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miércoles, 28 de agosto de 2024

«MANOLETE»: 77 AÑOS DE LINARES

Por Antonio Luis Aguilera

 

La señorial elegancia de «Manolete». Plaza de Lima (Perú)

A Linares llegó cansado de tener que soportar lo insoportable, deseando acabar cuanto antes su última temporada para ser dueño de su vida y administrarla cómo le viniera en gana. Anhelaba más que nunca ser una persona libre, dejar a un lado a «Manolete» y encontrarse con Manuel Rodríguez Sánchez. Dueño de su silencio, tenía decidido el comienzo de su nueva vida en Barcelona, donde el 18 de octubre de 1947 había previsto casarse con Antoñita Bronchalo Lopesino, la alcarreña que eligió, quiso y lo hizo feliz, con la que convivía desde 1943. Se lo hizo saber la noche antes al periodista Antonio Bellón, conduciendo su propio coche de Manzanares a Linares,  a quien aseguró que era la única persona que consideraba capaz de convencer a su madre para que acudiera a su boda, por el respeto que ella le tenía. Con la fecha y localidad elegidas, todo parece indicar que con la madre o sin ella, la decisión estaba tomada, a pesar de que los vientos en contra soplaban con dirección variable: desde la matriarca a algunos miembros de la cuadrilla; desde el apoderado al piadoso amigo que hasta el final procuraron que se replanteara una decisión que aseguraban no le convenía. Probablemente, pensando que había permanecido callado demasiado tiempo, hastiado de escuchar del entorno familiar y profesional tanta ofensa para su novia, debió considerar que había llegado el momento de poner punto final a todo episodio de odio, de formalizar su relación y crear un hogar, para ser felices viendo crecer a sus hijos y disfrutar de su fortuna, para hallar de una vez la tranquilidad y armonía que no había tenido en su vida.

Pero el destino había elegido a «Islero» para pasar a la historia como el verdugo del drama que entre tantos habían convertido su vida; para redimir con su cornada las culpas inconfesables de quienes desgastaron su ánimo profesional y personalmente, arrastrándolo, aunque no lo pretendieran, hasta el cadalso de la plaza de toros de un pueblo en feria. Todavía extraña, después de 77 años, como los intereses del poderoso empresario Balañá pudieron seducir a «Camará», el apoderado que controlaba hasta el menor detalle, que hizo aquella corrida de Miura en Linares, en el momento menos indicado de la carrera del espada cordobés, con Luis Miguel Dominguín en el cartel, el joven y provocativo torero que pisaba fuerte para ser el número uno desplazando a «Manolete». No hizo falta. También las casualidades del destino habían previsto que horas antes de verse las caras en el ruedo, al pasar el cordobés por la habitación del madrileño y ver la puerta abierta, pasara a saludarlo, para romper la tensión existente e intercambiar unas palabras. Le aseguró que estaba muy cansado, deseando de acabar la temporada para dejar los ruedos, y le hizo saber que cuando esto ocurriera sería él quien heredaría todos sus enemigos. La sentencia tuvo un exacto e inmediato cumplimiento.

Cada 28 de agosto, al recordar el aniversario de la última tarde del inmenso torero que nunca vimos y tanto admiramos, se repite en nuestra mente el mismo pensamiento: ¡Pobre «Manolete», qué desgraciado lo hicieron entre tantos...! 


Foto: Manolo Castilla

PLAZA DE LA LAGUNILLA

 

La luz de tus ojos, íntima,

se refleja en esa agua

que copia un rostro sereno,

mitad plata, mitad oro,

casi arrullo, casi envidia.

¡Qué olor de azahar la tarde!

¡Qué sensación tan tranquila

abanican las palmeras!

¡Y ese susurro del aire

y esa paz que se adivina!

¡Plaza de la Lagunilla!;

la sombra de Manolete,

a tu embrujo cobra vida;

Córdoba en ti se estremece,

y el cielo azul se adormece

en brazos de Santa Marina.

 

Rafael Carvajal Ramos

(Ráfagas de luz y sombras. 2001)



sábado, 25 de julio de 2020

TU MONTERA

Por Carlos Valverde Castilla 

Premio del concurso literario convocado por el Ayuntamiento de Córdoba en los actos conmemorativos del cincuenta aniversario de la muerte de Manolete (1997).

Manolete enseñoreó el toreo. Lima, 12 octubre 1946

Manolo: en mi lento discurrir por los actos que esta Córdoba tuya organiza para conmemorar tu muerte gloriosa hace medio siglo, con sus dosis de folklore y donde no han faltado graves ofensas a tu memoria, he vuelto recalar por el Museo Taurino Municipal en la bonita plaza de las Bulas, donde celebraban sus fiestas infantiles las amables criaturas de don Luis de Góngora. He subido a la sala donde se custodian -se veneran, mejor- tus recuerdos, en medio de la cual duermes tu sueño tranquilo en el modelo que Ruiz Olmos confeccionó para tu mausoleo. Al costado, la piel de Islero, con el ojal abierto por tu estoque en la mismísima cruz. Allí os ha juntado la muerte, ya sin rencor y sin bravura, y así os contemplo en esta luminosa mañana otoñal, cuya dulce claridad recorta tu sereno perfil de cordobés señero y majestuoso, como el de Lagartijo que en el caballo de Las Tendillas suplanta a la del Gran Capitán; y no es disparatada la comparación porque tú fuiste también Gran Capitán de la Tauromaquia y Califa del toreo. 
 La tensión en el rostro de quien se juega la vida
A tus pies hay una vitrina con diversos objetos y recuerdos de tu paso por los ruedos y por la vida; en el centro, el traje corto de etiqueta con el que apabullaste en el Lhardy madrileño la elegancia importada de quienes te rendían -con sus altos discursos y hermosas estrofas- el mejor de los homenajes. Me parece, no estoy seguro, que allí estuvo también alguna vez el vestido de la fatídica tarde linarense que inspiró al poeta: “De rosa pálido y oro/hace el diestro el paseíllo./Sobre el albero amarillo/cruje la furia del toro /La gente, en injusto coro/contra el Califa arremete;/pone su vida en un brete/el pundonor del torero/¡y luego dicen que es Islero/fue quien mató a Manolete!”/.
Pero allí, entre cosas de diversa importancia, hay una que me ha llamado poderosamente la atención: tu montera, la única que usaste en tu brillante carrera, la que llegó a ser corona imperial de tu califato y terminó siendo tu corona de espinas; la que encierra en su hueco toda la grandeza de tu torería.
No puedes figurarte, Manolo, la emoción con que he acariciado en mis temblorosas manos tan singular objeto; y me he preguntado qué sería de ella cuando en el coso de Linares caíste herido de muerte y se quedó esperando tu regreso imposible entre barreras. Pienso que tu mozo de estoques doblaría nerviosamente tus capotes, esas grandes mariposas con los colores de nuestra bandera (¡hasta eso se está perdiendo!) que revoloteaban grácilmente en tus manos como un prodigio de luz y color, con la suavidad de una caricia y la fuerza de un látigo que paraba la primeriza acometida de los toros. Después, también para el esportón, desarmaba y planchaba las muletas (“ave con ala escondida/es tu muleta plegada”); y al introducir en el fundón de los estoques el último que usaste oiría como este susurraba a sus compañeros: “He vengado la muerte del maestro”. Mientras, como la lira del poeta, tu montera quedaba sola en cualquier rincón hasta que alguien la recogiera y, dentro de su funda de cuero, llegaría a tu casa, a la que había sido tu casa. Algún tiempo después, tu familia la depositó en este museo, en esta vitrina, y entre tantas otras cosas, pasa casi desapercibida para las visitas, turísticas o no. Y sin embargo, ¡qué objeto más significativo de tu vida taurina!
Cumplimentando con su montera 
No podía soñar el madrileño sastre de toreros Juan Jiménez, establecido en la calle del Prado -la del Ateneo- cuando te proporcionó esta prenda bastantes años atrás, que iba a rematar la enhiesta y majestuosa figura del diestro cordobés más grande del siglo veinte. Y que ninguno de los objetos que ibas a usar a lo largo de tu quehacer profesional iba a ser único, y a tener tan brillante ejecutoria como esta montera, esta que acarician mis manos pecadoras. Y al contemplarla me pregunto: ¿con qué mezcla de emoción y nerviosismo te la encasquetarías en tus primeras actuaciones? ¿Cuántas veces harías el paseíllo con ella en la mano, como una prolongación natural de tu arqueado brazo derecho -apenas doblado por el codo- cuando estrenabas albero? ¿Cómo sería el vuelo de tu montera, como una paloma escapada de tu mano, cuando cruzaba el aire calino y denso de los tendidos en busca del afortunado a quien distinguías con tu brindis? ¿Qué caricias te transmitiría después de sentirse apretada contra el palpitante seno de una mujer hermosa a quien ofrecías el holocausto de la muerte del toro… O la tuya? ¿Cómo sentiría  el nervioso palpitar de tus sienes en momentos de angustia o de peligro? ¿Cómo gozaría de tu gloria en los paseos triunfales por los ruedos, cuando la alzabas en tu mano derecha saludando al público enfebrecido y entregado a tu arte singular, valeroso y sereno?
Pienso en las veces que este forro de seda blanca empapó tus sudores de calor y de coraje; en los “diálogos” que mantuviera con el mechón blanco que apareció en tu frente, como airoso destello de tu brillante carrera; en las largas esperas por fondas y hoteles rematando “la silla”; en los miles de kilómetros que recorriera encerrada en su funda, que tenía como dos alas similares a las del hierro de Miura.
Era, Manolo, lo último que te ponías y lo primero que te quitabas. Y así como hubiste de desechar trajes estropeados por el uso o las cogidas, y renovar capotes rajados por los toros, y reponer muletas inservibles, tu montera te fue fiel hasta la muerte, y hasta después de muerto sigue compartiendo contigo -aquí dormido en piedra- estancia y techo. En esta fidelidad le ganó a Lupe Sino. Y tu montera que, igual que tú, fue acariciada por la poderosa mano de Jefes de Estado y altos dignatarios, y por la modesta de fervientes y leales hombres del pueblo, no perdió nunca la sencillez que tú le habías imbuido tarde tras tarde, hasta encontrarse aquí casi imperceptible.
Sevilla, abril de 1941. Manolete, montera
en mano, pasea un rabo en la Maestranza.
Pero todo esto no es, no puede ser casual; porque el Califato taurino tiene más de un siglo de historia y eso no se inventa ni desaparece. Mira Manuel: el primer Califa, cuya sangre se cruzó con la de tu madre en su primer matrimonio, le entregó el cetro del Califato al segundo, su discípulo Rafael Guerra, y no hubo entre ambos solución de continuidad. Pero cuando Guerrita se retiró (“no me voy de los toros, me echan”, como te estaba pasando a ti) en 1899 no tenía a quien traspasarle el honroso título. Es verdad que a primeros de este siglo surgió la impresionante figura de Machaquito que ha sido, a mi entender, el que mejor ha llevado durante el mismo el nombre de su profesión: MATADOR DE TOROS; pero sus inimitables estocadas creo yo que no le elevaron por encima de la gracia y el arte de su contemporáneo Bombita, y que por ello no llegó a alcanzar el Califato.
Y así las cosas, el Guerra, con la paciencia y el senequismo de un gran cordobés, al par que la fe de un buen creyente, se sentó en su “palco de la calle Gondomar” ostentando brillantemente su condición de torero para demostrar que seguía ejerciendo el Califato -¡genio y figura!-, a esperar la llegada de su sucesor, seguro de que alguien le pediría el traspaso de poderes. Y esta espera duró más de cuarenta años, Manuel, once años más que lo que tú viviste, sufriendo a la mitad de ella la dolorosa pérdida de su admirado y querido Joselito; pero nada ni nadie lo apartó de su sitio. Y ese mesías que esperaba fue el hijo del Sagañón, tú mismo, a cuyo bautizo no asistió  por algunas diferencias  que mantuvo con tu padre pero te envío, como primicia de una futura unción, una medalla con la efigie de San Rafael que llevaste siempre al cuello. Fue como si Guerrita presintiera tu destino, y un día, cercana ya su muerte, te oyera repetir las firmes palabras del Custodio: “Te juro por Jesucristo Crucificado que yo soy “… El nuevo califa. Y se murió con la tranquilidad de ver que el cetro de la Tauromaquia estaba en buenas manos. En las tuyas, Manolo, en esas que ahora mantienes cruzadas sobre tu pecho y que tantas veces sostuvieron tu montera, negra como tus ojos tristes, negra como tu pena, y blanca por dentro como tu sencillez de niño grande.
 "La tarde de Santander". (26 de agosto de 1947) 
Pero tú no pudiste hacer lo mismo, porque en plena madurez y juventud se cumplieron las palabras del poeta que mejor cantó la muerte de un torero, y que también murió trágicamente en otra madrugada de otro agosto: “Voces de muerte sonaron/cerca del Guadalquivir“. Y a la vera de la romana Cástulo, entre un aire de tarantas dolientes, te dormiste para siempre. Mas no se quedó Córdoba huérfana de toreros ni se quedará nunca; sino que esa montera que parece dormir a tus pies no es solo un recuerdo, sino también y sobre todo, una promesa que aguarda, como Guerrita, la llegada de tu sucesor. Lleva más de cincuenta años esperando; pero, ¿qué son cincuenta años en una ciudad que hace diez siglos era el centro del mundo? Más años tienen el puente y la Mezquita, y ahí siguen como símbolos de la perennidad de lo cordobés. Por eso tengo la seguridad de que en el próximo siglo un paisano tuyo te pedirá que le corones con ella como nuevo Califa de la tauromaquia.
El gran aficionado cordobés don Carlos Valverde
Castilla (Priego de Córdoba, 1928-Córdoba, 2019)
Y mientras, se me antoja que este sueño tuyo vigila tan valiosa prenda para que nadie la profane. No ha sido profanación el que yo, en la parte superior de su casquete, el punto más alto de la torería cordobesa de todo un siglo, haya dejado un beso trémulo; y me ha parecido que en ese momento la cicatriz de tu cara se distendía y que por tus labios, como un relámpago, pasó una leve sonrisa. Y es que después de besar esa reliquia yo te confieso, Manolo, que otra vez creo en los milagros.

domingo, 1 de septiembre de 2019

BUEN AMANECER PARA LA MUERTE; MAL ANOCHECER PARA EL TOREO.

Por Corinto y Oro*
Manolete, óleo de Rafael Pellicer. 
Museo Taurino de Córdoba.
Ni un instante, desde que la pronunció, he podido olvidar la frase del torero grande, grandioso; del torero eje de una época, un estilo y una norma; el torero símbolo, ejemplo, código y ley del pundonor profesional: "Los asuntos taurinos se resuelven en las plazas de toros y no detrás de las mesas de los despachos".
Y en la plaza de toros ha resuelto Manolete, no ya un asunto, no ya un pleito, no ya una discusión; ha resuelto y trazado para siempre una inquebrantable línea de conducta profesional y personalísima: entregar la vida a un toro, a la fiesta dramática y a las muchedumbres del viejo y nuevo continentes, que lo encumbraron como únicamente se encumbra a un dios del toreo, a una deidad que la fiesta brava creó para mantener enhiesto su estandarte de bizarría, belleza y tragedia. A pleno sol, rodeado de muchos miles de almas que conciliaban su idolatría con su exigencia en torno al ídolo, en una plaza provinciana no de gran capital, no de Maestranza, no de alto tono, no exornada con la presencia en racimo de destacadas personalidades; en fin, en un ruedo de segundo orden, en una población sin relumbrante historia taurómaca, en el que acaso tenía disculpa lo de "salir del paso", allí ha sucumbido Manolete, la montaña más alta del toreo contemporáneo. Y ha sucumbido para que la ética de la profesión de matador de toros tuviera en él su más sagrada defensa.
Manolete. Óleo de Diego Ramos
Se ha repetido la historia en la que en días aciagos para el toreo dieran con su cuerpo en tierra, para siempre, otros dos ídolos igualmente glorificados por la afición: Joselito y Sánchez Mejías. Los ruedos de Linares, Talavera y Manzanares han ofrecido a la fiesta de toros, en el transcurso de poco más de un cuarto de siglo, tres páginas de la más desgarradora emoción registradas en este siglo. Pepe-Illo, el Espartero y Manolo Granero, figuras cumbres también del grandioso espectáculo español, cayeron en un redondel cumbre como ellos, el de Madrid. Manolete, Gallito y Sánchez Mejías acaso exaltaron su propia grandeza, su grandeza máxima, dejándose matar en una plaza de escaso tronío, aunque de amor profundo al toreo, que siempre ha cultivado con calurosa afición.
Manolete. Cartel de Cros Estrems
El viejo cronista que firma esta crónica no figuró entre los trovadores ardorosos de Manolete, el torero grande y, señaladamente, el grandioso matador de toros, ya que si su estilo con el capote y la muleta se discutió, porque no era indiscutible —después de la riqueza de clase que dejó Juan Belmonte—, no podía dudarse de su pureza en la ejecución del volapié: derecho, despacio, con recreo en la arrancada, la muleta "muerta" en el hocico de la res, la mirada y el corazón fijos en el morrillo, la salida limpia por el costillar… El viejo crítico firmante no fue trovador de él, no figuró en su "cuartel general", no tuvo ningún contacto con el hombre, aunque admiró noblemente, y como el que más, al torero extraordinario, adalid y orgullo de esta época, y de imborrable recuerdo en lo que a la fiesta de toros le quede de vida. Manolete, en fin, ha muerto sin que yo haya tenido la satisfacción de estrechar su mano, esa mano que con tanto acierto y con tanta dignidad echaba a rodar los toros sin puntilla. Pero, en cambio, las mías se juntaron frenéticas muchas tardes para "certificar", desde mi modesto y anónimo sitio de muy alta fila del tendido en Madrid, el entusiasmo que me producía la conducta recia e indomable del matador de toros sin trampa que a Córdoba dio el honor que antes le dieran Lagartijo, Guerrita y Machaco
Un concilio de horror, estremecimiento y propaganda para el toreo, se abre paso a través de los millares de frases, elogios, crónicas y versos que la dolorosa tragedia taurina de Linares ha dado en catarata al mundo entero, porque Manolete estuvo siempre tan cerca de los millones como de la mortaja. Y, como secuela de esta propaganda de tragedia y belleza, de lágrimas y frenesí, las muchedumbres seguirán pidiendo sangre y entregando su dinero a torrentes a los arlequines de seda y oro que el ejemplo de Manolete deja en las plazas. Son sus ídolos; ellas los hacen, y como de ellas son, unas veces los ensalza y glorifica como a dioses y otras los vapuleada y estruja como a guiñapos.
Manolete. Dibujo de Pepe Sala 
Buen amanecer para la Muerte; mal anochecer para el Toreo. La Parca, con satánica burla, se ha puesto sobre sus esqueléticos hombros, en la plaza de Linares, el capote de paseo de Manolete, mientras al gladiador táurico lo ha metido en un sepulcro con brutal empellón. Y acaso no se conforme con esta fechoría, porque seguramente su trágica estampa y su voz seguirán ahora asomándose a los redondeles taurinos para que los áureos arlequines que quedan sobre la escena tiemblen ante las astas de los toros y pierdan "su sitio", caliente aún el recuerdo del drama, para que la virilidad de la fiesta se resquebraje y para que el toreo caiga en un estado de dolorosa postración y mortecina gravedad. 
También se enriquece, y ahora con ruido estrepitoso, la trágica leyenda de la divisa de Miura. Al entrar Manolete en la eternidad, un grupo de víctimas de la divisa verde y negra —verde y encarnada fuera de Madrid— habrá recibido a Manolo con las lágrimas y el dolor con que ellos se fueron. El Espartero, Pepete —abuelo de Manolo—, Llusio, Fabrilo, Dominguín —aquel ídolo del madrileño barrio de Lavapiés— y Faustino Posadas darán al glorioso torero cordobés, adalid del pundonor frente a la fiera, una luctuosa bienvenida. Como en la tragedia de Talavera, que tuvo por blanco y víctima al gigante Joselito, la fatalidad ha puesto a la bandera del toreo un nuevo crespón de luto, en cuyo lazo se escribirá, para no borrarse nunca, el nombre de Manuel Rodríguez (Manolete).
Manolete, óleo de Daniel Vázquez Díaz
Y, a todo esto, el viejo cronista taurino firmante de esta crónica, aún sin ostentar el título de amigo de Manolete, ni el de cantor de Manolete, ni siquiera el de conocido de Manolete, pero sí el de admirador de Manolete, profundo y leal, del tendido al ruedo exclusivamente, no ha podido reaccionar aún de la terrible impresión que recibió el viernes al conocer la noticia de que Manolete había sucumbido en la plaza de Linares, víctima de su deber, el deber de matar toros cara a cara. Tan profunda ha sido esta emoción, que hasta ahora mismo, al poner mi firma en la crónica, no se me había ocurrido pensar en el destrozo de corazón sufrido por esa madre, mártir de la Fatalidad.
CORINTO Y ORO
(Publicado en SEMANA, Madrid, 2 de septiembre de 1947)

*Con el seudónimo de CORINTO Y ORO firmaba sus crónicas Maximiliano Clavo de Santos. Arévalo (Ávila), 13/6/1879 - Madrid, 12/11/1955.

CAPOTE DE GRANA Y ORO, pasodoble de Quintero, León y Quiroga, interpretado por Juanita Reina

jueves, 23 de agosto de 2018

MANOLETE: DE VALDEPEÑAS A LINARES

Por Antonio Luis Aguilera

Valdepeñas, 8 de agosto de 1947. En la puerta de arrastre:
Manolete, Pepín  Martín Vázquez y Curro Caro. Foto Cano.
Faltando veinte días para la cita de Linares, Manolete vio la muerte en Valdepeñas. Fue una tarde extraña, de calor sofocante que encendía el griterío de los tendidos, en un ruedo seco, que levantaba nubes de arena con las inciertas embestidas del encierro de Concha y Sierra. Se observaba preocupación en las caras de los toreros ante el feo estilo de la corrida. Curro Caro despachó su lote con oficio. Manuel Rodríguez había cortado las orejas y el rabo del segundo, trofeos que hubo de rechazar ante las protestas del respetable; en el quinto se dividieron las opiniones, algo habitual en un público cada vez más en su contra. Pepín Martín Vázquez escuchó palmas en el tercero y buscaba tocar pelo ante el sexto, al que saludó con hermosas verónicas e hizo un bonito quite por chicuelinas, silenciando así las protestas que denunciaban la cojera del animal en la pata izquierda.

El toro no obedece y busca a Pepín. Foto Cano
En el callejón, sin soltar el capote, Manolete fumaba un cigarrillo atento al planteamiento de faena de Pepín, que inició el trasteo con unos estatuarios que fueron ovacionados. Con la muleta en la izquierda el toro protestó al tomar el primer natural, repuso y, sin atender el toque, volteó al torero corneándole con saña en la pierna izquierda, hasta que el diestro cordobés acudió de inmediato e hizo el quite. El silencio se apoderó de la plaza ante la visible hemorragia, el nerviosismo del trance, y los rostros desencajados de los compañeros asistiendo al herido para conducirlo a la enfermería. En otro lado del palenque, Manuel Rodríguez fijaba con su capote la atención del toro, observando el pitón ensangrentado y esa mirada fiera, cargada de muerte, que solo saben ver los toreros. 

La carrera de Pepín quedaría marcada por
 la cornada de Valdepeñas. Foto Cano
Dentro del cuarto del hule, las expertas manos del doctor Alfonso Izarra lograron contener la hemorragia en una operación de urgencia vital, pero la gravedad de las lesiones exigía el traslado del herido a un centro hospitalario adecuado, para llevar a cabo una delicada intervención de reconstrucción vascular. No había tiempo que perder. Madrid quedaba a más de doscientos kilómetros y la zozobra comenzaba a adueñarse de los hombres del toro. Manolete ofreció su Buick azul para llevar al compañero hasta el Sanatorio de Toreros, donde avisado aguardaba el doctor Jiménez Guinea, y ocupando el asiento del volante abandonó velozmente la ciudad manchega. Tras el penoso e incierto trayecto, la eficaz intervención del célebre cirujano devolvía a los toreros la esperanza y la sonrisa al filo del nuevo día. Pepín había salvado la vida. 

 El toro busca a su presa, pero Manolete llega a tiempo y hace el quite. Foto Cano
Antes de abandonar Madrid, para cumplir los contratos del agosto más duro de su carrera, Manolete acudió al Sanatorio para animar a Pepín y despedirse. Ninguno de los dos podía imaginar que el adiós sería para siempre. Muchos años después, el gran torero de Sevilla manifestó que nunca pudo olvidar el gesto de su compañero, confesando que el beso que le dio Manuel para despedirse era el recuerdo más hermoso que guardaba de su paso por el toreo: “De Manolete me pasaría la vida entera diciendo cosas. Lo recuerdo constantemente. Fue un hombre inmenso y un torero como no he conocido otro. Ahora pienso que yo tuve mucha suerte en Valdepeñas y él muy poca en Linares. O al revés, porque los hombres no seremos nunca capaces de entender los designios de Dios”.  
       
Manolete y Antoñita Bronchalo Lopesino (Lupe Sino), felices en Estoril. Foto Lara.

Para el cordobés continuaba el viacrucis en que le habían convertido la temporada del año 1947 desde el regreso de México. Con pena observaba cómo el público que antes le aclamaba entusiasmado, ahora le insultaba y le enseñaba el precio de las entradas. Había dado fruto la campaña antimanoletista llevada a cabo por un influyente sector de la crítica, clanes taurinos y diestros que fueron incapaces de aguantarle el pulso en la plaza: la oscura alianza que buscaba destronarlo desprestigiándole y acusándole de ser el culpable de todo lo peor del toreo. Manolete anhelaba acabar pronto la temporada, colgar el traje de luces para siempre, y casarse con Antoñita, la mujer que amaba, cuyo enlace matrimonial estaba señalado el día 18 de octubre de ese año en Barcelona, como reveló más tarde quien fue confidente del propio torero, el periodista don Antonio Bellón. Manolete pensaba que había llegado la hora de disfrutar de su fortuna, antes de que pudiera arrebatársela un toro, pero su estricto sentido del deber le imponía cumplir los compromisos adquiridos y entregarse al máximo en cada plaza. Y precisamente eso fue lo que hizo: cumplir la palabra dada, con los puntos aún sin cicatrizar de la cornada sufrida el 16 de julio en Madrid, su última tarde en Las Ventas, corrida de Beneficencia que toreó gratis, cediendo los honorarios para los necesitados. 

Linares, 28 de agosto de 1947: Manolete herido de muerte por Islero. Foto Cano.

Agosto barruntaba tormenta. Se desencadenó en Linares como pudo haber sido en cualquier otro lugar. Un relámpago cegador rasgó la tarde, y el tremendo estruendo del trueno enmudeció todo el orbe taurino. Lo que vino después resulta conocido. O no tanto, porque ante el horror de la muerte del torero, no tardaron en aflorar sentimientos de culpa y medias verdades, con las que forjaron una historia sentimental y dulzona, con aires de leyenda,  narrada con los tonos hipócritas de aquella España en blanco y negro. Se obviaba el drama de un hombre joven, que hubo de sufrir durante años el desprecio de los suyos por la mujer que amaba, con la que convivía desde 1943, porque su madre y entorno más cercano no la consideraban digna de ser su esposa. Tras la crucifixión faltaba la lanzada, ejecutada en el hospital de Linares por los que presumían de ser sus amigos, al negar a Antoñita el paso a la habitación de Manolo hasta que en ella moraba un cadáver. Terminaba el acoso y derribo del rey de los toreros. Nacía el mito. Fue en la corrida veintiuno de su temporada española, el mismo número que llevaba marcado a fuego Islero, el toro de Miura que lo mató, cuyo certero derrote silenció tanta culpa inconfesable.