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lunes, 11 de agosto de 2025

LA ÉPOCA DE MANOLETE Y ARRUZA

Por Néstor Luján

(Diario ABC: Madrid, 21 de Abril de 1957)

 

Manolete y Arruza se saludan en  Valencia,
la tarde del 7 de octubre de 1945. Foto Finezas.


«He de escribir sobre una etapa taurina a la cual me ligan no solamente unas marcadas diferencias de tipo estético, sino también de carácter sentimental. Es la comprendida entre 1939 a 1947, fecha de la muerte de Manolete, y, singularmente, los intensos años de la competencia entre Manolete y Arruza. Es decir, de julio de 1944 a la muerte del cordobés, en agosto de 1947. Esta época la contemplaré a través del acontecer taurino en Barcelona.

 

En las plazas barcelonesas que, como es bien sabido, son temperamentales, muy generosas, poco exigentes y heterogéneas en cuanto a la cantidad y calidad de aficionados, la época mencionada fue, sin lugar a duda, el último gran momento de una auténtica afición a los toros. Sin prejuzgar, porque sería absurdo hacerlo, las calidades de los toreros que precedieron a Manolete y las de los que le han seguido, hemos de señalar que, en ese lapso de tiempo, la afición permaneció en sus límites estrictos por lo que se refiere a la actitud estética y técnica. A la plaza iba el suficiente número de aficionados para contrapesar al cada vez mayor contingente de público. Después de esta etapa, cuando se perdió la fascinación del toreo de Manolete y la enajenación del toreo de Arruza, sobrevinieron unos años de crisis y de desgana, luego han llegado los opulentos años del turismo y la afición, ese grupo siempre minoritario, pero que es verdadero fermento de la plaza, ha dejado totalmente de tener influencia en ella. Conste que hablamos de la afición reflexiva, entendida y conservadora, que ha sido el núcleo que, desde siempre, ha mantenido los toros en sus magníficas proporciones y que ha permitido en el curso de la historia del toreo la necesaria, descrita y progresiva evolución.

 

"Manolete conoció la soledad en la cumbre del toreo"
Sevilla, 18 de abril de 1945. Foto Finezas.

Desde hace varios años, el aficionado pesa muy poco en la plaza. Exactamente, en las plazas barcelonesas, el aficionado está en tan penosa minoría, que las más de las veces deserta de su puesto. Hay demasiadas fiestas de toros, excesivos intereses creados, y, sobre todo, un público nuevo, deseoso solamente de espectáculo, que ha hecho desaparecer cualquier rigurosidad. Para este público extranjero o español que acompaña a extranjeros, conceder una oreja es tan gentil y prodigioso espectáculo como ver un buen natural.

 

Quede, pues, claro que, en Barcelona al menos, el viejo clima de la fiesta de los toros lo ofreció en todo su dorado prestigio, la extraordinaria figura de Manolete y su pugna con Arruza que en el momento en que surgió en estas plazas —exactamente en julio de 1944—, si no hubiese existido, hubiera sido necesario crearlo. Y Arruza con su fábula de valor, fue creado en diez corridas seguidas que toreó en la plaza Monumental catalana, de julio a septiembre de aquel año.

 

"Manolete devolvió la afición de los toros a Barcelona"  


Manolete apareció en Barcelona el día 1 de octubre de 1939, en una corrida de Curro Caro y Juanito Belmonte, y con reses de Atanasio Fernández. Desde el primer momento, los aficionados vieron algo excepcional en el torero cordobés y en aquel momento, Barcelona, que había pasado tres años sin ver toros, volvía a ellos mezclando la curiosidad con una especie de entusiasmo patriótico, retornaba las plazas. El momento era desconcertado y en toda España, por las circunstancias bélicas, había pasado por un momento letárgico. Cuando vino el sosiego, los toreros de preguerra tenían un prestigio lejano, nebuloso. Marcial Lalanda, Vicente Barrera, Domingo Ortega, Pepe Bienvenida y Nicanor Villalta monopolizaron los primeros carteles y representaron un arte conservador. Pero la afición estaba, ante la repetición de estos maestros, que no aportaban nada nuevo, como entumecida, sin recuperar la alegría cordial y desbordada que llena de sol todas las tardes de toros. 

 

 Manolete. "Desde el primer momento interesó".
Plaza México, 2 de febrero de 1947.


Por aquel tiempo, en Barcelona empezó a torear Manolete. Desde el primer momento interesó. Se le consideró un muletero con estilo pulimentado y duro, destellante en los naturales y lento y solemne los ayudados por alto. Como matador se le aplaudió mucho, pero le faltaba un descabello contundente y eficaz. Su toreo con la capa era fláccido y solo toreaba a la verónica. A pesar de todo, el público de sombra y gran parte de sol —que luego tanto le tenía que denostar— lo tomó como bandera de combate ante el toreo maduro y crepuscular de Marcial Lalanda. Quien tenga presente los “mano a mano” que se vivieron en Barcelona entre Manolete y el torero madrileño recordará con qué sencillo patetismo se desarrollaban. Lalanda produjo las faenas más grandilocuentes de su historia. Su esfuerzo fue agotador. Toda su capacidad de retorcimiento y de angustia artificiosa adquirió, por primera vez, un significado vivo y palpitante. Por última vez, su toreo, respondió a una sinceridad temperamental, porque se estrellaba ante un toreo natural y lógico, impecable y sin estridencias. Aquellos mano a mano fueron la gran campaña final de Marcial Lalanda. Acabó magníficamente, soberbio, en un acorde final de todas sus posibilidades.

 

Sevilla, 18 de abril de 1945. Primera tarde de la feria conocida 
como la de "las taleguillas rotas", por la encarnada competencia de
 Manolete y Carlos Arruza, que posan junto a Pepe Luis Vázquez.
Foto Finezas.


Manolete tuvo entonces dos posibles rivales: Domingo Ortega y Pepe Luis Vázquez. Con el primero, la pugna no tuvo vitalidad; Ortega podía con todos los toros, la mayoría de ellos frágiles, que rompían plaza en aquellos años y explicaba su lección escuetamente como un lógico profesor. La pugna con Pepe Luis Vázquez se hundió en una ráfaga de abulia que se apoderó del gran torero sevillano. Recordaremos toda la vida el primer mano a mano Manolete-Pepe Luis Vázquez, que se celebró en Barcelona en 1942. Allí nos dimos cuenta que Pepe Luis no iba a plantarle cara a nada ni a nadie. Era un torero precioso, desdeñoso, mágico y alegre, extraordinario, pero sin la tensión del luchador. Entonces vinieron dos años en que Manolete conoció la soledad en la cumbre del toreo. Es aquella suprema soledad tan peligrosa, que acabó incluso con el hombre más macizo moralmente que han tenido los toros; nos referimos al Guerra. Por julio de 1944, en nuestra ciudad, que ha sido la que más veces vio torear a Manolete y la que más devotamente le había seguido, el público estaba ya de uñas con él. Recordamos aquella gran faena al toro de Miura del 4 de julio —la de la fotografía del natural, miles de veces repetida—, en la cual, después de la faena más clásica, parte del público, le silbó. A finales de aquel mes, por fortuna para Manolete, se presentaba Arruza en Barcelona, acompañado por un extraño y enigmático destino, del mismo Chicuelo que había asistido a Manolete en 1939. Carlos Arruza lo vulneró todo.

 

Rivales en el ruedo y grandes amigos en la calle.
Barcelona, 27 de junio de 1945. Foto Mateo.


Carlos Arruza fue exactamente una vitalidad pura. Con los toros de aquellos años, lo hizo todo, sin que nada se le antojara grotesco o impuro. Su visión deportiva y musculada de la fiesta, su limpieza aséptica en el adorno, su trasteo con la muleta, brutalmente acongojado, sin buscar otra cosa que la emoción, aunque viniera no importa por cualquier camino, aunque bordeara el ridículo, ha sido definitiva. Sus faenas de muleta recortadas, fogosas, en donde cada paso era un quiebro —cite con el cuerpo y un vaciado de un reflejo rapidísimo, infalible— llena de alardes a veces casi visibles, no produjeron otra cosa que un estupor profundo. Arruza ha tenido como ningún otro torero el don de producir una emoción arañada y súbita con los pases menos interesantes. Su personalidad lo ha superado todo, su sugestión para producir entusiasmo, la frescura fuerte y felina de su cuerpo han sido el suceso de esta época. En Arruza todo tenía un latido joven e incluso los menos arrucistas —entre los que me cuento yo— nos hemos dejado llevar en algún momento por el enardecido ambiente que creó este fabuloso torero. Ante él, Manolete reaccionó de una manera magistral. Creó un arte de contención que palpitaba de una manera impresionante. Recordamos los “mano a mano” con Arruza en las fiestas de la Merced de 1945. En ellos estallaban los variados quites del torero mexicano con una precisión seca y luminosa, y a cada quite correspondía Manolete del mismo modo, toreando con una capa lenta y enjabonada y trazando aquella media verónica, en la cual el capote parecía tener una circulación sanguínea, una red fina y angustiada de venas y arterias. Su último quite se esculpió siempre con el público enajenado, sin volver de su asombro. La afición se dividió y se vivieron días brillantísimos dentro del toreo de aquel momento. Barcelona vivió unos años entusiastas y vibrantes porque tuvo la sensación, además, de que ambos toreros habían salido al calor del entusiasmo. Ciertamente, tanto Manolete como Arruza fueron unos toreros barceloneses en el sentido de que en nuestras plazas fue donde torearon más, y fue nuestro público, con el de Valencia quizá, el que les hizo pareja. Con ello no queremos decir que no hubiese sucedido lo mismo en otras plazas. Pero Barcelona, por las especiales características del público y de su empresario de toros don Pedro Balañá, tuvo la oportunidad de lanzar estos toreros, de enfrentarlos luego, de discutirles y de aplaudirles.

 

"Después de la faena más clásica, parte del 
público le silbó". Barcelona, 2 de julio de 1944.
Foto Mateo.


Estamos a diez años del fin de aquella época taurina. Resulta curioso contemplar cómo pasa el tiempo en los toros. Esta época parece ya mucho más lejana y no puede mirarse sin una agridulce sensación de nostalgia. El toro ha cambiado mucho más de lo que creemos y el público también. No hemos de desconocer que muchas de las cosas que hoy nos desagradan de los toros estaban en germen entonces, o ya habían nacido. Pero todo ello estaba contenido por la enorme capacidad del arte de Manolete y por la extraordinaria vitalidad de Arruza. El despeñadero por el que han caído los toros luego, ellos lo contuvieron, con una evidente dignidad. Manolete devolvió la afición de los toros a Barcelona y Arruza añadió la polémica. Fueron unos años de una gran amenidad para quienes asistieron a las corridas. A partir de entonces el toreo ha empezado a hacerse en serie, se ha llegado a la monótona industrialización del espectáculo. En este momento, no queremos discutir sobre la calidad de los toreros ni de su toreo, pero sí decir que el público va a la plaza sin aquella ilusión, sin aquella esperanza, sin aquella profunda alegría que durante aquellos años tuvimos. El arte de torear estaba vivo, palpitante todavía…».

 

sábado, 5 de octubre de 2024

«MANOLETE» RECORDADO POR ANTONIO BELLÓN


Portada del libro

En 1990 fue publicado «PASEILLO DE LUCES Y SUEÑOS CALIFALES», libro del compañero en la información taurina Ángel Mendieta Baeza, crítico del «Diario Córdoba», que fue editado por Cajasur. Se trata de una amena obra que inserta entrevistas a toreros cordobeses, aunque la encabeza la realizada a D. Antonio Bellón Uriarte, quien fuera crítico taurino de la célebre revista Dígame, y acompañante de viaje de Manuel Rodríguez Manolete en la temporada de 1947: un documento desconocido para muchos aficionados, que por el interés de su testimonio sobre el inolvidable torero cordobés, por encima de otras consideraciones técnicas sobre los toreros clave en la evolución histórica del toreo, se asoma para quedarse en esta manoletista Plaza de la Lagunilla, gracias a la autorización del autor.


Ángel Mendieta entrevista a don Antonio Bellón. Foto G. Ruiz


"DON ANTONIO BELLÓN, COMPAÑERO EN EL ÚLTIMO VIAJE"

«Una de las personas que convivió más íntimamente con Manolete en su última etapa fue Antonio Bellón, crítico taurino del prestigioso semanario Dígame. Bellón acompañó en su último viaje a Manuel Rodríguez Sánchez desde Madrid a Linares. Con él vivió sus últimas preocupaciones, sus últimas alegrías, sus últimas esperanzas y sus últimos miedos. Habrá que decir que Antonio Bellón es un venerable joven de ochenta y bastantes años. Sí, decimos bien, joven, porque sus muchos años no le impiden ser un hombre con ilusión, con espíritu emprendedor.

Antonio Bellón sabe la realidad de su momento y no es ningún cascarrabias, más bien todo lo contrario. No se cree superior a nadie y sabe respetar a todo el mundo.

Antonio Bellón pasa largas temporadas en su casa de Baena, donde nos recibe con talante abierto y coloquial. Él sabe que puede enseñar mucho y no tiene inconveniente alguno en prestarse al diálogo. El tema, lógicamente, no puede ser otro que el de Manolete. Están presentes en la entrevista nuestro corresponsal en Baena, Antonio Alarcón, que lo es del “Diario Córdoba”; Paco Laguna, autor del libro Tauromaquia de Manolete y el fotógrafo J. Ruiz.

Ni que decir tiene que la conversación transcurrió en un ambiente distendido, y en el inicio de la misma nos contó que él había conocido a Manolete cuando este fue a Madrid a torear en la plaza de Tetuán de las Victorias:  “Fui a verle con mi maestro K-Hito. Lo que más nos impresionó fue su quietud. Más incluso que sus condiciones como matador… Actuó con Silverio. Nos gustó la esbeltez de Manolete, su valor sereno y su majestuosidad”.

—¿Se pudo adivinar en aquella actuación la figura que Manolete llevaba dentro? 

—No. Eso era muy difícil. El toreo es una cosa magníficamente desorganizada, pero con una organización perfecta. Y el escalafón novilleril es el cernedero para dejar atrás a los que no valen. No hubo tiempo para verle cernirse. Luego, durante la guerra fue cuando Manolete se hizo. Yo en aquella época ejercía de digno barrendero.

—¿Sabe usted si le fue a Manolete fácil su paso por el escalafón novilleril?

 —Manolete tuvo un inconveniente y es que tenía su lado a los niños más bonitos del mundo: Antonio Bienvenidael GallinoPaquito Casado y a Pepe Luis. Eran cuatro pinturas de niños vestidos de torero y, claro, a su lado Manolete era un desangelado  y un desgalichado. En la España de aquella época poco tenía que hacer.

—Usted le conoció muy de cerca. Háblenos de las cualidades humanas que descubrió en él.

Manolete tuvo un problema de timidez, aunque tuvo unas cualidades humanas estupendas. Con Manolete se daba un caso similar al de Joselito. Fueron como dos vidas paralelas. En la plaza eran fenomenales. Ambos fueron maravillosos creadores. Pero, sin embargo, en la vida particular eran unos desdichados. Los dos fueron unos enamorados de su madre y fracasaron en sus amores. Manolete, mientras se movió en el ambiente de sus amigos de Córdoba, fue como son los cordobeses. Sin embargo, cuando empezó a salir por el mundo, se dejó influir un poco por el ambiente relajado del mundillo del toro.  Pero nunca perdió su magnífico talante y su respeto por todos.

En una ocasión en que estábamos comiendo -recuerda- Domingo Ortega le dijo que le hablara de tú. Sin embargo, Manolete contestó que no, que Domingo era un maestro y que jamás le hablaría de tú. En otra ocasión me enseñó el barrio donde él vivía, Santa Marina, vimos la casa de paso y luego me llevó a una capilla —Antonio Bellón se refiere a la capilla del Colodro— en la que había dos monjitas vestidas de radiante blanco en adoración permanente al Santísimo. Manolete me dijo: “Aquí es donde yo vengo a ponerme a bien con Dios, pero no se lo digas a nadie para que no me quiten la intimidad”. Eso da idea de cuál era la forma de ser de Manolete.

—¿Le vio usted torear muchas tardes?

—Yo vi como el sesenta por ciento de las corridas que toreó.

—¿Y cuáles eran las virtudes toreras de Manolete

—Era un poco rutinario en sus costumbres. Por ejemplo, los machos se los tenía que atar Camará.  Usaba la misma camiseta, la misma montera que cuando empezaba en Los Califas. Era un hombre clásico, aunque puede que algo supersticioso. Con Camará se entendía perfectamente, dialogaban con un simple gesto cuando uno estaba en el ruedo y el otro en el burladero del callejón.  La simple mirada del torero era contestada por un gesto casi imperceptible para los que estaban allí. Manolete tenía un gran dominio de las distancias y se arrimaba a todos los toros. Mientras que los demás andaban probando, él ya estaba dando naturales.

Antonio Bellón nos dice que el toreo es hasta Belmonte y desde Belmonte y que Manolete fue el continuador del sevillano. “Tan es así que Joselito es el sumun de la perfección de todo lo que se había hecho en el toreo. Sin embargo aparece Belmonte y hace lo que no había hecho nadie. Y Manolete, a la nueva verdad del toreo de Belmonte lo que hace es darle continuidad, que a mi juicio es lo más difícil, y luego vino su cosa personal de majestuosidad. Prueba de ello es que el mismo Belmonte fue un profundo admirador de Manolete. En una ocasión, Juan me dijo que él disfrutaba viéndole torear. No olvidemos que Manolete le hacía la faena al ochenta por ciento de los toros a los que se enfrentaba. Camará lo cuidó bastante bien y, en el aspecto artístico le aconsejaba. Manolete toreaba muy bien con el capote a la espalda y daba muy buenas gaoneras y, sin embargo, Camará se las quitó. Pero le dijo que tenía que torear al natural a todos los toros, y, claro, lo que hizo fue cambiar una filigrana por una verdad inmensa”.

—¿Qué aportó Manolete al toreo?

 —Hay quien le criticó a Manolete que hiciera la misma faena a todos los toros. Y esa es una de las cosas más importantes que él hizo. Pues es dificilísimo el poder imponer la faena al toro.

A nuestra pregunta sobre los defectos artísticos de ManoleteAntonio Bellón piensa y reflexiona antes de contestar. Cuando lo hace, se expresa en los siguientes términos:  “Pues…, es muy difícil encontrar defectos en el toreo de Manolete. La verdad, yo no se los encuentro. Si acaso, podemos decir que era algo ingenuo. Le aconsejaban que, en determinadas circunstancias, se aliviara. Pero como lo que le gustaba era torear, no se aliviaba”.

—¿Qué tarde fue en la que Manolete le impresionó más?

—Son muchos los momentos importantísimos que le vi. Recuerdo aquella tarde…, la del año que toreó una sola corrida. Fue en Madrid. Alternó con Antonio Bienvenida y Luis Miguel. Era un toro que se le iba, y precisamente, en la puerta de chiqueros, dio como un librazo y dejó la muleta en el suelo. El toro se le fue unos diez o doce metros. Manolete aguantó, sin moverse, la figura un poco flexionada, impávido y con mucha gallardía, a que el toro volviera. Él sabía que el toro volvería porque le había marcado el camino. El toro reculaba un poco y se le volvía arrancar, y el tío allí.  ¡La plaza se venía abajo! Son muchos los momentos. Porque matando, eso era a diario. Era una delicia verle matar. Tenga en cuenta que Manolete ha sido el último gran matador que ha habido. 

Antonio Bellón, Ángel Mendieta, Paco Laguna y Antonio Alarcón
 Foto G. Ruiz

Sobre este aspecto en la vida torera de ManoleteAntonio Bellón nos refiere una anécdota que aconteció con motivo de una corrida de la feria de Córdoba: “Manolete había hospedado en su casa a Juan Mari Pérez Tabernero y a Juanito Belmonte que toreaban con él. Por la noche, con unos colchones que había montado a modo de toro, enseñaba a sus compañeros a entrar a matar. Mientras tanto, su madre, que era una mujer admirable, le recriminaba y en broma le decía a su hijo que eso lo aprendieran aquellos señores de otra manera”.

—¿Es cierto que adaptaron y disminuyeron el tamaño de los toros para que Manolete pudiera triunfar con ellos?

—Esa es una de las muchas pamemas que andan por ahí. Cuando salimos de la guerra el toro estaba mermado o disminuido. Pero es cierto que aquel toro no se caía tanto como el de ahora. Lo que quiere decir que tenía más fuerza. También es verdad que cuando hay un torero bueno y que interesa, es el mismo público, el que quiere que el toro sea apto para poder disfrutar viendo al torero. Cuando los toreros son malos es cuando el público, para no aburrirse, exige el toro grande.

Manolete. Foto Mateo

—De entre los compañeros que tuvo Manolete) ¿se vislumbraba alguno capaz de complicarle la vida?

—No. Todos se entregaban. Los primeros admiradores de Manolete fueron sus propios compañeros. El que más daño podía haberle hecho fue Arruza. Sin embargo, el mexicano tenía una debilidad tan grande por Manolete,  que él mismo le evitaba las cosas ajenas al toreo que le perjudicaban. Luis Miguel Dominguín preparó una batalla “política y de reportaje”. Pepe Luis, por aquello de ser sevillano…, pero no estaba dispuesto a jugársela como lo hacía Manolete.

—¿Cuánto tiempo estuvo Manolete mandando en el toreo?

—Él mandaba en la plaza todo el tiempo que estuvo toreando. Prueba de ello es que, como no tuvo competidor, el público empezó a ponérsele un poco en contra.

—¿Como fueron las relaciones entre el torero y su apoderado Camará?

—Siempre fueron admirables hasta que surgió mi tocaya Antoñita Bronchalo Lupe Sino. Con esa no pudo Camará. Llegó el momento en que Pepe tiró por la calle de enmedio. Ella intentaba desbancar a Camará y que el apoderado fuera su padre. Entonces Pepe dijo: “A mí que me ajuste Bermúdez”, que era el administrador que ellos tenían. Manolete trataba de aliviar aquella situación. También le sentó muy mal a Camará que Manolete la llevara a México.

Manolete. Foto Mateo

—¿Cómo vivió usted todo aquello?

Manolete me dijo un día que él quería que yo estuviera a su lado y que le acompañara. Yo serví, un poco, como árbitro entre el torero y el apoderado. No estuve en las últimas corridas, las de Gijón y Santander. Sin embargo, sí le acompañé de Madrid a Linares. Yo salí de la redacción de Dígame y emprendimos aquel viaje. Íbamos en el coche CamaráGuillermo, el mozo de espadas, Manolete y yo.  Cenamos en Manzanares, y, desde allí, hasta Linares trajo el coche el propio torero. Detrás durmiendo como benditos, venían Camará y Guillermo. Delante, junto al torero, iba yo.

—¿De qué hablaron durante el viaje?

—En ese viaje Manolete me dijo una de las cosas que más me emocionaron.

—¿Que fue?

 —Me dijo: “Es usted la única persona que puede hacer por mí lo que más deseo en este mundo”. Le pregunté y me contestó: “Mi madre le respeta y quiere muchísimo. Yo quiero que la lleve usted a ella a mi boda a Barcelona, donde me caso con el demonio de su tocaya. Usted no le comente nada a nadie, nada más que a ella.  Ella va con usted”.

—¿Se casaba Manolete con Lupe Sino?

—La boda estaba fijada para el 18 de octubre.

—¿En qué circunstancias llegó el torero a Linares? 

—Llegó un poco pachucho. Algo de lo que había cenado en Manzanares le debió de sentar mal y tenía la tripa suelta. Me fui a por Tanager y parece que se mejoró. Durmió bastante. Cuando volvimos del sorteo ya estaba despierto y me pidió por favor que le confeccionara la lista de las llamadas telefónicas para después de la corrida. En primer lugar puso a Bermúdez, después a su madre, que estaba en San Sebastián y en tercer lugar a la Bronchalo. Cuando yo salía de la habitación, me dijo: “Oiga, don Antonio, póngamela a ella primero”. Son cosas humanas. Luego, sin embargo, ya no dio tiempo a nada. Solamente llamamos a Bermúdez, que era el fundamental.

—¿Cómo vivió Manolete los momentos anteriores a la corrida? ¿Le preocupaba algo?

—No, en absoluto. Los Miuras no le preocupaban. Prueba de ello es que todos los años mataba una corrida de ese hierro en la feria de Sevilla. Luis Miguel tampoco le preocupaba. Manolete le gastaba bromas y él, que presumía de irónico, lo respetaba tremendamente. El padre le había dicho: “Niño, tú a este lo que tienes que hacer es darle coba porque es el que puede darte cartel”. Lo del vientre era una simple molestia de verano.

—¿Qué ambiente se vivió durante aquel día en torno a Manolete

—Por allí apareció un grupo de cordobeses, sudosos, flamencotes y tal, y le llevaron un cuadro en que se veía a Manolete toreando desnudo y con sus atributos.  Él me dijo: “Guarde usted eso, que es una guarrería”. Por cierto, ese cuadro, con el barullo del regreso, desapareció. Luego llegó Balañá, que hablaba de contratos y liquidaciones con Camará. Cuando se aproximó la hora de la corrida, el problema de la tripa estaba totalmente solucionado. Lo único que le disgustó fue el vestido de torear que le prepararon. Ese traje lo había usado una tarde en México y no había estado bien. Al Chimo le dijo: “¿Cómo es que has traído este traje? Ese traje tiene mala sombra”. Fue precisamente el traje con el que murió.

—Cuando se produjo la cornada ¿descubrieron enseguida la gravedad?

—Cuando le dieron la cornada el torero que más cerca estaba de él fue Pinturas, que me hizo una seña advirtiéndome de la gravedad. Las asistencias equivocaron el camino y yo salté al ruedo para decirles por donde era.

—¿Cómo fue la llegada a la enfermería?

En la enfermería se formó un barullo tremendo. Allí se coló todo el mundo. Tuve que enfadarme y ¡hasta maldije! para echar a toda aquella gente a la puñetera calle. Mientras le cortaban los machos para desnudarlo, tenía una cierta ansiedad respiratoria. En un momento se miró y vio como sangraba por el vientre. Aunque la hemorragia era grande, lo que él veía era relleno del vestido empapado.  Le dije: “Na, maestro, esto es empapado, ¿no lo ve usted?”. Entonces, para que no viera más, le tape la cara con un paño del bote que allí había para las operaciones. A Manolete ya se le había empezado a poner la cara verde, y es que estaba entrando en ese schock traumático que se lleva a la gente. Sin embargo me tranquilizó comprobar que se repuso de él. Procuré distraerle la atención e incluso, aunque era muy difícil, le gasté alguna broma.

—¿Se restableció el orden en la enfermería?

—Yo me hice un poco el dictador de todo aquello. Pepe Camará hablaba de traerle a Córdoba, a la Cruz Roja, pero viendo la gravedad, se decidió que lo operara en la enfermería el doctor Garrido, un magnífico cirujano que hizo todo lo que pudo y más.  Llegó Luis Miguel, que le dio la mano y lo besó en la frente. Manolete se emocionó y Luis Miguel estaba muy afectado. Luego vino el traslado al hospital, el médico le levantó el apósito, pues la ligazón que le hicieron cuando la anterior cornada no estaba muy firme. Y el apósito no dio sangre. De madrugada, cuando vino Guinea, el tono cardíaco de Manolete bajó muchísimo y empezó a fallar el corazón. Todas estas circunstancias contribuyeron a que este hombre desapareciera. Pienso que de una forma providencial, porque ahí queda su gloria. Y sobre todo en un día en que se había toreado bien». 


Paco Laguna homenajea a Manolete en Linares. Foto Framar

Recordamos especialmente el día 28 de agosto de 1987, Paco Laguna Menor, autor de la Tauromaquia de Manolete, quiso dedicar al torero su obra, depositando el primer tomo de la colección en el lugar donde Manuel Rodríguez fue herido de muerte por el toro Islero. En la foto de FRAMAR aparece don Antonio Bellón aplaudiendo al autor, rodeado de un grupo de aficionados cordobeses, entre los que figuran Pepe ToscanoCarlos ValverdeJesús Fernández, y el sacerdote salesiano don Evaristo Sánchez, que fue profesor de Manolete en el colegio salesiano de Córdoba. Nosotros, micrófono en mano, grabábamos las palabras de aquel entrañable momento.

 

Grupo de aficionados cordobeses en la plaza de Linares. Foto Framar

Posteriormente, en la puerta del patio de arrastre de la plaza de Linares, FRAMAR volvió a fotografiar el inolvidable encuentro de aficionados cordobeses que quisieron rendir homenaje a Manolete en el 40 aniversario de su muerte. En la foto del grupo figuran, entre otros: Jesús FernándezRafael TorrerasCarlos ValverdeEloy TorrerasCarlos Valverde hijo, Paco LagunaÁngel Mendieta, don Evaristo Sánchez, don Antonio BellónLuis RodríguezRafael MangasÁngel DelgadoPepe ToscanoAntonio Luis AguileraJosé Luis Rodríguez AparicioAndrés DoradoRafael de la Haba Rodríguez, y Francisco de la Haba Martínez.

miércoles, 21 de agosto de 2024

«MANOLETE»: LA DIGNIDAD VESTIDA DE LUCES

Por Antonio Luis Aguilera

 

La tauromaquia de «Manolete» no ha envejecido ni perdido vigencia

A pesar de los años transcurridos, la tauromaquia de «Manolete» no ha envejecido ni perdido vigencia. Basta observar las fotografías de su época para comprobar la actualidad de su toreo. Lo expresó en la arena, para que todos los toreros pudieran beber de su fuente al mostrar su acento, y su huella permanece en los ruedos cada tarde de corrida. No pudieron borrarla las patrañas de quienes lo censuraron sin objetividad ni escrúpulos. Ni desprestigiarlo con la engolada y ridícula conferencia de Domingo Ortega en el Ateneo madrileño: la venganza leída en unas cuartillas que escribió, ¿o le escribieron?, explicando su concepto del toreo, el cambiado o de avance con el toro, para censurar el de reunión con el cite de perfil del espada que no fue capaz de nombrar en la tribuna, donde cuestionó la pureza del torero que con su arte enseñoreó el toreo de los años cuarenta, muerto casi tres años antes por la cornada de un Miura en la plaza de Linares. No deja de sorprender que en un mundo de valores como el toreo, donde el respeto es norma sagrada entre los profesionales, al espada de Borox no le temblara el pulso al sujetar aquellas cuartillas, tan irrespetuosas y de dudosa moral, que cuestionaban al torero que había entregado su vida en el ruedo: el compañero que siempre lo llamó «maestro» y le habló de usted. 


«Manolete» y «Platino» en México. ¿Ha perdido actualidad su toreo?

Tampoco pudieron silenciar la realidad histórica del torero cordobés las artimañas de Marcial Lalanda, tan beligerante en la ruptura del convenio taurino hispano-mexicano como burdo en la estrategia del desafío a «Manolete» de «corridas duras en plazas importantes», puesto en boca de su poderdante Pepe Luis Vázquez, buscando titulares de la crítica adepta en plena campaña antimanoletista, fruto del rencor del veterano espada madrileño al torero que adelantó su retirada de los ruedos. El valor, la entrega y la perseverancia en el triunfo de «Manolete» resultaron insostenibles y terminaron barriendo a los diestros que esperaban a que saliera su toro. Los rayos siempre fueron a las cumbres, pero al gran espada cordobés lo odiaron hasta después de muerto —ahí están las hemerotecas—, algunos de los toreros que no le sostuvieron el pulso en los ruedos. Recordamos con cariño las señoriales palabras de un matador de la elegancia de Ángel Luis «Bienvenida»: «¡Mire usted, si el toreo ha tenido un dios y una virgen, ese ha sido «Manolete»! Primero fue él y luego todos los demás. Lo que ocurre es que aquí hay mucha envidia y eso no se perdona. Desgraciadamente en España hay muchos envidiosos».


Pamplona, 1947: «Aquel saber estar
 ante el toro y ante el público».

Manuel Rodríguez dijo con amargura que para él nunca hubo eso que llaman «palmas de simpatía», y defendió que donde tienen que hablar los toreros es en el ruedo. Y eso fue lo que hizo hasta el final. Ahí dejó su testimonio para que todos los diestros que le sucedieron pudieran utilizar esa arquitectura al expresar su acento: la técnica del toreo de reunión que versifica los pases en series. El toreo preconizado por «Guerrita» en su Tauromaquia, puesto en valor por «Joselito» en su faena habitual, pulido con la gracia artística de «Chicuelo», que dio otra vuelta de tuerca a la ligazón alternando los terrenos, e instaurado como el nuevo canon de torear por la impresionante regularidad de «Manolete». Después de él ningún diestro recurrió al toreo cambiado para argumentar su modelo de faena. Ni posiblemente el público habría consentido el regreso de los trasteos de un pase aquí y otro allí buscando el rabo, por mucha «cargazón» que tuvieran.


«Manolete» con un Miura en Valencia.

Observando la historia con perspectiva, resulta vergonzoso que excepto a Rafael Guerra, al que no alcanzó a ver, los tres inmensos toreros que forman la columna vertebral del toreo moderno fueran maltratados, ignorados e incomprendidos por el dogmático e influyente crítico del Diario ABC Gregorio Corrochano, que no tuvo reparos en escribir su propia historia, preocupado de defender y ensalzar el toreo de su cuerda —el cambiado o de avance— y generalizando ridículas teorías, como la que pretendía sacralizar el movimiento de adelantar la pierna de salida para cargar la suerte —todavía tiene adeptos en sectores integristas—. Sin embargo, como escribió «José Alameda», posiblemente el mejor analista de la evolución del toreo, la historia no establece dogmas, los establecen los que la escriben. Razonaba el brillante escritor madrileño que existe una ley de gravedad universal de la que no puede escapar el toreo, defendiendo que la suerte se carga en el punto donde gravita, es decir, donde se produce. Y lógicamente, en el toreo de reunión, donde el torero deja venir al toro por su terreno natural para conducirlo hacia atrás y hacia adentro, no se puede sustentar en el mismo punto que en el toreo de avance, donde el matador se cruza al pitón contrario para desplazar el viaje del animal hacia los terrenos de afuera. 


«Vergüenza profesional a carta cabal»
Barcelona, 1944. Majestuoso natural
al toro "Perfecto" de Miura. Foto Mateo.

«Manolete» que sentía el toreo de línea natural, se colocaba enhilado con el toro por el lado que iba a torear, y desde la verticalidad que interpretaba el toreo iba acortando las distancias hacia el animal con pasos laterales, llegándole poco a poco con la muleta retrasada hasta provocar su arrancada. Por delante ofrecía su propio cuerpo, para que el animal eligiera entre él o la tela que presentaba cerca de la pierna de salida. De esta forma, por su inmenso valor, creó una nueva manera de obligar a embestir para aprovechar la mayoría de los toros quedados de su tiempo, tuvieran estos mayor o menor recorrido. Sin embargo, para el ortodoxo sanedrín de la escuadra y el cartabón resultaba ignominioso ese toreo, e hipócritamente censuraron el medio pase, sin valorar que «Manolete» se colocaba en un terreno que los demás rehuían, y comenzaba el natural donde otros lo terminaban. Y por supuesto, sin valorar que esa técnica le permitía rematar el pase limpio por abajo, para quedar colocado en la cara y ligar largas series de naturales en un palmo de terreno, de una emoción y gallardía únicas, que provocaban asombro por su majestuosidad y encendían el entusiasmo del público. También, la inconfesable envidia de los que no aceptaron que «Manolete» fue el mejor de su tiempo, un torero único e irrepetible: un espejo de toreros, de los de antes y de los de ahora. Como escribió el historiador Fernando Claramunt: «Nadie ha vuelto a pasear aquella dignidad vestida de luces, aquel saber estar ante el toro y ante el público. Entrega absoluta. Vergüenza profesional a carta cabal».


«Manolete», Santander, 26 de agosto de 1947.
"Presentimiento" tituló su foto Nicolás Müller
 
 «De lo que pasa en el mundo

por Dios que no entiendo ná,

el cardo siempre gritando

y la flor siempre callá».

 

Lole Montoya 

(«Todo es de color». Lole y Manuel)

 

domingo, 18 de febrero de 2024

COINCIDENCIAS ENTRE DOS GENIOS DEL TOREO: «JOSELITO» Y «MANOLETE»

Por Antonio Luis Aguilera

José Gómez Ortega «Joselito»

Hace unos días, organizado por la Fundación del Toro de Lidia, se presentó en Córdoba el magnífico documental «Joselito el GalloEl torero sabio», una producción de Canal Sur Televisión y TVE1, que una vez estrenada desapareció de la carta de ambas cadenas y no puede ser visionada. Una pena. Y un despropósito más de estos medios, que con sus cómplices silencios condenan todo lo que tenga que ver con los toros y la historia de España, tan inseparables, en prevención de las descompuestas embestidas de los antitaurinos, que de esta manera seguirán medrando ante el silencio cobarde de la mediocre clase política que gobierna las televisiones públicas.

Este excelente documental, de momento secuestrado, nos hizo reflexionar sobre la vida del genio sevillano de Gelves y las coincidencias con otro rey del toreo, el cordobés Manuel Rodríguez «Manolete». 

Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete»

Los dos fueron hijos de toreros y quedaron huérfanos a corta edadJosé Gómez Ortega era hijo del matador de toros sevillano Fernando Gómez García «El Gallo», casado con la bailaora gaditana Gabriela Ortega Feria, que falleció el 2 de agosto de 1897, cuando su hijo menor, nacido el 8 de mayo de 1895, contaba dos años de edad. Del mismo modo, Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete», hijo del matador de toros de idéntico nombre, apellidos y apodo, casado con la albaceteña Angustias Sánchez Martínez, falleció en Córdoba en su domicilio de la calle Benito Pérez Galdós número 8 el día 4 de marzo de 1923, cuando su hijo, nacido el 4 de julio de 1917, tenía cinco años de edad. Conviene precisar que «Manolete» vivió en cuatro casas de Córdoba, aunque muchos aficionados solo conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera, de allí la familia se trasladó a la calle Benito Pérez Galdós número 8, y posteriormente, al fallecer su padre, a la Plaza de La Lagunilla, hasta que en 1942 el torero adquirió el palacete colonial de la Avenida de Cervantes.

 

Ambos vivieron una infancia con estrecheces económicas, las propias de las familias donde faltaba el soporte económico de un jefe abastecedor. Para los Gómez comenzaron a superarse cuando Rafael —el «Divino Calvo»—, hermano mayor de José tomó la alternativa como matador de toros y, definitivamente, cuando el benjamín de los «Gallo» ingresó en el escalafón superior para auparse vertiginosamente hasta lo más alto. Mientras, en el domicilio cordobés de la Plaza de la Lagunilla del barrio de Santa Marina, las dificultades desaparecieron cuando aquel muchacho flaco, de aspecto serio y triste, impuso en los ruedos el toreo que concebía desde su verticalidad de torre. 

 

«Joselito»

Tanto «Joselito» como «Manolete» fueron los amos del toreo de sus respectivas épocas y marcaron el rumbo de la Tauromaquia moderna, pues mientras que «Gallito» experimentó e incluyó en su modelo de faena habitual de muleta la ligazón en redondo de los pases naturales, concepto de toreo que habría de continuar y poner en valor con la singular belleza de su arte Manuel Jiménez «Chicuelo», que agrupando los pases en series crearía el modelo actual de faena ligada en redondo, para que años después «Manolete», que acortó las distancias con los toros para provocar las arrancadas, le otorgara continuidad al imponer el toreo ligado a la mayoría de los toros, hasta implantar definitivamente la línea de toreo gallista cuyo soporte histórico se sustenta en estos tres espadas citados. Cuidado con confundir el significado de concepto técnico con la expresión artística personal o acento de cada torero, que ahí es donde radica la confusión de los partidarios de Belmonte.

«Manolete»

A ninguno de los dos dejaron que fueran felices en sus relaciones sentimentales, pues mientras que «Joselito», enamorado de Guadalupe de Pablo Romero, tuvo que sufrir el rechazo del padre de esta y célebre ganadero, quien en los inicios del espada decía quererle como a un hijo, después, al ver que un gitano —Gabriela Ortega, la madre del torero lo era— pretendía casarse con su hija se opuso rotundamente al enlace. Según parece, finalmente y con la condición de que el espada dejara el toreo, estuvo dispuesto a consentir el enlace  que ya no llegaría porque un toro se cruzó en la toledana plaza de Talavera de la Reina. Por otra parte «Manolete», aunque en los difíciles años de censura franquista tuvo valor para ponerse el mundo por montera y vivir desde 1943 con su novia en Madrid, sufrió la irracional y cruel oposición de su madre, que nunca consintió que formalizara su noviazgo con la famosa actriz de cine Antonia Bronchalo Lopesino «Lupe Sino», boda que según confesó el torero al periodista de Diario «Pueblo» don Antonio Bellón, cuando en la madrugada del 28 de agosto de 1947 conducía su propio vehículo desde Manzanares a Linares, se iba a celebrar en Barcelona el 18 de octubre, con o sin el consentimiento de doña Angustias, sin imaginar que por la tarde un toro de Miura pondría el final a su vida en el coso de Santa Margarita de la localidad andaluza. «Bailaor» e «Islero», los toros de tan triste final, cargaron con las culpas inconfesables de quienes hicieron la vida imposible a estos toreros. 

Gregorio Corrochano, crítico taurino de ABC

«Joselito» y «Manolete» recibieron un trato despiadado de Gregorio Corrochano, crítico taurino del Diario ABC. La relación entre el crítico del periódico más influyente de España y el torero sevillano, que confesó haberle hecho muchos favores y se trataba de una persona insaciable, fue especialmente tensa desde que se llevó a cabo la construcción de la plaza de toros monumental en la capital hispalense. A «Joselito» le quitaba el sueño un acoso que consideraba cruel e injusto, mientras que desde su pedestal Gregorio Corrochano no tuvo el menor reparo en hacerle el mayor daño posible atacando por todos los frentes, incluidos los que trascendían de sus actuaciones en los ruedos, como insinuar la manipulación fraudulenta de los pitones de los toros en el cajón de curas del embarcadero ferroviario de «Los Merinales», o airear la tristeza de José por las dificultades que encontraba para formalizar su relación con Guadalupe de Pablo Romero.

Tratando de poner fin a tan áspera e insostenible relación, el matador de toros Ignacio Sánchez Mejías, cuñado de «Joselito», mediaría para propiciar el acercamiento y firmar un armisticio entre el crítico y el espada, encuentro que sería conocido como el «Pacto de la Estrecha», por haberse celebrado en el restaurante de este nombre ubicado en la calle Mayor de Madrid, donde en un almuerzo José llegó a tocar el punto débil del crítico, es decir, acceder a lo que le pedía en ese momento, que era actuar por 5.000 pesetas —la mitad de los honorarios que cobraba por corrida— en la fatídica tarde del 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina, localidad natal del crítico, en el festejo organizado por la propia familia del cronista de ABC, donde finalmente  hallaría la muerte en las astas del burriciego  "Bailaor", de la ganadería de la Viuda de Ortega, que era doña María Josefa Corrochano, tía de don Gregorio, en la corrida que organizaba su hijo Venancio, propietario de la plaza.

«Manolete»

Del mismo modo, «Manolete» no recibió mejor trato de don Gregorio. Narraba Guillermo Sureda que a su regreso a España en 1947, temporada que por voluntad propia no comenzaría hasta el 22 de junio en Barcelona, Manuel Rodríguez acudió como espectador a la corrida de Miura de la feria de Sevilla. En la crítica firmada por Corrochano en ABC pudo leerse: «Gitanillo de Triana» brindó a «Manolete», que estaba en un tendido. Desde lejos no se veía bien si brindaba a un torero o a un banquero. Realmente no es solo el indumento el que favorece en este caso la confusión, contribuye también que cuesta trabajo creer que en la feria de Sevilla, y particularmente en la corrida de Miura, el que es en la actualidad el primer torero de España está viendo toros desde la barrera». 

Sigue el relato de Guillermo Sureda: «Pero, en esta misma corrida Pepe Luis le brinda un toro a Rafael el Gallo, y Corrochano dice: “Cuando se levantó Rafael el Gallo al brindarle Pepe Luis Vázquez, toda la plaza vio que se levantaba un torero… Pepe Luis le llamó maestro y el maestro se puso en pie. Pepe Luis le dijo que sentía que por su edad estuviera en el tendido, porque tenía la seguridad de que con diez años menos estaría Rafael el Gallo en el ruedo con ellos, sin conformarse con verlos torear”. Marcial Lalanda estaba en el callejón, zona intermedia entre el público y los toreros. Se advertía marejadilla taurina... ¿Se puede aplaudir igual al torero que está en el tendido porque no puede ya torear que al que está en el tendido por qué no quiere torear?».

«Joselito»

José Gómez Ortega y Manuel Rodríguez Sánchez —que había dado orden a su apoderado José Flores «Camará» para que no le firmara ninguna corrida en la plaza de Talavera de la Reina— fueron víctimas del toro y, curiosamente, ambos resultaron corneados mortalmente por el quinto de la tarde —para que digan que «no hay quinto malo»—. El destino quiso que fuera el orden de lidia que habría de corresponder en el sorteo a “Bailaor” e “Islero”. 

 

La última coincidencia y la breve pero magnífica reflexión final que relatamos vienen de la pluma del grandioso historiador «José Alameda»: «los dos cubrieron ocho temporadas cada uno. «Gallito», de 1912 a 1920; «Manolete», de 1939 a 1947. Meses más, meses menos, pues la temporada de la alternativa y la de la muerte son en ambos incompletas. Corto tiempo para tan honda huella».

 

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