miércoles, 16 de octubre de 2019

"LAGARTIJO": EL CALIFA Y SU TROPA TORERA

Por Rafael Sánchez González
 Lagartijo. Busto del torero en la calle Osario de Córdoba
En un amplio estudio sobre la vida artística de un diestro de la magnitud de Rafael Molina Sánchez Lagartijo, sería injusto olvidar a quienes con él compartieron avatares en los ruedos. Aquellos hombres que con su eficaz trabajo colaboraron para que, en su larga trayectoria profesional, el primer califa del toreo pudiera escribir brillantísimas páginas en la historia de la tauromaquia. En una época, además, en la que muchos de los peones de a pie, cubierta ya su etapa de aprendizaje bajo la tutela de destacados diestros, competían después con ellos en la arena tras recibir el grado de matador de toros.
Si complejo resulta poder recopilar datos acerca de los picadores y banderilleros que actuaban, transcurrido ya un siglo, mucho más complicado aún es tratar de hacerlo con relación a un espada que permaneció en activo como matador de toros durante veintiocho años y, entre titulares y agregados o bien eventualmente, llevó a sus órdenes una extensísima nómina de personal subalterno.
No cabe la menor duda de que Lagartijo, sabedor de la importancia que tenía, prestó siempre gran atención a quienes habrían de estar a su lado en la arena, en cuyo menester dio siempre prioridad a sus paisanos, amparado, justo es también significarlo, en la reconocida valía de los numerosos toreros que por aquellas calendas aportaba Córdoba al toreo.
Francisco Montes Paquiro
Antiguamente se contrataba solamente a los matadores, con independencia de las cuadrillas, y aun cuando, a la muerte de Pedro Romero, fue Jerónimo José Cándido el primero en rodearse del mejor personal que había, es a Francisco Montes Paquiro a quien se debe la organización y el orden de los subalternos en el ruedo. Así, cuando Lagartijo tomó la alternativa muy pocos espadas tenían todavía cuadrilla fija. La empresa de la plaza de toros de Madrid ajustaba por toda la temporada a banderilleros y picadores, que actuaban indistintamente con los matadores que lidiaban las corridas, salvo algunos que excepcionalmente acudían con ella constituida, o aquellos que, por amistad o paisanaje, llegaban acompañados de algún elemento.
El cartel del festejo en el que Lagartijo confirmó su doctorado el 15 de octubre de 1865, no precisa los subalternos de a pie que en ella trabajaron, y respecto a los de a caballo dice lo siguiente: "Picadores.- De tanda: Onofre Álvarez y Manuel Sacanelles, con otros tres de reserva, sin que en el caso de inutilizarse los cinco pueda exigirse que salgan otros". Onofre Álvarez, o Rafael Álvarez Rodríguez Onofre para decirlo correctamente, pertenecía entonces a la cuadrilla de El Gordito, y aunque residente en Córdoba, donde murió, era de procedencia manchega; y respecto a Sacanelles cabe la duda de si toreaba esa tarde con Cayetano Sanz o con Lagartijo. Se sabe que antes de dedicarse a picar toros tuvo un pequeño taller de ebanistería y falleció en Madrid de enfermedad crónica hacia 1875. Como banderilleros acompañaron aquel día a Lagartijo, el cordobés Benito Garrido Villaviciosa, primero que permanentemente tuvo a su lado, y los sevillanos Juan Yust y José Gómez El Gallo, iniciador del que después sería famoso apodo taurino.
Rafael Álvarez Rodriguez Onofre
Desde 1865 a 1869, no existe duda de que los peones que con más frecuencia actuaron para Lagartijo fueron los citados, aunque variando algo el personal por provincias, ya que en 1866 figuró en repetidas ocasiones como banderillero y media espada el sevillano José Giráldez Jaqueta, a quien Rafael dio la alternativa -primera que concedió- el 5 de septiembre de 1869, y falleció víctima de una grave enfermedad cerebral a la que le llevó su entrega a la bebida.
Difícil resulta precisar quienes fueron los picadores que figuraron a sus órdenes en el referido periodo, puesto que ni en la prensa ni en los estudios acerca del espada se encuentran muchos datos al respecto. En 1866, según carteles de la época, aparecen Juan Antonio Mondéjar Juaneca, el corpulento y valiente Antonio Arce y Domingo Granda El Francés, uno de los varilargueros más aplaudidos en la plaza de Madrid, pues además de agarrarse bien con los toros realizaba la suerte con vistosidad.
En 1867 parece ser que iban en su cuadrilla el fornido piquero utrerano Miguel Alanís, y puede que continuara en ella El Francés. En 1868 no toreó Lagartijo en Madrid, por lo que todavía resulta más complicado conocer qué varilargueros llevó por provincias, teniendo en cuenta la escasa información que de estas actuaciones se tiene; sin embargo, podría afirmarse que picaron a su lado el citado Domingo Granda y José Marqueti, quien de mozo de caballos pasó a tirar la vara de majagua, y terminó como empleado en una compañía de ferrocarriles.
Antonio Sánchez El Tato
Al quedar inútil para el toreo Antonio Sánchez El Tato, a consecuencia de la cornada que le infirió el toro Peregrino (7-6-1869), un veterano ilustre de su cuadrilla pasó a la de Rafael Molina; me refiero a Antonio Calderón, primogénito de la famosa saga de picadores alcalaínos, al que familiarmente llamaban el Presbítero, por ser el único de los cuatro hermanos que no lucía patillas.
La primera noticia categórica de la cuadrilla de Lagartijo proviene del programa del abono madrileño para la temporada 1871, en el que nominalmente se anuncian las cuadrillas de Rafael, Currito y Frascuelo. En la del cordobés aparecen Antonio Calderón y José Marqueti a caballo, y Juan Yust, El Gallo y Villaviciosa como hombres de a pie. Cabe pensar que desde 1869 hasta 1872, esa fue la tropa que utilizó en los ruedos el califa, aunque en sus intervenciones por provincias se produjesen algunos cambios, apareciendo alternativamente Rafael Bejarano El Cano, torero cordobés a quien mató en Jerez (24-6-1873) un toro de Laffite; el segoviano Mariano Antón, procedente de la cuadrilla de Currito, a la que había llegado tras dejar la de El Tato por el motivo indicado; y el todavía bisoño Juan Molina, hermano del califa, quien desde 1871 venía toreando para su pariente Manuel Fuentes Bocanegra. Los dos últimos quedaron fijos a partir de la temporada 1873, ocupando los puestos de Juan Yust, aquél gran torero sevillano afincado en Córdoba, donde murió en plena lozanía (él y Caniqui parearon a Jocinero la tarde que el miureño le partió el corazón al agalludo Pepete); y Villaviciosa, que al retirarse pasó a ser consejero de su jefe, hasta que en 1883 le llegó la muerte. Los tres, Mariano Antón, Juan Molina y El Gallo, serían los banderilleros que, con toda certeza, acompañaron a Lagartijo hasta 1882 inclusive.
Antonio Calderón
Volviendo a los picadores, en 1874 los que llevo de plantilla a Madrid fueron Antonio Calderón y El Francés, trabajando también mucho con él en ese año y siguientes, Juaneca, Marqueti y José Calderón, a los que habría que añadir aquellos que además ponía la empresa de la Villa y Corte, siendo los de mayor asiduidad Antonio Benítez El Grapo y Manuel Feijóo, antiguo coracero de la reina, de corpulenta talla, al que le fue concedida la Cruz de Beneficencia por salvar de perecer ahogados a dos mujeres y un cura, cuya barcaza volcó atravesando el río Guadiana. Emigrado a México en 1890, nunca más se supo de él. De los mencionados picadores agregados, el arrogante Juaneca fue al que más utilizó, y hubiera ocupado un sitio fijo, de no ser por su violento y díscolo carácter, motivo por el que no echó raíces en ninguna cuadrilla a pesar de agarrarse bien y castigar con dureza a los toros. Madrileño muy popular, su sombrero calañés, que nunca abandonaba, constituyó, junto con Gonzalo Mora y Ángel López Regatero, el final de una característica manera de vestir entre los toreros. Como no podía ser de otra forma, falleció en la Cárcel Modelo, donde había ingresado a raíz de la tumultuosa riña que se produjo en una taberna, de resultas de la cual falleció un hombre.
Con un equipo variable de picadores, siendo el único permanente Antonio Calderón, y saliendo a veces su paisano Onofre, y sus mencionados peones de plantilla, Lagartijo hizo las temporadas 1874, 1875 y 1876.
Juan Molina Sánchez
En la de 1877, retirado el viejo Calderón, formaron ya a su lado otros dos componentes de la famosa saga de Alcalá de Guadaira; el ya citado José y su hermano Manuel, que habrían de seguir con el califa largo tiempo. Así, llevando a estos dos picadores, y de banderilleros al muy hábil Mariano Antón, al siempre elegante José Gómez El Gallo, a Juan Molina, convertido ya en dueño y señor de la lidia, y en ocasiones a su otro hermano Manuel, al que daría la alternativa en Murcia el 5 de septiembre de 1879, cubrió Lagartijo las campañas de 1877 a 1882, ambas incluidas.
Al finalizar dicho año 1882, Mariano Antón, agotadas ya sus facultades -tenía 54 años de edad- abandonaba el toreo, dedicándose a su familia y a la agencia taurina que montó. Aquel aprendiz de zapatero acabó siendo uno de los subalternos más importantes de la época, del que mucho aprendió a su lado, superándole a todos después, el inconmensurable Juan Molina. Al sustituirle entró en la cuadrilla, a instancias de Juan -cuñado de este- Manuel Martínez Manene que, aún siendo poco conocido todavía no tardó en hacerse un sitio entre los banderilleros de primera fila.
Rafael Bejarano Carrasco Torerito
Finalizada la temporada de 1884 Rafael Molina despidió al Gallo, ocupando su puesto Rafael Bejarano Torerito, sobrino político del espada, que ya había sustituido a José Gómez durante la enfermedad que padeció aquel año. No gustó la determinación tomada por el califa, muy criticada por toreros y aficionados, que no olvidaban los dieciocho años de fidelidad y eficacia a su lado, y aunque El Gallo se encontraba ya en decadencia y quebrantado de salud, seguía cumpliendo con lucimiento gracias a su pundonor y saber estar en el ruedo. Apenas llevaba retirado medio año, su fatigado corazón dejo de latir, doblado ya el mes más florido de Sevilla. Diez años después nacería en Gelves quien habría de elevar tan artística dinastía a lo más alto del toreo, su sobrino José Gómez Joselito.
A partir de entonces la lista de banderilleros de Lagartijo quedó formada por Juan Molina, Manene y Torerito, y en octubre ingresó un torero que ya venía pidiendo paso de figura, Rafael Guerra Guerrita, que permaneció en la cuadrilla hasta su alternativa en 1887.
Con Rafael Molina Lagartijo empieza a hablarse de la elegancia en el torero
La etapa más brillante de la trayectoria taurómaca del primer califa cordobés que trenzó coleta, Rafael Molina Lagartijo, va unida a la de su hermano Juan, el mejor peón de toda la historia de la tauromaquia, y a la de los hermanos Calderón, tres de los cuales picaron a sus órdenes (tan solo Francisco no lo hizo). Como bien escribió El Bachiller González de Rivera: "Sería imposible olvidar aquellas figuras huesudas acartonadas, de grave semblante adornado con anchas patillas entrecanas. Manuel suprimió el adorno capilar en 1885, pero José -al que llamaban El Dientes- lo conservo toda su vida, siendo el último picador patilludo que ha cabalgado en plaza”. En 1887 se retiró, sustituyéndolo en las corridas de Madrid Francisco Parente El Artillero, un gallego que fue gastador en artillería -de ahí su apodo-, quien después de probar en varios oficios se hizo picador por una apuesta, y aunque sin tener jefe fijo picó para varios toreros, dado que le atizaba fuerte a los morlacos. A comienzos del siglo XX dejó de existir en el sanatorio que para enfermos mentales se levantó en Ciempozuelos (Madrid). Por provincias, en virtud a la amistad que les unía con ellos y las oportunidades que siempre ofreció a sus paisanos, Rafael llevó a Juan Rodríguez el de los Gallos, que comenzó como torero de a pie y acabó haciendo funciones de torilero en el coso de Los Tejares, y al que algunos historiadores vinculan con la anécdota del gallo de pelea que solicitó Lagartijo aprovechando una situación comprometida del varilarguero (otros tratadistas taurinos la relacionan con el también picador Rafael Álvarez Onofre); y Joaquín Vizcaya, mejor jinete que torero. A los dos venía ya utilizándolos desde 1880, confianza que no les retiró hasta 1893, en que dejó de vestir el traje de luces.
Lagartijo
José Calderón reapareció el 31 de agosto de 1887 en Málaga, y lo hizo enrolado de nuevo entre el personal de Lagartijo, con el que siguió hasta finales de 1899 en que se retiró definitivamente, viviendo los últimos años en su natal Alcalá de Guadaira, donde el 15 de mayo de 1896 dejó el mundo de los vivos. Manuel Calderón permaneció al lado del diestro cordobés hasta su muerte, ocurrida en Aranjuez el día más señalado de este Real Sitio, como es el 30 de mayo festividad de San Fernando, corriendo el año de 1891, y fue a consecuencia de la conmoción cerebral que le sobrevino al caerle encima la cabalgadura tras el derribo que le ocasionó el toro Lumbrero, de Veragua, lidiado en primer lugar aquella tarde. A José lo sustituyó el citado Juan de los Gallos, quien a mediados de 1890 fue reemplazado por su paisano Rafael Moreno Beao, un picador de mucho brazo, cuñado de Guerrita, con el que también trabajaría después. Y a Manuel Calderón le suplió en la cuadrilla el popular y bravo Agujetas, que figuró en las filas de afamados toreros y se mantuvo en activo hasta cumplidos sesenta años de edad, a pesar de lo cual, pobre y olvidado, murió en Madrid a comienzos de 1937. Estos fueron los dos varilargueros que Lagartijo llevó en los años 1891 y 1892, últimos de su carrera torera.
Rafael Caballero Matacán. Revista La lidia
Además picaron con él mucho en este periodo de 1890 a 1892 los cordobeses Juan Moreno Juanerito (que nada tiene que ver con ese Juanero el Feo, que dicen picó para el califa sin que existan pruebas fidedignas de ello), del barrio de Santa Marina, donde el 6 de noviembre de 1909 se quitó la vida de un disparo; Curro Gómez, de oscura ejecutoria; Rafael Caballero Matacán que, aún sin muchas pretensiones, cumplía tirando el palo a satisfacción de sus jefes; Antonio de Dios Comearroz, quien de picar piedras en las calles pasó a picar toros en los ruedos; el sevillano Juan Pérez, que emigró a México en 1894, donde fue mayoral de la ganadería de Tepeyahualco; Francisco Coca, aquel madrileño que tuvo que dejar prematuramente su actividad en los ruedos a causa de una progresiva obesidad; y dos más que actuaron mucho en la plaza de Madrid, el portuense José Pacheco Veneno, que si ciertamente no fue un prodigio encontrándose con los toros, les hacía daño gracias a su enorme corpulencia física; y Francisco Zafra El Artillero -otro de este apodo-, que falleció demente al final del siglo XIX. Será oportuno decir, que aquellos eran tiempos en los que numerosos picadores acabaron sus días totalmente locos -de huesos rotos ni les cuento-, fruto de los golpes que recibían en la cabeza, a consecuencia de los tremendos batacazos que sufrían un día sí y otro también.
 Mojino. Revista La lidia
Asimismo, agregados a su cuadrilla, desde 1880 a 1887, trabajaron con Lagartijo el banderillero aragonés Lorenzo Quilez, que falleció en Zaragoza cuando todavía no había cumplido 42 años, al hacérsele crónico un extraño padecimiento que contrajo en uno de sus viajes a tierras americanas; los madrileños Eusebio Martínez; Cosme González, quien una vez retirado fue concejal del ayuntamiento de Aranjuez, donde había nacido; y Tomás Parrondo el Manchao, que alcanzó a tomar la alternativa en Barcelona el 24 de septiembre de 1889, y como tantos otros, triste y olvidado acabó su existencia en una modesta habitación de la madrileña calle del Ave María, víctima de cruel enfermedad mental; y los cordobeses José Bejarano Carrasco, hermano del Torerito, de irregular trayectoria; y Rafael Rodríguez Calvo Mojino, el mayor de los tres hijos toreros de Caniqui, y uno de los más brillantes banderilleros de aquel tiempo. El rey del sesgo le llamaron por su perfección clavando los rehiletes de tal forma. Inseparable amigo y compañero de Guerrita -por no darle sitio en su cuadrilla Fernando Gómez El Gallo se salió de ella Rafael Guerra-, el Mojino tuvo que dejar el toreo en 1896, cuando más cuajado estaba, a consecuencia del tremendo pisotón en la espalda que, estando caído en la arena al salir de un par, le dio el toro Regalón, de Udaeta, en la plaza de Madrid -mano a mano entre Guerrita y Mazzantini- el 31 de mayo de 1891, accidente que acabó costándole la vida cinco años después. Dicen que fue ese uno de los días más tristes en el bullicioso barrio de la Merced.
Las cuadrillas de Frascuelo, Mazzantini y Lagartijo
Óleo de Daniel Vázquez Díaz. Museo Reina Sofía
En 1887 Lagartijo presentó en el coso de la Villa y Corte la mejor cuadrilla de toreros que haya podido conocerse en los ruedos. Estaba formada por El Artillero (Francisco Parente) y Manuel Calderón como picadores, y a pie nada menos que Juan Molina, Manene, Torerito, Guerrita -en septiembre tomaría la alternativa- y el Mojino. Durante sus estancias en Madrid, Rafael Molina solía visitar los cafés La Iberia e Inglés. Encontrándose en este último, en cierta ocasión le advirtieron del corridón de toros que aguardaba en los corrales de la plaza, al que habría de enfrentarse el día siguiente. Sin perder su compostura contestó a los contertulios: "En estando güenos yo y mi gente, ya nos puede jechar si quieren los güeyes". Bien seguro estaba el califa de la tropa que, tanto de caballería como de infantería, llevaba a su mando.
Rafael Guerra Bejarano Guerrita
Aplazada por lluvia el día anterior, el 26 de diciembre de 1888 se celebró en Córdoba una novillada con reses de Lagartijo, en la que varios subalternos intervinieron como espadas. El encierro salió manso y con bastantes problemas -hasta Guerrita, que bajó a auxiliarles, resultó herido en una mano-, al extremo de que el cuarto ejemplar, de nombre Aguardentero, enganchó violentamente a Manene al hacer un quite, infiriéndole tan grave cornada -le destrozó la vejiga-, que en la noche del día 28 le sobrevino la muerte. Otro día de luto en los aledaños del viejo matadero cordobés. Para sustituirle, Rafael Molina, por amistad y corazón más que por verdaderos merecimientos, dio cabida en su cuadrilla a un hermano del infortunado Manuel Martínez, de igual apodo y de nombre Rafael, al que los cordobeses llamaban Martín.
Salvador Sánchez Frascuelo
Matador de toros Guerrita desde el 29 de septiembre de 1887, -justamente dos años más tarde tomaba también la alternativa, de manos de Lagartijo igualmente, Rafael Bejarano Torerito-, ocupó su puesto el sevillano Manuel Antolín, eficaz e inteligente torero que figuró en las filas de importantes espadas. Aquel mismo año (1889), al deshacerse de la cuadrilla de Salvador Sánchez Frascuelo -se retiraría el 30 de mayo siguiente-, consciente Rafael Molina de sus ya mermadas facultades físicas, solicitó los servicios de Antonio Pérez el Ostión, con el que además le unía buena amistad. En realidad este sobrio subalterno alavés era una planta exótica en las cordobesas huestes del califa, al que prestó eficaz colaboración pese a encontrarse también él próximo a retirarse, y a dejar este mundo, puesto que víctima de disnea falleció en Madrid el 14 de enero de 1894, a los 47 años de edad. Así es que la última cuadrilla de banderilleros que tuvo Lagartijo la compusieron Juan Molina, El Ostión, Antolín y Manene (Rafael), actuando en numerosas corridas la temporada de 1891 el madrileño Santos López Pulguita.
Antonio Pérez Ostión
Y llegamos a las cinco corridas que para su retirada convino Lagartijo en 1893, teniendo por escenario las plazas de Zaragoza, Bilbao, Barcelona, Valencia y Madrid -sabido es que renunció a torear en Sevilla hacía ya tiempo-, funciones en las que en calidad de sobresaliente de espada le acompañó su antiguo banderillero Rafael Bejarano Torerito, y como subalternos, unos en unas y otros en otras, le auxiliaron los picadores Agujetas, el sevillano Manuel Rodríguez Cantares, el fornido cordobés de novelesca vida José Arana y Molina Agustín Molina, Juan el de los Gallos, José Martín Pino, Francisco Sarasúa Charol, Francisco Zafra el Artillero y Antonio Cabezas Pajarero; y los banderilleros Juan Molina, Antolín, El Ostion, Manene, Pulguita, Manuel Blanco Blanquito, Antonio Bejarano La Fila y José Martínez El Pito. El último toro que estoqueó Lagartijo (Pandereto, de Veragua), lo picaron Molina y Pajarero, y lo banderillearon el propio Rafael y Torerito.
Al recordar a estos profesionales no debemos olvidar a quienes también acompañaron a Rafael Molina Sánchez Lagartijo, desempeñando funciones de puntilleros; así su hermano Francisco, fallecido en 1882, y el madrileño José Torrijos Pepín.
Larga relación de toreros, cuya formación dista mucho de la que se sigue en los tiempos que corren, de manera especial en lo que atañe a los banderilleros. Antes, para poder llegar con ciertas garantías a matador de toros, se empezaba como peón, mientras que hoy día se toma la alternativa para pasar, rápidamente en no pocos casos, al escalafón subalterno. Evidentemente, son otros tiempos.

Del libro LAGARTIJO EL GRANDE, CENTENARIO DE UN CALIFA DEL TOREO, del que es autor Rafael Sánchez González, editado por El Semanario La Calle de Córdoba en el año 2000.

martes, 8 de octubre de 2019

LA INFLUENCIA DE LAGARTIJO EN LA DINASTÍA DE LOS GALLO

Por Antonio Luis Aguilera

Lagartijo el grande. Centenario de un  Califa
del Toreo. Libro de Rafael Sánchez González
La mayoría de los libros de historia empiezan a hablar de la elegancia en el toreo con Lagartijo. Esta convergencia de los historiadores hace pensar que la llegada al toreo del espada cordobés debió suponer un cambio radical para la Tauromaquia. Su quietud y sus formas, el fino trazo de su toreo y su destreza en los tres tercios de la lidia, le convirtieron en el torero predilecto de la afición de su tiempo, que observaba como superaba a todos los que hasta entonces habían sido sus espadas favoritos. 
Rafael Molina Sánchez, proclamado Califa por la ingeniosa hipérbole del maestro de periodistas Mariano de Cavia, gozó del respaldo del público durante veintiocho años -casi tres décadas (1865-1893)-, contabilizando 1.632 corridas, de las que 404 fueron en la plaza de Madrid (llegó a torear en dos plazas de la Villa y Corte), estoqueando 4.867 toros (894 en Madrid). 
José María de Cossío, en su monumental enciclopedia "Los Toros", habla de su elegante magisterio, “cimentado en un valor auténtico y caracterizado por la belleza plástica de un toreo de capa admirable, una prodigiosa capacidad como banderillero, su portentoso dominio de muleta, y la formidable forma de ejecutar la estocada en sus primeros años”.
El crítico musical y taurino Antonio Peña y Goñi, partidario de Frascuelo, en el ameno e ilustrativo libro “Lagartijo y Frascuelo y su tiempo”, explica con detalle la dimensión taurina del Califa. Gracias a este análisis pormenorizado conocemos que ante un toro de mayor edad y sentido, de cornamentas desproporcionadas, y con un carácter donde el genio prevalecía aún sobre la bravura, Rafael Molina Sánchez destacó sobre el bullir de otros espadas con los que compartió cartel. 
Los siguientes párrafos ofrecen luz sobre el toreo del espada cordobés:

—“… Lagartijo torea con el busto; los pies no hacen sino acompañar los cadenciosos movimientos de una cintura flexible que imprime a todo el cuerpo ondulaciones llenas de abandono y gracia...”
“... el fondo y la forma, en fin, se dan la mano para hacer de Lagartijo la personificación del toreo más perfecto que haya podido existir, desde que hay toreros en el mundo”.
—“... Rafael no bulle jamás en la brega; está en ella como en terreno conquistado, anda más que corre, pisa siempre en firme y cae a plomo”.      
Tras esta magnífica descripción, donde prevalece la condición de aficionado ecuánime antes que su inclinación por Salvador, Peña y Goñi nos deja una reflexión histórica sobre Rafael Molina Sánchez:
“...el toreo de Lagartijo ha venido precisamente a limpiar con su aplomo y su elegancia toda la parte movida, chabacana y falsa del arte de torear de Cúchares, que heredó Antonio Carmona (Gordito), y transmitió éste a Rafael. Lejos de “correr delante de los toros”, Lagartijo ha venido a detenerse ante ellos, reemplazando lo artificial y forzado de lo cómico, con el poder y la verdad de lo bello; y su toreo ha sabido volver a su primitivo cauce las reglas de un arte que el temperamento de Rafael Molina y su maestría han llevado a su más acabada perfección”
Lagartijo en Madrid sale andando de la suerte 
Situados históricamente ante este grandioso personaje, hemos de significar que durante la competencia que mantuvo con Salvador Sánchez Frascuelo (1867/1890), Lagartijo se rodeó de formidables picadores y banderilleros, una tropa torera auténticamente excepcional –de la que en una próxima entrada escribirá el historiador taurino Rafael Sánchez González-. Sin embargo, en este texto queremos detenernos en el extraordinario banderillero José Gómez García –a quien el público apodó El Gallo porque su valentía y capacidad ante los toros recordaba a los gallos de pelea-, fundador junto a su hermano Fernando, matador de toros, de la histórica y célebre dinastía torera sevillana que utilizó este apodo, y que acompañó al Califa desde 1865 a 1884. Su hermano Fernando contrajo nupcias con la bailaora gaditana Gabriela Ortega, y serían padres de Lola, Fernando, Rafael, José y Trinidad Gómez Ortega.
El historiador y periodista Paco Aguado, en su obra “El rey de los toreros. Joselito el Gallo”, al hablar de la dinastía torera de los Gallo, se detiene en la significación que tuvo en el toreo la transmisión oral, las enseñanzas que fueron comunicadas verbalmente por los maestros José y Fernando a los alumnos de la escuela de Gelves, y la importancia singular que tuvo en este glosario de lecciones técnicas la huella del Califa
Dice Aguado en su obra: 
El rey de los toreros. Joselito el Gallo
—“Para dar idea del profundo lagartijismo que se profesaba en las tertulias de Gelves, basta solo con señalar que era rígida costumbre en ellas destocarse respetuosamente cuando alguien pronunciaba el nombre de aquel Califa a quien todos admiraron, sobre todo, Fernando El Gallo. Entre todos sus contemporáneos él fue quien más y mejor supo explicar todos esos conocimientos, porque él mismo supo aplicarlos ante el toro”.
El señor Fernando Gómez García no solo heredó el apodo de José, el brillantísimo banderillero del Califa, sino también compartió con este las enseñanzas y conocimientos asimilados en los dieciocho años que fue testigo del eficaz y elegante toreo de Rafael Molina, siendo lo más significativo que supo transmitirlo a sus hijos Fernando y Rafael, como estos después lo harían con José -el histórico Joselito o Gallito-, lo que nos lleva a reflexionar sobre la importancia de la huella de Lagartijo en el repertorio familiar: la variedad de suertes de capa y recortes, la elegante facilidad y maestría en banderillas, así como la eficaz capacidad resolutiva con la muleta para igualar y matar a los toros. De todas ellas hicieron gala en los ruedos sus hijos, el artista Rafael y el poderoso e intuitivo Joselito
Si entornamos los ojos tratando de adivinar la perspectiva de la historia, probablemente alcancemos a divisar la elegante y magistral torería de Lajartijo en el arte de los Gallo, quienes no solo pusieron en valor la torerísima herencia recibida, sino que el menor de la dinastía, el inolvidable Joselito, reveló el hilo conductor que habría de traer un nuevo concepto del toreo.  

miércoles, 2 de octubre de 2019

LA RIVALIDAD LAGARTIJO-FRASCUELO

Por Rafael Sánchez González
Rafael Molina Sánchez Lagartijo
De sobra es sabido que el máximo esplendor de la Fiesta de los toros coincide con aquellas épocas en las que la competencia entre dos diestros acapara la atención de los públicos. Para comprobarlo bastaría repasar la historia de la tauromaquia desde sus tiempos más remotos, o simplemente recordar etapas más cercanas.
La primera rivalidad en los ruedos que recoge la historia del toreo se remonta al siglo XVIII cuando eran ídolos Costillares, Pepe-Illo y Pedro Romero, con los que el toreo a pie tomó carta de naturaleza. Fue aquella una rivalidad a tres bandas, que alcanzó su punto más álgido durante la competencia que entre sí mantuvieron José Delgado (herido mortalmente en Madrid al entrarle a matar al toro Barbudo) y el coloso de Ronda, quien, según indican los historiadores, mató más de cinco mil toros en veintiocho años de actividad. Anciano ya, Pedro Romero dirigió la Escuela de Tauromaquia que en Sevilla fundara el rey Fernando VII, de efímera vida.
Después vendrían otros enfrentamientos directos entre espadas, que si bien sirvieron para dar mayor interés a los festejos taurinos, no prevalecieron durante mucho tiempo ni alcanzaron niveles que marcaran hitos para los anales de la tauromaquia. Así, las parejas que formaron Curro Guillén y Jerónimo José Cándido, Juan León y El Sombrerero, Cúchares y El Chiclanero o El Tato y El Gordito. Sería con Rafael Molina Lagartijo y Salvador Sánchez Frascuelo, cuando la pasión por los toros volvió a polarizar la atención de todo el país. Un clamor que no volvería a repetirse entre los españoles hasta la llegada a las plazas de Joselito y Belmonte.
Hasta encontrarse con Frascuelo, Lagartijo "había puesto ya en su sitio", es decir, había arrinconado a quienes venían disfrutando de las preferencias de los aficionados.
Salvador Sánchez Povedano Frascuelo
Toreros consagrados como Curro Cúchares, el infortunado Tato (al que después socorrería en situaciones económicas comprometidas), Manuel Domínguez, El Gordito –su maestro-, el también cordobés Bocanegra o el patilludo y elegantísimo Cayetano Sanz. Ninguno pudo hacer frente y robarle aplausos al primer califa del toreo. Ninguno, hasta que apareció en escena Frascuelo.
Con esta pareja encontró el toreo su contrapunto ideal. Y los españoles, dos toreros en los que repartir sus preferencias. Podría decirse, que para ellos no era entonces tan importante seguir políticamente a O'Donnell o Narváez como identificarse con Lagartijo o Frascuelo. En ese momento de gran decadencia de las letras, caducado ya el Romanticismo, incluso los intelectuales, al margen de elegir la oratoria de Emilio Castelar o del canónigo Emilio Monterola, se alistaron a uno de los dos bandos taurinos. En aquella España se era carlista o republicano como se podía ser lagartijista o frascuelista. Pero cuando Rafael estaba bien, solo había lagartijistas en los cosos taurinos.
Aunque con el transcurso del tiempo fuese suavizándose, la acritud y dureza que en principio tuvo esta disputa levantó las más acaloradas pasiones entre las multitudes, muchas de cuyas discusiones, tanto en el tendido como en la calle, acabaron a estacazo limpio. Según el historiador Luis Carmena, "el bando lagartijista preponderó en todas partes con relevante ventaja por su número y me atrevo a decir, que por su cultura e inteligencia", mientras que, a decir de El Bachiller González de Rivera, “el frascuelista era más intransigente, más adusto, más rencoroso".
He aquí dos grupos de selección: a Lagartijo le miman Cánovas del Castillo, Rafael Calvo y Massini; a Frascuelo, Práxedes Mateo Sagasta, Julián Gayarre y Antonio Vico. Alrededor de estos, una larga lista de hombres ilustres. Rafael Molina cuenta con un altar en Lhardy; Salvador Sánchez lo tiene en Botín, aunque ello no impida que el califa coma cuando se tercie cochinillo asado, y Salvador poularde au maître d´hotel. Ellos saben alternar con todo el mundo y en todas partes. Lagartijo tiene un ferviente trovador en el dilecto cervantista Mariano de Cavia; Frascuelo goza con los himnos literarios de Peña y Goñi, paladín de la música y el toreo. Lagartijo tiene continente de emperador romano, Frascuelo muestra un ceño de sultán marroquí. Entre Córdoba y Granada se ha firmado un pacto de soberanía que no expirará hasta la retirada de los dos puntales de la Fiesta Nacional.
Lagartijo visto por Antonio Bujalance
Rafael Molina y Salvador Sánchez no solo tenían distinta concepción sobre las suertes de la lidia, sino que, además, eran también diferentes fuera de las plazas. Había surgido, por tanto, la pareja idónea para fomentar pasiones contrapuestas. De un lado, estaba la valentía insuperable del granadino, su pundonor, su amor propio, su bravura impresionante al tirarse a matar y la eficacia de su toreo seco pero auténtico; y de otro, el estilo puro, grave y florido a la par, flexible y afiligranado del cordobés, del que Guerrita decía que solo por verle hacer el paseíllo podría pagarse la entrada.
Estas dos grandes figuras, tan distantes entre sí, se complementaban armonizándose. Parecía como si los colosales pares de banderillas del cordobés, debieran ir engarzados en los inmensos quites aguantando del granadino.
En cierta ocasión el político antequerano Francisco Romero Robledo, queriéndoles poner en un compromiso, les preguntó quién de ellos dos era el mejor torero. Dudando qué contestar estaba Frascuelo, cuando resolutivo atajó el dilema Lagartijo con estas palabras: "No le des más vueltas, Salvaor; los mejores semos tú y yo… Y los peores, tu hermano y el mío", refiriéndose a los también matadores de toros Paco Frascuelo y Manuel Molina.
Lagartijo tomó la alternativa el 29 de septiembre de 1865. Dos años después (27/10) la recibió Frascuelo, y en 1868 comenzó una competencia que habría de durar hasta la retirada de Salvador en 1890.
En el referido año de 1868 fueron contratados para las corridas que habían de celebrarse en la feria del Corpus en Granada los días 7 y 11 de junio. Nada extraordinario ocurrió en la primera de ellas. Como era costumbre de cortesía, más antiguo Lagartijo -de verde y oro- cedió el primer toro de Concha y Sierra, Centello, cárdeno oscuro, a su compañero de cartel, que vestía un terno castaña y plata, y fue quien ganó por puntos la pelea, pues, aunque no resaltase su labor en ese animal, ni en el cuarto -que brindó a la popular bailarina Piteri-, cobró tal estocada en el sexto que fue aplaudido de forma entusiástica. Rafael también fue ovacionado en el segundo, pero no consiguió agradar en sus otros dos oponentes.
Frascuelo. Revista Sol y Sombra
Concluido el primer festejo, ambos matadores decidieron permanecer en Granada hasta el día 11. Entre tanto, por peñas y mentideros taurinos de la ciudad se fue caldeando el ambiente al extremo de picar el amor propio de los dos diestros, hasta tal punto, que realizaron el paseíllo con el firme propósito de comerse vivos a los seis astados de Saltillo que aguardaban en los corrales de la ya desaparecida plaza granadina.
Así lo refiere un historiador taurómaco: "Hasta el cuarto toro no hubo ocasión de que la rivalidad entre los espadas se pusiera de manifiesto. El bicho tomó diez varas, y Frascuelo al salir de un quite, quedó de hinojos ante el burel, ganándose la consiguiente ovación.
Entonces Lagartijo, al hacer el siguiente repitió la suerte, pero postrándose más cerca del toro y de espaldas. El público, ante el alarde, rompió en una atronadora salva de aplausos. Mas no acabó todo en eso, sino que, en un afán de superación, los dos se tendieron en la arena a una distancia increíble de la res. Los graderíos frenéticos de emoción hasta el paroxismo, tributaron a los espadas su más encendida muestra de admiración. Banderillearon colosalmente con las cortas -para complemento-, intentando Lagartijo clavarlas en silla, tentativa frustrada por las condiciones del saltillo. Una vez arrastrado el toro, el presidente les llamó al palco, reprendiendo tales métodos de ganar aplausos e invitándoles a que se ajustaran a las normas naturales de la lidia. Tal fue la emoción causada. No hay que decir que el público ya no cesó de ovacionarles toda la tarde y que salió encantado de tan memorable corrida".
Aquí arrancó una rivalidad taurina que duró veintitrés años.
Indudablemente Lagartijo arrastraba más seguidores, y por consiguiente acaparaba más interés para los empresarios.
Los madrileños, entre los que Salvador tuvo tantos adeptos acérrimos, eran mayoritariamente lagartijistas, por lo que no soportaban la ausencia de su ídolo por más de un año. Así, las campañas en las que no compareció (1879 y 1886 por ejemplo) las taquillas sufrieron serios quebrantos. En cambio cuando el de Churriana, acabada la temporada de 1880, dolorido y amargado decidió alejarse por unos años del ruedo capitalino (de 1881 a 1884 solo intervino, por un compromiso muy emotivo y personal, en la corrida extraordinaria de Beneficencia de 1882), no llegó a resentirse la economía del flamante empresario Rafael Meléndez de la Vega, sustituto del célebre Casiano Hernández, fallecido no hacía mucho.
Salvador en foto de estudio 
La última vez que Lagartijo y Frascuelo actuaron juntos fue el domingo 6 de octubre de 1889. Aquel año la plaza de la Villa y Corte ofreció uno de los abonos más interesantes, con los dos abuelos (así les denominaba entonces de manera cariñosa la afición madrileña) Mazzantini y Guerrita.
Dicho día se celebraba la corrida número trece de abono de la temporada y para ello se anunciaron tres toros con divisa encarnada, celeste y blanca de la ganadería del Conde de la Patilla, y otros tres con cintas celestes y encarnadas de la de Rafael Surga. Como sobresaliente figuró Manuel Antolín, que aquella tarde se estrenaba en la cuadrilla de Lagartijo ocupando la vacante de Torerito, alternativado el 29 de septiembre anterior. La corrida, que comenzó a las tres de la tarde, estuvo amenizada por la banda del Regimiento de Infantería de Saboya núm. 6, y presidida por el edil Enrique Benito Chavarri. Lagartijo vestía uno de aquellos ternos recamados con plata a los que tan aficionado era, acreditando con ello su buen gusto para la indumentaria torera, bordado el de dicha efeméride sobre seda de color canela. Frascuelo sacó su combinación favorita, traje grana con caireles de oro.
Por orden de lidia estos fueron los toros que en tal ocasión saltaron al redondel de la plaza madrileña: Capa-corta, Latero, Lagunero, Carpintero (un buey de Surga que fue fogueado), Cara-ancha y Coruñés, con los que, por no extendernos más, diremos solamente que ambos espadas dieron claras pruebas de su gran maestría y de las facultades físicas que aún conservaban.
Lagartijo
Esta fue, repito, la última vez que Lagartijo y Frascuelo coincidieron en un ruedo, cerrándose así una rivalidad taurina que tardaría mucho tiempo en repetirse.
Corría el año 1889 cuando Frascuelo, llena de canas su cabeza y de cicatrices el cuerpo, fatigado y deseoso de compartir con los suyos la tranquilidad del hogar, decidió dejar de torear. Al verse "solo" Lagartijo sus triunfos quedaron partidos por la mitad. Salía a las plazas apático, sin ese afán de lucha al que ya se había acostumbrado. ¿Quién iba a poner junto a sus faenas otras faenas? Y el declive que venía advirtiéndose en el califa se agravó al marcharse "su otro yo". Cuatro años después Rafael descansaba en Córdoba, donde tanto se le quería y admiraba. Otro cordobés había tomado ya el mando del toreo, Rafael Guerra Bejarano Guerrita. Pero éste, soberbio y altivo, porque podía y quería, no admitió competencias.

La rivalidad que Lagartijo y Frascuelo mantuvieron en la arena, en ningún momento empañó la admiración que recíprocamente sentía el uno por el otro, sellada con una sincera amistad. Numerosas son las citas de las que podríamos echar mano para corroborar esta doble circunstancia. Sirvan como ejemplo las dos siguientes. Convaleciente Lagartijo del percance sufrido en Madrid el 26 de junio de 1873 (el más grave de su vida taurómaca), el 13 de julio asistió desde un palco al extraordinario triunfo de Salvador, quien, vestido de azul con alamares negros, le brindó la muerte del tercer toro. Entusiasmado Rafael por la faena, envolvió su reloj de oro en un pañuelo y se lo arrojó al churrianero.

Herido Frascuelo -también en Madrid- por el toro Peluquero, bravo ejemplar de Antonio Hernández, la tarde del 13 de noviembre de 1887, corrida benéfica organizada por la Sociedad el Gran Pensamiento, acudió a interesarse por su salud Lagartijo, que nada más entrar en la habitación, le dijo: "¡Qué Grande eres!" contestándole a ello Salvador: "Como tú nadie. Tú eres el mejor torero que conocido. Delante de ti, yo me quito el sombrero, y no me quito la cabeza porque la necesito para torear".
Mascarilla del difunto Salvador
La amistad que mantuvieron en vida quedó confirmada con ocasión del fallecimiento de Frascuelo. Este había pasado la última etapa de su vida en Torrelodones, donde en más de una ocasión, por voluntad del rey, se detuvo el tren real en la pequeña estación del pueblo para que el monarca estrechara las manos del que un día fuera uno de los toreros favoritos de la aristocracia.
Aquejado de traidora pulmonía, por indicación de su yerno el doctor Porras, se le trasladó al domicilio de éste en Madrid (Arenal, 22),  y pese a los cuidados de los médicos que le atendieron, encabezados por el doctor Pérez del Hierro, el 8 de marzo expiraba uno de los más brillantes astros del firmamento taurino.
Mausoleo de Lagartijo. Cementerio Virgen de la Salud
Informado del suceso, Rafael Molina, que apenas había salido de Córdoba desde su retirada, se desplazó expresamente a Madrid para presidir el fúnebre cortejo. Cuentan, que al llegar a la sala donde yacía el cadáver se deshizo de la compañía del espada Lagartijillo y el picador Chano y entró solo. Al contemplar aquella rígida figura, cuyo enérgico rostro había labrado con hondas arrugas la gubia inexorable del tiempo, a la par que sus ojos se inundaban de lágrimas, cayó de rodillas, exclamando entre sollozos: "¡Pobre Salvaor!"… ¡Tanto luchá pa esto!”
Sin levantarse rezó durante largo rato, agarrotadas sus manos a las del Negro (como cariñosamente se le motejó) y la vista clavada en el compañero de tantas y tantas tardes de gloria. Allí estaban los dos frente a frente de nuevo, después de siete años de alejamiento. Pero en esta ocasión sin rivalidades ni rumor de clamores, en silencio. Hubo necesidad de sacar a Rafael del aposento, y sin que apenas le saliese la voz del cuerpo repetía una y otra vez: "¡Pobre Salvaor!... "¡Pobre Salvaor!...”
Así correspondió el califa con el único rival verdaderamente auténtico que había conocido en su larga ejecutoria profesional.
Rafael Molina Sánchez Lagartijo y Salvador Sánchez Povedano Frascuelo, no cabe la menor duda, llenaron uno de los periodos más sobresalientes y emotivos de cuantos ha conocido la densa historia de la tauromaquia.

Del libro LAGARTIJO EL GRANDE, CENTENARIO DE UN CALIFA DEL TOREO, del que es autor Rafael Sánchez González, editado por El Semanario La Calle de Córdoba en el año 2000.