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sábado, 14 de diciembre de 2024

REEDICIÓN DE DOS GRANDES LIBROS TAURINOS

Por Antonio Luis Aguilera

 

La editorial sevillana y cordobesa El Paseíllo ha reeditado dos grandes libros taurinos: «Historia del toreo de Néstor Luján, y «Los heterodoxos del toreo», de José Alameda. Además, según informan sus responsables, tienen el proyecto de perseverar esta política empresarial para rescatar otra obra de culto de José Alameda, «El hilo del toreo», agotada desde hace años y que ha alcanzado altos precios en el mercado de segunda mano, lo que evidencia el interés que levanta en muchos aficionados que anhelan conseguir este libro magistral, para conocer de primera mano el extraordinario relato que traza el escritor madrileño exiliado en México, un erudito que supo explicar como nadie el curso del arte de Cúchares, en su sinuoso y apasionante recorrido hacia el toreo moderno.   

Néstor Luján (Mataró 1922-Barcelona 1995) estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, fue crítico de toros en la revista Destino y conocido por sus libros de Historia y Gastronomía, además de haber publicado varias novelas. En 1954 apareció su “Historia del toreo”, excelente obra con ameno y sutil relato, donde el escritor catalán inicia su explicación en las circunstancias sociales que en 1700 originaron el nacimiento del toreo a pie, así como su primera ordenación con diestros considerados primitivos, como los Palomo y los Rodríguez de Sevilla; José Cándido de Cádiz y los Romero de Ronda, estableciendo un discurso salpicado de anécdotas y hechos curiosos, que llega hasta la década de los sesenta del siglo XX, con Antonio OrdóñezEl Viti y El Cordobés. Este libro que ahora ve nuevamente la luz, fue editado por Ediciones Destino, y tal fue su aceptación entre los lectores que consiguió tres ediciones, la última en 1993. 


En cuanto a la segunda obra, hemos de comenzar afirmando que son muy pocos los escritores que han pensado y comprendido la historia del toreo como Carlos Fernández López Valdemoro -José o Pepe Alameda- (Madrid 1912-Ciudad de México 1990), que tras licenciarse en Derecho en Madrid, por razones políticas marchó exiliado al país azteca en 1939, donde por sus conocimientos y experiencia como aficionado práctico -llegó a tentar con Juan Belmonte- fue conocido como El Maestro. Allí desarrolló una excelente labor como crítico y escritor taurino en radio, prensa y televisión. En «Los heterodoxos del toreo» (1979), el autor dedica una cruda introducción, que rotula como “la olla podrida de la crítica”, para denunciar un fenómeno específico de España, el sector de la crítica “terrorista" que tanto influjo negativo tuvo no hace tantos años en nuestra nación.

 Alameda inicia su relato con esta certera reflexión: 

«Si no hubiera hombres capaces de jugarse la vida frente a un toro, no habría corridas ni, por consiguiente, crítica taurina.

¿Cómo se ha podido llegar a la monstruosa deformación de que un sinvergüenza provisto de una pluma viva de insultar a quienes, con su arrojo, le dan la posibilidad de existir “profesionalmente”?

Todo el respeto para el que respeta, todo el desprecio para quienes empiezan por no respetar a la fiesta de los toros…».

Seguidamente, el lector se adentrará en un ameno ensayo, donde el  autor explica con conocimiento de causa el papel que desempeñaron en la historia espadas considerados diferentes, y por tanto cuestionados, advirtiendo que «… al torero no hay que preguntarle, hay que verlo, sabiéndolo ver, sin dejarse engañar por la corriente del toreo, donde se marea el que mira si en vez de atraparla mentalmente permite que se lo lleve el río». En su estudio de los diestros considerados heterodoxos, el escritor madrileño invita a analizar las figuras de CúcharesEl EsparteroReverteEl GalloBelmonteCarmelo PérezLa SernaArruzaProcuna, y El Cordobés, concluyendo con una llamada donde subraya la importancia histórica de los grandes toreros ortodoxos, “como cimiento y cúpula de esa rara hazaña de tres siglos que se llama el arte de torear”. Dice así:

«A pesar de la literatura belmontista (que, de hecho, es contra Gallito), la figura de José emerge y se robustece cada día. A pesar de la literatura antimanoletista (esta sí, declarada), no se desdibuja el perfil de Manolete.

Ya que hemos juntado sus nombres, obsérvese la coincidencia: solamente cubrieron ocho temporadas cada uno. Gallito, del 12 al 20; Manolete, del 39 al 47. Meses más, meses menos, pues la temporada de la alternativa y de la muerte son en ambos incompletas. Corto tiempo para tan honda huella».

A la amplia oferta de Editorial El Paseíllo se añaden ahora estos dos excelentes libros taurinos, ideales para aquellos aficionados que anhelan profundizar su formación con los grandes autores de la historia del toreo. 

 

 

jueves, 23 de septiembre de 2021

LA PLAZA DE TOROS DE GIJÓN Y RAFAEL GUERRA «GUERRITA»

Por Rafael Sánchez González      

Plaza de toros de Gijón

Ana González, alcaldesa de Gijón, ha decidido de manera unilateral no prorrogar la contratación del arrendamiento de la plaza de toros de El Bibio, de propiedad municipal, y de esta forma poner punto final a la celebración de espectáculos taurinos en aquella ciudad. Según indicó, la decisión estaba tomada desde hacía tiempo, pero la gota que ha colmado el vaso ha sido el hecho de que dos de los toros lidiados en la última corrida de la pasada feria llevaban los nombres de Feminista y Nigeriano. Añadiendo, además, que una ciudad que cree en la integridad y la igualdad de hombres y mujeres no puede permitir este tipo de cosas, y que se han utilizado los toros para desplegar una ideología contraria a los derechos humanos. Asimismo, afirma que ella no prohíbe nada, “pero la plaza de toros será para conciertos”. A tal fin, cómo no, cuenta con el respaldo de Izquierda Unida y Podemos.

Con ser relevante, no es este precisamente el motivo fundamental que me induce a escribir estas líneas, aunque como aficionado a la Fiesta Nacional no deje de preocuparme. Voces vinculadas directamente con el entramado taurino ya han manifestado su repulsa ante tan arbitraria decisión por parte de la regidora del municipio gijonés, pero argumentar que con los nombres de los citados toros se insulta al mundo del feminismo y a las personas inmigrantes, me parece un pretexto bastante baladí para tomar tan tajante como injusta determinación.

Conviene recordar, no obstante, que según la jurisprudencia ninguna autoridad municipal o autonómica puede dejar de proteger una manifestación cultural legal mientras no se modifique la legislación en vigor. La Ley 18/2013 para la regulación de la Tauromaquia, configura a ésta como un patrimonio cultural “digno de protección en todo el territorio nacional”, estableciendo que todas las Administraciones Públicas tienen un “deber de protección y conservación, así como promover su enriquecimiento”. Y la Ley 10/2015, para la salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial establece que los poderes públicos deben ejercer en sus respectivos ámbitos de competencia, una acción de defensa sobre los bienes que integran el patrimonio cultural inmaterial, entre los cuales se encuentra la Tauromaquia. Dicho esto, vayamos al tema que motiva este artículo. 

Cartel de la corrida de inauguración de la plaza de Gijón

Al cumplirse el ochenta aniversario del fallecimiento de Rafael Guerra Bejarano, Guerrita (21/2/1941), bueno será recordar que la plaza de toros de El Bibio de Gijón, centro de la polémica suscitada por la susodicha alcaldesa, fue la primera de las cinco que a lo largo de su trayectoria profesional inauguró el diestro de Córdoba. Las cuatro restantes fueron: Zamora (22/6/1889), con Ángel Pastor y ganado de Juan Sánchez, de Carreros. Valladolid (20/9/1890), alternando con Rafael Molina, Lagartijo y Manuel García, Espartero, ante toros de Saltillo. Y las dos últimas en 1894, actuando como único espada en Mataró (27/7), frente a reses de Cámara; y Jerez (2/8), lidiando un encierro de Villamarta, mano a mano con Francisco Bonal, Bonarillo.

Aunque los primeros antecedentes taurinos de Gijón se remontan a 1660, año en el que la Corporación Municipal acordó que con motivo de la festividad del Santo de la Villa se celebrase un festejo de toros, que tuvo por escenario la plaza que después tomaría el nombre de la Soledad, bien puede decirse que fue a partir de la construcción del coso de El Bibio cuando los espectáculos taurinos adquirieron relevancia para los gijoneses. Quede constancia también del circo taurómaco de madera que en 1862 se improvisó en el Parque de Begoña, en cuyo ruedo actuaron los célebres espadas Antonio Sánchez, Tato y Ángel López, Regatero.

Paseo de Begoña, donde se instaló una plaza de toros.

En 1887 un grupo de ciudadanos de la localidad, con Florencio Rodríguez a la cabeza, constituyeron una sociedad cuya finalidad era dotar a Gijón de una plaza de toros con carácter permanente en consonancia con las del resto de España, en terrenos del parque conocido por El Bibio junto a la carretera de Villaviciosa. Con proyecto del arquitecto Ignacio Velasco se encargó la construcción de la obra a los señores Goyanes y Casanova, levantándose un edificio de estilo neomudéjar con capacidad para diez mil espectadores, que en 1888 estrenaron los diestros Luis Mazzantini y Rafael Guerra, Guerrita con ocasión de las Fiestas de la Virgen de Begoña. Sucedía esto cuando Guerrita cumplía su primera temporada completa como matador de alternativa y ya era el espada que acaparaba la máxima atención entre los aficionados de finales del siglo XIX, hasta llegar a convertirse en uno de los toreros más importantes en toda la historia de la Tauromaquia.

Un siglo, por cierto, de ingrato recuerdo, que para colmo de males culminó con la pérdida de las colonias de ultramar, que sellaría el final de lo que había sido el poderoso imperio español. Al comenzar la regencia de la reina María Cristina tras la muerte de Alfonso XII, Práxedes Mateo Sagasta y Antonio Cánovas del Castillo estaban al frente de los partidos liberal y conservador, respectivamente, quienes establecieron un turno de alternancia al frente del gobierno. Algo sumamente difícil en aquellos años, que, junto a los primeros del siguiente siglo significaron una grave crisis económica para el país. Hasta mediados de 1890 gobernó Sagasta, siguiéndole Cánovas hasta fines de 1892, y así venían sucediéndose cuando en agosto del 97 fue asesinado este último. Al margen de todos estos acontecimientos políticos, como queriéndose olvidar de la preocupante situación que se vivía, los españoles seguían entregados a los espectáculos taurinos. Su afición preferida.

Plaza de toros de El Bibio en el año 1888

Volviendo a la plaza de toros de Gijón, es fácil comprender que su inauguración constituyese un gran acontecimiento para la ciudad, que rebasando incluso el ámbito taurino se convirtió en un fenómeno social para los gijoneses. A tal fin, se confeccionaron lujosos programas editados en seda amarilla y rosa, en cuya cabecera aparecían orlados los retratos de los dos espadas actuantes y se detallaban los precios de las localidades (cuatro pesetas el tendido de sombra y tres el de sol), así como las pertinentes observaciones y los componentes de las cuadrillas. Con Guerrita figuraban los picadores Francisco Fuentes y Antonio Bejarano, Pegote, y como banderilleros su hermano Antonio, Miguel Almendro, Ricardo Verdute, Primito y Rafael Rodríguez, Mojino, anunciándose en funciones de puntillero Joaquín del Río, Alones.

Conviene aclarar que la primera intención de la empresa formada por los señores Goyanes, Canosa y Compañía fue contar con Lagartijo y Frascuelo, pero por coincidencia con la feria de San Sebastián no fue posible su contratación. Se pensó entonces en José Sánchez Cara-ancha y Guerrita junto con Fernando Gómez, Gallo como tercer espada, siendo al final Mazzantini quien acompañase al torero de Córdoba, al ser elegido por mayoritaria petición de personas influyentes de la ciudad.

Servicio de tranvías a la plaza de toros de Gijón

Desde primeras horas de la mañana se produjo un desconocido aluvión de forasteros. Los trenes del norte dejaban gran cantidad de aficionados de la capital y otros pueblos de la provincia, y por el ferrocarril económico de Langreo, por los vapores y diligencias de localidades cercanas y demás medios de locomoción llegaron multitud de gente para presenciar el acontecimiento, haciendo intransitable la calle Corrida desde horas antes de la anunciada para su comienzo. Sobraría decir que la plaza, que se llenó a rebosar, presentaba un maravilloso aspecto y la aristocracia gijonesa ocupó mayoritariamente las localidades de palcos, en cuyos antepechos destacaban distinguidas y elegantes damas de la sociedad. También la literatura dramática estaba bien representada por los aplaudidos autores Vital Aza y Miguel Ramos Carrión, y en lo referente a la prensa local cabe citar al director del periódico tradicionalista El Cabecilla, señor Grande y a J. Flores, redactor de El Correo, a los que hay que añadir varios enviados especiales de la prensa taurina.

Con respecto al resultado del festejo bien puede decirse que no respondió a la expectación creada, y no precisamente por culpa de los toreros, que pusieron todo su empeño en lograr el triunfo y la complacencia del público, pero los toros de José Orozco no estuvieron a la altura que correspondía al reconocido prestigio de la sevillana divisa encarnada, blanca y caña. Un encierro al que le faltó poder y sobró mansedumbre, por lo que varios ejemplares fueron protestados desde los tendidos, hasta colmar la paciencia de gran número de espectadores en el sexto, arrojándose al ruedo almohadillas, botellas, bastones y cuantos objetos tenían a mano, por negarse el presidente, señor Rodríguez Sarmiento, a ordenar que el manso fuese fogueado. Vaya en descargo del ganadero que los animales llegaron en muy malas condiciones después de cincuenta y seis días de viaje y solo descansaron veinticuatro horas en los corrales de la plaza. Por orden de salida llevaban los nombres de Morito, Boyero, Brujito, Lechugo, Boñigo y Bollullero.

Rafael Guerra Bejarano «Guerrita». Foto Montilla.

Mazzantini, que vestía de verde botella y oro, fue aplaudido en dos de sus oponentes, mostrándose algo precavido a la hora de entrar a matar, suerte en la que basaba la mayoría de sus triunfos. Referente a Guerrita, que lucía un terno azul y oro, tampoco pudo sellar con éxito el final de sus intervenciones, viéndosele toda la tarde muy activo como lidiador frente a un ganado que requería muchos conocimientos para solventar las dificultades que sacaron de principio a fin. Las mayores ovaciones se oyeron durante el tercio de banderillas del quinto, rivalizando los dos espadas tanto al clavar, como en sus adornos jugueteos con el toro, sobre todo cuando Guerrita le arrancó la divisa al salir de un vistoso y arriesgado quiebro. Su segundo fue muy castigado en varas, por lo que llegó medio muerto a la muleta. Y poco pudo hacer con el bicho que cerraba el festejo, un manso de carreta, que en manos de otro espada sin los conocimientos técnicos del diestro de Córdoba hubiera hecho casi imposible acabar con su vida.

Luis Mazzantini y Eguía

Como colofón a estas líneas, apuntaré que en aquella temporada de 1888 Rafael Guerra sumó 71 corridas de toros en plazas españolas, a las que hay que agregar 9 de las 12 que toreó en La Habana, siendo el primer espada cordobés que actuó en cosos de Hispanoamérica. Lagartijo desestimó la oferta en dos ocasiones alegando que eso me cae mu lejos del barrio. Barrio del viejo matadero de Córdoba en el que por aquellas fechas se hizo muy popular esta coplilla: Ni me peino ni me lavo / ni me asomo a la ventana / hasta que no vea venir / a Guerrita de La Habana. Y volvió con un importante resultado artístico y económico y una cornada en el cuello que le infirió Boticario, marcado con el hierro de Saltillo, percance que con el paso del tiempo resultaría ser el origen del cáncer facial causante de su muerte, aunque no falten historiadores apuntando que el epitelioma de cuello que generaría el fatal desenlace fue la herida que en dicha zona sufrió en Murcia por un astado de Solís, de nombre Bragadito, el 7 de septiembre de 1893. Fallecimiento en definitiva del que, como ha quedado anotado anteriormente, se ha cumplido este año el ochenta aniversario. 

domingo, 15 de agosto de 2021

LA GRAN TEMPORADA DE «GUERRITA» (I)

Por Rafael Sánchez González

Rafael Guerra Bejarano «Guerrita».
Óleo de Julio Romero de Torres

Mientras España curaba sus heridas por la pérdida de las colonias de ultramar, las plazas de toros eran los escenarios donde muchos españoles, olvidando la situación política por la que atravesaba el país, seguían entregándose a su afición favorita, los espectáculos taurinos, en cuyo entorno se reflejaba también ese ambiente de pesar, influenciado además por la retirada de los dos ídolos que durante más de cuatro lustros habían acaparado la máxima atención y dividido sus pasiones: Rafael Molina Lagartijo y Salvador Sánchez Frascuelo. Cuando esto sucedía, otro diestro ocupaba ya el liderazgo de manera absoluta, Rafael Guerra Guerrita, cuya trayectoria profesional transcurrió envuelta en una merecidísima aureola de auténtico magisterio. Desde su aparición formando parte de la Cuadrilla Juvenil Cordobesa que en 1875 formó Francisco Rodríguez Gómez Caniqui, destacado banderillero a quien un problema de visión le obligó a dejar la profesión, Llaverito, que así se le conocía entonces a Rafael (por ser hijo del conserje y por consiguiente tener las llaves del viejo Matadero de Córdoba), mostró unas cualidades excepcionales para la lidia, aptitudes que fueron progresando a medida que avanzaba su excepcional carrera, hasta que en 1899 decidió retirarse cuando era figura máxima e indiscutible de la Tauromaquia. Pero si toda su ejecutoria en los ruedos fue brillantísima, cabe significar que en 1894 cuajó su campaña más completa, que además se vio acompañada por acontecimientos de muy diversa índole. Fue, la gran temporada de Guerrita, a la que quiero dedicar la atención que por su relevancia merece.

El Barrio del Matadero de Córdoba, en el Campo de la Merced.

A modo de introducción, he de indicar que en 1891 el bando lagartijista, declarado abiertamente en contra de Guerrita, tomó partido por Manuel García el Espartero, quien a base de gran pundonor y un arrojo temerario cogió alas en el coso de la Villa y Corte, situación por la que Rafael decidió no ajustarse el siguiente año (1892) con el empresario de tan importante plaza, el famoso Bartolo (Bartolomé Muñoz), que tampoco pudo contar con Luis Mazzantini y José Sánchez Cara-ancha. En 1893, siguiendo la determinación tomada por Frascuelo y cansado por el peso de los años se retiró Lagartijo, que ya había firmado las paces en Córdoba con Guerrita (un problema del que sus respectivos seguidores fueron más culpables que los propios espadas), y cuando este último regresa ante el exigente público madrileño, aun sin decepcionar, tampoco puede decirse que alcanzara el alto nivel de años anteriores. Al empuje del Espartero vino a unirse con fuerza en la segunda parte del abono Antonio Reverte, otro diestro sevillano con el valor como base de sus triunfos y la misma atracción popular que su citado paisano, del barrio de La Alfalfa. Así estaban las cosas cuando Rafael encaró su importante campaña de 1894, que curiosamente comenzó con dos actuaciones los días 2 y 5 de marzo en la plaza Serra do Pillar de Oporto (Portugal), acompañado del rejoneador Duarte d´Oliveira.

La temporada madrileña se abrió el siguiente día 25, con ganado de Manuel Bañuelos para Espartero, Reverte y Guerrita, quien, vestido de verde y oro, se enfrentó a Picafuerte y Lagartijo (no sería el único astado con este nombre que matase a lo largo de su carrera), actuación que le sirvió para darse buena cuenta de que había que apretarse los machos, dado que soplaban vientos de Fronda. Pero no tardaría Rafael en poner las cosas en su lugar exacto. En la primera de abono, el domingo 1 de abril (suspendida por lluvia siete días antes), con los mismos compañeros de cartel y reses de Esteban Hernández, grandes y con poder, cuajó el diestro de Córdoba una de sus tardes más completas en este coso frente a Rebollo, un colorao de cuello rizao y grandes defensas, que derrochó mansedumbre desde que asomó por la puerta de chiqueros, y a Segoviano, ejemplar de bonita lámina, con el que se lucieron en quites los tres espadas y cuya muerte brindó a la francesa duquesa de Uzés, que le correspondió con un valioso alfiler, para realizar después una brillante faena a la que puso colofón con un soberbio volapié. El público, que se había mostrado con intencionada frialdad tras rematar a su primero, no tuvo más remedio que entregársele con una ovación general, que le acompañó cuando en su jardinera enfilaba la calle de Alcalá arriba para entrar en la del Turco camino de la fonda.

Guerrita en la plaza de Sevilla trasteando a Judio de Miura

Con el grato sabor de este triunfo llegó Rafael a Sevilla para participar en la Corrida del Corpus (15/4) y en las tres de su famosa Feria abrileña, anunciado con Espartero y Emilio Torres Bombita. Los toros pertenecían a las prestigiosas divisas de Adalid, Concha y Sierra, Ybarra y Miura, y el resultado general no pudo ser más exitoso para él. Con relación al segundo de estos festejos recojo estas líneas escritas por Don Ventura  en su obra Al hilo de las tablas: “Los dos diestros [Espartero y Guerrita] estuvieron superiores de verdad contendiendo con las reses de la Viuda, que así era cómo toreros y aficionados designaban a doña Celsa Fontfrede [Vda. de Concha y Sierra](…) Aquella noche de la corrida los vendedores de periódicos voceaban éstos, repitiendo machaconamente el bordoncillo de: con lo bien que han trabajado Espartero y Guerrita”. Y añade después dicho historiador: “la gente se agolpaba como para contemplar algo extraordinario, y quien producía aquel revuelo era el célebre diestro cordobés, el cual avanzaba por la angosta vía ataviado con arreglo al puro clasicismo torero: recogido sombrero calañés, chaquetilla de terciopelo granate, rico pantalón negro de talle, botas de charol con cartera de color claro, bastón, camisa bordada y deslumbradores brillantes. ¡Qué olor a torero se esparció por la calle de las Sierpes! Al llegar Guerrita frente al Círculo de Labradores se encontró con el crítico madrileño Don Clarencio, gran partidario suyo. ¿Cómo? ¿Usted por aquí? -dijo Rafael-. A ver a ustedes y que sea enhorabuena -replicó Don Clarencio-. Rafael hizo una breve pausa, giró la mirada por aquella multitud que le asediaba y le cerraba el paso, y añadió con firmeza: “¡Aquí soy el amo!”.

El domingo 22 volvió a Madrid, donde, después de varias suspensiones por lluvia y variaciones en el cartel, se celebró la segunda corrida de abono en la que, mano a mano con Reverte por reciente percance de Espartero en Sevilla, se enfrentaron a bichos de Juan Vázquez, con romana y bravura, que a punto estuvieron de dejar  en la ruina al señor Bonilla, encargado de la cuadra de caballos de esta plaza. Tercer paseíllo en la Corte y otra lección magistral de Guerrita, esta vez ante Farolero, con el que desempeñó una gran labor con la muleta y citó hasta cuatro veces en la suerte de recibir, que fueron otras tantas ovaciones. Según Paco Media Luna (El Toreo 23/4/1894): “Nada más bonito y artístico que aquellos pases naturales haciendo girar al toro en un palmo de terreno (…) No hay que consignar que toda la faena fue exornada con unánimes salvas de aplausos, repitiéndose al caer el bicho muerto”. Siete días después nueva actuación en el mismo escenario, acompañado de Cara-ancha, que resultó herido en una pierna al banderillear, y Antonio Fuentes, alternativado por Fernando el Gallo hacía siete meses, para lidiar un encierro de José Orozco remendado con un sobrero de Conradi, que pareció raquítico comparado con aquel ya citado de Vázquez y por añadidura no dio el juego apetecido.

Manuel García El Espartero

El 3 de mayo, festividad de la Ascensión, junto a Reverte y Fuentes se las vieron con astados de Miura, muy grandes, duros y poderosos, sobre todo el cuarto, con el que tuvieron que emplearse a fondo Pegote, Zurito y Beao, ordenando el diestro que abrieran las puertas para una vez en el callejón poderle quitar al toro la mitad del palo que Pegote había enterrado en el morrillo de Enanito, que así se llamaba el miureño. De vuelta a la arena, Rafael sacó a relucir una vez más sus dotes de gran lidiador ante el público madrileño. Y según narra El Toreo (4/5/1884): “se arranca a dos palmos de la cara de su enemigo, y al volapié deja una gran estocada. El toro queda como inmóvil frente al 10, Guerrita se sienta en el estribo. El bicho le mira. Saca el matador el pañuelo, se limpia con él, y vuelve a guardarle. El toro da una vuelta y vuelve a quedarse mirando a Guerrita, que continúa sentado. Y se acuesta a sus pies besándolos casi (…) Un espectador de la grada 9 gritaba: ¡ole por el Lagartijo y el Frascuelo, todo en una pieza! Conste que la ovación fue de las que hacen época, y de las que son espontáneas”. Añadir, que a su regreso a Córdoba fue recibido en la estación del ferrocarril por una banda de música y numerosas personas que le acompañaron entusiásticamente hasta su domicilio en Plaza de Capuchinos.

Cuatro paseíllos más realizó Rafael Guerra sobre el ruedo madrileño (los días 6, 13, 17 y 20 de mayo) y en todos mantuvo en alza su bien ganado cartel de figura cumbre del toreo, llegándose a leer en la prensa expresiones como: “ya no se puede llegar más alto que ha llegado Guerrita”, o bien: “hoy día es el único torero capaz de poner en las taquillas el ansiado cartelito de no quedan localidades”. Relacionado con el tercero de ellos se produjo un leve incidente del que se han contado diferentes versiones que, más o menos, vienen a redundar en el mismo resultado final. En el mañanero apartado de los toros, propuso Guerrita la conveniencia de dejar fuera uno que desentonaba del resto por su exagerada altura y descomunal cabeza, aún dentro de un encierro que ya era grande y cornalón. El mayoral cometió la torpeza de advertirle al diestro que no debía preocuparse dado que dicho ejemplar no venía para él (conviene recordar que entonces era el ganadero quién señalaba el orden de salida de las reses a lidiar en cada corrida). Como era de esperar, la respuesta del califa fue tan rápida como contundente. Imponiendo su jerarquía exigió enfrentarse a Cocinero, que así se llamaba aquel elefante con cuernos perteneciente al ganadero colmenareño de D. Félix Gómez, quien, por cierto, fallecería veinticuatro días después. Con la maestría que era de suponer, Cocinero fue lidiado en segundo lugar y al caer fulminado de certera estocada sonaron con fuerza las palmas para el torero. De la dureza que sacaron los bichos  es prueba exponente los 49 puyazos que recibieron, por 33 caídas y 18 caballos muertos.  

Picador antes del peto para proteger las cabalgaduras

Dos corridas de toros (25 y 26 de mayo) y una novillada conformaron en Córdoba la Feria de la Virgen de la Salud de aquel año, en las que Guerrita alternó con Mazzantini, y Espartero, frente a reses de Eduardo Ybarra y de Antonio Campos (oriundas de Barrionuevo) respectivamente. Por cierto, sería la última vez que el valiente espada sevillano abandonaría una plaza vestido de luces, dado que el día siguiente caía mortalmente herido por el toro Perdigón, de Miura, en el ruedo de la Villa y Corte. El paso por nuestra ciudad del vagón en el que viajaba el cadáver de Manuel García congregó en la estación a numerosos aficionados y por encargo expreso de Rafael Guerra, ausente al torear ese día en Granada, el clero de la parroquia de San Miguel acudió para rezar un solemne responso ante los restos mortales del desgraciado torero. Continuando con la Feria cordobesa, el tiempo desapacible, que quitó brillantez al  recinto ferial, no restó público en el desaparecido coso de Los Tejares, escenario de un triunfo más de Guerrita, que fue clamorosamente aplaudido por sus paisanos, con el mismo entusiasmo que despertó cuando en la noche del viernes 25 advirtieron su presencia en la lujosa tienda (caseta) del Círculo de Amistad, lugar al que para felicitarle acudió el alcalde de la ciudad, señor Aparicio Marin, acompañado del Director General de Establecimientos Penitenciarios, el cordobés D. Antonio Barroso Castillo, que disfrutaba de las jornadas festivas en compañía de familiares y amigos.

A su mencionada actuación en Granada, siguió la de Aranjuez, el miércoles 30, donde se dieron cita numerosos aficionados desplazados desde Madrid, y a continuación las de Antequera (31/5), Barcelona y Nimes (Francia), los días 3 y 10 de junio respectivamente, antes de regresar a la capital de España para participar  el 17 de junio en la tradicional Corrida de Beneficencia, con Mazzantini, Lagartijillo (en sustitución de Reverte), Fuentes (que sufrió una extensa herida en la región lumbar derecha) y  ganado de la Marquesa Vda. de Saltillo. Según El Bachiller González de Rivera en Sol y Sombra: “el segundo saltillo, de nombre Baratero, fue bravísimo, llegó a la muleta cortando terreno y Guerra, de tórtola y oro, le toreó de un modo magistral con diecisiete pases, en cada uno de los cuales obtuvo una ovación, que aumentó al matar con una estocada algo caída recibiendo. Al sexto, Zorrillo, lo toreó con suprema elegancia, matándolo de un magnífico volapié. La segunda ovación igualó a la primera”. El jueves 21 toreó en la lisboeta plaza de Campo Pequeño y el domingo 24 en la Real de El Puerto de Santa María, recintos taurómacos con la belleza arquitectónica y reconocida importancia que en la actualidad conserva y sigue disfrutando respectivamente uno y otro. 

Guerrita entra a matar a Cocinero, de don Félix Gómez

Entre las festividades de San Juan y San Pedro vuelve a Madrid el día 27, en tarde lluviosa que no repercutió en los tendidos pese a ser además jornada laborable, esta vez para entendérselas con ganado de Adalid en compañía de Antonio Fuentes y Ricardo Torres Bombita, que confirmaba la sevillana alternativa que el año anterior le había otorgado el Espartero (única que dio este diestro) en la Feria de San Miguel. Guerrita, que tuvo que descalzarse para poderse mover con cierta seguridad sobre el barrizal en que se había convertido el ruedo, estuvo valentísimo toda la tarde, sacando a relucir su incontestable magisterio taurino, sobre todo ante Gallarete, un buey con desarrolladas defensas que mostró mansedumbre desde su aparición por la puerta de chiqueros. Según la prensa, los antiguos núñezdeprado no dieron el juego esperado y ya no tenían la pujanza frente a los caballos de cuando los presentaba D. ª Teresa. Y con doble y triunfal participación en la feria burgalesa, los días 29 y 30, ponía punto final Rafael al mes de junio.

El domingo 1 de julio se cerraba la primera temporada del abono madrileño con un cartel de extraordinario interés. Nada menos que Guerrita como único espada con seis ejemplares de Joaquín Muruve, gesta que llevaría a cabo en veinte ocasiones a lo largo de su carrera. De la expectación que el festejo había despertado es señal inequívoca el comienzo de la crónica de Paco Media Luna en el semanario El Toreo: “El delirio, el disloque, el acabóse, el colmo, todo en una pieza (…) Los billetes para presenciar la corrida de ayer se han cotizado a precios fabulosos. Asientos que en el despacho valían de ordinario dos pesetas se han pagado a seis y ocho, sin andarse con requisitos, so pena de quedarse a la luna de Valencia. Y si esto ha ocurrido con los billetes de las andanadas frente a la sombra, ¿qué precios no habrán obtenido los billetes de preferencia? La calle de Sevilla toda la mañana de ayer estuvo convertida en una segunda edición de la Bolsa, con mucha más animación que la mejor sala de contrataciones, y cotizándose en alza continua el papel, según transcurría el tiempo. A las dos era ya difícil obtener un asiento en la mezquita, porque quedaban contados, y esos a precios fabulosos. (…) A las cinco, D. Manuel Cobos Canalejas, encargado de la presidencia, dio las órdenes de comenzar. Al poco presentábase el ejército capitaneado por el gran califa Rafael Guerra «Guerrita», vestido de verde y oro, que fue saludado por la asamblea con un aplauso general”. De su continuado elogio a la redonda actuación del torero de Córdoba, destaco estas líneas: “El sexto, como queda dicho, fue un buey. Pero como una de las grandes habilidades que tiene el Guerra es convertir a la hora de la muerte bueyes carreteros en toros boyantes, tomando al manso de cerca y tapándole siempre la salida, consiguió apoderarse de él y dar fin a la faena con la mejor estocada que se clavó en toda la tarde, cayendo el bicho sin necesidad de puntilla”. 

Guerrita y su tropa torera

Con lleno a rebosar en Castellón, el 8 de julio volvió a encerrarse en solitario con seis muruves a los que despachó de otras tantas estocadas y un pinchazo recibiendo. Así resumía su labor la reseña de Arte Taurino (15/7): “Con la muleta hizo todo lo que sabe, que no es poco. Dio pases acabadísimos, imposibles de describir con la perfección con que él los ejecuta”. Cuatro días después y precedido de toda la parafernalia que allí rodea a los festejos taurómacos, lidió en Lisboa reses nacionales de Palha, que dieron un excelente juego. En cambio, no sucedió igual con cinco de los seis morlacos que el domingo 15 se jugaron en Barcelona, marcados con los hierros de Benjumea, Miura y Mazzantini, que pasaportó junto con el Gallo y Don Luis, que en dicha función conjugaba protagonismo como ganadero y torero.

Cuatro corridas compusieron la valenciana Feria de Julio (todavía no se celebraba el ciclo fallero, que con el paso del tiempo alcanzaría mayor celebridad), de las que solamente él fue máximo protagonista de todas, figurando también en la programación Bombita, Mazzantini, el diestro local Julio Aparici Fabrilo y Rafael Bejarano Torerito en sustitución de Reverte que se encontraba herido. Lo más destacado corrió a cargo de Guerrita, lucido con los toros aceptables, que salieron pocos, y mostrándose dominador con los que mansearon, que fueron mayoría. Intercalando actuación entre estos festejos viajó a Mataró el día 27, para estrenar el único coso taurino levantado en la capital del Maresme, con capacidad para ocho mil espectadores, en una nueva encerrona, ahora frente seis cornúpetos de José María de la Cámara que averiguó con sobrada solvencia. 

Aplazado a fin de que pudiese intervenir Guerrita, con lleno rebosante, teniendo que desalojar la autoridad al público que había invadido el callejón antes de comenzar el espectáculo, el jueves 2 de agosto se inauguró la tercera plaza de toros levantada en Jerez de la Frontera (las dos anteriores desaparecieron pacto de las llamas). Ni los bichos del señor marqués de Villamarta, procedentes de Juan Vázquez, ni Francisco Bonal Bonarillo, antiguo competidor suyo en novilladas matritenses que en esta ocasión alteraba con él, aportaron nada digno de ser recordado en fecha tan señalada para la afición jerezana. Consignar, si acaso, que el picador Rafael Moreno Beao pasó a la enfermería con erosiones en la cara y luxación del brazo izquierdo. Los días 4 y 5 compartió aplausos con Antonio Fuentes en la localidad murciana de Cartagena frente a sendos encierros de Saltillo y Muruve. Y el lunes 6, desilusión en Alicante al estrellarse los deseos de agradar del califa, que una vez más se anunciaba como único espada, por culpa de las nulas condiciones que salvo en varas aportaron los muruves lidiados. 

Antonio Fuentes

Rafael proseguiría su triunfal campaña con una doble participación en la Feria de Málaga. El miércoles 8 para despachar en veinte minutos un encierro de Saltillo, que representó un triunfo más para Guerrita, éxito que se vio complementado el jueves con una gran actuación, de manera especial en el toro cuya muerte brindó a su maestro y antiguo jefe Rafael Molina Lagartijo, invitado de honor en el palco de la Diputación. Extraordinaria faena, a la que Barabino ponía colofón en su reseña (El Toreo 13/8), con estas líneas: “En el quinto desarrolló arte, elegancia y maestría, entusiasmando al público de tal modo que hasta las presidentas aplaudían. Mató al bicho de una estocada muy buena, después de rascarle el testuz, llevándoselo luego a las tablas, donde se sentó, sacó el estoque y le remató con la puntilla. Ovación, oreja y música por las tres bandas que asistían a la corrida”. Testigos de excepción Mazzantini y Bombita, que completaban cartel con reses de Orozco.

Rafael Guerra en sus inicios

Tras un breve descanso a su paso por Córdoba, Rafael Guerra emprendió viaje para acometer las dos citas taurinas más importantes del norte como son los ciclos feriales de San Sebastián y Bilbao, en los que ya en aquellos años se daban cita miles de aficionados llegados de Francia. Comenzó en la desaparecida plaza guipuzcoana de Atocha (primera en España que en agosto de 1886 y bajo el reclamo de Toros de Noche anunció un festejo taurino nocturno), donde, vestido de corinto y oro, lidió ganado navarro del conde de Espoz y Mina (dueño ya en solitario de los antiguos carriquiris), junto con Luis Mazzantini, que aun habiendo nacido en Italia siempre se consideró un torero de esa tierra. Tres días después (15/8) repetirían actuación, esta vez frente a toros de la Sra. Vda. de López Navarro que colaboraron al triunfo de ambos espadas, sobresaliendo el alcanzado por el cordobés ante Donoso, del que le concedieron una oreja. Según la prensa: “Los trenes para Francia salen atestados de gente, y al partir de la estación, los franceses gritan con entusiasmo ¡viva España! ¡Viva Guerrita!”.  Quizás por no tener mucho de qué escribir en temporada estival, periódicos como El Tiempo y El Liberal se ocuparon de la comida ofrecida a Rafael Guerra a bordo del Conde de Venadito, intentando comprometer con ello a significativas personas relacionadas con el Ministerio de Marina, al punto de tener que enviar el torero una carta aclaratoria al respecto que fue publicada en el primero de los rotativos citados. 

En cuanto a Bilbao, tomó parte en las cuatro corridas programadas del 19 al 22 de agosto, abriendo actuación mano a mano con Mazzantini y ganado de Muruve al que le sobró mansedumbre. En los dos siguientes festejos alternaron ambos junto al sevillano Antonio Reverte, corriéndose la primera tarde reses de Veragua, con romana y desarrolladas defensas, que dieron un juego bastante aceptable, en tanto que en la siguiente los pupilos de Saltillo demostraron enorme poder y sacaron mucho que lidiar, mandando a la enfermería a los dos compañeros de Guerrita, motivo por el que Reverte no pudo torear el último día y Mazzantini anduvo muy mermado de facultades, cargando el califa con todo el peso de la lidia, en la que colaboró muy eficazmente y compartió palmas con él, haciendo gala de su reconocida solvencia, ese portento de la brega llamado Juan Molina, que todavía figuraba en la cuadrilla de Mazzantini para pasar el siguiente año a las órdenes del Guerra, quien a fin de cuentas sería el triunfador absoluto de la feria. Por compromiso con el empresario, su amigo José Arana, volvió de nuevo a San Sebastián el domingo 26, para estoquear saltillos en compañía de Emilio Torres Bombita, que fueron de Zalduendo el día 28 en Dax (Francia), y de González Nandín el 3 de septiembre en Valdepeñas.

ACCESO A LA SEGUNDA PARTE

viernes, 20 de diciembre de 2019

LOS PRECURSORES DEL BELMONTISMO

Por Antonio Luis Aguilera

Juan Belmonte. Óleo de Vázquez Díaz




La tarde que mataron
al Espartero,
Belmonte, que era un niño,
se quedó quieto.
Tan quieto, que el torero
que en él había,
cuando veía un toro
no se movía.
                                                   
José Bergamín


Lejos de caer en el olvido, la conmoción que produjo en el toreo Juan Belmonte (1892-1962) continúa apasionando a quienes profundizan en la historia tratando de comprender sus episodios y las claves de su evolución. Al espada nacido en la calle Ancha de la Feria de Sevilla, pero considerado trianero, porque en Triana vivió su infancia y comenzó a jugar al toro, se le colgaron demasiadas etiquetas por sus panegiristas, quienes emprendieron una carrera literaria tratando de consagrarlo como el orto y el ocaso del toreo. Pero esa intensa lluvia de tinta y papel, aunque pudiera crear una cortina que distorsionara lo que Belmonte realmente fue, nunca pudo velar ni silenciar el escalofrío que permanecía grabado en la Tauromaquia, por la llegada de un torero que sorprendió por la pureza de su concepto al manifestar un temple portentoso, capaz de trazar una nueva geometría taurómaca, que fue calificada de imposible en sus albores. Ciertamente, Juan llegó al toreo sin formación técnica, a merced de los toros, que le cogían con frecuencia —de ahí la sentencia del Guerra recomendando prisa a quienes quisieran verlo—, pero con un halo de misterio y un acento personal cuya expresión enardeció al público de su tiempo, y ahora, tantos años después, continúa arrebatando por su impresionante magnetismo a quienes respetuosamente tratan de analizar y profundizar su figura.

Su mozo de espadas y Calderón sacan a un joven Belmonte de la cara del  novillo.
Juan Belmonte tuvo un aprendizaje duro y peligroso, sorteando la propia existencia a la luz de la luna en las dehesas de Tablada o localidades cercanas a Sevilla, donde furtivamente apartaba reses bravas con los amigos de su pandilla, para examinar bajo el rutilar de las estrellas el valor, la destreza y la eficacia del toreo de salón que tantas veces repetían en la ribera del viejo Betis, donde practicaban aquellos golfillos del Altozano. Todos anhelaban huir de la miseria de la época, y posiblemente la única manera era abrirse paso en el toreo. Esos chavales de Triana tenían una referencia: la del matador de toros Antonio Montes Vico (1876-1907), nacido en la calle Pureza, que había sido monaguillo en la iglesia Parroquial de Santa Ana. Todos hablaban de él con obsesión, sin importarles mucho ni poco las actuaciones de los espadas que actuaban en las mejores ferias. 
Antonio Montes
De Antonio Montes escribió el crítico Don Ventura: «Tuvo una acusada personalidad y fue, en cierto modo, un precursor de las normas belmontinas. Dejaba llegar mucho al toro, hasta producir honda emoción, cargaba la suerte en aquel momento, enterraba los talones en la arena y los lances de capa o los pases adquirían un relieve poderosísimo». El propio Belmonte manifestó a Manuel Chaves Nogales para la obra Juan Belmonte, matador de toros: «No teníamos más que una superstición, un verdadero mito que amorosamente habíamos elaborado: el de Antonio Montes. Lo único respetable para nosotros en la torería era aquella manera de torear que tenía Antonio Montes, de la que nos creíamos depositarios a través de unas vagas referencias. Todos nos hacíamos la ilusión de que toreábamos como toreó Montes, y con aquella convicción agredíamos implacablemente a los toreros que entonces estaban en auge». 
La verónica de Belmonte
Conviene considerar que Belmonte recibió los consejos del banderillero José María Calderón y Cea, que había formado parte en la cuadrilla del desafortunado torero de Triana. Por amistad con su padre, Calderón sería su mentor y mecenas, le ayudaría a mejorar la técnica de sus comienzos y conseguiría sus primeras actuaciones. Era un aprendizaje sin imágenes, de escasas y deficientes fotografías, de transmisión oral, donde las explicaciones sobre el toreo de Montes, ídolo imaginario de Belmonte, pronunciadas por Calderón resultaban de incalculable importancia. Podría decirse que con la historia contada del revolucionario herido mortalmente en México el 13 de enero de 1907, al estoquear a Matajacas del hierro de Tepeyahualco, iba germinando la revolución que soñaba Juan Belmonte.
El Espartero
Del mismo modo, conviene matizar que la revolución de Montes tuvo un precedente en otro sevillano, el matador de toros Manuel García Cuesta El Espartero (1866-1894), torero de contrastado valor, herido mortalmente en Madrid el 27 de mayo de 1894 por Perdigón, de la divisa de Miura. Cuenta el matador de toros Ángel Carmona González Camisero (1874-1960), en su libro ¡Así los vi yo!: «Recordamos sus primeros lances de capa, modelo de clasicismo, con aquel capote tan chiquitito que remataba con su inimitable media verónica». También, Fernando Villalón escribió en su obra Taurofilia racial: «De la entrada del matador al quite, salía el Espartero con el toro material y suavemente envuelto a su cuerpo en una sencillísima, pero perfectamente inimitable media verónica».
Si vamos cerrando los ojos para adivinar en el horizonte la importancia que a principios del siglo XX tenía el “toreo contado” por sus testigos, quizás vislumbremos el efecto que pudo tener en Belmonte el testimonio de José María Calderón, que había figurado en la cuadrilla de Montes, el ídolo a emular no solo por Juan, sino por los chavales del Altozano que anhelaban lucir un raído traje de luces de alquiler.

Media verónica de Juan liándose el toro a la cintura 
El magnetismo de Belmonte fue singular. Le llamaron Terremoto, por la fuerza telúrica que brotaba de un toreo que causó asombro, pues tras reducir distancias con el animal conservaba su terreno, y ejecutaba la verónica como nadie lo había hecho: cuadrando el capote y dejando que el toro llegara para ofrecerle lo que él llamaba la golosina, un temple mágico que lo engatusaba para traerlo y llevarlo, apurando el lance con un giro de muñeca para guiarlo hacia detrás de la cadera, y continuar ligando lances hasta resolver la serie con media verónica escultural, liándose el toro a la cintura, que liberaba la emoción del público y provocaba su manifestación ante un toreo nuevo, excepcional por su temple y la quietud del fenómeno en la suerte. 
Con gran temple y muy parado, sin abandonar el lance.
José Alameda en la magistral obra El Hilo del Toreo, que habría que reeditar para que pudieran leerla todos los aficionados, escribe sobre el toreo de capa: «Aunque la muleta haya sido definitiva para la evolución que conduce hasta el toreo de nuestro tiempo, ni ha dejado de existir el toreo de capa, ni fue tanpoco indiferente en tal proceso. En momentos, como en la cumbre de Belmonte, la atracción de la verónica adquiere una fuerza sin par». Al citar a los grandes intérpretes de la verónica dice del torero de Triana: «Con el capote, a la verónica, es el mejor que he visto. Toreaba con gran temple y muy parado, pero, sobre todo, no abandonaba el lance, sino que lo continuaba hasta rematarlo, con una rotación de muñeca en su final, como después se ha empleado en la muleta, pero con el capote todavía no; sólo él. De esta manera, los brazos quedaban en posición de recibir al toro en el siguiente lance y la ligazón era perfecta. Su media verónica tenía una intensidad, una belleza rítmica y una coordinación entre el hombre, su instrumento —el capote— y su materia viva —el toro—, que nadie ha logrado igualar».

Juan Belmonte torea al natural. Óleo de Adolfo Durá Abad
El taurinísimo Guadalquivir fue testigo de los sueños y andanzas de un chiquillo huérfano de madre que abandonaba el puesto de quincalla del padre para jugar al toro, de un lunero del Altozano que sería un genio del toreo, un espada determinante por su temple, la ligazón de los lances a la verónica y el terreno que acortó. También, por la maravillosa complementariedad que nacía de su competencia con el otro gran protagonista de la tauromaquia de su tiempo: Joselito. Ambos fueron fundamentales para desbrozar el camino a otras aportaciones técnicas y artísticas que serían definitivas en la evolución del toreo moderno. Sin embargo, la genialidad de Belmonte no fue debidamente explicada por sus seguidores, que pretendieron otorgarle la exclusiva de esa evolución, proclamándolo, ni más ni menos, “el padre del toreo moderno”. Lejos de paternidades y ruido literario, se ignoraba el suave rumor del viejo río grande de Andalucía, testigo mudo de las andanzas de los golfillos de Triana que pretendían emular a Antonio Montes y admiraban la historia de El Espartero, toreros revolucionarios a los que el toro no consintió la revolución, pero que fueron precursores de Belmonte, cuya aportación a la evolución del toreo moderno no acertaron a contar la mayoría de los que escribieron la historia.