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lunes, 8 de noviembre de 2021

TOREROS CON GAFAS EN LOS RUEDOS

Por Rafael Sánchez González

Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete»

Me preguntan si es cierto que Manuel Rodríguez Sánchez Manolete (padre) llegó a torear usando gafas durante la lidia. No es la primera vez, y más concretamente en Córdoba, que sale a colación este tema y la realidad es que no se conocen datos que acrediten tal caso.

Allá por marzo de 1989, en compañía de mis recordados amigos Pepe y Rafael Guerra Montilla nos desplazamos a la localidad de Cabra, donde, por mediación de Manuel Mora, visitamos a José Pérez Polo, reconocido aficionado local que era poseedor de abundante material (carteles, fotografías, etc.) relacionados con la Fiesta de los toros. Entre otros documentos pudimos observar una foto en la que el referido diestro aparecía vestido de luces y provisto con gafas para la vista, junto a dos personas desconocidas para nosotros. Como fondo tenía una blanqueada pared, por lo que era imposible poder identificar el lugar donde pudo ser tomada dicha instantánea. Lo que estaba claro es que Manolete llevaba puestas las antiparras aun vestido de torero.

Antiguo barrio del Campo de la Merced de Córdoba

Asimismo y relacionado con este tema, entre los numeroso datos tomados en las amenas tertulias que hace años mantuve con antiguos vecinos del «Campo de la Merced», todos ellos veteranos aficionados con muchas vivencias que todavía recordaban, y poseedores por tanto de innumerables  episodios sucedidos en aquel taurinísimo barrio del viejo matadero cordobés, conservo un apunte en el que Rafael  Luque Flores (hijo del que fuera extraordinario subalterno Ricardo Luque González Curro Camará), me refiere cuando con otros chavales se asomaban a una ventana en la planta baja de la casa donde vivía Manolete, en la calle «Molina Sánchez Lagartijo», para verle vestirse de luces, llamándoles la atención que lo hiciera teniendo colocadas unas gafas, que -me dijo- dejaba luego sobre la mesita de noche antes de salir con dirección al coso de «Los Tejares». Sabido es y conviene recordarlo ahora, que como consecuencia de una enfermedad el Sagañón, apodo por el que era conocido entre sus vecinos Manuel Rodríguez, padecía una afectación en la vista que se fue agravando con el paso del tiempo, por lo que solía utilizar lentes en su vida cotidiana. 

Como última cita, en la página dedicada a Consultorio Taurino del semanario El Ruedo correspondiente al 20 de febrero de 1958, contestando a la misma pregunta con relación a Manolete ofrece la siguiente respuesta: Solo podemos decirle que en una ocasión le vimos hacer el paseíllo en Bilbao (solo el paseo) con gafas cuando era novillero todavía.

En cambio, respecto a Francisco Montes Paquiro, parecer ser que toreó con gafas en el festejo que se dio en Sevilla el 5 de noviembre de 1849, con motivo del feliz alumbramiento de la Infanta Luisa Fernanda, Duquesa de Montpensier, según afirmó Aurelio Ramírez Bernal P.P.T., en un trabajo que publicó La Lidia en su número 41 del año 1900, en el que dicho escritor hizo tal aseveración a la vista del cartel de aquella corrida.

La despedida del torero.
Museo Carmen Thyssen de Málaga

Indiquemos de paso que Francisco Montes fue el gran reformador de los festejos taurinos tal y como han llegado hasta nuestros días, sin más variaciones que las impuestas por la evolución de los tiempos. Una prueba concluyente de su poder creativo y organizador la encontramos en su original concepción del arte de torear, que Pedro Romero fundamentaba en la suerte de matar, pues si bien Costillares y Pepe-Illo se apartaron algo de tal concepción, fue Paquiro el que otorgó parecida transcendencia a las restantes suertes, tanto de capa, banderillas y muleta, de manera definitiva. Su inteligencia y buen gusto fueron las bases en que se apoyó para lograr su propósito, sin que podamos olvidar que también ordenó la composición de las cuadrillas e influyó sobre el cambio en la ropa de torear. Sus amplios conocimientos de la lidia los dejó reflejados en su Tauromaquia Completa. Por algo Ortega y Gasset al proyectar un estudio, que no llegó a desarrollar, sobre la Fiesta de los toros lo titulaba Paquiro o el arte de torear

Corría el año 1846 y Montes, ya envejecido prematuramente por culpa de una vida alocadamente entregada  a diversos excesos, seguía con el mismo valor y entusiasmo de los días de su poderosa juventud, sosteniendo con hechos asombrosos el prestigio conquistado a base de arte y maestría, pese a sufrir un varetazo en la ingle toreando en Jerez de la Frontera y una cornada en el muslo que le infirió un astado de Durán, percances que le indujeron a tomar la determinación de que en el curso siguiente limitase  sus intervenciones a las plazas de Andalucía y algunas del norte, y cuando en septiembre del 48 fue a Sevilla, accediendo a los deseos de los Duques de Montpensier, tras actuar  junto a Curro Cúchares y el Chiclanero, optó por dejar el toreo. Retirada que habría de durar poco tiempo, dado que en 1850, aceptando una sustanciosa oferta que le presentó la empresa de la Villa y Corte volvió nuevamente a los ruedos. 

Procedente de La Coruña, donde había participado en dos corridas, Francisco Montes llegó a Madrid el día 20 de julio de aquel año a fin realizar el paseíllo el día siguiente en el ruedo madrileño, no sin antes apadrinar a un hijo del famoso banderillero Nicolás Baro, fausto acontecimiento que con todo rumbo se celebró hasta bien entrada la noche, pero decidido a continuar la fiesta, en lugar de marcharse a descansar Paquiro quiso  prolongar su particular juerga hasta el día siguiente, acudiendo a tan importante cita con evidentes pruebas de la alegre jornada vivida.

Francisco Montes «Paquiro»

Acartelado con José Redondo el Chiclanero y Cayetano Sanz se enfrentaron a toros de la antiquísima ganadería de casta jijona que a la sazón poseía en Ciempozuelos don Manuel de Torre y Rauri, cuyas reses lucían ya en su divisa los colores amarillo y encarnado. En primer lugar, salió Rumbón, retinto y aldinegro ejemplar que manseó en varas por lo que fue fogueado. Tan solo le había dado Montes tres pases con la muleta cuando el jarameño, en una colada, le volteó y corneó produciéndoles una herida a la altura del tobillo y otra de mayor extensión en la pantorrilla del muslo izquierdo, además de contusionarle en la cabeza y en el pecho. Al incorporarse con el rostro ensangrentado miró a su paisano diciéndole: encárgate de él, que estoy jerío. Después de curado en la enfermería de la plaza fue trasladado a su domicilio en la calle Amor de Dios. No volvería a torear más.

Retirado definitivamente en su casa de Chiclana de la Frontera, cuando apenas había cumplido cuarenta y seis años de edad, el 4 de abril de 1851 dejo de existir aquel buen mozo que iniciado en el oficio de albañil, tras pasar por la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla, alcanzó a ser un torero de enorme popularidad y, sobre todo, uno de las más importantes en la historia del toreo, a cuya memoria y amparado en el tema  que motiva estas líneas, he querido recordar brevemente, cuando se ha cumplido este año el 170 aniversario de su muerte, y al que García Tejero le dedicó estos versos:  

                              «El rey de los toreros se apellida

                               y con justa razón rey se proclama…

                               Su nombre ya no muere, pues su vida

                               en letras de molde se verá esculpida

                                y tanto durará como su fama».  

martes, 16 de marzo de 2021

GUERRITA: EL TORERO QUE PUDO Y QUISO

Por Rafael Sánchez González

Rafael Guerra Bejarano Guerrita. Foto Beauchy

El pasado día 21 se cumplieron ochenta años del fallecimiento del diestro Rafael Guerra Bejarano Guerrita, y sesenta y nueve de la desaparición del rejoneador Antonio Cañero Baena, dos figuras indiscutibles del toreo en sus respectivas parcelas. 

Citar a Guerrita, que es el personaje que en esta ocasión reclama mi interés, es referirse a uno de los toreros más importantes en la historia de la Tauromaquia, pues no hace falta ser un aficionado muy entendido en la materia para saber de su brillantísima ejecutoria profesional. Pero no es mi intención ahora entrar en datos concretos sobre su biografía, solo quiero centrar mi atención en su reinado taurómaco.

Guerrita fue la culminación de la escuela ecléctica, que se inicia con Jerónimo José Cándido y pasa por Francisco Montes Paquiro, José Redondo Chiclanero y Rafael Molina Lagartijo, a los que superó en poderío y dominio sobre las reses. Era la perfección personificada del toreo académico, de la lidia conforme a las reglas dictadas por el autor de la más antigua de las preceptivas taurómacas (La Tauromaquia de Pepe-Illo, aun cuando no la escribiera José Delgado), que aseguraban contra todo riesgo a quiénes las observaran y practicaran, aunque, paradojas del destino, sería él su contradictor. 

Guerrita y su cuadrilla en los primeros años de matador

Guerrita era el sueño de los viejos tratadistas hecho realidad. Conocía todos los secretos de la lidia, dominaba todas las suertes, podía con todos los toros y brillaba tanto con el capote y las banderillas como con la muleta y el estoque. En él se aunaban la sabiduría y el arte de Lagartijo con el pundonor y la valentía de Frascuelo, sus más inmediatos antecesores en el liderazgo taurino. Todas las posibles y humanas aptitudes que un hombre pudiera tener para la lidia las reunía el Guerra en grado superlativo, y aquí es donde, creo, radicaba su indiscutible supremacía. Lo mismo brillaba en quites, que banderilleaba en todos los terrenos o hacía el salto a trascuerno; de igual forma que dominaba a los astados con su muleta y, sin ser un estilista de la suerte suprema, los abatía de manera certera (nunca le echaron un toro al corral), y a veces los remataba tirando el cachete de ballestilla. En el ruedo no existían secretos para él. Como detalle preciso de su gran maestría, aunque pueda parecer anecdótico, recordaré que en la plaza francesa de Béziers (8-10-1899), con un toro devuelto que se resistía a dejar el ruedo, ante la ausencia de cabestros, haciendo gala de una inusual habilidad lo enlazó por los cuernos y así pudieron llevarle hasta los corrales.

Guerrita enlazando un toro en Béziers (8-10-1899). Revista Sol y Sombra

Guerrita fue un torero de más inteligencia que sensibilidad y de más dominio que inspiración. No fue el artista que improvisaba y en el que surgía una faena espontánea y genial, sino el lidiador que en base a las condiciones del toro realizaba la faena más adecuada y eficaz a la vez que brillante. Esto no quiere decir que no tuviese momentos de inspiración, pero el fundamento de su toreo, lo que sellaba su personalidad torera, era una inteligencia suprema. Pero en Guerrita había algo más. Junto a su gran entendimiento y dominio añadía una afición y un amor propio que le llevaron en más de una ocasión a jugarse la vida. No basta con tener inteligencia y valor, para se figura del toreo es preciso, además, tener pundonor. Hay determinadas ocasiones en que el torero más sabio y artista tiene que dejar a un lado la inteligencia y el arte y colgarse de los pitones para alcanzar el triunfo. Y Guerrita se colgó. ¡Vaya si se colgó! Una tarde, dirigiendo su mirada a un sector del público madrileño que le exigía más allá de lo posible, dijo: “¿Queréis que me coja?; pos me va a cojér”. Y se dejó coger. No se olvide, que para ser un extraordinario torero hay que ser también un gran hombre. Y ambas cualidades las reunía el diestro de Córdoba. Amparado en ese conjunto de valores que demostraba tarde tras tarde, me atrevo a decir que Guerrita puso letra y música al toreo. 

Cuanto digo está bien apuntado en la historia de la Tauromaquia. Tan bien apuntado, como que a partir de Guerrita, el toreo, sin perder su tradición escolástica -de escuela-, parece vaciado en otra norma técnica. Del mismo modo que a partir de Juan Belmonte está inspirado en otros principios estéticos. ¿Qué hubiera podido pasar en el toreo contemporáneo si Belmonte -o cualquier otro diestro capaz de revolucionar como él los fundamentos del arte de torear- no surge tres lustros escasos después de la retirada de Guerrita? Pero ese es otro tema, también interesante, y no me quiero apartar del guión escogido. 

Guerrita citando para banderillear. Madrid, 1889. Revista Sol y Sombra

Ya ha quedado bien claro, y no porque lo diga yo, sino ateniéndonos a lo escrito por la casi totalidad de los historiadores taurinos -siempre y en todo existirán algunos contradictores-, que Guerrita ha sido el más completo de cuantos han vestido el traje de luces. Pero cuando se alcanza la cumbre, y es algo que de manera especial suele suceder en las facetas artísticas, se inicia siempre el descenso al no poder llevar más lejos ningún paso que le siga después. Y si a eso unimos la intransigencia de un público cada día más exigente tan solo queda una solución: dejar la actividad, retirarse. Y esa fue la determinación que, haciendo gala de su innata clarividencia, tomó Guerrita en octubre de 1899 tras torear la última corrida de la Feria del Pilar en Zaragoza. Hasta entonces, y a lo largo de sus doce años de predominio en los ruedos, pudo con todos los toros y venció a todos los diestros que intentaron competir con él. Pero, por un fenómeno colectivo de difícil comprensión y también muy repetido en otras manifestaciones artísticas,  los públicos se echaron en su contra. Aunque su trayectoria en los ruedo se desarrollaba envuelta en continuados triunfos, podría decirse que llegó un momento en el que ya les molestaba conocer el resultado final de cada festejo antes de iniciarse el paseíllo. En una palabra, estaban cansados de su dictadura taurina.

Guerrita igualando. Revista Sol y Sombra

Cabe añadir, que los años de predominio taurino de Guerrita son, a la vez, tristes y amargos para los españoles. La indiferencia popular que el político liberal y masón Práxedes Matero Sagasta preconizaba al inicio de la Restauración, se acentuaría considerablemente durante la Regencia de la reina María Cristina (1885-1902). Se suceden las pérdidas de Cuba, Filipinas y Puerto Rico, y unos meses después, en una especie de almoneda, España liquida a precio de saldo las islas que le quedaban en Oceanía. Y a pesar de este ambiente de pesadumbre que inundaba a todo el país, los españoles parecían vivir de espaldas al angustioso problema nacional, y seguían enardeciéndose con las grandes faenas de sus ídolos en los ruedos. Pero ese ambiente enrarecido terminó por trasladarse a las plazas de toros, y descargó con exigencias que rayaban en lo imposible sobre quién consideraban que era la máxima figura. Así, a pesar de sus éxitos, la temporada de 1899 se hizo muy dura y desagradable para el diestro cordobés. A la acritud de Madrid se sumaron también las hostilidades en otras plazas como Sevilla -donde nunca predominaron sus partidarios, que no le perdonaban la supremacía que ejerció sobre los toreros de la tierra-, Bilbao, San Sebastián y Valladolid, por citar solo algunas de las más importantes. Así las cosas, al llegar a Zaragoza su decisión de marcharse era ya definitiva. “¿No lo va usted a sentir?”, llegaron a preguntarle nada más conocerse la noticia. Su repuesta fue rotunda: “¿Quién, yo, los que lo vais a sentir sois ustés?

Conociendo el recio y decidido carácter de Rafael Guerra era lógico suponer que, ante tan injusta situación de inmerecidos ataques, la determinación que tomara tenía que ser acorde con su acusada condición personal. Porque, podrá adjudicársele un fuerte temperamento, una excesiva altivez si se quiere, incluso decir que a veces se dejaba llevar por impulsos de soberbia, que más bien era conciencia de su grandeza torera. Pero no quedará la más mínima duda de que Guerrita mandó implacablemente en el toreo… por que pudo, y porque quiso. 

miércoles, 2 de octubre de 2019

LA RIVALIDAD LAGARTIJO-FRASCUELO

Por Rafael Sánchez González
Rafael Molina Sánchez Lagartijo
De sobra es sabido que el máximo esplendor de la Fiesta de los toros coincide con aquellas épocas en las que la competencia entre dos diestros acapara la atención de los públicos. Para comprobarlo bastaría repasar la historia de la tauromaquia desde sus tiempos más remotos, o simplemente recordar etapas más cercanas.
La primera rivalidad en los ruedos que recoge la historia del toreo se remonta al siglo XVIII cuando eran ídolos Costillares, Pepe-Illo y Pedro Romero, con los que el toreo a pie tomó carta de naturaleza. Fue aquella una rivalidad a tres bandas, que alcanzó su punto más álgido durante la competencia que entre sí mantuvieron José Delgado (herido mortalmente en Madrid al entrarle a matar al toro Barbudo) y el coloso de Ronda, quien, según indican los historiadores, mató más de cinco mil toros en veintiocho años de actividad. Anciano ya, Pedro Romero dirigió la Escuela de Tauromaquia que en Sevilla fundara el rey Fernando VII, de efímera vida.
Después vendrían otros enfrentamientos directos entre espadas, que si bien sirvieron para dar mayor interés a los festejos taurinos, no prevalecieron durante mucho tiempo ni alcanzaron niveles que marcaran hitos para los anales de la tauromaquia. Así, las parejas que formaron Curro Guillén y Jerónimo José Cándido, Juan León y El Sombrerero, Cúchares y El Chiclanero o El Tato y El Gordito. Sería con Rafael Molina Lagartijo y Salvador Sánchez Frascuelo, cuando la pasión por los toros volvió a polarizar la atención de todo el país. Un clamor que no volvería a repetirse entre los españoles hasta la llegada a las plazas de Joselito y Belmonte.
Hasta encontrarse con Frascuelo, Lagartijo "había puesto ya en su sitio", es decir, había arrinconado a quienes venían disfrutando de las preferencias de los aficionados.
Salvador Sánchez Povedano Frascuelo
Toreros consagrados como Curro Cúchares, el infortunado Tato (al que después socorrería en situaciones económicas comprometidas), Manuel Domínguez, El Gordito –su maestro-, el también cordobés Bocanegra o el patilludo y elegantísimo Cayetano Sanz. Ninguno pudo hacer frente y robarle aplausos al primer califa del toreo. Ninguno, hasta que apareció en escena Frascuelo.
Con esta pareja encontró el toreo su contrapunto ideal. Y los españoles, dos toreros en los que repartir sus preferencias. Podría decirse, que para ellos no era entonces tan importante seguir políticamente a O'Donnell o Narváez como identificarse con Lagartijo o Frascuelo. En ese momento de gran decadencia de las letras, caducado ya el Romanticismo, incluso los intelectuales, al margen de elegir la oratoria de Emilio Castelar o del canónigo Emilio Monterola, se alistaron a uno de los dos bandos taurinos. En aquella España se era carlista o republicano como se podía ser lagartijista o frascuelista. Pero cuando Rafael estaba bien, solo había lagartijistas en los cosos taurinos.
Aunque con el transcurso del tiempo fuese suavizándose, la acritud y dureza que en principio tuvo esta disputa levantó las más acaloradas pasiones entre las multitudes, muchas de cuyas discusiones, tanto en el tendido como en la calle, acabaron a estacazo limpio. Según el historiador Luis Carmena, "el bando lagartijista preponderó en todas partes con relevante ventaja por su número y me atrevo a decir, que por su cultura e inteligencia", mientras que, a decir de El Bachiller González de Rivera, “el frascuelista era más intransigente, más adusto, más rencoroso".
He aquí dos grupos de selección: a Lagartijo le miman Cánovas del Castillo, Rafael Calvo y Massini; a Frascuelo, Práxedes Mateo Sagasta, Julián Gayarre y Antonio Vico. Alrededor de estos, una larga lista de hombres ilustres. Rafael Molina cuenta con un altar en Lhardy; Salvador Sánchez lo tiene en Botín, aunque ello no impida que el califa coma cuando se tercie cochinillo asado, y Salvador poularde au maître d´hotel. Ellos saben alternar con todo el mundo y en todas partes. Lagartijo tiene un ferviente trovador en el dilecto cervantista Mariano de Cavia; Frascuelo goza con los himnos literarios de Peña y Goñi, paladín de la música y el toreo. Lagartijo tiene continente de emperador romano, Frascuelo muestra un ceño de sultán marroquí. Entre Córdoba y Granada se ha firmado un pacto de soberanía que no expirará hasta la retirada de los dos puntales de la Fiesta Nacional.
Lagartijo visto por Antonio Bujalance
Rafael Molina y Salvador Sánchez no solo tenían distinta concepción sobre las suertes de la lidia, sino que, además, eran también diferentes fuera de las plazas. Había surgido, por tanto, la pareja idónea para fomentar pasiones contrapuestas. De un lado, estaba la valentía insuperable del granadino, su pundonor, su amor propio, su bravura impresionante al tirarse a matar y la eficacia de su toreo seco pero auténtico; y de otro, el estilo puro, grave y florido a la par, flexible y afiligranado del cordobés, del que Guerrita decía que solo por verle hacer el paseíllo podría pagarse la entrada.
Estas dos grandes figuras, tan distantes entre sí, se complementaban armonizándose. Parecía como si los colosales pares de banderillas del cordobés, debieran ir engarzados en los inmensos quites aguantando del granadino.
En cierta ocasión el político antequerano Francisco Romero Robledo, queriéndoles poner en un compromiso, les preguntó quién de ellos dos era el mejor torero. Dudando qué contestar estaba Frascuelo, cuando resolutivo atajó el dilema Lagartijo con estas palabras: "No le des más vueltas, Salvaor; los mejores semos tú y yo… Y los peores, tu hermano y el mío", refiriéndose a los también matadores de toros Paco Frascuelo y Manuel Molina.
Lagartijo tomó la alternativa el 29 de septiembre de 1865. Dos años después (27/10) la recibió Frascuelo, y en 1868 comenzó una competencia que habría de durar hasta la retirada de Salvador en 1890.
En el referido año de 1868 fueron contratados para las corridas que habían de celebrarse en la feria del Corpus en Granada los días 7 y 11 de junio. Nada extraordinario ocurrió en la primera de ellas. Como era costumbre de cortesía, más antiguo Lagartijo -de verde y oro- cedió el primer toro de Concha y Sierra, Centello, cárdeno oscuro, a su compañero de cartel, que vestía un terno castaña y plata, y fue quien ganó por puntos la pelea, pues, aunque no resaltase su labor en ese animal, ni en el cuarto -que brindó a la popular bailarina Piteri-, cobró tal estocada en el sexto que fue aplaudido de forma entusiástica. Rafael también fue ovacionado en el segundo, pero no consiguió agradar en sus otros dos oponentes.
Frascuelo. Revista Sol y Sombra
Concluido el primer festejo, ambos matadores decidieron permanecer en Granada hasta el día 11. Entre tanto, por peñas y mentideros taurinos de la ciudad se fue caldeando el ambiente al extremo de picar el amor propio de los dos diestros, hasta tal punto, que realizaron el paseíllo con el firme propósito de comerse vivos a los seis astados de Saltillo que aguardaban en los corrales de la ya desaparecida plaza granadina.
Así lo refiere un historiador taurómaco: "Hasta el cuarto toro no hubo ocasión de que la rivalidad entre los espadas se pusiera de manifiesto. El bicho tomó diez varas, y Frascuelo al salir de un quite, quedó de hinojos ante el burel, ganándose la consiguiente ovación.
Entonces Lagartijo, al hacer el siguiente repitió la suerte, pero postrándose más cerca del toro y de espaldas. El público, ante el alarde, rompió en una atronadora salva de aplausos. Mas no acabó todo en eso, sino que, en un afán de superación, los dos se tendieron en la arena a una distancia increíble de la res. Los graderíos frenéticos de emoción hasta el paroxismo, tributaron a los espadas su más encendida muestra de admiración. Banderillearon colosalmente con las cortas -para complemento-, intentando Lagartijo clavarlas en silla, tentativa frustrada por las condiciones del saltillo. Una vez arrastrado el toro, el presidente les llamó al palco, reprendiendo tales métodos de ganar aplausos e invitándoles a que se ajustaran a las normas naturales de la lidia. Tal fue la emoción causada. No hay que decir que el público ya no cesó de ovacionarles toda la tarde y que salió encantado de tan memorable corrida".
Aquí arrancó una rivalidad taurina que duró veintitrés años.
Indudablemente Lagartijo arrastraba más seguidores, y por consiguiente acaparaba más interés para los empresarios.
Los madrileños, entre los que Salvador tuvo tantos adeptos acérrimos, eran mayoritariamente lagartijistas, por lo que no soportaban la ausencia de su ídolo por más de un año. Así, las campañas en las que no compareció (1879 y 1886 por ejemplo) las taquillas sufrieron serios quebrantos. En cambio cuando el de Churriana, acabada la temporada de 1880, dolorido y amargado decidió alejarse por unos años del ruedo capitalino (de 1881 a 1884 solo intervino, por un compromiso muy emotivo y personal, en la corrida extraordinaria de Beneficencia de 1882), no llegó a resentirse la economía del flamante empresario Rafael Meléndez de la Vega, sustituto del célebre Casiano Hernández, fallecido no hacía mucho.
Salvador en foto de estudio 
La última vez que Lagartijo y Frascuelo actuaron juntos fue el domingo 6 de octubre de 1889. Aquel año la plaza de la Villa y Corte ofreció uno de los abonos más interesantes, con los dos abuelos (así les denominaba entonces de manera cariñosa la afición madrileña) Mazzantini y Guerrita.
Dicho día se celebraba la corrida número trece de abono de la temporada y para ello se anunciaron tres toros con divisa encarnada, celeste y blanca de la ganadería del Conde de la Patilla, y otros tres con cintas celestes y encarnadas de la de Rafael Surga. Como sobresaliente figuró Manuel Antolín, que aquella tarde se estrenaba en la cuadrilla de Lagartijo ocupando la vacante de Torerito, alternativado el 29 de septiembre anterior. La corrida, que comenzó a las tres de la tarde, estuvo amenizada por la banda del Regimiento de Infantería de Saboya núm. 6, y presidida por el edil Enrique Benito Chavarri. Lagartijo vestía uno de aquellos ternos recamados con plata a los que tan aficionado era, acreditando con ello su buen gusto para la indumentaria torera, bordado el de dicha efeméride sobre seda de color canela. Frascuelo sacó su combinación favorita, traje grana con caireles de oro.
Por orden de lidia estos fueron los toros que en tal ocasión saltaron al redondel de la plaza madrileña: Capa-corta, Latero, Lagunero, Carpintero (un buey de Surga que fue fogueado), Cara-ancha y Coruñés, con los que, por no extendernos más, diremos solamente que ambos espadas dieron claras pruebas de su gran maestría y de las facultades físicas que aún conservaban.
Lagartijo
Esta fue, repito, la última vez que Lagartijo y Frascuelo coincidieron en un ruedo, cerrándose así una rivalidad taurina que tardaría mucho tiempo en repetirse.
Corría el año 1889 cuando Frascuelo, llena de canas su cabeza y de cicatrices el cuerpo, fatigado y deseoso de compartir con los suyos la tranquilidad del hogar, decidió dejar de torear. Al verse "solo" Lagartijo sus triunfos quedaron partidos por la mitad. Salía a las plazas apático, sin ese afán de lucha al que ya se había acostumbrado. ¿Quién iba a poner junto a sus faenas otras faenas? Y el declive que venía advirtiéndose en el califa se agravó al marcharse "su otro yo". Cuatro años después Rafael descansaba en Córdoba, donde tanto se le quería y admiraba. Otro cordobés había tomado ya el mando del toreo, Rafael Guerra Bejarano Guerrita. Pero éste, soberbio y altivo, porque podía y quería, no admitió competencias.

La rivalidad que Lagartijo y Frascuelo mantuvieron en la arena, en ningún momento empañó la admiración que recíprocamente sentía el uno por el otro, sellada con una sincera amistad. Numerosas son las citas de las que podríamos echar mano para corroborar esta doble circunstancia. Sirvan como ejemplo las dos siguientes. Convaleciente Lagartijo del percance sufrido en Madrid el 26 de junio de 1873 (el más grave de su vida taurómaca), el 13 de julio asistió desde un palco al extraordinario triunfo de Salvador, quien, vestido de azul con alamares negros, le brindó la muerte del tercer toro. Entusiasmado Rafael por la faena, envolvió su reloj de oro en un pañuelo y se lo arrojó al churrianero.

Herido Frascuelo -también en Madrid- por el toro Peluquero, bravo ejemplar de Antonio Hernández, la tarde del 13 de noviembre de 1887, corrida benéfica organizada por la Sociedad el Gran Pensamiento, acudió a interesarse por su salud Lagartijo, que nada más entrar en la habitación, le dijo: "¡Qué Grande eres!" contestándole a ello Salvador: "Como tú nadie. Tú eres el mejor torero que conocido. Delante de ti, yo me quito el sombrero, y no me quito la cabeza porque la necesito para torear".
Mascarilla del difunto Salvador
La amistad que mantuvieron en vida quedó confirmada con ocasión del fallecimiento de Frascuelo. Este había pasado la última etapa de su vida en Torrelodones, donde en más de una ocasión, por voluntad del rey, se detuvo el tren real en la pequeña estación del pueblo para que el monarca estrechara las manos del que un día fuera uno de los toreros favoritos de la aristocracia.
Aquejado de traidora pulmonía, por indicación de su yerno el doctor Porras, se le trasladó al domicilio de éste en Madrid (Arenal, 22),  y pese a los cuidados de los médicos que le atendieron, encabezados por el doctor Pérez del Hierro, el 8 de marzo expiraba uno de los más brillantes astros del firmamento taurino.
Mausoleo de Lagartijo. Cementerio Virgen de la Salud
Informado del suceso, Rafael Molina, que apenas había salido de Córdoba desde su retirada, se desplazó expresamente a Madrid para presidir el fúnebre cortejo. Cuentan, que al llegar a la sala donde yacía el cadáver se deshizo de la compañía del espada Lagartijillo y el picador Chano y entró solo. Al contemplar aquella rígida figura, cuyo enérgico rostro había labrado con hondas arrugas la gubia inexorable del tiempo, a la par que sus ojos se inundaban de lágrimas, cayó de rodillas, exclamando entre sollozos: "¡Pobre Salvaor!"… ¡Tanto luchá pa esto!”
Sin levantarse rezó durante largo rato, agarrotadas sus manos a las del Negro (como cariñosamente se le motejó) y la vista clavada en el compañero de tantas y tantas tardes de gloria. Allí estaban los dos frente a frente de nuevo, después de siete años de alejamiento. Pero en esta ocasión sin rivalidades ni rumor de clamores, en silencio. Hubo necesidad de sacar a Rafael del aposento, y sin que apenas le saliese la voz del cuerpo repetía una y otra vez: "¡Pobre Salvaor!... "¡Pobre Salvaor!...”
Así correspondió el califa con el único rival verdaderamente auténtico que había conocido en su larga ejecutoria profesional.
Rafael Molina Sánchez Lagartijo y Salvador Sánchez Povedano Frascuelo, no cabe la menor duda, llenaron uno de los periodos más sobresalientes y emotivos de cuantos ha conocido la densa historia de la tauromaquia.

Del libro LAGARTIJO EL GRANDE, CENTENARIO DE UN CALIFA DEL TOREO, del que es autor Rafael Sánchez González, editado por El Semanario La Calle de Córdoba en el año 2000.

domingo, 1 de septiembre de 2019

BUEN AMANECER PARA LA MUERTE; MAL ANOCHECER PARA EL TOREO.

Por Corinto y Oro*
Manolete, óleo de Rafael Pellicer. 
Museo Taurino de Córdoba.
Ni un instante, desde que la pronunció, he podido olvidar la frase del torero grande, grandioso; del torero eje de una época, un estilo y una norma; el torero símbolo, ejemplo, código y ley del pundonor profesional: "Los asuntos taurinos se resuelven en las plazas de toros y no detrás de las mesas de los despachos".
Y en la plaza de toros ha resuelto Manolete, no ya un asunto, no ya un pleito, no ya una discusión; ha resuelto y trazado para siempre una inquebrantable línea de conducta profesional y personalísima: entregar la vida a un toro, a la fiesta dramática y a las muchedumbres del viejo y nuevo continentes, que lo encumbraron como únicamente se encumbra a un dios del toreo, a una deidad que la fiesta brava creó para mantener enhiesto su estandarte de bizarría, belleza y tragedia. A pleno sol, rodeado de muchos miles de almas que conciliaban su idolatría con su exigencia en torno al ídolo, en una plaza provinciana no de gran capital, no de Maestranza, no de alto tono, no exornada con la presencia en racimo de destacadas personalidades; en fin, en un ruedo de segundo orden, en una población sin relumbrante historia taurómaca, en el que acaso tenía disculpa lo de "salir del paso", allí ha sucumbido Manolete, la montaña más alta del toreo contemporáneo. Y ha sucumbido para que la ética de la profesión de matador de toros tuviera en él su más sagrada defensa.
Manolete. Óleo de Diego Ramos
Se ha repetido la historia en la que en días aciagos para el toreo dieran con su cuerpo en tierra, para siempre, otros dos ídolos igualmente glorificados por la afición: Joselito y Sánchez Mejías. Los ruedos de Linares, Talavera y Manzanares han ofrecido a la fiesta de toros, en el transcurso de poco más de un cuarto de siglo, tres páginas de la más desgarradora emoción registradas en este siglo. Pepe-Illo, el Espartero y Manolo Granero, figuras cumbres también del grandioso espectáculo español, cayeron en un redondel cumbre como ellos, el de Madrid. Manolete, Gallito y Sánchez Mejías acaso exaltaron su propia grandeza, su grandeza máxima, dejándose matar en una plaza de escaso tronío, aunque de amor profundo al toreo, que siempre ha cultivado con calurosa afición.
Manolete. Cartel de Cros Estrems
El viejo cronista que firma esta crónica no figuró entre los trovadores ardorosos de Manolete, el torero grande y, señaladamente, el grandioso matador de toros, ya que si su estilo con el capote y la muleta se discutió, porque no era indiscutible —después de la riqueza de clase que dejó Juan Belmonte—, no podía dudarse de su pureza en la ejecución del volapié: derecho, despacio, con recreo en la arrancada, la muleta "muerta" en el hocico de la res, la mirada y el corazón fijos en el morrillo, la salida limpia por el costillar… El viejo crítico firmante no fue trovador de él, no figuró en su "cuartel general", no tuvo ningún contacto con el hombre, aunque admiró noblemente, y como el que más, al torero extraordinario, adalid y orgullo de esta época, y de imborrable recuerdo en lo que a la fiesta de toros le quede de vida. Manolete, en fin, ha muerto sin que yo haya tenido la satisfacción de estrechar su mano, esa mano que con tanto acierto y con tanta dignidad echaba a rodar los toros sin puntilla. Pero, en cambio, las mías se juntaron frenéticas muchas tardes para "certificar", desde mi modesto y anónimo sitio de muy alta fila del tendido en Madrid, el entusiasmo que me producía la conducta recia e indomable del matador de toros sin trampa que a Córdoba dio el honor que antes le dieran Lagartijo, Guerrita y Machaco
Un concilio de horror, estremecimiento y propaganda para el toreo, se abre paso a través de los millares de frases, elogios, crónicas y versos que la dolorosa tragedia taurina de Linares ha dado en catarata al mundo entero, porque Manolete estuvo siempre tan cerca de los millones como de la mortaja. Y, como secuela de esta propaganda de tragedia y belleza, de lágrimas y frenesí, las muchedumbres seguirán pidiendo sangre y entregando su dinero a torrentes a los arlequines de seda y oro que el ejemplo de Manolete deja en las plazas. Son sus ídolos; ellas los hacen, y como de ellas son, unas veces los ensalza y glorifica como a dioses y otras los vapuleada y estruja como a guiñapos.
Manolete. Dibujo de Pepe Sala 
Buen amanecer para la Muerte; mal anochecer para el Toreo. La Parca, con satánica burla, se ha puesto sobre sus esqueléticos hombros, en la plaza de Linares, el capote de paseo de Manolete, mientras al gladiador táurico lo ha metido en un sepulcro con brutal empellón. Y acaso no se conforme con esta fechoría, porque seguramente su trágica estampa y su voz seguirán ahora asomándose a los redondeles taurinos para que los áureos arlequines que quedan sobre la escena tiemblen ante las astas de los toros y pierdan "su sitio", caliente aún el recuerdo del drama, para que la virilidad de la fiesta se resquebraje y para que el toreo caiga en un estado de dolorosa postración y mortecina gravedad. 
También se enriquece, y ahora con ruido estrepitoso, la trágica leyenda de la divisa de Miura. Al entrar Manolete en la eternidad, un grupo de víctimas de la divisa verde y negra —verde y encarnada fuera de Madrid— habrá recibido a Manolo con las lágrimas y el dolor con que ellos se fueron. El Espartero, Pepete —abuelo de Manolo—, Llusio, Fabrilo, Dominguín —aquel ídolo del madrileño barrio de Lavapiés— y Faustino Posadas darán al glorioso torero cordobés, adalid del pundonor frente a la fiera, una luctuosa bienvenida. Como en la tragedia de Talavera, que tuvo por blanco y víctima al gigante Joselito, la fatalidad ha puesto a la bandera del toreo un nuevo crespón de luto, en cuyo lazo se escribirá, para no borrarse nunca, el nombre de Manuel Rodríguez (Manolete).
Manolete, óleo de Daniel Vázquez Díaz
Y, a todo esto, el viejo cronista taurino firmante de esta crónica, aún sin ostentar el título de amigo de Manolete, ni el de cantor de Manolete, ni siquiera el de conocido de Manolete, pero sí el de admirador de Manolete, profundo y leal, del tendido al ruedo exclusivamente, no ha podido reaccionar aún de la terrible impresión que recibió el viernes al conocer la noticia de que Manolete había sucumbido en la plaza de Linares, víctima de su deber, el deber de matar toros cara a cara. Tan profunda ha sido esta emoción, que hasta ahora mismo, al poner mi firma en la crónica, no se me había ocurrido pensar en el destrozo de corazón sufrido por esa madre, mártir de la Fatalidad.
CORINTO Y ORO
(Publicado en SEMANA, Madrid, 2 de septiembre de 1947)

*Con el seudónimo de CORINTO Y ORO firmaba sus crónicas Maximiliano Clavo de Santos. Arévalo (Ávila), 13/6/1879 - Madrid, 12/11/1955.

CAPOTE DE GRANA Y ORO, pasodoble de Quintero, León y Quiroga, interpretado por Juanita Reina

viernes, 3 de agosto de 2018

MANOLETE CARGABA LA SUERTE

Por Antonio Luis Aguilera

Monumento a Manolete en el barrio de Santa Marina de Córdoba. Foto Manuel D. Castilla
Algunos juicios de la crítica figuran en la jerga taurina por provenir de sujetos reconocidos, a los que el pueblo llano otorga rango de autoridad taurina, ignorando que de toros, como afirman los sabios y sencillos hombres del campo, no saben ni las vacas. Resulta sorprendente que existan aficionados que sobrevaloren los escritos de algunos cronistas poco objetivos, y tras presenciar una corrida cambien de opinión, para no ir con el paso cambiado, ante el respeto que merecen los que saben: los especialistas. A quienes acuden a la plaza con tan pobre criterio, habría que recordarles que en la crítica, como en cualquier otro orden de la vida, conviven los que van de frente y por derecho, con quienes, descolocados históricamente, abusan del horroroso pico de la subjetividad, acuñando dogmas que procuran propagar a modo de jurisprudencia.
Uno de estos falsos dogmas, de moda en un cacareado gallinero, es el que censura al torero que descarga la suerte, cuando este, para ligar los pases con la muleta, perfectamente encajado con el toro, cita con el compás abierto. Se aplica para menospreciar faenas cuya sustentación técnica reprobaron ilustres plumas, que calificaron la acción como una conculcación de las reglas clásicas del arte de torear, normas que invocaron quizá sin haber leído, y con las que pretendieron encorsetar un arte vivo como el toreo. Así pues, no estaría de más revisar los clasicismos invocados, para comprobar si han resistido el paso del tiempo y la evolución del toreo.
Se aceptan como clásicas las tauromaquias de Pepe Hillo, escrita en 1796 por José de la Tixera; la de Paquiro, publicada en 1836 por Santos López Pelegrín, Abenamar; y la de Guerrita, redactada bajo su dirección técnica en 1896 por Leopoldo Vázquez, Luis Gandullo y Leopoldo López de Sáa. Las dos primeras contemplan un toreo primitivo, donde la lidia gravita sobre el tercio de varas y la suerte suprema. La muleta aún no tiene protagonismo, solo es la azafata de la espada, pues estaba mal visto dar más pases de los necesarios antes de montar el estoque, y se reprobaba todo exceso que restara ímpetu al toro en el trance decisivo, cuando el matador citaba a recibir, suerte habitual entonces aunque no la única. 
Rafael Guerra Guerrita. Foto Montilla
La tauromaquia redactada por Guerrita adquiere otra perspectiva. La lidia ha evolucionado, y el espada cordobés intuye que el rumbo del toreo ha de virar hacia ese arte de mayor sosiego que demandan los públicos, y que llegará en el siglo XX con otro toro más seleccionado que va a permitirlo. Es el toro que buscaban los ganaderos siguiendo los consejos del propio Califa, un animal de mejores hechuras y cornamentas proporcionadas, que entrara en la muleta,  y tuviera mayor fijeza, para que Joselito revelara los primeros pasos del toreo en redondo -como preceptuaba Guerra en su Tauromaquia-, y para que Belmonte pudiera disputarle su terreno, acortar distancias y sorprender con un temple colosal y su portentoso toreo a la verónica. ¿Cuáles son, pues, los cánones o reglas clásicas que se invocan para juzgar si el espada carga o no la suerte, si solo la tauromaquia de Guerrita contempla un toreo donde la muleta comienza a tener protagonismo? 
 Ortega adelanta la pierna de salida. Foto Cano
El clasicismo es relativamente moderno, concretamente de los años cincuenta del siglo XX, y se atribuye a Domingo Ortega. Ese es el canon utilizado como vara de medir, al invocarse como clásicas las normas con que este espada definió su propio toreo, personal e intrasferible, con el que comandó la década de los años treinta, ante una crítica adepta y antimanoletista. La conferencia El arte de torear, pronunciada por el maestro de Borox en el Ateneo de Madrid, y publicada en 1950 por la Revista de Occidente, fue el argumento que necesitaban algunas plumas, de las que no entienden que en el toreo pueden coexistir varios sistemas técnicos, para censurar al espada que torea sin adelantar la pierna contraria, asegurando que falta a la verdad del toreo porque no carga la suerte. Mas si esto hubiera sido cierto, y la verdad del toreo se centrara en el simple mecanismo de adelantar la pierna de salida, todos los toreros desde Manolete hasta nuestros días habrían quebrantado esa verdad. Y eso sí que es una mentira que no se sostiene por ninguna parte.   

Manolete torea a Islero. ¿...qué era entonces aquel quebrar de la cintura,  aquel 
bajar del brazo y la muleta hasta la arena, haciendo humillar al toro? Foto Cano.
Cargar la suerte no guarda relación alguna con la inmoral interpretación, que un influyente sector de la crítica propagó para menospreciar la figura y el toreo de Manolete, que ya no vivía para defenderse. De no haberse cruzado Islero en su camino, quién sabe si el inolvidable espada hubiera refutado tan ridícula afirmación, diciendo que él cargaba la suerte siempre que el peso de su cuerpo gravitaba sobre la pierna de salida, que es la máxima expresión de entrega y dominio sobre el toro, sin que para ello tenga mucha o poca importancia que el compás se encuentre abierto, cerrado o incluso retrasado.

"Pero afirmar que no cargaba la suerte carece de sentido".
El gran escritor y excelente analista del toreo José Alameda, en su libro Los arquitectos del toreo moderno, editado en México en 1961 y reeditado en España por editorial Bellaterra en 2010, aborda con brillantez la cuestión: “… si no puede torearse sin cargar la suerte, falla el reproche de que Manolete no la cargaba. Lo que quieren decir ciertos “críticos” es que el toreo de Manolete no les gusta y en eso están en su derecho, porque en gustos se rompen géneros. Pero afirmar que no cargaba la suerte carece de sentido. Pues ¿qué era, entonces, aquel quebrar de la cintura, en un natural de Manolete, aquel bajar del brazo y la muleta hasta la arena, haciendo humillar al toro, al mismo tiempo que le marcaba ya la trayectoria por donde el pase había de desarrollarse? ¿Acaso no era eso cargar la suerte?”.  
"haciendo humillar al toro, al mismo tiempo que le marcaba ya la 
trayectoria por donde el pase había de desarrollarse". Foto Mateo
Como asegura el maestro José Alameda: "La historia no establece dogmas, los establecen quienes la escriben". Después de Manolete nadie toreó como Ortega, que basaba su faena en un intercambio de pases y pasos, en un toreo de avance sobre las piernas, poderoso para quienes aceptaban esta expresión de dominio, y de menor valor para los que veían en su planteamiento una forma más o menos elegante de no pararse e irse al rabo -la apasionada afición mexicana le mostró la otra cara de la moneda con esta cantinela: De domingo a domingo, siempre lo mismo Domingo. La perspectiva histórica demuestra la escasa implantación de ese concepto del toreo en los espadas, por mucho que la teoría fuera propagada por el sanedrín de la crítica como la sagrada escritura del toreo, pues la inmensa mayoría aceptó y adoptó, para expresar su acento artístico el toreo censurado, el ligado en redondo que reveló Gallito, pulió Chicuelo y consolidó Manolete, el cual permite, con el compás cerrado, abierto o incluso retrasando la pierna de salida, dejar que el toro venga por su camino natural y, sin quebrarlo hacia fuera, conducirlo hacia atrás y hacia adentro, hasta donde termina el recorrido del brazo y la muñeca apura  al vaciar, para que el lidiador gire sus talones y quede colocado para emprender el siguiente pase. Este intercambio de los terrenos del toro y del torero permite la solución geométrica de la ligazón de los pases, aunque algunos especialistas, midan la colocación de la pierna de salida para juzgar si se falta a la verdad del toreo, y censuren a los diestros que descargan la suerte de no estar adelantada.
Manolete no solo cargaba la suerte, sino que fue de los toreros más honrados que han vestido el traje de luces, no se alivió jamás -ni siquiera cuando sus compañeros se lo pedían ante situaciones comprometidas-, y haciendo gala de una entrega absoluta fue por derecho hasta el final. Le acusaron de ventajista, por citar de perfil con la muleta retrasada, sin percatarse del nuevo modo de obligar a embestir a todos los toros, que reveló acortando las distancias con pases laterales hacia el toro, y no respetaron su acento artístico, la majestuosa verticalidad desde la que sentía y expresaba su toreo. Y cuando no vivía, esto sí que es inmoral, de torero fraudulento, que faltaba a la verdad del toreo por no adelantar la pierna contraria. Pero la miserable acusación de los inquisidores de su arte, "la verdad del toreo", en Manolete fue virtud, y con toda seguridad habría sido el titular más cabal para rotular lo que ocurrió en Linares la tarde del 28 de agosto de 1947. 

                                    Imágenes de Manolete en México