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lunes, 11 de abril de 2022

SUERTE Y ENHORABUENA

 Por Antonio Luis Aguilera 

Emilio de Justo volteado al entrar a matar. Foto Plaza1

Como los funambulistas realizan ejercicios de riesgo sobre la cuerda floja o el alambre, los toreros expresan su arte pisando el imperceptible hilo que separa la vida de la muerte, echando la moneda al aire donde unas veces sale cara y otras cruz. La distancia que media entre la gloria y la tragedia es muy corta, en un instante puede desvanecerse la suerte y el matador caer deshecho en la arena. Todas las tardes y en todas las plazas, a los buenos aficionados no se les escapa como los hombres que intervienen en la corrida se desean «suerte» antes de liarse el capotillo de paseo; también, como se dan la «enhorabuena», independientemente del resultado de la tarde, antes de abandonar el palenque por su propio pie, como signos del enorme respeto que le tienen al toro y a la profesión. 

El torero cae de cabeza en la arena. Foto Plaza1

El domingo Emilio de Justo se encerraba en solitario con seis toros en la plaza de Madrid. Con una excelente entrada, que rozó el lleno, el espada extremeño cruzó la distancia que separa la puerta de cuadrillas del palco presidencial para jugarse la vida. Roto el desfile, el público le obligó a saludar con una gran ovación. Era la forma de reconocer su gesto y animarlo en la complicada tarea de enfrentarse a media docena de toros. Sin embargo, la tarde se rompió al echar la primera moneda al aire, pues salió cruz al estoquear el temperamental cárdeno que abrió plaza, que lo derribó y cayó de bruces sobre la arena, donde lo buscó para golpearlo violentamente en el cuello y el cráneo con la pala del pitón. Afortunadamente los banderilleros alejaron el peligro mientras, a duras penas y con ayuda de las asistencias, el matador se retiraba hasta las tablas con visibles gestos de dolor en el cuello.

Y queda a a merced del toro, que busca a su presa. Foto Plaza1

Todo el mundo sabía que Emilio de Justo había concluido la tarde de su gran apuesta en el primer episodio. Pasó a la enfermería y Álvaro de la Calle, el primer sobresaliente, se hizo cargo con dignidad y oficio de los cinco toros restantes. La tarde se tornó plomiza, y la gran expectación levantada por presenciar la lidia del matador anunciado en su encerrona con ejemplares de seis ganaderías, de pronto cristalizaba en el respetuoso apoyo al humilde rol del compañero, que tenía ante sí la difícil papeleta de despachar cinco toros de la manera más digna y profesional posible. Como así fue. Mientras, a través de los comentarios de la televisión —el canal Movistar toros emitía la función—, el público en la plaza y los aficionados en sus hogares conocían la gravedad del percance, confirmada cuando las pruebas radiológicas revelaban una fractura cervical en las vértebras C1 y C2, así como una fisura en la base del cráneo.

Emilio de Justo torea al natural. Foto Plaza1

Queda un largo y esperanzador camino para la recuperación de Emilio de Justo, que con seguridad agradecerá la suerte que ha tenido por seguir moviendo sus extremidades, sin que las graves lesiones sufridas hayan causado daños medulares. Será penoso el tiempo de rehabilitación, reposo o posible intervención quirúrgica, pero los médicos especialistas son optimistas en las primeras valoraciones. Deseamos una total recuperación al espada que el domingo salió a jugarse la vida, como lo hacen todos los toreros cada tarde de corrida, a pesar de ser mal vistos e ignorados por la Administración que preside el gobierno, y por una sociedad enferma, que desconoce el respeto a la historia, cultura y tradición del pueblo español. Por fortuna, tanto la suerte como la enhorabuena, esas dos palabras que pronuncian respetuosamente los toreros para saludarse y despedirse antes y después de la corrida, han estado junto a Emilio en estos penosos momentos. ¡Suerte, maestro! ¡Que pronto podamos verle en los ruedos!

domingo, 23 de enero de 2022

OTRA VEZ JOSÉ Y JUAN

Por Antonio Luis Aguilera

Morante. Óleo de Diego Ramos

Casi un siglo después la historia reescribe en los carteles los nombres de dos toreros míticos de Sevilla: José y Juan. José no es de Gelves, sino de la Puebla del Río, y Juan no nació en Sevilla, sino en Triana. Morante luce los galones de un cuarto de siglo en el oficio; Ortega solo ha completado una temporada en las ferias, pues hasta la inolvidable epifanía de Linares fue ignorado por el «sistema» que ahora lo protege, al que no importaba que se marchara aburrido tras seis años de admirable e incansable lucha desde la alternativa.

José Antonio Morante Camacho y Juan Ortega Pardo están actualmente en el punto de mira de una afición selecta que busca el buen toreo. Son la pareja deseada para las grandes ferias y para cualquier acontecimiento importante de la temporada, la que otorga lustre al cartel y motiva al espectador para acudir pronto a las taquillas y comprar un boleto de esperanza, de los que invitan a soñar que salga premiado, para después guardarlo en las páginas de un libro y al encontrarlo poder recordar el delicado perfume de ese toreo singular, que por belleza y emoción eriza el vello y seca la garganta, cuando en el ruedo se manifiesta la magia de un instante único e irrepetible, de un calambrazo sensorial colectivo que provoca la estruendosa manifestación de jubilo en el público, que al liberar su ole coral quebranta el inquieto silbido de los vencejos en la hora de su vuelo rasante.

Juan Ortega, Foto Rafael Villar

Y como en el siglo anterior no solo hay dos, sino tres o cuatro para completar la terna o combinarla con los espadas que la afición selecciona por la clase de su toreo, por su concepto, por su línea de elegancia, como la que antaño encarnaba Rodolfo Gaona, o mostraba la fantasía de Rafael el Gallo, y un poco después, revelaba la gracia sevillana recreada en la faena nueva que alumbró el no menos grande Manuel Jiménez «Chicuelo». Ahí están hoy Diego Urdiales, Pablo Aguado, Emilio de Justo, Ginés Marín

La pandemia ha inclinado la sensibilidad del espectador —y lo que es más importante: de la juventud— hacia el toreo clásico, hacia la expresión personal del arte que fluye de la forma más natural, hacia el trazo sentido de la suerte manifestada con la sencillez del suave pulso en las telas, que llevan y traen al toro mecidas con la delicada y tremenda fuerza del temple que acaricia, atempera y crea obras efímeras en lances o pases, versificando en el albero trasteos y faenas que emocionan como los más bellos y profundos poemas. ¿Quién dice que el toreo se acaba…? Otra vez José y Juan, con Diego, Pablo, Emilio o GinésY con todos los que saben y quieren torear con la verdad por delante, con todos los que quieran sumarse para seguir alimentando la ilusión del público engrandeciendo el toreo, ese arte flexible capaz de acoger la diversa expresión de acentos interpretados con autenticidad, sin tamizar con las técnicas ventajistas que los adulteran. Como enseñaba el gran pensador del toreo José Alameda: «El toreo no es graciosa huida, sino apasionada entrega». Alborea una temporada con un horizonte lleno de ilusión, de anhelos por contemplar la singularidad de esos privilegiados por su forma de hacer y expresar un arte único e irrepetible: el toreo. 

jueves, 7 de octubre de 2021

JUAN ORTEGA, A CÁMARA LENTA

Por Barquerito

«Juan Ortega, el garbo grave del buen toreo». Foto Plaza1

Antes de asomar el sexto cobró cuerpo un palmeo por bulerías, que iba por Juan Ortega. Tardó en fijarse el toro, nunca llegó a hacerlo del todo y hasta terminó buscando tablas y a su aire. Pero no paró de moverse y de venirse franco cuando tomó engaño. Con ese toro tan distinto a los cinco jugados por delante Juan Ortega improvisó una faena de puro garbo, el garbo grave del buen toreo. Un toreo de una despaciosidad insuperable, la propia del tenido por toreo de compás. Lo hubo por las dos manos, en el medio perfil, tan distinguido, y hasta de frente. La sucesión fue caprichosa, ajena a los patrones preestablecidos. Molinete de apertura ligado con el de pecho a pies juntos, y el de pecho con el natural y este con el remate en recorte. Golpes de sorpresa, uno tras otro. Posado en todas las bazas el toreo sevillano, ni relamido ni envarado, pura melodía. Pero fue faena sin espada. 

«Posado en todas las bazas del toreo sevillano, ni relamido ni envarado, pura melodía». Foto Plaza1

Madrid, 2 de octubre de 2021 (COLPISA, Barquerito). Plaza de Las Ventas. 5ª del abono de otoño. Veranillo. 12.000 almas. No hay billetes. Aforo reducido. Dos horas y veinte minutos de función. Cuatro toros -1º,3º,5º y 6º- de Domingo Hernández (Concha Hernández) y dos -2º y 4º- de Garcigrande (Justo Hernández). El Juli, una oreja y silencio. Emilio de Justo, silencio tras un aviso y dos orejas. A hombros. Juan Ortega, silencio y saludos tras aviso.

lunes, 24 de mayo de 2021

NO PODRÁN DETENER LA PRIMAVERA

Por Antonio Luis Aguilera

Juan Ortega en Las Ventas

Pocas corridas de la madrileña feria de Vista Alegre han tenido buena respuesta de público. A la empresa corresponde averiguar las causas de la fría acogida de su programa, pero el San Isidro que nació con intención de tumbar en la lona a los gestores de la monumental de Las Ventas, se ha dado sin colas ni reventas, y los llenos que podían esperarse con el aforo reducido solo se dieron en alguno de los festejos de figuras.

Afortunadamente las vacunas están dando luz al oscuro túnel del Covid. Pero mientras las plazas abren sus puertas, la primera del mundo permanece cerrada como lo estuvo en abril la de Sevilla, esa preciosa joya que anunció carteles de farol a principios de primavera —pues de farol era imponer aforos a la Junta de Andalucía—, y que de momento solo está para ser fotografiada desde ambas orillas del río. No obstante, además de la pésima gestión de los que cortan el bacalao en el sindicato de empresarios, nos queda la esencia del toreo. El toreo por el que lucha gente de todos los colectivos dispuesta a dar lo mejor de sí misma.

Ahí están empresarios como José María Garzón y Alberto García, navegando en un mar de dificultades controlado por viejos bucaneros, que no solo han puesto en marcha esta temporada, sino que también lo hicieron el año pasado. Ganaderos que han resistido a la tragedia y la ruina de enviar camadas bravas al matadero. Picadores, banderilleros y mozos de espadas, que de la noche a la mañana se veían sin sustento para sus familias, porque el gobierno de la nación denegaba las ayudas económicas por el Covid al toreo. Y por supuesto la televisión, Canal Toros Movistar, que ha estado y sigue estando con el toreo, alimentando la llama con su programación para que llegue a todos los aficionados.

Pablo Aguado en Vistalegre. Foto Cultoro

A pesar de todo, la primavera del toreo ha vuelto a florecer exuberante, gracias a un maravilloso elenco de toreros, capaces de aficionar a la gente joven y llevarla a las plazas, que reciben con alegría a esas nuevas generaciones que se acercan al toreo. Los nombres de Emilio de Justo, Juan Ortega, Pablo Aguado o Ginés Marín, se suman a los de Morante, El Juli, Roca Rey, José María Manzanares, Diego Urdiales, Paco Ureña y otros más, para ofrecer un selecto catálogo de torería que promete emoción por la expresión de un arte singular, con sello propio.

Una nueva primavera con molestas mascarillas y aforos reducidos, donde se está toreando primorosamente de capa, con una despaciosidad desconocida, a toros con más de cinco años cumplidos —a mayor edad, mayor sentido— para que la afición pueda degustar excelsos lances a la verónica, algunos de tan añeja torería que parecen escapados de las viejas fotografías que explican la historia. Una primavera de verónicas en flor interpretadas con ritmo y acento personal, tan magistral como el de los grandes que dejaron su huella en el toreo. Una primavera de aterciopelado manejo de la muleta, conducida por muñecas de seda y clavando las zapatillas en la línea roja de la que habla Paco Ojeda, donde un trozo de tela sujeto a un palo es guiado con las yemas de los dedos para inmortalizar el toreo intemporal de Juan Ortega, cuyo arte versificado en estrofas pide poetas que le canten.

Juan Ortega en Vistalegre. Foto Mundotoro

Sin estar libres de la pandemia empezamos a ver la luz gracias a empresarios como José María Garzón y Alberto García, a quienes han seguido los hermanos García Jiménez. El toreo no puede estar paralizado por el inmovilismo de los miembros del selecto club, incapaces de ponerse a trabajar, necesita poner en marcha la locomotora de su actividad para remolcar a todos los estamentos. Llegará el día que algunos rendirán cuentas de su nefasta gestión. Mientras tanto ha de cundir el ejemplo de los nuevos, de los que han llegado con ganas de atraer a la juventud y llevarla a las plazas, como ha sucedido en la plaza de Córdoba, ofreciéndole abonos baratos y carteles de expectación. En el toreo no deben renovarse solo los escalafones de espadas y ganaderías, sino también el de empresarios que no han sabido estar a la altura en las terribles circunstancias que han tocado vivir.

Por fortuna, cuando la oscura noche parecía impedir la luz del día, la grandeza del toreo ha vuelto a florecer recordando los versos de Pablo Neruda: «Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera».