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martes, 14 de noviembre de 2023

CHICUELO: EL ARTE DE INVENTAR

Por Antonio Luis Aguilera

Portada del libro sobre Manuel Jiménez "Chicuelo"

El pasado día 8 fue presentado el libro cuyo título encabeza este comentario, editado por la Fundación de Estudios Real Maestranza de Caballería de Sevilla —Fundación de Estudios Taurinos— y la Editorial Universidad de Sevilla, ejemplar número 25 de la colección Tauromaquia, que coordinado por Diego Carrasco Fernández está dedicado a la figura de Manuel Jiménez Moreno, el grandioso «Chicuelo», eslabón imprescindible para comprender la evolución del toreo, por haber sido, ni más ni menos, que el creador de la faena moderna, la actual, la estructurada por la ligazón de los pases en series como los versos del poema se encadenan en estrofas. «Chicuelo» fue el autor de la torerísima creación que aceptaron todos los espadas para expresar su acento artístico, a pesar del vergonzoso silencio histórico que ha lastrado la memoria del extraordinario maestro de la Alameda de Hércules, nacido en la trianera calle Betis. 

 Belmonte otorga la alternativa a "Chicuelo" en Sevilla (28-9-1919)

Manuel Jiménez «Chicuelo», hay que decirlo bien alto, ha sido tan importante en la historia del toreo como lo fueron «Gallito» y Belmonte. El menor de los «Gallo» experimentó en su portentosa tauromaquia la ligazón en redondo de los pases naturales, mientras Belmonte acortó las distancias y curvó el pase al final para sujetar más al toro, pero su toreo fue en «ochos», pues al ocupar los terrenos de adentro para ligar con la izquierda el natural con el cambiado por alto —que no con otro natural—, tenía que corregir su posición cruzándose al pitón contrario. Sin embargo, fue «Chicuelo» quien con la belleza natural de su toreo pulió la propuesta experimental de «Joselito» y, sin desdeñar la sujeción curvilínea de Juan, giró los pies para alternar los terrenos del toro y los del torero, resolviendo de esta forma la ligazón de los pases naturales.

"Chicuelo" inmortaliza a "Dentista" de San Mateo.
Plaza de El Toreo de México (26-10-1925) Foto Luis Reynoso

Así fue como Manuel Jiménez «Chicuelo» —con un toro de mayor entrega y nobleza, que los ganaderos venían seleccionando siguiendo los consejos de «Guerrita» y «Gallito»—, puso en valor, refinándolas con la gracia de su expresión artística, las aportaciones de José Gómez —su torero de referencia, en quien desde niño se fijó para modelar su toreo— y las de Juan Belmonte, de quien aprendió que la sujeción curvilínea del toro al final del pase permitía dejarle la muleta colocada para alternar los terrenos y ligar en redondo los pases naturales. De esta manera nacía una nueva concepción del toreo, pues mientras Belmonte y los espadas de su cuerda ligaban el natural con el cambiado por alto avanzando para buscar el pitón contrario y repetir la suerte —toreo de avance—, «Chicuelo» permanecía en línea para dejarlo venir sin desplazarlo y, consumado el pase, girar sobre su eje para alternar los terrenos y ligar series de naturales con la misma mano —toreo de reunión—.

"Chicuelo" y "Corchaíto" de Graciliano Pérez-Tabernero.
Madrid, 24 de mayo de 1928. Foto: Familia "Chicuelo"

La nueva geometría de faena creada por el magistral torero sevillano sería elevada a definitiva en los años cuarenta por su ahijado «Manolete», que aportó una nueva forma de obligar, pues conservando su verticalidad bajaría aún más la mano, y acortaría la distancia con pasos laterales hacia el toro aguantando hasta provocar su arrancada, para una vez vaciado el muletazo girar sobre su eje y ligar los naturales. Por la  perseverancia y regularidad del torero de Córdoba, que impuso ese toreo a la inmensa mayoría de sus toros, la faena de Manuel Jiménez Moreno quedaría elevada al rango de canon por Manuel Rodríguez Sánchez, pero el ahijado siempre dejó bien claro que su toreo era el de «Chicuelo», que era el mejor que él había visto. Así las cosas, desde la revelación de la ligazón, en la década de los años veinte del pasado siglo por el magistral artista sevillano, el planteamiento de su faena ligada sería adoptado por la mayoría de los diestros para expresar el toreo. 

"Chicuelo" en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla.
Foto: Familia "Chicuelo"

Por otra parte, debido a las  oscuras artimañas periodísticas y literarias que silenciaron esta evolución, conviene precisar que la célebre faena ejecutada por «Chicuelo» el 24 de mayo de 1928 en Madrid al toro «Corchaíto», de la ganadería de Graciliano Pérez Tabernero, que fue la que hizo rebosar el vaso y no pudiera silenciarse más la realidad de su toreo, no fue un hecho puntual, sino un eslabón más de su brillante trayectoria, un capítulo más de la obra con que el torero de la Alameda de Hércules había conquistado desde el año 1922 a las aficiones de Perú, México o Venezuela, países donde su éxito e influencia en otros importantes espadas resultó determinante en la evolución histórica de su concepto del toreo. 

Pase natural de "Chicuelo". Foto: Familia "Chicuelo"

Debe quedar muy claro que lo ocurrido con el toro «Corchaíto» no fue la flauta que sonó por casualidad, sino una más de las excelentes faenas de «Chicuelo», con la que pudo expresar su toreo ante la exigente afición de Madrid, que desde entonces lo demandaría a los demás toreros. A pesar del silencio guardado por la crítica española, por su excelente adaptación a los toros del encaste Saltillo, Manuel Jiménez había protagonizado muchas tardes de triunfos memorables en la plaza mexicana de «El Toreo», donde ante sus apasionados aficionados inmortalizó faenas como las realizadas a los toros «Toledano», «Lapicero», «Dentista», «Testaforte», «Cartero», «Melcochero», «Peregrino», «Mezcalero», «Pintor», «Duende», «Serrano», «Pergamino» y «Zacatecano». Tampoco pudieron olvidar los aficionados venezolanos la realizada a «Carpintero» en la plaza Maestranza de Maracay.

Manuel Jiménez Moreno "Chicuelo".
Foto: Familia "Chicuelo"

Este nuevo libro hace justicia a la memoria del magistral torero sevillano, ninguneado por algunos de los influyentes y «respetados» escribanos que redactaron la historia al dictado de bastardos intereses. Por fortuna «José Alameda» —posiblemente el mejor analista del toreo— salió en su rescate para poner de manifiesto la grandeza de su obra, y desde su exilio en México iluminó con sus libros a las generaciones de aficionados que fueron engañadas, abriéndoles los ojos de par en par y colocando la figura de «Chicuelo» en el lugar que le habían birlado en la historia. Bajo la coordinación de Diego Carrasco, los textos que llevan su firma, y los de Manuel Jiménez Amador —nieto del torero—, Andrés Luque TeruelJosé MorenteCarlos AbellaJosé Luis RamónEduardo Gómez IbarraJean Pierre HedoinManuel Escalona Franco y Federico Arnás, hacen justicia a uno de los espadas más grandiosos del toreo. Los testimonios y datos que ofrece este libro dan fe de lo que realmente significó su paso por los ruedos, donde dejó la imborrable huella del toreo ligado en redondo, para que siguiendo su senda todos los toreros pudieran expresar el acento personal de su arte. Manuel Jiménez «Chicuelo», por ser el creador de la faena moderna, recreada con su magisterio, gracia y arte, ha sido tan importante en la historia del toreo como «Gallito», Belmonte y «Manolete». 

sábado, 11 de julio de 2020

LA ESTOCADA DE LINARES

Por Antonio Luis Aguilera 
La última sonrisa de Manolete. Linares, 28 de agosto de 1947.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la Revista "Aplausos"
Manolete no quería torear, pero Camará le había firmado una exclusiva de cuarenta corridas con el empresario Pedro Balañá, entre las que figuraba la tarde de Linares con un encierro de Miura. En Córdoba llevaba tres años sin hacer el paseíllo en el coso de Los Tejares, y se dijo que por ese motivo se desplazaron muchos de sus paisanos para meterse con él, lo que resulta difícil de entender en una época donde muy pocos cordobeses podían permitirse el lujo de salir de la ciudad para ir a los toros. La cizaña sembrada contra el torero había crecido incontroladamente en toda España. De haber sido cierto, los cordobeses que fueron a Linares para pitarle debieron ser los  que económicamente podían permitírselo, aquellos que tenían asegurado el sustento de sus familias, una gran minoría en la miseria de la posguerra, pero no la gente humilde que invadió la ciudad para llorar en su entierro, rompiendo con sus lamentos el proverbial silencio de las calles de Córdoba. 
"Presentimiento". Foto: Nicolás Müller.
Santander, 26 de agosto de 1947.
En la plaza de Linares, Manolete mostró su última sonrisa, magníficamente fotografiada por el inolvidable Francisco Cano Canito. En la foto, que no guarda relación con el patetismo de la imagen captada dos días antes por Müller en la corrida de Santander, Manolete saluda elegantemente, correspondiendo con una sonrisa de gratitud a la ovación del público, y mostrando un gesto de complacencia que gracias a Cano ha pasado a la historia. Pocos sabían que escasas fechas antes, acompañado por Camará, había acudido a la consulta del afamado doctor don Gregorio Marañón, que veraneaba en San Sebastián y por las tardes atendía a pacientes en el Hotel Reina Cristina, donde se alojaba. Tras explorarlo, este le prohibió expresamente que continuara toreando, por apreciar que su estado no era normal debido a una gran depresión nerviosa. Lo cuenta José Lara, en el libro «Manolete, yo me mando» (Ediciones Bellaterra, 2017). Pero el torero le contestó que no podía hacer eso, que tenía que continuar y cumplir los compromisos pactados. El doctor Marañón le insistió: «Mañana mejor que pasado». Cinco días después Manolete moría en Linares.
Guillermo entrega los trastos a Manolete en presencia de Camará.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la Revista "Aplausos".
Todavía cuesta entender que el apoderado le hiciera esa corrida de Miura, en la feria de un pueblo, y anunciado con el polémico Luis Miguel Dominguín, con quien el cordobés llevaba tiempo distanciado, como reconoció el torero madrileño. A mediodía del 28 de agosto, alojados ambos en el Hotel Cervantes, cuando Manolete regresaba del cuarto de baño —entonces común para las habitaciones de la planta—, al ver abierta la habitación de Luis Miguel lo saludó y este le invitó a pasar. Manolete le dijo que estaba cansado, deseando de acabar la temporada para retirarse de los toros. También le hizo ver que cuando se marchara él heredaría todos sus enemigos. Era el corto diálogo de acercamiento, antes de desearse suerte, del hombre reflexivo que reinaba en el toreo con el joven provocador que quería reinar. Una profecía que el aspirante al trono no olvidaría jamás.
Por las afueras Islero embiste franco a la muleta de Manolete.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la Revista "Aplausos".
Contaba Francisco Cano que Islero tenía querencia a chiqueros. Lo argumentaba con sus fotografías, donde puede verse que, cuando el torero lo pasa con la muleta en la diestra, el toro embiste franco por los terrenos de afuera hacia toriles, mientras que cuando embiste por los de adentro, entre las tablas y el torero, alejándose de su querencia, aprieta para afuera buscando la huida y obligando al diestro a rectificar su posición. 
Cuando Islero iba por los adentros Manolete tenía que rectificar. la posición
Foto Francisco Cano. Cortesía de la Revista "Aplausos".
Tras adornar con manoletinas una faena de máxima entrega, Manolete se perfiló para entrar a matar en la suerte contraria, dando al toro la salida hacia tablas, y atacó con una despaciosidad impropia, recreándose en la ejecución, para hundir el acero lentamente en el morrillo de Islero, que al sentir el estoque derrotó metiendo el pitón derecho en la ingle derecha del torero, que aún no había abandonado la suerte, y al que instintivamente halló al buscar la querencia, volteándolo y arrollándolosin hacer por él en la arena, cuando huía a morir a terrenos de toriles.
Manolete entró a matar despacio en la suerte contraria.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la Revista "Aplausos".
Ya no viven los protagonistas de la corrida, pero quedan sus testimonios en diferentes medios. Luis Miguel Dominguín, que siempre habló del torero de Córdoba con enorme respeto y admiración, receló sin embargo de sus conocimientos del toro: «... pero Manolete no conocía al toro y eso también lo mató. Por su jerarquía él tenía que conocer mucho más al toro, sus condiciones y dificultades». (Luis Miguel Dominguín, de Carlos Abella. Espasa Calpe 1995), y en varias ocasiones refirió su error técnico al elegir los terrenos en la última estocada. Sea lo que fuere, cómo sería de grandioso el torero de Córdoba, que setenta y tres años después de su muerte seguimos haciéndonos preguntas sobre la tarde de Linares. 
La suerte natural y la contraria. Dibujo de Enrique Moratalla
 Barba. Cuadernos Taurinos Diputación de Valencia, 1986
Parece lógico que habría sido más apropiado perfilarse en la suerte natural, para dar la salida al toro hacia su querencia. Pero si Manolete hubiera actuado así, arrancando con idéntica despaciosidad, se puede deducir que Islero no habría colisionado con él, pero el supuesto no garantiza que el torero, por la lentitud mostrada en la ejecución, hubiera salido de la suerte a tiempo de evitar el derrote del toro al sentir la espada. ¿Cuántas veces los diestros entran a matar en la suerte que aparentemente resulta menos indicada, no por desconocimiento de la técnica, sino porque en ese momento “ven clara la muerte”? Manolete, como antes y después tantos toreros, honró al toreo y recordó la tremenda verdad de la lidia al resolver "su" problema, no los que otros formularon después de arrastrado Islero cuestionando sus conocimientos. Las interrogantes son incógnitas por despejar, y aunque es preciso valorar con proporcionalidad las reglas del toreo, no es menos cierto que por muchas tauromaquias o “cartillas de torear” que se hayan escrito, la lidia de un toro nunca será una ciencia exacta. Los aficionados conocen bien lo que significa el célebre aforismo: «El hombre propone, Dios dispone y el toro descompone».
Islero huye, no hace por el torero y busca chiqueros para morir.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la Revista "Aplausos".
Tanto los matadores de aquella época como los críticos que la contaron, incluidos los detractores del torero cordobés, coinciden en que Manolete fue un extraordinario matador de toros. Sin cuestionar su virtud, existe un testimonio de interés, escrito por José Alameda, posiblemente el mejor analista de la historia del toreo, que en el libro «Los heterodoxos del toreo» (Espasa Calpe 2002), plantea su íntima preocupación como aficionado por la forma de estoquear de Manolete en las temporadas de 1946 y 1947:
"Manolete llevaba hacia atrás el antebrazo, quedando la
mano pegada al cuerpo". José Alameda. Foto Espasa.
«Durante toda aquella temporada, en que lo vi muchas veces, como lo había visto en 1945-1946, sentí invariablemente cierta angustia de espectador en el momento en que Manolete reunía en la estocada. Siempre me pareció que «ahogaba» la suerte y que hacía un supremo esfuerzo de honradez para no salirse de la recta. Sin embargo, aunque casi imperceptiblemente, se salía y sus estocadas quedaban levemente tendenciosas —muy levemente, pero visiblemente para el ojo analítico.
Preocupado por este problema, reuní, después de muerto Manolete, algunas fotografías que pudieran ratificar o rectificar aquella impresión y en que aparecen, en contraste con el propio Manuel Rodríguez, matadores como Zurito, Freg, Villalta, Camino, Ostos, Cagancho, que, estos sí, me parecen, sino impecables, excelentes.
De las fotografías se deduce:
1. Los ejecutantes de mejor ley han metido la espada antes de que el toro llegue al punto que ocupa el torero.
2. Ello se logra, evidentemente, porque el diestro no retrae la muleta, sino que la lleva siempre delante, de modo que el toro, al hacer por ella, humilla a la distancia de poder meterle la espada con la debida anticipación.
(El movimiento de retracción del brazo izquierdo, lo que algunos llaman malamente «vaciar», es indicado en la suerte de recibir, suerte en que pasa el toro, no en la del volapié, o sus variantes, en que pasa el torero. Domingo Ortega tiene una frase muy gráfica al respecto: «La muleta, siempre delante; hay que dársela al toro para que "la muerda"».)
3. Manolete quebraba el brazo izquierdo y llevaba hacia atrás el antebrazo, de modo que muchas veces la mano quedaba pegada al cuerpo, a nivel del hígado o de la cintura; consecuentemente, el toro alargaba el cuello en proporción a ese movimiento y, en vez de humillar y entregarse antes de llegar al torero, le llegaba con la cabeza a media altura, a nivel de la ingle o cadera, habiéndole ganado un tiempo que «ahogaba» la suerte y la  hacia anginosa, constreñida.
Queda así expuesta la hipótesis, la sospecha, la congoja. Con todo el respeto que me ha merecido siempre la figura de Manolete, y sin más propósito que el de plantearle al lector aficionado un problema de apreciación técnica, para que lo considere y, si quiere y puede, lo resuelva por su cuenta. Como dice Ortega (don José), lo importante no es tanto resolver los problemas, cuanto plantearlos, que es por donde hay que empezar».
Majestuoso como un ciprés, Manolete se pasa muy cerca a Islero.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la Revista "Aplausos".
Durante la angustiosa temporada de 1947, en la mente de Manolete se acumulaban problemas de toda índole: familiares, personales y profesionales. Demasiados para tener las ideas claras y enfrentarse a los toros. Era una temporada de hartazgo ante el calvario de circunstancias que no le dejaban ser feliz. Agobiado por todo y por todos, el torero se consideraba esclavo de una vida profesional que le impedía disfrutar de su juventud y de la fortuna ganada. A esas alturas de su carrera no le quedaba nada por demostrar, pero su espartana entrega en los ruedos pareció acentuarse la tarde de Linares, pues la faena a Islero fue de una exposición increíble, por su cercanía agobiante al toro a pesar de las dificultades que planteaba. 
La muleta chica y vertical, la mano bajísima, y muy cerca de Islero.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la Revista "Aplausos".
Ahí está para dar fe en la historia el extraordinario reportaje gráfico de Francisco Cano, que vio la luz en el libro «Vida y tragedia de Manolete», de Filiberto Mira, editado por «Aplausos» en 1984, y que insertamos por gentileza de esta revista taurina, donde el fotógrafo de Alicante captó la pureza del concepto vertical de bragueta y zapatillas hundidas de Manolete, que majestuoso como un ciprés aguanta el encuentro, sin dejar apenas espacio entre él e Islero, para bajar la mano y someterlo con los espeluznantes derechazos que templan una pequeña muleta. Esa tarde Canito supo captar magistralmente la entrega hasta el final del diestro que enseñoreó el toreo. En Linares fue la última estocada, y la plaza enmudeció al presenciar el lento encuentro del torero con el miura. La cornada golpeó la tarde como un relámpago y cegó de inquietud a todo el orbe taurino. Llegaba la tormenta que se venía formando desde hacía tiempo, la que horas después provocaría la riada de protagonismos e infortunios médicos que terminarían por llevar a la tumba al irrepetible torero de Córdoba. Al amanecer, cuando los rayos del día iluminaban un inmenso mar de olivos, Islero había cargado con todas las culpas. 

lunes, 9 de abril de 2018

EL PESO DE LA PÚRPURA

Por Antonio Luis Aguilera

Luis Miguel Dominguín.
No vi torear a Luis Miguel Dominguín, pero tuve la suerte de saludar al maestro. Fue en Córdoba, cuando acudió como invitado a la “Semana del Toro de Lidia”, magnífico evento cultural que en los años noventa organizaba un elenco de grandes profesores de la Facultad de Veterinaria.  Aquella tarde, al estrechar su mano, le dije que era un honor poder saludar a uno de los toreros importantes de la historia. Sonriendo me dio las gracias. No podía suponer el veterano maestro que estaba reconciliándome conmigo mismo, pidiéndole perdón por el odio que pudo haber en mí cuando siendo niño creí a quienes decían que Luis Miguel había matado a Manolete. No era verdad. La historia y la vida me demostraron la falsedad de aquella cruel aseveración. Por eso guardo con enorme gratitud la oportunidad que me dio la vida, y recuerdo con inmensa paz el apretón de manos y la sonrisa agradecida de uno de los espadas grandes del toreo.                                             

A Manolete no lo mató Luis Miguel. Posiblemente ni “Islero”, con marcada querencia a chiqueros, tuvo intención de herirlo mortalmente cuando, en la suerte contraria y cerca de toriles, derrotó al sentir la estocada y emprendió huida hacia la querencia arrollando al torero, que había entrado muy despacio y no tuvo tiempo de pasar el fielato. Manolete había llegado a Linares tremendamente cansado de la hostilidad del público y la campaña antimanoletista de un influyente sector de la crítica taurina; hastiado de la profesión a la que se había entregado con honradez ejemplar y  pensaba dejar al concluir la temporada; apenado por el visceral rechazo de su familia y amigos íntimos a Lupe Sino, la mujer que amaba y con la que iba a casarse en octubre en Barcelona, como aseguró la noche antes de su muerte a don Antonio Bellón, crítico del Diario “Pueblo”, asegurándole que él era la única persona a la que creía capaz de convencer a su madre para que acudiera a la boda.  

Intrigas de despachos, protagonizadas por espadas que no le aguantaron el pulso en los ruedos, rompieron en 1947 el convenio entre México y España. La ruptura cobraba dos presas importantes: Manolete regresaba a España en plena campaña americana, cuando era un ídolo en el país azteca, y Carlos Arruza, primerísima figura en España, se quedaba fuera de la temporada. Contrariado por la política que le impide torear en la nación donde era feliz y tener que adelantar el regreso a España, donde le esperaba la dura defensa del cetro del toreo, Manolete declara que donde los toreros tienen que hablar es en el ruedo. Le dicen que en su ausencia Pepe Luis lo ha retado a torear varias corridas duras en plazas incómodas, hostil propuesta a la que contesta con ironía por el cariño y admiración que siente por el compañero con quien más tardes alternó: “Habrá sido a comer ostras”. Se comenta con insistencia que es su última campaña y la crítica afina el estilete, Gregorio Corrochano “le llama “banquero”, Giraldillo le pide que se retire de los toros y le llama “torero vergonzante”. Manolete manifiesta: “Para mí nunca hubo eso que llaman palmas de simpatía”.

El 28 de agosto de 1947 Manolete y Luis Miguel se hospedan en el Hotel Cervantes de Linares, donde a mediodía se produce el encuentro de ambos en la habitación del aspirante al trono. El rey de los toreros le dice a Dominguín que se siente muy cansado, y le anuncia su retirada al acabar la temporada. También le advierte que él heredará todos sus enemigos. Esa misma tarde, durante la lidia del sexto miureño, mientras Manolete libraba su última batalla en la enfermería, el público insulta al joven torero. Así lo narra el espada a Carlos Abella en la obra biográfica “Luis Miguel Dominguín” (Espasa Calpe, 1995): “El público de Linares empezó a insultarme, porque se sentía responsable de la tragedia. Ellos sabían que habían exigido todo al pobre Manolo y que lo habían llevado hasta la muerte. Empezaron a llamarme ¡canalla!, ¡sinvergüenza!, hasta ¡asesino!, dijo uno”. Más adelante añade: “La muerte de Manolete me produjo una inmensa rabia y una sensación de odio hacia la gente. Y por supuesto, desde ese día, mi actitud ante ella fue otra. A partir de Linares empiezo a maltratarla”.

Mucho se ha escrito de la competencia entre Manolete y Dominguín, pero la perspectiva histórica enseña que lo único que existió fue el  anhelo de un joven espada por ocupar el primer puesto del toreo, como demuestra que ambos solo se midieron doce tardes desde 1944, año de la alternativa del madrileño, confirmada por Manolete esa misma temporada. Una docena de corridas en cuatro años no permite hablar con fundamento de competencia. El joven Luis Miguel quería el trono del toreo, aspiración tan legítima entonces como ahora. Pero la tragedia se cruzó en Linares y entonces el público no soportó el aire altivo, pedante y suficiente de su carácter, ni la provocación que mantuvo con el “respetable”. Mas su fuerte carácter también poseía unas cualidades innatas que resultaron definitivas para conseguir su propósito de ser figura del toreo: inteligencia natural, ambición, amor propio y valor. Tampoco es desdeñable que la contrición del público por la muerte de Manolete hallara en Luis Miguel una nueva víctima, y pretendiera colgarle la etiqueta que le señalaba culpable de la tragedia. Se cumplía la profecía del cordobés en el Hotel Cervantes. Veinticinco años después, en la conmemoración del aniversario, Luis Miguel escribió: “Comprendí entonces lo que se me venía encima. Pensé en mi efímera conquista, que no era tal sino una herencia, y en el duro camino que me esperaba. Conocí desde entonces eso que mi amigo Agustín de Foxá llama el peso de la púrpura”.

Pero Luis Miguel no callaba como Manolete, sino que se enfrentaba a la animadversión del público. Convencido de su poderío y capacidad, lo desafiaba para demostrar que podía con los toros y con quienes le chillaban. La tarde del 17 de mayo de 1949 en Madrid, alternando con Parrita y Manolo González, se proclamó número uno del toreo, tras torear con largura y lentitud, cerrando círculos completos con la muleta, a un ejemplar de la viuda de Galache al que cortó dos orejas. Aseguraba Parrita que Luis Miguel se le acercó entre barreras, mientras el público estaba  entregado a la gran faena de Manolo González, que cortaría dos orejas, y en voz baja le aseguró: “Mañana solo se va a hablar de mi”. Y así fue. Hubo una enorme división de opiniones, pero al día siguiente todos los periódicos hablaban de Luis Miguel, que esa misma tarde repetía actuación en Las Ventas y volvía a salir a hombros tras cortar otras dos orejas a un manso de Antonio Pérez.  

Otro de los innumerables ejemplos de su carácter, que demuestra el desprecio que sentía por quienes le chillaban y la seguridad en su magisterio profesional, tuvo lugar en la corrida celebrada el 12 de octubre de 1960 en la plaza de El Puerto de Santa María, donde se encerró con seis ejemplares de diferentes ganaderías. Mientras toreaba con la derecha al toro de Cobaleda que hacia cuarto, desde el tendido le gritaron: ¡Con la izquierda, Luis Miguel! El torero ignoró la exigencia sin inmutarse e hizo toda la faena con la diestra. Llegada la hora de matar sorprendió al perfilarse con la espada en la mano izquierda y cobrar media lagartijera de resultado fulminante. La faena fue premiada con las dos orejas y el rabo que no paseó, pues esa tarde no dio vueltas al ruedo tras recoger premios -cortó cuatro orejas y un rabo-, solo lo hizo al final de la corrida acompañado de todos los hombres de su cuadrilla. 
Torero dominador

En 1951 Luis Miguel regresa a Córdoba tras la muerte de Manolete. Anunciado el 25 de mayo para lidiar toros de Benítez Cubero con Martorell y Litri, a mediodía se coloca en taquillas el cartel de no hay billetes.  La revista El Ruedo se hace eco del recibimiento hostil con pitos y protestas que le dispensa el público. Aún así, corta la oreja del segundo. Vuelve a la plaza de Los Tejares el 18 de julio, corrida organizada por la Hermandad de la Misericordia, con toros de Saltillo (Félix Moreno), alternando con Luis Procuna y Calerito. Tras un recibimiento idéntico al anterior, el madrileño corta las dos orejas y el rabo a su primero, que pasea triunfalmente recreándose en dos vueltas al ruedo, y obtiene una oreja del segundo, que pasea dando otras dos vueltas al redondel, saliendo de la plaza a hombros junto a Calerito. Esa tarde presencia la corrida un muchacho que analiza como el público quiere que fracase Dominguín pero termina rendido a su magisterio, y como los pitos hostiles se convierten en palmas de un triunfo colosal. El muchacho era José María Montilla, decano de los matadores de toros cordobeses, que recuerda: “Viendo la inmensa facilidad con que estuvo Luis Miguel, imponiéndose a las dificultades del público y de los toros, salí de la plaza convencido de que quería ser torero”.  

           
Dominador de los tres tercios de la lidia, de enorme inteligencia, variado repertorio y gran conocimiento de las suertes y del toro, Luis Miguel compitió contra sí mismo, contra la animadversión del público y contra diferentes generaciones de toreros formidables, manteniendo hasta su retirada la condición de primerísima figura del toreo y el respeto a su magisterio. Alternó con todas las figuras de tres épocas del toreo, desde los años cuarenta a los setenta del pasado siglo, y su carrera estuvo jalonada de una popularidad enorme, que sin duda contribuyó a la difusión de la Fiesta en el mundo. Demasiado éxito en un país de envidiosos, pues como escribiera el inolvidable Antonio Machado: “En España, de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Efectivamente, Luis Miguel fue embestido por poderle al toro y al público, por su éxito con las mujeres más bellas, por el atractivo personal que le permitió relacionarse con la derecha y con la izquierda, y porque, sin proponérselo, fue el mejor embajador de España en el mundo.


Ava Gardner y Luis Miguel

No pudieron derribar al donjuán, ni al torero. Por eso propagaron la miserable patraña que le culpaba de la muerte del rey de los toreros. Mas todo acusado tiene derecho a  su legítima defensa. Dejemos que el propio Luis Miguel la ejerza como declaró para la biografía citada:  “A Manolete le mató el público, porque era un torero extraordinario, de gran honradez profesional, con mucha personalidad y con mucho valor. Manolete ha sido el torero más honrado que he conocido y su personalidad era tremenda”.