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lunes, 9 de enero de 2023

LA VENTA DE VARGAS DE CÓRDOBA

 Por Francisco Bravo Antibón

Antigua "Venta de Vargas", situada en la Avenida del Brillante.

La entrañable Venta de Vargas cordobesa, fue fundada en 1916, cesando en la actividad hostelera dieciséis años después. Su fundador fue Federico Vargas Madero que falleció en agosto de 1931. Estaba situada frente a otra, conocida por la del Brillante, y ambas ubicadas en la avenida del mismo nombre. La de Vargas se encontraba a la derecha y frente al desvío que enfilaba para el Cañito de Bazán”. 

Pues bien, en ese lugar tan privilegiado de la sierra de Córdoba, el almeriense, afincado primero en Adamuz  y posteriormente en nuestra capital: Federico Vargas Madero, tuvo la feliz idea de montar una venta, para el esparcimiento festivo de cordobeses y foráneos.

Disponía de un amplio espacio destinado a terraza de verano y aparcamientos; así como de un operativo salón, escenario,  pista de baile, patio interior con montera acristalada, jardines y una coqueta placita para espectáculos taurinos. Acertó el propietario a lograr un ambiente especial, convirtiéndolo en un agradable lugar de encuentro.   

Placita de toros de la "Venta Vargas"

La Venta Vargascon aires alegres a la par que distinguidos, era el punto predilecto de muy buenos clientes. La frecuentaban visitantes procedentes de todos los puntos de España, solo por disfrutar unas horas en tan emblemático lugar de esparcimiento. Por allí pasaron toreros, flamencos, pintores y personajes variopintos, entre los que se cuenta con el recordado Pepe Marchena, que efectivamente visitaba asiduamente el establecimiento, unas veces contratado para cantar y otras para divertirse. También figuraban en la nómina de visitantes cantaores: Félix Gallardo, “Niño de la Magdalena”, “Niño de Azuaga” etc. y  el maestro Manuel Soto Loreto “Manuel Torre”. A propósito de este apunte, Rafael García Velasco narró en la revista Toreros de Córdoba, la siguiente anécdota:

…”Por la noche, en la Venta de Vargas, había algunas reuniones de fiesta, en una de las cuales cantaba el citado “Manuel Torre”. Pues bien, como él y sus amigos, habían estado en una pelea de gallos, el cantaor andaba algo afónico, por lo que el banderillero “Guerrilla”, con unas copitas de más, le espetó irónicamente “que si él era el famoso” Manuel Torre…  El cantaor guardó la censura, y tuvo la suerte de encontrarse en Madrid en un colmado, con “Guerrilla” y con el resto de la cuadrilla en la que iba enrolado. Se dirigió a él, y le recordó que le había criticado duramente en la Venta de Vargas, pero que si querían oírle cantar esa noche, tendrían que abonar cuatro mil reales. Efectivamente así fue, el maestro cantó como los ángeles y ellos disfrutaron de las excelencias de un cante puro y poderoso”.

Una de las bebidas preferidas de los clientes, era  el famoso “vargas”, consecuencia de una equilibrada mezcla de vino tinto con sifón, que formaba parte de los atractivos del popular rincón  y que denominaba una especialidad, con el apellido del propietario. Por cierto, que sobre esta denominación genérica, atribuida al establecimiento hostelero en cuestión, existe otra versión en la que se vincula la alianza de vino y sifón, al vino de valdepeñas con gas, o lo que es lo mismo: “valgas”… Sea como fuere, para nosotros, los “vargas”, antes y ahora, siguen siendo los populares de la venta cordobesa, que para eso tenían apellido propio…

En noviembre de 1927, contrajo matrimonio la hija de don Federico,  Dolores Vargas del Moral, con el torero cordobés Antonio de la Haba “Zurito. En el Diario Córdoba, figuraba detallado el evento, de cuyo texto, extraemos los renglones más significativos:  

        ECOS DE  SOCIEDAD –VIERNES 25 DE NOVIEMBRE -1927

…”Esta tarde, a las tres y media, contrajeron matrimonio en la iglesia de San Rafael”…

…”La feliz pareja fue apadrinada por el padre del novio, el célebre piquero: Manuel de la Haba Bejarano “Zurito” y por su hermana Rafaela”…

…”Testificaron el acta matrimonial: don Francisco Jaén, don Rafael Sanz, don Antonio Alarcón Zehedor, don Luis de Las Morenas, don Francisco Fernández Caparrós y don Antonio Alvear”…

…”Todos los invitados, después de la ceremonia, se dirigieron a la Venta de Vargas, propiedad del padre de la novia, donde fueron obsequiados con un espléndido lunch”… 

Los "Zurito": Gabriel de la Haba Vargas flanqueado por sus
 hermanos Antonio y Manolo. Foto José Luis Cuevas.

La descendencia del matrimonio fueron nueve hijos, tres de ellos toreros como el padre: Gabriel de la Haba -matador de toros-, y Antonio y Manuelnovilleros primero y excelentes banderilleros después, categoría en la que actuaron muchas temporadas, enrolados en prestigiosas cuadrillas.

La unión de Antonio de la Haba y Dolores Vargas, favoreció el hecho de que en los mismos terrenos del establecimiento de hostelería, se construyera una placita para espectáculos taurinos, que fue inaugurada el 25 de noviembre de 1929, con la actuación de los diestros: Cayetano Ordóñez Niño de la Palma”, Manuel Jiménez “Chicuelo” y Antonio de la Haba “Zurito”. 

Y teniendo la plaza, lo inmediato fue fundar la Escuela Taurina “Venta de Vargas, presidiéndola el hombre de negocios taurinos Enrique Piédrola y dirigiendo las clases prácticas naturalmente, Antonio de la Haba “Zurito”.

El domingo 18 de octubre de 1931 y en la mencionada placita, toreó “Manolete” una becerra de Flores Albarrán, junto a Esteban Romero “Chocolate”. El joven figuraba en el cartel así: Manuel Rodríguez (Manolete hijo). Esa fue una de las primeras tardes como becerrista, del que, pasado el tiempo, se convertiría, nada más y nada menos, que en el cuarto califa del toreo cordobés y uno de los mitos de la historia de la tauromaquia. 

Por cierto que siguiendo con el tema taurino, Antonio Vargas del Moral, hijo de Federico, casó con la hermana de “Manolete”: Angustias Molina Sánchez, de cuya unión nacieron DoloresEncarna y Rafaela, quienes prácticamente se criaron con la abuela, doña Angustias al fallecer relativamente joven su yerno Antonio.    

Dos años después, cerrada ya la singular Venta de Vargasel primer negocio que utilizó el edificio fue una panadería, cuyo anuncio publicitario en “Córdoba Gráfica” del año 1933, daba cuenta de la situación y de sus  productos: 

PANADERÍA DE SAN MIGUEL

-  FRANCISCO MOLLEJA CANTERO  -

Situada en la antigua Venta de Vargas

(CARRETERA DEL BRILLANTE)

Establecimiento de Comestibles Finos y Bebidas

SERVICIO A DOMICILIO -- TELÉFONO :  336

De esta forma, el entrañable rincón cedía protagonismo a otras actividades, tras cumplir una etapa, y pasaba a formar parte de la historia popular de Córdoba.      

4 comentarios:

Andrés Osado dijo...

Siempre está en tu ánimo el sorprendernos con algo, ya sea nuevo o como, en este caso, removido de entre el esportón de los recuerdos. Muchas gracias amigo Antonio.
Que este año, recién estrenado, siga siendo tan prolífico, o más, que el anterior. Esperamos tus enseñanzas.
Un abrazo amigo Antonio.

Manolo Ortas. dijo...

Una suerte el poder leeros a los dos, Antonio Luis Aguilera y Andrés Osado, he tenido la suerte de conoceros en persona y trabajar con vosotros y he de decir que ha sido todo un placer. He investigado mucho el tema del "Vargas" y es exactamente como lo describe Antonio Aguilera, es un claro ejemplo del fenómeno de ultracorrección histórica, como olvidamos el origen del término ("Vargas" en este caso) procedemos a inventarnos la explicación más probable y ahí llegamos al "Valgas", cuando aquí nunca se ha pronunciado así, ni el vino era siempre de Valdepeñas. Es totalmente cierto lo que cuenta Antonio Aguilera en este espléndido artículo, Federico Vargas Madero (o Mahedero según otras fuentes) inventó el hecho de en los meses de la terrible canícula cordobesa, echarle sifón al vino tinto para refrescarlo en su Venta, y así la gente pedía: "Vargas, ponme un vino de los tuyos", " Federico, ponme un Vargas", etc. Más tarde, el sifón se fue cambiando por la gaseosa hasta llegar a nuestros días.
Fenómenos como éste, de ultracorrección histórica se repiten de forma constante, baste citar el célebre caso de los chistes de Lepe, que no, no proceden de la localidad de Huelva del mismo nombre. A finales del siglo XIX nacía en Madrid José Álvarez Jáudenes, actor, cómico y payaso, de nombre artístico "Lepe", actuó durante la primera mitad del siglo XX en los principales teatros y revistas de Madrid, dónde después de una actuación suya no era infrecuente el oir la frase "¿Has oído el último chiste de Lepe?", así se asoció el tema de los chistes al nombre de Lepe. Una vez retirado Lepe, y tras su fallecimiento el personaje cae en el olvido, pero la asociación "Lepe-Chistes", permanece en el imaginario popular, y como no se sabe o se desconoce la raíz del nombre, se inventa, en Huelva está la localidad de Lepe, pues allí se la atribuímos y los leperos, antes molestos por ser objeto de los chistes, luego lo aceptan de buen grado porque sitúan a su pueblo en el mapa. Otro evidente fenómeno de ultracorrección histórica, como el del "Vargas", pero hay que ser justos y dar a cada uno lo suyo, a Don Federico su "Vargas" y a Don José Álvarez "Lepe" sus chistes.

Anónimo dijo...

Magnífico trabajo. Aunque ya conocía algo de ello. Suerte en este venturoso año 2023

A.Estevez dijo...

Estimado Antonio Luis, leerte cada entrada en tu magnífico blog es una fuente cristalina de información que nos hace más sabios con respecto a nuestra historia, costumbres y anécdotas. Que el 2023 nos traiga salud, trabajo y amor. Un abrazo enorme.

viernes, 27 de noviembre de 2020

BERNABÉ ÁLVAREZ “CATALINO”, UN PICADOR “MUY ESPECIAL” (y II)

Por Rafael Sánchez González

Catalino junto a Manolete, Camará. El Pelu y Guillermo. Fotografía
de cuadrilla para el kilométrico del ferrocarril. Foto Francisco Linares. 


Pinche este enlace para leer la primera parte

En 1919 regresó a la cuadrilla de Juan Belmonte y en ella permaneció tres campañas completas. Este primer año fue en el que más veces realizó el paseíllo en la plaza de la Villa y Corte, donde dejó faenas memorables, al igual que en Sevilla, Barcelona, Valencia y Zaragoza, hasta totalizar 110 actuaciones (algunos historiadores citan 109), batiendo las cifras de Joselito en las cuatro temporadas anteriores. Según Bernabé: “Fue un año completo para Juan, porque no sufrió ningún percance de consideración. Recuerdo también  que dio varias alternativas” (tres, a su hermano Manuel, José Roger Valencia y Manuel Jiménez Chicuelo). En la siguiente (1920), tras resultar herido en una tienta, comenzó el 4 de abril en Sevilla para lidiar reses de Nandín junto a Sánchez Mejías, Chicuelo y Joselito, con el que ya se mostraba muy unido y compartía franca amistad, comprendiendo ambos, que aun cuando cada uno tuviese su personal temperamento y propia tauromaquia, se complementaban  en el ruedo. Lástima que el final de José estuviera ya próximo. Por cierto, celebrada la corrida del día 15 en Madrid, en la que en unión de Sánchez Mejías despacharon toros de D.ª Carmen de Federico, que sustituyeron a los albaserradas rechazados por chicos, ante un encrespado público que llamó ladrones a los toreros, un desalmado le gritó a José “¡ojalá mañana te mate un toro en Talavera!”, hubo de suspenderse la que estaba programada para el día siguiente, al decidir Joselito actuar en Talavera, por lo que Belmonte se quedó en su piso madrileño de calle Espartel, donde Antoñito, su mozo de espadas, le llevó la trágica noticia que conmocionaría a toda España. “Ahí me la ha ganao”, dicen que fue la inmediata reacción de Juan. La muerte de Gallito supuso una sensible pérdida para la afición. “Se acabó el toreo”, exclamó Guerrita. Y a Belmonte le faltaría ya su otro yo. La Fiesta carecía de toreros con tirón de cara a las empresas, y la esperanza que traía Granero la cortó de raíz Pocapena en el coso madrileño el 7 de mayo de 1922. Aquel invierno de 1920 realizó Juan un nuevo viaje a Perú, cobrando treinta mil pesetas por actuación. Le acompañaron su mujer y su hija, a las que dejó en Nueva York con los suegros, mientras que su hermano José, matador de toros, y algunos escogidos elementos de su cuadrilla, entre los que no podía faltar Catalino, embarcaron en otro grupo rumbo al puerto de El Callao.

Juan Belmonte

Mal comenzó para Belmonte la temporada de 1921, ya que en su segunda actuación (18/4 con Chicuelo y su hermano Manolo), en Sevilla, un manso de Santa Coloma le produjo una grave cornada en la boca que le tuvo largo tiempo inactivo (perdió 22 corridas), soportando una dolorosa convalecencia con varias operaciones quirúrgicas e ingiriendo solamente alimentación líquida, hasta que por fin el 12 de julio pudo reanudar sus actuaciones en Algeciras con la herida sin cicatrizar todavía. “Fue una cornada horrorosa, creíamos que le había destrozado la boca”, nos dijo Catalino. Aún así sumó 72 actuaciones, embarcándose seguidamente con destino a una corta campaña por plazas mexicanas, alternando esta vez con Sánchez Mejías. Después de realizar con su familia una gira turística por Estados Unidos, regresó a España a finales de septiembre de 1922. Ya no volvería a los ruedos hasta 1924, en una brevísima incursión como rejoneador y espada.

"Ignacio tenía reacciones que encandilaban a la gente" (Catalino)
Foto: Ignacio Sánchez Mejías apoyado en la contera de la barrera

Siguiendo con nuestro biografiado, en 1922 pica para el carismático Ignacio Sánchez Mejías, gran torero y destacada personalidad en diversos campos culturales y sociales ajenos a la tauromaquia. Fue un extraordinario  banderillero, que entusiasmaba al público con su arriesgada forma de clavar por los terrenos de dentro y muy pegado a tablas, popularizados como el par de la mariposa. Ignacio regresó de América en bajo estado de salud, y pensaba limitar el número de intervenciones, pero la desgraciada desaparición de Granero el 7 de mayo en la plaza de Madrid, y su presunta ausencia mermaban considerablemente el interés de los aficionados, por lo que aceptando una suculenta oferta de la empresa madrileña, y aún desechando numerosos contratos, redondeó una triunfal temporada con 44 corridas toreadas, siete de ellas en la Feria de Valencia. En los dos años siguientes (1923 y 1924) Catalino acompañó a Marcial Lalanda, diestro de dilatada ejecutoria, que sin haber alcanzado todavía su período de mayor apogeo totalizó 48 y 49 actuaciones respectivamente, que pudieron ser más en el segundo de los años citados de no impedirlo Indio, un burel de Andrés Sánchez de Coquilla, que el 15 de julio le corneó gravemente en Madrid. Marcial fue un torero con gran dominio de la técnica, unido a una marcada personalidad artística, sirva como ejemplo su bonito galleo de la mariposa, que ofreció al público por primera vez en la madrileña corrida de Beneficencia de 1923. 

Catalino

Sobre estos dos matadores, sin dejar de reconocer su valía, se mostró menos expresivo Bernabé, “Marcial fue grandioso en todos los tercios, pero demasiado técnico; en cambio Ignacio tenía reacciones que encandilaban a la gente. Me gustaba además porque todo te lo decía con respeto y educación”. “Los dos años siguientes (1925 y 1926) fui con el Algabeño… Bueno, primero salí un par de veces con Maera (Manuel García López), que murió el pobre pocos meses después (11/12), pero esos dos años fui con Pepe y en total pudieron ser cerca de cien las corridas que toreé con él. Me acuerdo de una en San Sebastián (9/8/1925), con toros del Conde de la Corte, a la que asistió la reina María Cristina”. José García Rodríguez fue otro maestro del volapié, sin exquisiteces en su toreo, pero con gran desenvolvimiento ante las reses. De mis datos particulares sobre este picador cordobés encuentro una crónica del diario murciano El Liberal (14/4/1925), referente a la corrida de toros celebrada el día anterior en aquella ciudad, que resalta en su titular: “¡Así se pican los toros! Catalino, caballero del castoreño”. En 1927 sumó 65 corridas con Cayetano Ordóñez Aguilera Niño de la Palma, torero de un arte exquisito en nada equiparable con su manejo de la espada, al que la falta de regularidad en su etapa de plenitud, y un fuerte temperamento ante determinados revisteros taurinos, perjudicaron grandemente la difusión de muchas tardes triunfales. Del ocurrente “Es de Ronda y se llama Cayetano, pasó al malintencionado, “Ni es de Ronda ni se llama Cayetano, es de Arriate y le llaman Cucufate”. Habilidosas frases del maestro Gregorio Corrochano, tan sobrado de calidad literaria como de acusado interés en sus crónicas taurinas. Casado en 1920 con Consuelo Araujo de los Reyes, cantante y actriz conocida artísticamente como Consuelo Reyes, Cayetano fue el iniciador de un dinastía torera de la que aún tenemos integrantes en activo, y de la que el mejor exponente fue su hijo Antonio, el diestro que más me ha colmado con su toreo en mi ya larga vida de aficionado.

"Porrazos recibí a montones, como todos los picadores"
Derribo de Bernabé Álvarez Catalino. Foto El Ruedo

En este momento de la entrevista se le preguntó: “Bernabé, ¿por qué cambiaba usted tanto de cuadrilla? La respuesta fue tan rápida como aclaratoria, “por cuestiones particulares”. Y continúo diciendo: “si Cayetano toreaba bien, sobre todo con el capote, mi siguiente jefe no se le quedaba atrás, y además tenía gran duende y un estilo propio capaz de levantar al público de sus asientos a la segunda verónica… ¡Cómo me gustaba a mi toreando Cagancho…! Fue uno de los muchos elogios que nos hizo sobre este diestro gitano, a quien el mencionado Corrochano, tras un festejo celebrado en Toledo (8/5/1927), comparó con la talla del escultor Juan Martínez Montañés: “Con el palillo de la muleta y la espada hace una cruz y así se presenta a la multitud este hombre seco como un cartujo, del color de la madera abierta que eligiera para sus tallas el Montañés…” Con Joaquín Rodríguez Ortega permaneció a lo largo de cinco temporadas (1928-1933), si bien en la última de ellas ajustó  algunas corridas con Antonio Márquez. Eran ya años en los que se lidiaban reses que ni por edad ni por su integridad deberían merecer el calificativo de toros. Una circunstancia que, como sucede ahora, ha sido muy debatida por los aficionados en diferentes etapas del toreo,  Pero eso, como se decía en Cádiz en mis años de estudiante, son conversaciones de Puerta Tierra. No descubriré nada si digo que se hicieron famosos los fracasos de Cagancho a lo largo de su vida torera, empezando por el mismo día en que el Gallo le dio la alternativa en Murcia (17/4/1927), pero no es menos cierto que cuando sacaba a relucir su arte sublime, pasaban al olvido aquellas tardes en que salía de las plazas custodiado por la Guardia Civil.

Escultura a la verónica de Joaquín Rodríguez Cagancho.
Se habla mucho de su aciaga actuación en Almagro (26/8/1927), cuando en la localidad murciana de Caravaca (1/5/1927) se llevaron los cabestros los dos toros de su lote. Aunque  podría argumentarse en su defensa, que también a Manuel Domínguez, que pasa  por ser uno de los toreros más valientes en la historia de la Tauromaquia, le echaron al corral una tarde en Sevilla los tres que debía estoquear. Joaquín puso punto final a su ajetreada trayectoria en México -ocho rabos cortó en la plaza capitalina- donde falleció el primer día del año 1984. Siguiendo con Catalino, comenzó la campaña de 1934 con Cagancho y la terminó al lado de Juan Belmonte. “Joaquín conocía mi relación profesional con Juan y no hubo ningún problema, por lo que hice con él el final de temporada, además quería que le acompañara en varias corridas que tenía apalabradas en Venezuela, pero a la muerte del General Gómez, en el mes de diciembre, decidió no embarcarse en esa aventura. Hubiera sido mi cuarto viaje a las Américas. Y en 1935 hice con él las cerca de treinta corridas que toreó”. Recordemos que por aquellas fechas ya se rumoreaba insistentemente la posible retirada definitiva de Belmonte, como así podría considerarse que fue. Cuando en 1936 volvió a los ruedos lo hizo ya en calidad de rejoneador, en cuya actividad participó también en diferentes festejos de carácter benéfico, pero se dio la circunstancia de que el 15 de noviembre de este mismo año toreó en Córdoba una de aquellas corrida de toros, que por el carácter que las rodeaba se denominaron Patrióticas, y pasa por ser su última actuación vestido de luces. Festejo del que conservo un cartel original. “En el 36 fui de nuevo con Cagancho, pero ya se dieron pocos festejos. La Guerra Civil y los años que vinieron después fueron muy duros para todos. Yo afortunadamente no me compliqué la vida en ese sentido, y cuantas veces me llamaron para picar en corridas, con el fin de recaudar fondos en favor de las tropas que luchaban en el frente o para ayudar a los pobres, lo hice, pero nunca me metí en declaraciones que pudieran acarrearme problemas, como le pasó a muchos compañeros en toda España”. 

Chicuelo otorga la alternativa y el testigo de
su toreo a Manolete. Sevilla2 de julio de 1939

Y sigue contándonos Bernabé: “en 1939 Camará me llamó para entrar en la cuadrilla de Manolete, que iba a tomar  la alternativa en Sevilla (2/7). Se la dio Chicuelo, otro grandioso torero. Y con él estuve hasta el año siguiente, que fue en el que me retiré. De Manolete solo puedo decir que vino a recuperar el interés de la gente por los toros, no os podéis ni imaginar como se abarrotaban las plazas para verle torear, y eso que muchos no tenían ni para comer. Recuerdo que aquel día de la alternativa piqué junto con Paco Zurito, que sufrió un golpe tan grande que lo tuvo bastante tiempo enfermo en la cama hasta que el pobre falleció. Paco podía haber sido un brillante picador. La siguiente corrida que Manolete toreó en Sevilla (18/7) la recordaré toda mi vida. Un toro de Tassara me derribó y me tiró un gañafón en el pecho rompiéndome la ropa, y sacando en el pitón la cadena con una medalla que yo llevaba colgada al cuello. Aquello caló en el público, que se sorprendió al ver que me levantaba, y subiéndome de nuevo al caballo le di dos buenos puyazos. La ovación fue la más grande y emocionante que yo he recibido en mi vida, por eso digo que no la olvidaré nunca”. Debo añadir, que Don Fabricio tituló su crónica en ABC con esta frase, “El gesto de un árabe”. Al hilo de este suceso se le preguntó por los  percances que había recibido y esto fue lo que nos contó: “Porrazos recibí a montones, como todos los picadores. Cuando los caballos salían todavía sin el peto había veces que nos juntábamos más de un picador rodando por la arena, por eso todos acabábamos fatal de los huesos… El Señor Manuel, que no me cansaré de decir que ha sido el mejor de todos, cuando se retiró, además de andar con bastones llevaba un corsé, que le ajustaba todo el cuerpo de cintura para arriba, estaba hecho polvo. Y a mí ya me veis como voy, que no soy capaz de dar un paso sin la ayuda de estos palos. Eso sin contar los que murieron de alguna cornada, y los que se quedaron inútiles para el resto de su vida, que fueron muchos”. Y estos son los percances de cierta gravedad que nos citó: “en Pamplona (7/7/1913) un toro de Vicente Martínez me tiró un fuerte gañafón a la cara dejándome una herida que tardó en cicatrizarme. Unos años después (11/9/1917) un toro de Veragua me hirió gravemente en el muslo izquierdo. Y en 1925 sufrí dos percances, el primero en Murcia (12/4), donde otro toro de Martínez me dio otra cornada en el mismo muslo, un poco más abajo de la anterior. Y el segundo lo recibí un mes después (15/5) en Madrid, con un bicho de Gamero Cívico que casi me vuela la mandíbula”. A estos accidentes habría que sumar el puntazo en el pie derecho que un astado de Vicente Martínez le infirió en Málaga, festejo en el que Belmonte también resultó corneado en una pantorrilla.    

Catalino fue un picador que dejó huella entre los profesionales del castoreño. Dotado de gran fortaleza física castigaba duro a los toros, sin valerse de artimañas ni ventajas, haciendo la suerte tal y como la realizaban  quienes consideró santo y seña en este tercio de la lidia, que, según nos dijo, había cambiado radicalmente a partir de la obligatoriedad del uso del peto protector para los caballos, que en 1928 impuso el gobierno del general Primo de Rivera. Así opinaba al respecto: “La suerte de varas sirve para quitarle fuerza a los toros, para favorecerle el trabajo al matador, pero si un toro no tiene fuerza poco tienes que quitarle”. Y añadió: “Con el peto se rebajó el número de caballos que morían en el ruedo y ganaron en seguridad los picadores. Entonces, después de cada corrida, llegabas a la fonda donde se hospedaban los toreros y sabías cuáles eran las habitaciones de los picadores, por el fuerte olor que salía de ellas al ungüento que teníamos que juntarnos, para aliviar los dolores por los porrazos recibidos en el ruedo… El frasco del tío del bigote (emblemático dibujo del famoso linimento Sloan) no faltaba nunca en nuestros maletines. Hoy hasta los monosabios huelen a colonia de Lavanda”.  Al preguntársele que cómo creía que había sido él en su cometido, contestó: “yo no habré sido muy bonito tirando el palo, pero castigaba a los toros en su sitio, agarrándome con ellos. En aquellos tiempos salían muchos toros mansos, y tenías que quedarte con ellos en el primer puyazo… cuando se podía, claro está. Nunca piqué barrenando para dejarlos medio muertos. Un día vi como lloraba un toro y dejé de pegarle… y buena bronca que me llevé de los banderilleros”. Ya ha quedado escrito que el último espada al que acompañó fue Manolete, falta referir su última actuación vistiendo la calzona y la chaquetilla de luces. En todas sus biografías e incluso por declaraciones suyas fijan la cita en el 16 de septiembre en la plaza de Salamanca, con ocho toros de Antonio Pérez que el califa cordobés estoqueó junto a Marcial Lalanda, Domingo Ortega y Pepe Luis Vázquez. ¡Vaya un cartelazo! Todo es correcto salvo la fecha, que fue el viernes 13, segunda y última corrida de feria en la capital charra. Bernabé pudo confundirse porque dicho día 16 se repitió en Valladolid el cartel de ganadería y toreros, pero ya no figuraba él en la cuadrilla. Además, el mismo Bernabé dice sobre su retirada que el último toro que picó “fue después fogueado por manso” y esto solo sucedió en la mencionada corrida salmantina. Todavía queda más claro el tema tras comprobar en mis notas su referencia al añadir, “también habíamos toreado allí el día anterior y por la noche, en vez de irnos al circo como hicieron otros compañeros, Cantimplas (Rafael Saco Rodríguez, primo de Manolete y banderillero en su cuadrilla) y yo nos fuimos a cenar  a un restaurante que había en el centro de Salamanca, llamado La Mezquita, y después nos metimos en el cine”. 

Naranjas y capotes. Foto Ernesto Castillejo

Por lo tanto, todo aclarado. Puede llamar la atención que dejara de actuar el día 13 cuando a Manolete solamente le restaban por cumplir cinco contratos (los dos de Valladolid, Córdoba, Valencia y Jaén). Según nos manifestó, “todavía me encontraba en perfectas condiciones, pero atendiendo los consejos de varios amigos comprendí que no debería exponerme al riesgo de poder sufrir algún percance difícil ya de superar, por lo que decidí marcharme  definitivamente". Con el paso del tiempo, me indicaron que si bien conservaba su fuerza de brazos para picar con solvencia, en cambió se encontraba ya muy debilitado de piernas, al extremo de tenerle que ayudar cada vez que se subía a las cabalgaduras.  

Dadas las circunstancias que rodearon a quien durante toda su vida se caracterizó por no pasar desapercibido, voy a dedicar unas líneas al capítulo personal. Ya ha quedado al menos apuntada su marcada condición materialista de la vida, eso por lo que algunos le tachaban de pesetero. A nivel anecdótico les diré, que en sociedad con Ricardo González Curro Camará (destacado banderillero en la cuadrilla de su primo Machaquito) y del picador Zurito, en un terreno que este último tenía lindando con la finca Las Pitas, en 1924 formaron los tres una empresa de caballos de picar, pero después de varias ferias con numerosas bajas en la cuadra de equinos, al terminar la de Córdoba, Catalino pidió la cantidad que había aportado y abandonó la sociedad, por considerar poco rentable el negocio. Y una vez retirado, en compañía de un amigo, empleado de Hacienda, se dedicaron a lo que por aquí llamaban dar dinero a cordelillo, esto es, conceder préstamos mediante el cobro de un pequeño recargo. Un método de usura, dicho sea de paso, que ya se practicaba en Córdoba desde el  tiempo de lo judíos, y no faltan historiadores que la señalan como una de las causas por las que fueron expulsados de España.

Última foto de Bernabé Álvarez Catalino. Revista El Ruedo

En el terreno familiar, decir que Bernabé se casó o convivió con Antonia Fuentes y fueron padres de dos hijas. En 1912 contrajo matrimonio con Elisa Ruiz Lopera, que era cambiaora en el Mercado Central (sentadas detrás de una mesita, estas mujeres facilitaban cambio fraccionado de monedas reteniendo para ellas un diez por ciento). Finalmente se sabe que tuvo por compañera a Carmen, nieta del picador Ricardo Moreno Onofre, conocido por Mediaoreja entre los cordobeses, por haber perdido parte de un pabellón auditivo a consecuencia de un percance sufrido en el ruedo. En su entorno se le tenía a Bernabé por ser muy mujeriego, “yo siempre he tenido mujeres al retortero”, nos dijo. Y a petición de un parroquiano que seguía de  cerca nuestra conversación con él, nos relató un lance que le sucedió a tal respecto. “Tenía yo una amiga en una  casita baja de dos plantas en la Plaza Santa Teresa del Campo de la Verdad, y estando con ella llamaron a la puerta, resultando ser su marido que se presentó de pronto… Total, que a medio vestir y con las botas en la mano tuve que saltar a la calle por la ventana todo de prisa y corriendo;  tanto corrí, que fui a caer casi encima de este hombre al que su mujer, para darme tiempo a mí, todavía no le había abierto la puerta”. ¿Y cual fue su reacción?, le pregunto mi padre. Muy sonriente contestó. “Pues… que le dije buenas tardes y me fui como el que no sabía nada… Qué iba a hacer ya”.

Taberna de Paco Acedo

Hombre muy dado a la conversación y buen bebedor, frecuentó varias tabernas en razón a los distintos domicilios que habitó. Así, La Paloma (después Casa Paco Acedo, donde Manolete y su amigo Lángara se fumaban a escondidas sus primeros cigarrillos, y el califa tuvo dedicada una habitación plagada de recuerdos, espacio en el que últimamente se reunían los componentes de la Tertulia Taurina Tercio de Quites, y establecimiento donde también tenía su sede la Peña Taurina José Luis Torres); San Miguel (hoy popularísima Casa El Pisto, de mi recordado amigo Pepe López, regentada ahora por su hijo Rafael); la muy antigua de Salinas en calle Tundidores; El 6 de las Cinco Calles (convertida en restaurante); la Sociedad de Plateros de San Francisco (una de las más antiguas de Córdoba); Casa Calzaíto en Santa María de Gracia; Taberna del Gallego en calle Santa Inés y El 89 en el Realejo (frente a Casa Castillo, donde mantuvimos la entrevista). En todas ella tenía su grupo de amigos que no dudaban en invitarle, para lo que no tenían que forzarle mucho, mientras él les relataba sus mil y una aventuras vividas. Por cierto, antes de que Bernabé llegara a la cita, Enrique nos presentó a Luis, un cliente de avanzada edad que en los años treinta visitaba la referida taberna El 89, y fue testigo de las reuniones que allí mantenían Catalino y Zurito. Según nos indicó, cuando ya llevaban bebidos varios medios de vino solían terminar tarifando, pero al siguiente día volvían los dos tan amigos. Según sus palabras, “El Señor Manuel  se volcaba hacia atrás el sombrero cordobés, con un leve toque de su dedo pulgar, y decía: Bernabé, ya no te aguanto más pegoletes. Y recogiendo sus dos bastones se marchaba”. Recordaba también este hombre, que en una ocasión le oyó decir a Catalino: “¿habéis visto los cojones que tiene…? Pues más le echaba a los toros”.

Magistral puyazo del señor Manuel de la Haba Zurito.

Como colofón a nuestra interesante reunión, que para mí era la primera de una larga lista con numerosos profesionales del toreo, tanto en Córdoba como en Madrid, Bernabé nos tenía reservado un número especial, su alarde de fuerza. De pie y apoyando sus anchas espaldas sobre la pared, enganchó con el extremo del bastón una pesada silla de hierro y la levantó a pulso hasta veinte ocasiones seguidas. Recuerdo la cantidad porque antes de comenzar la exhibición me dijo: “escribiente, ve contando”.

Observarán que no se trata de una biografía al uso, al estar realizada básicamente siguiendo la narración del propio interesado, a la que he querido ser fiel, apoyada en otras referencias de mi archivo y aportando las fechas correspondientes a sus datos, así como algún comentario igualmente relacionado con el guión. Una biografía que espero sirva para conocer a este singular personaje, sobre todo, su gran categoría profesional. Si tuviéramos que citar los varilargueros más sobresalientes del pasado siglo, en esa relación, sin ninguna duda, no podría faltar el nombre de Bernabé Álvarez Jiménez Catalino. “Un picador exuberante de majeza y despiadado con los toros”, como lo describió el historiador taurino González Acebal. Además, ya se encargó él de dejar sellada su trayectoria profesional, cuando me dijo al despedirnos: “No te olvides de poner que yo fui un picador muy especial”.