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jueves, 4 de julio de 2024

EN ESA CASA NO NACIÓ «MANOLETE»

 Por Antonio Luis Aguilera

Relieve que recuerda la antigua casa donde nació «Manolete»


 

En la madrugada de un día como hoy del año 1917 nació en Córdoba, en el entonces número 2-A de la calle Conde de Torres Cabrera, el inolvidable torero Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete», hijo del matador de toros cordobés del mismo nombre, apellidos y apodo y de la albaceteña Angustias Sánchez Martínez. La fotografía que encabeza el texto corresponde a la placa conmemorativa que fue fijada en la fachada de aquella casa, demolida con el paso del tiempo para construir otra en su lugar, donde fue reutilizada la recordatoria manteniendo la leyenda. Pero desde entonces la lectura conduce a error a  los aficionados y turistas que visitan la ciudad y pasean siguiendo los pasos de la ruta manoletista, pues en la casa actual no nació el grandioso torero, sino en el lugar que ocupa esta. Sin embargo, las distintas corporaciones municipales no han considerado oportuno subsanar esta incorrección, que no habría sido muy costosa para las arcas públicas, porque solo tendrían que modificar «en esta casa» por «en este lugar».  

«Manolete» hijo vivió en cuatro casas de la Córdoba que lo vio crecer y hacerse torero, aunque generalmente los aficionados solo conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera. De allí la familia se trasladó a la calle Benito Pérez Galdós número 8, junto a la avenida del Gran Capitán, donde el 4 de marzo de 1923 falleció su padre, a los 39 años de edad. Posteriormente la madre fijó su domicilio en la Plaza de La Lagunilla, y en 1943 el torero adquirió el palacete de estilo colonial ubicado en la Avenida de Cervantes —antigua Carrera de la Estación—, que compró a la familia Cruz Conde y fue remodelado por el arquitecto don Carlos Sáez de Santamaría. Este palacete había pertenecido al periodista y escritor don José Ortega y Munilla, padre del filósofo don José Ortega y Gasset, que lo mandó construir en el año 1890.

La albaceteña Angustias Sánchez Martínez, madre de «Manolete», contrajo matrimonio con dos matadores de toros cordobeses. En primeras nupcias lo hizo con Rafael Molina Martínez «Lagartijo Chico», hijo del grandioso banderillero Juan Molina Sánchez —de quien se llegó a afirmar que un capotazo suyo era una lección de geometría—, y sobrino del magistral Rafael Molina Sánchez, el gran «Lagartijo», que fue proclamado «Califa del Toreo» por la ingeniosa hipérbole del famoso crítico aragonés don Mariano de Cavia y Lac. El matrimonio fijó su domicilio en la Plaza de Colón número 30 de Córdoba y de su unión nacieron tres hijos: DoloresAngustias y Rafael Molina Sánchez. Tras el fallecimiento de «Lagartijo Chico», ocurrido  el 8 de abril de 1910, Angustias Sánchez contrajo matrimonio en segundas nupcias con Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete», con quien tuvo cuatro hijos:  ÁngelesTeresaManuel y Soledad Rodríguez Sánchez.


PD.: El amigo y gran documentalista Juan Galán nos envía fotografías de prensa de la casa de Manolete cuando era derruida con esta información: 

"Te adjunto una foto de la casa genuina y de la lápida rota. El relieve del torero es de Rodríguez López, profesor de la Escuela de Bellas Artes, autor de las mascarillas de muerte de Julio Romero de Torres y de Manolete".







 

sábado, 15 de enero de 2022

LOS AVÍOS DE «MANOLETE» A SUBASTA

 Por Antonio Luis Aguilera

Terno pusísima y oro de «Manolete». Foto Sala Ansorena

Ha sido la noticia de la semana. La sala Ansorena de Madrid sacará a subasta pública el próximo 26 de enero, varios enseres profesionales que pertenecieron al matador de toros Manuel Rodríguez «Manolete». En concreto, un traje de luces color purísima y oro (precio de salida fijado en 30.000 euros), dos capotes de brega, uno usado y otro sin estrenar (precio de salida 8.000 euros), dos muletas (precio de salida 6.000 euros), y el fundón de las espadas que acompañó al inolvidable torero por los callejones de todas las plazas de toros donde actuó (precio de salida 6.000 euros). 

Ante lo que es legal no hay nada que objetar. Cualquier persona es libre de hacer con su patrimonio lo que considere conveniente, aunque pueda tratarse, como en este caso, de un tema sensible para los aficionados, a los que cuesta aceptar el destino de parte de los avíos de quien ha sido una de las más grandes figuras del toreo de toda la historia. Pero los sentimientos no rentan y figuran en otro orden de valores.

Capotes de brega de «Manolete». Foto Sala Ansorena

Hechos como este otorgan mayor valor a quienes han levantado el chalet del torero en la cordobesa avenida de Cervantes, convertido gracias a la loable iniciativa del chef Juanjo Ruiz y de su directora Reme Romero, en un formidable y precioso restaurante: «La Casa de Manolete Bistró». Los herederos lo intentaron derribar, pero el inmueble fue protegido por el Plan General de Ordenación Urbana de Córdoba, tras el fallecimiento en noviembre de 1980 de la madre del torero, cuando se pretendió su demolición para levantar en su lugar un edificio de viviendas.

Era el lugar que la afición anhelaba para convertirse algún día en el gran museo del torero, el lugar donde confluyeran todos sus enseres, un reclamo de primer orden turístico para los miles de peregrinos que siguen buscando por Córdoba las huellas de «Manolete». Pero faltó cariño a su memoria y, por supuesto, iniciativa pública y privada, razón por la que la casa quedó abandonada a su suerte hasta que fue adquirida por una constructora, que al quebrar traspasó la propiedad a un banco, y finalmente fue adquirida por un empresa cordobesa que la arrendó a los propietarios del prestigioso restaurante que alberga. Gracias a ellos la casa está en pie y da gusto verla de lo bonita que la tienen.

Fundón de los aceros de «Manolete». Foto Sala Ansorena

Hace años la vida nos deparó la gran sorpresa de tener en nuestras manos varios de los objetos que salen a subasta el día 26, concretamente los capotes y muletas (1), junto al esportón del espada y el de su padre, ambos matadores del mismo nombre, apellidos y apodo profesional: Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete». Ingenuamente, aún queríamos pensar que algún día todos los enseres del matador podrían reagruparse y ser depositados en el lugar que por derecho propio merece su memoria. Pero la realidad es la que es, no nos engañemos. Desde la muerte del torero en la tierra donde nació ha faltado sensibilidad y cariño: ni los herederos, ni el Ayuntamiento, ni ninguna entidad privada decidieron aunar esfuerzos y dar un paso adelante. Ahora salen a subasta algunos de sus enseres profesionales, como antes salieron otros. Los propietarios están en su legítimo derecho, como también lo están quienes recuerdan al torero con sincera admiración por su obra y gran tristeza por el trato recibido, observando como chirría que unos lotes de sus avios hagan caja el año que se cumple el 75 aniversario de su muerte.

(1) ENLACE RELACIONADO: «Carmeluchi»

lunes, 8 de noviembre de 2021

TOREROS CON GAFAS EN LOS RUEDOS

Por Rafael Sánchez González

Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete»

Me preguntan si es cierto que Manuel Rodríguez Sánchez Manolete (padre) llegó a torear usando gafas durante la lidia. No es la primera vez, y más concretamente en Córdoba, que sale a colación este tema y la realidad es que no se conocen datos que acrediten tal caso.

Allá por marzo de 1989, en compañía de mis recordados amigos Pepe y Rafael Guerra Montilla nos desplazamos a la localidad de Cabra, donde, por mediación de Manuel Mora, visitamos a José Pérez Polo, reconocido aficionado local que era poseedor de abundante material (carteles, fotografías, etc.) relacionados con la Fiesta de los toros. Entre otros documentos pudimos observar una foto en la que el referido diestro aparecía vestido de luces y provisto con gafas para la vista, junto a dos personas desconocidas para nosotros. Como fondo tenía una blanqueada pared, por lo que era imposible poder identificar el lugar donde pudo ser tomada dicha instantánea. Lo que estaba claro es que Manolete llevaba puestas las antiparras aun vestido de torero.

Antiguo barrio del Campo de la Merced de Córdoba

Asimismo y relacionado con este tema, entre los numeroso datos tomados en las amenas tertulias que hace años mantuve con antiguos vecinos del «Campo de la Merced», todos ellos veteranos aficionados con muchas vivencias que todavía recordaban, y poseedores por tanto de innumerables  episodios sucedidos en aquel taurinísimo barrio del viejo matadero cordobés, conservo un apunte en el que Rafael  Luque Flores (hijo del que fuera extraordinario subalterno Ricardo Luque González Curro Camará), me refiere cuando con otros chavales se asomaban a una ventana en la planta baja de la casa donde vivía Manolete, en la calle «Molina Sánchez Lagartijo», para verle vestirse de luces, llamándoles la atención que lo hiciera teniendo colocadas unas gafas, que -me dijo- dejaba luego sobre la mesita de noche antes de salir con dirección al coso de «Los Tejares». Sabido es y conviene recordarlo ahora, que como consecuencia de una enfermedad el Sagañón, apodo por el que era conocido entre sus vecinos Manuel Rodríguez, padecía una afectación en la vista que se fue agravando con el paso del tiempo, por lo que solía utilizar lentes en su vida cotidiana. 

Como última cita, en la página dedicada a Consultorio Taurino del semanario El Ruedo correspondiente al 20 de febrero de 1958, contestando a la misma pregunta con relación a Manolete ofrece la siguiente respuesta: Solo podemos decirle que en una ocasión le vimos hacer el paseíllo en Bilbao (solo el paseo) con gafas cuando era novillero todavía.

En cambio, respecto a Francisco Montes Paquiro, parecer ser que toreó con gafas en el festejo que se dio en Sevilla el 5 de noviembre de 1849, con motivo del feliz alumbramiento de la Infanta Luisa Fernanda, Duquesa de Montpensier, según afirmó Aurelio Ramírez Bernal P.P.T., en un trabajo que publicó La Lidia en su número 41 del año 1900, en el que dicho escritor hizo tal aseveración a la vista del cartel de aquella corrida.

La despedida del torero.
Museo Carmen Thyssen de Málaga

Indiquemos de paso que Francisco Montes fue el gran reformador de los festejos taurinos tal y como han llegado hasta nuestros días, sin más variaciones que las impuestas por la evolución de los tiempos. Una prueba concluyente de su poder creativo y organizador la encontramos en su original concepción del arte de torear, que Pedro Romero fundamentaba en la suerte de matar, pues si bien Costillares y Pepe-Illo se apartaron algo de tal concepción, fue Paquiro el que otorgó parecida transcendencia a las restantes suertes, tanto de capa, banderillas y muleta, de manera definitiva. Su inteligencia y buen gusto fueron las bases en que se apoyó para lograr su propósito, sin que podamos olvidar que también ordenó la composición de las cuadrillas e influyó sobre el cambio en la ropa de torear. Sus amplios conocimientos de la lidia los dejó reflejados en su Tauromaquia Completa. Por algo Ortega y Gasset al proyectar un estudio, que no llegó a desarrollar, sobre la Fiesta de los toros lo titulaba Paquiro o el arte de torear

Corría el año 1846 y Montes, ya envejecido prematuramente por culpa de una vida alocadamente entregada  a diversos excesos, seguía con el mismo valor y entusiasmo de los días de su poderosa juventud, sosteniendo con hechos asombrosos el prestigio conquistado a base de arte y maestría, pese a sufrir un varetazo en la ingle toreando en Jerez de la Frontera y una cornada en el muslo que le infirió un astado de Durán, percances que le indujeron a tomar la determinación de que en el curso siguiente limitase  sus intervenciones a las plazas de Andalucía y algunas del norte, y cuando en septiembre del 48 fue a Sevilla, accediendo a los deseos de los Duques de Montpensier, tras actuar  junto a Curro Cúchares y el Chiclanero, optó por dejar el toreo. Retirada que habría de durar poco tiempo, dado que en 1850, aceptando una sustanciosa oferta que le presentó la empresa de la Villa y Corte volvió nuevamente a los ruedos. 

Procedente de La Coruña, donde había participado en dos corridas, Francisco Montes llegó a Madrid el día 20 de julio de aquel año a fin realizar el paseíllo el día siguiente en el ruedo madrileño, no sin antes apadrinar a un hijo del famoso banderillero Nicolás Baro, fausto acontecimiento que con todo rumbo se celebró hasta bien entrada la noche, pero decidido a continuar la fiesta, en lugar de marcharse a descansar Paquiro quiso  prolongar su particular juerga hasta el día siguiente, acudiendo a tan importante cita con evidentes pruebas de la alegre jornada vivida.

Francisco Montes «Paquiro»

Acartelado con José Redondo el Chiclanero y Cayetano Sanz se enfrentaron a toros de la antiquísima ganadería de casta jijona que a la sazón poseía en Ciempozuelos don Manuel de Torre y Rauri, cuyas reses lucían ya en su divisa los colores amarillo y encarnado. En primer lugar, salió Rumbón, retinto y aldinegro ejemplar que manseó en varas por lo que fue fogueado. Tan solo le había dado Montes tres pases con la muleta cuando el jarameño, en una colada, le volteó y corneó produciéndoles una herida a la altura del tobillo y otra de mayor extensión en la pantorrilla del muslo izquierdo, además de contusionarle en la cabeza y en el pecho. Al incorporarse con el rostro ensangrentado miró a su paisano diciéndole: encárgate de él, que estoy jerío. Después de curado en la enfermería de la plaza fue trasladado a su domicilio en la calle Amor de Dios. No volvería a torear más.

Retirado definitivamente en su casa de Chiclana de la Frontera, cuando apenas había cumplido cuarenta y seis años de edad, el 4 de abril de 1851 dejo de existir aquel buen mozo que iniciado en el oficio de albañil, tras pasar por la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla, alcanzó a ser un torero de enorme popularidad y, sobre todo, uno de las más importantes en la historia del toreo, a cuya memoria y amparado en el tema  que motiva estas líneas, he querido recordar brevemente, cuando se ha cumplido este año el 170 aniversario de su muerte, y al que García Tejero le dedicó estos versos:  

                              «El rey de los toreros se apellida

                               y con justa razón rey se proclama…

                               Su nombre ya no muere, pues su vida

                               en letras de molde se verá esculpida

                                y tanto durará como su fama».  

miércoles, 9 de septiembre de 2020

UN PICADOR DE TOROS CON TRATAMIENTO DE “SEÑOR”

 Por Rafael Sánchez González    
                    
Manuel de la Haba Bejarano Zurito: el señor Manuel de la Haba 
Sabido es que en la densa historia de la Tauromaquia hubo dos  toreros que ostentaron el tratamiento de “Don”. Fueron los diestros Luis Mazzantini y Eguía, italiano de nacimiento y elgóibartarra por adopción, hombre de refinados modales que paseaba por las calles de Sevilla su vestir currutaco, quien, ejerciendo como jefe de estación en la Compañía de Ferrocarriles Mediodía, decidió hacerse torero y alcanzó justa fama como certero estoqueador; y Antonio Gil Barrero, Don Gil en los carteles, alias que le aplicaron por lo atildado que iba siempre. Casi una anécdota del toreo puesto que se trataba de un señorito madrileño al que, animado por su amigo José Redondo el Chiclanero, se le metió en la cabeza tomar la alternativa y a quien el destino le tenía reservado un triste final, pues después de que por recomendación del rey Alfonso XII desempeñara un puesto en el Ministerio de Gobernación, olvidado por todos y arruinado, en su desesperación tomó la determinación de suicidarse disparándose dos tiros de revólver. Viene esto a cuento, porque quiero recordar que un torero cordobés, que también vestía de oro en los ruedos aunque no como espada, alcanzó el calificativo de “Señor” por su extraordinaria e indiscutible categoría como picador de toros. Me refiero a Manuel de la Haba Bejarano Zurito, el señor de la Haba, que es el personaje que hoy centra mi atención.
Lo correcto sería desgranar a continuación algunos pasajes destacados de su brillante ejecutoria  profesional, pero antes quiero exponer varias citas sobre su valía que vienen a demostrar el por qué de tan  merecido tratamiento. Así, en su monumental obra Los Toros dice José María de Cossío: “Aún Badila y Agujetas los dos picadores más cimeros de los últimos tiempos del siglo XIX recorrían en triunfo las plazas, y nuestro varilarguero contendió con ellos en multitud de ocasiones, y dio pruebas de ser un continuador dignísimo de las hazañas de estos”. A continuación añade: La plaza madrileña, teatro principal de las proezas y los fracasos de todos los toreros, retembló bajo las manifestaciones de entusiasmo por las labores admirables que en muchas tardes realizó Zurito”. Y concluye indicando: Con Manuel de la Haba se fue uno de los picadores verdaderamente extraordinarios que ha tenido el toreo. En la memoria de los actuales aficionados quizá ningún picador haya dejado una impresión más profunda. Hemos visto quienes hacían más daño a los toros, acaso jinetes con más alegría, pero artista tan completo como Zurito no se ha dado entre los piqueros de estos últimos tiempos. Decisión, valentía, habilidad, eficacia eran cualidades que Manuel de la Haba tenía dosificadas en justas proporciones. Sobre todas, o más bien fundiéndolas, estaba su conocimiento del toreo a caballo, que hacía que la preparación y preludio de la suerte fueran un recreo para el buen aficionado. Las varas en que para hacer arrancarse al toro había de abrir y cerrar, hacer avanzar y retroceder a su caballo para, al conseguirlo, agarrarse con él y quebrantarle a toda ley, fueron innumerables”.   
"Decisión, valentía, habilidad, eficacia...". El señor Manuel picando un toro. 
Estando todavía en activo, en 1913 escribió sobre él José Carralero y Burgos en su libro Los Califas de la Tauromaquia: “Zurito es un picador de lo mejor que haya podido haber; duro, valiente, manejando el caballo a la perfección, serio y de los que menos caballos se dejan matar, y de los que más castigan a los toros”. Y en idénticas circunstancias, en 1895 apunta el autor de Córdoba Taurina, José R. Alfonso Candela: “Picador que empieza ahora y ya ocupa un lugar preferente entre los mejores... El Zurito posee buen brazo derecho, buena mano izquierda, mucha valentía y una modestia excesiva”.
En prensa no son menos elogiosos los comentarios de diferentes periodistas y escritores especializados en la materia. Veamos algunas muestras de ellos: Dulzuras (Los Toros 11/9/1910): “Se trata de uno de los buenos picadores que en todo tiempo habría hecho excelente papel, aunque hubiera trabajado con los Corchado, Azaña, Coriano, Calderón y otros tantos que en la historia tienen nombres famosos porque fueron los mejores de su época. Si Zurito, como digo antes, hubiera trabajado con aquellos, se habrían repartido las palmas, y a él le habría correspondido su parte, ganada en noble lid. Es un verdadero artista a caballo, y cuando se le ve trabajar no se sabe qué admirar más, si la habilidad del jinete, que lleva al caballo donde y como le place, o el conocimiento del  torero, que pega a los toros mucho más que otros muchos sin que su castigo revista el aparato que reviste el de los que todo lo sacrifican al efecto escénico. Desde el momento en que comenzó su carrera, no le cupo duda a nadie de que había en el picador cordobés uno de los que ocuparían en la historia el lugar que corresponde a los escogidos”. Y remata su semblanza con estas líneas: “Esta es la figura torera del que en la actualidad es un verdadero maestro de picadores,  que posee el secreto del arte de torear a caballo como no lo poseen más que los escogidos, que han nacido para ser superiores entre los suyos”.
En la serie Remembranzas Taurinas de Ventura Bagües Don Ventura en el semanario El Ruedo, al recordar a Zurito (Núm. 105 con fecha 10/5/1957) escribe: “Dejó huellas profundas de su paso por los ruedos; si fue poderoso auxiliar para su matador, su brega magistral a caballo llamaba la atención de todos los espectadores, por lo que bien puede decirse que fue extraordinario en todo lo atinente a su profesión”. Y de la sabrosa biografía que Cambises hace en la revista El Burladero (Núm. 80 de 20/10/1965), escojo estos párrafos: “Cuando repicaban de gordo -se refiere a las ovaciones-, que no era todas las tardes,  las palmas echaban humo y el Señor de la Haba, que fue un artista manejando el palo largo, así como un jinete extraordinario y excelentísimo torero a caballo, las disputaba a los matadores con tesorero empeño. Y conste que con el que más años fue encuadrillado, se llamaba Rafael Guerra Guerrita”. Y añado yo, que he leído reseñas de festejos en las que se dice que los propios lidiadores se unían a la ovación que el público dedicaba a Zurito cuando al cambiarse de tercio abandonaba el ruedo. Para cerrar  esta exposición de comentarios -podría seguir dando referencias en el mismo sentido-, selecciono lo que Eduardo Muñoz N.N. apunta en Fiesta Brava (13/3/1931): “El Señor de la Haba, picaba todos los domingos y fiestas de guardar. Elegía, o le daban, o exigía los caballos grandes de alzada, resistentes, poderosos. Lo otro, esa su habilidad, su arte supremo que traía a las arenas el recuerdo de Paco Calderón, el arrojo del Chuchi, con la fe ciega con que iba al toro siempre, y muchas veces a destiempo; de Paco Fuentes, con la conciencia del que va a pegar, y a eso se va; lo ponía él con la destreza del toreo a caballo, que puede convertir para los otros trances y lances de la lidia, un buey marrajo, en dominado, dócil y suave”. El colofón lo pone en verso Baldomero Muñoz Españita: “Era tan grande su destreza, / y tan fuerte su estructura; / que convertía en fortaleza, / su débil cabalgadura”. Creo que queda claramente justificado el tratamiento de “Señor” que con todo merecimiento se le adjudicó a Manuel de La Haba Zurito. Ahora vamos con  su ejecutoria profesional, reducida a los datos más relevantes.
Antigua foto del torerísimo Campo de la Merced de Córdoba 
Nacido el día 6 de octubre de 1868 en el barrio de Santa Marina, o lo que es igual en el entorno del torerísimo Campo de la Merced, fueron sus padres José de la Haba Citrón y Manuela Bejarano del Pino. José ejerció como mayoral en la ganadería de don Rafael-José Barbero, en tanto que un hermano de este, Francisco al que llamaban Curro Lavasia, lo fue en la vacada del marqués de los Castellones, cargo en el que le sustituyó Rafael Márquez Mazzantini, que llegó como vaquero y se convertiría después en un destacado varilarguero. Aún cabe añadir que a Rafael le relevó José Baena Puntas El Rubio, quien estando ya en la ganadería de don Florentino Sotomayor llegó a tener una de las paradas de cabestros mejor adiestrada del campo bravo andaluz, tan rico en jugosas historias camperas.
Sin antecesor familiar alguno que vistiera el traje de luces (el apellido de la Haba, o del Haba puesto que de ambas formas aparece, es de los más antiguos que encontramos en los padrones vecinales de la época relacionados con el taurinísimo barrio del Campo de la Merced) apenas era un muchacho cuando se colocó para animar el fuelle en una de las diversas fundiciones existentes en aquella zona de Córdoba, alcanzando muy pronto la especialidad de forjador, trabajo que motivó el origen de su apodo, por cuanto a consecuencia de las altas temperaturas en las que desarrollaba su labor había sufrido la quemadura de las cejas y en torno a los ojos tenía un cerco blanco semejante al de los palomos zuritos.
Exteriores de la anterior plaza de toros de Córdoba, el coso de Los Tejares 
Respecto a su  actividad en los ruedos, rara es la biografía en la que se dice que sus inicios, aunque de manera fugaz, fueron como torero de a pie, pero dada su fuerte complexión física y el dominio que tenía de las cabalgaduras, fruto de sus andanzas en las fincas en las que trabajaban su padre y su citado tío, le animaron a ejercer como picador y así se presentó ante sus paisanos el día 25 de julio, festividad de Santiago Apóstol, de 1884, función en la que con novillos de cinco años y desecho de tienta, de la ganadería de Rafael Molina Lagartijo, fueron espadas Antonio Fuentes Hito (hermano del matador de toros Bocanegra), Rafael Bejarano Torerito y Rafael Rodríguez Mojino. Añadir que un tal Saleri brindó el salto de la garrocha a Lagartijo que ocupaba un asiento en la meseta de toriles y que José Bejarano, hermano de Torerito, resultó herido en el muslo derecho al salir de un par de banderillas. Continuó trabajando Zurito para diferentes espadas hasta que José Rodríguez Bebe Chico, su amigo el Pijulin, le dio sitio en su cuadrilla y con ella debutó en Madrid el 28 de agosto de 1892, cartel que completaban el almadenense Manene (Eusebio Fuentes), José Martín Taravilla y reses desecho de tienta y defectuosas (ese era el ganado con el que generalmente tenían que apechugar los novilleros de entonces) de Manuel Bañuelos Salcedo, que mostraron bravura en el primer tercio. Zurito, que intervino en los tres primeros bichos, fue el único que entre los hombres con castoreño destacan las crónicas. Al terminar la temporada ya estaba su nombre en el punto de mira de varios espadas y fue Antonio Fuentes quien en 1893 le llevó con él pero, muy pesar suyo, cuando finalizó aquella campaña tuvo que prescindir de sus servicios al no poder costear tres picadores. 
Picadores de la cuadrilla de Guerrita: Beao, Molina y Zurito
Esta circunstancia la aprovechó Guerrita, que conocía de primera mano la ascendente carrera de Manuel para, junto con su también paisano José Arana Agustín Molina (que ya trabajó con él en La Habana y por él intercedió a fin de que pudiera regresar a España, huido tras matar a un hombre en una reyerta) para renovar con ellos su personal de caballería, debido a  lo gastado que físicamente estaba ya Rafael Moreno Beao, muy castigado por los toros, y a la obligada baja de su primo Antonio Bejarano Pegote, recluido en la clínica madrileña del doctor Esquerdo dado el agravamiento de su enfermedad mental, decían que como consecuencia de los golpes recibidos en su de por sí trastornada cabeza por los constantes batacazos en los ruedos. Daba entrada a dos picadores de gran fortaleza, de los denominados con buen brazo, que en más de una ocasión dejaron al burel para pasar directamente a manos del puntillero, y a veces directamente para el arrastre, con la consiguiente bronca del público y la felicitación del jefe, que no les quería indicar tan duro castigo cuando  con machacona insistencia les decía: “agarrarlos lanterillos pa que descuelguen”. No debemos olvidar, que, bien durante su lidia o dándoles indicaciones a los ganaderos sobre la selección del ganado, Guerrita tenía especial empeño en  ahormar a los toros buscando mayor lucimiento y seguridad para los toreros. Podría decirse que fue el primer hombre de Marketing del toreo. El segundo califa, que conocía y dirigía la lidia de principio a fin, ponía a Juan Molina como ejemplo de buen peón de brega, sintió especial aprecio hacia el pobre  Pegote y no ocultaba su gran admiración por Zurito.  Al hilo de esto recuerdo una frase que  José María Gaona, inteligente y ameno escritor taurino gaditano que firmaba sus trabajos con el seudónimo de Tío Caniyitas, pronunció en una conferencia, toda ella en verso, que decía: “Por ver lo que yo no he visto / hubiera dado media vida, / tirar el palo al Zurito / y bregar, a Juan Molina”. 
Una vara de Zurito. Revista Sol y Sombra de 22 de agosto de 1901
Se cuenta, que en una novillada de convite organizada en
Los Tejares por varios  aficionados y a la que asistieron invitados Guerrita y varios componentes de su cuadrilla, saltó a la arena una res ante la que ninguno de los participantes mostró deseos de torear, y en esas estaban cuando Rafael, dirigiéndose a Zurito, le dijo: “¿a que no la matas tú?”. No había terminado la pregunta cuando ya había cogido el picador muleta y estoque, dando cuenta de la res con tan sobrada solvencia, que fue felicitado por su jefe de la siguiente forma: “Suri, vete a tu casa y machaca los jierros de picar, porque con una miaja de grasia puedes ser un mataor tan güeno, que muchos de los que habemos en el astual iban a comer de vigilia to el año”. Y a su lado permaneció hasta la retirada del famoso diestro en Zaragoza, el 15 de octubre 1899.
Al cortarse la coleta Guerrita, seguidamente lo hicieron también  dos elementos de la cuadrilla, su hermano Antonio y el ya mencionado Beao, concuñado suyo al estar ambos casados, respectivamente, con las hermanas Dolores y Francisca Sánchez Molina. Sucedió entonces que el grueso de sus eficaces colaboradores en los ruedos pasó a las órdenes de Antonio de Dios Moreno Conejito, matador de toros en plena ebullición de su brillante carrera taurómaca, que dicho sea de paso, en Córdoba no ha sido considerada en su justa medida. Cuadrilla que quedó configurada de la siguiente forma: Zurito y Agustin Molina varilargueros, a los que el año siguiente se unió Ricardo Moreno Onofre, conocido entre los cordobeses por Mediaoreja (no confundir con el legendario Rafael Álvarez Onofre) y como banderilleros Juan Molina, próxima ya su retirada, Francisco González Patatero, que venía de las filas de José García Algabeño y no precisa de presentación, Rafael Martínez Cerrajillas, otro gran subalterno que ya estaba y permaneció durante muchos años unido a Conejito, y Antonio García Zurdo, que realizaba también funciones de puntillero. Otra formación mayoritariamente mercedaria, que constituye una muestra más para reafirmar la importancia que justamente disfruta Córdoba en la Historia de la Tauromaquia.
Antonio de Dios  Moreno Conejito
Repaso apuntes de la única oportunidad que tuve de conversar con José Zurito, hijo del Señor Manuel y picador como él, acontecida en junio de 1964 en Casa Morales, cuidada taberna que con otra denominación todavía permanece abierta, cercana al que fuera el último domicilio de varios Zurito en la calle Hinojo, y vuelve a llamar mi atención el hecho de que me afirmara que, aún reconociendo a Guerrita como el torero más importante que había conocido, su padre citaba con frecuencia acontecimientos vividos durante su etapa ligado a Conejito. Sirvan como ejemplo (las fechas las pude añadir yo) la tarde (14/6/1900) que soltando las bridas del caballo arrancó la vara que sobre el morlaco había dejado enhiesta su paisano Comearroz, oyendo por su habilidad y arrojo una fuerte ovación. O aquella otra en corrida de la feria de Vitoria (5/8/1901) cuando, si no se lo impiden con fuerza sus compañeros, quería subir al tendido para ajustarle las cuentas a un desaprensivo espectador que impactó una botella en el rostro de Conejito, causándole una brecha que le obligó a tener que ser atendido en la enfermería de la plaza. Y muy especialmente -me dijo José- dos fechas en las que Alfonso XIII fue protagonista de excepción en la desaparecida plaza de la Villa y Corte. El domingo 16 de junio de 1901, por tratarse de la primera vez que siendo todavía un niño presenció un festejo taurino en compañía de su madre y Reina Regente María Cristina de Habsburgo-Lorena; y el viernes 16 de mayo de 1902, en corrida de toros extraordinaria programada con motivo de su Proclamación, ceremonia que aconteció el día siguiente.
Antes de concluir la temporada de 1902, tanto Zurito como el Patatero pasaron a engrosar la renovada cuadrilla de Rafael González Machaquito, alternativado dos años atrás, quién en unión del sevillano de Tomares Ricardo Torres Bombita acapararon la supremacía de la Fiesta hasta la apoteósica eclosión de Joselito y Belmonte. Los años de 1912 y 1913 los cubrió Manuel de la Haba junto a Manuel Rodríguez Manolete, teniendo después como jefes de filas a Francisco Posada y Rafael Gómez Gallo, siendo José Gómez Joseíto de Málaga el último espada para el que prestó sus valiosos servicios antes de poner punto final a una de las más recordadas ejecutorias taurinas entre los hombres de castoreño y calzona, trayectoria que, al margen de fracturas, luxaciones y otras lesiones óseas inherentes al desarrollo de su arriesgada profesión, también supo de cornadas como las dos que recibió en el muslo izquierdo, el año 1894, actuando en las plazas de San Sebastián (12/8) y Barcelona (7/10), esta última de gravedad según la biografía que hace Cossío, y “no fue cosa de cuidado, según el doctor” si nos atenemos a la reseña de Palitroque en el diario La Vanguardia (9/10). Las revistas taurinas El Toreo, El Arte Andaluz y La Lidia, nada dicen al respecto en sus crónicas. Sea cual fuere el alcance del accidente, la realidad fue que no pudo salir con Guerrita en su siguiente actuación tres días después en Madrid.
El señor Manuel citando. Revista Sol y Sombra 4 de junio de 1903
Zurito hacía gala de un desmedido amor propio, cualidad que queda manifiestamente clara con el siguiente ejemplo. Informado de que D. Pío Diego Madrazo (casado con D.ª Mercedes Hernández viuda de D. Victoriano Ripamilán) había dicho que ya no quedaban picadores para “sus toros”, los llamados miuras de Aragón, le solicitó a Machaquito que, aun estando ya fuera de su cuadrilla, lo incluyera en ella el día que en fecha próxima iba a enfrentarse en Madrid a ganado de dicha divisa. Aceptó el diestro por paisanaje y amistad, y llegado el momento fue tal la fuerza y el empeño con que picó al animal que Rafael no tuvo más remedio que decirle a gritos: “déjalo ya Manuel, no lo des más que me lo vas a matar”. Demasiado tarde, cuando sacaron al bicho del caballo iba ya muerto. Salió trastabillado y cayó abatido. Y en la misma medida valoraba Zurito la labor que los toreros de a caballo realizaban durante la lidia. A tal efecto resumo lo que escribió J. Franco del Río (Sol y Sombra, 16/5/1901) sobre la corrida celebrada en la Nueva Plaza barcelonesa de Las Arenas el 5 de mayo de 1901. Ocurrió que en la  acostumbrada prueba de caballos matinal, Zurito, Agustin Molina y Onofre, picadores de Conejito, se negaron picar con los que presentaba Algabeño en sustitución de Badila y Moreno, argumentando los cordobeses que de los suplentes tan solo Macipe tenía reconocida categoría. Como no se salía del atasco intervino la autoridad, amenazándoles con detenerlos si no eran aceptados por ellos los sustitutos y se daría la corrida con Algabeño como único espada, y además exigiría una indemnización al diestro de Córdoba, llegándose al acuerdo final de que cada trío de varilargueros interviniese solamente en los toros de su matador. El remate lo puso Zurito con esta sentenciosa frase: “digo yo, que no vamos a venir desde Córdoba palternar con el primer gachó que se suba a un caballo”. Por si no fueran suficientes las citadas cualidades que hablan de su acusado  estímulo profesional, añadiré que cuidaba con celo su atuendo, encargándole la ropa torera al acreditado sastre Retana, cuidando después de limpiarla y tenerla siempre a punto su amigo y vecino el Rubito Laureano. Preocupado también por la seguridad de sus compañeros, al fundarse la Asociación de Picadores bajo la presidencia de Agujetas, ocupó él una vocalía. Y como punto final a esta semblanza de Zurito, diré que era muy aficionado al pájaro, a cuyo fin se pasaba días en la finca Los Riscos. Decían, que para llevar su cuenta particular, por cada pieza lograda marcaba un palote en una de las blanqueadas paredes de su habitación. Como consecuencia de su afición a la escopeta, durante una jornada de caza en la finca La Posada, en el término de Villaviciosa de Córdoba, tuvo la desgracia de recibir tres perdigonadas de un cazador furtivo aunque afortunadamente solo le alcanzó una.
Zurito citando. Revista Sol y Sombra 19 de septiembre de 1901
En el terreno familiar, entre los hijos nacidos de su matrimonio con Antonia  Torreras  Molina, tres de los varones fueron toreros también. José y Francisco que siguieron su estela como picadores, y Antonio, matador de toros con alternativa en la localidad valenciana de Gandia (26/10/1924), quien a su vez tuvo tres hijos que ejercieron como toreros de a píe, Antonio, novillero y cumplido banderillero después, Manuel, subalterno con eficaz y lucido capote, y Gabriel, gran estoqueador alternativado  en la  Corrida de la Prensa celebrada en Valencia el 24 de mayo de 1964. Sin que debamos olvidar a un sobrino-nieto suyo, Paquito Zurito, prometedor novillero que quizás decidiera demasiado pronto  colgar el traje de luces.
Escribir sobre un torero de las dimensiones profesionales y personales de Manuel de La Haba Bejarano daría para muchas páginas más, por la brillantez, efectividad y hombría que atesoraba, justamente reconocida por profesionales y contada por los  historiadores. Sin duda, un auténtico artista tirando la vara de majagua y un consumado maestro castigando a los toros para dejarlos al gusto del matador. Credenciales toreras que le hicieron merecedor del calificativo de “señor”. Un tratamiento  desconocido entre los picadores en los anales de la Tauromaquia. EL SEÑOR MANUEL DE LA HABA
 

martes, 4 de agosto de 2020

RELACIÓN DE LA DINASTÍA DE LOS GALLO CON VARIOS TOREROS CORDOBESES

Por Rafael Sánchez González 
Joselito y Belmonte
Con motivo de cumplirse el primer centenario de la trágica corrida celebrada en la localidad toledana de Talavera de la Reina, en la que resultó mortalmente herido José Gómez Ortega Joselito, también conocido por Gallito, mucho se está hablando y escribiendo sobre el excepcional torero sevillano, analizándolo desde todas las vertientes que confluyen en él, su biografía, su familia -plagada de artistas del toreo y el flamenco-, la competencia con Juan Belmonte, su tauromaquia y otras facetas personales y profesionales, todas ellas interesantes por tratarse, como digo, de un auténtico mito de la Tauromaquia. Apoyado en dicha efeméride quiero recordar en cuatro episodios  la relación que existió entre la familia taurina de  los Gallo y varios toreros de Córdoba.
Rafael Molina Sánchez Lagartijo
La primera vinculación que encontramos se inició en 1865, cuando el 15 de octubre Rafael Molina Sánchez Lagartijo ratificó en Madrid la ubetense alternativa, que el mes anterior le había concedido quien  venía siendo su maestro y jefe de filas, Antonio Carmona Gordito. Sabido es que hasta entonces muy pocos espadas tenían cuadrilla fija; así, la empresa de Madrid ajustaba por toda la temporada a los picadores y banderilleros, que indistintamente habrían de actuar con los matadores contratados por separado, por lo que bien puede afirmarse que eran pocos los que excepcionalmente, por amistad o paisanaje, llegaban acompañados de algún subalterno de pie o a caballo. En el cartel de aquel festejo aparecen como picadores de  tanda Onofre Álvarez  y Manuel Sacanelles, con otros tres de reserva, “sin que en el caso de inutilizarse los cinco pueda exigirse que salgan otros”; y como banderilleros figuran Benito Garrido Villaviciosa, Juan YustJosé Gómez El Gallo, iniciador del que después sería famosísimo apodo taurino, que le adjudicaron porque al banderillear, en su carrera para ganarle la cara al toro, intercalaba unos peculiares saltitos que, en opinión del público, simulaban un gallo de pelea al clavar sus espolones. Curiosidades al margen, hay que decir que José Gómez fue un sobresaliente banderillero, y aunque más limitado en la brega por sus escasas facultades físicas -como cariñosamente decían los sevillanos: “Joseíto era muy poquita cosa”-, con una suavidad inusual en aquel toreo, que todavía exigía más arrojo que arte, sabía poner  las reses en el lugar indicado por el maestro. Aprovecho esta circunstancia para indicar que en 1887 Lagartijo presentó en la desaparecida plaza madrileña, que él inaugurara trece años atrás,  situada a la derecha de la Puerta de Alcalá (la anterior  que  auspiciara Fernando VI estaba en el lado opuesto), una de las mejores cuadrillas de toreros conocidas hasta hoy: Francisco Parente El Artillero y Manuel Calderón, como varilargueros, y a pie nada menos que Juan Molina, Manuel Martínez Manene, Rafael Rodríguez Mojino, Rafael Bejarano Torerito y Rafael Guerra Guerrita. Los dos últimos alcanzaron el grado de matadores de toros, y muy probablemente lo hubiera logrado con todo merecimiento El Mojino de no cruzarse en su camino el toro Regalón de la ganadería de Udaeta.
José Gómez García el Gallo
En el otoño de 1884 José Gómez no toreó por encontrarse enfermo, y al finalizar la temporada  Lagartijo prescindió de sus servicios, dando entrada en la cuadrilla a su sobrino político Rafael Bejarano Carrasco Torerito. Conociéndose el proceder que como persona caracterizó siempre a Rafael Molina, dicha decisión no se comprendía muy bien y fue criticada por toreros y aficionados que no olvidaban los diecinueve años de fidelidad y eficacia del sevillano, porque, si bien es verdad que el Gallo iniciaba ya el declive de su carrera, debido a una  quebrantada salud que en varias ocasiones le obligó a  tener que tomar un descanso, seguía cumpliendo con solvencia su labor gracias a un  pundonor sin límites, y a ese difícil saber estar bien colocado en el ruedo durante toda la lidia. Pocos meses pudo disfrutar de su forzada pero bien ganada jubilación (en  contadas  ocasiones  salió enrolado entre el personal subalterno de su hermano Fernando), en la madrugada del día 25 de abril, cuando Sevilla viste las mejores galas para vivir su período más florido del año, víctima de una afección cardíaca dejaba de latir el fatigado corazón de José Gómez García, primer eslabón de la muy artística dinastía de los Gallo
Rafael Guerra Bejarano
Guerrita. Foto Montilla
La siguiente conexión que quiero recordar nos acerca a Fernando Gómez García Gallo y a Rafael Guerra Bejarano Guerrita. Ya llevaba este último más de un año alternando sus intervenciones como banderillero en las filas de tres diestros que tenían por nombre Manuel, los cordobeses Fuentes Rodríguez Bocanegra y Molina Sánchez (hermano de Lagartijo) y el gaditano Díaz Jiménez Lavi, cuando Fernando, contratado por D. Rafael Menéndez de la Vega para el segundo abono de la temporada madrileña de 1882, le ofreció a Llaverito, que así se apodaba hasta entonces Rafael,  el puesto que en su cuadrilla dejaba vacante  Diego Prieto Cuatro-dedos, próximo a tomar la alternativa (28/9). Aceptó de inmediato el joven torero de Córdoba, y el domingo 24 de septiembre de dicho año  se presentaba ante la exigente afición de la Villa Corte, cartel en el que junto al Gallo eran espadas José Machío y José Sánchez Cara-ancha, quienes se enfrentaron a  seis bueyes de Anastasio Martín, a los que el popular Buñolero fue dando salida por los toriles, de los que Guerrita y Almendro banderillearon a dúo  brillantemente a los llamados Picudo y Carabuco. El 8 de octubre volvió Rafael al coso madrileño, ratificando la buena impresión causada el día de su debut,  al punto de que en la crónica del festejo se decía en la revista Pan y Toros: “Volvemos a decirlo. Este muchacho, Guerrita se llama, dará guerra”. ¡Y solo le habían visto dos tardes! A medida que sumaba actuaciones la fama de Guerrita crecía como la espuma, y en poco espacio de tiempo se convirtió en un valor añadido para la contratación de El Gallo. Bastaría decir que en no pocos carteles su nombre aparecía con letras de un rango igual o  superior al de los matadores de toros, y hubo veces en las que se resaltaba en ellos que en la cuadrilla de Fernando Gómez Gallo figuraba el afamado Guerrita. Tan rápidos y prodigiosos eran los avances del torero cordobés en su incipiente carrera, que en ocasiones tenía que estoquear algún toro de la corrida atendiendo la mayoritaria petición, a veces con exigencia, de un  entusiasmado público.
Fernando Gómez García el Gallo
Todo se desarrollaba felizmente  entre ambos toreros, hasta que en septiembre de 1885 surgió la ruptura. ¿Cuál fue la causa? Aunque circularon diferentes versiones entre los  aficionados, lo que realmente sucedió fue que Rafael solicitó a Fernando que diera cabida en la cuadrilla al picador Rafael Caballero Matacán y al banderillero Rafael Rodríguez Mojino, amigos suyos desde la infancia, de manera especial el segundo, y si bien en un principio hubo aceptación por parte del espada, este cambió de actitud a última hora haciéndole saber a los citados subalternos que no contaba con ellos para la inmediata corrida a celebrar en Caravaca, añadiendo en su  notificación que “él ponía la gente  que mejor le parecía”. Enterado de ello Guerrita telegrafió desde Córdoba al matador diciéndole, más o menos, que como para la mencionada localidad murciana no contaba con Mojino ni Matacán, él tampoco iba.   
Efectivamente, aquí acabó esta sociedad taurina, y a partir de entonces caminaron ambos por diferentes caminos. Eso sí, dos banderilleros, Fernando Lobo Lobito y Juan Romero Saleri, cogió El Gallo para intentar suplir la eficaz y fructífera etapa que le propició Guerrita,  quien de inmediato vio como se cumplía para él  una soñada aspiración en su trayectoria profesional, ingresar en las filas de su paisano Rafael Molina Lagartijo, oportunidad que le llegó por mediación del excelente aficionado cordobés D. Juan Aguilar, a quien le unía una entrañable amistad con los dos Rafaeles toreros.   
"Los cuatro ases": Rafael el Gallo, Joselito, Machaquito
y Guerrita. (Córdoba, 15/11/1915). Foto Montilla
Sin embargo, dicha ruptura  no significaría un alejamiento entre la familia Gómez Ortega y Rafael Guerra.  En 1895 pisó El Gallo por última vez el ruedo madrileño, para dar la alternativa (última de las seis que apadrinó) a José García Algabeño. El siguiente año, al agravarse la enfermedad cardíaca que venía padeciendo, tras torear doce corridas, en el mes de junio pensó en una retirada definitiva, aún cuando su situación económica  le auguraba un futuro, que ya se presumía corto, no exento de dificultades. ¡Con las veces que repitió a lo largo de su vida eso de “el dinero es pa gastarlo”! Para ayudarle trataron de organizar en su beneficio tres corridas de toros, que tendrían por escenarios las plazas de Sevilla, Madrid y Barcelona, pero al final solo prosperó la que programó Guerrita para el 25 de octubre en la primera de las capitales citadas, lidiándose siete astados de otras tantas ganaderías, uno de ellos marcado con el hierro de Veragua, que, banderilleado magistralmente por Guerrita, fue con el que El Gallo puso punto final a su desigual pero genial a veces carrera taurómaca, encargándose de los seis bichos restante el propio Guerrita, Minuto y Antonio Fuentes. El festejo dejó un beneficio de cincuenta mil pesetas para Fernando, que una vez se vio con el talón de cobro en la mano le dijo al crítico taurino Franquezas: “Ya ve usté, querido Juan, ya soy banquero...”. Retirado en su casa de Gelves dedicado a enseñar a torear a sus hijos -Rafael ya estaba en activo-, falleció cuando comenzaba el día 2 de agoto de 1897. Pero antes de concluir este capítulo resta añadir otro detalle, muy significativo además, sobre la relación Gallo-Guerrita. Postrado en su lecho de muerte, poco antes de morir Fernando, pidió a sus hijas que cogieran papel y pluma y les dictó las siguientes líneas que él firmó luego con letra borrosa y casi ininteligible: “a mi compadre Guerra, Guerrita. En la hora de mi muerte que no deje sin pan a mis hijos. Se lo pide moribundo su compadre, Gallito”. ¡Y vaya que no se olvidó  de ellos! Además, el segundo califa del toreo sería años después un gran admirador de Joselito… Y José lo sabía. Pero esto formaría ya parte de otra historia.
Francisco González de Dios El Patatero
Portada de la revista Sol y Sombra (1904)
La  tercera relación entre  la dinastía de los Gallo  y toreros cordobeses tiene como principales protagonistas a Rafael Gómez Ortega, hijo del referido Fernando, y a Francisco González de Dios Pataterillo. Dos personajes con diferencias muy marcadas en sus respectivas formas de proceder y  entender la vida, pero capaces de crear entre ellos una amistad que alcanzó límites de familiaridad. El talante alegre, dicharachero e indolente ante la adversidad del torero sevillano nacido en Madrid, contrastaba con la seriedad y orientada dirección de cara al futuro de las que hacía gala el de Córdoba. En Rafael todo era tan admitido como incomprensible dentro y fuera de los ruedos, desde la amarga historia de amor que compartió junto a la genial Pastora Imperio, hasta sus famosas espantás enlazadas con faenas de verdadero alboroto en los tendidos. De manera contraria en Francisco todo parecía estar debidamente programado, así, su medido y seguro trabajo en la arena no exento de lucimiento, y la dedicación tomada una vez colgado el traje de alamares. Pero, insisto en ello, los dos con un marcado sentido de la amistad desinteresada.
El torerísimo barrio del Campo de la Merced de Córdoba
Respecto a Pataterillo, -entre sus paisanos siempre fue el Patatero-, horroroso alias que, según me refirió su sobrino Juan Flores González Camará, se debió a que siendo todavía un chaval trabajó en una huerta en terrenos de la Fuensantilla, cuyo dueño le pagaba en productos del campo, generalmente patatas, que  él mismo se encargaba luego de vender por  el  barrio. En la limitada extensión que aconseja este tipo de trabajos,  debo decir que nació el 6 de enero de 1873  en el torerísimo  Campo de la Merced, y era fruto del segundo matrimonio de Manuela de Dios Citrón, esta vez  con Francisco González Rodríguez, por lo que no es de extrañar que con tan arraigados apellidos taurinos estuviese  ligado al frondoso tronco de la tauromaquia cordobesa. Así, de manera directa estaba familiarizado con dos matadores de toros, José Flores González  Camará (por casamiento de una hermana suya, Dolores, con Manuel Flores González, padres del que más tarde y con los mismos apellidos sería apoderado de Manolete), y con Antonio de Dios Moreno Conejito (hijo de Antonio de Dios Citrón).  En el terreno profesional comenzó su andadura formando parte de una Cuadrilla de Niños Sevillanos, y ya era un destacado subalterno cuando creyó que podría alcanzar el grado de matador de alternativa, e incluso llegó a debutar como novillero en Madrid el 28 de octubre de 1900, con escasa fortuna por cierto. En una crónica del festejo leemos: “Pataterillo del alma, no dejes las banderillas… Ni te subas a la parra”. Seguía como excepcional peón de brega, ahora  en las filas de Machaquito, cuando en un nuevo intento con muleta y espada volvió al ruedo madrileño en 1908, pero el negativo resultado de otra grisácea actuación y un gravísimo percance, le convencieron de que sería vestido de plata como seguiría cosechando relevantes éxitos. Buena figura, poderosas facultades, fácil banderillero, de manera especial por el lado izquierdo, e incansable con el capote, le convirtieron en uno de los más sobresalientes de su escalafón. El primero que le dio sitio en su cuadrilla fue José Rodríguez Bebe Chico, que lo presentó ante la entendida afición madrileña el 30 de agosto de 1896, dejando ver desde esa misma fecha su desenvoltura y enormes cualidades ante la cara de las reses. Al siguiente año y ocupando el puesto del infortunado Mojino ingresó en las filas de Guerrita, con quien permaneció hasta la retirada de este en Zaragoza (1899), trabajando después a las órdenes de Algabeño (padre), Conejito, Bombita (Ricardo) y Machaquito, y una vez que este dejó la profesión en 1913, continuó su brillante trayectoria unido a Rafael Gómez Gallo hasta el final de la temporada 1916. El 21 de febrero del siguiente año se cortaba la coleta, dedicándose a partir de entonces a la dirección en Córdoba del Hotel y Restaurante “España y Francia”, propiedad de su esposa Tomasa Arenas, con la que convivió felizmente hasta su fallecimiento el 14 de junio de 1930. Los restos de ambos reposan unidos en el Cementerio de Nuestra Señora de la Salud. Tan radical fue el cambio que Francisco experimentó en sus habituales costumbres, desde que conoció a la que  ya era viuda del marqués de Dávalos, que su gran amigo el picador Bernabé Álvarez Catalino llegó a decir a sus contertulios en la antigua y acreditada “Taberna  Salinas” de calle Tundidores, que tan acertadamente mantiene abierta el amigo Manolo Jiménez: “El Patatero ya no es el mismo. La Tomasa lo ha tranfigurao y ahora gasta pijama y batín, que lo he visto yo”.
Rafael Gómez Ortega el Gallo
El Gallo había toreado las tres corridas de la sevillana Feria de San Miguel de 1916, pintando bastos en las dos primeras y derrochando arte y torería en la tercera  frente a Podenco, de Gamero Cívico, del que le concedieron las dos orejas por unánime petición, superando a un extraordinario Joselito y al voluntarioso Saleri II, que sustituyó en el ciclo a Belmonte. Todo hacía suponer que estas serían las últimas comparecencias de Pataterillo en el dorado albero maestrante, pero aún volvió a actuar en esta plaza el 5 de noviembre, con ocasión de la corrida celebrada a beneficio de la Asociación Sevillana de Caridad, y en la que los dos hermanos Gómez Ortega y Curro Posada se las vieron con ganado de la ducal divisa de Braganza, propiedad ya de D. Antonio Flores. Añadir como dato final, que Rafael sumó 38 corridas en 1916 y un total de 156, en las que estoqueó 313 toros, a lo largo de las tres temporadas que Francisco González formó parte de su cuadrilla, en la que predominantemente tuvo como compañeros a los picadores Salustiano Fernández Chano, Felipe Salsoso y José del Pino, junto a los banderilleros Fernando Gómez Gallito (hermano de Rafael), Manuel Álvarez Pastoret  y Enrique Ortega Cuco (primo y cuñado del espada), con Joaquín Castro en funciones  de puntillero. Por cierto, la última tarde que sus paisanos vieron actuar al Patatero en el coso de Los Tejares  fue el 27 de septiembre del año que nos ocupa, con motivo del festejo organizado por Joselito en favor de la familia del desgraciado diestro Fermín Muñoz Corchaíto. Fue  Patatero un  peón de brega incansable (que se lo preguntaran al Gallo), que lidiaba dando a las reses los capotazos justos, a la vez que excepcional banderillero, sobre todo en los pares de dentro a fuera cuando la situación lo requería.
Antigua plaza de Los Tejares de Córdoba
Ya he apuntado la gran amistad que le unió a Francisco González  con Rafael el Gallo, quien rara era la vez que a su paso en ferrocarril por Córdoba no le avisaba previamente para que se acercara a la estación a saludarle, cuando no era él quien le invitaba a quedarse hospedado en su citado establecimiento. Pero la prueba más evidente de tan estrecha amistad queda sobradamente demostrada con el siguiente suceso, que en más de una ocasión le escuché narrar a Rafael Muñoz El Niño, testigo del mismo y hombre de excepcional memoria, que contaba las cosas como si las estuviera viviendo de nuevo. El asunto fue que Rafael y su hermano José fueron contratados para los tres festejos de la Feria de Mayo cordobesa de 1914, junto con Gaona y Belmonte, que hacía su presentación. El día 26, segunda corrida, se lidiaron toros de Miura con los que el Gallo no llegó a entenderse, de manera especial ante el cuarto, Candelero, con el que se le veía impotente para poderlo matar a pesar de  asestarle pinchazos a destajo. En medio de una gran escandalera, acompañada de la lluvia de toda clase de objetos que caían sobre la arena, al Patatero, temiéndose lo peor, no se le ocurrió otra cosa que pedirle a su amigo California, popular mozo de caballos desde que dejó la vara de picar, que se hiciera con la llave del corral en el que se encontraban los cabestros, cuya salida ordenó minutos después el presidente. El encargado de los toriles era el veterano Juan Rodríguez Bejarano, antiguo picador conocido por Juan de los Gallos (por su afición a ellos), que tan pronto vio que faltaban las llaves se fue derecho a quién intuía era el  responsable, gritándole desde el callejón: “Patatero, por tu madre, ¿dónde has echao las llaves...? ¡Qué me vas a buscá una ruina!”. Entendiendo el presidente que se trataba de una desobediencia, le comunicó con uno de los alguacilillos que estaba multado y procedería a detenerle si no salían los bueyes. Ya habían sido sancionados económicamente dos subalternos, por ahondar la espada o pincharle al animal en los ijares con un estoque escondido entre el capote, y cuando por fin salieron los mansos Candelero ya había muerto acribillado por el Gallo y su gente, por lo que el objetivo de Francisco González se había conseguido. 
Manuel de la Haba Zurito
Así concluía la narración del suceso la revista The Kon Leche (1/6/1914): “El Patatero es preso por la autoridad, y el hombre, que por lo visto siente horror por la cárcel de su pueblo, huye como alma que lleva el diablo, internándose en los corrales seguido por la fuerza pública. El banderillero cordobés escala unas tapias y huye por los tejados saltando a la calle. Son las diez de la noche y todavía corre por el Campo de la Merced un hombre acosado por los guardias. Es el Patatero”. Sin lugar a dudas, no cabe mayor testimonio de  lealtad del  peón para con su jefe de filas.  Además, en su admiración hacía el maestro solía decir: “Rafael es un torero honrao con él mismo. Que hay que correr, ni disimula ni lo niega. Pero cuando dise a toreá, ya os podéis olvidá de los toreros con más arte que habéis podío ver”.      
Como miembro también de la cuadrilla del Divino Calvo habría que citar a uno de los varilargueros más valorados en la historia del toreo. Me refiero a Manuel de Haba Bejarano Zurito, de cuyo fallecimiento acaba de cumplirse el 84 aniversario y del que me ocuparé próximamente, al igual que de Bernabé Álvarez Jiménez Catalino, asimismo lidiador a caballo en  las filas de Joselito, por entender que en base a sus respectivas ejecutorias profesionales son merecedores de capítulos separados, además de por no hacer más extenso este trabajo.  
En el cuarto y último episodio me refiero a dos banderilleros que el menor de los hijos  de Fernando el Gallo y la Señá Gabriela, el coloso Joselito, llevó en sus huestes toreras. Ellos son Francisco González Molina Chiquilín y Manuel Saco de León Cantimplas.
Lagartijo Chico convaleciente de un percance. Chiquilín, segundo por la izquierda,
sentado a la derecha del torero herido. Foto Palomares. Revista Sol y Sombra
El primero es otro de los numerosos toreros nacidos junto a las tapias del viejo Matadero cordobés. Era descendiente directo de la rama de los Poleo por matrimonio de María Sánchez Serrano con el modesto banderillero Rafael Molina de la Vega Niño de Dios, sus abuelos, padres de María Manuela Molina Sánchez, casada con Rafael González Rodríguez El Burranco (vaya contraste de apodos entre suegro y yerno), natural de Villaviciosa de Córdoba, carnicero de profesión y todo un personaje entre sus vecinos, pues, aunque no me consta que vistiera el traje de alamares, según me dijeron sus nietas Carmen y Francisca González Rodríguez en una sabrosa entrevista que a través de Alfonso González Chiquilin mantuve con ellas  en noviembre de 1982, “El Chacho Burranco siempre estuvo enredando alrededor de  los toreros del barrio”. Incluso he llegado a leer y oír que fue administrador de su cuñado Rafael Molina Sánchez  Lagartijo, considerando más bien que en todo caso podría haber sido su consejero en los comienzos del famoso diestro, por cuanto en realidad, tal y  como me indicaron sus citadas nietas, “aunque sabía leer y escribir, apenas dominaba eso de sumar y restar”. Que no era poco -les respondí- en los tiempos que corrían para aquella gente de condición humilde. Aun sin llegar a alcanzar su categoría profesional, dos hermanos de Chiquilín también fueron notables banderilleros: José, en los carteles Josepe o Jusepe, y Manuel, conocido por Recalcao o Recarcao, que de ambas formas se le ve anunciado. Por cierto, resulta curioso el origen de los apodos de Francisco y Manuel. Según contaban viejos aficionados del lugar y me ratificaron las mencionadas Carmen y Francisca, siendo muy niños se perdieron por el barrio, y en su búsqueda la madre llegó a preguntar al municipal de la zona si había visto a dos chavales “uno chiquilin y otro así como más recalcao”. Y como Chiquilin y Recalcao pasaron a la historia del toreo.
Estampa de La Lidia, con motivo de la alternativa
el 16/9/1900 de Machaquito y Lagartijo Chico.
Nacido el 11 de noviembre de 1876 en el lugar conocido entonces por las Cuatro Esquinas (actual cruce de las calles Molinos con Molina Sánchez Lagartijo), según mis datos, en sus comienzos no evidenció Chiquilin muchas pretensiones por intentar llegar a la alternativa, y las veces que intervino como matador se debieron a la cesión de astados por parte de sus jefes, o bien de manera accidental como sucedió el 12 de junio de 1889 en Logroño, donde estaba  anunciada  la pareja de novilleros de moda formada por Machaquito, que reaparecía de la cornada recibida en Bilbao (30/4) y Lagartijo Chico, pero al no encontrarse este  totalmente recuperado del percance sufrido en Córdoba (28/5) fue sustituido a última hora por Chiquilin, que figuraba en el cartel como subalterno, dando muerte a dos ejemplares de Espoz y Mina saliendo decorosamente airoso del improvisado trance. La primera referencia profesional corresponde a su intervención como banderillero, en la novillada celebrada en el desaparecido coso cordobés de Los Tejares el domingo 9 de septiembre de 1894, con ganado colmenareño de D. Luis Moreno. Un festejo en el que los quince lidiadores, es decir matadores, picadores banderilleros y hasta el puntillero residían en el Campo de la Merced,  y a los que con toda seguridad habría que añadir otros participantes secundarios (alguacilillos, monosabios, areneros, matarifes...) igualmente vecinos  suyos. No es de extrañar, por tanto, que se llegara a decir que durante el tiempo en que transcurrían las corridas, con las mujeres rezando en sus casas, no se veía a nadie por las calles del barrio, que quedaba en el más absoluto silencio hasta que finalizadas las mismas recuperaba su alegría, si no se había producido algún percance de gravedad. Puedo asegurar que carteles con la totalidad, o una mayoritaria presencia de toreros mercedarios, se repitieron con bastante frecuencia en aquellos años.  
Manuel Rodríguez Sánchez Manolete,
padre del gran torero de igual nombre.
Empezó a coger puesto fijo con Bebe Chico y Conejito, y cuando Rafael Sánchez Bebe, tras quedar inútil para el toreo al truncar su prometedora carrera el toro Cimbareto, formó y dirigió la cuadrilla de jóvenes cordobeses, comandada por Rafael González Machaquito y Rafael Molina Lagartijo Chico, no dudó en incluir a Chiquilin entre los banderilleros, y con ellos debutó en las plazas de Madrid (8/9/1898) y Sevilla (24/6/1899). Una vez que ambos diestros recibieron el doctorado en el  importante ruedo de la Villa y Corte (16/9/1900), y encauzaron por separado sus respectivos caminos, él continuó ligado a Lagartijo Chico hasta el 4 de octubre de 1908, fecha en la que el hijo de Juan Molina se vistió de luces por última vez, curiosamente junto a Machaquito. El 8 de octubre de 1910  la tuberculosis que venía minando su debilitada salud acabó con la vida del elegante torero, dejando viuda a Angustias Sánchez, que en segundas nupcias con el diestro Manolete serían padres del IV califa del toreo, Manuel Rodríguez Sánchez Manolete. A partir de aquella fecha en la plaza francesa de Nimes, Chiquilin cubrió la temporada de 1909 con varios espadas, y en las cuatro siguientes se le ve bajo la disciplina del citado Manolete, hasta su incorporación en la tropa torera de Joselito, para el que no habían pasado desapercibidas las extraordinarias aptitudes  del subalterno cordobés, convertido ya en uno de los más sobresalientes del escalafón, fruto de su brillantez con los rehiletes, elegancia con el capote cuando las reses lo permitían, y un conocimiento de la lidia fuera de lo común, cualidad esta última por la que el reputado escritor taurino Don Modesto le aplicó la siguiente rima: “Ya lo dijo Chiquilin, los toros de Miura saben la Biblia en latín”. Virtudes profesionales más que sobradas para ingresar en la cuadrilla de quien de forma  generalizada  casi, era el mejor torero de aquellos años, y en la que ya venía figurando Manuel Saco Cantimplas. En Córdoba no daban crédito a la noticia y no por falta de merecimientos precisamente. ¡Dos paisanos en la cuadrilla de Joselito! Su primera actuación fue en Valencia el 9 de marzo de 1914, temporada en la que, retirados en la anterior Bombita y Machaquito, toda la atención taurina se centraba en Joselito y Belmonte, que llegaba de realizar una brillante campaña en México, alcanzando esta rivalidad su momento más álgido. Cada encuentro era una competencia sin tregua en el ruedo y una pasión desmesurada en los tendidos. Con José continuó Chiquilin en 1915. Conservo un folio rayado en el que de su puño y letra se citan fecha y plaza de las 112 corridas toreadas, que comenzaron con un mano a mano entre los dos colosos (Málaga 28/2) y finalizó el 24 de octubre en  Madrid. En 1916 causó baja ocupando su lugar Luis Suárez Magritas, y aunque su disposición, valor y oficio seguían intactos, comprendió que la fortaleza física no daba ya para campañas tan extensas como hasta ahora estaba realizando, debido al padecimiento de estómago que desde hacía tiempo venía soportando (buscaba alivio en numerosas tomas diarias de bicarbonato), y le condujo a la muerte el  19 de octubre de 1918, cuando tan solo contaba cuarenta y dos años de edad. La última tarde que acompañó a Joselito fue la del  28 de septiembre en Madrid, en corrida a beneficio del retirado diestro Cayetano Leal Pepe Hillo. Trabajando  después para Celita y Manolete puso punto final Francisco González a su brillante hoja de servicios en los ruedos, pero pasado el tiempo el nombre artístico de Chiquilín volvería a verse en los carteles. Rafael González Rodríguez, Alfonso González Olmo y Rafael Jiménez González se encargaron de ello sin desmerecer a su antecesor. 
Manuel Saco de León Cantimplas
Referente a Manuel Saco de León Cantimplas, sin que se conozcan antecedentes taurinos en su familia, los adquirió al contraer matrimonio con María Rafaela Rodríguez Sánchez, apellidos que hablan por sí mismos si digo que fue bautizada en la parroquia de Santa Marina de Aguas Santas (y torerísimas, como solía añadir el escritor José María Gaona Tio Caniyitas), a la que pertenecía la casi totalidad de la collación del Campo de la Merced. Por citar algún parentesco diré que era hermana de los matadores de toros Bebe Chico y Manolete, con todo lo demás que a nivel taurómaco les rodea.  
Del matrimonio formado por Manuel Saco Sánchez y Ángela de León Lucena nació Manuel en Córdoba el día 19 de junio de 1878. Ya trabajaba en el vecino almacén de cereales y aceitunas de Benito Delgado, cuando acompañaba a otros jóvenes  en sus aventuras taurinas por pueblos de la provincia, y en 1895 actuaba como banderillero en aquellas novilladas que tenían por escenario la histórica plaza de Los Tejares, en las que, como quedó apuntado anteriormente, todos los lidiadores procedían del varias veces citado barrio del Matadero. La primera vez que veo su nombre en una crónica hace referencia a la celebrada el domingo 8 de septiembre, sustituyendo al anunciado Francisco González Chiquilin. El año siguiente ya lo hacía en calidad de matador y como tal se presentó en Madrid el 29 de julio de 1900, vestido de tabaco y oro, para enfrentarse a seis ejemplares de D. Eduardo Ibarra en compañía de los alcalareños Manuel García Revertito y Antonio Olmedo Valentin, estando muy por encima de las posibilidades que le ofrecieron Alabadito y Tabernero, que fue condenado a fuego. A pesar de esta buena impresión en tan importante ruedo, al terminar aquel año ya figuraba como banderillero entre el personal de la pareja de novilleros Machaquito y Lagartijo Chico, continuando al lado de este último una vez que el binomio taurino quedó roto al tomar ambos la alternativa. Cuando el hijo de Juan Molina, que en más de una ocasión le cedió la muerte de algún toro, actuó en Nimes el 4 de octubre de 1908, la tuberculosis ya le tenía  herido de muerte y no volvería a vestirse de luces. Cantimplas trabajó después sin cuadrilla fija, prodigándose más con su cuñado Manolete hasta que Machquito, que conocía bien sus cualidades profesionales, lo llevó con él desde la temporada 1911 hasta su retirada en Madrid (16/10/1913), la tarde que doctoró a Juan Belmonte
Machaquito otorga la alternativa a Belmonte
Fue entonces cuando Joselito comenzó a renovar su cuadrilla, dando entrada en ella a Enrique Belenguer Blanquet para bregar con maestría los astados que sacaban aspereza, y Cantimplas para dejarlos en suerte corriéndolos a una mano con su capote de seda. Según escribe el escritor Gustavo del Barco en el prólogo de su obra Joselito El Gallo, con estas dos incorporaciones “se simplificó el número de capotazos, se molestó menos a las reses, se suprimieron casi por completo los tirones bruscos y rápidos y se llevó a los cornúpetas a los caballos tirando de ellos por delante”. La nómina de subalternos de a pie la completaría Enrique Ortega El Almendro, primo de Joselito. Como ha quedado apuntado, en 1915 se incorporó Francisco González Chiquilin, llegando después nuevas incorporaciones hasta reunir la que sin duda era entonces la mejor formación de toreros, como correspondía a un diestro que rebasaba el centenar de actuaciones por temporada. Después de la tragedia de Talavera,  Cantimplas finalizó la campaña de 1920 trabajando para el Gallo y Sánchez Mejías, hermano y cuñado de José respectivamente, y en 1921 acompañó al diestro José Gómez Joseíto de Málaga, pero ya acusaba la huella de su dolencia pulmonar, que se agravó y fue la causa determinante de  su fallecimiento, a raíz de una monumental mojada que le cayó encima y empapó todas las ropas y enseres, cuando estaba  dedicado a la caza del pájaro, su afición favorita. En una de las últimas visitas que le hizo el médico que le atendía, D. Vicente Orti, le dijo: Ya ve usté, don Vicente, con más de dos mil toros a mis espaldas, y va a ser una dichosa pulmonía la que me lleve palante”. Además, se daba la penosa circunstancia de que su posición económica era lamentable, a pesar de lo mucho que había toreado. El sustento de una familia numerosa y su generosidad para con los demás eran motivos suficientes para justificar dicha situación. Decían que al finalizar cada temporada regalaba ropa de torear, capotes y demás útiles profesionales a los jóvenes novilleros que se lo solicitaban, por lo que cada comienzo de la siguiente tenía que jatearse de nuevo. 
Manolete y su primo hermano Rafael Saco El Pelu
El domingo 12 de febrero de 1922 se celebró en Córdoba un festejo en favor de las víctimas del accidente ferroviario de Los Pradillos, al término del cual los espadas actuantes pasaron por el domicilio de Cantimplas para interesarse por su salud, y ante el panorama que de cara a su futuro observaron se comprometieron a torear un festival en su beneficio, que se llevó a efecto siete días después, en el que con reses cedidas por tres ganaderos de la tierra fueron cabeceras del cartel Camará, Varelito, Granero, Maera, Nacional II y Rafael Saco El Pelu, hijo del  interesado, que contaba diecisiete años de edad y apuntaba buenas maneras para el toreo. Otros tres vástagos también siguieron la senda taurina del padre con los apodos de Niño Dios (José), Fernandi (Fernando) y Toto (Antonio), en tanto que su hija Carmen contrajo matrimonio con el novillero Rafael Sánchez Camará II, padres de seis hijos apellidados Sánchez Saco, igualmente toreros y primos a su vez de los Saco Bejarano y Saco Córdoba. ¿Será por descendencia taurina? Manuel Saco de León Cantimplas, al que la afición barcelonesa llegó a denominar el torero de acero, dejó de existir en su ciudad natal el 18 de marzo de 1922. Maldades del destino, dos de los citados diestros que intervinieron en el mencionado festival benéfico, cayeron mortalmente heridos transcurridos tan solo treinta y sesenta días de su muerte. Me refiero a  Manuel Varé Varelito (Sevilla, 21 de abril) y Manuel Granero (Madrid, 22 de mayo). 
En resumen, cinco toreros cordobeses que escribieron sus nombres con letras de oro en la historia de la Tauromaquia y guardaron una vinculación directa con la famosa dinastía de los Gallo, por lo que considero eran merecedores de ser recordados al cumplirse el centenario de la desaparición de José Gómez Ortega Joselito, conocido también por Gallito.