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viernes, 16 de mayo de 2025

Y DESPUÉS DE LINARES… ¡¡¡MARTORELL!!! EL TORERO DE MANO BAJA

Por Antonio Luis Aguilera 

 

Portada del libro dedicado al torero cordobés

Con el título que encabeza esta entrada, el próximo miércoles día 21 de mayo, conmemorando el treinta aniversario del fallecimiento de José María Martorell, y editado por la Diputación Provincial de Córdoba, en colaboración con el capítulo de Córdoba de la Fundación del Toro de Lidia, será presentado el nuevo libro de Ángel Mendieta Baeza, que durante muchos años ejerció la información taurina en los periódicos “La Voz de Córdoba”, “Diario Córdoba”, así como las emisoras Antena3 y Radio Córdoba. La presentación será a las 7,30 de la tarde en el Salón de Actos de la Diputación, y a los asistentes se les entregará un ejemplar de la obra.

Con esta biografía, donde se detalla la carrera del matador de toros más importante que tuvo la ciudad de la Mezquita después de la trágica desaparición de Manolete, el autor recuerda aquella ciudad, que quedó hundida moral y taurinamente, y la inesperada e inmediata primavera que pronto le ofrecería el diestro del barrio de San Cayetano, que recibiría la alternativa en la entrañable plaza de Los Tejares dos años después de la muerte de Manuel Rodríguez, para mantenerse en activo hasta la temporada de 1956, que toreó su última corrida en la feria de San Lucas de Jaén.

Ángel Mendieta rememora en esta interesante obra la Córdoba taurina que vivió en su infancia y juventud, los aspirantes a toreros que alimentaban la ilusión de los aficionados, la conmoción que significó la muerte de Manolete, y termina centrándose en quien fue José María Martorell Navas, sus comienzos, su etapa novilleril, la ceremonia de la alternativa que le otorgó Agustín Parra Parrita” en mayo de 1949, y las importantes temporadas que realizó el torero desde 1950, dejando la inolvidable huella de su toreo de ajuste y manos muy bajas en las principales plazas de España, Francia y América. 

Nuestra cordial enhorabuena por el libro al querido compañero en la información taurina, porque con esta biografía rescata para las nuevas generaciones de aficionados la memoria de quien fue de verdad en los ruedos José María Martorell, el gran torero cordobés que devolvió la ilusión a los aficionados, que supo abrirse paso y ocupar un lugar importante entre la extensa y brillante nómina de los toreros de su tiempo. Un espada inolvidable, que en los últimos años de su vida acudió a peñas, tertulias, actos en la Universidad y donde solicitaran su presencia para recordar su carrera, la categoría de sus compañeros y hablar de la grandeza de la Fiesta de los Toros. 

jueves, 12 de octubre de 2023

LA DESPEDIDA DE MANOLO VÁZQUEZ

Por Antonio Luis Aguilera


La tarde del 12 de octubre de 1983 encontramos un hueco en los tendidos de sol de la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, que agotó el papel, para presenciar la despedida de los ruedos de Manolo Vázquez (celeste y oro), que mano a mano con «Antoñete» (lila y oro) lidiarían dos toros de las ganaderías de Carlos NúñezManolo González y Juan Pedro Domecq. La suerte estuvo del lado del toreo sevillano, que cortó cuatro orejas y salió a hombros por la puerta del Príncipe acompañado de  una multitud de aficionados.

Aquella fue por su grandeza torera una de las tardes imborrables en nuestra vida de aficionados. Años después, en una tertulia que dirigimos en Onda Cero Radio Córdoba, donde reunimos a los maestros del toreo Agustín Parra «Parrita», José María Martorell Manolo Vázquez, hablamos de esa tarde con el toreo sevillano, haciéndole saber el cariño con que recordábamos su despedida, la corrida donde el maestro se sintió y expresó un toreo pletórico de arte, garbo, gracia, pureza... Parecía mentira que cuando tenía asegurada la salida a hombros por la Puerta del Príncipe, pues había cortado tres orejas a sus dos primeros toros, en el quinto, el último de su carrera, un animal sin estilo y con evidentes dificultades, se la jugó y dio la sensación de que no le importaba cambiar la puerta que se asoma al Guadalquivir por la del cuarto del hule. 

Agustín Parra "Parrita", Manolo Vázquez y José María
Martorell con el autor de este artículo. Foto Marogo.

Esto fue lo que recordaba Manolo Vázquez:

«Ese día fue para mi muy importante. En realidad quería ratificar lo que ya Sevilla me había dado. El hecho de mi reaparición en el año 1981 era por lograrlo en Sevilla, cuando gracias a Dios tenía todo resuelto y había dejado en el toreo la huella de lo que más o menos había sido. 

Sevilla es muy especial, mucha gente puede pensar que con sus toreros es… Pero no lo es con todos sus toreros, sino con ciertos toreros. La afición de Sevilla se entrega con ciertos toreros, pero después ha habido toreros muy importantes a los que no se lo han reconocido.
Yo quería ratificar en Sevilla, y reaparecí con una edad que daba la sensación… Pero gracias a Dios lo logré. Ese día veía a la gente que estaba a cien por hora, allí todo el mundo estaba pensando en ir a la despedida de Manolo Vázquez como quien va a una fiesta. La corrida estaba anunciada mano a mano con «Antoñete», iban a salir tres toros y a ver cómo salían. Hombre, puse de mi parte todo lo que podía dar, pero aquello había que solucionarlo. Gracias a Dios la cosa se cuajó.

Tuve esa inmensa satisfacción, que Agustín y José María desgraciadamente no han podido lograr, lo logré con cincuenta y tres años de edad. Lograr salir por la Puerta del Príncipe a esa edad… No dejo de dar gracias a Dios y a esta profesión del toreo que es tan bonita.

Aquella noche, sentí por encima de todo la inmensa satisfacción de haber logrado lo que me propuse en esa reaparición, aunque anteriormente lo había logrado en el primer año y estuve a punto en el segundo de haber salido también. Lograrlo en esa última corrida creo que no se puede pedir más…

Cuando un torero, un profesional, dice voy preparar mi despedida en Sevilla, y que todo salga así… Porque todo se puede organizar, se puede preparar; pero, amigo mío, en el toreo hay un elemento con el que nunca se puede contar: el toro. Más grande, más chico, como sea, pero el toro después sale y se comporta como se tiene que comportar, nadie sabe cómo va a salir. Recuerdo perfectamente que aquel día, de los tres toros que maté, uno fue un gran toro, el de nuestro amigo Manolo González. Fue un gran toro en el último tercio, no en el primero, pues ahí empezó… Pero se vino arriba y fue un gran toro. Después, los otros dos tuvieron muchas dificultades. Y en el último, como ha comentado Antonio, cuando había cortado una oreja al primero y dos al segundo, no me importaba que me hubieran cogido y partido los muslos».   

Cuarenta años después, como homenaje al inolvidable maestro, hemos querido que sean sus propias palabras las que nos hablen de aquella gran tarde de toros.   

jueves, 18 de agosto de 2022

«MANOLETE» RECORDADO POR «GITANILLO DE TRIANA»

Rafael Vega de los Reyes «Gitanillo de Triana»

En una de las entrevistas recogidas en el libro «Mi ruedo ibérico», de Marino Gómez-Santos (Colección «La Tauromaquia». Editorial Espasa-Calpe, 1991), el periodista asturiano publica la que mantuvo con el matador de toros Rafael Vega de los Reyes «Gitanillo de Triana», quien fuera tantas tardes compañero en los ruedos de Manuel Rodríguez «Manolete».

No podía faltar en este blog manoletista el extracto que recoge la opinión sobre el espada cordobés de su compañero, amigo y compadre.

«Gitanillo de Triana torea en la corrida de toros en la cual Manolete tomaba la alternativa. Actuó como padrino Chicuelo y Rafael como testigo.

—Les cortamos las orejas a los toros Manolete, Chicuelo y yo.

 —¿Qué te dijo Manolete?

A Rafael se le alegra el semblante. Apoya el codo en el mostrador y me dice en tono confidencial:

Manolete me dijo que no era la primera vez que me veía, sino que me conocía de antes de la guerra, de un tentadero donde él estaba como aficionado, allí, en Córdoba. Se mostró muy agradecido, porque recordaba que yo le había dejado  torear una becerra. La verdad, no me acordaba.

Aquel año toreé otra vez muchas corridas de toros. Luego tuve otro bache y fue cuando empezó mi amistad con Manolete, que iba a la tertulia de Chicote con el señor Herrera, con Camará y mucha gente más que ahora no recuerdo. Manolo y yo salíamos juntos muchas veces. Empezó a ponerme de primer espada en los carteles donde él figuraba, y puedo decir que todas las corridas que toreé con Manolete, si no he cortado orejas, he quedado muy bien. Yo ponía interés para que me viera Camará. 

Arruza, Gitanillo y Manolete

—¿Cómo era Manolete de carácter?

—Muy simpático, aunque seco en apariencia. Para saber cómo era realmente, había que convivir con él. Dentro de aquella seriedad suya le gustaban las bromas y las chuflas a tiempo. Le gustaban el baile y el cante muchísimo. Íbamos mucho a Villa Rosa, donde pasaban todos los artistas de este género. A Manolo le gustaba mucho oír cantar a Caracol y, de mujeres, le gustaba ver bailar a mi suegra, Pastora Imperio. 

Gitanillo de Triana y Manolete iban a comer muchas veces a la Nicolasa y al frontón Recoletos.

—Le gustaba estar con amigos, en la intimidad, fuera del bullicio, porque su nombre ya era famoso y le traían frito con palmadas en la espalda, autógrafos. ¡Yo qué sé! 

Gitanillo de Triana está en casi todos los carteles en los que figura Manolete. También alterna con Juanito Belmonte, el Andaluz, Luis Miguel Dominguín

—Era una época en que el público exigía mucho a Manolete y todos los que toreábamos con él teníamos que arrimarnos mucho. Yo he visto salir por la puerta de los chiqueros toros que me parecían difíciles, y luego, cuando Manolete los toreaba, resultaban magníficos. Estoy seguro que Manolete entendía de toros muchísimo. 

Era compadre de Gitanillo de Triana. Apadrinó a su hijo Rafael.

—Celebramos el bautizo en la Ciudad Lineal, en una venta que tenía entonces mi suegra, que se llamaba La Capitana. La celebración del bautizo duró dos días.

—¿Qué le regaló Manolete al niño?

—Una medalla de oro, grande, con la imagen de San Rafael. 

Rafael recuerda a Manolete en México. La habitación del hotel estaba llena de gente de todas las clases sociales y políticas.

—Allí todo el mundo decía: «¡Viva España!» Recuerdo que en un banquete que le dieron a Manolo en Lima se levantó para hablar Agustín de Foxá. Dijo, entre otras cosas: «El mejor diplomático que ha podido mandar Franco a las Américas se llama a Manolete». 

Manolete en la plaza de Lima

Recuerda también como una noche fue con Manolete a un club típico de México y cómo lo reconocieron al entrar.

—El público se puso en pie y le hacían calle para que pasase, diciendo al mismo tiempo: «¡Viva el señor Manolete!» Porque en México le llamaban «el señor Manolete». 

Eran los tiempos en que Silverio Pérez era la figura del toreo mexicano. Le enfrentaron con el torero cordobés en los ruedos, y la plaza se llenaba de público cada tarde.

—Un día Silverio nos dio una comida en su casa. Recuerdo que me dijo: «Del esfuerzo que estoy haciendo con Manolete arrimándome, voy a enfermar». 

Rafael no es hombre de anécdotas ni de historias preparadas para ser publicadas en los periódicos. Él es un hombre sencillo, noble de alma y poco dado a la política publicitaria. 

—Y estamos ya en el año trágico para la suerte de Manolete y del toreo. Ese año toreamos en España. Manolo me decía muchas veces que era su último año de torero, porque pensaba retirarse. El público le exigía cada vez más, quizá mucho más de lo que puede darse. Yo he visto cómo ejecutaba treinta pases a un toro, cómo luego le cogía por el pitón y, a pesar de eso, la gente le gritaba desde los tendidos. 

Con Miuras en Valencia

Aquel 28 de agosto Gitanillo de Triana llegó de madrugada a Linares, pues el día anterior había toreado en otra plaza.

—Yo me encontré con Manolo en el Hotel de Linares. Vino a mi habitación a fumar un cigarro conmigo. Yo tengo una bata que conservo aún, que compré en Nueva York. Es muy florida, con muchos colores. Recuerdo que al verla colgada detrás de la puerta la cogió por un pico y me dijo, de chufla: «¡Compadre, que bata más gitana tienes!»

Hacía mucho calor en Linares aquel 28 de agosto. Manolete, sentado en una silla junto a la ventana, le dijo a Rafael, sin dejar el tono de broma:

—¿Qué, te vas a arrimar mucho esta tarde?

Rafael le contestó, siguiendo su mismo tono:

—Mira, Manolo, quien tiene que arrimarse eres tú. 

Rafael recuerda el traje que vestía aquella tarde el torero de Córdoba.

—Era un rosa claro y oro. Cano nos hizo una fotografía en la puerta de arrastre.

La tarde de Linares en los pinceles toreros de Diego Ramos

No es un tema de conversación agradable para Gitanillo de Triana, a quien se le pone la voz grave recordando cómo llegó la tragedia.

—Esa tarde, el primer toro me cogió y me dio una voltereta, pero sin consecuencias. Estuve regular. Salió Manolete, y en su primer toro estuvo bien, pero sin cortar oreja. La gente se metió con él. Dominguín cortó las orejas del tercero de la tarde. El quinto era Islero. Salió manso, venciéndose mucho por un lado. Manolete se arrimó muchísimo. Entró a matar en la suerte contraria, y el toro tenía mucha tendencia a irse a los chiqueros. Se volcó encima del toro y le dio una estocada hasta la bola. Fue en ese momento cuando Manolete resultó empitonado por la ingle derecha. Ya herido el toro de muerte, saltó por encima de Manolete y se fue hacia los chiqueros.

—¿Os dísteis cuenta de que la cornada era grave?

 —Desde el primer momento. Yo cogí la espada de descabellar y la muleta. Me fui hacia el toro para rematarlo, pero no hizo falta, porque el toro dobló y lo apuntillaron. 

Terminada la corrida, Gitanillo de Triana salió inmediatamente para el hotel, donde se cambió para ir a la enfermería de la plaza. Todo el pueblo de Linares estaba ya sumergido en aquella tragedia, pues la noticia saltó a la calle y corrió por los colmados.

—De la enfermería de la plaza trasladaron a Manolete al sanatorio, donde le hicieron varias transfusiones de sangre. Yo le dije a Camará que me iba con el coche de Manolo al encuentro del doctor Giménez Guinea, a quien había avisado. Lo encontré en Manzanares, en un bar, donde se aprovisionaba de hielo en gran cantidad, que debía necesitar para conservar algún preparado que traía de Madrid. Don Luis pasó al coche de Manolete y juntos volvimos a Linares. 

Lo que ocurrió después ya se ha contado muchas veces. Hacia las tres de la madrugada, Camará le dijo a Gitanillo de Triana que se fuera, ya que tenía que torear al día siguiente en Almería.

—Yo no quería, porque lo que deseaba en aquellos momentos era estar al lado de Manolo. No tuve más remedio que tomar la carretera, y al día siguiente Parrita, Juanito Belmonte y yo, los tres que estábamos anunciados, fuimos a hablar con la autoridad para que suspendiera la corrida, pues Manolete había muerto aquella madrugada. Las autoridades nos dijeron que era imposible, porque estaban en ferias y no se podían quedar sin toros. ¡Lo que son los contrastes de la vida! ¡Aquella tarde le corté las dos orejas a un toro de Santa Coloma! 

Tan pronto como terminó la corrida, los tres toreros fueron a Córdoba para asistir al entierro. Rafael tenía la cabeza confusa por el choque violento de aquella horrible tragedia. Todo había sido demasiado inesperado y vertiginoso: bromear en su cuarto la mañana de la corrida a propósito de la «bata gitana», fumar un pitillo, comentar el calor que hacía en Linares...

Luego, la seriedad de Manolete en la puerta de arrastre, mientras se envolvía en el capote de paseo, y media hora después luchaba con la muerte en la cama de la enfermería.

—Aquella temporada toreé cuarenta corridas de toros. Después de esta desgracia de Manolo me vine completamente abajo. Tanto es así, que ya toreaba poco. Empezaba yo a pensar en montar un negocio, y así lo hice. Inauguré La Pañoleta, un bar-restaurante en la calle de Jardines. Este negocio lo conservo todavía. 

Al enterarse Gitanillo de Triana que se organizaba una corrida de toros pro monumento a Manolete, se apresuró a enviar un telegrama a la comisión organizadora para ofrecerse a torear. Se iban a lidiar once toros, que matarían once toreros. Después, Rafael se fue al casino de Biarritz, con el cuadro flamenco que había organizado.

—Cuando volví a Madrid vi en La Pañoleta un gran cartel de toros en el que se anunciaba la corrida; pero mi nombre no figuraba. Telefoneé a Andrés Gago, que era uno de los organizadores. Me dijo que si no me habían incluido era porque, en un festival que se dio después de la muerte de Manolete, mi cuenta de gastos por desplazamientos de Sevilla a Córdoba había sido grande. Me di cuenta de que no podía ser, y le envié un telegrama a Cruz Conde, alcalde de Córdoba, rogándole que mandara revisar mis cuentas de aquel festival. Recibí inmediatamente la contestación, en la que se decía que mi cuenta era inferior a la de los demás toreros que habían intervenido en el festival. 

Con este resultado, Rafael telefoneó a Andrés Gago. Le dijo que él pensaba torear de todas formas y, además, con su nombre en los carteles.

Monumento a Manolete 

—Entonces me llamó Carlos Arruza para decirme que había un toro de don José de la Cova, y que si lo quería matar. Se hicieron nuevos carteles en los que fue incluido mi nombre, y el día de la corrida llegué a Córdoba en el tren de la mañana. 

Fue al apartado. El toro que le habían destinado pesó 280 kilos en canal.  Y tenía dos respetables pitones.

—¿Y los toros de los demás toreros?

—Esos estaban convenientemente arreglados, porque así se había acordado, pues era una corrida de carácter benéfico. Yo entonces hablé para que me arreglaran el mío, y así quedamos. Cuando estaba ya en la plaza, vinieron a avisarme de que no había sido posible arreglar al toro. 

Le pregunto a Rafael que si sabe lo que allí había contra él. Se encoge de hombros.

—Nunca lo he sabido. El caso es que yo tenía que torear aquel toro con los pitones limpios. Lo toreé, me cogió; pero le corté las dos orejas. Me jugué la vida. Era lo mismo. Para mí, aquello se había convertido en una cuestión de honor y de amor propio, y yo iba a lo que pasara. 

El brindis de Gitanillo de Triana se comentaría mucho después. Salió a los medios con la montera en la mano, y alargando el brazo hacia el cielo, con la vista puesta en lo alto, dijo algo que nadie oyó, y dejó la montera en la arena». 

miércoles, 1 de diciembre de 2021

«CALERITO»: MERECIDO RECUERDO

Por Antonio Luis Aguilera

El 22 de noviembre se presentó en Córdoba el libro «Manuel Calero Cantero “Calerito”. Merecido Recuerdo», dedicado a la memoria de este gran matador de toros de la década de los años cincuenta, al que una cruel enfermedad segó la vida a los 33 años de edad. El autor es el cordobés Domingo Echevarría Echevarría, que ya ha escrito varias obras taurinas, y ahora nos presenta esta lujosa publicación, editada por la Excma. Diputación Provincial de Córdoba.

Se trata de un volumen de gran formato (30 x 22 cm), que a través de más de seiscientas páginas viene a saldar una cuenta con la historia del toreo cordobés, al romper el silencio que han hallado las generaciones de aficionados, que por razones de edad no vieron al valiente torero de Villaviciosa, autor de una carrera que estuvo jalonada de importantes éxitos en las plazas de España y América. Un trabajo riguroso, excelentemente documentado fotográficamente, que inserta numerosas crónicas y comentarios de las revistas taurinas de su época. En suma, una magnífica labor de Domingo Echevarría, que no dejará indiferente a ningún aficionado que lea sus páginas para recrearse con esta biografía dedicada a Manuel Calero «Calerito».

«Calerito» toreando al natural. Foto Cuevas

El autor cuida los detalles al contar la vida del torero de principio a fin, desde la primera inquietud del joven Manuel por «ser gente» en el toreo hasta el triste final del que fuera llamado el «Lobo de Villaviciosa», narrando con armonía sus etapas de becerrista y novillero, en Valencia y Córdoba, hasta llegar a la soñada tarde de la alternativa en la plaza cordobesa de «Los Tejares», con un encierro de Galache, de manos de Agustín Parra «Parrita», en presencia de José María Martorell. A continuación analiza cada uno de los capítulos que el espada escribió en los ruedos, con la verdad de sus triunfos y el tributo de sus cornadas, durante las temporadas de 1948 a 1957. Tras un apéndice estadístico, el libro nos habla de la vida de Manuel fuera de las plazas, de sus últimas actuaciones en festivales benéficos a partir de 1958, y en su ameno discurrir hasta sorprende al lector descubriendo el parentesco de «Calerito» con «Manolete», vía José Dámaso Rodríguez «Pepete». Finalmente, la obra contempla la figura del matador desde las Bellas Artes, hasta llegar al día «del último viaje», en palabras del genial poeta Antonio Machado. Por supuesto, no podía faltar una referencia a la fundación del «Club Calerito», la peña taurina más antigua de Córdoba, que cada feria de mayo, en memoria de su titular, premia con la «oreja de oro» al novillero que más orejas corte en las novilladas con picadores —si las empresas las organizan—, ofreciendo imágenes de todos los espadas que han sido galardonados.

En Sevilla con el miura «Rosalino» al que cortó las dos orejas... (Foto Cano)

Recreándonos en las fotografías de la obra recordamos un comentario que siendo niños escuchábamos a los aficionados mayores. Hablaban del «toreo cordobés», de ese estilo que tras «Manolete», aceptaron y adoptaron los espadas de la tierra que le sucedieron para expresar su arte. Llama la atención observar como José María Martorell, «Calerito», o con menor fortuna en los ruedos Alfonso González «Chiquilín», manifestaron en las plazas la inmensa verdad del ajuste en el encuentro con el toro, y que con firmeza de plantas citaran con la muleta retrasada, ofreciendo su cuerpo con gallardía, aguantando —¡qué verbo más torero!— a que metiera la cara, para obligarlo con un toreo de manos bajas que eriza el vello y seca las gargantas, con ese arte sin fantasia, austero y seco, que acuñó el sello de «toreros de bragueta» para identificar a los toreros de esta tierra de califas.

... aunque la plaza pidió el rabo para el torero cordobés. Foto Cano

Aún recuerdo aquel soleado día del 13 de noviembre de 1960, cuando tenía cinco años y como cada día, de la mano de mi abuela Pilar pasaba por el coso de «Los Tejares», donde siempre me asomaba a la puerta grande para mirar el ruedo entre la ranura de sus grandes hojas. Aquella excelente aficionada se detuvo en el pasillo que separan las dos palmeras —por donde sacaban a hombros a los toreros en las tardes de triunfo—, y con lágrimas en los ojos liberó la pena que sentía rezando una oración por «Calerito». Después, como comentarista taurino, pude observar el respeto y la admiración con que todos los compañeros hablaban de aquel torero. Pero «Calerito» no tenía quien le escribiera. Me dolía el silencio que envolvía la figura del gran torero, ese que ahora ha roto magistralmente Domingo Echevarría, para hacer justicia y narrar con verbo fácil, sentida emoción y profunda admiración, la carrera de un torero de Córdoba que debe llenar de orgullo a la afición de su tierra.

El sereno valor de «Calerito»

SONETO A «CALERITO», de Domingo Echevarría. 

Habla la historia, Manuel, de tu tesón,

de tu firme valor y tu templanza;

de Rosalino, el Miura cornalón

de tu gesta triunfal en la Maestranza. 


De Madrina, aquella bella canción,

donde Juana cantaba a tu bonanza;

de tu vida torera, de tu pasión,

que se truncó tan llena de esperanza. 


Guarda el recuerdo de tu luz primera:

Villaviciosa, tu tierra serrana.

Valencia, el de tu juventud torera. 


Y tu Córdoba: su cariño infinito,

y el de su viejo río que aún emana

con tu esencia torera ¡Calerito!

Manuel Calero «Calerito». Foto Ortiz

domingo, 8 de agosto de 2021

JOSÉ MARÍA MARTORELL EN EL RECUERDO

Por Antonio Luis Aguilera

El toreo de ajuste, temple y manos bajas de José María Martorell

Fue el torero de mi abuelo Luis Roldán Torres, al que no alcancé a conocer, y el de toda mi familia materna, a la que debo esta maravillosa afición al toreo, porque desde que levantaba dos palmos del suelo me hablaban de toros y de los toreros de Córdoba, desde el respeto profundo a la huella de Lagartijo y Guerrita, la veneración por Manolete, y la admiración por José María Martorell, torero —decían— de bragueta, muy cordobés, de valor seco y temple en el comprometido sitio que pisó Manuel, bajando los engaños como él. 

Me hablaban de la profunda huella que este torero dejó en la afición mexicana; también, que por su apellido revolucionó a la afición de Barcelona, que en sus inicios pensaba que era catalán, y al emocionarse con sus grandes éxitos en la Monumental lo adoptó como suyo.

Entrada dedicada por José María Martorell

Recuerdo aquella maravillosa aficionada que era mi abuela —estuvo abonada a la plaza de Córdoba con más de ochenta años cumplidos— que cuando iba y venía con los seis nietos al colegio de monjas de la calle Gondomar, al coincidir y saludar a Martorell por el centro de la ciudad nos repetía una y otra vez lo gran torero que fue, rememorando los lentos viajes en el tren de entonces para verlo en Sevilla. Así pues, desde que vestía babero de párvulo admiraba a José María, de quien veía las fotos en las revistas que testimoniaban su paso por el toreo, ejemplares que conservaba la familia, como también guardaba la entrada de la última tarde que el abuelo lo vio antes de morir en la plaza de Los Tejares —27 de septiembre de 1953. Toros de Ramos Paúl (Villamarta), para Martorell, Calerito y el mexicano Jorge Aguilar El Ranchero—, donde al dorso, José María escribió de puño y letra con su estilográfica: «Para el mejor amigo y admirador que tengo en Córdoba, Luis Roldán con un fuerte abrazo de José María Martorell».

Antonio L. Aguilera con José María Montilla y Alfonso Galisteo. Foto Marogo

Años después Alfonso Galisteo, otro gran aficionado, además de suegro y amigo, seguidor de Martorell y más tarde de José María Montilla, me confirmaba los juicios de mi familia al hablar de las excelencias del maestro cordobés. Y en los años ochenta, cuando a propuesta del periodista Pepe Toscano inicié una aventura no profesional de informador taurino, que habría de durar tres décadas y aún colea en los textos de este blog, conocí a José María Martorell, con quien tuve la fortuna de gozar de su amistad, y de muchas conversaciones taurinas privadas y públicas, en coloquios donde su presencia era requerida porque otorgaba categoría al acto. También tuve el privilegio de organizar un almuerzo donde conseguí sentarlo en la mesa con sus compañeros Agustín Parra Dueñas Parrita, su padrino de alternativa, y Manolo Vázquez, para que tan excelente terna protagonizara una inolvidable tertulia radiofónica, que comenzó a la hora del café y terminó bien entrada la tarde.  

Parrita, Manolo Vázquez, Aguilera y Martorell. Foto Marogo 

Son muchos los recuerdos que tengo de José María, como la entrañable anécdota con aires de profecía que le gustaba contar. Fue a un tentadero a la finca «Las Cuevas», en el término de Villarrubia (Córdoba la Vieja), donde estaba la ganadería que don Alfonso de Olivares y Bruguera había formado con reses de Juan Belmonte (encaste Gamero Cívico), y Manolete acudía siempre que estaba en la ciudad, atendiendo a la invitación de doña Concepción Gómez-Barzanallana«Conchita Olivares», viuda del ganadero desde el fatídico 1936, que además era aficionada práctica. Allí estaba de aficionado José María Martorell, que salió a torear cuando fue requerido y en quien se fijó el director de la faena campera, quien luego en Córdoba, al caer la noche, cuando Manolete subía desde la plaza de La Lagunilla hasta San Cayetano para ir al Campo de la Merced, junto a la Torre de la Malmuerta, donde estaba la Taberna de Paco Acedo se reunía con sus amigos, al observar que el muchacho del tentadero estaba sentado en la puerta de su casa, lo reconoció y se dirigió a él con una frase que el tiempo convertiría en sentencia: «¡Adiós, torero!». Así fue, en mayo de 1949, casi dos años después de la tragedia de Linares, Martorell tomaba la alternativa en la plaza de Los Tejares, para convertirse en el torero de mayor relieve que tuvo Córdoba en los años cincuenta. «¿Te imaginas lo que significó para mí, siendo un aficionado, que ese Monstruo me llamara torero?».

Verónica de manos muy bajas de Martorell. Foto Cano

En los años ochenta José María acudió con asiduidad a las reuniones de la cordobesa Tertulia Tercio de Quites. Le agradaba el ambiente de silencio con que el grupo acogía los recuerdos de su paso por el toreo. Fueron muchas las noches que gozamos de su presencia y amistad, pero recuerdo especialmente una de invierno, desapacible por fría y ventosa, donde tras una penosa jornada de tratamientos contra la enfermedad que le acosaba, el maestro se presentó por sorpresa, abrió la puerta y nos saludó diciendo: «Buenas noches, señores; vengo a tomarme un par de medios de vino y hablar de toros, que es lo que más me gusta, con este maravilloso grupo de aficionados». Damos fe que impresionaba escuchar sus palabras en el silencio creado en la sala, a veces roto por el tintineo del cristal de los catavinos, y ser testigos de la generosidad con que abría su alma para hablar de toros, bien fuera para recordar su concepto del toreo, para censurar modas propiciadas por sectores intransigentes de la afición —«echar la pierna de salida adelante no es cargar la suerte, sino quebrar al toro echándolo para afuera, una ventaja para el torero», para manifestar su profunda admiración por el toreo de Pepe Luis y por el de los toreros de México y la maravillosa fantasía de su manejo del capote, para  desvelar confidencialmente la «guasa» de Luis Miguel, que enseñaba la punta de la capa por el hueco del burladero para distraer a los toros de sus compañeros en plena faena, y la de veces que hubo de pedirle públicamente que se tapara, o para asegurar que los miuras eran los únicos toros que no dejaban cruzarse a los toreros, porque ellos lo hacían antes para impedirlo. En resumen, para hablar de toros con asombrosa amenidad cuando la vida ya se le escapaba. 

Tal fue el cariño de la Tertulia al maestro, que a su muerte se creó el trofeo que lleva su nombre e imagen, el magistral busto modelado por los escultores y aficionados cordobeses Rafael, Pepe y Pedro García Rueda, quienes por su admiración y amistad con el torero fallecido, colaboraron regalando su trabajo en la creación de la estatua con que la tertulia cordobesa desde 1996, el año siguiente de su muerte, reconoce el mérito taurino de personalidades o entidades, para honrar la memoria del maestro.

Trofeo Martorell

Ángel Mendieta Baeza, compañero durante muchos años en la crítica taurina de Córdoba, nos obsequió el pasado año con un ejemplar de su libro «Y después de Linares… Martorell: El torero de mano baja», que no ha sido publicado y por su interés debería encontrar respaldo editorial para ver la luz, pues recoge el testimonio personal de aquella bonita época del toreo cordobés. De la amena y documentada obra extraemos dos fragmentos que hablan de José María y de su tiempo. 

—«Tras la tragedia, Martorell».

Y como el destino es inexorable, llegó agosto de 1947 y en Linares se produjo la trágica cogida que dejó al toreo huérfano de la figura más grande de una época cuyo eco, como dijo aquel crítico madrileño, sigue siendo inalcanzable. Pero bueno, volviendo al momento de Linares, la muerte de Manolete debió ser como un mazazo que dejó traumatizado al mundo de la tauromaquia y, mientras tanto, Córdoba quedaba ayuna de toreros de alternativa que continuaran la historia escrita por los grandes toreros nacidos en esta tierra, que la representaran en los carteles de postín y en las ferias más señeras de la torería. En Córdoba se produjo un vacío, pienso que profundo, muy profundo. Pero pronto, si echamos mano de la historia, veremos que la pena se vio aliviada, pues la incorporación de los ya referidos Rafael Soria Molina “Lagartijo”, José Moreno “Joselete” y Martorell al escalafón de los novilleros con picadores fue como una puerta abierta a la esperanza, que sirvió para reforzar el entonces raquítico escalafón de novilleros de que Córdoba disponía.

José María en tertulia radiofónica. Foto Marogo

—«¿Quién fue Martorell?»

 Martorell, en aquel momento, cubrió el vacío que había dejado Manolete. Pero que nadie piense que al decir que Martorell cubrió el vacío dejado por Manolete quiero decir que ocupó el sitio de Manolete. No. Martorell ocupó su sitio, el suyo, el que supo ganar con su arte, con su valor y con su personalidad. El lugar de Manolete sigue vacante, porque torero con la fuerza de Manolete solo hubo uno y, por tanto, ese lugar, que es como un trono en la historia torera de nuestra Córdoba, quedará vacante por los siglos de los siglos. Sólo digo que Martorell cubrió, de forma muy digna, aquel vacío, porque supo mantener la ilusión de muchos aficionados, ya que su presencia en los ruedos sirvió para mitigar el desencanto provocado con la desaparición de aquel genial torero cordobés en aquel trágico agosto de 1947. 

I Coloquio organizado por la Tertulia Taurina Santamarina de Córdoba:
Alfredo Asensi, Ángel Mendieta, Antonio L. Aguilera, José Mª Martorell,
Antonio Cabanillas y Enrique Cabello. Foto José Luis Cuevas.

Finalizamos esta entrada donde hemos evocado con tanto cariño como admiración la figura de José María Martorell, el espada cordobés que en una época de tristeza ante una perdida irreparable fue capaz de abrirse paso en el toreo, para volver a entusiasmar a la afición de Córdoba tras el vacío dejado por la muerte de Manuel Rodríguez Manolete«¡Con lo difícil que era eso!»sentenciaba su amigo y padrino Agustín Parra "Parrita".

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sábado, 6 de abril de 2019

MANOLETE RECORDADO POR CARLOS ARRUZA


Manuel Rodríguez Sánchez y Carlos Ruiz Camino: Manolete y Arruza 
La revista El Ruedo, de México, publicó en el año 1964 un texto que el matador de toros Carlos Arruza dedicó a su amigo Manolete, artículo que fue reeditado en España en 1997 por la revista 6Toros6, al cumplirse el cincuenta aniversario de la muerte del torero cordobés.
Por lo mucho que significó la corta en el tiempo pero entrañable amistad entre ambos toreros, pues esta creció de verdad tras la alternativa de Agustín Parra Parrita, en Valencia en 1945, merece la pena rescatar el maravilloso testimonio del gran torero mexicano Carlos Ruiz Camino sobre su amigo Manolo, a quien siempre llamaba maestro aunque  Manolete le insistiera que no le llamara de esa forma -¡pero Carlos, por favor, no me llames maestro!-, como nos contó en una entrevista otro íntimo amigo del espada de Córdoba, Manuel Sánchez de Puerta.

MANOLETE
Por Carlos Arruza

«En el año 1944 comencé a torear por tierras de Portugal. Había puesto como única condición para presentarme en la plaza de Lisboa hacerlo al lado de Manuel Rodríguez Manolete, lo que me fue concedido un día de junio, en que Manolete, Morenito de Talavera y yo alternamos en la plaza lusitana.
Mi interés personal por conocer a Manolo era extremo. Nunca antes había tenido oportunidad de cruzar palabra con el hombre y el torero que, por ese entonces, apasionaba a los públicos taurinos. Antes de mi presentación en Lisboa, y durante veinticuatro horas, hice lo imposible por que nos presentaran. Cosa que no pudo acontecer sino en el momento mismo de iniciarse la corrida, en el patio de caballos del ruedo en Lisboa. Manolete se liaba el capotillo de paseo. Un amigo hizo las mutuas presentaciones. La forma fue seca, casi cortante. Ninguno de los dos nos estrechamos la mano. El torero de Córdoba me recibió con un tajante, duro, casi grosero: “¿Qué hay?", que de momento me molestó hondamente… Totalmente "como un perro, con la cola entre las patas", me escurrí por allí, francamente molesto.
Manolete 

Tiempo después pude comprobar que esa tajante respuesta era una consecuencia natural del temperamento austero, cortante, característico en la persona de Manolete. Pero en ese momento me produjo un mal entendimiento que causó que, durante más de un año, Manolete y yo toreáramos casi todas las tardes ¡sin dirigirnos una sola palabra, ni siquiera para las circunstancias inevitables de la lidia…!
Ese año llego a España el empresario Antonio Algara.
Su presencia vino a poner punto final al conflicto taurino. Ello favoreció más aún que Manolete y yo toreáramos con mayor frecuencia, casi siempre juntos. El continuo trato vino a convertirse más tarde en una amistad estrecha y profundamente sentida por ambos. Entonces pude comprender en toda su intensidad el valer de Manolete, como torero, como amigo, como hombre. Un sentimiento de hermandad ligó a los dos hasta la muerte de Manolo.
Recuerdo muy bien como empecé a admirar a Manolete; toreábamos Manolete, Morenito de Talavera y yo una corrida del Duque de Palmela. A Manolo le tocó un toro jabonero impresionante, fuerte y peligroso, particularmente porque en Lisboa no se acostumbra picar a los toros por prohibirlo el reglamento. Manolete citó con el estatuario y le dije a Antonio Rangel, que por ese entonces estaba en Lisboa como novillero: "Me cortó la cabeza, si se queda quieto".
Afortunadamente no lo cumplí, porque ahora estaría decapitado, ya que Manolo le dio un pase por alto increíble y lo repitió en la misma forma y manera, hasta en cinco ocasiones. Descubrí entonces el toreo dramático, estoico, su forma arrojada, el carácter por así decirlo de Manolete. Reconocí su propósito de renovar los moldes taurinos impuestos hasta entonces… 
Sevilla, 18 de abril de 1945. Pepe Luis Vázquez, Carlos Arruza y Manolete para 
lidiar una corrida de Clemente Tassara:  "La tarde de las taleguillas rotas".
Belmonte, a quién tan solo pude ver en dos o tres festivales, marcó una época en el toreo. Pero Manolete fue más adelante todavía: su estoicismo para medir, para esperar la arrancada, vino a modificar los procedimientos. La manera angustiosa de hacer su toreo influenció definitivamente a todos los toreros de esa época. Unos buenos, otros no tanto, los toreros se dieron francamente a la imitación de dichos moldes. Todos querían ejercer el dominio del toro, mandando y pasándoselo por la faja, como lo hacía Manolo. Es decir, todos estaban amanoletados. Con una excepción extraordinaria, Pepe Luis Vázquez cuyo arte quintaesenciado le impidió caer en imitaciones.
Creo que una de las razones por la que pude triunfar en España, fue precisamente por haber rehuido al amanoletamiento, valga la expresión. Me puse a pensar que la única manera de no caer en la repetición y en lo común, era llevar a cabo una especie de antítesis del toreo manoletista. Buscar y lograr mis propios métodos y procedimientos. Torear en diverso estilo al estoico de Manolete. Y las fechas se fueron ligando…
He dicho que el sentimiento más de hermandad que de amistad que me ligo con Manolete se inició tras una pausa de mal entendimiento. Al Manolete amigo, caballero y compañero, lo comencé a conocer en una paella que se nos sirvió en Valencia, después de una corrida en que recibió la alternativa Parrita.

Valencia: la paella del armisticio.
Desde el principio, y siempre que toreamos juntos, pareció que Manolete me leía el pensamiento. Sin hablarnos, sin cruzar una sola palabra durante la lidia de nuestros toros, Manolete cuidaba de los míos con un celo y vigilancia extremos. Cuidaba los detalles de la embestida, la colocación de las cuadrillas, se adentraba en la brega de mis toros como si fueran los de él. Por contraparte yo hacía a mi vez otro tanto con los toros suyos. Repito, todo sin decirnos una sola palabra, sin dirigirnos una sola indicación. Y cuando la suerte se me daba bien y cortaba orejas y rabo, Manolete mostraba su íntima satisfacción con aquella sonrisa triste, con aquella amistad silenciosa que le era característica.
Para concluir quiero relatar una anécdota elocuente por sí misma: el día de mi presentación en Madrid -fecha que es fácil suponer lo que significaba y entrañaba para mí- me encontré de momento en grave trance. Faltaban escasos tres cuartos de hora para que se iniciara la corrida y mi sastre no se presentaba con el terno que debería yo vestir esa tarde. Nos encontrábamos en el Hotel Victoria, nerviosos. El nerviosismo de Madrid y 
Traje morado y oro de Manolete. Hermandad de Jesús Caído
 de Córdoba. Foto Manuel Jáimez.

el mío propio eran tensos. Los telefonemas se sucedían ininterrumpidamente. El sastre Ripollés ofrecía llegar en unos minutos y no llegaba. Y los minutos transcurrían indetenibles. En un piso superior del Hotel se hospedaba Manolete. La situación se tornaba insoportable ya, por lo que Andrés Gago subió al piso de Manolete y solicitó prestado un terno. Ante nuestra sorpresa, regresó portando tres ternos que se nos enviaban para escoger. El rasgo de amistad no podía ser más generoso. Me estaba vistiendo yo la casaquilla de un terno morado y oro (propiedad de Manolete y con el, que ocasionalmente, iba a hacer mi presentación máxima) cuando llegó el sastre con mi terno de luces. El favor solicitado y en forma generosa correspondido, puede parecer pequeño, ¡pero que elocuente es en su significado!».



En la foto del aficionado mexicano Manolo Castilla observamos el monumento a Manolete situado en la cordobesa plaza Conde de Priego, frente a la iglesia de Santa Marina de las Aguas Santas, donde se levanta el grupo escultórico de Manuel Álvarez Laviada, inaugurado el 8 de mayo de 1956. Fue sufragado con la recaudación de la corrida monstruo celebrada el 21 de octubre de 1951, organizada por Carlos Arruza  a instancias del periodista cordobés José Luis Sánchez Garrido, que como crítico taurino firmaba con el seudónimo José Luis de Córdoba. Actuaron el rejoneador Duque de Pinohermoso y diez matadores: Rafael Vega de los Reyes Gitanillo de Triana, con un toro de José Luis de la Cova; Carlos Arruza, con uno de Felipe Bartolomé; Agustín Parra Parrita, con uno de Galache; Manuel Capetillo, con uno de Arturo Sánchez Cobaleda; José María Martorell, con uno de Alipio Pérez-Tabernero Sanchón; Jorge Medina, con uno de Leopoldo Lamamié de Clairac; Manuel Calero Calerito con uno del Conde de la Corte; Julio Aparicio, con uno de Marceliano Rodríguez; Anselmo Liceaga con uno de Juan Belmonte García, y Rafael Soria Lagartijo, con uno de Carlos Arruza.

El buen aficionado mexicano Manolo Castilla con el matador
de toros Juan Ortega en la calle de Carlos Arruza. Foto Cuevas
El Ayuntamiento de Córdoba dedicó a la memoria del torero mexicano Carlos Arruza una calle en el barrio de Santa Marina, situada entre la Plaza de la Lagunilla -donde Manolete de niño soñó con ser torero- y la Plaza Conde de Priego, donde se erige su monumento.