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sábado, 27 de marzo de 2021

LA SAETA

Cristo de la Buena Muerte. Colegiata de San Hipólito de Córdoba.
(Foto A. Camargo)


¿Quien me presta una escalera,
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazarano?
(Saeta popular)


¡Oh la saeta, el cantar 
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!


¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!


¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!


¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

 Antonio Machado, poeta (1914).


Cristo de los Faroles. Plaza de Capuchinos de Córdoba.
(Foto Cordopolis)


martes, 16 de junio de 2020

VENCIDOS POR LA VIDA

Por Antonio Luis Aguilera
Joselito
No solo fueron los reyes del toreo de su época, sino de todas las que vendrían después. Joselito y Manolete cambiaron el curso del toreo, y sus enseñanzas siguen vigentes cada tarde de corrida en la manifestación del ligado en redondo, que preceptuó Guerrita en su Tauromaquia, implantó Gallito en su modelo de faena habitual, pulió con su arte Chicuelo, y elevó a definitivo Manolete. Del trasteo de muleta con un pase aquí y otro allí, o el clásico natural ligado con el de pecho, con el torero en el terreno de dentro y el toro en el de fuera, al intercambio de terrenos, que permite la ligazón de los pases en series estructurando la faena, como los versos componen las estrofas del poema. Fueron los arquitectos del nuevo toreo eslabonado, que relaciona los pases y otorga sentido de unidad a la faena de muleta, que habría de ser adoptado por todos los espadas para expresar su arte.  
A pesar de los que la escriben, la historia termina poniendo a cada uno en su sitio. De nada valen los libros cargados de patrañas, aunque lleven firmas famosas como la del crítico Gregorio Corrochano, que tanta influencia tuvo en su largo ejercicio profesional. Ni las magistrales conferencias académicas de respetados toreros como Domingo Ortega, que precisamente se olvidó de respetar a Manolete en su célebre alocución, el compañero que no podía defenderse, porque lo había matado un toro de Miura en Linares, cuando en el Ateneo madrileño, sin nombrar al cordobés, pretendió explicar que su toreo de pasos y pases al pitón contrario era el «de verdad», y no el de perfil o «de mentira», en clara alusión al majestuoso ciprés vestido de luces, que había instaurado definitivamente el toreo ligado en redondo. 
Manolete. Foto Ricardo
Joselito y Manolete coincidieron en su entrega absoluta a la profesión, incluso en las circunstancias más adversas de la vida, anteponiendo la vergüenza y dignidad a la conveniencia personal, para defender con gallardía, hasta el final, el cetro del toreo que sujetaban. Por eso sufrieron el peso de la púrpura, pues en el toreo nunca faltaron esos espectadores —sería impropio llamarles aficionados— que constituyen el grupo de reventadores, donde militan vehementes integristas que gozan acosando a las figuras que no ven fracasar. Un tipo de público fácil de manipular con titulares y arengas de esa prensa «seria y respetable», que en lugar de analizar cómo fue el toro —algo imposible para algunos por sus escasos conocimientos— y qué hizo el torero —para contar pases solo hace falta saber sumar, mas para analizar el planteamiento de una faena hay que saber de toros—, sistemáticamente denuncia la manipulación de las astas, los borregos de las figuras, o los altos precios que pagan los aficionados para que los engañen —algunos de los que escriben en periódicos antitaurinos, aunque mantengan sección taurina,  incluso han llamado cobardes a las figuras por no anunciarse con la ganaderías duras—. Algo inaceptable. Mas siempre ha ocurrido con estos mediocres personajes, cuya soberbia al ejercer la crítica —un "sacramento de muy difícil administración", decía Ortega y Gasset—, les hace creer que saben de toros más que los toreros. Pero volviendo al relato, lo curioso es que tanto Joselito como Manolete sufrieron el acoso del mismo personaje, Gregorio Corrochano, crítico de ABC, aunque realmente no fue el único que afiló la pluma en las postrimerías de tan grandiosas carreras, cuestión que es mejor no abordar, para que no afloren las tarifas que algunos célebres desvergonzados exigían por entonces. Así las cosas, desanimados por saber que eran el centro de una espiral de violencia y hostilidad que los desbordaba, ambos pensaron en dejar los ruedos cuando la muerte les sorprendió cumpliendo compromisos.  
Joselito
Además de las hostilidades del público y de la prensa, estos reyes del toreo sufrieron en su vida privada el rechazo ante el proyecto de llevar al altar a las mujeres que amaban. Joselito, enamorado de Guadalupe de Pablo Romero, joven de la alta sociedad sevillana, vio como el padre de esta y célebre ganadero, que tanto admiraba al torero hasta que conoció el romance, y que, según el espada, al principio lo quería como a un hijo pero después no quería que su hija se casara con un gitano. Manolete, vivió con una libertad inusual durante el franquismo su noviazgo con la actriz Lupe Sino, pero al pretender formalizar aquella relación halló la feroz oposición de su madre, Angustias Sánchez, que no autorizaba el matrimonio ni pensaba asistir a la boda —prevista a pesar de todo por el torero para octubre de 1947 en Barcelona—. Guadalupe y Lupe, qué curiosidad del destino, hasta rimaban  los nombres de las mujeres que conquistaron a los toreros más importantes de su tiempo.   
Monumento a Joselito en Gelves (Sevilla)
Joselito tiene un grandioso monumento en su Gelves natal, y para finales de este año está prevista la inauguración de otro en Sevilla, frente a la basílica de su hermandad de La Macarena, entidad que lo ha promovido. Pero no lo tiene en el entorno de la Maestranza, donde por el contrario existen los de otros grandes toreros sevillanos, que sin embargo nunca alcanzaron el relieve de José Gómez Gallito. La burguesía hispalense, entre títulos nobiliaros, también debió heredar el rechazo al diestro que se enfrentó a los maestrantes levantando otra plaza de toros en Sevilla, aquella monumental que ampliando el aforo abarataba los precios de las localidades, permitiendo la entrada de mayor número de espectadores y los altos honorarios de las figuras. La misma que desde su proyecto estaba condenada al derribo.
Monumento a Manolete en Córdoba. Foto David Manolo Castilla.
Manolete tiene en Córdoba los monumentos de las plazas del Conde de Priego y de La Lagunilla, ambas en el barrio de Santa Marina. Pero no tuvo el museo que anhelaba la afición en la casa que él compró y pagó para su madre, pues al fallecer esta, los herederos de la fortuna del espada decidieron incrementarla vendiendo parte del patrimonio —aún queda la explotación de El Alcaparro, finca agrícola situada en el kilómetro 28 de la carretera de Granada—, rechazando de plano la idea de convertirla en el lugar que recogiera los enseres y recuerdos del Monstruo, el santuario dedicado a su memoria al que habrían peregrinado miles de aficionados del mundo entero, para honrar el recuerdo del majestuoso torero.
Manolete. Bogotá 1946. Foto Manuel H.
Joselito y Manolete escribieron sus nombres con letras de oro en la Tauromaquia, pero terminaron sus vidas acosados por la hostilidad en el terreno profesional, y derrotados moralmente por las penosas circunstancias que pretendían impedir sus matrimonios con Guadalupe y con LupeBailaor e Islero solo fueron actores de reparto en ambos dramas, los verdugos que cargaron con las culpas. León Felipe, en los sentidos versos del poema «Vencidos», simboliza la derrota de don Quijote en la playa de Barcino —nombre romano de Barcelona—. Como expresa el poema dedicado al héroe cervantino, al final de sus carreras, Joselito y Manolete también parecían quijotes. Los dos llegaron «cargados de amargura» a las plazas de Talavera de la Reina y de Linares, «vencidos», para  «encontrar sepultura» a «su amoroso batallar». 

VENCIDOS 

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar.

Y ahora ociosa y abollada va en el rucio la armadura,
y va ocioso el caballero, sin peto y sin espaldar,
va cargado de amargura,
que allá encontró sepultura
su amoroso batallar.
Va cargado de amargura,
que allá «quedó su ventura»
en la playa de Barcino, frente al mar.

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar.
Va cargado de amargura,
va, vencido, el caballero de retorno a su lugar.

¡Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura,
en horas de desaliento así te miro pasar!
¡Y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura
y llévame a tu lugar;
hazme un sitio en tu montura,
caballero derrotado, hazme un sitio en tu montura
que yo también voy cargado
de amargura
y no puedo batallar!

Ponme a la grupa contigo,
caballero del honor,
ponme a la grupa contigo,
y llévame a ser contigo
pastor.

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar...
León Felipe

Joan Manuel Serrat compuso la música y cantó Vencidos

martes, 19 de mayo de 2020

BARQUITO DE PAPEL

Por Antonio Luis Aguilera



A principio de los años sesenta, soñando un futuro de color, los niños jugábamos en la calle al trompo, a las carreras de sansones sobre los bordillos de granito, al fútbol en la calzada -interrumpido cuando aparecía algún municipal dispuesto a multar, o uno de los pocos coches que pasaban-, y a los toros en el patio de nuestra casa, procurando que los trastos no troncharan ninguna de las macetas, para no escuchar bronca vecinal. También a marineros en los jardines públicos, aprovechando los estanques o acequias, donde nuestros barquitos de papel navegaban impulsados por suaves soplidos, o a toda máquina arrastrados por la corriente de riego.
La calle era una escuela de sabiduría, imaginación y amistad, con menor riesgo que la clase del colegio de las monjas, donde por fortuna solo escolarizaban varones hasta los diez años, porque si hasta esa edad las faltas de ortografía se corregían cruzando la cara a bofetadas, preferimos no pensar cómo habría sido la corrección al traducir latín o fallar en matemáticas en bachiller. Por desgracia, lejos de las monjas quedaban otros salvajes por conocer en el mundo de la docencia, en tiempos donde la disciplina se confundía con la violencia, y las bofetadas a niños y adolescentes se justificaban con el pedagógico dicho: “La letra con sangre entra”. 
En la infancia pronto supimos que la muerte era el final de todo ser. Había días raros, que en la calle nos siseaban ordenando silencio por el fallecimiento de un vecino. Hermanados los amigos ante la curiosa puesta en escena, aguardábamos la llegada de la carroza fúnebre, tan barroca como macabra, tirada por caballos negros aderezados con plumeros y gualdrapas de idéntico color. La cantidad de equinos, curas, sacristanes y monaguillos dependía del dinero de la familia. Había entierros de primera, segunda o tercera categoría, aunque el ingenio popular sentenciaba que la muerte igualaba a todos sin distinción. 


Cortejo fúnebre 

Desde la acera de enfrente a la casa del difunto no perdíamos detalle del cortejo, de las humaredas de incienso que lanzaban los monaguillos mayores para hacerse notar, y de las toses que provocaban entre los curas, entorpeciéndoles la entonación de misereres y gorigoris, cuando la procesión, en su momento más solemne, recibía el féretro en el portal del finado, que en señal de luto mantenía cerrada media hoja de la puerta durante ocho días. Al marchar la comitiva, unos se santiguaban, mientras otros, cruzando los dedos, aligeraban el paso diciendo por lo bajini: ¡Lagarto, lagarto…! En la niñez aprendimos que la vida se acaba, que aquí no se queda nadie. La sociedad aún no había ocultado la muerte en los tanatorios, donde en confortables dependencias, con servicio de flores y cafetería, se esconde al difunto en una sala contigua, donde es visible a través de un cristal, absurdamente maquillado, tratando de disimular lo indisimulable.  


Los paveros y sus pavos recorren la ciudad en vísperas de Navidad
En cuanto a la muerte de los animales, en vísperas de Navidad había que dar cuenta del pavo de la cena de Nochebuena, un ritual nada fácil, desde que se compraba y enchiqueraba, que requería destreza, temple y fuerza para sujetarlo, especialmente si era para familia numerosa. Algunos vimos escaparse por la cocina, debido a la falta de técnica o jindama del matador, y huir por la casa aleteando con el pescuezo medio cortado. Los nenes observábamos estas escenas en primera línea, hasta que el galliforme era desplumado con agua hirviendo, y destripado se colgaba de un gancho, para que se orease durante un largo día antes de ser troceado y guisado. 
En una noche de tantos recuerdos era difícil no acordarse del pavo al contemplarlo en el plato, pero la ilusión por abrir pronto la caja de madera de polvorones, roscos y alfajores, estimulaba el apetito haciendo más dulce la nostalgia. Nadie en sus cabales cuestionaba la matanza del pavo, para que después sonaran carracas, zambombas y panderetas al pedir el aguinaldo. Entonces los productos cárnicos y sus derivados no llevaban envases de colores, la muerte no se disimulaba con platinas y celofanes, ni los niños eran engañados con ningún humanismo animalista. Todos sabían que los filetes, las chuletas o las salchichas existían por el sacrificio de los animales destinados al abastecimiento, algo normal e indispensable para la alimentación de los seres humanos desde que el mundo es mundo. 
A ningún chaval se le ocurría imaginar que los animales pensaban y tenían sentimientos como los seres humanos, ni por comer carne, bocadillos de mortadela o asistir a las corridas de toros era tratado con ansiolíticos. Tampoco recordamos a ninguno de la calle enajenado por las películas de Walt Disney, que tanto nos gustaban. Los lobbys, esos grupos de presión que facturan cifras supermillonarias con la venta de alimentos para animales domésticos, aún no existían cuando los gatos y perros se alimentaban de lo que podían, normalmente de restos de comidas. Después vendría la alimentación a la carta y equilibrada para mascotas, en un mundo donde millones de seres humanos mueren de hambre diariamente, algo para lo que resultaría esencial propagar esa especial sensibilidad a la muerte del toro bravo, del pobre animalito del que importa poco su sacrificio a tiros o puntillazos en un matadero. 
También entonces había a quienes no le gustaban las corridas de toros, elección respetable como cualquier otra, pero nadie se oponía a su celebración, ni a los combates de boxeo o lucha libre. Se iba o no, al gusto de cada cual. Como manifestó Joan Manuel Serrat, que no es aficionado a los toros, al ser preguntado por la prohibición de las corridas de toros en Barcelona, lo que debería estar prohibido es prohibir. Hoy hemos elegido su preciosa canción Barquito de papel, que tan maravillosamente evoca la infancia, para titular esta entrada. 
El admirado cantante pertenece a una generación formada en valores, que respeta la libertad, las costumbres y las tradiciones de los pueblos, sus inclinaciones artísticas y manifestaciones culturales. Como la mayoría de personas que supo valorar la instauración de la democracia, y ahora observa, con indignación y preocupación, la peligrosa metamorfosis de los que llegaron con una mano delante y otra atrás, liderando las manifestaciones de la Puerta del Sol madrileña hasta instalarse en poco tiempo en un chalet de Galapagar, los que aseguraban que no había pan para tanto chorizo, y hoy son de la casta que denunciaban, de los profesionales de la política, cada vez más detestados por la ciudadanía, porque pretenden imponer la dictadura del pensamiento único, cercenando a su antojo no solo la cultura del mundo del toro, sino el régimen de libertades que los españoles nos otorgamos en la Constitución de 1978, e ignorando que el Estado tiene la obligación de cumplir la Ley 18/2013, de 12 de noviembre, reguladora de la Tauromaquia como patrimonio cultural español. 
De momento, ante la tragedia económica del Covid19, han abandonado por completo a los colectivos de profesionales taurinos, a muchas familias que viven exclusivamente del toro. El gobierno no puede dejar en el más absoluto desamparo a todos los estamentos del toreo. Eso es una tiranía, además de una vergüenza para la democracia y para los españoles.


martes, 5 de marzo de 2019

UNA DE PIRATAS

Por Antonio Luis Aguilera

Todos los piratas tienen
un lorito que habla en francés,
al que relatan el glosario
de una historia que no es
la que cuentan del corsario.
Ni tampoco lo contrario.
                           J.M. Serrat


Desde que los aficionados a los toros –espécimen en peligro de extinción- dejaron de exigir a los espadas considerados figuras del toreo, estos relajaron su compromiso con los espectadores, con su dignidad profesional y con su propia vocación. Puede tener su lógica, porque a todo el mundo le gusta ejercer su profesión de la mejor forma posible, resolviendo las dificultades propias y evitando compromisos añadidos que exijan más esfuerzos de los habituales. Y los toreros no iban a ser menos, máxime en una profesión donde cada tarde y en cada plaza, con cualquier tipo de toro, se arriesga no solo la integridad física, sino la propia vida.

Dicho esto, resulta abismal la diferencia entre las figuras del toreo de otros capítulos no muy lejanos de la historia y los de la actualidad. Los de épocas no tan pretéritas se anunciaban en las ferias importantes con las ganaderías duras y con las maduras, con las corridas apetecibles, con las que lo eran menos, y con las que, sin ser agradables, se consideraban indispensables para reivindicar en el ruedo la graduación adquirida de primer espada sin que nadie osara a cuestionarla. Vamos, lo que se dice para poner las cosas en orden, o más claro aún, para poner a cada uno en su sitio. 

Pepe Luis Vázquez con un miura en la feria de Sevilla de 1945. Foto Luis Arenas
Claro que entonces había un público más apasionado y entendido que el actual, que obligaba a las figuras no solo a matar los toros por arriba o de lo contrario se esfumaba el triunfo, sino a realizar una serie de compromisos a modo de “ITV”, para verificar cada temporada su condición –la palabra “gesta” aún no se conocía en la jerga taurina–; también había una crítica que no tenía más remedio que hacerse eco de las exigencias del “respetable” –alguna con sobrecogedores equilibrios; y por supuesto, existían unos empresarios que buscaban ofrecer carteles atractivos para llenar las plazas con los aficionados que fielmente se “retrataban” en las taquillas y mantenían el espectáculo.

Hoy todo es distinto. Nadie exige nada a los espadas considerados figuras del toreo para que, al menos de vez en cuando, tengan el detalle de anunciarse con algún hierro menos apetecible. Nadie les rechista que lleven lustros e incluso decenios  –es curioso el tiempo que ahora permanecen en activo las figurasmatando camadas completas de los mismos hierros, sus divisas favoritas, y que se crean en el derecho de que por su estatus no tienen nada que demostrar, ni necesidad de pasar un mal trago en las ferias o plazas determinantes, lo que puede resultar comprensible humanamente pero nunca profesionalmente. No cabe la menor duda de que esto ocurre porque actualmente no hay una sola figura que por sí misma llene las plazas, que fue el signo que siempre distinguió a los que de verdad mandaron en el toreo, poniendo orden en el escalafón y en los honorarios. Hoy tienen que agruparse para anunciarse juntos en los días grandes de cada feria o del santo local, en fin de semana y con un encierro “de garantía”. ¿Habla alguno de desafíos en Madrid o Sevilla con una divisa de las que se salen del guion previsto?

Y como el público tampoco es igual que el de antes, entiende poco y molesta menos, les da lo mismo, porque bajo el paraguas de las empresas de “multiusos taurinos”, que lo mismo administran plazas que toreros y ganaderías, procurando conciliar la vida laboral de sus trabajadores sin molestar a los socios comisionistas, por aquello de hoy por ti y mañana por mi, tienen las temporadas hechas. Además, tampoco los comentaristas taurinos se meten mucho ni poco en el asunto –los críticos de hoy se cuentan con una mano y sobran dedos–, no se les ocurre exigir y procuran hablar de las ferias tirando de optimismo con adjetivos como “auténtico lujo" o "verdadera categoría”, es decir, sin molestar, mirando hacia otro lado para preservar los ingresos de publicidad que generan toreros y empresas en las revistas o portales de internet especializados. O sea, callando.

Manolete con el miura Perfecto. Barcelona 1944. Foto Mateo
Desde los años cincuenta y parte de los sesenta del siglo pasado, contadas han sido las figuras del toreo que han matado las corridas menos agradables en las ferias que marcan el rumbo de la temporada; también, las ocasiones en que lo han hecho. Así que lo que antes era algo habitual entre los primeros espadas, que las mataban sin aspavientos ni sonido de trompetas, por dignidad vocacional y porque les preocupaba el reconocimiento profesional, ahora no solo es historia, sino que produce sonrojo ver como algunos se arrogan el reconocimiento de figuras anunciándose en las ferias solo con aquellas divisas que, sin dejar de entrañar el riesgo que siempre tiene un toro, permiten sumar festejos con más facilidad, esquivando cualquier gesto de mayor compromiso e incluso amenazando con no acudir de no ser anunciado con la corrida pretendida.

Así está el panorama taurino. Y no tiene signos de cambiar mientras los comisionistas que mueven los hilos del negocio impongan sus normas. La situación del toreo produce vértigo, algunos espadas del grueso del escalafón no cubren gastos mientras los que manejan el botín llevan años amasando fortunas con comisiones de toreros, ganaderías e intercambio de favores con otros comisionistas, potenciado un circuito cerrado y controlado de contrataciones que asfixia el toreo. De esta forma, imponiendo en los carteles a sus  administrados tengan méritos o no, gusten al público o no, aburran o desesperen a la afición con actuaciones sin interés, repetitivas y previsibles, las ferias se reproducen cada año con más de lo mismo, cerrándose el paso a toreros emergentes con cualidades para renovar el escalafón, a los que se niega la entrada natural en la programación que siempre tuvieron los espadas nuevos que atesoraban condiciones. 

Negro se atisba el horizonte del toreo bajo el control de los comisionistas, los mismos que sirven de paraguas para varios de los espadas considerados figuras, que prefieren navegar de forma mediocre en aguas estancadas, renunciando a la batalla por la independencia que siempre blandieron las auténticas figuras del toreo, en los ruedos y con cualquier tipo de corridas, para defender gallardamente su condición. Mientras el toreo siga siendo administrado por los comisionistas que imponen el intercambio permanente de toreros, ganaderías y compromisos para otras plazas, la Fiesta barbeará tablas herida de un miserable golletazo, a punto echarse y recibir el cachete de gracia que  ya han administrado a ganaderías históricas, a las que ignoraron y hundieron en este bucle destructivo impuesto por los cobradores de porcentajes, a los que no les importa mucho ni poco la independencia de los estamentos profesionales, ni el futuro del toreo, que está en las novilladas picadas que no se organizan, y en los toreros emergentes que deben refrescar un escalafón obsoleto, repleto de toreros caducos y vistos, cuyos gestos con la profesión se limitan a imponer sus estúpidos caprichos.  

Terminamos con otros versos de la canción “Una de piratas” de Juan Manuel Serrat, y dejándoles el enlace para quienes quieran escucharla completa. 
¡A saber por qué la habremos rememorado al redactar esta opinión! 
Todos los piratas tienen
atropellos que aclarar,
deudas pendientes y asuntos
de los que mejor no hablar.
Se beben la vida de un trago
Y se ríen con descaro.