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miércoles, 1 de marzo de 2023

«YO MATÉ A MANOLETE»

Por Antonio Luis Aguilera


Con este llamativo título el cordobés Antonio Estévez Reyes presenta su segunda obra literaria. En esta ocasión se trata de la biografía novelada de la actriz Antonia Bronchalo Lopesino (1917-1959), conocida artísticamente como «Lupe Sino», que fue la novia del torero Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete» (1917-1947), desde 1943 hasta la infausta tarde de Linares, cuando una grave cornada y la infortunada actuación de un prestigioso cirujano, contraria a la opinión de sus compañeros médicos, acabaron con la vida del torero. La muerte de Manolo destrozaba los planes de boda con Antoñita, prevista para el mes de octubre, con o sin consentimiento de Angustias Sánchez, madre del diestro, que no quería ni oír nombrar a la novia de su hijo. 

Antonio Estévez presenta un documentado relato sobre la relación de aquella pareja de novios adelantados a su tiempo, a los que por envidia y por «pasarse de la raya», como se decía en la severa España de entonces, no dejaron vivir en paz, cayendo sobre ellos una sarta de calumnias, murmuraciones, críticas, acosos y desprecios personales y profesionales, que fueron minando el ánimo del torero. Cinco días antes de la tarde de Linares, «Manolete» acudió con su apoderado a la consulta del doctor don Gregorio Marañón en el hotel «María Cristina» de San Sebastián. Tras explorarlo, el prestigioso médico le comunicó que no estaba en condiciones de torear y debía cortar la temporada. Ante la negativa del torero, añadió: «Mañana mejor que pasado». Pero el diestro continuó la ruta para cumplir sus compromisos en las plazas de Toledo, Gijón, Santander y Linares, donde «Camará» le había firmado la de Miura. Allí saltó «Islero», el toro que cargaría con tanta culpa inconfesable.

Antoñita y Manolo. Foto Santos Yubero

El libro desmonta la sesgada historia «oficial» sobre la tormentosa relación del torero y su novia, a la que acusaron de su deterioro físico y anímico. Ella, «la serpiente» para algunos miembros de la cuadrilla, o «la puta de Madrid» para el matriarcado del espada, era el blanco perfecto para descargar tanto odio e imputarla, aunque fuera de forma indirecta, de haber matado a «Manolete». No está desorientado, pues, el título de esta biografía novelada. Lo que está claro es que una cosa fue lo que contaron y otra lo que ocurrió. Ahora, cuando parecía que después de tantos años no habría vuelta atrás en aquel discurso de los hechos, aparece este libro, fruto de una larga investigación en hemerotecas y archivos, conversaciones con familiares de Antoñita, recopilación de fotos y cintas magnetofónicas con testimonios de quienes convivieron con la pareja, que fueron grabados por José María Lara, amigo de ambos y autor del interesante libro «Manolete, yo me mando». Antonio Estévez indaga la vida de la protagonista antes, durante y después de la guerra civil para encajar las piezas del puzle, otorgando voz a quien no la tuvo, para que sea la propia «Lupe» quien rememore su vida en un extenso relato, que desde la primera de las cuatrocientas páginas del libro invita a conocer una versión distinta de los hechos, la de una hermosa mujer que fue víctima de todas las habladurías, descalificaciones e insultos por haber estado casada con un «rojo» antes de ser la novia de «Manolete», que no solo la eligió libremente conociendo su pasado, sino que jamás permitió que nadie le faltara el respeto.

Manolete y Antoñita cogidos tiernamente de la mano.
Fuentelaencina (Guadalajara), 1946. Foto José Lara

La novela concitará la atención de los manoletistas, pero también de los aficionados que no quedaron conformes con el relato difundido por algunos protagonistas de los hechos; aquellos que consumado el drama pretendieron beatificar al espada glorificándolo profesional, familiar y humanamente, proyectando el misticismo de una figura que parecía escapada de los cuadros del Greco. Los NO-DO propagaron al «Manolete» varón de virtudes, ejemplo de torero, hijo, hermano y buen cristiano. Puede que la imagen que idealizaron sirviera para tranquilizar algunas conciencias, pero cínicamente olvidaron que Manuel Rodríguez Sánchez fue mucho más que toda esa blandenguería de diseño. «Manolete» fue un hombre, en el sentido literal de la palabra, que como cualquier hombre amaba y sentía. Un hombre bueno, que no permitió nunca que nadie hablara mal de un torero delante suya, al que por ser bueno no dejaron en paz quienes se beneficiaron de su rango de máxima figura, a los que molestaba la presencia de la hermosa mujer que lo hizo feliz. Antoñita, viéndolas venir, en el verano de 1946 en Fuentelaencina (Guadalajara), alejado esa temporada de los ruedos, le advirtió que no lo dejarían en paz hasta que lo matara un toro. No iba descaminada, pues todo empezó a enrarecerse desde el regreso de la pareja de la exitosa campaña americana, cuando en la primavera de 1947 se desató un orquestado acoso de compañeros, críticos y público, que sumado a la falta de empatía con el apoderado y la incomprensión de su madre, fueron cubriendo el cielo de negros nubarrones en la última temporada, que toreó sin querer torear, cuando ya lo tenía todo conseguido, para cumplir la exclusiva firmada por «Camará». 

«Yo maté a Manolete», la biografía novelada de Antonia Bronchalo Lopesino escrita por Antonio Estévez, revela hechos, corrige falsedades, presenta a personajes desconocidos de la historia, profundiza en la relación de Antoñita y Manolo, y pone en valor las ilusiones e inquietudes de dos jóvenes que, por amarse sin estar casados, al no autorizarlo el matriarcado del chalet de la cordobesa avenida de Cervantes, condenaron a un sinvivir personal, social, profesional y familiar. Aguardando la llegada de octubre de 1947, para contraer nupcias con o sin autorización de la madre, el 7 de octubre de 1946, en el aeropuerto de Nueva York, «Manolete» colocó su capote de luces sobre el hombro de «Lupe», para que todo el mundo comprendiera el significado del gesto, mientras miraba con ternura a la mujer que quería.

Suplemento musical:

«Tu mirá». Por Lole y Manuel




miércoles, 15 de enero de 2020

MANOLETE EN FUENTELAENCINA (1946): UN HOMBRE FELIZ LEJOS DE LOS RUEDOS.

Fuentelaencina, verano de 1946. Manolete, Juanito Padilla y las hermanas
 Bronchalo Lopesino observan el paso de los bueyes. Foto José Lara.
Los días felices de Manuel Rodríguez Manolete en Fuentelaencina (Guadalajara), recordados por su gran amigo y anfitrión don Juan Padilla.

La muerte de Manolete, el torero más valiente, noble y pundonoroso que han visto los cosos taurinos, y el ídolo público más sencillo y dado a los afectos de la amistad que se ha conocido en el mundo artístico de estos últimos tiempos, trae de continuo a la memoria de los que lo trataron íntimamente multitud de recuerdos que se convierten en anecdotario alborotar, fervorosos y incesantes, en las conversaciones en que se rememora la figura ingente del diestro y el amigo desaparecido.
En una de estas charlas, don Juan Padilla, conocido perfumista madrileño y gran amigo del torero cordobés, al que él y sus hijos trataban con la más completa intimidad —uno de estos, Juanito, está casado con una hermana de Lupe Sino, la novia de Manolete—, es quien nos va suministrando profusos e interesantes detalles de la vida del llorado Manolo fuera de los ruedos. Él habla, y nosotros dejamos correr el lápiz sobre las cuartillas, en una ávida recolección de tan preciosos datos de la biografía íntima del monstruo.
Manolete, antes de aprender a nadar, con el fotógrafo José Lara y Juanito Padilla
Cuando Manolete quiso comprar una charca.
A Manolete le gustaba mucho pasar todo el tiempo que podía en Fuentelaencina, provincia de Guadalajara, en una finca que allá poseemos y en la que hemos vivido con él ratos inolvidables. —«Esto es la gloria», —solía decirnos—, porque a él, que no le agradaba la exhibición, le encantaba poder pasear por el pueblo y por el campo a sus anchas, sin que nadie le diera importancia. Aquello, para Manolo, era un sedante. Una vez que pudo pasar en la finca dieciséis días de descanso, y de allí marcho a torear en Zaragoza, luego nos confesó que en aquella corrida se había encontrado mucho mejor y que no le había pesado tanto el estoque al matar. Porque una de las cosas que hacía siempre cuando andábamos por el campo era llevar todo el rato una gruesa piedra en la mano para fortalecer los músculos de la muñeca.
Manolete alegre tras lograr sus primeras brazadas. Foto José Lara.
En Fuentelaencina —sigue contando el señor Padilla— aprendió a nadar; por cierto, en una charca que hay allí y que él quiso comprar porque le gustaba mucho lo pintoresco del sitio. Pero hubo de desistir de la compra ante el elevado precio que le pedían por ella… Manolo no nadaba, y le enseñó allí mi hijo Juan. Los tres primeros días entraba en el agua con mucho miedo; no se atrevía a tirarse. Y cuando ya aprendió, un día, al hacerlo, se le cayeron al agua las medallas que llevaba al cuello y que apreciaba mucho. Una de ellas, grande, estaba hendida del golpetazo de una banderilla. Manolo decía que lo había librado de que aquella banderilla le hubiese hundido la yugular. Por eso, al verlas caer al agua, se llevó un susto tremendo. Menos mal que mi hijo, buceando, pudo recuperarlas.
El torero descansa al sol. Foto José Lara
En el campo era muy dormilón, pero se levantaba al oír su pasodoble.
—También le entusiasmaba a Manolete la caza, pero nunca había tirado a perdices. Y el primer día que lo hizo, allá en nuestra finca, mató dos en los primeros tres tiros. Tenía una puntería formidable. El decía: «yo creo que es fácil hacer todo en la vida con perseverancia y dominio de nervios». Y ese fue su lema para todo, y todo lo consiguió con su gran voluntad.
Manolete lleva el burro que montan Lupe y su hermana Luchy. Foto José Lara
—¿Qué vida hacían esos días de descanso campestre?
—Se levantaba tarde; era muy dormilón y resultaba inútil que lo llamáramos una y otra vez. ¿Sabe usted cómo conseguíamos que se despertase? Poniéndole en el gramófono el disco de su pasodoble. Y así lo hacíamos todas las mañanas. Él se asomaba después a la ventana y le decía a mi esposa a gritos y muy alegre, pues Manolete era como un chiquillo en su vida íntima: «¡Mamá: hoy quiero huevos fritos para desayunar!», pues le entusiasmaban los huevos fritos. Después nos íbamos andando unos tres kilómetros hasta la charca, donde nadaban mis hijos y él hasta la hora de almorzar. Por la tarde después del reposo, jugaba a la pelota en el frontón del pueblo, cosa que le gustaba mucho y en la que cansaba a todos, pues era muy resistente. También, a veces, organizaba unos graciosos partidos de fútbol, para que los para reclutaba jugadores entre los chiquillos del pueblo. Y allí se estaba jugando con ellos toda la tarde.
  La foto anterior adecentada por la censura: Lupe en falda y sin su hermana. Foto José Lara
Hace una pausa don Juan para mostrarnos unas fotos de las muchísimas que por allá le hicieran sus hijos al Monstruo, y prosigue:
—En Fuentelaencina lo querían muchísimo todos por su sencillez. Jamás dejo de saludar, como es costumbre en los pueblos, a los vecinos que encontraba sentados a sus puertas al pasar. Como era muy religioso, siempre se disputaba con los demás el llevar las andas del Cristo en las procesiones que se celebraban. En la subasta era él el que ofrecía elevadas cantidades. Y como se enterara de que en la iglesia faltaba un Jesús Nazareno que habían quemado los rojos, regaló una imagen que era una verdadera preciosidad… Ahora, cuando se enteraron allá de su muerte, le hicieron un funeral, al que acudieron en masa todos los vecinos del pueblo, abandonando, por asistir a él, las faenas del campo. Y esto, en honor al hombre bueno y generoso que fue, ya que como torero apenas si lo habrían visto actuar tres o cuatro vecinos de todos los que tiene Fuentelaencina.
Era una criatura que gozaba con las películas cómicas y jugando caseramente al julepe.
Continúa nuestro interlocutor recordando más detalles del famoso y admirado diestro.
—Le gustaba mucho el cante flamenco, y nos confesó alguna vez que una de las cosas por las que tenía tanta amistad con Gitanillo de Triana era su arte para el cante y el baile, con los que le hacía pasar muy buenos ratos entre corrida y corrida cuando andaban por ahí juntos. Un día que estábamos todos cenando con él en Villa Rosa, lo invitó un prócer, amigo suyo, a que pasara con todos a otra habitación, donde estaban celebrando una fiesta flamenca, y, aunque no bebió vino Manolo, lo tuvimos que sacar de allí mareado, porque la habitación era tan chica y nosotros tantos, que materialmente no quedaba allí aire respirable. Luego él mismo se reía del percance. «Cualquiera que no lo sepa —decía—, se creerá que ha sido la manzanilla la que me ha hecho doblar».
El cine también lo atraía mucho, especialmente si se trataba de películas cómicas, que eran las que prefería. Con las de Cantinflas, aún antes de conocerlo personalmente, se reía como una criatura, que es lo que era Manolete, al fin y al cabo… Recuerdo que una vez que, allá en el campo, teníamos postre de nata, se le ocurrió a él coger un poco con los dedos y embromar a Lupe, su novia, lanzándosela a la cara, como hacen en las películas. Y al poco rato aquello era una batalla, en la que la nata corría por todos los rostros, menos por el suyo, pues la esquivaba maravillosamente. Cuando, al fin acertó un proyectil a estamparse en su frente, se enfadó mucho.
 Leyendo relajado en Fuentelaencina. Foto José Lara
Era muy casero —nos dice el señor Padilla seguidamente—. Prefería después de cenar, quedarse en casa a ir al cine o a dar un paseo. Y lo que le encantaba entonces era jugar al julepe, juego que conocía muy bien; a pesar de lo cual, una noche, jugando con judías, como se hace caseramente, llegó a perder tres duros.
La pasión por su madre y el susto que dio un día a su cuadrilla.
—Muchas noches nos quedábamos charlando con él hasta muy tarde. Nos contaba cosas de su vida, de cuando los diecisiete años trabajaba en la carretera de Córdoba de asfaltador, y él mismo se hacía su pucherito para la comida. Y de cuando se lanzó a torear por afán de ganar dinero para alimentar a su madre, a la que, decía, veía perder carnes por momentos. Luego, en cuanto empezó a ganar dinero con los toros, después de cada corrida compraba un jamón y se lo enviaba a su madre para que se alimentara bien. Sentía un cariño tan inmenso por ella, que todo se la recordaba. A mi señora le decía: «Doña Isabel, yo la quiero usted tanto porque se parece mucho a mi madre…».
La charla, embalada en lo anecdótico, prosigue:

Antoñita y Manolo felices en Fuentelaencina. Foto José Lara.
—Una vez, antes de su ida a México, le pregunté a Manolete cuál fue el momento más peligroso de su vida. No recuerdo en qué plaza me dijo; pero la cosa fue con un toro al que, al entrar a matar, «ya lo llevaba calado», como decía en su argot taurino; pero al darle la estocada, lo engancho por la pierna, lo zarandeó en el aire y lo lanzó magullado contra el estribo de la barrera. Y estando allí, sin poderse mover, vio como se arrancaba el toro hacia él. ¡Entonces fue su pánico! Gracias a que el toro, nada más llegar a rozarle el muslo con el hocico, cayó redondo, porque le había calado bien el estoque. Pero el susto fue para Manolo el más grande que se había llevado hasta entonces. Lo que lamentaba es que no lo hubieran hecho ninguna fotografía de aquel momento los reporteros gráficos para tenerla como recuerdo.
Antoñita, la mujer de su vida. Foto Lara
Otro susto que nos contaba más adelante fue el que les dio él a los de su cuadrilla una vez que, en México, iban en un avión desde Guadalajara a no sé qué otro punto de aquel país. El viaje lo hacían en un avión de guerra que había sido convertido en avión de transportes. Los pilotos le hicieron pasar a Manolete a la cabina de mandos y ver lo fácil que era conducir el aparato, invitándole a que lo llevara un rato (supervisado por ellos, claro). Cuando se enteró la cuadrilla de que iban, como quien dice, en manos de él, el pánico fue horroroso. «¡Maestro, —le decían—, que esto es peor que un toro!». Luego, el avión se lleno de humo, y todos creyeron llegado el fin de sus vidas. Pero lo que ellos creían que era una avería del motor producida por haber intentado su maestro conducir, resultó que era simplemente que el tubo de la calefacción se había desunido…
Por qué no toreaba Manolete a gusto en Córdoba.
—Un día —nos sigue contando don Juan—, Manolete nos descubrió porque no gustaba mucho de torear en la plaza de Córdoba.
Según parece, en la primera corrida que toreó allí le ofreció el empresario 1000 pesetas y sacarlo en la siguiente. La plaza se llenó, pero a la hora de pagar, el empresario con el pretexto de que Manolo no había hecho nada, le hizo elegir entre cobrar 70 duros menos de lo estipulado o no torear la otra novillada prometida. De nada sirvió que Manolete dijera que su madre estaba esperando aquellas 1000 pesetas para comer y librarse de deudas. ¡O las 650 pesetas o nada! Tuvo que acceder el muchacho. Pero cuando luego vinieron los éxitos, y las orejas, y los rabos, por otras plazas, el empresario de Córdoba quería que toreara allí. Cuando al fin quiso hacerlo, Manolete le exigió 5000 pesetas por torear… Y un recibo aparte con aquellos 70 duros que le había quitado en su primera corrida, y que Manolo donó, inmediatamente, al Asilo de Ancianos de aquella ciudad.
Manolete ayuda a cavar la poza donde aprendió a nadar. Foto José Lara
Otra anécdota que nos contó nuestro amigo fue una que le ocurrió en la plaza de Zaragoza y que le hizo mucha gracia. Estaba en uno de sus toros dando una serie de naturales estremecedores en medio del silencio admirativo de toda la plaza. Y cuando ya llevaba dados diez o doce (la serie fue de trece), un mañico le gritó con toda su alma: «¡¡Anda ya, granuja: «qui» no haces más «qui» ripitir»!!».

Reportaje publicado sin firma en la revista DÍGAME (Madrid, 9 de septiembre de 1947).

Artículos sobre Manolete en este blog relacionados con Lupe Sino:
Lupe Sino, la mujer que hizo feliz a Manolete.
Manolete: De Valdepeñas a Linares.

viernes, 26 de julio de 2019

LUPE SINO, LA MUJER QUE HIZO FELIZ A MANOLETE

Por Antonio Luis Aguilera

Antoñita y Manolo. Foto Santos Yubero 
Su verdadero nombre era Antonia Bronchalo Lopesino y nació en Sayatón, provincia de Guadalajara –no era mexicana como se ha llegado a publicarcuatro meses antes de que en Córdoba naciera Manuel Rodríguez Sánchez. Su segundo apellido se transformó en nombre artístico: Lupe Sino. Sin duda alguna Antoñita fue el gran amor de Manolete, que vivió libremente en la postguerra española su relación de pareja, algo entonces anormal y que no llegaría a "normalizarse" hasta varias décadas después para la ciudadanía de esta nación. Adelantarse a su época para vivir esa libertad tuvo un precio, pero el torero no solo era valiente en el ruedo sino también en la vida, y no escondió a la mujer que lo hizo feliz, aquella alcarreña que consiguió dibujar las mejores sonrisas en los labios de un hombre serio, la que le hizo ver que más allá del hermético mundo del toro había vida, y quien le advirtió que estaba en el centro de una peligrosa espiral que podía terminar en tragedia. Pensaba y manifestó públicamente que no dejarían tranquilo a Manolete hasta que lo matara un toro. 
En el año 1946 logró apartarlo de los ruedos solo toreó la corrida de Beneficencia de Madrid en la temporada española para que disfrutara de la tranquilidad de una vida rural en paz, gozando de la naturaleza y de su presencia, conviviendo cotidianamente con la gente sencilla del pueblo. Manolo y Antoñita hallaron lo que buscaban en Fuentelaencina (Guadalajara), donde residieron largas temporadas alejados de los ruedos, y donde el torero aprendió a nadar en una poza que él mismo ayudó a cavar con Juan Padilla, su futuro cuñado por parte de ella, y un buen amigo bilbaíno, el fotógrafo José María Lara.
Rumbo a México en 1946. Foto José María Lara
También fueron felices en México, la nación que tanto quiso el torero cordobés, donde nadie echaba cuentas de su vida personal ni preocupaba poco o mucho si estaba casado, porque lo que de verdad admiraba aquella afición era su figura y su toreo. Allí gozaron de la libertad que pretendieron limitarle en la triste España de la postguerra, la de palio y humaredas de incienso en las catedrales para el militar triunfador, la del pensamiento único y sospechas permanentes, la de miseria social y mucho miedo silenciado, la de imágenes en blanco y negro del NO-DO, el boletín publicitario del régimen para propagar las proezas del caudillo héroe de la cruzada, la que miraba con cauteloso recelo el romance del torero más famoso del momento con la actriz que había estado casada con un militar republicano. Difícil época para dos enamorados que decidieron convivir juntos para otorgarse cariño, respeto y confianza, para vivir su romance por encima de las condenas que recibía la relación. ¿Qué mal hicieron a nadie? ¿Por qué profirieron a Antoñita los peores insultos con que se puede ofender a una mujer?
Fuentelencina, verano de 1946. Foto José María Lara
Vivir juntos bajo un mismo techo sin estar casados no era aceptable en España, donde los celosos vigilantes del nacional catolicismo tanto se preocupaban del orden y la decencia, procurando mantener a raya una moral ciudadana ejemplar, aunque mirasen hacia otro lado con no pocos terratenientes que, además de esposa y un montón de hijos, tenían su querida, lo que solía considerarse un pecado menor, por supuesto en virtud del peculio que atesorasen, que se justificaba con frases expiatorias como “algún defecto ha de tener, pero es una persona muy buena que socorre siempre a los pobres”. Manolete se puso el mundo por montera y colocó su capote de paseo sobre el hombro de su novia, haciendo frente a la hipocresía de su tiempo para ser feliz con Lupe, a la que siempre llamaba Antoñita, la mujer con la que hizo una de las mejores faenas de su vida, y con la que descubrió que además de torero era un ser humano, que como tal necesitaba querer y sentirse querido para hallar sentido a su existencia. 
Antoñita luce el capotillo de Manolo
Por supuesto esta faena no recibió ovaciones, sino la severa censura y feroz oposición de su madre –que sería "oficialmente” la mujer de su vida, como si el amor a una madre estuviera reñido con el de la mujer amada–, de algunos miembros de su cuadrilla, que incluso llamaron “serpiente” a la mujer de la que estaba enamorado, ignorando el más elemental respeto no solo a la compañera del torero, sino a quien además de jefe de filas era amigo y “padre protector” de todos. También recibió la desaprobación de algunos que presumían de ser sus amigos, sin saber quizás el significado de esa palabra, quienes estuvieron más preocupados de propagar la moral religiosa, que de mirarse en el sabio refranero español para comprender ese que dice: “Consejos vendo y para mí no tengo”.
Antoñita y Manolo habían previsto su boda en Barcelona en octubre de 1947
La temporada de 1947 resultó vertiginosa para Manolete. Ya nada era como antes. El torero no se sentía a gusto toreando y había pedido a su apoderado que no le firmara más festejos, pero este hizo caso omiso y rubricó una exclusiva con Pedro Balañá de cuarenta corridas de toros, entre la que estaba una de Miura en Linares en el mes de agosto, cuando el espada se hallaba en unas condiciones físicas y anímicas no adecuadas para tanta responsabilidad. Mas la honradez y el compromiso íntegro del torero con su profesión le impulsó a cumplir las tardes firmadas, luchando en los ruedos por mantener su condición de primerísima figura del toreo, y fuera de ellos por proteger a la mujer con la que iba a casarse en Barcelona en octubre de 1947, como confesó al crítico Antonio Bellón la noche del 27 de agosto, mientras conducía su coche desde Manzanares a Linares, para pedirle un favor que consideraba que solo él podía hacer: convencer a su madre para llevarla a su boda, a la que se negaba asistir. Aquella dolorosa petición mostraba el sufrimiento y la tristeza de un ser humano famoso, rico y con treinta años de edad, al que no dejaban vivir en paz y entre todos iban a derribar: prensa, público y, seguramente sin ser consciente de ello, su propia familia.  
Antoñita y Manolo. Estoril 1946. Foto José María Lara
Lo que ocurrió en Linares era previsible con ese estado físico y anímico. Islero pasó por allí para cargar con tanta culpa inconfesable. Mas en el pueblo minero hubo otra víctima, Antoñita, que avisada por el mozo de espadas Máximo Montes Chimo –que tenía orden expresa del torero para telefonearla todas las tardes de corrida y darle novedades– llegó al hospital para estar junto a Manolo, pero Álvaro Domecq y Camará no la dejaron entrar en la habitación del herido. No la aceptaban e impusieron su voluntad. ¿A un amigo en el lecho de muerte se le hace eso? Para colmo, una vez fallecido el torero se difundió por su entorno que la relación con Lupe llevaba tiempo rota. Mas lo cierto y verdad es que manejaron su agonía con una crueldad impropia en quienes constantemente hablaban como si predicaran en lo alto de un púlpito. Si la religión no sirve para hacer mejores a las personas ¿para qué sirve? ¿Temían un posible matrimonio en esos instantes que hubiera convertido a la novia de Manolete en la viuda más rica de España? Por si acaso, con el engaño de que si el torero preguntaba por ella la llamarían, cuando el pobre de Manolo no sabía ni iba a saber nunca que Antoñita estaba allí, impidieron que ambos vivieran la cercanía íntima y el calor humano del último encuentro. Muerto el torero dijeron a aquella mujer destrozada por la pena que ya podía pasar. El frío manejo del duelo en esa larga noche de tristeza y dolor aseguraba que la fortuna no cambiaría de herederos. Los sentimientos de la compañera importaban poco. ¿Qué habría pensado Manolete de todo lo ocurrido si hubiera superado la cornada? ¿Habría aprobado la conducta de sus “íntimos amigos” con Antoñita?
Manolete y Antoñita, cogidos de la mano, como una pareja de
enamorados. Fuentelaencina, verano de 1946. Foto José Mª Lara
Llegaba el momento de trasladar los restos del torero a Córdoba. En Linares había terminado el acoso y derribo a uno de los toreros más importantes de todos los tiempos, mientras que para Antoñita, como si tampoco ya existiera, no había sitio en ninguna parte ni nadie se interesó en preguntar sobre su asistencia al duelo. En Córdoba no tenía sitio la mujer que convivió con el torero durante más de tres años. Conmovido por la tristeza y crueldad ante el desprecio más absoluto a una mujer rota y abandonada, Luis Miguel Dominguín se ofreció para llevarla en su coche a Madrid. Manuel había emprendido un viaje sin retorno. Ella iniciaba otro demasiado incierto, que por supuesto no estuvo exento de vetos y dificultades. No dudaron en pasarle factura cuando no estaba para protegerla el hombre que amaba.