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domingo, 24 de agosto de 2025

«MANOLETE»: SUS REFLEXIONES SOBRE LA VIDA DEL TORERO, LA CRÍTICA Y LA MUERTE

Por Antonio Luis Aguilera

 

De izquierda a derecha: Pepín Martín Vázquez,
Manolete y Gitanillo de Triana. Foto Cano.

El 16 de julio de 1947 Manolete toreó por última vez en Madrid. Aquella tarde se celebró la corrida de la Beneficencia, y el torero cordobés lo hizo gratis, como era su costumbre en este tipo de corridas, cediendo sus honorarios para ayudar a financiar las obras del Hospital Provincial. Fue su último paseíllo en la exigente plaza de «Las Ventas», donde alternó con Rafael Vega «Gitanillo de Triana» y Pepín Martín Vázquez, para lidiar un encierro de la ganadería de Bohórquez, remendado con un ejemplar del hierro de Vicente Charro, corrido en segundo lugar.

Manolete, vestido de celeste y oro, cortó las orejas al quinto de la tarde, de nombre “Babilonio”, que lo hirió en la pantorrilla izquierda mientras toreaba en redondo, aunque continuó en la arena, con la pierna sangrando, para concluir una entregada y emocionante faena, que remató con una formidable estocada, antes de echarse en los brazos de las asistencias y que lo llevaran a  la enfermería, donde fue intervenido de una cornada pronosticada como grave por el cirujano que lo operó, don Luis Giménez Guinea.


Instante de la cornada de "Babilonio" a Manolete. Foto El Ruedo.

Mientras Manuel Rodriguez se recuperaba en el Sanatorio de la Milagrosa de la capital del Reino recibió la visita de su paisano José María Carretero, «El Caballero Audaz», al cumplirse quince días del percance. En su habitación, el célebre periodista y escritor de Montilla, le realizó una extensa y profunda entrevista, que fue reproducida en su obra «El Libro de los Toreros», (Madrid, 1947). De esta interviú, que tuvo lugar a escasos días de la tarde de Linares, por su interés extraemos algunas reflexiones del propio Manolete sobre su agitada vida como torero, la manipulable crítica taurina de aquella época, y el constante temor a la muerte en la plaza; declaraciones que al hacerse públicas debieron de retumbar en los oídos y las conciencias de muchos de los que le hicieron imposible el final de su vida, y que nos ayudan a conocer el pensamiento del espada cordobés, a quien de esta manera recordamos, con profundo respeto y desbordante admiración, en el 78 aniversario de su cogida mortal.          

 

«—¡Verdaderamente, que fue una corrida de mala pata! —exclamé yo, dirigiéndome al torero, al mismo tiempo que tomaba asiento en una silla que me ofrecía a la cabecera de su cama—. ¿Verdad, paisano? 

El rostro magro y alargado de Manolete hizo un gesto de desacuerdo.

—No lo creas… Yo la consideré una corrida de suerte. 

—Pero, ¡chico! ¿A pesar de la cogida?

—A pesar de la cogida, que me tiene aquí fastidiado en la cama desde hace quince días —se ratificó—; después hizo una pausa, como para ordenar lo que quería decir—. Se trataba de una corrida de Beneficencia, en la cual yo no cobraba nada. En estas obras benéficas, el millonario, con sacar la cartera y dar un cheque de cien mil pesetas, ya está listo; pero yo he tenido la satisfacción de haber colaborado en una importante obra de caridad con dinero, con mi arte y, porque Dios lo ha querido, con mi sangre; esto es un lujo que no se lo puede permitir todo el mundo. Además, tuve la suerte de torear a gusto y bien.

Manolete, herido, al natural arrastrando la muleta. Foto El Ruedo
—Yo creo que la culpa de tu cogida la tuvo aquel espectador que te dijo, no sé qué, cuando estabas encelado con el toro.

Manolete hizo un gesto de indominable desdén; después rechazó mi supuesto: 

—¡No, hombre, no! Aquel desgraciao no tuvo la culpa de na, ni cambió la trayectoria de lo que yo tenía pensado hacer e hice.

—¿Pero qué cosa desagradable te dijo que yo no pude oírla?

—En realidad me dijo tantas, que no puedo determinar ninguna. Aquel hombre pertenece a esa clase de gentes que sienten un gran placer en mortificar a uno, cuando no se puede responder al agravio con el agravio y a la violencia con la violencia. Desde que salí el ruedo y dejé el capote de paseo, empezó a meterse sistemáticamente conmigo, y como lo hizo a destiempo y con injusticia, a mí me producía algo de amargura, porque en esa corrida puse toda mi alma. ¡Si lo sabré yo! Y además… salieron las cosas bien porque Dios quiso.

—Pero hubo un momento —insisto yo para profundizar en la psicología de este gran torero frío y misterioso— en que tú te volviste a él y le dijiste algo después de la primera serie de pases naturales.

—¡Hombre, por Dió! ¡Si me tenía ya frito! Que si «ya era hora de que vinieras a Madrid», «¡Aquí queremos cogerte!», «Aquí estarás mal y en Valencia peor»; y después que yo ya creía haber hecho una faena de pases naturales, muy ceñida y muy de verdad, salta al tío y me grita: «¡Lo de siempre, Manolete!» «¡Menos cuento, menos cuento!». «¡Acércate más y menos cuento!; entonces fue cuando yo no pude más y me dirigí a él.

—¿Y qué le dijiste?

—Hombre, no sé… ¡Una barbaridad! ¿Qué le va a decir uno en estos momentos a una persona que procede con tanta injusticia, y cuando uno se está jugando la vida con tanta ilusión le apostrofa tan cobardemente? Creo que le dije: «¡Baje usté aquí, so venao, que le voy a dar los veinte naturales que necesita!».

 

Pase de trinchera a un toro del Conde de la Corte.
Manolete llevaba el traje rosa claro que vistió en Linares.
 Alicante, 29 de junio de 1947. Foto Finezas.

—¿Pero es que tú oyes todas las cosas que te dicen en las plazas?

—Las que me dicen en las plazas y hasta las que me dicen por las calles. A lo mejor siento un tío que a dos metros de mí exclama: «¡Ahí va Manolete, que no viene a la plaza de Madrid ni atao, porque en las demás provincias torea becerros!».

 —¿Y tú te das por aludido en estas alusiones?

—No, hombre, no; yo las he hecho toas en un saco, y las agradables compensan a las desagradables. En la plaza ya es otra cosa; cuando se está muy placeao, se recoge la intención, el matiz de cada frase y la buena o mala fe con que se dice.

—Se habla mucho de que piensas retirarte, Manolete. ¿Es cierto?

—A nadie se lo he dicho; pero ahora que tú me hablas de ello te diré que es ciertísimo. Me retiro profesionalmente al final de esta temporada.

 

Lo dijo con una solemnidad, opaca, lenta y melancólica. Después, como el que habla de un sacrificio, agregó:

—¡No hay más remedio! 

Manolete en la plaza de Santa María de Bogotá
(Colombia), foto realizada el 28 de abril de 1946 por
 Manuel H. (Manuel Humberto Rodríguez Corredor)
—Pero hombre, ¡tan joven! ¿Qué es lo que influye en esa decisión tuya?

—En realidad, y tal vez únicamente, ¡el hambre que tengo ya de vivir la vida y no continuar siendo un muñeco y un esclavo de ella! La existencia que llevamos los toreros es muy triste, aunque el público crea lo contrario. La vida que hacemos es peor que la de los anacoretas; no sacamos de ella ningún jugo; de un lado para otro, sin descansar en ninguna parte, cargados de angustia, llevando a cuestas la vergüenza de las tardes malas, cuando el público se convierte en una fiera ululante de terrible crueldad, que no quiere ver las razones que hemos tenido para no hacer faenas brillantes a un toro que está huido, que no embiste, que da cornás a diestro y siniestro, que está quedao o que, muchas veces, está toreao antes de llegar a la plaza. El público no quiere saber de razones. Ha ido a divertirse, para eso ha pagado caro, y no tolera la menor vacilación ante el toro, como si la vida nuestra no valiese na. Es muy dura, ¡muy dura!, esta profesión, porque no hay que olvidar la rabia de nosotros, los artistas cuando nos vemos insultados por una muchedumbre de cobardes, que no tienen respeto para el hombre que se está jugando la vida. Nuestras horas de la temporada son una permanente tortura, siempre con una interrogación en el cerebro: «¡Dios mío!» «¡Cómo quedaré en esta corrida?» «¿Me matará un toro en esta tarde?». «¿No volveré a ver más a mi madre?» Y sin poder disfrutar de nada, porque todo nos está prohibido. Yo he cumplido precisamente treinta años, y puede decirse que de la vida no conozco nada; ¡pero lo que se dice nada! Cuando me retire, empezaré a saborearla sin estas malas preocupaciones que le crea a uno el oficio: «¡Manolo, no bebas!»… «¡Manolo, no trasnoches!»… « ¡Manolo, fumas demasiado!»… «¡No comas, que tienes que torear!»… «¡No hables tanto con esa mujer, porque te hace daño y te cambia las ideas de tu profesión!»… «¡Esa gachi te trae mala pata!»… ¡En fin; un suplicio!


Escultural natural de Mamolete al toro 
"Perfecto", de Miura. Barcelona,
2 de julio de 1944. Foto Mateo.

—Te voy a hacer una pregunta difícil. La gente encuentra que la crítica profesional es un poco voluble y a ratos injusta contigo; hay un crítico que te ha llamado monstruo, y al poco tiempo un tal Rodríguez, negándote todo… ¿Qué piensas tú de esto?

—¡Hombre, lo que piensas tú y lo que piensa todo el mundo!

 

Hizo una pausa para reflexionar sus palabras. Y… 

—Como no es un secreto, se puede decir que, desgraciadamente, la crítica en España —salvo raras excepciones— suele ser como uno quiere que sea. Conmigo se ha portado bien y se ha portado mal; de todas formas, mejor es que no hablemos de eso. ¡Da pena y asco!

 

Y al decir esto hizo un gesto de repugnancia. 

 

—Y dime, Manuel: ¿Te inquieta mucho la muerte?

—Hombre… ¡pues… sí!, y pienso lo menos posible en ella. ¿Para qué morir, todavía, cuando uno apenas se ha asomado a la vida y se está congelado en los quince años? Que la muerte venga a su hora, ¡bien está!: pero que nos quite de la vida, nos rompa las ilusiones que tenemos para el porvenir, es una pena, y lo que nos inquieta seguramente a todos los que peleamos con los toros».


Manuel Rodríguez "Manolete". Foto Ricardo


El punto final a esta entrada lo pone la reflexión que sobre Manuel Rodríguez «Manolete» escribió el excelente aficionado e historiador taurino Fernando Claramunt López


«Nadie ha vuelto a pasear aquella dignidad vestida de luces, aquel saber estar ante el toro y ante el público. Entrega absoluta. Vergüenza profesional a carta cabal».


lunes, 4 de agosto de 2025

«MANOLETE», «EL ESTUDIANTE» Y «CAMARÁ»

Por Antonio Luis Aguilera 

Manolete, El Estudiante y Juanito Belmonte

Hemos releído un libro que hace décadas nos regaló un buen aficionado y nos causó una grata impresión. Su nombre «El libro de los toreros», y fue escrito por el periodista y novelista José María Carretero Novillo (Montilla -Córdoba- 1887 – Madrid 1951), que popularizó el seudónimo «El Caballero Audaz», y fue editado por el propio autor en 1947.

En la obra se recogen entrevistas a toreros, que van desde José Gómez «Gallito» a Manuel Rodríguez «Manolete», pasando por Rafael Guerra «Guerrita», Rafael «el Gallo», Juan Belmonte, Rodolfo Gaona, Ricardo Torres «Bombita», Rafael González «Machaquito»… Entre ellas figura la del matador de toros madrileño Luis Gómez «El Estudiante», que hoy propicia esta entrada, donde opina con meridiana claridad sobre su admirado compañero Manuel Rodríguez Sánchez y quien fuera su apoderado José Flores «Camará», que digamos no  sale muy favorecido en el  fragmento que insertamos.

Del mismo modo, de la opinión de Luis Gómez tuvo conocimiento por José María Carretero el sagaz apoderado, al ser entrevistado tras la muerte del torero cordobés, y en su respuesta sorprenden unas declaraciones de muy mal estilo sobre «Manolete», que sin pretenderlo reflejan el momento de angustia del torero en sus últimos días, cuando aborrecía torear para cumplir un contrato que le venía demasiado largo. También, la tensa relación entre ambos, como evidencia la poca clase del taurino al eximirse de todas sus argucias en los despachos y culpar al propio torero de su mala imagen ante el público.  

Les dejamos con estos interesantes testimonios para que obtengan sus propias conclusiones. Curiosamente, entonces, como ahora, también estaban de moda los vetos que algunos aseguran ver. Nada nuevo bajo el sol.

 

Luis Gómez "El Estudiante"

LUIS GÓMEZ «EL ESTUDIANTE»

«—Oye, Luis: Tú has cogido dos generaciones del toreo. ¿Con qué figuras cumbres has alternado?

—En la primera, con Marcial, Barrera, Ortega, Armillita, Manolo Bienvenida y Laserna. A mi juicio, ésa ha sido la época más difícil del toreo. Entonces salía el toro, y todos éstos entendían de toros, y sabían lo que los bichos llevaban dentro. Yo me consideraba un ignorante, pues no era “un torero de cabeza”… La segunda generación, la actual, en que aparece Manolete, con su majestad de Califa, acortando las distancias; Pepe Luis, Vázquez, Domingo Ortega, que sigue; Antoñito Bienvenida y, a última hora, Carlos Arruza.

—¿Y cuál ha sido la época en que la afición ha estado más entusiasmada con nuestra fiesta nacional?

—Chico, yo creo que ahora… Quizá la mayor efervescencia del toreo fue la del cuarenta y tres y cuarenta y cuatro, cuando yo me enfrenté a Manolete… 

—A propósito de tus relaciones con Manolete —casi le interrumpo yo—. Por ahí se dice que Manolete te había puesto el veto.

Reflexionó un instante con un gesto de amargura. Después exclamó: 

Manolete se ha ido, desgraciadamente, del toreo, sin conocer a fondo todas las cosas malas que rodean la profesión, y, sobre todo, las que suscitaba su nombre. Para mí, este compañero era un chico nobilísimo; pero su mayor desgracia ha sido conocer a Camará, porque este apoderado suyo, que ha sido un ministro de Hacienda, maravilloso para Manolete, ha sido el peor diplomático que yo he podido conocer. Él supo llevarse —para su torero, claro está— todo el dinero que pudo, pero mezclado con unas hondas antipatías para Manolete, que este buen compañero no merecía. Hay que hablar claro. Ninguno de nosotros estaba enfrentado con Manolete ni nos producían envidia sus éxitos, pues todos le admirábamos y le colocábamos en el primer lugar. Ahora bien: lo que no podíamos resistir es que Camará utilizara estas condiciones excepcionales de su torero para humillarnos a todos y tratar de someternos a sus caprichos o hundirnos. Yo aseguro públicamente que el egoísmo desmedido de Camará ha llevado al trágico fin que ha tenido la más grande figura que hubo jamás en el toreo. Porque este torero, al que yo conocía muy íntimamente, no tenía ya necesidad de ir a Linares a torear una corrida de miuras, y mucho menos a que en el mes de septiembre Camará le tuviese firmadas veintitantas corridas de toros. Las últimas manifestaciones de Manolete, que yo he sabido por íntimos que han hablado con él poco antes de morir, eran de estar amargado, cansado; siempre estaba quejando de que era un disparate el esfuerzo tan brutal que estaba haciendo, precisamente, en el momento en que más trabajo le costaba vestirse del torero. ¡Por lo que fuera!, conste que yo he sido el mayor admirador de él y que conocía fondo todos sus sentimientos.

—Era un buen muchacho, ¿no es cierto?

—Era un torero incapaz de falsear la verdad en el ruedo… Es decir, que para él no existían categorías de plazas; por eso había que administrarlo con mucho tacto, cosa que no hacía Camará, al cual yo acuso públicamente de haber enrarecido la atmósfera que rodeaba su torero, hasta el punto de ir indisponiendo con los públicos y obligándole a que su esfuerzo, dado su gran amor propio, fuese cada vez mayor. Manolete sin Camará, hubiese sido, además del torero más grande de la época, el más querido por todos sus compañeros y el más mimado del público, como lo fue Belmonte en su tiempo. Hay una prueba evidente: todo el que trataba a Manolete se hacía íntimo amigo de él, lo que demuestra que era un muchacho angelical y admirable. Pero las marrullerías de Camará en los negocios, sus ruindades, sus imposiciones, sus venganzas, su demanda de privilegios y otras cosas más que no quiero decir, habían conseguido incluso que los públicos lo mirasen con antipatía, como ocurrió en Vitoria y Santander, hasta que él, por su orgullo, tuvo que dar la vida en la plaza de Linares.

—Entonces, ¿tú consideras que Manolete ha sido la figura más grande del toreo?...

 —¡¡Hombre, indiscutiblemente!! Creo, además, que pasarán muchos años para que un torero alcance el merecido prestigio y la personalidad de este artista, ya que ha sido el creador de una escuela nueva, no solamente con el toro, sino en relación con su presencia en la plaza.

—Explícame eso.

Manolete se distinguía de los demás en que era un hombre que acusaba una personalidad, tan distinta de todos, que jamás se le ha visto correr delante del toro ni sentir la emoción del triunfo, tan corriente en los demás. Sus tardes apoteósicas las encontraba tan naturales, tan lógicas, que a mí me daba la sensación de que la única alegría que le producían era la de sentirse satisfecho por haber cumplido con el público. Es decir: que era un hombre tan sencillo, tan llano, que cuando hacía una cosa extraordinaria, se encontraba como a bien consigo mismo y… nada más. No por lo que había hecho de extraordinario al toro, sino porque había correspondido a las esperanzas del público.

—¿Tu toreaste mucho con él?

—Sí; alterné con él en muchas corridas. Nuestro estilo hermanaba muy bien y yo procure adaptarme a su toreo, ya que era revolucionario. La competencia fue durísima, pues pelear con un torero como Manolete era jugarse la vida todas las veces… A mí, como a otros, muchos toreros, Camará procuró alejarme de las plazas, y tengo que confesar que lo consiguió y me ganó la batalla, pues la fuerza con todas las empresas, indiscutiblemente, la tenía Manolete, y se aprovechaba de ella, para estas cosas feas, Camará. Podría citar muchos casos, no solamente personales míos, sino de otros toreros, a los que este hombre ha hecho tanto o más daño que a mí. Como ya te he dicho anteriormente, Manolete, el pobre, estaba al margen y ni se enteraba de esto».

 

José Flores "Camará" y Manolete

JOSÉ FLORES «CAMARÁ»:

«—En este mismo libro atestiguo yo que usted se interesaba mucho por su torero, no dejándole torear hasta que estuviese completamente repuesto; pero también va una Interviú de otro torero en la cual se dice que usted fue un gran ministro de Hacienda de Manolete, pero un pésimo diplomático, porque lo indispuso con muchos públicos y con algunos de sus compañeros, a los cuales ponía usted vetos. ¿Qué quiere usted decirme de todo esto? 

Hizo un gesto de suprema indiferencia y después repuso: 

—Todo eso es completamente falso. Lo que ocurre es que todas las figuras del toreo —don José, usté que es un hombre avezao lo sabe bien—, cuando están arriba del , se llevan las culpas de  lo que ocurre. “No toreo porque la figura me pone el veto”. Y cuando torean dicen: “Yo toreo sin ayuda de nadie”. Y con todo esto quieren tapar su mala fama o que ya han pasao. Es cierto que yo exigía para Manuel todo lo posible, pero sin ocuparme de poner vetos ni tonterías. Yo buscaba el mayor beneficio para él, sin meterme en las cosas de los demás, como saben los empresarios. Y sobre todo, cuando un torero es figura y sabe su oficio, no hay nadie que le pueda poner el veto.

Dicen que ejercía usted sobre él una absoluta sugestión.

—No —me responde rápido—. Esas son cosas que cundían  quitarle mérito a Manolete, porque como era imbatible en la plaza, tenían que combatirle la calle. Lo que ocurría es que estábamos tan compenetraos en los asuntos de toros, que pensábamos lo mismo y él me dejaba una gran libertad de acción, porque tenía en mí una absoluta confianza y de esta forma  nos salía bien.

—Mire usted, Pepe. Yo tengo grandes simpatías hacia usted. Creo que ha cumplido con su obligación en sacar el mayor producto a su torero, que se jugaba la vida, como se ha demostrado; lo que no me explico, es cómo al mismo tiempo, por medio de la propaganda o lo que fuera, no procuraba usted rodearle de un ambiente más favorable, más simpático, para los públicos, como el El Alfombrista hacía con Joselito y el apoderado de Belmonte con su torero.

Casi hizo un gesto de pesadumbre. Después murmuró:

—Mire usté: en estas cosas, aunque la gente lo diga, no forma parte ni puede intervenir el apoderado, sino el carácter del individuo. Manolo en la calle era una desgrasia: no se sacrificaba por nada ni por nadie. En lugar de sumar amistades procuraba alejarlas, y ¡ná más! Era un corazón de oro, muy bueno y muy cariñoso con los amigos que le salían al encuentro; pero él no buscaba ninguno, ni daba coba a nadie, ni le importaba quedar mal o bien con la gente. Como a él no le molestaba que le hicieran cualquier cosa mal hecha, cualquier descortesía dentro de la amistad, él las hacía a puñaos a  el mundo, y lo creía tan natural… Era buenísimo, daba gusto estar con él, se apoderaba del corazón de uno; pero a la vuelta de la esquina no volvía acordarse de lo que había dicho. En una palabra: que no matizaba y no tenía ni idea de lo que debía de hacer un artista, que se debe al público, en su vida de relación con las gentes, ni de lo que era una incorrección. —Hizo una pausa, y como para robustecer su argumentación, prosiguió: —Mire usté: este año estábamos en San Sebastián. Al doctor Oliver, además de ser un personaje que merece todos los respetos, él tenía que estarle agradecido y era muy amigo suyo. Hasta tal punto que el doctor estaba loco por almorzar con él y presentarlo a unos amigos extranjeros que estaban allí, y claro, lo que pasa: “Yo soy amigo de Manolete”. “Pues, hombre, queríamos conocerle”. “Pues un día almorzaremos con él”. En esta situación el doctor Oliver va a ver a Manolete y le propone: “Dime un día para comer contigo, Manolo, y con unos compañeros extranjeros, que quieren conocerte; el día que tú quieras, me da lo mismo”. Pues sí, doctor, cuando usted quiera. ¿Le parece bien el martes?”. “Pues el martes en el Hotel Cristina, a las dos. Yo iré a recogerte”. “Bien, pues a las dos les espero a usté”. “¿Sin falta?” “Sin falta”. Y el día antes Manolo se fue a cenar con unos amigotes. Se emborrachó con Camacho y a las dos del día siguiente no había aparecido por el Cristina y estaba durmiendo y dejó plantao al doctor Oliver, que era su íntimo amigo y una persona respetable, a la cual se debían atenciones… Mire usté —terminó—. Usté lo conocía bien, porque a usté hace un par de años le hizo algo parecido. Y era así con  el mundo. ¡fuese quien fuese! ¡Hasta con el mismísimo rey de España! Y la gente pagaba conmigo sus incorrecciones y sus cosas. Pero los genios tienen sus defectos, y éste era un genio y no había más remedio que tomarlo así y admirarlo».

 

domingo, 15 de julio de 2018

LA ÚLTIMA TARDE DE MANOLETE EN MADRID

Por Antonio Luis Aguilera
Alicante, 29 de junio de 1947. Ayudado por bajo de Manolete. Foto Finezas I 
          La expectación por ver al torero de Córdoba era enorme. El Monstruo actuaba en la corrida de la Beneficencia sin cobrar sus honorarios, para contribuir, con su toreo y con su generosidad, a financiar las obras de ampliación del Hospital Provincial de Madrid. Nadie podía imaginar en aquella calurosa tarde del 16 de julio de 1947, que el famoso diestro iba a echar su último paseíllo en Las Ventas, pero el destino había previsto que el cartel de ese día pasara a ocupar un lugar preferente en los anales de la plaza monumental: Toros de Bohórquez y uno de Vicente Charro (2º), para Gitanillo de Triana, Manolete y Pepín Martín Vázquez.   
                                   
El segundo toro de la tarde se había defendido con aspereza, sin permitir que Manolete le impusiera su toreo. Durante el trasteo, parte del público, ese que disfruta levantando ídolos para luego pisotearlos, se metió con él enviándole algunos recados con intención de herirle: ¡Ya era hora de que vinieras a Madrid! ¡Aquí queremos cogerte! ¡Lo de siempre, Manolete, lo de siempre! ¡Menos cuento, acércate más y menos cuento!... Los aficionados sensatos observaron que el toro no admitía faena y optaron por callar, pero su respetuoso silencio fue utilizado como caja de resonancia por los desalmados que ofendían al torero, escondidos en la inmensa masa de público.                     
Manuel tenía puesta toda su esperanza en Babilonio, el quinto de la tarde, pero una vez más falló el tópico y el toro resultó tan manso como toda la corrida, costó trabajo meterlo en el caballo, y la ardua lidia para llevarlo y traerlo despertó en su comportamiento una clara incertidumbre, que desarrolló vacilando en las primeras arrancadas, donde protestó con violentos derrotes cuando era obligado por la poderosa muleta de Manolete, quién a pesar de los tornillazos lo recibió sin dudas, con unos portentosos y majestuosos doblones rodilla en tierra, rematados con calculada severidad, dejando caer la franela sobre la arena. Fuera de la segunda raya, el cordobés probó el toreo en redondo, pero el manso volvió a sacar su genio y su  peligro, se quedaba corto, medía y buscaba sin disimulo al torero, que lógicamente hubo de resolver mejorando su terreno. Fue entonces cuando desde un tendido de sombra un miserable gritó con todas sus fuerzas: ¡Cobarde! 
Instante que Babilonio hiere a Manolete. Foto Revista El Ruedo

Un sentimiento de vergüenza se apoderó del monumental recinto. Manolete, de forma instintiva, levantó la mirada tratando de localizar el lugar que ocupaba el valiente espectador, pero inmediatamente volvió su mirada al toro, atornilló las zapatillas en la arena, y con la muleta en la diestra aguantó impávido las inciertas acometidas del murubeño, que probaba y era necesario esperarle mucho. La angustia se adueñó de la plaza ante el estoicismo de Manolete, que espeluznantemente resistía en el sitio, sin variar su posición, hasta que en un pase el toro derrotó de forma seca y le hirió en la pierna izquierda. El fugaz gesto de dolor del espada, encogiendo la pierna, hizo pensar que se trataba de un simple varetazo o un pisotón.
Manolete al natural con Babilonio. Foto Revista El Ruedo
Pero él sabía que estaba herido y continuó su faena con indecible exposición, perseverando su toreo sobre ambas manos, mientras un hilo de sangre bajaba por la pantorrilla tiñendo de rojo la media. La casta de Manolete suplía su merma de facultades. Seguro de su dominio, fue bajando cada vez más la muleta hasta imponerse definitivamente a Babilonio, que acabó entregado al espada que domeñó su violencia, y colaborando en una faena que fascinó a veinticuatro mil personas que no creían lo que veían sus ojos. La afición comprobó que el torero estaba herido, y se entregó unánime e incondicionalmente ante la belleza e importancia de aquella faena emocionante y dominadora, de quien erguido como una torre en el ruedo aguantó, ligó y bajó las manos como nadie antes lo había hecho.  
Manolete llevado a la enfermería. Foto El Ruedo
Con la media ensangrentada y la mirada clavada en el morrillo, Manolete atacó derecho y dejó una estocada en todo lo alto, que en escasos segundos provocó la muerte del murubeño. Los miembros de la cuadrilla le esperaban al salir de la suerte, y el torero se echó en sus brazos para que lo llevaran a la enfermería, donde fue intervenido quirúrgicamente. Cuando la plaza se puso en pie, unos aficionados desvelaron a la policía el escondite y la identidad del espectador que había insultado al torero, y esta hubo de acudir de inmediato para prestarle protección. A Manolete le otorgaron las orejas, que no pudo pasear por el ruedo donde había derramado su sangre. 
Manolete en el Sanatorio, visitado por su banderillero
Pinturas y Julio Aparicio. Foto Zarzo. Revista el Ruedo.
Mientras se recuperaba en el Sanatorio La Milagrosa de Madrid, fue visitado por José María Carretero, escritor montillano que popularizó el seudónimo El Caballero Audaz. El paisano le comentó la mala pata que había tenido la corrida, pero Manolete mostró su disconformidad con unas palabras que delataban su grandeza como hombre y como torero: ¡No lo creas!... Yo la consideré una corrida de suerte, a pesar de la cogida que me tiene aquí fastidiado... Se trataba de una corrida de Beneficencia, en la cual yo no cobraba nada. En estas obras benéficas, el millonario, con sacar la cartera y dar un cheque de cien mil pesetas, ya está listo; pero yo he tenido la satisfacción de haber colaborado en una obra de caridad con dinero, con mi arte y, porque Dios lo ha querido, con mi sangre; esto es un lujo que no se lo puede permitir todo el mundo. Además, tuve la suerte de torear a gusto y bien.
           Cuarenta años después, quien hilvana estas líneas tuvo el privilegio de sujetar el traje que Manuel vistió aquella tarde, un terno celeste y oro, ligeramente palidecido por el tiempo, que el torero regaló a su íntimo amigo Manuel Sánchez de Puerta Guerrero. Con emoción acariciamos las taleguillas, que se hallaban como se las quitaron en la enfermería, mostrando el boquete que horadaba la seda a la altura de la pantorrilla izquierda, era la huella de Babilonio, teñida con un reguero de sangre que llegaba a los machos. Aquellas taleguillas testimoniaban la entrega del rey de los toreros, el extraordinario matador que implantó definitivamente el toreo ligado en redondo como canon de faena seriada, donde el espada deja venir al toro por su terreno natural para llevarlo hacia atrás y hacia dentro, la sólida estructura de un sistema capaz de acoger los más diferentes estilos, al que habrían de adaptarse todos los toreros. 

sábado, 7 de julio de 2018

GUERRITA: "NO ME VOY, ME ECHAN"


Rafael Guerra. Foto Montilla
        La despedida de los ruedos de Guerrita tuvo lugar el 15 de octubre de 1899 en la plaza de Zaragoza. Como hemos podido observar en textos anteriores publicados sobre el II Califa, el torero pronunció con tristeza la frase que encabeza esta entrada, que pretende dar a conocer la explicación del propio espada sobre su retirada, y ofrecer también una crónica de ambiente, con un extraordinario testimonio sobre el hostigamiento que hubo de sufrir el diestro por parte del público de Madrid -parece ser que no hay nada nuevo bajo el sol-, narrado por una de las plumas más brillantes de la literatura taurina, la del gran escritor donostiarra don Antonio Peña y Goñi.
     Según reza el dicho popular, el tiempo termina poniendo a cada uno en su sitio. Juzguen ustedes mismos.
                                                                 
                                                                      Antonio Luis Aguilera
   


          GUERRITA OPINA SOBRE SU RETIRADA



Declaraciones del matador de toros Rafael Guerra Bejarano, en su club de la cordobesa calle de Gondomar, al escritor montillano don José María CarreteroEl Caballero Audaz”, para  su obra “El Libro de los Toreros” (Ediciones Caballero Audaz. Madrid 1947).
"—¿Por qué se retiró usted en pleno triunfo, lleno de facultades, cuando era indiscutiblemente el máximo prestigio de la tauromaquia.
Es que conmigo pasaba una cosa rara. Como la gente creía que yo era “el amo del toreo”, resultaba que de todo lo que pasaba en las plazas me hacían responsable a mí. Hasta cuando los toros eran mansos o defectuosos, Guerrita tenía la culpa y la tomaban conmigo... La cosa llegó a su colmo en la corrida del 16 de abril de 1899, en Madrid, en que Reverte y yo teníamos que matar seis toros de Cámara. ¡Fue una mala sombra! Salieron muy mansos y la corrida era un continuo escándalo. El público, como si yo fuera el ganadero, se metía conmigo de una manera desaforada... El quinto toro era un marrajo asesino que llegó a la muleta defendiéndose, buscando el bulto. Yo lo trasteé para sacarlo de las tablas. Con aquel buey era imposible dar pases de lucimiento y de adorno. Pero el público no quiso entenderlo así y me empezó a tirar naranjas y almohadillas en medio de una bronca infernal. Me atinaron con un tremendo naranjazo en la espalda y lo injusto de la agresión me descompuso... Tardé en matar y me dieron un aviso. Aquel día tomé la resolución de no torear más en la corte y empecé a acariciar la idea de retirarme de los toros cuando cumpliera mis compromisos de aquella temporada. Porque yo pensé que el tomarla conmigo obedecía a que al público le cansa tener que aplaudir siempre al mismo artista... A la gente le gusta encumbrar un torero y poderlo hundir cuando quiera, apenas le llame la atención otra novedad. Pero conmigo no les valía... Desde que tomé la alternativa no hicieron más que ponerme toreros enfrente e imaginar competencias... Con Lagartijo, al que yo quería y respetaba como a un maestro; con Mazzantini, con el Espartero, con Reverte, con Fuentes, con el Algabeño, con Emilio Bomba... Pero tuve suerte y amor propio y me mantuve siempre en mi puesto".

Litografía y autógrafo de Guerrita


    GUERRITA Y LA AFICIÓN DE MADRID
           
           El prestigioso escritor don Antonio Peña y Goñi, crítico taurino y musical, finaliza su libro "Guerrita", publicado en 1894, cinco años antes de la retirada del torero cordobés, con este importante testimonio sobre la relación de una parte de la afición de Madrid con el gran torero cordobés.            
             "...Voy a insistir ahora sobre la situación que hoy ocupa Guerrita en la plaza de Madrid, sobre el instinto suicida que se ha apoderado de ciertos aficionados, algunos de ellos muy respetables, sin duda alguna, e insignificantes otros, que acumulan todo linaje de odios sobre la cabeza de Rafael, y ya que no pueden echarlo de la corte como buen torero, pretenden arrojarlo calumniándolo como mal hombre.                               —Oigo un siseo entre millares de aplausos y me hace saltar— solía decir Gayarre a quien el público del regio coliseo trajo siempre en palmitas, porque era el único sostén de la ópera italiana en Madrid y comunicó nueva vida al Teatro Real.
              No un siseo, sino cien silbidos, escucha aquí Guerrita en cuanto se descuida lo más mínimo como torero, o la prensa de provincias le cuelga cualquier odioso sambenito personal; silbidos que son inevitables, que mortifican el amor propio del diestro y el pundonor del hombre y echan a perder la ovación más halagüeña. 
           ¿Es sostenible esa situación cuando un lidiador que se halla solo, sin rival alguno que pueda hacerle la menor sombra, dueño de un caudal cuantioso y teniendo para torear, en provincias y en el extranjero, cuantas corridas se le antojan, se ve mortificado incesantemente por una minoría que acecha siempre el momento de meterle mano, que no reconoce en el diestro mérito alguno, que va a la plaza de toros con el único y exclusivo objeto de chillarle y dispuesta a perseguirlo a todas horas con un odio incalificable y tenaz?
            ¿Qué se proponen con eso? ¿A qué fin obedece el insensato prurito de apagar la única luz que alumbra al toreo moderno y mantiene viva la afición? Averígüelo quien quiera, que no he de ser yo quien se lance a investigar las causas de lo absurdo.


            Allá se las hayan esos señores; pero sepan que, de todas suertes, ya consigan su singular deseo o dejen de alcanzarlo, la verdad acaba por triunfar siempre, y triunfará a despecho de cuanto se obstinan en cerrarle el paso.
            ¿Quiénes se equivocan aquí? ¿Yo, y conmigo millones de españoles que participan de mi opinión, o los que zahieren en Guerrita al hombre, atribuyéndole defectos que no han podido hallar en el torero?
            ¿Quiénes se equivocan? ¿Los que, como el autor de este libro, se expresan quizá con sobrada violencia en ocasiones, pero sinceramente siempre, no pertenecen a bandería alguna ni mantienen con Rafael Guerra relaciones de amistad, o los que, obcecados por rutinarias preocupaciones o guiados por sistemáticos odios se empeñan en desconocer el mérito del diestro y lo persiguen con inacabable rencor?
            La contestación no es dudosa, y el tiempo la sancionará.

 
Guerrita. Julio Romero de Torres
      Guerrita, entre tanto, proseguirá su carrera aplaudido en todas partes y despertando la gratitud y la admiración de toda España.
        ¿Adelantará? Lo dudo; es joven, se halla en la plenitud de sus facultades, y, sin embargo, es opinión general que toreará poco y se retirará temprano a disfrutar del cuantioso caudal que ha ganado honradísimamente, venciendo las grandes dificultades que sus enemigos le han opuesto, prodigándose siempre, dando lo suyo, sin reservarse jamás.
 
          Si sigue toreando mucho, podrá tal vez depurar su estilo en algunos detalles; pero el distintivo de su individualidad, el sello especial de su toreo será siempre el mismo; y nada ni nadie habrá que aumente ni cercene la gloria que rodea a Guerrita, ni pueda oscurecer el nombre, grande entre los grandes, con que pasará a la historia del arte de torear".