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domingo, 18 de febrero de 2024

COINCIDENCIAS ENTRE DOS GENIOS DEL TOREO: «JOSELITO» Y «MANOLETE»

Por Antonio Luis Aguilera

José Gómez Ortega «Joselito»

Hace unos días, organizado por la Fundación del Toro de Lidia, se presentó en Córdoba el magnífico documental «Joselito el GalloEl torero sabio», una producción de Canal Sur Televisión y TVE1, que una vez estrenada desapareció de la carta de ambas cadenas y no puede ser visionada. Una pena. Y un despropósito más de estos medios, que con sus cómplices silencios condenan todo lo que tenga que ver con los toros y la historia de España, tan inseparables, en prevención de las descompuestas embestidas de los antitaurinos, que de esta manera seguirán medrando ante el silencio cobarde de la mediocre clase política que gobierna las televisiones públicas.

Este excelente documental, de momento secuestrado, nos hizo reflexionar sobre la vida del genio sevillano de Gelves y las coincidencias con otro rey del toreo, el cordobés Manuel Rodríguez «Manolete». 

Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete»

Los dos fueron hijos de toreros y quedaron huérfanos a corta edadJosé Gómez Ortega era hijo del matador de toros sevillano Fernando Gómez García «El Gallo», casado con la bailaora gaditana Gabriela Ortega Feria, que falleció el 2 de agosto de 1897, cuando su hijo menor, nacido el 8 de mayo de 1895, contaba dos años de edad. Del mismo modo, Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete», hijo del matador de toros de idéntico nombre, apellidos y apodo, casado con la albaceteña Angustias Sánchez Martínez, falleció en Córdoba en su domicilio de la calle Benito Pérez Galdós número 8 el día 4 de marzo de 1923, cuando su hijo, nacido el 4 de julio de 1917, tenía cinco años de edad. Conviene precisar que «Manolete» vivió en cuatro casas de Córdoba, aunque muchos aficionados solo conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera, de allí la familia se trasladó a la calle Benito Pérez Galdós número 8, y posteriormente, al fallecer su padre, a la Plaza de La Lagunilla, hasta que en 1942 el torero adquirió el palacete colonial de la Avenida de Cervantes.

 

Ambos vivieron una infancia con estrecheces económicas, las propias de las familias donde faltaba el soporte económico de un jefe abastecedor. Para los Gómez comenzaron a superarse cuando Rafael —el «Divino Calvo»—, hermano mayor de José tomó la alternativa como matador de toros y, definitivamente, cuando el benjamín de los «Gallo» ingresó en el escalafón superior para auparse vertiginosamente hasta lo más alto. Mientras, en el domicilio cordobés de la Plaza de la Lagunilla del barrio de Santa Marina, las dificultades desaparecieron cuando aquel muchacho flaco, de aspecto serio y triste, impuso en los ruedos el toreo que concebía desde su verticalidad de torre. 

 

«Joselito»

Tanto «Joselito» como «Manolete» fueron los amos del toreo de sus respectivas épocas y marcaron el rumbo de la Tauromaquia moderna, pues mientras que «Gallito» experimentó e incluyó en su modelo de faena habitual de muleta la ligazón en redondo de los pases naturales, concepto de toreo que habría de continuar y poner en valor con la singular belleza de su arte Manuel Jiménez «Chicuelo», que agrupando los pases en series crearía el modelo actual de faena ligada en redondo, para que años después «Manolete», que acortó las distancias con los toros para provocar las arrancadas, le otorgara continuidad al imponer el toreo ligado a la mayoría de los toros, hasta implantar definitivamente la línea de toreo gallista cuyo soporte histórico se sustenta en estos tres espadas citados. Cuidado con confundir el significado de concepto técnico con la expresión artística personal o acento de cada torero, que ahí es donde radica la confusión de los partidarios de Belmonte.

«Manolete»

A ninguno de los dos dejaron que fueran felices en sus relaciones sentimentales, pues mientras que «Joselito», enamorado de Guadalupe de Pablo Romero, tuvo que sufrir el rechazo del padre de esta y célebre ganadero, quien en los inicios del espada decía quererle como a un hijo, después, al ver que un gitano —Gabriela Ortega, la madre del torero lo era— pretendía casarse con su hija se opuso rotundamente al enlace. Según parece, finalmente y con la condición de que el espada dejara el toreo, estuvo dispuesto a consentir el enlace  que ya no llegaría porque un toro se cruzó en la toledana plaza de Talavera de la Reina. Por otra parte «Manolete», aunque en los difíciles años de censura franquista tuvo valor para ponerse el mundo por montera y vivir desde 1943 con su novia en Madrid, sufrió la irracional y cruel oposición de su madre, que nunca consintió que formalizara su noviazgo con la famosa actriz de cine Antonia Bronchalo Lopesino «Lupe Sino», boda que según confesó el torero al periodista de Diario «Pueblo» don Antonio Bellón, cuando en la madrugada del 28 de agosto de 1947 conducía su propio vehículo desde Manzanares a Linares, se iba a celebrar en Barcelona el 18 de octubre, con o sin el consentimiento de doña Angustias, sin imaginar que por la tarde un toro de Miura pondría el final a su vida en el coso de Santa Margarita de la localidad andaluza. «Bailaor» e «Islero», los toros de tan triste final, cargaron con las culpas inconfesables de quienes hicieron la vida imposible a estos toreros. 

Gregorio Corrochano, crítico taurino de ABC

«Joselito» y «Manolete» recibieron un trato despiadado de Gregorio Corrochano, crítico taurino del Diario ABC. La relación entre el crítico del periódico más influyente de España y el torero sevillano, que confesó haberle hecho muchos favores y se trataba de una persona insaciable, fue especialmente tensa desde que se llevó a cabo la construcción de la plaza de toros monumental en la capital hispalense. A «Joselito» le quitaba el sueño un acoso que consideraba cruel e injusto, mientras que desde su pedestal Gregorio Corrochano no tuvo el menor reparo en hacerle el mayor daño posible atacando por todos los frentes, incluidos los que trascendían de sus actuaciones en los ruedos, como insinuar la manipulación fraudulenta de los pitones de los toros en el cajón de curas del embarcadero ferroviario de «Los Merinales», o airear la tristeza de José por las dificultades que encontraba para formalizar su relación con Guadalupe de Pablo Romero.

Tratando de poner fin a tan áspera e insostenible relación, el matador de toros Ignacio Sánchez Mejías, cuñado de «Joselito», mediaría para propiciar el acercamiento y firmar un armisticio entre el crítico y el espada, encuentro que sería conocido como el «Pacto de la Estrecha», por haberse celebrado en el restaurante de este nombre ubicado en la calle Mayor de Madrid, donde en un almuerzo José llegó a tocar el punto débil del crítico, es decir, acceder a lo que le pedía en ese momento, que era actuar por 5.000 pesetas —la mitad de los honorarios que cobraba por corrida— en la fatídica tarde del 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina, localidad natal del crítico, en el festejo organizado por la propia familia del cronista de ABC, donde finalmente  hallaría la muerte en las astas del burriciego  "Bailaor", de la ganadería de la Viuda de Ortega, que era doña María Josefa Corrochano, tía de don Gregorio, en la corrida que organizaba su hijo Venancio, propietario de la plaza.

«Manolete»

Del mismo modo, «Manolete» no recibió mejor trato de don Gregorio. Narraba Guillermo Sureda que a su regreso a España en 1947, temporada que por voluntad propia no comenzaría hasta el 22 de junio en Barcelona, Manuel Rodríguez acudió como espectador a la corrida de Miura de la feria de Sevilla. En la crítica firmada por Corrochano en ABC pudo leerse: «Gitanillo de Triana» brindó a «Manolete», que estaba en un tendido. Desde lejos no se veía bien si brindaba a un torero o a un banquero. Realmente no es solo el indumento el que favorece en este caso la confusión, contribuye también que cuesta trabajo creer que en la feria de Sevilla, y particularmente en la corrida de Miura, el que es en la actualidad el primer torero de España está viendo toros desde la barrera». 

Sigue el relato de Guillermo Sureda: «Pero, en esta misma corrida Pepe Luis le brinda un toro a Rafael el Gallo, y Corrochano dice: “Cuando se levantó Rafael el Gallo al brindarle Pepe Luis Vázquez, toda la plaza vio que se levantaba un torero… Pepe Luis le llamó maestro y el maestro se puso en pie. Pepe Luis le dijo que sentía que por su edad estuviera en el tendido, porque tenía la seguridad de que con diez años menos estaría Rafael el Gallo en el ruedo con ellos, sin conformarse con verlos torear”. Marcial Lalanda estaba en el callejón, zona intermedia entre el público y los toreros. Se advertía marejadilla taurina... ¿Se puede aplaudir igual al torero que está en el tendido porque no puede ya torear que al que está en el tendido por qué no quiere torear?».

«Joselito»

José Gómez Ortega y Manuel Rodríguez Sánchez —que había dado orden a su apoderado José Flores «Camará» para que no le firmara ninguna corrida en la plaza de Talavera de la Reina— fueron víctimas del toro y, curiosamente, ambos resultaron corneados mortalmente por el quinto de la tarde —para que digan que «no hay quinto malo»—. El destino quiso que fuera el orden de lidia que habría de corresponder en el sorteo a “Bailaor” e “Islero”. 

 

La última coincidencia y la breve pero magnífica reflexión final que relatamos vienen de la pluma del grandioso historiador «José Alameda»: «los dos cubrieron ocho temporadas cada uno. «Gallito», de 1912 a 1920; «Manolete», de 1939 a 1947. Meses más, meses menos, pues la temporada de la alternativa y la de la muerte son en ambos incompletas. Corto tiempo para tan honda huella».

 

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EL PACTO DE LA ESTRECHA

MANOLETE CAMINO DE LA MUERTE

 

lunes, 25 de octubre de 2021

JUAN BELMONTE, «DON MODESTO» Y JUAN ORTEGA

Por Luis Miguel López Rojas

Juan Ortega meciendo la verónica. Foto Plaza de la Maestranza 

Cuando la atípica temporada taurina de este 2021 está a punto de echar el cierre, trato de saciar mis ansias por profundizar en los secretos de la tauromaquia a través de la lectura.

Leyendo el magnífico y lujosamente editado libro «Juan Belmonte, la huella de un retrato» (Ediciones Giralda), escrito por Jesús Cuesta Arana, en su tomo I, me encuentro con la última gran crónica escrita por «Don Modesto». Bajo este  pseudónimo, se escondía el famoso revistero D. José de la Loma y Milego, escritor y periodista taurino. Reconocido partidario de Ricardo Torres «Bombita», al que este hiperbólico y gran cronista bautizó como «El Papa, sumo pontífice del toreo». De la misma forma, a él se le atribuye poner el sobrenombre del «Papa Negro»  con el que todos conocemos a Manuel Mejías Rapela «Bienvenida III», patriarca de la dinastía «Bienvenida» haciendo un juego eclesiástico, entre el poder del Papa de la Iglesia Católica, siempre blanco, y el Prepósito General de los Jesuitas, siempre negro.

Media verónica del inolvidable Juan Belmonte

Su última gran crónica (puesto que falleció el 30 de enero de 1916), fue de una de las actuaciones más portentosas de Juan Belmonte en la vieja plaza de toros de Madrid (antigua de la carretera de Aragón). Para algunos, su faena al cuarto toro fue la más completa de Belmonte en su vida, superando incluso la del 2 de mayo de 1914 y la famosa del toro de la Viuda de Concha y Sierra en la corrida del Montepío de 1917. Fue el 23 de abril de 1915, compartiendo cartel con Vicente Pastor, Rafael «el Gallo» y «Joselito», que hicieron el paseíllo con el «Pasmo de Triana» para lidiar ocho toros de Murube. Dicha crónica fue publicada en las páginas del «El Liberal», titulada «Belmonte, a horcajadas de la luna, abre cátedra de torear». Una verdadera delicia leerla, cosa que les recomiendo (páginas 264 a 266, del citado libro).

Según la estaba leyendo, mi imaginación me transportó en el tiempo para situarme en la Maestranza, ciento seis años después, un 24 de septiembre de 2021, donde contemplé a otro Juan, también trianero, con el mismo apellido que «la Señá Grabiela» madre de «Gallito». Juan Ortega y su forma de cuajar por verónicas al segundo de la tarde. Así que permítanme apropiarme del final de la crónica de «Don Modesto» con la única sustitución de una palabra, ustedes pronto descubrirán cuál es…

Lance de Juan Ortega en la pintura de Tico de la Rosa

«Señores. Ayer Juan Ortega montó a horcajadas sobre la mismísima luna, y desde allí. Impávido, clásico, helénico, abrió cátedra de torear.

La multitud enronqueció de entusiasmo. A otra faena así, se van a poner las celdas de los manicomios por las nubes.  

Resumen: ¡Juan Ortega! En Sevilla, barrio de Triana, darán razón». 

viernes, 14 de agosto de 2020

EL RESPETO DE LOS GALLO POR LAGARTIJO Y GUERRITA

Por Antonio Luis Aguilera 

Portada del libro

El verano es época propicia para releer antiguos libros de toros, cuyos autores han sido olvidados y sus obras están agotadas. Al volver a leerlos reflexionamos sobre lo mucho que se han perdido los aficionados jóvenes, aquellos que no han tenido oportunidad de acceder a los valiosos testimonios que en ellos se expresan, pues algunos, como los que en esta entrada se recogen, fueron emitidos por espadas considerados definitivos en el toreo, al resultar determinantes en el curso de la historia.
Siguiendo el hilo de la vinculación de la familia Gallo con varios toreros cordobeses, que el bibliófilo y gran aficionado Rafael Sánchez González desarrolló en la entrada anterior con lujo de detalles, vamos a continuar ocupándonos de los estrechos lazos que unieron a la célebre dinastía sevillana con destacados protagonistas de la fecunda torería cordobesa.
Nos situamos en la otra orilla, en la de la dinastía Gallo, para poner de relieve la profunda admiración de esta grandiosa familia de toreros sobre sus compañeros cordobeses. Y para ello rescatamos el libro «Mi paso por el toreo», editado en 1980 por AGLI, que fue escrito por el matador de toros Rafael Ortega Gómez Gallito, hijo de Enrique Ortega Fernández El Cuco y Gabriela Gómez Ortega, sobrino por tanto de Rafael, Fernando y José Gómez Ortega -Joselito-, y nieto del señor Fernando Gómez García el Gallo y la señá Gabriela Ortega.
En esta sencilla y amena obra, Rafael Ortega Gallito, remacha algo que hemos narrado en entradas anteriores, la profunda admiración de su abuelo, el señor Fernando el Gallo, y de toda la dinastía por la excelsa figura de Rafael Molina Lagartijo, corroborando que cuando su abuelo hablaba de toros en tertulias con los espadas de su época, era costumbre que todos se levantaran y se quitaran el sombrero cuando se citaba al primer Califa del toreo cordobés.
A quien si conoció personalmente Rafael Ortega Gallito y con quien tuvo una cordial relación, fue a Rafael Guerra Bejarano, el gran Guerrita, rey del toreo de su tiempo y, para algunos historiadores como José María de Cossío, posiblemente el torero más completo de la historia.
Rafael Ortega Gómez Gallito, Dibujo de Pepe Sala
En este libro Rafael escribió un capítulo titulado «Mis conversaciones con Guerrita», del que vamos a extraer algunos párrafos de interés sobre la figura del segundo Califa del toreo de Córdoba, que ponen de manifiesto el sincero testimonio de cariño y amistad que profesó a  los Gallo.
Por ejemplo, al ser preguntado por Rafael Ortega sobre el origen del sorteo de los toros, impuesto en su reinado por la presión de Mazzantini según la mayoría de los libros de historia, las declaraciones de Rafael Guerra aportan datos que revelan un protagonismo compartido con otros espadas de su tiempo.
Dice así Rafael:
«Guerrita mandaba en el toreo tan ferozmente —ya es sabido que en aquel entonces no había sorteo— que cuando los ganaderos proporcionaban una corrida, de los seis toros, ponían cuatro corrientes y seleccionaban los dos más bonitos para él.
Como Guerrita casi siempre era el segundo espada, el toro que le merecía al ganadero más garantías lo dejaba para quinto lugar.
De aquí nació la frase: «no hay quinto malo», pues entonces el ganadero era quien establecía el orden de salida de los toros.
Así ocurrió durante casi todo su reinado.
Como yo esto lo conocía, le pregunté a Guerrita:
—Dígame, maestro, la verdad de lo que pasó para que se estableciera el sorteo, pues he oído que Mazzantini fue quien más influyó.
Guerrita me contestó:
—No hagas caso. Fue Reverte
Reverte era un hombre muy rebelde, y se pasó las últimas corridas enfrentándose conmigo. Qué te voy a contar… Cuando salía el primer toro se tiraba al suelo y simulando dolor se iba para la enfermería haciéndose el cojo. Cuando pasaba por el burladero, camino del callejón, me decía enfadado: «los toros bonitos para usted…, y también los dos malos míos». Y esto pasaba muy frecuentemente. Claro, todo ello fue creando un clima muy difícil.

Se creó un clima muy difícil. Llegaron a Madrid para torear una corrida Reverte, Mazzantini y Guerrita. Los dos primeros se negaron a torear si no se establecía el sorteo. Como Guerrita se negaba a ello se generó tal conflicto que tuvo que intervenir el gobernador. Para no quitar a Guerrita su fuerza y para no desmerecer a los otros, se colocaron dos papeletas en el mismo sombrero del gobernador: Una con «sorteo» y otra con el «no sorteo». Una mano las escogió y salió la del «sorteo». Así fue; esta es la verdadera historia del establecimiento del sorteo».
El autor del libro, Rafael Ortega Gallito con Rafael Guerra Guerrita
También Gallito quiso conocer la opinión del Guerra sobre los toreros que más admiraba, y sobre el poderío que ostentó el propio Rafael en el toreo de su tiempo:
«Maestro, dígame, ¿quienes son los mejores toreros que usted ha visto?
—Yo he visto muy buenos toreros.
Pero ¿quienes son los que más le han sorprendido?
—Los dos mejores que he visto y admirado han sido tu tío José y Lagartijo; pero el que mejor ha toreado ha sido, sin duda, tu tío Rafael Gómez el Gallo.

Me han dicho que usted ha sido el banderillero más tremendo de la historia.
—Puede que sea verdad -me respondió-.
—¿Le importaría explicarme lo que hacía usted a los toros con las banderillas?
—Tú sabes que había toros que se quedaban a lo mejor sin picar, y sabes que muchos pasaban crudos al segundo tercio. Bueno, pues yo era capaz de dominarlos con las banderillas.
—¿Cómo?
—Mira. Cogía las dos banderillas; me iba para atrás, luego para adelante, hasta que me metía en el cuello del toro y pasaba. Y los toros, sin picar, los armaba y los dejaba dominados… Otras veces dejaba el toro en el tercio y caminando derecho hacia él, me detenía a dos o tres metros de la cara. Y había momentos en que el público se ponía en pie. Con muchos toros que tardaban en embestir, o no se venían pronto, la gente, que no sabía para donde me iba a ir, se hacía hasta apuestas de que si me iba por el izquierdo o por el derecho… Y cuando yo quería me arrancaba al toro y daba la gente un ¡ay!, porque algunos toros me esperaban hasta su misma cara.

—Un día, me acuerdo que un toro de Veragua, en Madrid, no igualaba y permanecía con la cara vuelta para atrás. Me acerqué y le pegué dos banderillazos en el culo. El toro se volvió impetuoso. Yo pensé que se iba a parar, pero se me vino encima repentinamente y la gente pegó un alarido, yo creo que más que de susto, de gusto, porque se imaginaban todos que me cogía. Le pegué un cambio y le dejé las dos banderillas encima. Entonces me volví al tendido y les dije: «¿Qué  creían ustedes…, que me iba a coger?».
Guerrita entra a matar en la plaza de Madrid
En sus conversaciones con Guerrita, Rafael Ortega debió caer bien al torero cordobés, tan sentencioso y parco siempre en palabras, e incluso alcanzó un grado de confidencialidad que llama la atención al leer su obra.

«Maestro, me ha contado mi tío Rafael el Gallo como usted se cuidaba y vivía nada más que para el toreo.
—Para ser figura del toreo y estar en la cima no se puede pensar más que en el toro y vivir para el toro.
Los dos toreros que se han cuidado más en la historia hemos sido tu tío José y yo. Por eso llegamos a ser lo que fuimos.

Me contaba mi tío Rafael que usted, durante la temporada, no entraba nunca en Córdoba a dormir en su casa.
—Eso es verdad -me dijo sonriendo-; casi nunca.
Cuando toreaba por Andalucía le mandaba un telegrama a Dolores y salía ella a la estación  con mis hijos y estaba con ellos un rato. Luego les daba un beso y seguía yo mi viaje; la razón es clara: como quería tanto a Dolores, si me quedaba dormir en casa «pecaba» y yo no podía hacerlo… Porque te voy a decir algo que no debes olvidar nunca: a los toreros se les va el valor por la picha».
La firmeza y torería de Joselito en un desplante
En una de las preguntas Gallito quiso saber de primera mano el concepto que Guerrita tenía de uno de sus toreros más admirados, su tío Joselito. Y no dudó en efectuar una pregunta atrevida, que imaginamos debió propiciar un tenso silencio en tan inmenso maestro del toreo:
«Le pregunté a Guerrita quien fue mejor, si él o Gallito. Se me quedó mirando y pensé que me iba a pegar; verdaderamente me asusté.
Pero se conoce que recapacitó y me dijo:
—«A ti te lo puedo contar, pero a nadie más… Con el capote y la muleta fue mejor que yo, pero con las banderillas y la espada se la gané yo». 

Con el testimonio de Rafael Ortega Gómez Gallito, esta entrada pretende subrayar la inmensa torería, camaradería, cariño y sincera admiración de la dinastía de los Gallo con dos de los más importantes toreros cordobeses: Lagartijo y Guerrita.

jueves, 21 de noviembre de 2019

IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS, UN HOMBRE EXCESIVO

Por Ignacio Sánchez-Mejías Herrero
Ignacio Sánchez Mejías
Los aficionados del Club Taurino de Pamplona, me pidieron una colaboración para su revista, sobre Ignacio Sánchez Mejías, para conmemorar el centenario de su alternativa. Ciertamente, casi ningún homenaje ha habido de esta efeméride, de forma que antes de que acabe el año, quiero dejar constancia del artículo que se publicó este verano en su revista.
Ignacio Sánchez Mejías, un hombre excesivo
Gallito otorga la alternativa a Ignacio Sánchez Mejías. Foto El Correo de Andalucía
Este año 2019, se conmemora el centenario de la alternativa del diestro Ignacio Sánchez Mejías. Ésta tuvo lugar en la plaza de toros de Barcelona, el 16 de marzo de 1919, con toros de Vicente Martínez. El padrino fue nada menos que José Gómez Ortega, Gallito, El Rey de los toreros, y el testigo nada menos que Juan Belmonte. Este fue el mejor cartel que se pudo componer en la Edad de Oro del Toreo. Al toro de su alternativa, Buñolero, le cortó Ignacio la oreja. Pero vayamos por partes.
Ignacio Sánchez Mejías, nació el 6 de junio de 1891, y fue de los pequeños de una familia muy numerosa. Su padre, mi bisabuelo Pepe, médico, hijo a su vez de médico, y su madre, la bisabuela Salud, una mujer de carácter. El nacimiento tuvo lugar en la entonces casa familiar, en la calle de La Palma, en el entorno de la Alameda de Hércules. Era una familia acomodada, ya que el padre no sólo atendía lo público como médico del Ayuntamiento y de la Beneficencia, sino que tenía prestigio para atender a las familias pudientes de Sevilla.
La educación en la casa, con tantos hermanos era espartana, e Ignacio pronto destacó por su inquietud e indisciplina. Se escapaba del colegio y lo tenían que traer los guardias de vuelta a casa, de donde se volvía a escapar. En ese entorno conoce a Joselito el Gallo, juegan a los toros y entrenan, en la huerta del padre de Ignacio, llamada del Lavadero, en terrenos de El Alamillo. El padre quería que fuera médico y él le decía que iba bien en los estudios y que incluso ya lo dejaban hacer algunas prácticas médicas, pero la realidad es que tenía los estudios muy abandonados y no había acabado ni el bachillerato.
Ignacio observa el toro rodado a sus pies  
Cuando la situación no pudo sostenerse más, y llevado por su afán de aventura, se embarca en Cádiz, con 17 años, de polizón con El Cuco, en el trasatlántico Manuel Calvo, pensando que el destino era México. Pero el destino fue Nueva York, además los descubren durante la travesía, y al llegar a Estados Unidos, los toman por delincuentes y los encierran. Gracias a las gestiones de un hermano de Ignacio, Aurelio, que por entonces estaba en México, logran que los embarquen para ese país. Llegado a México, se coloca de empleado en la plaza de toros de Morelia y allí empezaría su vida taurina.
En 1910, con 18 años debuta como banderillero en Morelia, con la cuadrilla de Fermín Muñoz Corchaito, con el que viene a España y vuelve a México, en donde debuta como novillero un año después, alternando con sus actuaciones como banderillero. En 1913 se presenta en Madrid de novillero, donde ya destaca por su valor. En 1914, por fin se presenta en Sevilla, ante la familia y amigos con mucho ambiente ya. Pero es herido de extrema gravedad, con la femoral muy afectada, casi pierde la vida delante de su padre que bajó a la enfermería. A raíz del percance y debido a la perdida de facultades vuelve de subalterno, ya de categoría, en las cuadrillas de las figuras Rafael El Gallo, Belmonte y Gallito, con el que estuvo tres años y aprendió el oficio, siendo su modelo y su maestro. Al final de la temporada 1916, el maestro de los críticos taurino, Gregorio Corrochano escribió esto en ABC: “Sánchez Mejías, que está a la cabeza de los peones por lo activo y oportuno de la brega, está también a la cabeza de los banderilleros”. La característica de Ignacio como torero era “llegar”, y en todo lo que emprendía quería llegar a ser el primero.
Cartel de figuras: Rodolfo Gaona, Ignacio Sánchez Mejías y Juan Belmonte
Fue una figura del toreo. El año que muere Gallito en Talavera, acabó como número uno del escalafón en número de festejos. Se retiró en el año 1922, volvió en el 24 y se volvió a retirar en el 27, con 36 años. A todo esto, con algunas escapadas a América donde tenía un extraordinario cartel. Como torero destacó por su valor. Otro crítico, Don Ventura, escribió lo siguiente en el año de su alternativa “Este torero ha traído algo nuevo a la fiesta de los toros: la exageración del riesgo. O más aún: la creación del peligro. Una y otra tarde se ha complacido en llevar a los astados a los terrenos más difíciles, para exponer más y más. Y cuando no podía haber emoción, la ha creado él. La ha buscado él. Ha procurado que la hubiera, inventando el peligro”. A la historia del toreo pasó como torero valiente y en El Cossío, podemos encontrar lo siguiente: “La valentía más auténtica y sobrecogedora que nunca se haya exhibido en los ruedos. El valor de Sánchez Mejías superaba el concepto de que tal cualidad moral podamos tener. No era sólo desprecio absoluto del riesgo, sino que daba la impresión de ignorancia total del peligro”. Habla de la valentía más auténtica de la historia del toreo.
Ignacio adornándose tras la estocada  
En el toreo también destacó en otra cosa, su lucha contra todos los estamentos taurinos. Contra sus propios compañeros, son famosas sus peleas con Gaona en México, donde llegó provocándolo. Gaona había publicado que él se podía comparar con Gallito, e Ignacio cuando llegó a México exigió al director que publicara: Yo soy mejor torero que Gaona y sólo pude ser banderillero de Gallito. Se pueden imaginar el ambiente de esas corridas, donde corrió la sangre de Ignacio más de una vez. Pero también estuvo en guerra con la crítica taurina, son famosas sus peleas con Galerín y D. Criterio a los que rebatía en sus propios periódicos por medio de escritos suyos. También estuvo en guerra con los empresarios. Como presidente de la Unión de Toreros se opuso con vehemencia a los topes salariales que éstos querían imponer. Tanto que muchos empresarios, incluido el de Sevilla, D. José Salgueiro, lo vetaron en sus plazas. Es conocida la anécdota de que vetado, bajó a la arena en una corrida de Feria, de acuerdo con el matador Martín Agüero, y le puso banderillas a uno de sus toros. Pasó por el lado de Salgueiro y le dijo que él toreaba en Sevilla cuando quería. Un provocador, pero que después cortaba las orejas.
Ignacio ante el cadáver de Joselito en Talavera
Se casa en 1915 con Lola, hermana de su maestro Joselito. El paso de amigo de José y novio de Lola, no fue bien acogido, y sus relaciones con la señá Gabriela, madre de los gallos, tampoco fue buena. Su mujer, Dolores Gómez Ortega es un personaje clave en la vida en Pino Montano, la casa familiar, y en mantener la familia siempre unida. Al torero la vida familiar se le fue quedando pequeña porque tenía otras inquietudes.
Siendo un hombre muy atractivo, tiene documentadas varias aventuras, algunas amantes y una querida, pero nunca llegó a romper la familia. La vida matrimonial no duró mucho. Lola lo echó del dormitorio, lo cerró con dos candados y nunca más lo volvió a dejar entrar. Búscate lo que quieras por ahí, porque aquí no entras más, le dijo. Y lo cumplió.
Ignacio Sánchez Mejías, mecenas de la Generación del 27 
Ignacio destacó por su vida social. Allí donde estaba se hacía el centro de la vida social de la localidad. Cuando iba a México o Lima, alquilaba una casa y allí se daban las fiestas y se reunían los personajes locales y visitantes. Fueron famosas las fiestas en Pino Montano, donde acudieron personas de todo tipo.
En aquellos tiempos de vanguardia, cuando empezaban los sportman, Ignacio tuvo tiempo para todo. Jugador de polo, practicante de boxeo, automovilista, piloto de aviación, fue el primero en ir a torear en avión desde un pequeño aeródromo montado cerca de Pino Montano. Tenemos fotos de acoso y derribo desde un coche, actor de cine, practicante de deportes de invierno, futbolista, etc.
También tuvo muchas inquietudes sociales. Fue presidente del Real Betis, con el que inició los fichajes de jugadores vascos, relación que llega hasta hoy día. Puso los cimientos para lograr el primer y único título de liga que tenemos. Presidente de la Cruz Roja de Sevilla. Conferenciante en Nueva York, en la Universidad de Columbia, invitado por García Lorca. Promotor de un aeropuerto en Sevilla. Empresario. También se publicó que estaba propuesto para Gobernador Civil por la Republica. No sabemos cómo tenía tiempo para hacer todo eso y, además hacerlo bien.
Como inquietudes artísticas, podemos citar su amor por el flamenco, destacando su debilidad por el cantaor Manuel Torre. También fue promotor del espectáculo Las Calles de Cádiz, junto con su amante La Argentinita y su amigo García Lorca. Un espectáculo flamenco que se elevó por primera vez de categoría, para competir con la ópera y el ballet.
Pero sobre todo destacó por su obra literaria. Empezó con escritos costumbristas y taurinos que fueron publicados en periódicos. Y también publicaba en el periódico La Unión, las crónicas de sus propias corridas de toros. Tiene escritas cuatro obras teatrales y estrenadas dos. Sin Razón, la primera aproximación a Freud de la literatura española, no se nos olviden las vanguardias de entonces, estrenada en Madrid por la compañía de Fernando Díaz de Mendoza y María Guerrero. Y Zaya, estrenada en Santander, en presencia del Rey. También tiene escrita una novela y poesía.
De izquierda a derecha y en primera fila: Pedro Salinas, Ignacio Sánchez Mejías y Jorge Guillén. Detrás: 
Antonio Marichalar, José Bergamín, Corpus Barga, Vicente Aleixandre, Federico García Lorca y Dámaso Alonso
Conocido como mecenas de la Generación del 27. Ideó y organizó, junto con D. José María Romero Martínez, ateneísta, los actos de tricentenario de Góngora en Sevilla, que dieron lugar a la Generación del 27. Fue el artífice de convencer a sus jóvenes amigos vanguardistas de Madrid para venir a Sevilla. Las fiestas que se organizaron en Pino Montano se quedaron en el recuerdo de todos los poetas.
Tuvo amigos de todo tipo y condición, desde el Rey al Presidente de la República, pasando por el General Sanjurjo al que acompañó a la cárcel y despidió en el exilio.
Volvió a los toros en 1934, con 43 años, para que el hijo, que quería ser torero, no lo fuera. En una entrevista dijo que si tenía que entrar un cuerpo destrozado en Pino Montano que fuera el suyo, que su mujer ya había sufrido demasiado. Desgraciadamente, a los pocos festejos, fue herido de gravedad en Manzanares, no quiso ser operado allí, y murió en Madrid dos días después de gangrena gaseosa.
Varios de sus amigos del 27 le escribieron poesías, como Miguel Hernández y Alberti, pero el poema de Federico García Lorca, Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, que pasa por ser la mejor elegía en lengua española, lo hizo inmortal. Tan inmortal como figura literaria que lo ha minimizado como torero y como persona, con toda la historia que tiene detrás.
Sirvan estas letras para reivindicar su persona y también para darle la razón a Federico cuando escribió:

Tardará mucho en nacer, si es que nace,

un andaluz tan claro, tan rico de aventura.







martes, 8 de octubre de 2019

LA INFLUENCIA DE LAGARTIJO EN LA DINASTÍA DE LOS GALLO

Por Antonio Luis Aguilera

Lagartijo el grande. Centenario de un  Califa
del Toreo. Libro de Rafael Sánchez González
La mayoría de los libros de historia empiezan a hablar de la elegancia en el toreo con Lagartijo. Esta convergencia de los historiadores hace pensar que la llegada al toreo del espada cordobés debió suponer un cambio radical para la Tauromaquia. Su quietud y sus formas, el fino trazo de su toreo y su destreza en los tres tercios de la lidia, le convirtieron en el torero predilecto de la afición de su tiempo, que observaba como superaba a todos los que hasta entonces habían sido sus espadas favoritos. 
Rafael Molina Sánchez, proclamado Califa por la ingeniosa hipérbole del maestro de periodistas Mariano de Cavia, gozó del respaldo del público durante veintiocho años -casi tres décadas (1865-1893)-, contabilizando 1.632 corridas, de las que 404 fueron en la plaza de Madrid (llegó a torear en dos plazas de la Villa y Corte), estoqueando 4.867 toros (894 en Madrid). 
José María de Cossío, en su monumental enciclopedia "Los Toros", habla de su elegante magisterio, “cimentado en un valor auténtico y caracterizado por la belleza plástica de un toreo de capa admirable, una prodigiosa capacidad como banderillero, su portentoso dominio de muleta, y la formidable forma de ejecutar la estocada en sus primeros años”.
El crítico musical y taurino Antonio Peña y Goñi, partidario de Frascuelo, en el ameno e ilustrativo libro “Lagartijo y Frascuelo y su tiempo”, explica con detalle la dimensión taurina del Califa. Gracias a este análisis pormenorizado conocemos que ante un toro de mayor edad y sentido, de cornamentas desproporcionadas, y con un carácter donde el genio prevalecía aún sobre la bravura, Rafael Molina Sánchez destacó sobre el bullir de otros espadas con los que compartió cartel. 
Los siguientes párrafos ofrecen luz sobre el toreo del espada cordobés:

—“… Lagartijo torea con el busto; los pies no hacen sino acompañar los cadenciosos movimientos de una cintura flexible que imprime a todo el cuerpo ondulaciones llenas de abandono y gracia...”
“... el fondo y la forma, en fin, se dan la mano para hacer de Lagartijo la personificación del toreo más perfecto que haya podido existir, desde que hay toreros en el mundo”.
—“... Rafael no bulle jamás en la brega; está en ella como en terreno conquistado, anda más que corre, pisa siempre en firme y cae a plomo”.      
Tras esta magnífica descripción, donde prevalece la condición de aficionado ecuánime antes que su inclinación por Salvador, Peña y Goñi nos deja una reflexión histórica sobre Rafael Molina Sánchez:
“...el toreo de Lagartijo ha venido precisamente a limpiar con su aplomo y su elegancia toda la parte movida, chabacana y falsa del arte de torear de Cúchares, que heredó Antonio Carmona (Gordito), y transmitió éste a Rafael. Lejos de “correr delante de los toros”, Lagartijo ha venido a detenerse ante ellos, reemplazando lo artificial y forzado de lo cómico, con el poder y la verdad de lo bello; y su toreo ha sabido volver a su primitivo cauce las reglas de un arte que el temperamento de Rafael Molina y su maestría han llevado a su más acabada perfección”
Lagartijo en Madrid sale andando de la suerte 
Situados históricamente ante este grandioso personaje, hemos de significar que durante la competencia que mantuvo con Salvador Sánchez Frascuelo (1867/1890), Lagartijo se rodeó de formidables picadores y banderilleros, una tropa torera auténticamente excepcional –de la que en una próxima entrada escribirá el historiador taurino Rafael Sánchez González-. Sin embargo, en este texto queremos detenernos en el extraordinario banderillero José Gómez García –a quien el público apodó El Gallo porque su valentía y capacidad ante los toros recordaba a los gallos de pelea-, fundador junto a su hermano Fernando, matador de toros, de la histórica y célebre dinastía torera sevillana que utilizó este apodo, y que acompañó al Califa desde 1865 a 1884. Su hermano Fernando contrajo nupcias con la bailaora gaditana Gabriela Ortega, y serían padres de Lola, Fernando, Rafael, José y Trinidad Gómez Ortega.
El historiador y periodista Paco Aguado, en su obra “El rey de los toreros. Joselito el Gallo”, al hablar de la dinastía torera de los Gallo, se detiene en la significación que tuvo en el toreo la transmisión oral, las enseñanzas que fueron comunicadas verbalmente por los maestros José y Fernando a los alumnos de la escuela de Gelves, y la importancia singular que tuvo en este glosario de lecciones técnicas la huella del Califa
Dice Aguado en su obra: 
El rey de los toreros. Joselito el Gallo
—“Para dar idea del profundo lagartijismo que se profesaba en las tertulias de Gelves, basta solo con señalar que era rígida costumbre en ellas destocarse respetuosamente cuando alguien pronunciaba el nombre de aquel Califa a quien todos admiraron, sobre todo, Fernando El Gallo. Entre todos sus contemporáneos él fue quien más y mejor supo explicar todos esos conocimientos, porque él mismo supo aplicarlos ante el toro”.
El señor Fernando Gómez García no solo heredó el apodo de José, el brillantísimo banderillero del Califa, sino también compartió con este las enseñanzas y conocimientos asimilados en los dieciocho años que fue testigo del eficaz y elegante toreo de Rafael Molina, siendo lo más significativo que supo transmitirlo a sus hijos Fernando y Rafael, como estos después lo harían con José -el histórico Joselito o Gallito-, lo que nos lleva a reflexionar sobre la importancia de la huella de Lagartijo en el repertorio familiar: la variedad de suertes de capa y recortes, la elegante facilidad y maestría en banderillas, así como la eficaz capacidad resolutiva con la muleta para igualar y matar a los toros. De todas ellas hicieron gala en los ruedos sus hijos, el artista Rafael y el poderoso e intuitivo Joselito
Si entornamos los ojos tratando de adivinar la perspectiva de la historia, probablemente alcancemos a divisar la elegante y magistral torería de Lajartijo en el arte de los Gallo, quienes no solo pusieron en valor la torerísima herencia recibida, sino que el menor de la dinastía, el inolvidable Joselito, reveló el hilo conductor que habría de traer un nuevo concepto del toreo.