Mostrando entradas con la etiqueta Diego Ramos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Diego Ramos. Mostrar todas las entradas

jueves, 28 de agosto de 2025

«MANOLETE»: 78 ANIVERSARIO DE LINARES

Por Antonio Luis Aguilera

 

"Suerte suprema". Óleo sobre lienzo de Diego Ramos

Se cumple un año más de la muerte de Manolete en Linares. Y en el toreo todo es su esencia y su presencia. La esencia de lo que en el arte de lidiar toros constituyó la naturaleza del toreo ligado en redondo, que permanece invariable 78 años después, y la presencia inalterable del concepto de Gallito, pulido y recreado por el arte de Chicuelo, creador de la faena moderna, que con Manolete adquiere su pleno desarrollo con una nueva forma de obligar a embestir, acortando las distancias para aguantar la acometida bajando la mano, y de esa forma perseverar cada tarde, con espeluznante serenidad y majestuosa elegancia, como el eje por donde gravitaba el toreo. Esa es la huella que desde entonces no ha dejado de ser respetada, admirada y soñada por todos los toreros. 

El tiempo borró las patrañas de que fue objeto un toreo que sigue vigente. Y los censuradores del arte del torero cordobés pasaron a la historia como envidiosos y mentirosos. Acusaron de ventajista, en clara insinuación de cobardía, a quien toreando desde su línea vertical y citando de perfil ofreció su vida al toreo, incluso desde doctas tribunas, cuando el inolvidable espada había muerto en las astas de un toro, trataron de explicar el “verdadero” arte del toreo con una engolada conferencia que nadie aceptó. Y lo que es peor, que ningún torero adoptó para expresar su toreo, porque el toreo, desde Manolete a nuestros días, no se concibió sin la ligazón de los pases en series, y la agrupación de estas armando la faena de muleta. 

El recuerdo de Manolete se mantiene de generación en generación, aunque hoy como ayer, no falte parte de la crítica concursando en ditirambos para proclamar a un torero contemporáneo como “el mejor de la historia”, “el mejor de todos los tiempos”, “el dios del toreo”… ¡Cómo si tan exaltados seguidores hubieran presenciado con sus ojos todos los capítulos de la historia del toreo!  ¡Cómo si hubiera posible comparación entre los toros de hoy con los de cada capítulo de la Tauromaquia! Por fortuna para el toreo, la Fiesta goza de excelentes toreros. Y de no menos importantes ganaderos, que perseverando en la crianza del toro han logrado magníficos resultados, para ofrecer al toreo un animal más bravo que nunca, con más fijeza, entrega, clase, ritmo y duración. Un animal que dista mucho de los ejemplares de otras épocas, donde prevalecía la brusquedad de la mansedumbre y el genio defensivo, y con los que hubieron de vérselas en la arena para expresar su arte los mejores diestros de cada tiempo.

Se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Manolete, al que nadie podrá arrebatar su auténtico lugar en la historia, como nadie tampoco podrá arrebatárselo, con irreflexivos ditirambos, a otros grandiosos toreros históricos; porque cada tiempo tuvo su toro, su torero, su público y hasta su prensa...

 

jueves, 8 de septiembre de 2022

«MANOLETE» A 75 AÑOS DE SU MUERTE

Por Alejandro A. Arredondo Maldonado*

Panteón de «Manolete» en el cementerio de la Virgen de la Salud de Córdoba
 Fotografía: Juan García-Gálvez

 «Ven, muerte, tan escondida,

que no te sienta venir

porque el placer de morir

no me vuelva a dar la vida».

Anónimo. Cantar español siglo XVII 


«Manolete». Obra de Diego Ramos.

Confieso que, para mí, la figura de Manuel Rodríguez Manolete” por algún tiempo no me dijo mucho. Mi ya largo peregrinar por “el planeta de los toros” me limitaba un poco a ciertos personajes como Lorenzo Garza, primo y compadre de mi padre, y por supuesto muy familiares todas sus hazañas en los ruedos; y a Manolo Martínez, por contemporáneo y por crecer taurinamente de manera paralela, si no en conocimientos por lo menos en tiempo.

No por ello la figura del cordobés me era ajena, quizá se mantenía estática en espacio y tiempo, para en su momento explotar luminosamente en el panorama de la historia reciente de la entrañable España.

Tal vez estuvo en espera de que comprendiese más a fondo el devenir histórico español y el sentir de tan ilustre pueblo. Entender sus vectores y sus vertientes, su ser y su estar, sus objetivos y sus metas, su génesis, su cultura y su fiesta nacional; que, como pueblo prócer, origen de otros —entre ellos el mexicano—, nos heredaron gustos y costumbres. Todo esto en definitiva me imponía cierto proceso de aprendizaje, es probable que un tanto complicado, pero no dejó de ser un proceso de maduración.

Creo que la trascendencia de “Manolete” es única por muchos motivos —entre otros, ya lo dejé entrever líneas arriba—, porque Manuel Rodríguez Sánchez significa la España misma: la España invadida, la España conquistada, y creo lo más significativo, la España conquistadora, triunfante y trágica, porque al fin y al cabo tan singular personaje acabó conquistando al mundo y no solo el taurino, sino a todo lo que tuviese que ver con España a pesar de los no taurinos. Tan grande así es el significado de “Manolete” y lo anterior no es gratuito, ni la pasión taurina me lleva a manifestar (sustentar) tales conceptos, sólo habrá que ver cómo han sido sus vidas y como se han desarrollado para afirmar categóricamente que “Manolete” y España son mutuamente incluyentes, que en el espacio y en el tiempo no se da el uno sin el otro; afirmación temeraria sí, pero con una verdad de por medio: España y “Manolete” han escrito su propio destino y han salido renovados y agigantados de toda batalla, en particular la batalla con la muerte. 

«Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero,

que muero porque no muero».

Santa Teresa de Jesús

 

«Un solo pez en el agua.

Dos Córdobas de hermosura.

Córdoba quebrada en chorros.

Celeste Córdoba enjuta».

«San Rafael» (fragmento)

Federico García Lorca 

Busto a «Manolete» en la plaza de La Lagunilla de Córdoba.
Al paso del tiempo “Manolete” me confió su vida y su arte. Sí, me dijo muchas cosas, ahí en sus terrenos, en sus barrios, en sus plazas. Alguna vez, ahí estuve, en el barrio donde pasó su infancia, en Torres Cabrera, en la plaza de la Lagunilla con su pequeño busto; o más allá en la plaza del Conde de Priego —Alabados sean los dulces nombres de José y María—, donde pasó su juventud. Ahí junto al conjunto escultórico formado por caballos, ángeles, el toro y “Manolete” —a los hijos pródigos no se les olvida—, ahí en la Córdoba mora, majestuosa; en la Mezquita, en la Judería, ahí donde estuvo la antigua plaza de “Los Tejares”, en la plaza de “los Cuatro Califas”, junto a “Machaquito” “Lagartijo” “El Guerra”, en el museo taurino de Córdoba; junto al Guadalquivir; o en “el Cristo de los Faroles” y más allá en el Mausoleo, en el cementerio, me dijo muchas cosas, se sentía su presencia, ahí estaba para guiarme por esa tierra mágica y torera.

Me habló de la grandeza de su terruño, de la Guerra Civil, de su madre Doña Angustias, de su padre torero, de su toreo y de su destino, su sino y de Lupe Sino la mujer, su mujer, del whisky, del tabaco, de sus fatigas, de México; por cierto, no olvidó Monterrey en aquél diciembre frío y lluvioso.

«Manolete». Obra de Diego Ramos

«Andar es muy fácil.

lo difícil es andar sin premura.

Pasear por el miedo del ruedo

grave y con figura. 

Cuando un cordobés es torero

su capa es la túnica.

Esencia y decencia:

las dos cosas juntas. 

¿Quién ha visto, si no es entre sueños,

la estatua segura,

arriscada de gracia, de arte y de celo,

crispada de angustia,

caminar paso a paso, despacio,

buscándole sitio a su tumba?».

«Manolete»

Pedro Garfias.

 

«Quiero dormir un rato,

un rato, un minuto, un siglo;

pero que todos sepan que no he muerto;

que haya un establo de oro en mis labios;

que soy el pequeño amigo del viento Oeste;

que soy la sombra inmensa de mis lágrimas».

«Gacela de muerte oscura» (fragmento)

Federico García Lorca

Si bien el semblante de Manuel Rodríguez Sánchez era trágico y en su mirada se percibía un dejo de tristeza, todo se conjuntaba produciendo una visión recurrente de martirio inevitable, cuya única constante sería una muerte gloriosa. Si bien esa visión no se manifiesta claramente desde el inicio de su carrera, si se fue acentuando en el transcurso de la misma hasta llegar a un clímax. Inconsciente “Manolete” intuía su destino, tenía prisa por morir.

Cruz de Mayo en el monumento a «Manolete». Foto Paco Zurera

Esa tarde de Linares “Manolete” abandonaría muchas cosas: la afición, el arte, el toreo mismo. Quedaron muchas preguntas sin respuestas ni razonamientos, lógicos e ilógicos —la vida de “Manolete” creo fue lógica—, mucho se perdió, pero sin lugar a dudas mucho se ganó. De hecho, se sacudió brutalmente la Fiesta y sus estructuras, dándose un parteaguas con el sacrificio de esa vida iniciándose así una nueva era en la tauromaquia moderna.

¿Lo ilógico? Quizá la orfandad misma del toreo, aunque temporal, en parte pudo superarse.

Sin embargo, dejó muchas citas pendientes en su agenda y un sinnúmero de páginas por escribir en la historia del toreo y de la España misma. Con todo queda una impresión ambivalente de que todo y nada quedó abandonado.

Posiblemente en esa tarde, toro y torero, compendio y síntesis del arte, se manifestaron sin velos protectores, con carencias y virtudes. 

«He venido a sembrar mis huesos otra vez

y a abrir las acequias de mis venas.

Estas son mis llaves:

sacad el trigo por la puerta.

El hombre está aquí para cumplir una sentencia,

no para imponerla.

Que suba al ara como la paloma y el cordero.

Y que hable el juez desde la cruz, no desde su silla». 

«Estas son mis llaves» (fragmento)

León Felipe 


«Ya hay un español que quiere

vivir y a vivir empieza,

entre una España que muere

y otra España que bosteza».

«Españolito» (fragmento)

Antonio Machado

«Manolete», sombra viva del toreo. Foto Ernesto Castillejo

Sin pretender un análisis de la tauromaquia “Manoletista” —que de esto se ha escrito bastante, aunque nunca lo suficiente—, si es interesante revisar un poco y como se fue desarrollando el concepto de esa particular manera de torear, en donde se da un común denominador de naturaleza intrínseca entre lo técnico y lo trágico.

Se dice que “Manolete” vino a implantar una característica esencial en el toreo moderno. Y esta era la quietud, digamos lo más peculiar de su toreo. Aquí se guarda un símil —quizá premonitorio—, su monumento fúnebre, su mausoleo, su perfil, el mármol estático y frío en su escultura; que se adivinaba, aún antes de su muerte. Esta percepción también sería manifiesta a través de su mirada, de su mirada que ha trascendido en imágenes fijas y de cine de la época hasta nuestros días. 

«Suerte suprema». Obra de Diego Ramos.

«Él, que templaba y mandaba

en la infernal embestida;

inconmovible y sereno,

clavado como una espiga;

su tronco, ritmo de palma

suave la mano corría,

quieto, erguido, irreprochable

como sombra cipresina;»

Elegía a Manuel Rodríguez «Manolete»

Abraham Domínguez 

El crítico y periodista español Vicente Zabala decía con respecto al cordobés: «Manolete impone algo que va a ser la ruina para todos los toreros que lo han sucedido. Implanta “la quietud” a toda costa y ante todos los toros. Esto es una enormidad, una barbaridad tan grande, que hace que el toreo entero se transforme». Continúa Zabala: «Desde Manolete no se tolera la faena de aliño. Todos los toreros se ven obligados, si no quieren recibir feroces broncas, a quedarse quietos, muy quietos, con todos los toros». 

«Manolete, Manolete,

hijo y nieto de toreros,

de la raza de los bravos

que triunfaron en el ruedo.

Que lloren los olivares

y se enluten los chiqueros,

que en la plaza de Linares

murió el rey de los toreros».

Fandango anónimo. 

*Alejandro A. Arredondo Maldonado, aficionado mexicano de Monterrey (Nuevo León), nos envía este texto que rinde homenaje a quien considera un "cordobés universal", "al cumplirse los 75 años de su último paseíllo terrenal". Este trabajo, con el título «Manolete a 50 años de su muerte», fue publicado en el periódico «El Porvenir» de la citada localidad en el año 1997, al conmemorarse medio siglo de la muerte del espada cordobés. Al no haber perdido actualidad, nos lo remite por si consideramos oportuno editarlo en la manoletista «Plaza de La Lagunilla». Lo que hacemos con gusto, al tiempo que mostramos nuestra gratitud a su autor por expresar su hondo sentimiento sobre la figura del inolvidable torero cordobés, cuya huella en México, la nación que tanto quiso y donde fue feliz, sigue viva en la afición hermana. 

domingo, 28 de agosto de 2022

MANOLETE: 75 AÑOS DE LA TARDE DE LINARES


«La Manoletina» en los pinceles toreros de Diego Ramos.

ELEGÍA A «MANOLETE»

ENSANCHA el verso, Córdoba, buscando las estrellas.

¡Nada de romancillos con ángeles toreros!

¡El que ha muerto tenía los ojos pensativos,

como dos pozos negros!


Hay que llorarlo, Córdoba, como pasa tu río,

bajo los arcos altos de tu puente, en silencio.

Y hay que estar en su muerte, como él ante los toros,

elegante y sereno.

 

Nada de romancillos, Córdoba, ni cantares.

Un medio tono lleno de tristeza en el verso.

 

Son las siete doradas de su tarde infinita.

Ha dejado el capote de brega, y, en silencio,

con un gesto tranquilo de victoria y descanso,

ha tomado el capote del último paseo.

 

Y se ha marchado erguido contra la tarde quieta

de espaldas a las rosas, y -¡por fin!-, sonriendo…

                                                                 JOSÉ MARÍA PEMÁN


PASODOBLE «MANOLETE» 

(Autores: Pedro Orozco González y José Ramos Celares)

Interpreta la Banda sinfónica de Algemesí


domingo, 23 de enero de 2022

OTRA VEZ JOSÉ Y JUAN

Por Antonio Luis Aguilera

Morante. Óleo de Diego Ramos

Casi un siglo después la historia reescribe en los carteles los nombres de dos toreros míticos de Sevilla: José y Juan. José no es de Gelves, sino de la Puebla del Río, y Juan no nació en Sevilla, sino en Triana. Morante luce los galones de un cuarto de siglo en el oficio; Ortega solo ha completado una temporada en las ferias, pues hasta la inolvidable epifanía de Linares fue ignorado por el «sistema» que ahora lo protege, al que no importaba que se marchara aburrido tras seis años de admirable e incansable lucha desde la alternativa.

José Antonio Morante Camacho y Juan Ortega Pardo están actualmente en el punto de mira de una afición selecta que busca el buen toreo. Son la pareja deseada para las grandes ferias y para cualquier acontecimiento importante de la temporada, la que otorga lustre al cartel y motiva al espectador para acudir pronto a las taquillas y comprar un boleto de esperanza, de los que invitan a soñar que salga premiado, para después guardarlo en las páginas de un libro y al encontrarlo poder recordar el delicado perfume de ese toreo singular, que por belleza y emoción eriza el vello y seca la garganta, cuando en el ruedo se manifiesta la magia de un instante único e irrepetible, de un calambrazo sensorial colectivo que provoca la estruendosa manifestación de jubilo en el público, que al liberar su ole coral quebranta el inquieto silbido de los vencejos en la hora de su vuelo rasante.

Juan Ortega, Foto Rafael Villar

Y como en el siglo anterior no solo hay dos, sino tres o cuatro para completar la terna o combinarla con los espadas que la afición selecciona por la clase de su toreo, por su concepto, por su línea de elegancia, como la que antaño encarnaba Rodolfo Gaona, o mostraba la fantasía de Rafael el Gallo, y un poco después, revelaba la gracia sevillana recreada en la faena nueva que alumbró el no menos grande Manuel Jiménez «Chicuelo». Ahí están hoy Diego Urdiales, Pablo Aguado, Emilio de Justo, Ginés Marín

La pandemia ha inclinado la sensibilidad del espectador —y lo que es más importante: de la juventud— hacia el toreo clásico, hacia la expresión personal del arte que fluye de la forma más natural, hacia el trazo sentido de la suerte manifestada con la sencillez del suave pulso en las telas, que llevan y traen al toro mecidas con la delicada y tremenda fuerza del temple que acaricia, atempera y crea obras efímeras en lances o pases, versificando en el albero trasteos y faenas que emocionan como los más bellos y profundos poemas. ¿Quién dice que el toreo se acaba…? Otra vez José y Juan, con Diego, Pablo, Emilio o GinésY con todos los que saben y quieren torear con la verdad por delante, con todos los que quieran sumarse para seguir alimentando la ilusión del público engrandeciendo el toreo, ese arte flexible capaz de acoger la diversa expresión de acentos interpretados con autenticidad, sin tamizar con las técnicas ventajistas que los adulteran. Como enseñaba el gran pensador del toreo José Alameda: «El toreo no es graciosa huida, sino apasionada entrega». Alborea una temporada con un horizonte lleno de ilusión, de anhelos por contemplar la singularidad de esos privilegiados por su forma de hacer y expresar un arte único e irrepetible: el toreo. 

viernes, 3 de septiembre de 2021

MANOLETE

Por José Alameda

Suerte suprema. Óleo sobre lienzo de Diego Ramos

Si la preguerra la domina Ortega, la posguerra la enseñorea Manolete. Hay ocasiones en que las cifras cobran un especial valor, como es el caso de Manolete, quien por la relevancia de su figura induce a pensar, a los no iniciados en este punto, que toreó muchas corridas. En realidad, no fue así, pues nunca llegó a las cien por año. Como tampoco Domingo Ortega. En cambio, Joselito (que fue el primero en alcanzar la marca de las cien) sumó 102  en 1915; 104, en 1916; 103, en 1917, y otras tantas en 1918, aparte de haber aparecido también a la cabeza del escalafón (aunque sin llegar todavía a las cien) en 1913 y 1914. Belmonte sólo una vez, aunque con cifra récord hasta entonces, de 109 corridas en 1919. El que más veces ha figurado en toda la historia del toreo a la cabeza del escalafón ha sido Domingo Ortega, en siete temporadas. Manolete solamente en dos. Y sin embargo… 

Sin embargo, Manolete mandó en su época como no mandaron en la suya ni siquiera Guerrita, ni siquiera Joselito. Quizá por qué no ejercieron todo el mando que hubieran podido; en cambio, el de Manolete, dirigido por Cámara, fue muy ostensible.

Manolete formó un clan. Un clan que dominaba todas las ferias, que contaba con las mejores ganaderías y en el que, sobre todo, era muy difícil entrar.

Para formar un clan así se necesita imponerse a los demás toreros frente al toro. Es indiscutible. Ahora bien, ¿eso da al hecho título de legitimidad? Ahí está la piedra de discusión.

Por lo pronto, de ahí nace la primera reacción contra Manolete por un grupo de toreros y de periodistas, que se extremaría y se extendería (y esto es lo moralmente triste) después de muerto el gran torero.

«Dos son los puntos en que se basó la oposición 
a Manolete: el toro chico y el "afeitado"» 

El toro chico y el «afeitado».

Dos son los puntos —digamos, de orden administrativo— en que se basó la oposición a Manolete: el toro chico y el «afeitado».

Lo primero, que no fue una consecuencia de Manolete, sino de la guerra civil, que diezmó la ganadería española, se trató de prolongar, sin duda ventajosamente, pero no podía eternizarse. Aparte de que tampoco era un fenómeno total, pues en ocasiones salían toros de presencia y armadura muy dignos de tomarse en serio. Pero, sobre todo, hay un argumento serio también: el toro de aquel momento —fuese como fuese—, salía para todos, no sólo para Manuel Rodríguez. Pero éste se arrimaba más que todos, excepción hecha de Carlos Arruza y Domingo Ortega, que no cedían ante ningún rival.

El «afeitado» es otro asunto. No nació, sin duda, en la época de Manolete, pero es incuestionable que durante ella se sistematizó. Tengo por verosímil que esta práctica hubo de ser en su principio cosa de los ganaderos, para «igualar» algún «encierro» de cornamentas dispares. Pero de ahí se pasó al fraude tan cacareado y evidentemente cierto de aquel momento, y de otros posteriores, sin excluir, por desgracia, al actual.

Abordemos un problema interesante. Una de dos: el «afeitado» sirve o no sirve; es o no eficaz, evita el riesgo o no lo evita. Veamos, según cada hipótesis, la consecuencia.

Si evita el riesgo, no sólo es un fraude inmediato contra el público, sino algo de mayor trascendencia, una verdadera negación del fundamento del arte de torear.

El verdadero valor, la verdadera importancia del riesgo en el toreo, no estriba tanto en la entereza de ánimo que se necesita para afrontarlo cuanto en la exigencia de exactitud, de precisión que establece para el artista.

Un paso adelante y puede morir el hombre, un paso atrás y puede morir el arte.

«Manolete mandó en su época como no mandaron
en la suya ni siquiera Guerrita, ni siquiera Joselito»

El toreo se hace sobre una línea invisible, pero implacable.

Destruir esa línea, escamotearla, es, por lo tanto, negar la esencia misma del toreo. Quitado el riesgo, cualquiera puede entregarse a los intentos más aventurados, sin que ello tenga que ver con la hazaña del verdadero artista.

Queda la otra hipótesis: que el «afeitado» no sirva, en realidad, para una verdadera protección del torero.

A un matador de toros importante, cosido a cornadas, cuyo nombre omito por razones obvias, le pregunté un día:

—De los toros que te han herido, ¿cuáles crees que estuvieran «afeitados»?

—Todos  —Me respondió sin titubear.

—¿Entonces?

—El toro no hiere únicamente por lo agudo de sus puntas, sino principalmente por su fuerza. Pero pese a todo, el saber que está «arreglado» es un alivio psicológico, al que los toreros no podemos sustraernos. Pienso que el toro en esas condiciones puede ser menos certero, tener menos oportunidades, aunque no estoy muy seguro de ello.

Desde luego, sé que un toro «afeitado» me puede matar, pero lo toreo más tranquilo. Con razón o sin ella, así es la cosa.

El público, víctima del fraude, es el que menos se preocupa de él. Pero las autoridades están en su papel al prevenirlo y sancionarlo. Todo lo que va contra la naturaleza de las cosas debe combatirse.

Los enemigos de Manolete le reprochan a éste, principalmente, su
colocación "enfilada" con el toro. Plaza de Salamanca. Foto Hermer.
El toreo de perfil

En el orden técnico, los enemigos de Manolete le reprochan a éste, principalmente, su colocación «enfilada» con el toro.

Manolete fue un torero sumamente definido, casi exclusivamente de línea «natural». De ahí que, cuando remataba una serie en redondo, solía hacerlo con un molinete, suerte banal, en realidad una evasiva para evitar el pase de pecho, y que cuando por excepción daba éste, le resultase tan esquemático, tan rígido. Podía ejecutar, por supuesto, el toreo cambiado o contrario, pero no lo sentía, no le daba expresión.

Por lo que hace al toreo de perfil, me parece útil someter al juicio del lector las siguientes proposiciones:

1.  Al que torea de perfil, el toro le pasa por todo el frente.

2.  Al que torea de frente, el toro le pasa solamente por el flanco.

El argumento cimero de los antimanoletistas contra el toreo de perfil, lo expresa Gregorio Corrochano en su libro ¿Qué es torear?: 

Para torear hay que enfrentarse al toro.

Enfrentarse no es ir de costado.

Si al toro lo adormecieran con morfina, el torero avanzaría

y pasaría al lado del toro, en línea paralela, sin tropezar con él. 

Peregrina argumentación. Si lo malo es que toro y torero no puedan tropezar, de ahí parece seguirse que lo bueno ha de ser lo contrario es decir, que toro y torero tropiecen. Mas ¿en qué cabeza cabe que el toreo pueda basarse en el tropezón del toro con el torero?

El tropezón físico es la cogida.

Y el tropezón geométrico, o colisión de líneas, obliga a una de dos: o echar al toro por delante, desalojándolo con el engaño, o a irse el torero hacia atrás, «destoreando».

«Sentía y realizaba el toreo de línea natural, donde es fundamental que el
toro venga por su terreno, o se le haga venir por su terreno, sin expulsarlo»
Sevilla, 18 de abril de 1945. Foto Finezas.

Curiosamente, Corrochano agrega en el mismo libro: 

El paralelismo del toro y el torero —el perfil—, sólo debe darse

en el centro de la suertes, cuando el torero que tomó al toro de

frente, va girando y, en el momento que el toro le pasa,

 los dos estarán de perfil y en líneas paralelas, para que pueda cargarse

la suerte y el toreo adquiera más desarrollo,  más mando, más eficacia. 

Otra vez, una de dos: o el paralelismo es truco,  o no es truco. Pero no se ve por qué haya de ser truco en el cite, que es anterior a la suerte, preparación para ella, y no sea truco en la suerte misma, en su cogollo, en su centro.

Manolete indudablemente, no se situaba de perfil por «ventaja» —insinuación de cobardía, quiérase o no, por parte de los impugnadores de su arte—. Se situaba así por dos razones que me parecen claras.

Primera, que sentía y realizaba el toreo de «línea natural», en el que es fundamental que toro venga por su terreno, o se le haga venir por su terreno, sin expulsarlo. 

Segunda, que esa colocación era un medio para poder llegar más cerca, para aproximarse a un tipo de toros quedados, que requieren un cite sumamente en corto. Y así eran, en su mayoría, los que salían al ruedo en su época, en su momento.

Bueno es zanjar el paso a una posible objeción: la de que Manolete también se situaba así para citar de largo. Naturalmente, porque su toreo tenía unidad de sistema. No se ve por qué habría de utilizar un modo para torear de largo y otro para torear en corto. Lo técnico en un sistema es que, sin salirse de él, sirva para resolver todas las posibilidades.

La prueba de que estaba en lo justo es que su colocación primitiva le servía para torear desde cualquier distancia, incluso la mínima, sin que para ello tuviera que corregir ni su postura ni su línea de colocación con el toro. A un palmo, o a diez metros, su sistema era igualmente valedero.

«El toreo de perfil de Manolete era un riguroso
sistema, no una pícara estratagema». Foto Mari

En cualquier disciplina, un principio se revela como justo cuando, al aplicarlo, sirve para resolver todos los aspectos de un problema, no unos sí y otros no.

Por donde quiera que se le vea, el toreo de perfil de Manolete era un riguroso sistema, no una pícara estratagema.

Tengo a Manuel Rodríguez Sánchez por uno de los toreros más inteligentes con quienes he hablado en mi vida. No siempre los grandes actores conocen, y menos explican con justa visión, el sentido, los límites, el alcance de su arte.

De la clarividencia de Manolete me había yo dado cuenta al verlo torear y antes de hablar con él.

«Manolete no prejuzgaba, le preguntaba al toro»
México, 2 de febrero de 1947.

Recuerdo que, acostumbrada mi sensibilidad de aficionado a los ayudados por alto de Belmonte, en que «barría los lomos», me dejó frío el primer ayudado alto que le vi a Manolete, un pase «de telón», sin acompañar al toro, elemental y esquemático. Pero pronto caí en la cuenta de que aquello tenía una intención funcional. Belmonte, por darle belleza al pase, sujetaba el toro, lo retenía, lo determinaba; Manolete lo que hacía era dejarlo, para que el toro revelara su condición. De este modo, con el solo muletazo inicial de la faena, tenía ya los datos esenciales sobre el toro. En efecto, como se colocaba perfilado y fuera de distancia, para ir ganando los pasos laterales rumbo al toro, era éste el que le decía cuál era su distancia de arrancada. Después, dejándolo suelto en el pase alto, el propio toro le revelaba también en qué proporción se revolvía.

Manolete no prejuzgaba: le preguntaba al toro.

«Manolete fue un torero sin fantasía, pero con una lógica
irrefutable». Alicante, 29 de junio de 1947. Foto Finezas.

Todo eso, y lo demás, era tan lógico como la colocación perfilada. Manolete fue un torero sin fantasía, pero con una lógica irrefutable. Y al servicio de ella, un valor y una fuerza de carácter que llevaron un sistema, y hasta una línea completa del arte —el toreo «natural»— a una cúspide de eficacia hasta entonces no sospechada: esa línea del toreo cuyo desarrollo hemos visto a través de la historia, del silencio de Pedro Romero al silencio de Manolete. 

Manolete en el cuadro de Daniel Vázquez Díaz
Suplemento literario 

A Manuel Rodríguez «Manolete»


Estás tan fijo, ya, tan alejado,

que la mano del Greco no podría

dar más profundidad, más lejanía

a tu sombra de mártir expoliado.

 

Te veo ante tu Dios, el toro al lado,

en un ruedo sin límites, sin día,

a ti que eras una epifanía

y hoy eres un estoque abandonado.

 

Bajo el hueso amarillo de la frente,

tus ojos ya sin ojos, sin deseo,

radiográfico, mítico, ascendente.

 

Fiel a ti mismo, de perfil te veo,

como ya te verás eternamente,

esqueleto inmutable del toreo. 

                             JOSÉ ALAMEDA 


«José Alameda», seudónimo de Luis Carlos Fernández López-Valdemoro (1912-1990), fue un escritor, periodista taurino y poeta madrileño, que residió y murió en México, donde desarrolló su magistral obra como escritor y crítico taurino.

El texto anterior es el capítulo dedicado a Manolete de su excepcional libro «El Hilo del Toreo», obra agotada de la colección «La Tauromaquia» (Editorial Espasa Calpe, Madrid 1989), que por su importante valor histórico rescatamos, con intención de facilitar su lectura a los aficionados que no han tenido la posibilidad de adquirirlo para acceder al magisterio de sus páginas.    

VER ENTRADA RELACIONADA: «EL QUEHACER DE REGULAR EL ARTE» de Germán Lebatard

miércoles, 24 de junio de 2020

LA ÚLTIMA ENTREVISTA A MANOLETE


Tomada del ensayo publicado en 2008 por la periodista Julia Rivera, «Manolete y la prensa. Cronología de una crítica relación», en la Revista de Asuntos Taurinos, editada por la Fundación de Estudios Taurinos de Sevilla.
Linares, la tarde triste. Óleo sobre lienzo de Diego Ramos
Hotel Cervantes, habitación nº 42, Linares, Jaén. 28 de agosto de 1947. Son las 12:30 de la mañana. La habitación de Manolete está llena de gente: el empresario taurino Pedro Balañá; el mozo de espadas del torero, Guillermo; el ayuda, Chimo; y algunos periodistas. 

Llega del apartado su apoderado José Flores Cámara, y despeja algo la habitación. Manolete se queda tumbado en la cama. Sólo viste el pantalón del pijama. Frente a él, la silla ya está “hecha” con un terno rosa pálido. Los críticos insisten —entre ellos sus íntimos: Bellón y K-Híto—, necesitan material porque los comentarios que circulan sobre la retirada de Manolete son casi hechos.

—No os demoréis mucho que tiene que comer ya, dice Cámara

Y Manolete contesta a las preguntas, en una pequeña e improvisada rueda de prensa:

Pregunta. Le encuentro cansado, a pesar de que este año está siendo menos agitado que los anteriores.
Respuesta. Me gustaría que este festejo fuera el cierre de la temporada. 

P. ¿Por qué?
R. Nunca me había pesado tanto como este año.

P. Quizá sea esta profesión, que es muy dura.
R. Estoy deseando tener un momento libre. Esta profesión lo absorbe todo. Desde que comienza la temporada hasta que termina está uno sujeto a una gran tensión. Viajar por la noche,  torear por el día, dormir poco. Yo me pongo aquí a torear y puedo estar hasta mañana por la mañana pero, amigo, a la cuarta vez que se pasa uno el toro por delante hay que abrir la boca en busca de aire. 

P. De todas formas, usted afirmó que si toreaba este año lo hacía al cien por cien.
R. Desde luego, no quería que fuese una temporada de sumar y sumar corridas. Si salgo al ruedo es para darlo todo, si no, me quedo en casa.

P. No hablamos de retirada, pero ¿no será esta su última temporada en activo…?
R. ¡Quién sabe! Lo que sí le aseguro es que esta temporada será la última oficial. A lo mejor la próxima toreo siete u ocho festejos.

P. ¿La presión del público le afecta cada vez más?
R. Cada vez se me exige más, y más no puedo dar. Es lógica esta exigencia, pero hasta cierto punto.
Manolete. Óleo sobre lienzo de Diego Ramos
P. A estas alturas, ¿qué le puede amedrentar?
R. Solo el toro.

P. ¿Le agrada la popularidad?
R. Nada.

P. Muchos aficionados le han acusado de torear toros chicos.
R. Lamento que haya gente que crea que siento reparos para torear el toro demasiado grande. Nunca lo pensé. Lo que procuro, dentro de lo posible, es elegir toros de buena casta, pero sin que su tamaño me haya impresionado. Además, en contra de lo que cree la afición, el tamaño de los toros no es siempre lo esencial en una buena tarde. Lo extraño es que los buenos aficionados estimen que el toreo que hoy piden los públicos se pueda hacer con toda clase de ganado. No es posible y, si fuese así, los toreros quedaríamos siempre bien porque nadie pasa una mala tarde por gusto. 

P. El toreo no se debe al volumen del animal…
R. El toro pequeño es mucho más nervioso, más rápido y se revuelve en menor espacio. Sin embargo, el toro grande, el de peso, es lento de movimientos y se asfixia rápidamente por los kilos.

P. ¿Cuál ha sido la mayor responsabilidad que ha tenido en su carrera?
R. Quizá haya sido la de torear en Madrid la única corrida en la que actué el año pasado. Fue una temeridad después de estar todo el año sin torear.

P. ¿Y debutar en la plaza monumental de México no le preocupó tanto?
R. No. Cuando llegué allí sabía a lo que iba: a triunfar o a la enfermería.

Manolete en la plaza de El Toreo de México (17-2-1946)
P. Por cierto, en México es considerado como una gran figura. ¿Qué le ha dado aquel público?
R. Allí la pasión por los toros es enorme, creo que más que aquí. La lucha es terrible, el público se divide en dos bandos y en medio están los toreros. Pero a mí me encanta aquello, aunque sea la guerra.

P. ¿Más pasión que en España, donde es el espectáculo por antonomasia?
R. No se explican un espectáculo sin lucha, sin ardor, sin sectarismos. A un mexicano una corrida en España le parecería algo frío. Son dos conceptos distintos de un mismo espectáculo.

P. De los matadores mexicanos que han actuado con usted, ¿a cuál destacaría?
R. Silverio Pérez. Como torero tiene momentos sublimes y como persona es único. Recuerdo una ocasión en la que le obligaron a saludar al terminar el pasillo y me propuso que compartiera la ovación. Yo le dije que no, que de ninguna manera, y él me dijo: "Pero hombre, nos vamos a pelear antes de empezar la corrida".

P. Recuerde una anécdota de su estancia en el país azteca.
R. La expectación era muy grande. Mi mozo de espadas, Chimo, siempre se ha sumaba la puerta del hotel para ver cuánta gente me estaba esperando. En una ocasión estaba un maestro de un colegio con toda la clase. Al profesor se le ocurrió que los niños me debían conocer en persona, porque no paraban de hablar sobre Manolete.

P. En sus viajes a América ha hecho escalas en Norteamérica, concretamente en Nueva York. Allí por lo menos habrá pasado desapercibido…
R. No crea. En algunos establecimientos en los que he entrado me ha sorprendido escuchar: «"¡Monster, Monster!», que es lo único que entiendo del inglés.

P. ¿Qué le dicen los periodistas norteamericanos?
R. Siempre me hacen las mismas preguntas: cuántas cornadas me han dado los toros y cuánto dinero tengo.

P. ¿Son muy raros?
R. Mire, un día estaba con el boxeador Joe Luis y su preparador se me acercó, me tocó los bíceps y me dijo: «Puaf». Por lo visto se creía que los toros se matan a puñetazos.

P. Defíname a Carlos Arruza, Pepe Luis Vázquez y Luis Miguel Dominguín, sus amigos y rivales en los ruedos.
R. Arruza es un gran torero. De Pepe Luis Vázquez bastará con que se quede quieto, en ese caso sobraremos los demás. Y a Luis Miguel Dominguín decirle que, cuando yo me vaya, heredará mis enemigos.

P. A los 11 años decidió ser torero. Sus primeros pases los da en una finca cercana a Córdoba.  ¿Cómo fue aquella experiencia?
R. Me supo a gloria. Era mi primer triunfo. Cuando llegué a mi casa me tiré toda la noche entrando a matar en un macetón que había. Me causaba una grata satisfacción tocar con la mano la tierra mojada de la maceta. 

P. ¿Recuerda su primera cornada?
R. Sí, fue una cogida sin importancia en un tentadero, que me convirtió en un personaje entre los chavales. Me acompañaban todos a la Casa de Socorro a curarme y, aunque me dolían mucho las curas que me hacían, aguantaba el dolor en silencio para que no dijesen que era un quejica.

P. La gente le admira pero, a veces, su carácter le impacta mucho. Le ven muy serio.
R. Lucho contra esta seriedad. La gente me cree huraño y orgulloso y soy, ciertamente, afectivo y sentimental; los que me tratan con asiduidad lo saben.

P. Se habla mucho de su relación sentimental con la actriz Lupe Sino, de la que media España cree que será su esposa. ¿Qué piensa usted del matrimonio?
R. No le tengo miedo. Creo que es el estado perfecto del hombre, pero yo no sé hasta qué punto sería un buen marido. Soy un poco dominante, absolutista, si se quiere. Quizá un poco chapado a la antigua. No me gusta que la mujer vaya a todos los lados con el marido, sino que sea más bien casera, que no salga mucho del hogar. Una esposa llamaría a esto egoísmo.

En ese momento llega el almuerzo solicitado y los periodistas cierran sus cuadernillos y se despiden. El torero come despacio y descansa un rato; ha concedido su última entrevista.

El crítico taurino Ricardo García “K-Hito así la transcribió ese mismo año en su libro Manolete ya se ha muerto: muerto está que yo lo vi. Medio siglo después, la revista Cambio 16 la evocó de la mano de Juan Lucio, y Francisco Narbona hizo lo propio en su obra Manolete, 50 años después de su muerte.

Magnífico reportaje sobre Manolete en México emitido por RTVE