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jueves, 25 de noviembre de 2021

JOSELITO Y CORROCHANO: «EL PACTO DE LA ESTRECHA»

Por Antonio Luis Aguilera

El dominio de Joselito. Foto Serrano

El pasado mes de octubre fallecía en Madrid a los 89 años de edad Gonzalo Sánchez Conde, conocido en el mundo taurino por Gonzalito, descubridor de toreros como Víctor Mendes o El Cid, y mozo de espadas y hombre de confianza durante tres décadas de Curro Romero. Este andaluz de Gibraleón (Huelva), hombre afable y ameno, gran conversador sobre ese mundillo que tan bien conocía, contaba entre sus muchas anécdotas una que no es conocida por la afición: la causa de la estancia en Tánger de Gregorio Corrochano, crítico taurino del diario ABC.

Gregorio Corrochano

Manifestaba Gonzalito que entre los toreros a los que don Gregorio «zurraba la badana» estaba el malogrado espada valenciano Manolo Granero. En un encuentro del matador con el obispo de la ciudad del Turia, ante la extrañeza de la autoridad eclesiástica sobre la inquina que intuía en los afilados comentarios del redactor taurino, fue interpelado por la razón de esta, a lo que el torero contestó que él no se plegaba a ciertas pretensiones. El señor obispo, aficionado y seguidor del torero, elevó su queja e informó de la conversación a la dirección de ABC, que destinó temporalmente al cronista a Tánger como corresponsal de guerra. Sea como fuere, lo cierto y verdad es que el periodista dejó de escribir crónicas taurinas el 23 de julio de 1921 y marchó a Marruecos como corresponsal de guerra, retornando a la información taurina de ABC el 25 de octubre de 1922 (Manuel Granero fue corneado mortalmente en Madrid por el toro Pocapena, del Duque de Veragua, el 7 de mayo de 1922, cuando contaba veinte años de edad).

Excelente par de banderillas de Joselito en Madrid

Llama la atención de don Gregorio Corrochano, pródigo por su fecunda obra taurina en la tribuna más influyente de España —no menos pródiga en subjetividad y dogmatismo—, que durante su ejercicio en la crítica se posicionara contra tres toreros que resultaron determinantes en la Tauromaquia: Joselito, Chicuelo y Manolete, ni más ni menos que la terna que configura la columna vertebral del toreo moderno: el ligado en redondo, el sistema técnico que desde los años cuarenta del siglo XX sería adoptado definitivamente por la inmensa mayoría de los toreros para manifestar su arte. Podría decirse que los tuvo ante sus ojos, los miró y no los supo ver. No entendió su dimensión histórica. 

Bastantes años después de la muerte de José en Talavera, a modo de homenaje —eso sí, compartido—, escribiría el libro «Qué es torear. Introducción a las tauromaquias de Joselito, El Gallo y Domingo Ortega (1953)». También, ante la cogida mortal de Manolete solicitaría la gran Cruz de Beneficencia para el torero al que había llamado ventajista por torear de perfil, en clara insinuación de cobardía. Anteriormente, al gran Chicuelo, creador de la faena moderna, lo había envuelto en el papel de regalo de una chicuelina con el rótulo de fino torero sevillano. Inevitablemente hemos de recordar la acertada reflexión del gran pensador del toreo José Alameda: «¿Por qué en la historia se establecen dogmas? La historia no los establece. Los crean algunos críticos y, lo que es más grave, algunos profetas».

Plaza de toros Monumental de Sevilla

La ácida campaña contra Joselito se recrudeció desde la poderosa tribuna taurina de don Gregorio en 1919. Las aguas bajaban turbias desde la construcción de la plaza de toros Monumental de Sevilla, cuando la ciudad tenía su coso de ilustre abolengo, y la familia Luca de Tena, propietaria del diario ABC, mantenía estrechos lazos con los miembros de la Real Maestranza, que no veían con agrado la puesta en escena de otro palenque taurino que les hiciera la competencia. Así las cosas, influenciado o no por la dirección del periódico, Corrochano se posicionó abiertamente contra el espada sevillano, entusiasmado con el proyecto de levantar plazas de toros monumentales en España, para aumentar la capacidad de los recintos, y facilitar el acceso a las localidades baratas del público con escasos recursos económicos.

Gracias a la brillante idea de Joselito aún celebran corridas las plazas de Madrid o Pamplona —esta última réplica de la hispalense—. La plaza Monumental de Sevilla, con capacidad para 23.055 espectadores, fue inaugurada el 6 de junio de 1918 en terrenos de la zona de Nervión, clausurada el 8 de abril de 1921, tras la muete del torero, y derribada definitivamente en 1930. El Gobierno Civil firmaría la sentencia de una condena impuesta desde que fue proyectada. Después de tres años de competencia de ambos cosos, Sevilla recuperaba la normalidad con su plaza, la Real Maestranza, por la que había tomado partido don Gregorio cuando en ambas se celebraban funciones taurinas: «La Maestranza tiene la lozanía de una mujer joven; la Monumental es una jamona; guapa pero una jamona».

Desplante de Joselito en la plaza Monumental de Sevilla

La relación entre el influyente crítico y el grandioso torero era demasiado tensa. A Joselito le quitaba el sueño un acoso que consideraba tremendamente cruel e injusto, mientras desde su pedestal Corrochano no tuvo reparos en atacar al torero por todos los frentes, incluso aquellos que trascendían de la narración de los hechos en los ruedos, al insinuar la manipulación fraudulenta de los pitones de los toros en el cajón de curas del embarcadero ferroviario de «Los Merinales», o airear la tristeza que embargaba al joven diestro ante su amor imposible con Guadalupe de Pablo Romero, hija del famoso ganadero, quien se oponía a esta relación.

En la magnífica obra del periodista Paco Aguado «Joselito El Gallo, rey de los toreros» (publicada por Espasa Calpe en 1999, y reeditada por Editorial El Paseo en 2020), se cuenta que el cronista Don Justo reveló a finales de 1920 en la revista taurina The Times, la conversación íntima que mantuvo con el torero, cuando indignado por la despectiva crónica de Corrochano «Joselito torea en el patio de su casa», de la última corrida de la feria de San Miguel de Sevilla, le dijo:

 «—Es que es insaciable, ¡insaciable! —se quejaba José—. ¡Qué mala persona es ese hombre, Don Justo, qué mala persona!

—¿Pero no le has hecho muchos favores?

—Muchos, pero le vuelvo a decir que es insaciable. Yo no me merezco que me trate así. Ese hombre es mi sombra negra, me quita el sueño (…) No sé lo que quiere, pero le vamos a quitar la cabeza Don Justo».

Natural de Joselito en Barcelona. Foto Mateo

Tratando de reconducir la insostenible relación Ignacio Sánchez Mejías, matador de toros y cuñado de Joselito, propició un acercamiento entre el crítico y el torero para firmar la paz, encuentro que se conoce como el «Pacto de la Estrecha», porque tuvo lugar en el restaurante de este nombre, ubicado en la calle Mayor de Madrid, donde en un almuerzo José llegó al acuerdo de actuar por 5.000 pesetas —la mitad de sus honorarios por tarde— en la fatídica corrida del 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina, localidad natal del crítico, organizada por unos familiares de este, y donde desgraciadamente  hallaría la muerte en las astas de Bailaor, de la ganadería de la Viuda de Ortega, que era doña María Josefa Corrochano, tía de don Gregorio, en un festejo que organizaba su hijo Venancio, propietario de la plaza.

No cabe la menor duda de que el destino de las personas no está en manos de los hombres, pero resulta penoso recordar que Joselito decidiera ir a torear a Talavera de la Reina para poner fin a un hostigamiento cruel e injusto, a un acoso periodístico que lamentable y accidentalmente acabó en fatal derribo, en el insospechado final de uno de los toreros determinantes y más importantes de la historia.

TEXTO RELACIONADO: VENCIDOS POR LA VIDA.

viernes, 27 de noviembre de 2020

BERNABÉ ÁLVAREZ “CATALINO”, UN PICADOR “MUY ESPECIAL” (y II)

Por Rafael Sánchez González

Catalino junto a Manolete, Camará. El Pelu y Guillermo. Fotografía
de cuadrilla para el kilométrico del ferrocarril. Foto Francisco Linares. 


Pinche este enlace para leer la primera parte

En 1919 regresó a la cuadrilla de Juan Belmonte y en ella permaneció tres campañas completas. Este primer año fue en el que más veces realizó el paseíllo en la plaza de la Villa y Corte, donde dejó faenas memorables, al igual que en Sevilla, Barcelona, Valencia y Zaragoza, hasta totalizar 110 actuaciones (algunos historiadores citan 109), batiendo las cifras de Joselito en las cuatro temporadas anteriores. Según Bernabé: “Fue un año completo para Juan, porque no sufrió ningún percance de consideración. Recuerdo también  que dio varias alternativas” (tres, a su hermano Manuel, José Roger Valencia y Manuel Jiménez Chicuelo). En la siguiente (1920), tras resultar herido en una tienta, comenzó el 4 de abril en Sevilla para lidiar reses de Nandín junto a Sánchez Mejías, Chicuelo y Joselito, con el que ya se mostraba muy unido y compartía franca amistad, comprendiendo ambos, que aun cuando cada uno tuviese su personal temperamento y propia tauromaquia, se complementaban  en el ruedo. Lástima que el final de José estuviera ya próximo. Por cierto, celebrada la corrida del día 15 en Madrid, en la que en unión de Sánchez Mejías despacharon toros de D.ª Carmen de Federico, que sustituyeron a los albaserradas rechazados por chicos, ante un encrespado público que llamó ladrones a los toreros, un desalmado le gritó a José “¡ojalá mañana te mate un toro en Talavera!”, hubo de suspenderse la que estaba programada para el día siguiente, al decidir Joselito actuar en Talavera, por lo que Belmonte se quedó en su piso madrileño de calle Espartel, donde Antoñito, su mozo de espadas, le llevó la trágica noticia que conmocionaría a toda España. “Ahí me la ha ganao”, dicen que fue la inmediata reacción de Juan. La muerte de Gallito supuso una sensible pérdida para la afición. “Se acabó el toreo”, exclamó Guerrita. Y a Belmonte le faltaría ya su otro yo. La Fiesta carecía de toreros con tirón de cara a las empresas, y la esperanza que traía Granero la cortó de raíz Pocapena en el coso madrileño el 7 de mayo de 1922. Aquel invierno de 1920 realizó Juan un nuevo viaje a Perú, cobrando treinta mil pesetas por actuación. Le acompañaron su mujer y su hija, a las que dejó en Nueva York con los suegros, mientras que su hermano José, matador de toros, y algunos escogidos elementos de su cuadrilla, entre los que no podía faltar Catalino, embarcaron en otro grupo rumbo al puerto de El Callao.

Juan Belmonte

Mal comenzó para Belmonte la temporada de 1921, ya que en su segunda actuación (18/4 con Chicuelo y su hermano Manolo), en Sevilla, un manso de Santa Coloma le produjo una grave cornada en la boca que le tuvo largo tiempo inactivo (perdió 22 corridas), soportando una dolorosa convalecencia con varias operaciones quirúrgicas e ingiriendo solamente alimentación líquida, hasta que por fin el 12 de julio pudo reanudar sus actuaciones en Algeciras con la herida sin cicatrizar todavía. “Fue una cornada horrorosa, creíamos que le había destrozado la boca”, nos dijo Catalino. Aún así sumó 72 actuaciones, embarcándose seguidamente con destino a una corta campaña por plazas mexicanas, alternando esta vez con Sánchez Mejías. Después de realizar con su familia una gira turística por Estados Unidos, regresó a España a finales de septiembre de 1922. Ya no volvería a los ruedos hasta 1924, en una brevísima incursión como rejoneador y espada.

"Ignacio tenía reacciones que encandilaban a la gente" (Catalino)
Foto: Ignacio Sánchez Mejías apoyado en la contera de la barrera

Siguiendo con nuestro biografiado, en 1922 pica para el carismático Ignacio Sánchez Mejías, gran torero y destacada personalidad en diversos campos culturales y sociales ajenos a la tauromaquia. Fue un extraordinario  banderillero, que entusiasmaba al público con su arriesgada forma de clavar por los terrenos de dentro y muy pegado a tablas, popularizados como el par de la mariposa. Ignacio regresó de América en bajo estado de salud, y pensaba limitar el número de intervenciones, pero la desgraciada desaparición de Granero el 7 de mayo en la plaza de Madrid, y su presunta ausencia mermaban considerablemente el interés de los aficionados, por lo que aceptando una suculenta oferta de la empresa madrileña, y aún desechando numerosos contratos, redondeó una triunfal temporada con 44 corridas toreadas, siete de ellas en la Feria de Valencia. En los dos años siguientes (1923 y 1924) Catalino acompañó a Marcial Lalanda, diestro de dilatada ejecutoria, que sin haber alcanzado todavía su período de mayor apogeo totalizó 48 y 49 actuaciones respectivamente, que pudieron ser más en el segundo de los años citados de no impedirlo Indio, un burel de Andrés Sánchez de Coquilla, que el 15 de julio le corneó gravemente en Madrid. Marcial fue un torero con gran dominio de la técnica, unido a una marcada personalidad artística, sirva como ejemplo su bonito galleo de la mariposa, que ofreció al público por primera vez en la madrileña corrida de Beneficencia de 1923. 

Catalino

Sobre estos dos matadores, sin dejar de reconocer su valía, se mostró menos expresivo Bernabé, “Marcial fue grandioso en todos los tercios, pero demasiado técnico; en cambio Ignacio tenía reacciones que encandilaban a la gente. Me gustaba además porque todo te lo decía con respeto y educación”. “Los dos años siguientes (1925 y 1926) fui con el Algabeño… Bueno, primero salí un par de veces con Maera (Manuel García López), que murió el pobre pocos meses después (11/12), pero esos dos años fui con Pepe y en total pudieron ser cerca de cien las corridas que toreé con él. Me acuerdo de una en San Sebastián (9/8/1925), con toros del Conde de la Corte, a la que asistió la reina María Cristina”. José García Rodríguez fue otro maestro del volapié, sin exquisiteces en su toreo, pero con gran desenvolvimiento ante las reses. De mis datos particulares sobre este picador cordobés encuentro una crónica del diario murciano El Liberal (14/4/1925), referente a la corrida de toros celebrada el día anterior en aquella ciudad, que resalta en su titular: “¡Así se pican los toros! Catalino, caballero del castoreño”. En 1927 sumó 65 corridas con Cayetano Ordóñez Aguilera Niño de la Palma, torero de un arte exquisito en nada equiparable con su manejo de la espada, al que la falta de regularidad en su etapa de plenitud, y un fuerte temperamento ante determinados revisteros taurinos, perjudicaron grandemente la difusión de muchas tardes triunfales. Del ocurrente “Es de Ronda y se llama Cayetano, pasó al malintencionado, “Ni es de Ronda ni se llama Cayetano, es de Arriate y le llaman Cucufate”. Habilidosas frases del maestro Gregorio Corrochano, tan sobrado de calidad literaria como de acusado interés en sus crónicas taurinas. Casado en 1920 con Consuelo Araujo de los Reyes, cantante y actriz conocida artísticamente como Consuelo Reyes, Cayetano fue el iniciador de un dinastía torera de la que aún tenemos integrantes en activo, y de la que el mejor exponente fue su hijo Antonio, el diestro que más me ha colmado con su toreo en mi ya larga vida de aficionado.

"Porrazos recibí a montones, como todos los picadores"
Derribo de Bernabé Álvarez Catalino. Foto El Ruedo

En este momento de la entrevista se le preguntó: “Bernabé, ¿por qué cambiaba usted tanto de cuadrilla? La respuesta fue tan rápida como aclaratoria, “por cuestiones particulares”. Y continúo diciendo: “si Cayetano toreaba bien, sobre todo con el capote, mi siguiente jefe no se le quedaba atrás, y además tenía gran duende y un estilo propio capaz de levantar al público de sus asientos a la segunda verónica… ¡Cómo me gustaba a mi toreando Cagancho…! Fue uno de los muchos elogios que nos hizo sobre este diestro gitano, a quien el mencionado Corrochano, tras un festejo celebrado en Toledo (8/5/1927), comparó con la talla del escultor Juan Martínez Montañés: “Con el palillo de la muleta y la espada hace una cruz y así se presenta a la multitud este hombre seco como un cartujo, del color de la madera abierta que eligiera para sus tallas el Montañés…” Con Joaquín Rodríguez Ortega permaneció a lo largo de cinco temporadas (1928-1933), si bien en la última de ellas ajustó  algunas corridas con Antonio Márquez. Eran ya años en los que se lidiaban reses que ni por edad ni por su integridad deberían merecer el calificativo de toros. Una circunstancia que, como sucede ahora, ha sido muy debatida por los aficionados en diferentes etapas del toreo,  Pero eso, como se decía en Cádiz en mis años de estudiante, son conversaciones de Puerta Tierra. No descubriré nada si digo que se hicieron famosos los fracasos de Cagancho a lo largo de su vida torera, empezando por el mismo día en que el Gallo le dio la alternativa en Murcia (17/4/1927), pero no es menos cierto que cuando sacaba a relucir su arte sublime, pasaban al olvido aquellas tardes en que salía de las plazas custodiado por la Guardia Civil.

Escultura a la verónica de Joaquín Rodríguez Cagancho.
Se habla mucho de su aciaga actuación en Almagro (26/8/1927), cuando en la localidad murciana de Caravaca (1/5/1927) se llevaron los cabestros los dos toros de su lote. Aunque  podría argumentarse en su defensa, que también a Manuel Domínguez, que pasa  por ser uno de los toreros más valientes en la historia de la Tauromaquia, le echaron al corral una tarde en Sevilla los tres que debía estoquear. Joaquín puso punto final a su ajetreada trayectoria en México -ocho rabos cortó en la plaza capitalina- donde falleció el primer día del año 1984. Siguiendo con Catalino, comenzó la campaña de 1934 con Cagancho y la terminó al lado de Juan Belmonte. “Joaquín conocía mi relación profesional con Juan y no hubo ningún problema, por lo que hice con él el final de temporada, además quería que le acompañara en varias corridas que tenía apalabradas en Venezuela, pero a la muerte del General Gómez, en el mes de diciembre, decidió no embarcarse en esa aventura. Hubiera sido mi cuarto viaje a las Américas. Y en 1935 hice con él las cerca de treinta corridas que toreó”. Recordemos que por aquellas fechas ya se rumoreaba insistentemente la posible retirada definitiva de Belmonte, como así podría considerarse que fue. Cuando en 1936 volvió a los ruedos lo hizo ya en calidad de rejoneador, en cuya actividad participó también en diferentes festejos de carácter benéfico, pero se dio la circunstancia de que el 15 de noviembre de este mismo año toreó en Córdoba una de aquellas corrida de toros, que por el carácter que las rodeaba se denominaron Patrióticas, y pasa por ser su última actuación vestido de luces. Festejo del que conservo un cartel original. “En el 36 fui de nuevo con Cagancho, pero ya se dieron pocos festejos. La Guerra Civil y los años que vinieron después fueron muy duros para todos. Yo afortunadamente no me compliqué la vida en ese sentido, y cuantas veces me llamaron para picar en corridas, con el fin de recaudar fondos en favor de las tropas que luchaban en el frente o para ayudar a los pobres, lo hice, pero nunca me metí en declaraciones que pudieran acarrearme problemas, como le pasó a muchos compañeros en toda España”. 

Chicuelo otorga la alternativa y el testigo de
su toreo a Manolete. Sevilla2 de julio de 1939

Y sigue contándonos Bernabé: “en 1939 Camará me llamó para entrar en la cuadrilla de Manolete, que iba a tomar  la alternativa en Sevilla (2/7). Se la dio Chicuelo, otro grandioso torero. Y con él estuve hasta el año siguiente, que fue en el que me retiré. De Manolete solo puedo decir que vino a recuperar el interés de la gente por los toros, no os podéis ni imaginar como se abarrotaban las plazas para verle torear, y eso que muchos no tenían ni para comer. Recuerdo que aquel día de la alternativa piqué junto con Paco Zurito, que sufrió un golpe tan grande que lo tuvo bastante tiempo enfermo en la cama hasta que el pobre falleció. Paco podía haber sido un brillante picador. La siguiente corrida que Manolete toreó en Sevilla (18/7) la recordaré toda mi vida. Un toro de Tassara me derribó y me tiró un gañafón en el pecho rompiéndome la ropa, y sacando en el pitón la cadena con una medalla que yo llevaba colgada al cuello. Aquello caló en el público, que se sorprendió al ver que me levantaba, y subiéndome de nuevo al caballo le di dos buenos puyazos. La ovación fue la más grande y emocionante que yo he recibido en mi vida, por eso digo que no la olvidaré nunca”. Debo añadir, que Don Fabricio tituló su crónica en ABC con esta frase, “El gesto de un árabe”. Al hilo de este suceso se le preguntó por los  percances que había recibido y esto fue lo que nos contó: “Porrazos recibí a montones, como todos los picadores. Cuando los caballos salían todavía sin el peto había veces que nos juntábamos más de un picador rodando por la arena, por eso todos acabábamos fatal de los huesos… El Señor Manuel, que no me cansaré de decir que ha sido el mejor de todos, cuando se retiró, además de andar con bastones llevaba un corsé, que le ajustaba todo el cuerpo de cintura para arriba, estaba hecho polvo. Y a mí ya me veis como voy, que no soy capaz de dar un paso sin la ayuda de estos palos. Eso sin contar los que murieron de alguna cornada, y los que se quedaron inútiles para el resto de su vida, que fueron muchos”. Y estos son los percances de cierta gravedad que nos citó: “en Pamplona (7/7/1913) un toro de Vicente Martínez me tiró un fuerte gañafón a la cara dejándome una herida que tardó en cicatrizarme. Unos años después (11/9/1917) un toro de Veragua me hirió gravemente en el muslo izquierdo. Y en 1925 sufrí dos percances, el primero en Murcia (12/4), donde otro toro de Martínez me dio otra cornada en el mismo muslo, un poco más abajo de la anterior. Y el segundo lo recibí un mes después (15/5) en Madrid, con un bicho de Gamero Cívico que casi me vuela la mandíbula”. A estos accidentes habría que sumar el puntazo en el pie derecho que un astado de Vicente Martínez le infirió en Málaga, festejo en el que Belmonte también resultó corneado en una pantorrilla.    

Catalino fue un picador que dejó huella entre los profesionales del castoreño. Dotado de gran fortaleza física castigaba duro a los toros, sin valerse de artimañas ni ventajas, haciendo la suerte tal y como la realizaban  quienes consideró santo y seña en este tercio de la lidia, que, según nos dijo, había cambiado radicalmente a partir de la obligatoriedad del uso del peto protector para los caballos, que en 1928 impuso el gobierno del general Primo de Rivera. Así opinaba al respecto: “La suerte de varas sirve para quitarle fuerza a los toros, para favorecerle el trabajo al matador, pero si un toro no tiene fuerza poco tienes que quitarle”. Y añadió: “Con el peto se rebajó el número de caballos que morían en el ruedo y ganaron en seguridad los picadores. Entonces, después de cada corrida, llegabas a la fonda donde se hospedaban los toreros y sabías cuáles eran las habitaciones de los picadores, por el fuerte olor que salía de ellas al ungüento que teníamos que juntarnos, para aliviar los dolores por los porrazos recibidos en el ruedo… El frasco del tío del bigote (emblemático dibujo del famoso linimento Sloan) no faltaba nunca en nuestros maletines. Hoy hasta los monosabios huelen a colonia de Lavanda”.  Al preguntársele que cómo creía que había sido él en su cometido, contestó: “yo no habré sido muy bonito tirando el palo, pero castigaba a los toros en su sitio, agarrándome con ellos. En aquellos tiempos salían muchos toros mansos, y tenías que quedarte con ellos en el primer puyazo… cuando se podía, claro está. Nunca piqué barrenando para dejarlos medio muertos. Un día vi como lloraba un toro y dejé de pegarle… y buena bronca que me llevé de los banderilleros”. Ya ha quedado escrito que el último espada al que acompañó fue Manolete, falta referir su última actuación vistiendo la calzona y la chaquetilla de luces. En todas sus biografías e incluso por declaraciones suyas fijan la cita en el 16 de septiembre en la plaza de Salamanca, con ocho toros de Antonio Pérez que el califa cordobés estoqueó junto a Marcial Lalanda, Domingo Ortega y Pepe Luis Vázquez. ¡Vaya un cartelazo! Todo es correcto salvo la fecha, que fue el viernes 13, segunda y última corrida de feria en la capital charra. Bernabé pudo confundirse porque dicho día 16 se repitió en Valladolid el cartel de ganadería y toreros, pero ya no figuraba él en la cuadrilla. Además, el mismo Bernabé dice sobre su retirada que el último toro que picó “fue después fogueado por manso” y esto solo sucedió en la mencionada corrida salmantina. Todavía queda más claro el tema tras comprobar en mis notas su referencia al añadir, “también habíamos toreado allí el día anterior y por la noche, en vez de irnos al circo como hicieron otros compañeros, Cantimplas (Rafael Saco Rodríguez, primo de Manolete y banderillero en su cuadrilla) y yo nos fuimos a cenar  a un restaurante que había en el centro de Salamanca, llamado La Mezquita, y después nos metimos en el cine”. 

Naranjas y capotes. Foto Ernesto Castillejo

Por lo tanto, todo aclarado. Puede llamar la atención que dejara de actuar el día 13 cuando a Manolete solamente le restaban por cumplir cinco contratos (los dos de Valladolid, Córdoba, Valencia y Jaén). Según nos manifestó, “todavía me encontraba en perfectas condiciones, pero atendiendo los consejos de varios amigos comprendí que no debería exponerme al riesgo de poder sufrir algún percance difícil ya de superar, por lo que decidí marcharme  definitivamente". Con el paso del tiempo, me indicaron que si bien conservaba su fuerza de brazos para picar con solvencia, en cambió se encontraba ya muy debilitado de piernas, al extremo de tenerle que ayudar cada vez que se subía a las cabalgaduras.  

Dadas las circunstancias que rodearon a quien durante toda su vida se caracterizó por no pasar desapercibido, voy a dedicar unas líneas al capítulo personal. Ya ha quedado al menos apuntada su marcada condición materialista de la vida, eso por lo que algunos le tachaban de pesetero. A nivel anecdótico les diré, que en sociedad con Ricardo González Curro Camará (destacado banderillero en la cuadrilla de su primo Machaquito) y del picador Zurito, en un terreno que este último tenía lindando con la finca Las Pitas, en 1924 formaron los tres una empresa de caballos de picar, pero después de varias ferias con numerosas bajas en la cuadra de equinos, al terminar la de Córdoba, Catalino pidió la cantidad que había aportado y abandonó la sociedad, por considerar poco rentable el negocio. Y una vez retirado, en compañía de un amigo, empleado de Hacienda, se dedicaron a lo que por aquí llamaban dar dinero a cordelillo, esto es, conceder préstamos mediante el cobro de un pequeño recargo. Un método de usura, dicho sea de paso, que ya se practicaba en Córdoba desde el  tiempo de lo judíos, y no faltan historiadores que la señalan como una de las causas por las que fueron expulsados de España.

Última foto de Bernabé Álvarez Catalino. Revista El Ruedo

En el terreno familiar, decir que Bernabé se casó o convivió con Antonia Fuentes y fueron padres de dos hijas. En 1912 contrajo matrimonio con Elisa Ruiz Lopera, que era cambiaora en el Mercado Central (sentadas detrás de una mesita, estas mujeres facilitaban cambio fraccionado de monedas reteniendo para ellas un diez por ciento). Finalmente se sabe que tuvo por compañera a Carmen, nieta del picador Ricardo Moreno Onofre, conocido por Mediaoreja entre los cordobeses, por haber perdido parte de un pabellón auditivo a consecuencia de un percance sufrido en el ruedo. En su entorno se le tenía a Bernabé por ser muy mujeriego, “yo siempre he tenido mujeres al retortero”, nos dijo. Y a petición de un parroquiano que seguía de  cerca nuestra conversación con él, nos relató un lance que le sucedió a tal respecto. “Tenía yo una amiga en una  casita baja de dos plantas en la Plaza Santa Teresa del Campo de la Verdad, y estando con ella llamaron a la puerta, resultando ser su marido que se presentó de pronto… Total, que a medio vestir y con las botas en la mano tuve que saltar a la calle por la ventana todo de prisa y corriendo;  tanto corrí, que fui a caer casi encima de este hombre al que su mujer, para darme tiempo a mí, todavía no le había abierto la puerta”. ¿Y cual fue su reacción?, le pregunto mi padre. Muy sonriente contestó. “Pues… que le dije buenas tardes y me fui como el que no sabía nada… Qué iba a hacer ya”.

Taberna de Paco Acedo

Hombre muy dado a la conversación y buen bebedor, frecuentó varias tabernas en razón a los distintos domicilios que habitó. Así, La Paloma (después Casa Paco Acedo, donde Manolete y su amigo Lángara se fumaban a escondidas sus primeros cigarrillos, y el califa tuvo dedicada una habitación plagada de recuerdos, espacio en el que últimamente se reunían los componentes de la Tertulia Taurina Tercio de Quites, y establecimiento donde también tenía su sede la Peña Taurina José Luis Torres); San Miguel (hoy popularísima Casa El Pisto, de mi recordado amigo Pepe López, regentada ahora por su hijo Rafael); la muy antigua de Salinas en calle Tundidores; El 6 de las Cinco Calles (convertida en restaurante); la Sociedad de Plateros de San Francisco (una de las más antiguas de Córdoba); Casa Calzaíto en Santa María de Gracia; Taberna del Gallego en calle Santa Inés y El 89 en el Realejo (frente a Casa Castillo, donde mantuvimos la entrevista). En todas ella tenía su grupo de amigos que no dudaban en invitarle, para lo que no tenían que forzarle mucho, mientras él les relataba sus mil y una aventuras vividas. Por cierto, antes de que Bernabé llegara a la cita, Enrique nos presentó a Luis, un cliente de avanzada edad que en los años treinta visitaba la referida taberna El 89, y fue testigo de las reuniones que allí mantenían Catalino y Zurito. Según nos indicó, cuando ya llevaban bebidos varios medios de vino solían terminar tarifando, pero al siguiente día volvían los dos tan amigos. Según sus palabras, “El Señor Manuel  se volcaba hacia atrás el sombrero cordobés, con un leve toque de su dedo pulgar, y decía: Bernabé, ya no te aguanto más pegoletes. Y recogiendo sus dos bastones se marchaba”. Recordaba también este hombre, que en una ocasión le oyó decir a Catalino: “¿habéis visto los cojones que tiene…? Pues más le echaba a los toros”.

Magistral puyazo del señor Manuel de la Haba Zurito.

Como colofón a nuestra interesante reunión, que para mí era la primera de una larga lista con numerosos profesionales del toreo, tanto en Córdoba como en Madrid, Bernabé nos tenía reservado un número especial, su alarde de fuerza. De pie y apoyando sus anchas espaldas sobre la pared, enganchó con el extremo del bastón una pesada silla de hierro y la levantó a pulso hasta veinte ocasiones seguidas. Recuerdo la cantidad porque antes de comenzar la exhibición me dijo: “escribiente, ve contando”.

Observarán que no se trata de una biografía al uso, al estar realizada básicamente siguiendo la narración del propio interesado, a la que he querido ser fiel, apoyada en otras referencias de mi archivo y aportando las fechas correspondientes a sus datos, así como algún comentario igualmente relacionado con el guión. Una biografía que espero sirva para conocer a este singular personaje, sobre todo, su gran categoría profesional. Si tuviéramos que citar los varilargueros más sobresalientes del pasado siglo, en esa relación, sin ninguna duda, no podría faltar el nombre de Bernabé Álvarez Jiménez Catalino. “Un picador exuberante de majeza y despiadado con los toros”, como lo describió el historiador taurino González Acebal. Además, ya se encargó él de dejar sellada su trayectoria profesional, cuando me dijo al despedirnos: “No te olvides de poner que yo fui un picador muy especial”.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          

domingo, 1 de septiembre de 2019

BUEN AMANECER PARA LA MUERTE; MAL ANOCHECER PARA EL TOREO.

Por Corinto y Oro*
Manolete, óleo de Rafael Pellicer. 
Museo Taurino de Córdoba.
Ni un instante, desde que la pronunció, he podido olvidar la frase del torero grande, grandioso; del torero eje de una época, un estilo y una norma; el torero símbolo, ejemplo, código y ley del pundonor profesional: "Los asuntos taurinos se resuelven en las plazas de toros y no detrás de las mesas de los despachos".
Y en la plaza de toros ha resuelto Manolete, no ya un asunto, no ya un pleito, no ya una discusión; ha resuelto y trazado para siempre una inquebrantable línea de conducta profesional y personalísima: entregar la vida a un toro, a la fiesta dramática y a las muchedumbres del viejo y nuevo continentes, que lo encumbraron como únicamente se encumbra a un dios del toreo, a una deidad que la fiesta brava creó para mantener enhiesto su estandarte de bizarría, belleza y tragedia. A pleno sol, rodeado de muchos miles de almas que conciliaban su idolatría con su exigencia en torno al ídolo, en una plaza provinciana no de gran capital, no de Maestranza, no de alto tono, no exornada con la presencia en racimo de destacadas personalidades; en fin, en un ruedo de segundo orden, en una población sin relumbrante historia taurómaca, en el que acaso tenía disculpa lo de "salir del paso", allí ha sucumbido Manolete, la montaña más alta del toreo contemporáneo. Y ha sucumbido para que la ética de la profesión de matador de toros tuviera en él su más sagrada defensa.
Manolete. Óleo de Diego Ramos
Se ha repetido la historia en la que en días aciagos para el toreo dieran con su cuerpo en tierra, para siempre, otros dos ídolos igualmente glorificados por la afición: Joselito y Sánchez Mejías. Los ruedos de Linares, Talavera y Manzanares han ofrecido a la fiesta de toros, en el transcurso de poco más de un cuarto de siglo, tres páginas de la más desgarradora emoción registradas en este siglo. Pepe-Illo, el Espartero y Manolo Granero, figuras cumbres también del grandioso espectáculo español, cayeron en un redondel cumbre como ellos, el de Madrid. Manolete, Gallito y Sánchez Mejías acaso exaltaron su propia grandeza, su grandeza máxima, dejándose matar en una plaza de escaso tronío, aunque de amor profundo al toreo, que siempre ha cultivado con calurosa afición.
Manolete. Cartel de Cros Estrems
El viejo cronista que firma esta crónica no figuró entre los trovadores ardorosos de Manolete, el torero grande y, señaladamente, el grandioso matador de toros, ya que si su estilo con el capote y la muleta se discutió, porque no era indiscutible —después de la riqueza de clase que dejó Juan Belmonte—, no podía dudarse de su pureza en la ejecución del volapié: derecho, despacio, con recreo en la arrancada, la muleta "muerta" en el hocico de la res, la mirada y el corazón fijos en el morrillo, la salida limpia por el costillar… El viejo crítico firmante no fue trovador de él, no figuró en su "cuartel general", no tuvo ningún contacto con el hombre, aunque admiró noblemente, y como el que más, al torero extraordinario, adalid y orgullo de esta época, y de imborrable recuerdo en lo que a la fiesta de toros le quede de vida. Manolete, en fin, ha muerto sin que yo haya tenido la satisfacción de estrechar su mano, esa mano que con tanto acierto y con tanta dignidad echaba a rodar los toros sin puntilla. Pero, en cambio, las mías se juntaron frenéticas muchas tardes para "certificar", desde mi modesto y anónimo sitio de muy alta fila del tendido en Madrid, el entusiasmo que me producía la conducta recia e indomable del matador de toros sin trampa que a Córdoba dio el honor que antes le dieran Lagartijo, Guerrita y Machaco
Un concilio de horror, estremecimiento y propaganda para el toreo, se abre paso a través de los millares de frases, elogios, crónicas y versos que la dolorosa tragedia taurina de Linares ha dado en catarata al mundo entero, porque Manolete estuvo siempre tan cerca de los millones como de la mortaja. Y, como secuela de esta propaganda de tragedia y belleza, de lágrimas y frenesí, las muchedumbres seguirán pidiendo sangre y entregando su dinero a torrentes a los arlequines de seda y oro que el ejemplo de Manolete deja en las plazas. Son sus ídolos; ellas los hacen, y como de ellas son, unas veces los ensalza y glorifica como a dioses y otras los vapuleada y estruja como a guiñapos.
Manolete. Dibujo de Pepe Sala 
Buen amanecer para la Muerte; mal anochecer para el Toreo. La Parca, con satánica burla, se ha puesto sobre sus esqueléticos hombros, en la plaza de Linares, el capote de paseo de Manolete, mientras al gladiador táurico lo ha metido en un sepulcro con brutal empellón. Y acaso no se conforme con esta fechoría, porque seguramente su trágica estampa y su voz seguirán ahora asomándose a los redondeles taurinos para que los áureos arlequines que quedan sobre la escena tiemblen ante las astas de los toros y pierdan "su sitio", caliente aún el recuerdo del drama, para que la virilidad de la fiesta se resquebraje y para que el toreo caiga en un estado de dolorosa postración y mortecina gravedad. 
También se enriquece, y ahora con ruido estrepitoso, la trágica leyenda de la divisa de Miura. Al entrar Manolete en la eternidad, un grupo de víctimas de la divisa verde y negra —verde y encarnada fuera de Madrid— habrá recibido a Manolo con las lágrimas y el dolor con que ellos se fueron. El Espartero, Pepete —abuelo de Manolo—, Llusio, Fabrilo, Dominguín —aquel ídolo del madrileño barrio de Lavapiés— y Faustino Posadas darán al glorioso torero cordobés, adalid del pundonor frente a la fiera, una luctuosa bienvenida. Como en la tragedia de Talavera, que tuvo por blanco y víctima al gigante Joselito, la fatalidad ha puesto a la bandera del toreo un nuevo crespón de luto, en cuyo lazo se escribirá, para no borrarse nunca, el nombre de Manuel Rodríguez (Manolete).
Manolete, óleo de Daniel Vázquez Díaz
Y, a todo esto, el viejo cronista taurino firmante de esta crónica, aún sin ostentar el título de amigo de Manolete, ni el de cantor de Manolete, ni siquiera el de conocido de Manolete, pero sí el de admirador de Manolete, profundo y leal, del tendido al ruedo exclusivamente, no ha podido reaccionar aún de la terrible impresión que recibió el viernes al conocer la noticia de que Manolete había sucumbido en la plaza de Linares, víctima de su deber, el deber de matar toros cara a cara. Tan profunda ha sido esta emoción, que hasta ahora mismo, al poner mi firma en la crónica, no se me había ocurrido pensar en el destrozo de corazón sufrido por esa madre, mártir de la Fatalidad.
CORINTO Y ORO
(Publicado en SEMANA, Madrid, 2 de septiembre de 1947)

*Con el seudónimo de CORINTO Y ORO firmaba sus crónicas Maximiliano Clavo de Santos. Arévalo (Ávila), 13/6/1879 - Madrid, 12/11/1955.

CAPOTE DE GRANA Y ORO, pasodoble de Quintero, León y Quiroga, interpretado por Juanita Reina