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martes, 1 de julio de 2025

«LOS CALIFAS»: SESENTA AÑOS DE HISTORIA

Por Antonio Luis Aguilera

Plaza de toros de "Los Califas". Córdoba.

Sin que la efeméride haya tenido el menor relieve, este año se ha cumplido el sesenta aniversario de la inauguración de la plaza de toros de «Los Califas», la última construida en Córdoba, ciudad de larga tradición taurina, como acertada y documentadamente escribió el buen amigo y colaborador de este blog Rafael Sánchez González, en su artículo “La plaza de los Tejares”, donde explicaba con detalle este asunto. 


Según el recordado bibliófilo taurino, el documento más antiguo sobre ello data de 1493, y se refiere a una función “en honor y divertimento del Príncipe Don Juan (hijo de los Reyes Católicos), cuando se corrieron toros en el Alcázar de los Reyes Cristianos, residencia de Isabel y Fernando en sus prolongadas estancias en Córdoba. El lugar donde debió desarrollarse esta función debió ser en el actual Campo Santo de los Mártires, integrado entonces en el conjunto como patio de armas.

 

Después se celebraron espectáculos taurinos en la Plaza de la Corredera, de ahí su nombre, y en distintas ocasiones se levantaron en el Campo de la Merced, en el arrabal contiguo al Convento de los Mercedarios, hasta que a iniciativa de Juan Mantése constituyó una sociedad con objeto de levantar una plaza de toros permanente, obra que fue dirigida por el arquitecto Manuel García del Álamo, que comenzó en 1844 sobre los terrenos adquiridos a José Severo García en la Huerta de Perea, situada en la Carrera de los Tejares, que fue inaugurada oficialmente en septiembre de 1846, aunque los primeros espectáculos se celebraron en la Feria de “Nuestra Señora de la Salud” de ese año, concretamente los días 31 de mayo, 2 y 3 de junio. 

 

Veinte años más tarde, el 15 de agosto de 1866, al terminar una novillada y de manera fortuita, se produjo un incendio que provocó un enorme daño en las maderas de gradas y tendidos. Tras la reconstrucción, dirigida por el arquitecto Amadeo Rodríguez, la plaza de “Los Tejares” fue reinaugurada el 20 de enero de 1868, con un cartel netamente cordobés:  toros de la ganadería de don Rafael José Barbero, para que mano a mano se vieran las caras Rafael Molina Lagartijo Manuel Fuentes “Bocanegra”. La plaza, que con posteriores reformas tuvo un aforo que rebasaba los diez mil espectadores, cerró sus puertas el 18 de abril de 1965, fecha que se celebró una novillada con caballos, con ganado de doña Enriqueta de la Cova, donde actuaron Agustín Castellano “El Puri”, Antonio Sánchez Fuentes y José María Susoni. Desde entonces tan entrañable como incómoda plaza sufrió un severo abandono, que se prolongó hasta agosto de 1971, que comenzaron las obras del derribo, para que en su céntrico lugar se levantara el edificio de “Galerías Preciados”. 

 

El día 9 de mayo de 1965 tuvo lugar la inauguración de la “Nueva Plaza de Toros de Córdoba S.A.”, que con los años sería rebautizada como “Coso de Los Califas”, en honor a los espadas de la tierra que hicieron a Córdoba definitiva en la historia del toreo. Desde aquella fecha, cuando montera en mano hicieron el primer paseíllo José María MontillaManuel Benítez “El Cordobés” y Gabriel de la Haba “Zurito”, para lidiar un encierro de los Herederos de Carlos Núñez, hasta los últimos festejos celebrados en mayo de este año, los matadores de toros que han actuado en el coso de Ciudad Jardín han sido 150, de los cuales 32 fueron cordobeses o considerados como tales. 

 

Estos fueron los espadas cordobeses, con el balance de sus actuaciones y algunos datos significativos, que fueron protagonistas en los sesenta años de historia del coso califal: 

 

1.- Juan Serrano “Finito de Córdoba”, que actuó en 63 corridas de toros, lidiando 144 ejemplares, a los que cortó 58 orejas y 2 rabos (“Chupador” de Guadalest el 27/3/1994), y simbólicamente a “Tabernero” de Gabriel Rojas). También indultó dos toros: el citado “Tabernero” (28/5/1994), y “Bondadoso”, del hierro de Domingo Hernández (29/5/2004). Fue premiado con el trofeo municipal "Manolete" como triunfador de la feria de mayo los años 1994, 2001 y 2005. Otorgó las alternativas a Alejandro Castro (1998), y Julio Benítez "El Cordobés" (2007), si bien en esta, pese a estar anunciado en el cartel, renunció a actuar como padrino e invitó a salir al ruedo a Manuel Benítez "El Cordobés", para que vestido de calle presidiera la ceremonia de su hijo. 

 

Juan Serrano "Finito de Córdoba", el matador
que más veces ha actuado en la plaza de "Los
Califas", el día de su alternativa (23/5/1991), de
manos de Paco Ojeda en presencia de Fernando
Cepeda. Foto Arjona.

2.- José Luis Moreno, que actuó en 21 corridas de toros, lidiando 44 ejemplares, a los que cortó 26 orejas.

 

3.- Rafael González “Chiquilín”, que actuó en 17 corridas de toros, lidiando 36 ejemplares, a los que cortó 12 orejas. Otorgó la alternativa a Manuel Romero Santiago "Romero de Córdoba" (1998).

 

4.- Gabriel de la Haba Zurito”, que actuó en 14 corridas de toros, lidiando 28 ejemplares, a los que cortó 24 orejas y 1 rabo. (“Corredor” de Herederos de Carlos Núñez el 9/5/1965). Fue premiado con el trofeo municipal "Manolete" al triunfador de la feria de mayo el año 1968. Otorgó la alternativa a Florencio Casado "El Hecho" (1969).


Manuel Benítez "El Cordobés", el matador que más rabos 
ha cortado en la plaza de "Los Califas". Foto Framar.

5.- Manuel Benítez “El Cordobés”, que actuó en 13 corridas de toros, lidiando 27 ejemplares, a los que cortó 23 orejas y 8 rabos (“Catavinos” de Herederos de Carlos Núñez, el 9/5/1965; un ejemplar de Manuel Arranz el 25/5/1965; otro de Francisca García Villalón el 25/5/1966; otros tres de Herederos de Carlos Núñez el 27/5/1967, 25/9/1967 y 25/9/1968; otro de Juan Mari Pérez-Tabernero el 25/5/1970, y el 1/6/2002, última corrida del espada de Palma del Río en Córdoba, a “Potrero” de María José Barral). Fue premiado con el trofeo municipal "Manolete" como triunfador de la feria de mayo el año 1970. Otorgó las alternativas a Agustín Castellano "El Puri" (1965) y Antonio Sánchez Fuentes (1965).

 

6.- Manuel Díaz El Cordobés”, que actuó en 13 corridas de toros, lidiando 26 ejemplares, a los que cortó 12 orejas.

 

7.- Manuel Cano “El Pireo”, que actuó en 9 corridas de toros, lidiando 22 ejemplares, a los que cortó 20 orejas y 2 rabos (un ejemplar de Manuel Arranz el 25/5/1965, y otro de María Teresa de Oliveira el 26/5/1967). Fue premiado con el trofeo municipal "Manolete" al triunfador de la feria de mayo los años 1965, 1966 y 1967. 


8.- Antonio José Galán, que actuó en 9 corridas de toros, lidiando 19 ejemplares, a los que cortó 12 orejas y 1 rabo (“Madrileño” de Martínez Benavides, el 26/5/1973). Fue premiado con el trofeo municipal "Manolete" al triunfador de la feria de mayo los años 1973 y 1974.

 

9.- Fermín Vioque, que actuó en 9 corridas de toros, lidiando 18 ejemplares, a los que cortó 6 orejasFue premiado con el trofeo municipal "Manolete" al triunfador de la feria de mayo el año 1984. 


10.- Agustín Parra Vargas “Parrita”, que actuó en 9 corridas de toros, lidiando 18 ejemplares, a los que cortó 5 orejas.

 

11.- Florencio Casado “El Hencho”, que actuó en 8 corridas de toros, lidiando 16 ejemplares, a los que cortó 13 orejas y 1 rabo (a un ejemplar de Gerardo Ortega el 1/6/1969). Fue premiado con el trofeo municipal "Manolete" al triunfador de la feria de mayo el año 1969.

 

12.- Alejandro Castro, que actuó en 7 corridas de toros, lidiando 14 ejemplares, a los que cortó 2 orejas.

 

13.- José Luis Torres, que actuó en 5 corridas de toros, lidiando 11 ejemplares, a los que cortó 5 orejas.

 

14.- Fernando Tortosa, que actuó en 5 corridas de toros, lidiando 10 ejemplares, a los que cortó 3 orejas.

 

15.- Julio Benítez “El Cordobés”, que actuó en 5 corridas de toros, lidiando 9 ejemplares, a los que cortó 2 orejas.

 

16.- Enrique Reyes Mendoza, que actuó en 4 corridas de toros, lidiando 8 ejemplares, a los que cortó 3 orejas.

 

17.- Rubén Cano “El Pireo”, que actuó en 4 corridas de toros, lidiando 8 ejemplares, a los que cortó 3 orejas.

 

18.- Pedrín Benjumea, que actuó en 3 corridas de toros, lidiando 6 ejemplares, a los que cortó 6 orejas.

 

19.- Agustín Castellano “El Puri”, que actuó en 3 corridas de toros, lidiando 6 ejemplares, a los que cortó 3 orejas.

 

20.- José María Montilla, que actuó en 3 corridas de toros, lidiando 6 ejemplares, a los que cortó 2 orejas.

 

21.- José Romero, que actuó en 3 corridas de toros, lidiando 6 ejemplares, a los que cortó 1 oreja.

 

22.- Antonio Rey Vera, que actuó en 2 corridas de toros, lidiando 4 ejemplares.

 

23.- Manuel García “Palmeño”, que actuó en 2 corridas de toros, lidiando 4 ejemplares.

 

24.- Manuel Romero "Romero de Córdoba", que actuó en 2 corridas de toros, lidiando 4 ejemplares.

 

25.- Javier Moreno “Lagartijo”, que actuó en 1 corrida de toros, lidiando 2 ejemplares, a los que cortó 2 orejas.

 

26.- Antonio Sánchez Fuentes, que actuó en 1 corrida de toros, lidiando 2 ejemplares, a los que cortó 1 oreja.

 

27.- Curro Jiménez, que actuó en 1 corrida de toros, lidiando 2 ejemplares, a los que cortó 1 oreja.

 

28.- Manolo Martínez, que actuó en 1 corrida de toros, lidiando 2 ejemplares, a los que cortó 1 oreja.

 

29.- Manuel Román, que actuó en 1 corrida de toros, lidiando 2 ejemplares, a los que cortó 1 oreja.

 

30.- Cayetano de Julia, que actuó en 1 corrida de toros, lidiando 2 ejemplares.

 

31.- Curro Martínez, que actuó en 1 corrida de toros, lidiando 2 ejemplares.

 

32.- Paco Aguilera, que actuó en 1 corrida de toros, lidiando 2 ejemplares.

 

martes, 1 de abril de 2025

LAGARTIJO Y SU “TÚNICO”: «Otra versión de una “lagartijá”»


Por José Rafael López Blancas

 

Imagen de Nuestro Padre Jesús Caído de Córdoba: "El Señor de los Toreros".


“La tradición oral ha sido, desde siempre, la forma suprema de comunicación de los seres humanos, con la cual pueden compartir sus saberes con la sociedad”.

 

El próximo día 1 de agosto, se cumplirá el 125 aniversario del fallecimiento de aquel que fue nuestro Hermano Mayor, Rafael Molina Sánchez, más conocido como “Lagartijo” o “Lagartijo el Grande”. En torno a su persona, se registran infinidad de anécdotas, bromas y frases famosas que han permanecido, a lo largo del tiempo, en la mente de nuestros antepasados y que se han ido transmitiendo, de generación en generación, a través de los años. Rara vez, en la actualidad, cuando se sobrepasa el nivel normal de alguna ocurrencia, se le denomina, lagartijá. Para ser sincero hay que confesar que también, esta denominación, lagartijá, además se ha utilizado, sobre todo, para significar una demostración de bondad y generosidad que, de por sí, supera con creces lo encomiable, sin importarle el coste, sobre todo económico, a aquel que toma la iniciativa de tan grande acción. Rafaé, fue el matador de toros más grande de su época, pero sin duda alguna, también quedó recogido, en su persona, la grandeza de su esplendidez que aún más lo acrecentaba.

 

Rafael Molina Sánchez «Lagartijo»

Una breve reseña de su vida

Nació, en el Barrio del Matadero, el 27 de noviembre de 1841. Hijo del banderillero, en su momento novillero, Manuel Molina “Niño Dios” y de María Sánchez Serrano, hija de Rafael Sánchez “Poleo”, torilero en el coso de Los Tejares. Creció como sus dos hermanos, entre la pobreza y las vaquillas, sin aprender a leer. Su hermanos, Manuel y Juan, tuvieron distintas suertes en la práctica del arte de torear. Mientras Manuel, ni con la ayuda de su afamado hermano, consiguió ocupar ningún puesto destacado dentro de la torería; el pequeño, Juan, sí que logró fama como un peón de brega excepcional.

 

Nuestro protagonista, heredó la afición al toreo desde niño. Con nueve años, perteneció a la cuadrilla infantil creada por Antonio Luque y González “Camará”, donde empezó a adentrarse en el oficio taurino. Con quince años se incorporó, a tiempo completo, en la cuadrilla de José Dámaso Rodríguez “Pepete”, manteniéndose en ella hasta el fallecimiento de su matador. Durante esa época, desarrolló un gran conocimiento de las reses bravas, lo que le llevaría a integrarse en la cuadrilla de los hermanos Carmona. En la cuadrilla del famoso Antonio Carmona “Gordito” es en la que más se adiestró, toreando por las plazas de España y Portugal. Tomó la alternativa en Úbeda, el 29 de septiembre de 1865, a manos del mencionado Antonio Carmona, con una ganadería de encaste vazqueño, propiedad de la Marquesa Viuda de Ontiveros.

 

A lo largo de su trayectoria profesional, fue famosa la rivalidad que mantuvo con Salvador Sánchez “Frascuelo”, torero granadino que, en lo mejor de su carrera, no le hacía ascos a torear con el famoso coloso cordobés. También fue famosa la rivalidad que mantuvo con aquel que siempre se consideró su discípulo, Rafael Guerra Bejarano “Guerrita”. Siempre, hasta después de su muerte, “Guerrita” demostraba su admiración inmensa por su maestro sin rival. Los tres, “Lagartijo”, “Frascuelo” y “Guerrita” fueron los artífices de lo que Domingo Delgado de la Cámara, en su libro, Entre Marte y Venus (breve historia crítica del torero), llamó: «la primera revolución del toreo».

 

En estadísticas de la historia taurómaca, queda reflejado que hizo el paseíllo más de 1600 tardes, de las cuales, solamente, en Madrid toreó 421. Lidió y dio muerte a más de 4800 toros (otras fuentes se refieren a más de 5000) y solamente, en cinco o seis ocasiones sufrió percances, siendo estos, la gran mayoría, de forma leve. Hasta 1893, año de su retirada, sus logros y triunfos, siempre aclamados, también estuvieron acompañados de tardes en la que la suerte le daba la espalda, pero su genialidad y su bien hacer siempre quedarán grabadas y escritas con letras de oro en la historia del toreo.

 

Falleció a las cinco de la mañana de un miércoles, 1 de agosto de 1900, aquejado de una grave enfermedad.

 

Túnica de Jesús Caído regalada por «Lagartijo»

Antes de continuar: una historia apócrifa

Me he permitido la licencia de adoptar este adjetivo, apócrifo/-a, en el sentido y significado de «no estar aceptado por el canon». Me he negado a tomarlo en su definición de, falso fingido; aunque también podría haber hecho uso de él en su término de: supuesto, atribuyéndolo como referente a la dudosa autenticidad de su contenido. Para los míos, en casa, siempre ocurrió que, al hablar sobre el túnico del Señor, salía a relucir una versión distinta de la que siempre se ha hablado, se habla y, seguramente, se seguirá hablando. La versión más extendida y conocida, todos la conocemos: “Lagartijo encargó una túnica con el bordado de uno de sus trajes para la imagen de nuestro Señor, en agradecimiento por haber salido ileso de una grave cogida”. Esta versión, entra dentro de la lógica si atendemos al riesgo continuado que, nuestro protagonista, tenía dentro de su profesión. El motivo de tan gran ofrenda, al no haber ningún documento que lo atestigüe, es lo que impide que se pueda demostrar la razón de tan gran ofrenda, al igual que al testimonio de mi versión apócrifa. Lo que sí es real y demostrable, es que, a través, de la donación del «túnico» Rafael dejó patente la inmensa devoción y confianza que tuvo en su «Señó».

 

Siempre se ha hablado de las manías de los toreros y de sus supersticiones. Algunas han sido medianamente comprensibles y otras casi incomprensibles, pero el que se la juega, se siente con el derecho de poder tomarla y de cumplirla. Tienen sus presagios y sus momentos, y en esto del toro, cuando un presagio es malo…: ¡malo!

 

Aquellos que realmente me conocen saben de mi afición al toro. Fue una leche que me dieron a mamar desde mi nacimiento tanto por el lado paterno como del materno ya que, desde generaciones, hubo un vínculo muy estrecho con ese mundo y con la gente del toro. ¡Cuántos recuerdos se me vienen a la cabeza! ¡Cuánto daría por poder volver en el tiempo! Por desgracia, tendré que esperar a revivir aquellos momentos vividos y disfrutados, en aquella etapa de mi vida, con mis seres queridos en cielo, cuando Dios lo disponga.

 

Plaza de San Sebastián. Cartel de la Semana Grande de 1883

De abuelo a nieto: “Mira niño…”

En la gran sala de casa de los abuelos, ubicada en el Nº 17 de la calle Reyes Católicos, aquel que de niño me llevaba, de vez en cuando, a San Cayetano, a ver a su Melenas y sobre todo a su Señora de la Soledad, sentado en su sillón -parece que lo estoy viendo- me contó una historia que, en aquel entonces, yo, no aprecié en su justa medida, seguramente por la edad con la que contaba. No era la primera vez, ni sería la última, que la oía, pero sí era la primera vez que me la contaba a solas:

 

«Mira niño, mi abuelo trabajaba en las maderas de la estación del tren. Dicen que era un buen profesional en lo suyo y siendo de aquí “del barrio” tenía mucha amistad, desde niño, con los Molina, con Rafael, que era algo mayor, pero sobre todo con Juan, que andaban por las mismas quintas. En la pandilla había varios chiquillos y ¡todos querían ser toreros!, jugaban al toro, se metían en el Matadero Viejo a ver las reses y a intentar pegarles unos pases, ¡ya sabes…las cosas que podían hacer, en aquel entonces, los arambeles! Pero con el tiempo, Rafael empezó a tener algún nombre entre la gente del toro, y poquito a poco, y a base de no pocos miedos ¡porque todos tienen miedo!, Rafael llegó a ser quien fue. La cuestión: que un día Juan habló con mi abuelo de parte de su hermano. Le propuso que le hiciera unas banderillas para probarlas, ya que las que le proporcionaban en las plazas no le gustaban porque no se sentía seguro al clavarlas. Las notaba algo enclenques y él quería sentirse más seguro al apoyarse sobre ellas a la hora de clavar, y así poder coger más impulso que le permitiera salir de la cara del toro con más soltura. De modo que ¡así nacieron las famosas banderillas cordobesas, por una propuesta del mismísimo Rafael! Al llevarlas Lagartijo, que al principio se las hacia a él exclusivamente, todos los toreros querían las mismas banderillas que llevaba él y así… hasta hoy.

 

Cuando Rafael y Juan estaban en Córdoba, siempre se reunían con sus amigos, con los de siempre, muchos de ellos piconeros, y se «jartaban de tó». Los dineros de Lagartijo siempre eran los primeros, no había necesidad o desgracia que llegase a sus oídos, en los que él no quitara la penuria. ¡Cuánto ayudó y cuánta misería aplacó!

 

Estaba dispuesto para todo y también -por supuesto- para su «Señó». ¡Ay su Señó, cuántas cosas le contaría en sus visitas! Cuando lo nombraron Hermano Mayor, Lagartijo era de muy pocas letras, casi analfabeto, pero con mucha experiencia, y al igual que hacía en su privacidad, en la hermandad también se rodeó con algunos de “su gente”. A mi abuelo lo metió un tiempo largo en aquella junta de gobierno junto a otros conocidos para que cuidaran de aquello cuando él no estaba. Costeaba de su bolsillo los gastos que originaban aquellas salidas, pagaba las deudas que pudiera haber pendientes, mantenía todos los gastos que se pudieran presentar y, sobre todo, ayudaba mucho a la gente del barrio.

 

Una tarde de calor cordobés, estaban reunidos, seguramente en “La Corsaria”, los amigos. Aquella junta era como otras tantas veces hacían, pero se percataron que Rafael estaba alicaído, parecía preocupado, había algo que no le permitía estar a gusto en su momento de juerga. Hubo un “tiznao”, íntimo suyo, que le preguntó por aquello que le impedía disfrutar:

 

—“Rafaé” ¿qué te pasa?

—“No sé, tengo un no sé qué que no me deja… estoy algo intranquilo, por las noches no descanso. Tengo una «corría» metía en la cabeza que no me gusta, que no me deja… ¡tengo un presagio!”

—¡Pero “amos a ver” Rafaé!... ¿malo?

—Una corría de don Nazario, ¡qué no me la quito de la cabeza…!

 

Nadie lo vio, y nadie puede decir que así fue, pero entre los suyos siempre supusieron que, de aquel mal presagio, y de la gran devoción que le tenía a su Señor, nació una promesa, y que de aquella promesa nació una túnica, ya que no pasó mucho tiempo entre “aquel mal presagio” y el tener el Señor de San Cayetano la famosa túnica de Lagartijo».

 

Detalle del cartel anterior

Internet, un gran invento

Durante un tiempo, y a sabiendas que iba a escribir sobre esta lagartijá, que realmente es una historia apócrifa, estuve buscando cualquier tipo de información que me ayudara a dar más veracidad a ese relato que el abuelo materno me contó. Tenía que buscar sobre unos parámetros de los que no encontraba grandes respuestas. Por supuesto la localidad de la corrida, la desconocía, o si el abuelo la contó, no la recordaba. El año tampoco, aunque tenía que ser anterior al 1884 que es cuando mi Señor Jesús Caído estrena la túnica. Buscaba a nombre de Rafael y la información era muy numerosa; buscaba a nombre de la ganadería y encontraba información, pero ni de una ni de otra forma hallaba lo que quería… Me daba, en cierta manera, miedo escribir sobre algo que no se pudiera defender de alguna forma, no el poder demostrarlo, porque eso es imposible, pero sí justificar que había sido posible esa otra versión de aquella narración. Además, quería encontrar algo que sirviera no simplemente para crear la duda de la certeza, sino que se acercara más a la verdad que a la suspicacia.

 

Primero en mi biblioteca taurina, no encontré ninguna referencia a una corrida que uniese a Lagartijo y a la ganadería de don Nazario. Después, una página web me llevaba a otra, y esa, a otra, y esa otra, a otra… Un maremágnum de páginas y de información que me entretenían, pero nada más, lo que buscaba tampoco, no lo encontraba. Hasta que sin saber cómo ¡zas! encontré el cartel que muestro. Mi Señor Jesús Caído me ayudó: ¡hizo el milagro!: agosto, 1883, Lagartijo y Nazario Carriquiri ¡estaban todos los parámetros! Una pena que sólo haya encontrado el cartel y ninguna referencia de las corridas reseñadas, pero como decía el otro… “menos da una piedra y hace más daño”.

 

Por fin encontré algo que sustentara esta versión. A ciencia cierta sabemos que la túnica, en su confección, no lleva nada, en el bordado, de un traje de torear. Además, también se ha comprobado, que el color original de la misma no era el morado que hoy contemplamos, sino un “rojo cardenal” como han atestiguado profesionales del bordado al revisar las costuras interiores e inferiores que aún mantiene partes de la original. Con este hallazgo, hoy, muchísimos años después, estoy seguro al decir: “abuelo, tienes razón”.


Acta de la Hermandad por la que se nombraba
Hermano Mayor a Rafael Molina «Lagartijo»


Texto publicado en el Boletín oficial de 2025 de la cordobesa Hermandad y Cofradía de Nuestro Padre Jesús Caído, Nuestra Señora del Mayor Dolor en su Soledad y San Juan de la Cruz.

sábado, 30 de noviembre de 2024

LA INFLUENCIA DE «CHICUELO» EN EL TOREO DE «MANOLETE»

Por Antonio Luis Aguilera 

Manuel Jiménez «Chicuelo»
(Foto familia Chicuelo)

Faltaban veinte años para la alternativa de Manuel Rodríguez «Manolete» cuando en el mismo palenque la recibió Manuel Jiménez Morenoel torero sevillano que sería su padrino de ceremonia, quien además de cederle muleta y espada, también le entregaría el testigo de su toreo, como si el histórico maestro presintiera que aquel espigado novillero cordobés, por su inmenso valor y el talento que atesoraba, sería capaz de imponerlo definitivamente en el orbe taurino. Aquella tarde del 28 de septiembre de 1919, en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, «Chicuelo», espada de dinastía, huérfano de padre torero desde la niñez —como lo fue «Manolete»—, fue investido matador de toros con el apretón de manos de Juan Belmonte. El  chaval nacido en la calle Betis tenía diecisiete años cuando «El Pasmo de Triana» le cedió la lidia y muerte del toro Vidriero, del Conde de Santa Coloma. Completaba el cartel Manolo Belmonte

En aquella época maravillosa y apasionante del toreo, cuando la afición estaba dividida en dos bandos irreconciliables, los partidarios de José Gómez Ortega y los de Juan Belmonte García, fantásticos y complementarios toreros que  protagonizaron la «edad de oro del toreo» —la segunda, pues este titulo había denominado el siglo anterior la mantenida por «Lagartijo» y «Frascuelo»—, el joven «Chicuelo», como todos los toreros de su tiempo, incluido Belmonte, sentía verdadera admiración por «Gallito», aquel genio al que veneraba desde niño, y ante el que lidió su primer becerro en la placita familiar de los «Gallo» en la Huerta del Lavadero. Tanto le agradó su toreo a «Joselito» que le regaló una propina, que el chaval pronto gastó en las taquillas de la Maestranza, adquiriendo la entrada para la corrida donde José alternaba con Ricardo Torres «Bombita», Rafael «el Gallo» y Juan Belmonte

Juan Belmonte otorga la alternativa a «Chicuelo».
Sevilla, 28 de septiembre de 1919. (Familia Chicuelo)

«Chicuelo» pisaría por primera vez ese redondel el 28 de febrero de 1918, en un festival organizado por «Gallito». Rememoraba el maestro en una entrevista que cuando José le hablaba se ruborizaba, se ponía tan nervioso que no sabía qué decir, y si en un tentadero le cedía un capote o una muleta se le salía el corazón de felicidad. Si la participación del chaval en el festival de su debut de Sevilla fue gracias a José, es fácil deducir la empatía que existió entre ambos. «Chicuelo» consideraba a «Gallito» la máxima referencia del magisterio taurino, y procuró empaparse de sus enseñanzas en los tentaderos, donde pudo observar cómo José entrenaba la técnica de la ligazón del pase natural, procurando sujetar a las reses dejándole la muleta en la cara al terminar el pase en lugar de despedirlas, para así obligarlas a repetir la suerte. «Gallito» desarrolló en el campo la técnica de la ligazón, que después habitualmente incluía en las plazas en su modelo de faena. Fue el primero que mostró públicamente el germen de un toreo nuevo, que con el paso de los años, perfeccionado por «Chicuelo» y «Manolete», culminaría en el toreo de línea natural, el concepto que liga los pases agrupándolos en series: el toreo moderno. ¡Para qué algunos sigan diciendo que «Gallito» fue un torero antiguo!

No debe confundirse el concepto con la expresión o acento personal del torero. Conviene sacar esto a colación porque, ante la montaña de literatura que afirma lo contrario, Juan Belmonte no cambió el planteamiento del antiguo toreo de muleta. Sus faenas se desarrollaron según las normas clásicas, con el matador situado en los terrenos de adentro y el toro en los de afuera, y sus trasteos consistían en pases por alto, el natural ligado con el de pecho —no con otro natural o varios naturales—, molinetes, faroles y desplantes. Lo que de verdad hizo único a Juan Belmonte fue el sitio que pisó, pues  acortó las distancias con el toro, y su portentoso temple le permitió expresar un toreo de capa de prodigiosa belleza, donde el espada ejecutaba los lances a la verónica por ambos lados, hasta cerrar la serie enroscándose el toro a la cintura con media verónica escultural, que liberaba la emoción y el entusiasmo del público por la escalofriante conmoción de su toreo. Con la muleta, por ocupar el mismo sitio, su temple sujetaba al animal, que al terminar el pase natural comenzaba a trazar la línea curva hacia adentro, pero al mantener el torero su terreno, dando la espalda a tablas, entre cada pase tenía que cruzarse al pitón contrario para no quedar fuera de cacho. 

«Chicuelo» torea a Corchaito. Madrid, 24 de mayo de 1928.
(Foto familia Chicuelo)

Tras la tarde fatal de Talavera de la Reina, sería «Chicuelo» —que había toreado con José seis corridas de toros y un festival—, quien otorgaría continuidad a la técnica de la ligazón de los pases del inolvidable espada de Gelves. Él sería quien daría un nuevo giro de tuerca al concepto «gallista», y al curvar el animal la embestida al final del pase natural, en lugar de irse al pitón contrario, lo que hizo fue girar sobre su eje, para de esa forma, intercambiando los terrenos del toro y del torero, ligar los pases y agruparlos en series, estructurando así la faena moderna. «Chicuelo» fue el creador de la faena actual, que por su quietud, emoción y belleza pronto halló la calurosa acogida del público. 

Trascendente resulto para la historia la tarde del 24 de mayo de 1928 en Madrid, donde «Chicuelo», alternando con «Cagancho» y Vicente Barrera, deslumbró a la afición de la capital del reino ligando los pases en redondo por ambas manos al toro Corchaíto, de la ganadería de Graciliano Pérez Tabernero, al que toreó con tanta naturalidad, gracia y belleza que aquella faena —como sentenció su banderillero Manuel González Buzón «Rerre» al ir a dejar los trastos el maestro — «había cambiado el toreo». Fue también la gota de agua que colmaba el vaso de la injusticia, porque hasta entonces la carrera del espada sevillano había sido escrita con sordina por la “sobrecogedora” crítica española, que por no “trincar”, no tuvo escrúpulos en callar sus apoteósicos triunfos en México, donde logró éxitos de igual o mayor calado que el de Madrid. Históricas fueron por su repercusión las ejecutadas en la plaza de «El Toreo de la Condesa», donde en 1925 había inmortalizado a los toros Lapicero y Dentista, de San Mateo. En la nación hermana fue considerado máxima figura, y su concepto tuvo gran influencia en uno de los diestros más importantes de la tauromaquia azteca: el maestro de Saltillo Fermín Espinosa «Armillita». Aun así, la crítica española, más preocupada de ensalzar el toreo de avance buscando el pitón contrario, no tuvo reparos en ocultar el clamor levantado en América por «Chicuelo», donde aquella apasionada afición se entusiasmó con su toreo de reunión y quietud ligando los pases en redondo. La faena a Corchaíto no pudo eclipsar por más tiempo la realidad de su toreo en España.

Con el ruedo lleno de sombreros, «Chicuelo» inmortaliza
al toro Dentista en México, el 26 de octubre de 1925.
(Foto familia Chicuelo)

Por su importancia en este asunto reproducimos unos párrafos del texto «Chicuelo, las sombras de un silencio», escrito por Federico Arnás para el interesante libro «Chicuelo, el arte de inventar», editado por la Fundación de Estudios Taurinos de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, donde el sagaz periodista madrileño busca documentación en la hemeroteca para iluminar esta triste historia:

«Llevaba pocos años de alternativa cuando en México costaba entender las razones para que la prensa española no reconociera con carácter de unanimidad el alcance innovador que su toreo traía atestiguado en aquellas plazas. Valga como apunte lo firmado por el mexicano Verduguillo en el semanario La Corrida: “Si los revisteros madrileños que tratan a toda costa regatear méritos a este torero y de empequeñecer su labor hubieran visto a Manolo esta tarde, tendrían que reconocer que están haciendo el ridículo a sabiendas, o que no tienen un tanto así de pudor profesional… Lo que hay es que el tío Zocato no ha querido resolver el problema que tiene más de financiero que de artístico, fiado en lo grande que es su sobrino”. El comentario fue recogido en el diario madrileño La Nación con esta consideración a modo de escozor patrio: “¿Tiene razón Verduguillo? Parece que sí, puesto que a la hora presente todos los revisteros madrileños han dado la callada por respuesta. (Entremos todos y que salga el que pueda). Se ofende a los revisteros españoles y nadie dice esta pluma es mía”». 

Queda por tanto suficientemente claro que la histórica faena realizada en la plaza madrileña no fue un hecho aislado, sino un eslabón más de la brillante y silenciada carrera de Manuel Jiménez «Chicuelo», que desde 1922 había conquistado a los públicos de Perú, México y Venezuela. En México, por su acoplamiento a los toros del encaste Saltillo, había protagonizado muchas tardes inolvidables en la plaza de «El Toreo de la Condesa», donde inmortalizó a ToledanoLapiceroDentistaTestaforteCarteroMelcocheroPeregrinoMezcaleroPintorDuendeSerranoPergamino y Zacatecano. Tampoco los aficionados de Venezuela pudieron olvidar la realizada a Carpintero en la Maestranza de Maracay. Mas  tantos triunfos no aparecieron en la prensa española, y tuvieron que  pasar más de cinco años para que el encuentro de «Chicuelo» y Corchaíto resultara determinante gracias a la influyente la afición madrileña. 

«Chicuelo» otorga la alternativa a «Manolete»
el 2 de julio de 1937 en la plaza de Sevilla.
(Foto familia Chicuelo)

Tras la década de los años treinta del siglo XX, dominada por el magisterio de Domingo Ortega y su toreo cambiado o de avance con el toro, quedó en segundo plano el toreo ligado en redondo, que después de la guerra española cobraría su más alto vuelo con la impresionante regularidad en el triunfo de Manuel Rodríguez «Manolete», que recibió la alternativa en Sevilla el 2 de julio de 1939 de manos de «Chicuelo». Por Comunista atendía el toro de la alternativa, pero lo rebautizaron con Mirador. «Manolete» hizo el paseíllo junto a Manuel Jiménez, su padrino, y Rafael Vega «Gitanillo de Triana», para lidiar un encierro de Clemente Tassara, antes Parladé, y la corrida fue a beneficio de la Asociación de la Prensa. Lo hizo con un traje heliotropo y oro, y cortaría las orejas, pero el gran triunfador de la tarde fue «Chicuelo», que cortaría las dos y el rabo del cuarto. «Gitanillo de Triana» paseó las del quinto. Aquella tarde no solo fue histórica por la alternativa del torero cordobés, sino porque «Chicuelo», al entregarle muleta y espada, también le cedió el testigo de su toreo, el que había aprendido de «Joselito» y pulido con la gracia de su arte. Se lo pasaba a «Manolete», que abrazando el concepto de la ligazón lo implantaría definitivamente durante su reinado. 

Un reinado donde el torero cordobés, dirigido astutamente por José Flores «Camará», mandó sin contemplaciones dentro y fuera de las plazas, entre otras cosas, porque nadie le aguantaba el pulso, lo que provocó el adelanto de la retirada de toreros como Marcial Lalanda y Domingo Ortega, que nunca se lo perdonarían, y en complicidad con el influyente crítico Gregorio Corrochano lanzaron una feroz campaña para erosionarlo, a la que tristemente también se sumaron otros toreros. Lo acusaron de torear animales chicos y afeitados, cuando el mayor escándalo sobre este fraude lo provocó Marcial Lalanda en Valencia, y lo etiquetaron como un torero corto, perfilero y ventajista, en clara insinuación de cobardía. Ya se sabe que los rayos siempre fueron a las cumbres, pero lo inmoral fue que ese acoso continuó después de muerto el inolvidable torero, como quedó de manifiesto en la conferencia que leyó Domingo Ortega en el Ateneo de Madrid en 1950, cuando los restos de Manuel Rodríguez estaban enterrados en el cementerio de “Nuestra Señora de la Salud” de Córdoba, tras haber dado su vida por el toreo. Pero tanta patraña no pudo cambiar la historia, «Manolete» había mostrado su verdad en los ruedos, donde deben de hablar los toreros, y lo hizo todas las tardes —no aguardó a que le saliera "su" toro— con admirable honestidad, majestad y gallardía. Por otra parte, es importante subrayar que el público no estaba dispuesto a tolerar la vuelta de aquellas faenas pretéritas, las de un pase aquí y otro allí buscando el rabo, y exigió la faena con sentido de unidad que liga los pases agrupándolos en series, el toreo que Manuel Rodríguez defendia que era el de su padrino. Lo hizo en el invierno de 1946, en su última campaña mexicana, conversando con «José Alameda». El escritor le habló de la similitud de su toreo con el de «Chicuelo», y «Manolete» no tuvo reparos en confirmarlo: «Así es, la gente no suele verlo, porque la gente no se fija en esas cosas, pero ese es mi toreo. Yo creo que el torero debe mantenerse lo más posible en su centro, en la línea. Y en eso el mejor que yo he visto ha sido «Chicuelo».

Natural de «Manolete» al toro Perfecto,
de Miura. Barcelona, 2 de julio de 1944.
(Foto Mateo)

La gran aportación de «Manolete» al torero moderno la explica el historiador «José Alameda»Manuel Rodríguez creó una nueva forma de obligar. Con la mano muy baja, situado en línea con el animal, acortaría las distancias con pasos laterales hasta provocar la arrancada. De esa forma fue como el torero cordobés consiguió sacar partido a la mayoría de los toros quedados de su época, que eran la mayoría, hasta instaurar de forma definitiva la ligazón revelada por «Joselito» —el toreo que deja venir al toro por su línea natural para obligarlo a ir hacia atrás y hacia adentro—, pulido y perfeccionado con el arte de «Chicuelo», que alternando los terrenos del toro y del torero creó la faena moderna, la que aceptó y adoptó «Manolete» para aguantar, obligar, ligar y expresar desde su majestuosa verticalidad de torre su señorial e inolvidable toreo de manos bajas.