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lunes, 18 de agosto de 2025

«MANOLETE» EN EL CUADRO DE VÁZQUEZ DÍAZ

Por Daniel Vázquez Díaz

(Diario ABC: Madrid, 22 de Agosto de 1965) 

Manolete, en el retrato de Daniel Vázquez Díaz.

«Todas las tardes que toreó en Madrid le vi en condiciones excepcionales para un pintor, desde un asiento de burladero de la Diputación, gentileza de mi buen amigo don Antonio Almagro, entonces presidente de la Excelentísima Corporación. Pude ver perfectamente aquella sabias y escalofriantes faenas a tres o cuatro metros del objetivo de este cine en color que son mis ojos, en donde quedó grabada para siempre la imagen inmortal. Así fue naciendo la idea de pintar el retrato del genial torero. Era necesario ser presentado al diestro; decidido a empezar cuanto antes este retrato que ya tenía fijo en cuanto a la composición y movimiento de la figura, ceñido a un arabesco de luz y sombra, atendiendo principalmente a su valor expresivo. 

Un día del verano de 1944 fui presentado al torero por su apoderado Camará en su cuarto del Hotel Victoria, y al oír mi nombre un gran amigo suyo allí presente quiso hacer una nueva presentación, más documentada, y de más salero, obligándole a posar, impaciente de ver el Manolete que yo pintara.

El traje para el retrato quise que fuera tabaco y oro. Manolete no tenía entre sus muchos vestidos el color deseado, pero fue tan amable que enseguida ordenó al sastre un vestido de ese color, y cuando el traje estuvo terminado me telefoneó Manuel: “Ya tengo el traje tabaco y oro —me dijo— y esta tarde lo estreno en Madrid; venga a verlo”. Fui al hotel para verlo vestir, y pude hacer unas primeras líneas; otro día hice una cabeza, primera de todas que fueron realizándose en busca de la expresión. Me interesó de Manuel su elegancia y señorío, su caballerosidad, su silencio; y del torero, su impresionante psicología.

Empecé el retrato con más preocupación que otros; pensaba más que pintaba, hasta aquella mañana que entró mi esposa en el estudio con el retrato de Manolete en la primera página del ABC. “Daniel —dijo— ya no podrás seguir el retrato porque Manolete ha muerto”.

Terrible y dolorosa noticia… ¿Pero cómo ha sido esto posible?, y sobreponiéndome a la trágica impresión vi en el retrato de Manuel un resplandor y una sombra, un cambio total en la expresión y el movimiento de la cabeza. “Lo seguiré después de muerto”, dije estremecido; y un día tras otro fui añadiendo al retrato la tragedia, la mirada muy lejos…, la frente llena de presagios y el terrible presentimiento.

Mi buen amigo el doctor Tamames fue llamado a Linares con el doctor Jiménez Guinea; él mismo me contó la dolorosa escena de su llegada en la madrugada de la mañana trágica, las tres de la mañana, al Hospital Municipal de Linares, donde le habían llevado desde la enfermería de la Plaza de Toros.

Cuando Manolete exhaló su último suspiro, estaba el doctor Guinea a la derecha de su cama.

—Yo —dice el doctor Tamames—, a su izquierda. Le tomé el pulso y la tensión. Tenía una máxima de cuatro. Ya no había nada que hacer. Todo se derrumbaba minuto a minuto. Manolete se moría. Hicimos cuanto humanamente fue posible para salvar su vida, pero fallaba el corazón. Todo fue inútil. Manolete se acordaba de su madre; varias veces dijo: “Madre mía, cuánto estarás sufriendo”.

Ya casi en su agonía, pidió un pitillo; dio tres o cuatro chupadas al cigarro y lo tiró sin ganas; dirigiéndose a Jiménez Guinea, dijo: “Doctor, ya no veo”. Segundos después, y con mayor angustia: “Ya no siento la otra pierna”. Un minuto de silencio y Manuel, con esa voz ronca de los agonizantes, pero llena de energía, como si estuviera en la plaza, grito: “David, ¿dónde está David?”.

Inconsciente, porque la vida se le marchaba por segundos, continuaba en su cerebro la lidia del toro Islero, el toro negro que le llevó a su isla definitiva… “David, ¿dónde está David?”. Apenas se oyó la última palabra.

El año 1947, año de su muerte, sería el último que pensaba torear en España. Hubiera puesto fin a su vida torera el hombre que había enardecido con su arte a las masas como nadie lo hiciera. La envidia de otros se cebó en él y tal vez por esto él quería poner fin a su vida artística, tan llena de triunfos y tan llena también de tristezas y amarguras. “¿Cuándo vendrá octubre?, decía deseoso de que llegara la fecha de tan ansiado descanso. Y sin que nadie sospechara que la suerte se iba anticipar, ella le esperaba entre los olivos andaluces aquella tarde funesta del 28 de agosto y él, obediente a su destino, dejaría en las astas de Islero el tesoro de su arte incomparable y el último aliento de su vida.

Muere el genio, de la noche a la mañana, como en un sueño de pesadilla.

¡Ya están contentos los envidiosos!». 




miércoles, 29 de mayo de 2024

LOS DONANTES DE SANGRE DE «MANOLETE»

Por Antonio Luis Aguilera

 

«Manolete» entrando a matar a «Islero». Foto Francisco Cano.
Cortesía de la revista «Aplausos»

Al conmemorarse este año el 200 aniversario de la fundación del Cuerpo Nacional de Policía, vamos a recordar un importante hecho donde fue protagonista uno de estos servidores públicos, que manifiesta el ejemplar altruismo y entrega de sus agentes a la ciudadanía. Ocurrió en Linares la tarde del 28 de agosto de 1947, antesala de la larga y agónica madrugada del inolvidable torero Manuel Rodríguez «Manolete», donde sabemos que no faltaron protagonistas que manejaron con mano de hierro la dramática situación, esa que luego contaron a su antojo, después de haber controlado el duelo con un desprecio y frialdad inhumanos, lo que no merecía el hombre que agonizaba desconociendo que en una habitación cercana a la suya habían escondido a «Lupe Sino», su pareja de hecho, la mujer que amaba, con la que convivía desde 1943, a la que no dejaron entrar para acompañarlo en sus últimas horas. Como hemos escrito otras ocasiones, el toro Islero pasaba por allí, y arrebatándole la vida cargó con muchas culpas inconfesables de lo que era una muerte anunciada.

Pero desde que Islero y «Manolete» se encontraron a muerte en la última suerte suprema del formidable estoqueador cordobés, hubo otros personajes menos conocidos y llenos de humanidad, que sin afán de protagonismo ni ánimo de pasar a la historia con ninguna etiqueta afectiva, en todo momento estuvieron dispuestos a colaborar en lo que fuera necesario para recuperar al torero, a quien al caer aquella tarde de corrida se le escapaba la vida por la tremenda hemorragia que le produjo la cornada del toro número 21, negro entrepelado y bragado de Miura. Fueron sus donantes de sangre.

Juan Sánchez Calle. Foto Cano

El primero fue Juan Sánchez Calle, cabo de la Policía, que conocía al matador de toros desde que juntos sirvieron como artilleros en el destacamento de El Carpio (Córdoba), y que antes del paseíllo se fotografió con el torero en la puerta de cuadrillas. Después vio la corrida desde el callejón y en tan privilegiado como cercano lugar pudo observar la cornada a pocos metros de donde el torero se perfiló para entrar a matar. Tras el percance acudió con el herido a la enfermería, donde los médicos pidieron inminentemente sangre al ver la hemorragia. Juan Sánchez se ofreció y fue elegido. Despojándose de la guerrera y remangándose la camisa, ocupó una silla junto a la mesa de operaciones para que los médicos practicaran,  de su brazo al del torero, la primera transfusión. 

Al llegar la noche, trasladado el herido al Hospital de los Marqueses de Linares, la severa debilidad obligaba a volver a operar y transfundir nuevamente. En esta ocasión, el segundo y último donante elegido fue el matador de toros de La Carolina (Jaén) Pablo Sabio González «Parrao», que a mediodía en el Hotel Cervantes había conversado con su compañero sobre la maravillosa experiencia vivida en México, el país cuya afición adoraba a «Manolete» tanto como el torero amaba a esa nación, a la que llevaba en el alma por el cariño y la admiración tan grande que su afición le hizo sentir. En principio «Parrao» pensaba que su sangre no sería útil, pero analizada por la farmacéutica de Linares y transfusora doña María Luisa López Jiménez, se comprobó que era del grupo universal, la idónea para auxiliar a su compañero. 

Así lo recordaba Pablo González en el libro «Vida y tragedia de Manolete», escrito por Filiberto Mira y publicado en 1984 por la revista «Aplausos»: 

Pablo González «Parrao» junto al cadáver de «Manolete».
Foto Francisco Cano. Cortesía de la revista «Aplausos»

—«Pasé al quirófano donde estaban operándole. Me sacaron los primeros 350 centímetros cúbicos de sangre, y vi perfectamente lo bien que reaccionó «Manolete» cuando se los pusieron. Serían las diez y pico de la noche, y lo seguían operando. Después hice otras dos donaciones. Fueron tres en total y todas en el hospital. 

Me pusieron en una habitación, junto a la de «Manolete». Me dieron ponche con yemas bebidas. Vendaron a Manolo y lo pusieron en una habitación; que como digo estaba junto a la que yo ocupaba.

Había pasado una hora después de esa primera transfusión; cuando me volvieron a sacar otros 350 c.c. de sangre. Yo vi cómo se la pusieron a «Manolete»; que conmigo no habló. Volví a darme cuenta que mi sangre le reanimaba.

Un par de horas después -ya de madrugada- por tercera vez me extrajeron 350 c.c. de sangre. Esta tercera no se la vi poner a «Manolete». Entré en su cuarto, y noté que quiso decirme algo, estaba muy débil. Me miró de una forma especial, como queriéndome dar las gracias». 

La farmacéutica doña María Luisa López Jiménez sujeta
el instrumento que sirvió para hacer las transfusiones.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la revista «Aplausos»

En declaraciones para el libro citado, la farmacéutica doña María Luisa López Jiménez afirmaba: «Preparé tres transfusiones para «Manolete». Se le aplicaron un total de 1.750 c.c. entre sangre y compuestos. Toda la sangre que preparada por mí y se le puso a «Manolete» en el hospital fue universal y la donó «Parrao». Personalmente, fue al único que se la extraje. «Parrao» estuvo hecho un héroe. Ya que dijo que no le importaba quedarse sin sangre con tal de salvar la vida de «Manolete».

El desenlace de aquel drama resulta conocido por los aficionados. En la bochornosa madrugada de las postrimerías de agosto los doctores don Fernando Garrido Arboleda, don Julio Corzo López y don Manuel Tamames mostraron su disconformidad con el criterio mantenido por don Luis Jiménez Guinea, partidario de una nueva transfusión. Le argumentaron que en la operación hospitalaria al torero tuvieron que suspender la segunda transfusión por dolor en los riñones, lo que consideraban signo de rechazo. Pero el cirujano llegado expresamente desde Madrid la consideró idónea y ordenó una nueva transfusión al herido, que este volvió a rechazar momentos antes de su muerte. La polémica de la última transfusión continúa a pesar de los años transcurridos.

La última sonrisa de «Manolete» obligado a
saludar por el público de Linares tras el paseíllo
la tarde del 28-8-1947. Foto Francisco Cano.

Sin embargo, el propósito de estas líneas es recordar y homenajear el altruismo de los dos donantes de sangre que tuvo el torero cordobés Manuel Rodríguez Sánchez, cuyos nombres suelen ignorarse en muchos de los reportajes escritos y documentales grabados sobre la fatídica tarde-noche de Linares. Por eso queremos recordar a esos personajes tan humanos que fueron el cabo de la Policía Juan Sánchez Calle y el matador de toros Pablo S. González «Parrao», que generosamente, ofreciendo su propia sangre, hicieron todo lo que estuvo en sus manos por salvar la vida de «Manolete».