacía de sentido en los demás, que vinieron después a torear en redondo y que habían dado en ella por mimetismo. (Sólo tuvieron razón de usarla Ortega y Arruza, que torearon poco en redondo y caminaron por otras rutas de la arena, como también lo hemos señalado).

Manolete plantea bien la cuestión: si estoy centrado con el toro, en el sitio justo, lo que tengo que hacer es ir reduciendo la distancia, pero nunca corregir la posición, porque si ésta es la buena, cualquier otra que tome ha de ser necesariamente inexacta, y más si, al desplazarme, voy cambiando incesantemente de punto, porque entonces habré trocado mi punto bueno, mi justo centro, por un rosario de inexactitudes».    

«Ya hemos visto que aportó una forma de «obligar», acercándose al toro un paso más que sus predecesores. Ahora bien ¿de dónde procedía? ¿Cuál es, taurinamente, su origen? ¿Con qué corriente entronca? O, dicho de otro modo, ¿a qué línea pertenece Manolete? 

Manolete aportó una manera de obligar.  

Algunos, yéndose por la vertiente fácil de las apariencias, lo relacionan con Belmonte, sin duda porque ambos han sido los toreros con más expresión, lo que yo llamo «trascendencia anímica», en toda la historia del toreo. Pero, aparte de que en este aspecto arrojaban una tonalidad distinta, son, en cuanto a su técnica, más bien opuestos. Manolete no es afín a Belmonte, sino que, en cierto sentido, se contrapone a él.

La fuerza expresiva de Belmonte

Hechas las afirmaciones escuetas, procedemos a darles desarrollo.

El único parentesco entre Belmonte y Manolete es el de la fuerza espiritual que de ambos trascendía, cual si su toreo estuviese henchido de alma y este soplo interior escapara hasta rodearlos como un halo. Distínguense de los demás por su mayor fuerza expresiva, pero hemos de reconocer que la expresión de cada uno de ellos era de diversa índole y esto, creo yo, debíase a que también se originaba en distinta fuente. 

El matiz ya se ha advertido, ya se ha señalado con definiciones oportunas. En tanto que en Belmonte crepitaba una fuerza dramática, de Manolete parecía desprenderse una cierta llama mística.

En Belmonte había drama, porque había lucha interna.

Hemos examinado ya, al principio de este ensayo, la contradicción, diremos dialéctica, que hacía del toreo de Belmonte un drama técnico antes que humano. Y es natural que en esa pugna sin salida, su toreo, con la caldera a toda presión hasta llegar al rojo, adquiriese tonalidades dramáticas sin precedente. Belmonte era el torero problema. Por eso mismo, tan literario, pues no hay drama sin conflicto, ya sea el de Belmonte o el de Edipo.

Lo de Manolete era otra cosa. Torero lógico, sin conflicto alguno en el planteamiento técnico de su arte, tenía sin embargo una expresión de suma grandeza. Provenía ésta de su actitud moral, de la tensión sostenida, que lo mantuvo en perenne afán de cumbre, angustiosamente alargado hasta la cima. Manolete fue el torero aspiración, como una llama que asciende. Se le ha llamado alguna vez el torero de El Greco. Pues lo era, pero más que por su traza física por su ética estricta, que lo elevaba como puro espíritu como forma que se levanta. Belmonte mientras tanto tenía su drama en la tierra, «en los terrenos».      

«El hecho es que Manolete procedía de la misma línea que Chicuelo. Esta afirmación sin duda parecerá sorprendente a muchos. Pero yo no digo que sea una opinión mía, me pongo categórico y sostengo que es una realidad, por eso he empezado diciendo «el hecho es». Y tan lo es que el primero en saberlo era el propio Manolete.   

Corría el mes de febrero de 1946, cuando tuve ocasión de hablar con Manolete sobre este tema. Nos encontrábamos en el hotel Reforma, de la ciudad de México, charlando mientras él terminaba de vestirse para acudir a una cita. Estaba en mangas de camisa, anudándose la corbata y, al oírme decir que yo encontraba mucha similitud entre su forma de torear y la de Chicuelo, volvió hacía mí sus ojos que revelaban una complacida sorpresa:

—Así es —dijo sin titubear—. La gente no suele verlo, porque la gente no se fija en esas cosas, pero ese es mi toreo. Yo creo que el torero debe mantenerse lo más posible en su centro, en la línea. Y, en eso, el mejor que yo he visto ha sido Chicuelo».