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domingo, 24 de agosto de 2025

«MANOLETE»: SUS REFLEXIONES SOBRE LA VIDA DEL TORERO, LA CRÍTICA Y LA MUERTE

Por Antonio Luis Aguilera

 

De izquierda a derecha: Pepín Martín Vázquez,
Manolete y Gitanillo de Triana. Foto Cano.

El 16 de julio de 1947 Manolete toreó por última vez en Madrid. Aquella tarde se celebró la corrida de la Beneficencia, y el torero cordobés lo hizo gratis, como era su costumbre en este tipo de corridas, cediendo sus honorarios para ayudar a financiar las obras del Hospital Provincial. Fue su último paseíllo en la exigente plaza de «Las Ventas», donde alternó con Rafael Vega «Gitanillo de Triana» y Pepín Martín Vázquez, para lidiar un encierro de la ganadería de Bohórquez, remendado con un ejemplar del hierro de Vicente Charro, corrido en segundo lugar.

Manolete, vestido de celeste y oro, cortó las orejas al quinto de la tarde, de nombre “Babilonio”, que lo hirió en la pantorrilla izquierda mientras toreaba en redondo, aunque continuó en la arena, con la pierna sangrando, para concluir una entregada y emocionante faena, que remató con una formidable estocada, antes de echarse en los brazos de las asistencias y que lo llevaran a  la enfermería, donde fue intervenido de una cornada pronosticada como grave por el cirujano que lo operó, don Luis Giménez Guinea.


Instante de la cornada de "Babilonio" a Manolete. Foto El Ruedo.

Mientras Manuel Rodriguez se recuperaba en el Sanatorio de la Milagrosa de la capital del Reino recibió la visita de su paisano José María Carretero, «El Caballero Audaz», al cumplirse quince días del percance. En su habitación, el célebre periodista y escritor de Montilla, le realizó una extensa y profunda entrevista, que fue reproducida en su obra «El Libro de los Toreros», (Madrid, 1947). De esta interviú, que tuvo lugar a escasos días de la tarde de Linares, por su interés extraemos algunas reflexiones del propio Manolete sobre su agitada vida como torero, la manipulable crítica taurina de aquella época, y el constante temor a la muerte en la plaza; declaraciones que al hacerse públicas debieron de retumbar en los oídos y las conciencias de muchos de los que le hicieron imposible el final de su vida, y que nos ayudan a conocer el pensamiento del espada cordobés, a quien de esta manera recordamos, con profundo respeto y desbordante admiración, en el 78 aniversario de su cogida mortal.          

 

«—¡Verdaderamente, que fue una corrida de mala pata! —exclamé yo, dirigiéndome al torero, al mismo tiempo que tomaba asiento en una silla que me ofrecía a la cabecera de su cama—. ¿Verdad, paisano? 

El rostro magro y alargado de Manolete hizo un gesto de desacuerdo.

—No lo creas… Yo la consideré una corrida de suerte. 

—Pero, ¡chico! ¿A pesar de la cogida?

—A pesar de la cogida, que me tiene aquí fastidiado en la cama desde hace quince días —se ratificó—; después hizo una pausa, como para ordenar lo que quería decir—. Se trataba de una corrida de Beneficencia, en la cual yo no cobraba nada. En estas obras benéficas, el millonario, con sacar la cartera y dar un cheque de cien mil pesetas, ya está listo; pero yo he tenido la satisfacción de haber colaborado en una importante obra de caridad con dinero, con mi arte y, porque Dios lo ha querido, con mi sangre; esto es un lujo que no se lo puede permitir todo el mundo. Además, tuve la suerte de torear a gusto y bien.

Manolete, herido, al natural arrastrando la muleta. Foto El Ruedo
—Yo creo que la culpa de tu cogida la tuvo aquel espectador que te dijo, no sé qué, cuando estabas encelado con el toro.

Manolete hizo un gesto de indominable desdén; después rechazó mi supuesto: 

—¡No, hombre, no! Aquel desgraciao no tuvo la culpa de na, ni cambió la trayectoria de lo que yo tenía pensado hacer e hice.

—¿Pero qué cosa desagradable te dijo que yo no pude oírla?

—En realidad me dijo tantas, que no puedo determinar ninguna. Aquel hombre pertenece a esa clase de gentes que sienten un gran placer en mortificar a uno, cuando no se puede responder al agravio con el agravio y a la violencia con la violencia. Desde que salí el ruedo y dejé el capote de paseo, empezó a meterse sistemáticamente conmigo, y como lo hizo a destiempo y con injusticia, a mí me producía algo de amargura, porque en esa corrida puse toda mi alma. ¡Si lo sabré yo! Y además… salieron las cosas bien porque Dios quiso.

—Pero hubo un momento —insisto yo para profundizar en la psicología de este gran torero frío y misterioso— en que tú te volviste a él y le dijiste algo después de la primera serie de pases naturales.

—¡Hombre, por Dió! ¡Si me tenía ya frito! Que si «ya era hora de que vinieras a Madrid», «¡Aquí queremos cogerte!», «Aquí estarás mal y en Valencia peor»; y después que yo ya creía haber hecho una faena de pases naturales, muy ceñida y muy de verdad, salta al tío y me grita: «¡Lo de siempre, Manolete!» «¡Menos cuento, menos cuento!». «¡Acércate más y menos cuento!; entonces fue cuando yo no pude más y me dirigí a él.

—¿Y qué le dijiste?

—Hombre, no sé… ¡Una barbaridad! ¿Qué le va a decir uno en estos momentos a una persona que procede con tanta injusticia, y cuando uno se está jugando la vida con tanta ilusión le apostrofa tan cobardemente? Creo que le dije: «¡Baje usté aquí, so venao, que le voy a dar los veinte naturales que necesita!».

 

Pase de trinchera a un toro del Conde de la Corte.
Manolete llevaba el traje rosa claro que vistió en Linares.
 Alicante, 29 de junio de 1947. Foto Finezas.

—¿Pero es que tú oyes todas las cosas que te dicen en las plazas?

—Las que me dicen en las plazas y hasta las que me dicen por las calles. A lo mejor siento un tío que a dos metros de mí exclama: «¡Ahí va Manolete, que no viene a la plaza de Madrid ni atao, porque en las demás provincias torea becerros!».

 —¿Y tú te das por aludido en estas alusiones?

—No, hombre, no; yo las he hecho toas en un saco, y las agradables compensan a las desagradables. En la plaza ya es otra cosa; cuando se está muy placeao, se recoge la intención, el matiz de cada frase y la buena o mala fe con que se dice.

—Se habla mucho de que piensas retirarte, Manolete. ¿Es cierto?

—A nadie se lo he dicho; pero ahora que tú me hablas de ello te diré que es ciertísimo. Me retiro profesionalmente al final de esta temporada.

 

Lo dijo con una solemnidad, opaca, lenta y melancólica. Después, como el que habla de un sacrificio, agregó:

—¡No hay más remedio! 

Manolete en la plaza de Santa María de Bogotá
(Colombia), foto realizada el 28 de abril de 1946 por
 Manuel H. (Manuel Humberto Rodríguez Corredor)
—Pero hombre, ¡tan joven! ¿Qué es lo que influye en esa decisión tuya?

—En realidad, y tal vez únicamente, ¡el hambre que tengo ya de vivir la vida y no continuar siendo un muñeco y un esclavo de ella! La existencia que llevamos los toreros es muy triste, aunque el público crea lo contrario. La vida que hacemos es peor que la de los anacoretas; no sacamos de ella ningún jugo; de un lado para otro, sin descansar en ninguna parte, cargados de angustia, llevando a cuestas la vergüenza de las tardes malas, cuando el público se convierte en una fiera ululante de terrible crueldad, que no quiere ver las razones que hemos tenido para no hacer faenas brillantes a un toro que está huido, que no embiste, que da cornás a diestro y siniestro, que está quedao o que, muchas veces, está toreao antes de llegar a la plaza. El público no quiere saber de razones. Ha ido a divertirse, para eso ha pagado caro, y no tolera la menor vacilación ante el toro, como si la vida nuestra no valiese na. Es muy dura, ¡muy dura!, esta profesión, porque no hay que olvidar la rabia de nosotros, los artistas cuando nos vemos insultados por una muchedumbre de cobardes, que no tienen respeto para el hombre que se está jugando la vida. Nuestras horas de la temporada son una permanente tortura, siempre con una interrogación en el cerebro: «¡Dios mío!» «¡Cómo quedaré en esta corrida?» «¿Me matará un toro en esta tarde?». «¿No volveré a ver más a mi madre?» Y sin poder disfrutar de nada, porque todo nos está prohibido. Yo he cumplido precisamente treinta años, y puede decirse que de la vida no conozco nada; ¡pero lo que se dice nada! Cuando me retire, empezaré a saborearla sin estas malas preocupaciones que le crea a uno el oficio: «¡Manolo, no bebas!»… «¡Manolo, no trasnoches!»… « ¡Manolo, fumas demasiado!»… «¡No comas, que tienes que torear!»… «¡No hables tanto con esa mujer, porque te hace daño y te cambia las ideas de tu profesión!»… «¡Esa gachi te trae mala pata!»… ¡En fin; un suplicio!


Escultural natural de Mamolete al toro 
"Perfecto", de Miura. Barcelona,
2 de julio de 1944. Foto Mateo.

—Te voy a hacer una pregunta difícil. La gente encuentra que la crítica profesional es un poco voluble y a ratos injusta contigo; hay un crítico que te ha llamado monstruo, y al poco tiempo un tal Rodríguez, negándote todo… ¿Qué piensas tú de esto?

—¡Hombre, lo que piensas tú y lo que piensa todo el mundo!

 

Hizo una pausa para reflexionar sus palabras. Y… 

—Como no es un secreto, se puede decir que, desgraciadamente, la crítica en España —salvo raras excepciones— suele ser como uno quiere que sea. Conmigo se ha portado bien y se ha portado mal; de todas formas, mejor es que no hablemos de eso. ¡Da pena y asco!

 

Y al decir esto hizo un gesto de repugnancia. 

 

—Y dime, Manuel: ¿Te inquieta mucho la muerte?

—Hombre… ¡pues… sí!, y pienso lo menos posible en ella. ¿Para qué morir, todavía, cuando uno apenas se ha asomado a la vida y se está congelado en los quince años? Que la muerte venga a su hora, ¡bien está!: pero que nos quite de la vida, nos rompa las ilusiones que tenemos para el porvenir, es una pena, y lo que nos inquieta seguramente a todos los que peleamos con los toros».


Manuel Rodríguez "Manolete". Foto Ricardo


El punto final a esta entrada lo pone la reflexión que sobre Manuel Rodríguez «Manolete» escribió el excelente aficionado e historiador taurino Fernando Claramunt López


«Nadie ha vuelto a pasear aquella dignidad vestida de luces, aquel saber estar ante el toro y ante el público. Entrega absoluta. Vergüenza profesional a carta cabal».


miércoles, 21 de agosto de 2024

«MANOLETE»: LA DIGNIDAD VESTIDA DE LUCES

Por Antonio Luis Aguilera

 

La tauromaquia de «Manolete» no ha envejecido ni perdido vigencia

A pesar de los años transcurridos, la tauromaquia de «Manolete» no ha envejecido ni perdido vigencia. Basta observar las fotografías de su época para comprobar la actualidad de su toreo. Lo expresó en la arena, para que todos los toreros pudieran beber de su fuente al mostrar su acento, y su huella permanece en los ruedos cada tarde de corrida. No pudieron borrarla las patrañas de quienes lo censuraron sin objetividad ni escrúpulos. Ni desprestigiarlo con la engolada y ridícula conferencia de Domingo Ortega en el Ateneo madrileño: la venganza leída en unas cuartillas que escribió, ¿o le escribieron?, explicando su concepto del toreo, el cambiado o de avance con el toro, para censurar el de reunión con el cite de perfil del espada que no fue capaz de nombrar en la tribuna, donde cuestionó la pureza del torero que con su arte enseñoreó el toreo de los años cuarenta, muerto casi tres años antes por la cornada de un Miura en la plaza de Linares. No deja de sorprender que en un mundo de valores como el toreo, donde el respeto es norma sagrada entre los profesionales, al espada de Borox no le temblara el pulso al sujetar aquellas cuartillas, tan irrespetuosas y de dudosa moral, que cuestionaban al torero que había entregado su vida en el ruedo: el compañero que siempre lo llamó «maestro» y le habló de usted. 


«Manolete» y «Platino» en México. ¿Ha perdido actualidad su toreo?

Tampoco pudieron silenciar la realidad histórica del torero cordobés las artimañas de Marcial Lalanda, tan beligerante en la ruptura del convenio taurino hispano-mexicano como burdo en la estrategia del desafío a «Manolete» de «corridas duras en plazas importantes», puesto en boca de su poderdante Pepe Luis Vázquez, buscando titulares de la crítica adepta en plena campaña antimanoletista, fruto del rencor del veterano espada madrileño al torero que adelantó su retirada de los ruedos. El valor, la entrega y la perseverancia en el triunfo de «Manolete» resultaron insostenibles y terminaron barriendo a los diestros que esperaban a que saliera su toro. Los rayos siempre fueron a las cumbres, pero al gran espada cordobés lo odiaron hasta después de muerto —ahí están las hemerotecas—, algunos de los toreros que no le sostuvieron el pulso en los ruedos. Recordamos con cariño las señoriales palabras de un matador de la elegancia de Ángel Luis «Bienvenida»: «¡Mire usted, si el toreo ha tenido un dios y una virgen, ese ha sido «Manolete»! Primero fue él y luego todos los demás. Lo que ocurre es que aquí hay mucha envidia y eso no se perdona. Desgraciadamente en España hay muchos envidiosos».


Pamplona, 1947: «Aquel saber estar
 ante el toro y ante el público».

Manuel Rodríguez dijo con amargura que para él nunca hubo eso que llaman «palmas de simpatía», y defendió que donde tienen que hablar los toreros es en el ruedo. Y eso fue lo que hizo hasta el final. Ahí dejó su testimonio para que todos los diestros que le sucedieron pudieran utilizar esa arquitectura al expresar su acento: la técnica del toreo de reunión que versifica los pases en series. El toreo preconizado por «Guerrita» en su Tauromaquia, puesto en valor por «Joselito» en su faena habitual, pulido con la gracia artística de «Chicuelo», que dio otra vuelta de tuerca a la ligazón alternando los terrenos, e instaurado como el nuevo canon de torear por la impresionante regularidad de «Manolete». Después de él ningún diestro recurrió al toreo cambiado para argumentar su modelo de faena. Ni posiblemente el público habría consentido el regreso de los trasteos de un pase aquí y otro allí buscando el rabo, por mucha «cargazón» que tuvieran.


«Manolete» con un Miura en Valencia.

Observando la historia con perspectiva, resulta vergonzoso que excepto a Rafael Guerra, al que no alcanzó a ver, los tres inmensos toreros que forman la columna vertebral del toreo moderno fueran maltratados, ignorados e incomprendidos por el dogmático e influyente crítico del Diario ABC Gregorio Corrochano, que no tuvo reparos en escribir su propia historia, preocupado de defender y ensalzar el toreo de su cuerda —el cambiado o de avance— y generalizando ridículas teorías, como la que pretendía sacralizar el movimiento de adelantar la pierna de salida para cargar la suerte —todavía tiene adeptos en sectores integristas—. Sin embargo, como escribió «José Alameda», posiblemente el mejor analista de la evolución del toreo, la historia no establece dogmas, los establecen los que la escriben. Razonaba el brillante escritor madrileño que existe una ley de gravedad universal de la que no puede escapar el toreo, defendiendo que la suerte se carga en el punto donde gravita, es decir, donde se produce. Y lógicamente, en el toreo de reunión, donde el torero deja venir al toro por su terreno natural para conducirlo hacia atrás y hacia adentro, no se puede sustentar en el mismo punto que en el toreo de avance, donde el matador se cruza al pitón contrario para desplazar el viaje del animal hacia los terrenos de afuera. 


«Vergüenza profesional a carta cabal»
Barcelona, 1944. Majestuoso natural
al toro "Perfecto" de Miura. Foto Mateo.

«Manolete» que sentía el toreo de línea natural, se colocaba enhilado con el toro por el lado que iba a torear, y desde la verticalidad que interpretaba el toreo iba acortando las distancias hacia el animal con pasos laterales, llegándole poco a poco con la muleta retrasada hasta provocar su arrancada. Por delante ofrecía su propio cuerpo, para que el animal eligiera entre él o la tela que presentaba cerca de la pierna de salida. De esta forma, por su inmenso valor, creó una nueva manera de obligar a embestir para aprovechar la mayoría de los toros quedados de su tiempo, tuvieran estos mayor o menor recorrido. Sin embargo, para el ortodoxo sanedrín de la escuadra y el cartabón resultaba ignominioso ese toreo, e hipócritamente censuraron el medio pase, sin valorar que «Manolete» se colocaba en un terreno que los demás rehuían, y comenzaba el natural donde otros lo terminaban. Y por supuesto, sin valorar que esa técnica le permitía rematar el pase limpio por abajo, para quedar colocado en la cara y ligar largas series de naturales en un palmo de terreno, de una emoción y gallardía únicas, que provocaban asombro por su majestuosidad y encendían el entusiasmo del público. También, la inconfesable envidia de los que no aceptaron que «Manolete» fue el mejor de su tiempo, un torero único e irrepetible: un espejo de toreros, de los de antes y de los de ahora. Como escribió el historiador Fernando Claramunt: «Nadie ha vuelto a pasear aquella dignidad vestida de luces, aquel saber estar ante el toro y ante el público. Entrega absoluta. Vergüenza profesional a carta cabal».


«Manolete», Santander, 26 de agosto de 1947.
"Presentimiento" tituló su foto Nicolás Müller
 
 «De lo que pasa en el mundo

por Dios que no entiendo ná,

el cardo siempre gritando

y la flor siempre callá».

 

Lole Montoya 

(«Todo es de color». Lole y Manuel)

 

viernes, 7 de enero de 2022

«MANOLETE» ENSEÑOREÓ EL TOREO

Por Antonio Luis Aguilera 

«¡Manolete!». Gouache sobre papel de Roberto Domingo

El señorío y la dignidad de aquel torero permanecen intactos en el recuerdo imborrable de su paso por los ruedos. Su personalidad y entrega con todos los toros, su saber estar dentro y fuera de las plazas, su ejemplar respeto a los compañeros de profesión —a todos sin excepción, porque «Manolete» jamás consintió que se hablara mal de ninguno en su presencia; para  él todos eran buenos—, incluso de los que no disimularon la inquina que por envidia los carcomía. Fue el mejor de su tiempo. El mejor por la extrema sinceridad de su torería y entrega, por perseverancia, respeto, honradez, bondad y generosidad. Por el señorío y la elegancia irrepetibles, que un anochecer sepultaron junto a su cadáver en el cementerio de la «Virgen de la Salud» de Córdoba, cuando «Islero» pasó por Linares para poner el punto final a su historia y cargar con tanta culpa inconfensable...

La historia que luego narraron a modo de novela, con los supervisados tintes melodramáticos de aquella época en blanco y negro, ensalzando incluso a quienes hicieron de su vida un calvario, una auténtica sucesión de adversidades y pesadumbres. O la que en engolados actos académicos, argumentandos en invenciones urdidas con propósito de engañar, se propagaron de forma inmoral, para censurar las ventajas del toreo de perfil —en clara insinuación de cobardía— y realzar la pureza del clásico o de avance al pitón contrario. Ni siquiera muerto el gran torero, aquellos que no le aguantaron el pulso, aceptaron que no pudieron arrebatar el cetro al dueño y señor de su época, al torero que implantó definitivamente el toreo ligado en redondo revelado por Manuel Jiménez «Chicuelo», el que sigue vigente cuando se cumple el 75 aniversario de la muerte del espada cordobés. 

Como proverbialmente escribió Fernando Claramunt en su «Historia Ilustrada del Toreo» (Editorial Espasa-Calpe): «Nadie ha vuelto a pasear aquella dignidad vestida de luces, aquel saber estar ante el toro y ante el público. Entrega absoluta. Vergüenza profesional a carta cabal». 

sábado, 1 de enero de 2022

GAONA Y «JOSELITO» EN 1915

Por «Don Justo»

Portentoso par de banderillas, cuadrando en la misma cara, de
Rodolfo Gaona. Temporada de 1917. Foto "Al Toro México".

Releyendo la magnífica «Historia Ilustrada de la Tauromaquia» del gran aficionado y escritor Fernando Claramunt (Espasa-Calpe. Madrid 1992), nos detenemos en la más que interesante comparación que en ella se reproduce del cronista «Don Justo» (Isidro Amorós Manso), que fue publicada en la obra «Gaona-Joselito» (Madrid 1916). Siempre es un gozo leer e imaginar cómo fueron aquellos portentosos toreros. Veamos cómo se expresaba «Don Justo» en 1916: 

«Rodolfo Gaona con sus alzas y bajas y los alejamientos de la plaza madrileña por problemas con las empresas, afianza su prestigio en plazas de provincias en las principales ferias del año. Pese a todo en 1915 actuó nueve veces en Madrid justificando su fama con lo que realizó en los tres tercios.

Y no menos portentoso par de Joselito por los adentros 

De los dos toreros de la sevillana escuela, el de Gelves es más dominador y el de México más elegante y artista. No se trata de “borrar a Joselito” sino de contrastar su repertorio variado, fácil, de dominio, con el clasicismo de Gaona que practica un toreo de brazos más depurado, exquisito, menos basado en las facultades físicas.

¿Qué resulta de comparar uno y otro torero?

El dominio de la verónica de Joselito 

En el primer tercio se vislumbraría el dominio de Joselito. Recoge su capote inmediatamente los toros abantos. Recuerda mucho a Ricardo Torres Bombita con el compás muy abierto, cargando mucho la suerte pero echando hacia afuera el toro, con lo que la suerte pierde emoción. Rara vez intercala navarras o faroles en sus verónicas. El repertorio de quites es mucho más variado en Rodolfo Gaona, sobresaliendo el lance que Don Pío bautizó como “gaonera”. Uno y otro matador practican el quiebro de rodillas con limpieza, a la altura de la cintura (no la larga afarolada “mixtificación sin mérito alguno”). Pero los dos realizan con galanura cuantas largas clásicas, galleos, quites a punta de capote, medias verónicas y otros adornos se propongan. Joselito tiene gran habilidad para el recorte capote al brazo, al estilo de Reverte.

La elegancia del «Indio Grande» en la hora estelar de su toreo.

Con las banderillas José tiene todo el repertorio alegre y lleno de facultades de Guerrita mientras Gaona parea con la soberana elegancia y la majestuosidad de Lagartijo. José banderillea más “a la carrera”. En los pares de Gaona hay templanza, menos prisa y sobre todo más elegancia. José pasa ante la cara más rápido, no para, no cuadra lo debido “robando a la suerte lo que sólo saben apreciar los buenos aficionados”.  Se deja ver desde muy lejos, anda despacio hasta emprender la carrera iniciando ya el cuarteo con suma habilidad. Abusa de clavar por el lado derecho, por lo cual ha sufrido luego cogidas al entrar a matar.

La maestría de Joselito en el segundo tercio de la lidia

Gaona por su parte es en el segundo tercio un dechado de vistosidad y elegancia. Banderillea lo mismo por un lado que por otro con enorme facilidad. Camina hacia el toro con los brazos abiertos y la espalda ligeramente inclinada hacia atrás con pasos suaves y rítmicos. Da un golpecito con los palos antes de clavar, sin perder ningún tiempo y sin que padezca la reunión de los rehiletes. Es una costumbre clásica de los grandes banderilleros. Cuadra muy bien ante el toro. Uno y otro  torero son “tan excelentes rehileteros que podrían actuar con los ojos vendados y no desmerecen ante el recuerdo de Lagartijo y Guerrita”.

El escalofriante «par de Pamplona» de Rodolfo Gaona (8-7-1915)

En el último tercio sobresale el dominio de José con la muleta con el toro de peligro. El macheteo, toreo por la cara, la vista y las facultades son algo portentoso. No hay toro que se resista, por quebranto o por fascinación; agotado y entregado permitirá el adorno final y el entusiasmo del público.

La clase, el dominio y la seguridad de Joselito 

En las primeras temporadas de matador toreaba menos erguido, menos derecho, cargaba demasiado los pases.

Rodolfo, con sello propio, cuando le sale un toro bravo y codicioso se hace aplaudir como nadie. Los cambios de mano de la muleta en la misma cara del toro tienen gran precisión y sorprenden al público. A uno y otro torero se les acusó de manejar en exceso la mano derecha, pero saben torear al natural con gran pureza. Los naturales de Gaona, “impecables y de artística y soberana ejecución no los mejoraría nadie ni aún el mismísimo Cayetano Sanz o Lagartijo”.

José domina a los toros mansos. Rodolfo luce mucho con los bravos y pastueños.

Adorno de Rodolfo Gaona en la plaza de Madrid

Con la espada Rodolfo es superior a José. El diestro de Gelves suele no matar en la suerte natural, da la salida a las tablas con lo que el toro “hace mucho por el matador” y a menudo le quita la espada o le hace pasar dificultades alargándose mucho la faena. Por su parte Rodolfo mata bien, arranca derecho, lleva el estoque bien montado, dobla la cintura por el pitón y sale por los costillares. Sin ser un purista del volapié es notoria su superioridad en esto sobre Joselito. La suerte de recibir la han ejecutado uno y otro en pocas ocasiones.

Joselito en Santander (1912). Foto Francisco Goñi (El País)

De las corridas que torearon juntos en la temporada de 1915, Gaona quedó mejor en las tres tardes de Granada. En Mérida, el 24 de junio triunfo Gaona en todos los tercios. En Pamplona el 8 de julio Gallito sobresalió en quites y matando, pero Gaona estuvo mejor con las banderillas y la muleta. El 9 de julio en la misma plaza Joselito fue el triunfador, así como el Santander el 8 de agosto y en San Sebastián, donde Gaona, volteado, fue a parar a la enfermería. En Salamanca el 11 de septiembre Gaona superó a Joselito. Alternaban ese día con Gallo. El 13 de septiembre, también en Salamanca, estuvieron los dos igual de bien. En Valladolid con toros de Saltillo para Gaona, Joselito y Belmonte, tuvo más suerte Joselito y quedó mejor en general.

Estocada de Rodolfo Gaona

La última del año, la de Granada, fue con miuras pedidos expresamente por Joselito para alternar con Gaona y Belmonte. Gaona estuvo colosal en todo y Joselito mal».

Interesante e histórico testimonio. Posteriormente, pese a continuar obteniendo triunfos importantes, aquel soberbio torero mexicano que fue Rodolfo Gaona que demasiadas veces se olvida que encarnó un papel de primer protagonista en la «Edad de oro del toreo», como también lo hizo Rafael el Gallo—, tendría un desafortunado contratiempo privado, convertido en público, que marcaría dolorosa y cruelmente su imparable carrera en los ruedos. 

viernes, 28 de agosto de 2020

¡HAN MATADO A MANOLETE!

(Linares, 28 de agosto de 1947: 73 aniversario)
"Nadie ha vuelto a pasear aquella dignidad vestida de luces, aquel
saber estar ante el toro y ante el público. Entrega absoluta. Vergüenza
profesional a carta cabal". Fernando Claramunt (Historia ilustrada de la
Tauromquia II). Foto: Manolete clavado con un miura en la plaza de Valencia.

Primera crónica radiada en España, comunicando la triste noticia de la muerte de Manolete, leída en la mañana del día 29 de Agosto de 1947, en los micrófonos de RADIO CÓRDOBA (E.A.J. 24).

¡Ya estarán contentos los chacales! 
Los que vociferaban, los que aullaban envidiosos e impotentes, emboscados, agazapados en las cunetas del camino de gloria, que recorría el triunfador, el ídolo, el elegido... Ahí lo tenéis. No volváis la cara con espanto horrorizados de vuestro delito.
Vosotros, plumas venales, que queríais poner tasa y precio al arte maravilloso de Manuel Rodríguez; vosotros, públicos inconscientes de todas las plazas, que increpábais sedientos de sangre al mejor torero del mundo, ahí lo tenéis, frío, yerto, estereotipado en su rostro el rictus amargo de una sonrisa eterna.
Ahí lo tenéis, muerto; esa es vuestra obra.
No había competencia posible. No podía haberla. Manolete era único. Y lo ha demostrado con su gesto de héroe, de hombre. En plena gloria de su vida y de su arte ha muerto en la plaza de toros de un pueblo andaluz el genial torero cordobés Manuel Rodríguez Manolete. El mejor torero del mundo. El creador de la escuela de la serenidad y del estoicismo.
La emoción traba los puntos de nuestra pluma que tropiezan sobre las cuartillas que tienen la palidez de la muerte. De esa muerte traicionera que ha segado en la flor de la juventud pletórica de gloria y de ensueños la vida luminosa del más grande de los toreros nacidos.
Ha muerto Manolete y lo ha matado un Miura. ¡Maldita ganadería de toros asesinos! ¡Maldito Islero!, que así te llamabas, toro criminal, que en las puntas buhidas de tus cuernos traidores como facas de jaque, te has llevado engarzada la flor hermosa de una vida triunfante!... Nada menos que la vida de Manuel Rodríguez Manolete.
El mejor de todos los toreros, de los que han sido y de los que son y de los que serán.
Cordobeses, amigos: Ha muerto Manolete. Ha muerto nuestro ídolo. ¡Llorad!... Llorad todos, llorad conmigo, pues todos tenemos algo de culpa de esa muerte. Entre todos los que queríamos más y más de su arte excelso y único, lo hemos matado.
¡Llorad!... Mujeres. Las que las tardes luminosas de corrida arrojábais brazadas de claveles en homenaje al triunfador, cortad ahora a las mejores flores, las más fragantes de los huertos cordobeses, de vuestros patios, de vuestros jardines, para arrojarlas mañana al paso de su cadáver, cuando lo llevemos a hombros por última vez por las calles de Córdoba, camino del Campo Santo.
Nenas de Santa Marina. Bonitas nenas cordobesas… Las que quizás algún día soñásteis con ser la novia del torero, llorad todas porque ya no será de vosotras. La novia eterna, la muerte implacable y cruel, le ha dado el tremendo abrazo. Manolete esta madrugada se ha desposado con la muerte.
¡Llorad!... Amigos de Manolo. Que los balcones de las casas del «barrio», en el «viejo matadero», que las ventanas de la Plaza de la Lagunilla, donde soñó el maestro con ser el mejor de los toreros, se cubran de negros crespones… Llorad todos, como lloramos nosotros de rabia y de pena. Llorad, que ha muerto el más grande, el más valiente y el más hombre de todos los toreros. Y ha muerto como mueren los elegidos, como mueren los héroes legendarios, como tenía que morir Manuel Rodríguez Manolete.

Manuel García Prieto
Redactor jefe de radio Córdoba
E.A.J. 24
Triunfos de Manolete en México


sábado, 20 de julio de 2019

MANOLETE, REY DE TOREROS

Por Antonio Luis Aguilera

Madrid 11/5/1944. Alternativa de Ángel Luis Bienvenida.
Actuó con sus hermanos Antonio y Pepe. Foto ABC
El 3 de noviembre de 2005, en la magnífica sede de la Tertulia Taurina El Castoreño del Real Círculo de la Amistad de Córdoba, con el auditorio lleno hasta la bandera y actuando como notario el historiador taurino Fernando Claramunt López, el matador de toros Ángel Luis Mejías Jiménez, último representante de la célebre dinastía de los Bienvenida, sin lugar a dudas una de las más toreras de la historia, nos respondió con el señorío, sencillez y gallardía que le caracterizaban, cuando requerimos su opinión sobre la campaña antimanoletista emprendida por algunos críticos y toreros para restablecer la “verdad” del toreo, poco tiempo después de que un toro de la ganadería de Miura hubiera matado al torero cordobés: “Mire usted, si el toreo ha tenido un dios y una virgen, ese ha sido Manolete. Primero fue él y luego todos los demás. Lo que ocurre es que aquí hay mucha envidia y eso no se perdona. Desgraciadamente en España hay muchos envidiosos”.

Alicante, 29/6/1947. Manolete somete con un precioso doblón a un
 toro del Conde de la Corte que pesó en canal 330 kg. Foto Finezas
En sus dos últimas temporadas Manolete sufrió el hostigamiento del público. Se metían con él y le protestaban el precio de las entradas. No era de extrañar, pues críticos de la influencia de Gregorio Corrochano (Diario ABC) le habían llamado “banquero” en sus crónicas al verlo de espectador en la feria de Sevilla. Por otra parte, toreros que gozaban del fervor de una crítica ortodoxa pero de escasas miras, nunca perdonaron al espada de Córdoba que les anticipara la retirada, como fue el caso de Marcial Lalanda, quien juzgaba a Manolete de torero corto, que se desenvolvía bien con los toros chicos y afeitados, cuando precisamente fue él quien protagonizó un enorme escándalo en la plaza de Valencia, al aparecer afeitada en los corrales la corrida del Conde de la Corte prevista para su despedida de la afición de aquella ciudad, hecho que originó la retirada del encierro por el ganadero, y el arresto con el consiguiente rapado al cero de su representante, como era habitual en aquella época. 

Sevilla, 20/4/1941. Manolete con el rabo
de un toro de Villamarta. Foto Mari
Manolete era el torero que más cobraba porque era el que más se arrimaba. Precisamente por eso, entre otras señoriales cualidades, ocupaba el trono del toreo y mandaba en la Fiesta. Y como no podían pararlo, los envidiosos recurrieron a quienes no tuvieron escrúpulo en propagar que en él todo era truco y fraude. Sin embargo, la perspectiva de la historia termina poniendo a cada uno en su sitio, por mucho empeño que pongan en lo contrario aquellos que la escriben. Basta comprobar cómo se toreaba antes de Manolete examinando fotos de los toreros más influyentes de las primeras décadas del siglo XX, para observar que hasta Chicuelo se trata de un toreo de escasa reunión, con trasteos a la defensiva, donde la muleta balbucea un toreo de mayor sosiego, pero todavía se desplaza al toro lo más lejos posible del sitio que ocupa el torero. El público aceptaba esta tauromaquia y veía como algo extraordinario cuando un toro propiciaba una actuación donde adquiría protagonismo la quietud de piernas.
Por el contrario, analizando detenidamente fotografías de Manolete, que históricamente otorga regularidad al toreo de Chicuelo, podemos observar que nos hallamos ante un modelo que no ha perdido actualidad, el toreo ligado en redondo, donde el diestro deja venir al toro por su terreno natural para obligarlo a ir hacia atrás y hacia dentro, intercambiando los terrenos del toro y del torero. En la vertebración de este planteamiento resultaron fundamentales Guerrita, Joselito y Chicuelo. Lo que hizo Manolete fue aceptarlo y adoptarlo como patrón de su modelo de faena, donde colocado de perfil llegó a acortar las distancias para ganar pasos laterales hacia el animal y provocar las arrancadas de la mayoría de los toros, siendo fiel al mismo concepto todas las tardes. De esta forma, sin esperar a que le saliera "su toro”, con una firmeza y regularidad impresionantes, el cordobés implantó definitivamente el toreo ligado en redondo de Chicuelo como la base técnica que habría de sostener cualquier expresión artística. 
Aranjuez, 4/9/1942. Toreo de bragueta,
mano baja y dominio. Foto Mari
Los escolásticos hablaban de “parar, templar y mandar”, pero fue necesario el reinado del torero cordobés para hallar el gozne que permitiría la implantación y desarrollo de esta célebre fórmula, atribuida a Belmonte, a la que Manolete incorporó los verbos “aguantar y ligar”. Manuel Rodríguez asumía cada tarde este riesgo, mientras no faltaban compañeros que decían que había acostumbrado mal al público y estaba llegando muy lejos, porque entendían que a todos los toros no se les podía hacer faena por naturales. Pero esa era su gran verdad y ninguno fue capaz de aguantar ese tremendo pulso. Nos comentaba el matador de toros Rafael Jiménez Castro Chicuelo, hijo del inolvidable espada sevillano que concedió la alternativa al cordobés: “Mi padre me decía que Manolete fue el único torero al que había visto pararse con los toros gazapones”. Sobran comentarios, cualquier aficionado sabe lo que eso significa, pero resulta valiosísima esta sincera y torera opinión para confirmar que el toreo de Manolete tenía unidad de sistema, porque el cordobés lo aplicaba a todos los toros.

 Majestuoso pase natural al toro Perfecto, de
Miura. Barcelona, 2/7/1944. Foto Mateo.
El tiempo acabó dejando sin argumentos a quienes interesadamente etiquetaron al espada cordobés de “torero corto”, como Marcial Lalanda, “el más grande” según la letra de su pasodoble. Porque a un torero de la majestuosidad y hombría de Manolete no se le puede juzgar por el austero catálogo de suertes que practicaba. El torero de la plaza de la Lagunilla no realizaba -ni falta que le hacía- quites como el de la mariposa, donde se tocan las orejas del toro –generalmente al de un compañero-, ni necesitaba torear de rodillas para que el público vibrara, pero ejecutó con personal naturalidad y pureza las suertes fundamentales de la lidia, como la verónica  -reina del toreo a capote-, el natural –rey del toreo de muleta- y la estocada –reina de todas las suertes, llamada suprema porque al entrar derecho para atacar arriba se pierde la cara del toro-. Sin fantasías ni concesiones a lo accesorio, Manolete ejecutó magistralmente las suertes fundamentales del toreo. ¿Torero corto?
Al natural en México. El peso del torero gravita sobre la pierna de salida
También Domingo Ortega, aprovechando que soplaban vientos a favor cuando Manolete no podía replicarle, conferenció en 1950 sobre la “verdad” del toreo, censurando al diestro que no adelanta la pierna contraria cuando se arranca el toro, porque así no se carga la suerte. Era una clara alusión al toreo de perfil del espada cordobés. Pero si la verdad del toreo se resumiera en esa acción de avance de la pierna de salida, todos los toreros, desde Manolete a nuestros días, habrían sido unos mentirosos. Y no es verdad. Manuel Rodríguez cargaba la suerte siempre que el peso de su cuerpo gravitaba sobre la pierna de salida, que es la máxima expresión de entrega y dominio sobre el toro, sin que en ello tenga mucho o poco que ver que el compás permanezca abierto o cerrado.
El toreo está tan lleno de Manolete como el cielo y la tierra
de la voluntad de Dios. ("Clarito"). Foto Manolo Castilla
No tuvo discípulos Domingo Ortega, que basaba su modelo de faena en un toreo sobre las piernas, de intercambio de pases y pasos avanzando con el toro, armonioso para quienes aceptaban esta manera de dominio, y de otro valor para quienes veían en su sistema una forma más o menos elegante de irse al rabo. Por el contrario, todos los toreros adoptaron para expresar su acento artístico el toreo ligado en redondo revelado por Chicuelo y consolidado por el torero cordobés, donde el lidiador, con el compás abierto o retrasando ligeramente la pierna de salida, deja venir al toro por su camino natural, sin quebrar su viaje desplazándolo hacia afuera, para llevarlo hacia atrás y hacia adentro, y con un giro de talones intercambia los terrenos para ligar los pases. Ninguna campaña de desprestigio después de haber muerto en las astas de un toro pudo evitar que la sombra de Manolete siga agigantándose al contemplar la perspectiva de la historia, porque como bien sentenció el crítico César Jalón Clarito: “El toreo está tan lleno de Manolete como el cielo y la tierra de la voluntad de Dios”.