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lunes, 2 de febrero de 2026

LUPE SINO, PAREJA DE MANOLETE,Y SU FUGAZ REGRESO A MÉXICO

Manolete y Lupe, rumbo a México en 1946. Foto Lara

Por Leonardo Páez 

(Publicado en la sección de Opinión «¿La Fiesta en paz?» del Diario “La Jornada” de México, el 2 de julio de 2017).

 

     Con motivo del centenario del nacimiento de Manuel Rodríguez Sánchez Manolete –Córdoba, España, 4 de julio de 1917– volverán a correr ríos de tinta en torno al legendario diestro, cuya muerte, acaecida en Linares, provincia de Jaén, el 29 de agosto de 1947, no ha sido suficientemente aclarada al quedar en el aire demasiadas sospechas en torno a las verdaderas causas de su fallecimiento, más allá de la cornada que le diera Islero, de Miura, la tarde anterior.

Sin embargo, al utilizado, exaltado, descalificado y enamorado Manolo le habría gustado que se disiparan las dudas en torno a su amada Lupe Sino y su breve retorno a México, país donde la pareja, una vez casados, pensaba radicar la mitad del año. Pero las ambiciones de algunos, el ingenuo sentido de libertad del diestro y su inoportuno anuncio de que en octubre de ese año, una vez retirado de los ruedos, contraería matrimonio, pusieron sobre aviso a su apoderado, a sus amigos de confianza, a los cancerberos de las buenas costumbres, a los taurinos fundamentalistas y a todo el régimen de Franco, preocupado porque el torero que habían utilizado “para olvidar una guerra” se saltaba las trancas de la decencia y se dejaba ver con su amante por los países taurinos del orbe.

Antonia Bronchalo Lopesino, que en el medio artístico sería conocida como Lupe Sino, nació en Sayatón, pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara, España, el 6 de marzo de 1917.

Fue la segunda de nueve hijos y a lo largo de su vida tendría que aguantar no sólo las embestidas que toda mujer bella y con personalidad aguanta, sino que además fue objeto de un extraño encarnizamiento de prejuicios, calumnias y rechazos varios de taurinos, funcionarios, periodistas, familiares del diestro y la clerigalla en turno, pues en la España franquista no era bien visto que el portaestandarte de las virtudes de todo un pueblo y figura internacional de los ruedos anduviera luciéndose con esa mujer que, para colmo, ya había estado casada por lo civil –en 1937 con Antonio Verardini, un militar del IV Ejército Republicano, unión que terminó al concluir la Guerra Civil–, no podía tener hijos y se le calificaba, entre otras lindezas, de caza fortunas.

Manuel Rodríguez, tan dueño de sí y de su determinación delante de los toros, poco o nada le importó el juicio condenatorio de que Lupe era objeto y, enamorado como estaba, no midió las consecuencias de desafiar a todo el sistema ideológico que desaprobaba tan escandalizante, para los buenos, relación, al grado de que mientras Manolete expiraba luego de que se le administró, por órdenes del doctor Luis Jiménez Guinea, médico de la plaza de Las Ventas, un plasma noruego en mal estado que días antes ya había cobrado centenares de víctimas en el puerto de Cádiz, tras la explosión de un polvorín, en el cuarto contiguo Lupe Sino rogaba infructuosamente verlo ante la negativa terminante de José Flores Camará, apoderado del torero, y de Álvaro Domecq y Díez, amigo de confianza y quien había traído el plasma.

Al doble duelo de Lupe Sino –haber perdido a su famosa pareja y quedarse sin nada, pues que le gustaran las joyas y las pieles no la convertía en cazafortunas, no obstante que Manolete, sobre todo en México, ofreció comprarle una casa en varias ocasiones–, se añadió una serie de denuestos, responsabilizándola indirectamente de la muerte del diestro y cerrándosele las puertas en el medio cinematográfico, donde entre 1942 y 1948 había intervenido en tres películas –La famosa Luz María, de Fernando MignoniEl testamento del virrey, de Ladislao Vajda, y El marqués de Salamanca, que dirigió Édgar Neville. Por ello, cuando su paisano, el director de cine radicado en México, Miguel Morayta, le ofreció un papel en La dama torera, Lupe no dudó en volver a México en 1949.

Hasta acá la perseguirían los inventos de una prensa amarillista e incondicional del régimen que ahora inventó que Lupe se había casado con un Manuel Rodríguez mexicano.

La realidad es que a sus 32 años Lupe Sino seguía siendo una bella y graciosa mujer con unos ojazos verdes y una sonrisa luminosa, de la que se enamoró a primera vista un simpático y próspero abogado, exitoso empresario del negocio inmobiliario, José Rodríguez Aguado El Chípiro, nada de Manuel, con quien se casó por el civil y la Iglesia en 1950. Sin embargo, no obstante la disposición de la pareja de apostar por una relación prolongada y la cálida acogida que tuvo Lupe de los familiares de El Chípiro Rodríguez, el matrimonio duró poco más de un año, en una lujosa residencia de la calle de Camelia, en la colonia Florida.

Una vez más el chismorreo y la maledicencia, ahora de periodistas de la Ciudad de México, acompañaron la decisión de la pareja, para incluso aventurar que Lupe se quedaría con tres casas que su esposo poseía en las Lomas de Chapultepec. De nuevo el sambenito de cazafortunas le fue colgado a Lupe, que sin casas a su nombre ni fortunas de que disponer, regresó a España en 1951, a su modesto piso del paseo Rosales, en Madrid, donde sola, rodeada de recuerdos y algunas fotografías, falleció el 13 de septiembre de 1959 a causa de un derrame cerebral, luego de 42 años de decir sí a la vida.

sábado, 5 de octubre de 2024

«MANOLETE» RECORDADO POR ANTONIO BELLÓN


Portada del libro

En 1990 fue publicado «PASEILLO DE LUCES Y SUEÑOS CALIFALES», libro del compañero en la información taurina Ángel Mendieta Baeza, crítico del «Diario Córdoba», que fue editado por Cajasur. Se trata de una amena obra que inserta entrevistas a toreros cordobeses, aunque la encabeza la realizada a D. Antonio Bellón Uriarte, quien fuera crítico taurino de la célebre revista Dígame, y acompañante de viaje de Manuel Rodríguez Manolete en la temporada de 1947: un documento desconocido para muchos aficionados, que por el interés de su testimonio sobre el inolvidable torero cordobés, por encima de otras consideraciones técnicas sobre los toreros clave en la evolución histórica del toreo, se asoma para quedarse en esta manoletista Plaza de la Lagunilla, gracias a la autorización del autor.


Ángel Mendieta entrevista a don Antonio Bellón. Foto G. Ruiz


"DON ANTONIO BELLÓN, COMPAÑERO EN EL ÚLTIMO VIAJE"

«Una de las personas que convivió más íntimamente con Manolete en su última etapa fue Antonio Bellón, crítico taurino del prestigioso semanario Dígame. Bellón acompañó en su último viaje a Manuel Rodríguez Sánchez desde Madrid a Linares. Con él vivió sus últimas preocupaciones, sus últimas alegrías, sus últimas esperanzas y sus últimos miedos. Habrá que decir que Antonio Bellón es un venerable joven de ochenta y bastantes años. Sí, decimos bien, joven, porque sus muchos años no le impiden ser un hombre con ilusión, con espíritu emprendedor.

Antonio Bellón sabe la realidad de su momento y no es ningún cascarrabias, más bien todo lo contrario. No se cree superior a nadie y sabe respetar a todo el mundo.

Antonio Bellón pasa largas temporadas en su casa de Baena, donde nos recibe con talante abierto y coloquial. Él sabe que puede enseñar mucho y no tiene inconveniente alguno en prestarse al diálogo. El tema, lógicamente, no puede ser otro que el de Manolete. Están presentes en la entrevista nuestro corresponsal en Baena, Antonio Alarcón, que lo es del “Diario Córdoba”; Paco Laguna, autor del libro Tauromaquia de Manolete y el fotógrafo J. Ruiz.

Ni que decir tiene que la conversación transcurrió en un ambiente distendido, y en el inicio de la misma nos contó que él había conocido a Manolete cuando este fue a Madrid a torear en la plaza de Tetuán de las Victorias:  “Fui a verle con mi maestro K-Hito. Lo que más nos impresionó fue su quietud. Más incluso que sus condiciones como matador… Actuó con Silverio. Nos gustó la esbeltez de Manolete, su valor sereno y su majestuosidad”.

—¿Se pudo adivinar en aquella actuación la figura que Manolete llevaba dentro? 

—No. Eso era muy difícil. El toreo es una cosa magníficamente desorganizada, pero con una organización perfecta. Y el escalafón novilleril es el cernedero para dejar atrás a los que no valen. No hubo tiempo para verle cernirse. Luego, durante la guerra fue cuando Manolete se hizo. Yo en aquella época ejercía de digno barrendero.

—¿Sabe usted si le fue a Manolete fácil su paso por el escalafón novilleril?

 —Manolete tuvo un inconveniente y es que tenía su lado a los niños más bonitos del mundo: Antonio Bienvenidael GallinoPaquito Casado y a Pepe Luis. Eran cuatro pinturas de niños vestidos de torero y, claro, a su lado Manolete era un desangelado  y un desgalichado. En la España de aquella época poco tenía que hacer.

—Usted le conoció muy de cerca. Háblenos de las cualidades humanas que descubrió en él.

Manolete tuvo un problema de timidez, aunque tuvo unas cualidades humanas estupendas. Con Manolete se daba un caso similar al de Joselito. Fueron como dos vidas paralelas. En la plaza eran fenomenales. Ambos fueron maravillosos creadores. Pero, sin embargo, en la vida particular eran unos desdichados. Los dos fueron unos enamorados de su madre y fracasaron en sus amores. Manolete, mientras se movió en el ambiente de sus amigos de Córdoba, fue como son los cordobeses. Sin embargo, cuando empezó a salir por el mundo, se dejó influir un poco por el ambiente relajado del mundillo del toro.  Pero nunca perdió su magnífico talante y su respeto por todos.

En una ocasión en que estábamos comiendo -recuerda- Domingo Ortega le dijo que le hablara de tú. Sin embargo, Manolete contestó que no, que Domingo era un maestro y que jamás le hablaría de tú. En otra ocasión me enseñó el barrio donde él vivía, Santa Marina, vimos la casa de paso y luego me llevó a una capilla —Antonio Bellón se refiere a la capilla del Colodro— en la que había dos monjitas vestidas de radiante blanco en adoración permanente al Santísimo. Manolete me dijo: “Aquí es donde yo vengo a ponerme a bien con Dios, pero no se lo digas a nadie para que no me quiten la intimidad”. Eso da idea de cuál era la forma de ser de Manolete.

—¿Le vio usted torear muchas tardes?

—Yo vi como el sesenta por ciento de las corridas que toreó.

—¿Y cuáles eran las virtudes toreras de Manolete

—Era un poco rutinario en sus costumbres. Por ejemplo, los machos se los tenía que atar Camará.  Usaba la misma camiseta, la misma montera que cuando empezaba en Los Califas. Era un hombre clásico, aunque puede que algo supersticioso. Con Camará se entendía perfectamente, dialogaban con un simple gesto cuando uno estaba en el ruedo y el otro en el burladero del callejón.  La simple mirada del torero era contestada por un gesto casi imperceptible para los que estaban allí. Manolete tenía un gran dominio de las distancias y se arrimaba a todos los toros. Mientras que los demás andaban probando, él ya estaba dando naturales.

Antonio Bellón nos dice que el toreo es hasta Belmonte y desde Belmonte y que Manolete fue el continuador del sevillano. “Tan es así que Joselito es el sumun de la perfección de todo lo que se había hecho en el toreo. Sin embargo aparece Belmonte y hace lo que no había hecho nadie. Y Manolete, a la nueva verdad del toreo de Belmonte lo que hace es darle continuidad, que a mi juicio es lo más difícil, y luego vino su cosa personal de majestuosidad. Prueba de ello es que el mismo Belmonte fue un profundo admirador de Manolete. En una ocasión, Juan me dijo que él disfrutaba viéndole torear. No olvidemos que Manolete le hacía la faena al ochenta por ciento de los toros a los que se enfrentaba. Camará lo cuidó bastante bien y, en el aspecto artístico le aconsejaba. Manolete toreaba muy bien con el capote a la espalda y daba muy buenas gaoneras y, sin embargo, Camará se las quitó. Pero le dijo que tenía que torear al natural a todos los toros, y, claro, lo que hizo fue cambiar una filigrana por una verdad inmensa”.

—¿Qué aportó Manolete al toreo?

 —Hay quien le criticó a Manolete que hiciera la misma faena a todos los toros. Y esa es una de las cosas más importantes que él hizo. Pues es dificilísimo el poder imponer la faena al toro.

A nuestra pregunta sobre los defectos artísticos de ManoleteAntonio Bellón piensa y reflexiona antes de contestar. Cuando lo hace, se expresa en los siguientes términos:  “Pues…, es muy difícil encontrar defectos en el toreo de Manolete. La verdad, yo no se los encuentro. Si acaso, podemos decir que era algo ingenuo. Le aconsejaban que, en determinadas circunstancias, se aliviara. Pero como lo que le gustaba era torear, no se aliviaba”.

—¿Qué tarde fue en la que Manolete le impresionó más?

—Son muchos los momentos importantísimos que le vi. Recuerdo aquella tarde…, la del año que toreó una sola corrida. Fue en Madrid. Alternó con Antonio Bienvenida y Luis Miguel. Era un toro que se le iba, y precisamente, en la puerta de chiqueros, dio como un librazo y dejó la muleta en el suelo. El toro se le fue unos diez o doce metros. Manolete aguantó, sin moverse, la figura un poco flexionada, impávido y con mucha gallardía, a que el toro volviera. Él sabía que el toro volvería porque le había marcado el camino. El toro reculaba un poco y se le volvía arrancar, y el tío allí.  ¡La plaza se venía abajo! Son muchos los momentos. Porque matando, eso era a diario. Era una delicia verle matar. Tenga en cuenta que Manolete ha sido el último gran matador que ha habido. 

Antonio Bellón, Ángel Mendieta, Paco Laguna y Antonio Alarcón
 Foto G. Ruiz

Sobre este aspecto en la vida torera de ManoleteAntonio Bellón nos refiere una anécdota que aconteció con motivo de una corrida de la feria de Córdoba: “Manolete había hospedado en su casa a Juan Mari Pérez Tabernero y a Juanito Belmonte que toreaban con él. Por la noche, con unos colchones que había montado a modo de toro, enseñaba a sus compañeros a entrar a matar. Mientras tanto, su madre, que era una mujer admirable, le recriminaba y en broma le decía a su hijo que eso lo aprendieran aquellos señores de otra manera”.

—¿Es cierto que adaptaron y disminuyeron el tamaño de los toros para que Manolete pudiera triunfar con ellos?

—Esa es una de las muchas pamemas que andan por ahí. Cuando salimos de la guerra el toro estaba mermado o disminuido. Pero es cierto que aquel toro no se caía tanto como el de ahora. Lo que quiere decir que tenía más fuerza. También es verdad que cuando hay un torero bueno y que interesa, es el mismo público, el que quiere que el toro sea apto para poder disfrutar viendo al torero. Cuando los toreros son malos es cuando el público, para no aburrirse, exige el toro grande.

Manolete. Foto Mateo

—De entre los compañeros que tuvo Manolete) ¿se vislumbraba alguno capaz de complicarle la vida?

—No. Todos se entregaban. Los primeros admiradores de Manolete fueron sus propios compañeros. El que más daño podía haberle hecho fue Arruza. Sin embargo, el mexicano tenía una debilidad tan grande por Manolete,  que él mismo le evitaba las cosas ajenas al toreo que le perjudicaban. Luis Miguel Dominguín preparó una batalla “política y de reportaje”. Pepe Luis, por aquello de ser sevillano…, pero no estaba dispuesto a jugársela como lo hacía Manolete.

—¿Cuánto tiempo estuvo Manolete mandando en el toreo?

—Él mandaba en la plaza todo el tiempo que estuvo toreando. Prueba de ello es que, como no tuvo competidor, el público empezó a ponérsele un poco en contra.

—¿Como fueron las relaciones entre el torero y su apoderado Camará?

—Siempre fueron admirables hasta que surgió mi tocaya Antoñita Bronchalo Lupe Sino. Con esa no pudo Camará. Llegó el momento en que Pepe tiró por la calle de enmedio. Ella intentaba desbancar a Camará y que el apoderado fuera su padre. Entonces Pepe dijo: “A mí que me ajuste Bermúdez”, que era el administrador que ellos tenían. Manolete trataba de aliviar aquella situación. También le sentó muy mal a Camará que Manolete la llevara a México.

Manolete. Foto Mateo

—¿Cómo vivió usted todo aquello?

Manolete me dijo un día que él quería que yo estuviera a su lado y que le acompañara. Yo serví, un poco, como árbitro entre el torero y el apoderado. No estuve en las últimas corridas, las de Gijón y Santander. Sin embargo, sí le acompañé de Madrid a Linares. Yo salí de la redacción de Dígame y emprendimos aquel viaje. Íbamos en el coche CamaráGuillermo, el mozo de espadas, Manolete y yo.  Cenamos en Manzanares, y, desde allí, hasta Linares trajo el coche el propio torero. Detrás durmiendo como benditos, venían Camará y Guillermo. Delante, junto al torero, iba yo.

—¿De qué hablaron durante el viaje?

—En ese viaje Manolete me dijo una de las cosas que más me emocionaron.

—¿Que fue?

 —Me dijo: “Es usted la única persona que puede hacer por mí lo que más deseo en este mundo”. Le pregunté y me contestó: “Mi madre le respeta y quiere muchísimo. Yo quiero que la lleve usted a ella a mi boda a Barcelona, donde me caso con el demonio de su tocaya. Usted no le comente nada a nadie, nada más que a ella.  Ella va con usted”.

—¿Se casaba Manolete con Lupe Sino?

—La boda estaba fijada para el 18 de octubre.

—¿En qué circunstancias llegó el torero a Linares? 

—Llegó un poco pachucho. Algo de lo que había cenado en Manzanares le debió de sentar mal y tenía la tripa suelta. Me fui a por Tanager y parece que se mejoró. Durmió bastante. Cuando volvimos del sorteo ya estaba despierto y me pidió por favor que le confeccionara la lista de las llamadas telefónicas para después de la corrida. En primer lugar puso a Bermúdez, después a su madre, que estaba en San Sebastián y en tercer lugar a la Bronchalo. Cuando yo salía de la habitación, me dijo: “Oiga, don Antonio, póngamela a ella primero”. Son cosas humanas. Luego, sin embargo, ya no dio tiempo a nada. Solamente llamamos a Bermúdez, que era el fundamental.

—¿Cómo vivió Manolete los momentos anteriores a la corrida? ¿Le preocupaba algo?

—No, en absoluto. Los Miuras no le preocupaban. Prueba de ello es que todos los años mataba una corrida de ese hierro en la feria de Sevilla. Luis Miguel tampoco le preocupaba. Manolete le gastaba bromas y él, que presumía de irónico, lo respetaba tremendamente. El padre le había dicho: “Niño, tú a este lo que tienes que hacer es darle coba porque es el que puede darte cartel”. Lo del vientre era una simple molestia de verano.

—¿Qué ambiente se vivió durante aquel día en torno a Manolete

—Por allí apareció un grupo de cordobeses, sudosos, flamencotes y tal, y le llevaron un cuadro en que se veía a Manolete toreando desnudo y con sus atributos.  Él me dijo: “Guarde usted eso, que es una guarrería”. Por cierto, ese cuadro, con el barullo del regreso, desapareció. Luego llegó Balañá, que hablaba de contratos y liquidaciones con Camará. Cuando se aproximó la hora de la corrida, el problema de la tripa estaba totalmente solucionado. Lo único que le disgustó fue el vestido de torear que le prepararon. Ese traje lo había usado una tarde en México y no había estado bien. Al Chimo le dijo: “¿Cómo es que has traído este traje? Ese traje tiene mala sombra”. Fue precisamente el traje con el que murió.

—Cuando se produjo la cornada ¿descubrieron enseguida la gravedad?

—Cuando le dieron la cornada el torero que más cerca estaba de él fue Pinturas, que me hizo una seña advirtiéndome de la gravedad. Las asistencias equivocaron el camino y yo salté al ruedo para decirles por donde era.

—¿Cómo fue la llegada a la enfermería?

En la enfermería se formó un barullo tremendo. Allí se coló todo el mundo. Tuve que enfadarme y ¡hasta maldije! para echar a toda aquella gente a la puñetera calle. Mientras le cortaban los machos para desnudarlo, tenía una cierta ansiedad respiratoria. En un momento se miró y vio como sangraba por el vientre. Aunque la hemorragia era grande, lo que él veía era relleno del vestido empapado.  Le dije: “Na, maestro, esto es empapado, ¿no lo ve usted?”. Entonces, para que no viera más, le tape la cara con un paño del bote que allí había para las operaciones. A Manolete ya se le había empezado a poner la cara verde, y es que estaba entrando en ese schock traumático que se lleva a la gente. Sin embargo me tranquilizó comprobar que se repuso de él. Procuré distraerle la atención e incluso, aunque era muy difícil, le gasté alguna broma.

—¿Se restableció el orden en la enfermería?

—Yo me hice un poco el dictador de todo aquello. Pepe Camará hablaba de traerle a Córdoba, a la Cruz Roja, pero viendo la gravedad, se decidió que lo operara en la enfermería el doctor Garrido, un magnífico cirujano que hizo todo lo que pudo y más.  Llegó Luis Miguel, que le dio la mano y lo besó en la frente. Manolete se emocionó y Luis Miguel estaba muy afectado. Luego vino el traslado al hospital, el médico le levantó el apósito, pues la ligazón que le hicieron cuando la anterior cornada no estaba muy firme. Y el apósito no dio sangre. De madrugada, cuando vino Guinea, el tono cardíaco de Manolete bajó muchísimo y empezó a fallar el corazón. Todas estas circunstancias contribuyeron a que este hombre desapareciera. Pienso que de una forma providencial, porque ahí queda su gloria. Y sobre todo en un día en que se había toreado bien». 


Paco Laguna homenajea a Manolete en Linares. Foto Framar

Recordamos especialmente el día 28 de agosto de 1987, Paco Laguna Menor, autor de la Tauromaquia de Manolete, quiso dedicar al torero su obra, depositando el primer tomo de la colección en el lugar donde Manuel Rodríguez fue herido de muerte por el toro Islero. En la foto de FRAMAR aparece don Antonio Bellón aplaudiendo al autor, rodeado de un grupo de aficionados cordobeses, entre los que figuran Pepe ToscanoCarlos ValverdeJesús Fernández, y el sacerdote salesiano don Evaristo Sánchez, que fue profesor de Manolete en el colegio salesiano de Córdoba. Nosotros, micrófono en mano, grabábamos las palabras de aquel entrañable momento.

 

Grupo de aficionados cordobeses en la plaza de Linares. Foto Framar

Posteriormente, en la puerta del patio de arrastre de la plaza de Linares, FRAMAR volvió a fotografiar el inolvidable encuentro de aficionados cordobeses que quisieron rendir homenaje a Manolete en el 40 aniversario de su muerte. En la foto del grupo figuran, entre otros: Jesús FernándezRafael TorrerasCarlos ValverdeEloy TorrerasCarlos Valverde hijo, Paco LagunaÁngel Mendieta, don Evaristo Sánchez, don Antonio BellónLuis RodríguezRafael MangasÁngel DelgadoPepe ToscanoAntonio Luis AguileraJosé Luis Rodríguez AparicioAndrés DoradoRafael de la Haba Rodríguez, y Francisco de la Haba Martínez.

martes, 10 de enero de 2023

«MANOLO CAMARÁ»

Por Antonio Luis Aguilera

Manolo Camará. Foto Marogo

Las rupturas de apoderamiento son un hecho habitual que se repite cada año al terminar la temporada, cuando llega el momento de hacer balance de cuentas y resultados. Nada nuevo en el toreo. Sin embargo, los aficionados recordamos con nostalgia aquella figura del apoderado independiente, que se ha ido perdiendo porque los modernos «multiusos taurinos» solo han preservado de ella el cobro de las comisiones por festejo contratado —ahora multiplicadas por algunos comisionistas que representan a varios comisionados—, mientras que con groseros borrones han difuminado las virtudes que debe reunir un buen apoderado, cuando este ejerce la profesión entregado por completo a los intereses del torero y su carrera. Por fortuna aún los hay, aunque sean los menos, para poder distinguir entre esa importante figura y la del simple «comisionista», que es el espécimen más habitual en el enmarañado mundillo de alianzas y familias taurinas.

Tuvimos la suerte de conocer a uno de los grandes apoderados: Manuel Flores Cubero, «Manolo Camará» en el mundo del toreo, último representante de una de las más importantes dinastías de representantes de toreros, al que en esta entrada queremos recordar. En la primavera de 2006, dos meses antes de que un infarto le arrebatara la vida cuando jugaba al golf, había acudido a su Córdoba natal para recibir el homenaje que la Tertulia Taurina “El Castoreño” del Círculo de la Amistad tributó a la memoria de su padre, el matador de toros cordobés y famoso apoderado José Flores González «Camará». El acto, por la extraordinaria asistencia y el respeto de los muchos aficionados congregados en la preciosa sede de la tertulia, que por los valiosos objetos que expone es conocida como la «Capilla Sixtina del Toreo», fue extensivo al propio Manolo y a su hermano Pepe, ya fallecido, dignísimos sucesores del inteligente taurino que dirigiendo la carrera de «Manolete» mandó de barreras hacia adentro como nadie antes lo había hecho, mientras que el torero que representaba se encargaba de hacerlo en el ruedo de barreras hacia afuera, para de esta forma mandar como lo hicieron en el toreo de su tiempo.

Después de Linares José Flores González «Camará», animado a retornar a la profesión por sus dos hijos varones, demostró su sagacidad para administrar y poner en valor la carrera de una larga nómina de figuras del toreo, labor que pronto halló continuidad y reconocimiento profesional en Pepe y Manolo, que al terminar sus estudios y dedicarse al apoderamiento consolidaron una marca: la «casa Camará», deseada por muchos toreros que anhelaban consolidar su posición en el toreo. También, además de apoderados, José y Manuel Flores Cubero fueron un tiempo ganaderos de toros bravos, y compaginaron su tarea de representantes de toreros con el mundo empresarial gestionando plazas de primera categoría como Valencia y Córdoba, esta última junto a su cuñado Antonio Pérez-Barquero Hererra.   

Manolo Camará con el autor de este texto. Foto Marogo

En varias ocasiones tuvimos el gusto de hablar de toros con Manolo Camará, a quien le agradaba entablar conversación sobre un mundo que conocía a la perfección, y siempre encontramos en él a una persona cordial, sencilla y poseedora de la señorial seriedad que distingue la personalidad cordobesa, con un sentido profesional que le hacía estar por encima de otros puntos de vista no compartidos, que aceptaba y respetaba. Entre sus cualidades personales recordamos como signo de hombría y rectitud el valor de su palabra. Manuel Flores fue un hombre cabal que se caracterizaba por esta virtud, tan recordada en su muerte por los profesionales del toreo. A modo de ejemplo evocamos una mañana del domingo de Ramos de 1992, antes del sorteo de la corrida que inauguraba la temporada cordobesa, cuando concertamos con Manolo una tertulia que trataría de la figura del apoderado en Onda Cero Radio. El día de la cita Manolo acudió puntualmente, a pesar de que su madre se hallaba en estado crítico, como se confirmó con su fallecimiento dos días más tarde en Sevilla, desde donde no dudó en acudir a Córdoba para cumplir lo acordado, demostrando en silencio que el valor de su palabra estaba por encima de las circunstancias personales que estaba viviendo, por duras que fueran. 

Hablar de toros con «Manolo Camará» era un placer como aficionado. La última vez que disfrutamos de su conversación fue tras la celebración del homenaje antes referido, en el precioso patio de columnas del Círculo de la Amistad de Córdoba. Le preguntamos qué pensaba sobre la película que se estaba rodando de «Manolete» y «Lupe Sino», y nos mostró su incertidumbre, le inquietaba la forma en que iba a ser tratada la figura del torero, pues hacía tiempo que había tenido noticias de ese guión, que definitivamente fue un fracaso en las pantallas. Nos desveló que cinco años antes había recibido en Sevilla la visita personal del gran actor Francisco Rabal, a quien no conocía personalmente, y fue este quien le informó sobre esta película, para la que le habían ofrecido el papel de apoderado de «Manolete», motivo por el que decidió desplazarse hasta la capital hispalense, para saber del hijo del protagonista cómo fue realmente esa relación. Tras el encuentro, el célebre actor, que había leído el guión de la película, le aseguró que después del recuerdo que de él tenían los aficionados por el entrañable personaje de «Juncal» de la inolvidable serie televisiva de Jaime de Armiñán, no representaría una historia que poco tenía que ver con la vida real del inolvidable torero.

José Flores «Camará» y «Manolete»

Nos decía «Manolo Camará» que su padre no instituyó la figura del apoderado, pero le otorgó personalidad propia, pues anteriormente los apoderados se limitaban a cumplir las órdenes de los toreros, y consideraba que la pareja «Manolete-Camará», que en la década de los años cuarenta revolucionó el toreo fue perfecta y no volvería a darse más, porque si en «Manolete» concurrían unas cualidades excepcionales para ser la máxima figura del toreo, en su padre confluían las virtudes profesionales que se complementaban y resolvían a la perfección todo lo que significaba «torear fuera de la plaza», entendiendo que aquella pareja fue ideal por la mutua confianza que existió entre ambos para desarrollar sus respectivas tareas.

Sobre la evolución del toreo hasta los años noventa, él que llegó a ver torear hasta Belmonte en su reaparición, consideraba que el espectáculo se había concentrado en el último tercio de la lidia. Añoraba que se habían perdido los quites, pero no porque los toreros no quisieran o no supieran practicarlos, sino porque no había nada qué quitar ante un toro que generalmente no podía con el caballo, ni originaba esas situaciones de auténtico riesgo que otrora obligaban a hacerlos. Recordaba la época que el toro pesaba menos, pero tenía mayor movilidad y entraba dos o tres veces al caballo, pues no se picaba de una vez en el primer encuentro, sino que el animal entraba varias veces a la cabalgadura y los matadores hacían el quite cuando lo consideraban oportuno. Aseguraba que en los años cuarenta y cincuenta no se daban a los toros más de veinte o treinta muletazos, y desde la década de los sesenta fue necesario seleccionar un toro que admitiera ochenta y hasta noventa pases, algo que el de antes no admitía.

Derribo del picador José Doblado. Foto Álvaro Pastor

Desde su perspectiva histórica «Manolo Camará» analizaba la evolución del modelo de faena, recordando aquella donde era necesario doblegar y poder porque el toro tenía más casta. También observaba importantes variaciones en el público, que había cambiado de gustos y exigía bastante menos a los toreros. Defendía que en los años cincuenta faenas de veinte pases buenos y hasta excepcionales, con un público dispuesto a premiarlas, se diluían como un azucarillo cuando la espada quedaba dos o tres dedos más baja de lo normal, asegurando que entonces no existía la menor opción para que aquella labor fuera premiada, mientras que por el contrario hoy se estaba matando «no en el rincón de Ordóñez, sino en el sótano del hotel», y sin embargo se cortaban las orejas con gran facilidad, sentenciando que si el público exigiera a los toreros matar en la cruz, porque de lo contrario lo que hubieran hecho no serviría para nada, ya se esmerarían ellos en matar por arriba como antes era habitual.

Sirva esta entrada para recordar a un brillante apoderado y gran aficionado Manuel Flores Cubero, último representante de una dinastía de apoderados cordobesa que por inteligencia, sagacidad y discreción fue requerida por una extensa nómina de primeras figuras del toreo para dirigir sus carreras.

lunes, 11 de febrero de 2019

EL APODERADO (y II)


Por Antonio Luis Aguilera
Manuel Flores Cubero. Foto Marogo
2ª parte de la tertulia taurina celebrada el 3 de abril de 1992 en el Hotel Meliá Córdoba, con el apoderado Manuel Flores CuberoCamará” y el comentarista taurino Rafael Sánchez González. Fue emitida por Onda Cero Córdoba, y figura incluida en el libro Tertulias Taurinas en Córdoba 1991-1992, editado por la Diputación Provincial de Córdoba.

Rafael Sánchez: Me vais a permitir que tengas un recuerdo hacia Pepe Camará, que para mí fue una sorpresa. Desgraciadamente lo conocí tarde, en su etapa de empresario en Córdoba. En diversas ocasiones que se montó la tertulia, pude comprobar cómo hablaba de toros, con ese conocimiento y con una gran amenidad. Yo, que soy un hombre que me encanta oír hablar de toros, quedaba embaucado, porque hablaba realmente bien, y además te contaba las cosas agradables del toreo. En el taurinismo sabemos que existen muchos momentos amargos; sin embargo, siempre tenía ese recuerdo grato para la Fiesta.

Confirmación de alternativa de Paquirri, de manos
de Paco Camino en presencia de José Fuentes.
Porque al ser un apoderado de campanillas puede parecer que todo lo que reluce es oro. Sin embargo, los entre bastidores son muy complicados. Y quiero recordar también una anécdota contada por Paquirri, que toreaba en Valencia, en los comienzos de llevarlo don José Flores. El público estuvo más decantado por un torero, que Paquirri reconoció que no había estado tan bien como él, mientras estuvo cicatero a la hora de pedir trofeos para Francisco Rivera -se entregaron en honor hacia ese otro torero-. Cuando lo comentaba entre barreras con Camará, creo que le contesto:
—Aprende a ser yunque para cuando seas martillo.
Eso es muy importante, porque hay que decirlo en los momentos justos, como bien ha dicho Manolo. Y los que hemos seguido a muchos toreros por amistad o por simpatía, hemos visto en muchas ocasiones esas habitaciones repletas de público “agradando” al torero porque ha estado bien o porque ha cortado las orejas. Y luego viene la soledad, esa soledad del mozo de espadas, que diría es el elemento de mayor intimidad con el diestro cuando no está el apoderado, pues este, al fin y al cabo, es su confesor espiritual.

Córdoba mandó en el toreo con el tándem Camará y Manolete. 
Y serían tantas las cosas que nos podría contar Manuel Flores, que nos quedaríamos sorprendidos de lo que representa un apoderado para un torero. De todas formas, Antonio, puede que alguien que esté escuchando la emisión, de los muchos que la oyen, se pregunte que con don José Flores también llegó, paralelamente, al unísono, el decaimiento del toreo. Me parece que es un tema que deberíamos abordar.
El apoderado se toma la obligación de velar por la carrera del torero; digamos, en una mala comparación, que se trata de un producto que tiene que cuidar, porque a su vez dependen, no ya el éxito de la propia Fiesta al ser una figura, sino una serie de personas que van relacionadas con el torero. Entonces ¿qué sucede? Pues que el apoderado tiene que cuidar al máximo que ese torero vaya con las mejores garantías y pueda torear un mayor número de festejos.
Y lo quiero decir delante de Manolo Camará porque, si en algún momento estuviera confundido, me puede corregir. A partir de ahí, entonces se interpreta el mimo del apoderado hacia el torero: tiene que procurar que vaya con las condiciones óptimas no solo en el aspecto económico, sino cuidando el cartel, buscar esa ganadería que vaya más a tono con sus características, evitar que sean unos hierros violentos para el tipo de toreo que ejecuta el diestro, etc. De ahí en adelante, pues posiblemente -y esto no se lo achaquemos ni mucho menos a Camará, porque ya ha llovido desde entonces-, ha ido tomando protagonismo el apoderado. Y en algunos casos ha degenerado -ya los tiempos que corren-, que con el monopolio ha tomado tanta importancia el apoderado como el torero.
Sé que me va a decir Manolo que a la hora de la verdad quien estará en el ruedo será el torero. Y aquí viene a pelo, sin dar nombres, ese torero que le dijo el apoderado, cuando este le comentaba que iban a torear en un sitio donde le pagaban un millón de pesetas:
—Don Manuel -conste que no se trata de Manuel Flores- ya le dicho a usted que no me haga corridas por menos de un millón y medio de pesetas.
A lo que contestó el apoderado:
—Dame motivos y podré pedir, no uno y medio, sino dos.
Y claro, es que el torero no cortaba ni una oreja. Entonces, por mucho que se empeñe el apoderado, difícilmente se puede pedir la cantidad que el torero pretende ganar.
José Flores González Camará
Manuel Flores: Realmente, en parte llevas razón. El apoderado es quien se ha encargado de hacer que el torero desarrolle su labor profesional lo más cómodo posible. Pero eso es una cosa que siempre ha existido.
Lo que ocurre es que antes, en lugar de hacerse esa serie de mimos por parte del apoderado al torero, se lo hacían las propias figuras a sí mismos. Nosotros hemos hablado muchísimo con mi padre. Y él nos contaba infinidad de cosas de Gallito, siempre nos relataba de la forma que era, que cuando salía un muchacho lo cogía, se encerraba con él y acababa en dos minutos… Y en una ocasión recuerdo que le contestamos:
—Sí, papá pero cuando te ponías al lado de él era con la de Benjumea y compañía; en cambio, la de Murube y las buenas se las "comía" con Belmonte. No os ponía vosotros. ¡Y eso que era el más poderoso que había...!
Luego esos cuidados los han tenido siempre todas las figuras. Lo que ocurre es que antes eran los toreros los que se cuidaban, y después del tándem de mi padre con Manolete, fue el apoderado quien asumió esa responsabilidad.
Hay que tener en cuenta que mi padre cuidó a Manolete lo máximo que consideraba debía cuidar a una figura del toreo, pero Manolete siempre tenía sus gestos, en parte de acuerdo con mi padre y en parte porque mi padre lo obligaba, porque para ser figura del toreo había que tenerlos. Hoy en día los toreros tienen pocos gestos. Tienen pocos porque si mi padre como apoderado puso el listón en cuatro, el que vino detrás quiso ponerlo en cinco, y el otro que vino después quiso ponerlo en seis. Ha llegado el momento en que los toreros se cuidan demasiado, se llevan un poco entre algodones. Y eso no es beneficioso sino perjudicial.
Antonio L. Aguilera: José María de Cossío, en su extraordinaria enciclopedia, pondera las cualidades de don José Flores y afirma que sus defectos, corregidos y aumentados por sus sucesores, ha sido los que prevalecen.

Confianza ilimitada entre torero y apoderado
Rafael Sánchez: Siempre ocurre igual. Generalmente, cuando se intenta copiar a una figura lo que se copian son sus defectos. Porque si Camará cuidaba a sus toreros, los demás apoderados lo hacían también, pero Camará en cualquier momento sabía cómo tenía que decirles donde debían dar la cara a la hora de la verdad. No basta solo con decir llevo a este torero y le voy a poner estas corridas comerciales. No, hay que conocer también las posibilidades del torero que llevas. Y el apoderado sabe mejor que nadie cómo cuenta con el torero que lleva en sus manos. Por eso, como dice bien Manolo, posiblemente se estén llevando ya de una manera casi peligrosa, entre algodones, de tal modo que cuando llega el momento de la verdad se las ven y se las desean para salir adelante.
Antonio L. Aguilera: Manolo comentaba que los gestos de las figuras se han difuminado con el paso del tiempo. Ahora que no son habituales las llaman "gestas" y las anuncian a bombo y platillo.
Rafael Sánchez: Además, Antonio, creo que pierden el calificativo de gestas. Por ejemplo, cuando Espartaco se decide a torear la corrida de Miura en solitario, es porque su apoderado cogió onda de que Joselito lo iba a desafiar -valga la palabra- para torearla mano a mano; entonces prefiere torearla en solitario antes de enfrentarse a otro torero, que puede tener más suerte en el sorteo y poner en entredicho su trayectoria.
Magistral lance rodilla en tierra de Antonio Ordóñez en Sevilla. Foto Arjona
Cuando un torero ve su carrera un poco mermada recurre a esas ganaderías más encastadas y difíciles para recuperar el sitio. Sin embargo, nunca en la historia del toreo las gestas quedan reducidas a cuatro cosas. De ahí que como aficionados tengamos que decir que Antonio Ordóñez, en cuanto a los hierros que toreó, quizás sea de las últimas figuras del toreo que han pasado con mayor dignidad, porque sus últimos fueron con toros del Conde de la Corte, Pablo Romero, etc.
Hoy, porque el torero se ha convertido en un producto al que hay que cuidar para sacarle el máximo provecho, pues se le lleva a con tal cuidado que el aficionado se queda con las ganas de ver la auténtica rivalidad, con esas divisas que pueden dar la justa medida de los toreros. Realmente no tienen ningún problema.
Recuerdo un año que Capea toreó más que ninguno. No tuvo suerte en la feria de Zaragoza, y nada más terminar ésta firmó dos corridas para el año siguiente, cuando no había salido de la feria con un papel aceptable. Y estoy hablando de un diestro de la categoría de Pedro Moya. Pero resulta que estaba en manos de una casa muy poderosa y no importaba que tuviera una mala tarde o varias en una feria determinada, porque tenía hechas seguras las del año siguiente.
No estamos en los tiempos aquellos en que cortar una oreja en Madrid abría las puertas de muchas plazas.
Antonio Luis Aguilera y Manuel Flores Cubero. Foto Marogo
Antonio L. Aguilera: Manolo, con tantas figuras del toreo como han pasado por las manos de la dinastía Camará, seguramente habrá observado de forma privilegiada la evolución de la Fiesta en estos últimos cincuenta años.
Manuel Flores: Bueno, sí, desde que soy aficionado y estoy viendo toros pues he visto la evolución. Indudablemente la Fiesta ha ido abocada a que lo principal sea el último tercio. Se han perdido prácticamente los quites, pero no porque los toreros no quieran o no sepan practicarlos, sino porque realmente los quites se hacían porque había algo que quitar, que por eso se llamó quite. Realmente ahora no hay nada que quitar, porque el toro no puede con el caballo, que es cuando se hacían, cuando este podía con el caballo y había que quitarlo.
"Los quites se hacían porque había algo que quitar"
Foto: Ignacio Perelétegui
Luego, como normalmente antes el toro pesaba cien o algunos kilos menos que ahora, tenía mayor movilidad y entraba dos o tres veces al caballo, porque de primeras no se picaba. Entonces tenía que entrar al caballo y por turno cada matador estaba en su derecho de hacer el quite, si pensaba que era el momento idóneo. Claro, como eso se acabado, pues se ha terminado la competencia.
Indudablemente, el toro que el ganadero ha ido formando y criando, lo ha sido pensando siempre en el último tercio. Recuerdo que entonces, en los años cuarenta, incluso en los cincuenta, no se le pegaba nunca a un toro más de treinta muletazos. ¡Y ya eran bastantes…! Cuando se decía que fulano le había pegado treinta pases a un toro era una cosa importante. Y sin embargo, de los años sesenta para acá, pues había quien machacaba a un toro y le pegaba cien pases, ochenta, noventa… Y ahora igual. Claro, el toro de ahora lo han “fabricado” para que admita esos pases, el de antes no los admitía.
Rafael Sánchez: También han cambiado los gustos del público. Hoy difícilmente soportaría una faena de doblegar a un toro, de dominarle…
Antonio L. Aguilera, Manolo Camará y Andrés Rodríguez. Foto Marogo
Manuel Flores: Las faenas esas de doblegar y poder, las de Domingo Ortega de los años treinta, y de Marcial Lalanda… Yo me precio de haber visto torear a Juan Belmonte vestido de torero -que no es cosa pequeña-, y en el toreo, desde los años cuarenta hacia acá, no ha salido ningún toro que necesitase ese tipo de toreo que dicen que hacía Domingo Ortega en los años treinta. Lo que ocurre es que el toro no aguantaba más de treinta pases, y el torero en esos treinta pases tenía que estar bien con el toro.
Sí es cierto que el toro tenía bastante más movilidad de la que tiene ahora. También, que el público ha cambiado de gustos y exige menos a los toreros. Hoy día se le exige bastante menos a un torero. Recuerdo de aquella época del toreo los años cincuenta, faenas buenas, de veinte pases buenos, con el público caliente dispuesto para dar la oreja, y porque la espada caía dos o tres dedos más baja de lo normal, aquello se diluía totalmente. No había ni opción para que aquello continuase en plan de éxito. Sin embargo, ¿ahora cuántos toros vemos matar, no ya en el rincón de Ordóñez, sino en el sótano del hotel, y se cortan orejas con facilidad…?
Eso quiere decir que los gustos del público han cambiado también.
Antonio L. Aguilera: Hasta las broncas han derivado en indiferencia.
Manuel Flores: Ten en cuenta que los públicos de los espectáculos de masas son ya más educados. Y el hecho de meterse con una persona, que en el fondo está más indefensa que quien está arriba en el tendido, pues por ética, ha llegado un momento en que el público le tiene más respeto. No por el hecho de que el torero esté exponiendo la vida, porque quizás antes se exponía más que ahora, pero sí por el hecho del respeto a la persona. Indudablemente, la educación se tiene que notar en algo.
Antonio L. Aguilera: Efectivamente, pero ese respeto del público también favorece a los toreros birlongos.
Manolo Camará 
Manuel Flores: Si, indudablemente. Si el público les exigiese los toreros, por ejemplo, en el caso que he dicho antes, que si a un torero le cae la espada al entrar a matar un dedo dos más abajo de lo que es la cruz del toro -que era lo que se exigía antes- todo lo que hubiera hecho no sirviera para nada, aseguro que el torero se esmeraría en matar los toros por arriba como antes ocurría. Lo que ocurre es que como el público ha ido evolucionando y admitiendo eso que es más fácil que lo otro, pues el torero ha ido adaptándose a su propia comodidad. ¿Es lógico, no?
Rafael Sánchez: Manolo, el apoderado que lleva a un torero debe estar identificado con este hombre, pues de lo contrario difícilmente lo apoderaría, debe tener plena confianza en él. Pero, claro, sin olvidarnos que el apoderamiento es una profesión, puede existir el torero comercial y el de gusto. Sin citar toreros actuales, para evitar suspicacias, ¿qué torero le hubiera gustado apoderar a Manuel Flores, de los que no haya llevado -que ya es difícil en esta casa-, porque encaje más en sus gustos taurinos?
Manuel Flores: Hombre, comercialmente…
Rafael Sánchez: No, comercialmente no, como aficionado.
Pepe Luis Vázquez. El grandioso torero
 del sevillano barrio de San Bernardo.
Manuel Flores: Hombre, como aficionado me hubiera gustado apoderar a Pepe Luis Vázquez, padre. Era un gran torero, superdotado inteligentemente, un torero para que el apoderado disfrutase viéndolo, y además con la confianza de que iba a resolver una serie de problemas que a otro tipo de torero pues le costaba trabajo resolver, o si los resolvía lo hacía con más angustia para el apoderado que como los resolvía Pepe Luis Vázquez. Creo que ese es el torero que me hubiese gustado apoderar.
Antonio L. Aguilera: Manolo, con la enorme experiencia de tanta figura del toreo como ha pasado por la casa Camará, ¿qué piensa cuando escucha que hoy se torea mejor que nunca?
Manuel Flores: Hoy se torea con más perfección que antes. ¿Mejor…? No sé si utilizar esta palabra… Lo que ocurre es que se torea con más perfección, porque el toro se presta a esto, embiste con más templanza. Por eso los toreros pueden desarrollar mayor número de veces ese toreo templado que agrada a todo el que sea buen aficionado. ¿Qué se torea mejor…? ¡No!
Rafael Sánchez: Creo que el toreo como arte no se puede sacar de lugar. En todo momento se ha toreado, como bien ha dicho Manolo, en consonancia con los gustos del público y de las divisas que imperaban. También estoy de acuerdo en que no se puede decir que ahora se torea mejor que antes. Estoy seguro de que Guerrita hubiera sido figura hoy, y Espartaco en la época de Guerrita; aquél coloso del toreo se hubiera adaptado a lo de ahora.
Rafael Guerra Guerrita
Siempre recurrimos al ejemplo del atleta que ganó la medalla de oro en el salto de altura en Berlín en 1942. Esa altura la saltan hoy cuarenta, pero entonces era el único que la saltaba, y no se puede decir ahora que lo de aquél hombre no tenía importancia. Las cosas no se pueden extrapolar. Hay que considerar a las figuras en el momento que lo han sido, más en una profesión en la que cada vez se exige más. Fijaros como un chaval que empieza tiene que clavar los pies en el sitio, porque de lo contrario le están diciendo que no sirve cuando ni tan siquiera ha podido demostrar lo que lleva dentro. ¡Es dificilísimo ser torero! De ahí nuestra admiración por todo cuanto circunda alrededor del toro.
Antonio L. Aguilera: Manolo ¿qué le dice esos muchachos de Córdoba que sueñan con ser toreros?
Manuel Flores: Pues que sigan soñando, que tengan mucha afición, mucha paciencia, y que no se les vaya ni una sola ocasión, que el día que tenga ocasión de torear en público lo hagan con los cinco sentidos, porque si realmente tienen cualidades desde el primer momento les saldrá quien les ayude a ser figura del toreo.
Antonio L. Aguilera: Y ya que hablamos de chavales ¿qué opinión le merece esa novedad del Reglamento que tanto llama a la atención del aficionado, sobre que los noveles puedan lidiar erales despuntados?
Manuel Flores: Pues, hombre… Creo que es una medida buena, humanitaria… Pero viene a refrendar lo que hemos hablado antes de la comodidad que tienen los toreros.
Recuerdo haber oído hablar a mi padre de su época de principiante. Y uno se lleva las manos a la cabeza cuando entonces, a un chaval de doce años, lo ponían delante de un toro en puntas de cinco años. A él, para probarlo, lo llevaron a la Venta de Vargas cuando aún tenía babero, con once años, y lo pusieron delante de un toro de Félix Moreno, con cinco años, tuerto, y con las puntas…
Bueno, pues si ahora le van a cortar a los erales las puntas para poner a los chavales con dieciséis años o más, porque antes tampoco se les autoriza oficialmente a ponerse, pues… De ahí viene la evolución del toreo.
Manolete camino de la plaza. En primer plano, José Flores González,
matador de toros y fundador de la célebre dinastía de apoderados.
Antonio L. Aguilera: Manolo ¿continuará la dinastía Camará a través de sus hijos?
Manuel Flores: No, en el tema del apoderamiento, no. Ellos son muy aficionados. Tengo uno que es un gran aficionado, de los buenos, y sería capaz de desarrollar esta profesión como yo o mejor, pero quiero que ellos siempre tengan otra cosa, otra profesión a desarrollar, que esto lo tomen, si no como hobby, como segunda profesión.
Es muy desagradable poner la ilusión en un torero y que, por faldas o mangas aquello se venga abajo en veinticuatro horas.
Rafael Sánchez: Antonio, quiero agradecer la oportunidad que me has brindado para estar junto a Manuel Flores. Nosotros, que hemos estado en algunos momentos en desacuerdo en su etapa de empresario, siempre hemos encontrado en él talante de diálogo. Esto es muy importante, más en el mundo del toro, donde tanto desagradecido y tanto incomprendido estamos.
Indudablemente, nuestro agradecimiento a Manolo. Y decirle que nos hacía mucha ilusión que un torero de Córdoba y el apellido Camará hubiesen podido volar alto, porque sabemos que tanto Finito como torero, y Manuel Flores como apoderado, van a seguir siendo gente en el toro. Siempre encontrarán en nosotros, sin lugar a dudas, un amigo.
Manuel Flores: Te agradezco tus palabras. Indudablemente Finito tiene unas cualidades inmejorables para ser una primera o primerísima figura del toreo. Con el tiempo estoy seguro de que llegará, que las desarrollará. A mi, quizás, no me de tiempo ya.

Mezquita de Córdoba
Quiero dar las gracias por darme esta oportunidad de dirigirme personalmente a la afición cordobesa, para decirle que a nosotros -la familia Camará-, nos ha enorgullecido siempre llevar el nombre de Córdoba por todos los sitios que hemos ido.
Antonio L. Aguilera: Manolo, muchas gracias por la atención que ha tenido con nosotros, porque ha hecho posible este programa sobre la figura del apoderado. Ha sido un lujo ofrecer las palabras de un extraordinario profesional, digno representante de la dinastía que hizo mandar a Córdoba en el campo del apoderamiento: la casa Camará.
Gracias también a ti, Rafael, por tu valiosa aportación.