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martes, 4 de abril de 2023

LA PASIÓN NO DEBE ECLIPSAR LA OBJETIVIDAD

Por Antonio Luis Aguilera 

Escultura de Juan Belmonte en Triana.
Obra de Venancio Blanco

No es fácil estudiar a fondo la historia del toreo. Como todos los estudios, requiere objetividad, cualidad que por lo difícil que resulta armonizar con la pasión no han sabido aplicar muchos de los escritores. Un siglo después de la competencia de José, Juan y Rodolfo el grandioso torero mexicano que trajo de cabeza a «Joselito» y todos dejan fuera del relato—, se sigue discutiendo sobre la «paternidad» del arte del toreo, como si el toreo hubiera tenido un solo padre. Hay aficionados que les encanta expedir partidas de nacimiento del registro civil que solo existe en su imaginación. ¿Así las cosas, a qué padre se refieren cuando tratan de explicar el toreo anterior a «Gallito», Belmonte y Gaona?

¿O es que no existió el arte de «Cúchares», como la sabiduría popular llamó con acierto al nuevo modo de hacer de Francisco Arjona Herrera, cuando el madrileño tenido por sevillano se echó la muleta a la mano derecha —reservada exclusivamente para el uso del estoque—, y marcó el punto de partida del desarrollo creativo de la lidia, ese arte que la gente llana inmortalizó con su apodo? ¿O acaso no existió manifestación artística en el toreo del también madrileño Cayetano Sanz, a quien se atribuye la invención del lance de frente por detrás —que refinaría Gaona de tal forma que sería conocido por su apellido—, y de quien se escribió que dio siete naturales seguidos? ¿Y si la palabra arte la sustituimos por elegancia, acaso no es «Lagartijo» el que pone a todos de acuerdo en el refinamiento que aportó a las suertes del toreo el inolvidable espada cordobés? ¿No fue el señor Fernando «el Gallo», padre de la célebre dinastía formada por Rafael, José y Fernando, el espada del que todos los toreros de su tiempo decían que por la belleza de su arte daba gusto verlo torear? Sirvan estos ejemplos para afirmar que cada época tuvo su toro, su torero y su público. Y por supuesto, su manifestación artística, condición sin la que el toreo no habría apasionado a tantas generaciones de españoles, que con rotunda seguridad no habrían pagado una entrada para presenciar labores exclusivas de matarifes.

Recorte del señor Fernando «el Gallo» en la plaza de Madrid

Pero centrándonos en quienes pretenden expedir la partida de nacimiento «al arte del toreo» en un imaginario registro civil, sorprenden las declaraciones del catedrático y filósofo Francis Wolff, recogidas en el diario ABC del 22 de marzo, donde el prestigioso aficionado francés señala la fecha del 11 de abril de 1913 como punto de partida artística de la Tauromaquia, cuando el «Pasmo de Triana» intercaló varias verónicas sin enmendar la plana en la plaza de toros de Madrid: «Juan Belmonte es el inventor del toreo como arte. Aquello se consideró una “revolución belmontina”. Y lo fue porque sus innovaciones se impusieron como cánones hasta hoy».

Juan Belmonte torea por verónicas en Madrid

Pensamos que nadie en su sano juicio puede cuestionar el singular magnetismo del toreo de capa de Belmonte. Con razón recurrieron a la hipérbole para calificarlo y le llamaron «Terremoto», pues era tal la fuerza telúrica de ese toreo que fue considerado como un «fenómeno», porque por primera vez, tras reducir las distancias con el animal, el torero conservaba su terreno para ejecutar la verónica como nadie lo había hecho, cuadrando el capote para que el toro lo tomara como una golosina, donde Juan lo envolvía en un temple portentoso que lo traía, llevaba y sujetaba para repetir la suerte, resolviendo con el gozne de un giro de muñeca que lo conducía hasta detrás de la cadera, proclamando así la ligazón del lance a la verónica.

Esa fue la clave: la forma de hilvanar los lances a la verónica, con un acento personal único e intransferible, y la manera de rematar con media verónica escultural, liándose el toro a la cintura, que liberaba la emoción en los tendidos y provocaba el jubileo universal de la plaza ante ese toreo nuevo, excepcional por su temple y por la quietud del torero en la ejecución de la suerteY del magnetismo de aquel toreo y la locura provocada por la emoción levantada, vino la repercusión literaria del personaje, en una carrera de ditirambos donde compitieron por no quedarse atrás los intelectuales y los revisteros de la época, que fue consensuada sin mucho rigor con la proclamación del «padre» del toreo moderno. No del toreo de capa moderno, sino del toreo en toda la extensión de la palabra.

El toreo de muleta de Juan, en la pintura de Adolfo Durá Abad

Juan Belmonte fue un genio que por torear más cerca y disputarle los terrenos al toro de su tiempo, más seleccionado y con mayor fijeza, que ya empezaba a consentir que le disputaran su terreno, permitió que pudiera revelar el temple el trianero, su portentosa virtud, definitiva para  expresar un hondo sentimiento artístico, tan extraordinario que aún parece latir en las fotografías que recuerdan su paso por el toreo. Como decía el propio torero: «Para mí, aparte de las cuestiones técnicas, lo más importante en la lidia, sean cuales sean los términos en que ésta se plantee, es el acento personal que en ella pone el lidiador. Es decir, el estilo. El estilo es también el torero. Se torea como se es. Esto es lo importante: que la íntima emoción traspase el juego de la lidia: que al torero, cuando termine la faena, se le salten las lágrimas o tenga esa sonrisa de beatitud, de plenitud espiritual, que el hombre siente cada vez que el ejercicio de su arte, el suyo peculiar, por ínfimo o humilde que sea, le hace sentir el aletazo de la Divinidad».

Sin embargo, los panegiristas del torero omiten que Belmonte no cambió el planteamiento del antiguo toreo de muleta. Sus faenas se desarrollaban según las normas clásicas, con el diestro en los terrenos de adentro y el toro en los de afuera, la misma preceptiva anterior, y consistían en pases por alto, un natural ligado con el de pecho con la misma mano, molinetes, faroles y desplantes, con la diferencia que al ceñirse más con el toro, al torear más cerca y empaparlo de muleta, conseguía sujetarlo al terminar el pase, pues el animal no abandonaba la suerte en línea recta, sino que al ir toreado comenzaba a describir una línea curva, y como el torero permanecía en los terrenos de adentro, para no quedarse fuera de cacho entre pase y pase, no tenía más remedio que cruzarse en busca del pitón contrario, mientras el toro en su trayectoria entre pases por las afueras iba describiendo ochos en la arena.

«Chicuelo» inmortaliza a "Dentista" en México el 25/10/1925

La ligazón del toreo de muleta vendría posteriormente con «Chicuelo», que toreando en la distancia establecida por Belmonte, y sujetando de igual forma al toro, al curvarse el animal al final del muletazo, en lugar de irse al pitón contrario, para torear por los terrenos de afuera, resolvió el problema girando sobre su eje para permutar los espacios y así, al dejar al toro pasar por adentro, ligar el siguiente muletazo. Y como lo hizo con la muleta en la mano izquierda, en lugar de la combinación del toreo anterior del natural ligado con el de pecho con la misma mano, el genio de la Alameda de Hércules enseñaba que con la alternancia de espacios se ligaban los pases naturales en series.

«Chicuelo» cambia el toreo en España la tarde del 24/5/1928

«Chicuelo» versificó el toreo moderno agrupando los pases de muleta en series como los versos lo hacen en estrofas. Manuel Jiménez Moreno, poseedor de una gracia y expresión artística simpar, fue el inventor de la faena moderna. Una faena que en su evolución requirió la selección de un toro distinto al del siglo anterior, el ceñimiento de las distancias de Belmonte, la ligazón revelada por «Joselito», esa que tras la tarde de Talavera de la Reina continuó y embelleció «Chicuelo» puliéndola con su arte. Años después vendría «Manolete», que con su valor, regularidad y solemnidad la consagraría definitivamente como la arquitectura que habría de acoger cualquier expresión artística. Así las cosas nos preguntamos: ¿Y con la muleta, no hubo «inventores» del toreo como arte?

miércoles, 8 de diciembre de 2021

RECORDANDO A RAFAEL MOLINA SÁNCHEZ “LAGARTIJO”

Por Rafael Sánchez González                                                     

Rafael Molina Lagartijo
                                             

Desde que muy joven me inicié como aficionado a la Fiesta de los toros, sentí gran interés por conocer la enorme riqueza que encierra la historia de la Tauromaquia, y uno de sus personajes que más me cautivaron fue Rafael Molina Sánchez Lagartijo, de quién el pasado día 27 se cumplieron ciento ochenta años de su nacimiento.

Introducirnos en el aluvión de datos que aporta su densa biografía, ni es mi intención ahora ni sabría en este momento por cuál de ellos declinarme, puesto que solo trato dedicar unas líneas en recuerdo de tan inmenso torero.

Lagartijo El Grande

Había en toda su figura tales atractivos, existía tal relación entre la suerte ejecutada, los medios de ejecución y la manera de practicarla, que no quedaba al espectador otro recurso que entregarse ante aquel artista incomparable y batir palmas a la serenidad, valor, aplomo y elegancia, a la maestría en una palabra, de tan incomparable coloso del toreo. El fondo y la forma se daban la mano para hacer de Lagartijo la personificación del torero más perfecto que hasta su retirada se había conocido y uno de los más completos que han existido. Hablar de la historia del Toreo y no citarle en primer término sería imperdonable, porque su señera figura alcanzó relieve de grandeza. La traza y la silueta de su cuerpo, hasta la elegancia de sus movimientos y la armonía de sus acciones en el ruedo, envolvían de plasticidad la lidia. Solo por verle hacer el paseíllo valía la pena pagar la entrada, llegó a decir de él Guerrita. Como también se decía, que componía una obra de arte cada vez que desplegaba su capote. Belleza helénica encarnada y viviente en su toreo. Tras los esbozos artísticos del patilludo diestro madrileño Cayetano Sanz, Lagartijo pasa por ser el torero de mayor arte que hasta entonces, e incluso muchos años después, han conocido los públicos. Lagartijo el Grande le llamaban en su tierra. 

Piconera con burro. Foto: Blog Notas Cordobesas de Paco Muñoz

Porque, Rafael Molina no solo fue grande como torero. En lo personal fue un hombre honrado y bueno; serio, pero ocurrente; altivo con los grandes y colaborador con los humildes. Que les preguntasen a los piconeros cordobeses de los que fue su ángel protector. Aquellos humildes hombres de un gremio muy extendido entonces en la ciudad siempre encontraron amparo en él, desde pagarles los borriquillos con los que portaban sus pesadas cargas, hasta bautizarles los hijos con la sola condición de que se les impusiera el nombre del Arcángel San Rafael. Asimismo, durante los últimos años de su vida mantuvo la costumbre de repartir todos los martes un plato de comida a los pobres que se acercaban a su domicilio. Y esa misma condición de generosa entrega personal la tuvo igualmente hacia sus compañeros. Quien desde su alejamiento de la profesión apenas salió de Córdoba, no dudó en viajar a Madrid para dar su último adiós al único espada que fue capaz de rivalizar firmemente con él durante veintitrés temporadas, Salvador Sánchez Frascuelo, ante cuyo cadáver se postró arrodillado, y sin poder evitar que unas lágrimas rodaran por su rostro exclamó: pobre Salvaór… tanto luchá pa esto.

Salvador Sánchez Frascuelo

Sobre tan extraordinario personaje ¿cómo podría yo resumir siquiera en el breve espacio de un artículo las hazañas de aquel torero excepcional, que comenzó a torear a los once años de edad y se alejó de los ruedos cumplidos ya los cincuenta y dos? Por cierto, enfrentándose en solitario a seis ejemplares de Veragua en la plaza de Villa y Corte. Si acaso, indicar que a lo largo de las veintiocho temporadas que ininterrumpidamente estuvo en activo, es decir, desde el 29 de septiembre de 1865 que recibió la alternativa en Úbeda (Jaén), al primer día de junio de 1893 que por última vez vistió el traje de luces, totalizó 1.632 corridas en las que estoqueó 4.867 toros, cifras de las que 404 y 894, respectivamente, corresponden a Madrid.

Aun cuando he dicho que no intentaría relatar ningún acontecimiento de su vida torera, permítaseme referir un breve suceso, al menos curioso, encontrado entre la documentación que sobre el primer califa tengo recogida.

Festejos en honor del príncipe Federico Guillermo

Funciones de teatro, revistas militares, recepciones y banquetes y hasta una corrida de toros se celebraron en Madrid, en noviembre de 1883, para festejar la visita del príncipe imperial Federico Guillermo, que sería último emperador de Alemania (1888-1918) y rey de Prusia. A tal fin, el domingo 25 de noviembre se organizó una función extraordinaria, que solo vino a engrosar las ganancias de la empresa, indemnizada además de manera oficial con diez mil pesetas, puesto que el ganado lidiado no añadió gloria alguna a la divisa de Veragua y, por lo tanto, aportaron muy poco al lucimiento de Lagartijo, Francisco Arjona Currito y Fernando Gómez Gallo, diestros cabeceros de aquella temporada en el coso matritense, festejo en el que Miguel Almendro, a la sazón banderillero a las órdenes de Fernando, mató en último lugar un sobrero de Eduardo Schelly, tan manso como los ejemplares del señor duque. Baste decir, que, según un revistero de la época, hubo momentos en que los espectadores que ocupaban las localidades altas se entretuvieron tratando de coger al vuelo, como si de moscas se trataran, los jilgueros que sobre sus cabezas revoloteaban.

Sonaron himnos nacionales y hubo brindis para el egregio forastero, que, junto a los reyes de España, Alfonso XII y María Cristina de Absburgo-Lorena, presenciaron el festejo desde el palco real, al que fueron invitados los cuatro espadas junto con un representante de sus respectivas cuadrillas, para saludar a Federico Guillermo, que, muy agradecido expresó su admiración hacia ellos, recibiendo de Lagartijo el estoque con el que había dado muerte a sus dos oponentes, obsequio que recogió manifestando que figuraría entre las espadas de Napoleón III y otros distinguidos militares en una vitrina de palacio, indicándole al conde de Solm que le facilitara los nombres de los cuatro matadores para poderles corresponder con un regalo personalizado.

Lagartijo en la plaza de Madrid

Al despedirse con unas palabras de elogio estrechó la mano a los ocho lidiadores presentes, y entendiendo Currito que les ofrecía su casa, respondió resuelto: en San Bernardo tiene usté la suya, donde quiera que pregunte le darán rasón. La cosa no deja de tener su gracia, pero es que, cuando ya regresaban en jardinera camino de la fonda, según se cuenta, Lagartijo le preguntó a su hermano: ¿tu crees que el hijo del Curro ha entendío al príncipe ese? Juan Molina, que en perspicacia superaba a Rafael, le contestó sorprendido: pero Rafaé, ¿tu va a jasé caso de un endividuo que está más volao que la veleta una torre?

Rafael Molina Sánchez Lagartijo. Un torero que no invadió normas ni borró jurisdicciones, sino que se atuvo a ellas y dentro de ellas fue un consumado maestro y la melodía torera más inspirada y bella vestida de luces. Fue el torero que, sin darse cuenta, promovió el renacimiento de la literatura taurina. Su nombre, escrito con letras de oro, engalana la historia del Toreo y es orgullo y gloria para la tierra que le vio nacer, hace ahora ciento ochenta años. 

jueves, 23 de septiembre de 2021

LA PLAZA DE TOROS DE GIJÓN Y RAFAEL GUERRA «GUERRITA»

Por Rafael Sánchez González      

Plaza de toros de Gijón

Ana González, alcaldesa de Gijón, ha decidido de manera unilateral no prorrogar la contratación del arrendamiento de la plaza de toros de El Bibio, de propiedad municipal, y de esta forma poner punto final a la celebración de espectáculos taurinos en aquella ciudad. Según indicó, la decisión estaba tomada desde hacía tiempo, pero la gota que ha colmado el vaso ha sido el hecho de que dos de los toros lidiados en la última corrida de la pasada feria llevaban los nombres de Feminista y Nigeriano. Añadiendo, además, que una ciudad que cree en la integridad y la igualdad de hombres y mujeres no puede permitir este tipo de cosas, y que se han utilizado los toros para desplegar una ideología contraria a los derechos humanos. Asimismo, afirma que ella no prohíbe nada, “pero la plaza de toros será para conciertos”. A tal fin, cómo no, cuenta con el respaldo de Izquierda Unida y Podemos.

Con ser relevante, no es este precisamente el motivo fundamental que me induce a escribir estas líneas, aunque como aficionado a la Fiesta Nacional no deje de preocuparme. Voces vinculadas directamente con el entramado taurino ya han manifestado su repulsa ante tan arbitraria decisión por parte de la regidora del municipio gijonés, pero argumentar que con los nombres de los citados toros se insulta al mundo del feminismo y a las personas inmigrantes, me parece un pretexto bastante baladí para tomar tan tajante como injusta determinación.

Conviene recordar, no obstante, que según la jurisprudencia ninguna autoridad municipal o autonómica puede dejar de proteger una manifestación cultural legal mientras no se modifique la legislación en vigor. La Ley 18/2013 para la regulación de la Tauromaquia, configura a ésta como un patrimonio cultural “digno de protección en todo el territorio nacional”, estableciendo que todas las Administraciones Públicas tienen un “deber de protección y conservación, así como promover su enriquecimiento”. Y la Ley 10/2015, para la salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial establece que los poderes públicos deben ejercer en sus respectivos ámbitos de competencia, una acción de defensa sobre los bienes que integran el patrimonio cultural inmaterial, entre los cuales se encuentra la Tauromaquia. Dicho esto, vayamos al tema que motiva este artículo. 

Cartel de la corrida de inauguración de la plaza de Gijón

Al cumplirse el ochenta aniversario del fallecimiento de Rafael Guerra Bejarano, Guerrita (21/2/1941), bueno será recordar que la plaza de toros de El Bibio de Gijón, centro de la polémica suscitada por la susodicha alcaldesa, fue la primera de las cinco que a lo largo de su trayectoria profesional inauguró el diestro de Córdoba. Las cuatro restantes fueron: Zamora (22/6/1889), con Ángel Pastor y ganado de Juan Sánchez, de Carreros. Valladolid (20/9/1890), alternando con Rafael Molina, Lagartijo y Manuel García, Espartero, ante toros de Saltillo. Y las dos últimas en 1894, actuando como único espada en Mataró (27/7), frente a reses de Cámara; y Jerez (2/8), lidiando un encierro de Villamarta, mano a mano con Francisco Bonal, Bonarillo.

Aunque los primeros antecedentes taurinos de Gijón se remontan a 1660, año en el que la Corporación Municipal acordó que con motivo de la festividad del Santo de la Villa se celebrase un festejo de toros, que tuvo por escenario la plaza que después tomaría el nombre de la Soledad, bien puede decirse que fue a partir de la construcción del coso de El Bibio cuando los espectáculos taurinos adquirieron relevancia para los gijoneses. Quede constancia también del circo taurómaco de madera que en 1862 se improvisó en el Parque de Begoña, en cuyo ruedo actuaron los célebres espadas Antonio Sánchez, Tato y Ángel López, Regatero.

Paseo de Begoña, donde se instaló una plaza de toros.

En 1887 un grupo de ciudadanos de la localidad, con Florencio Rodríguez a la cabeza, constituyeron una sociedad cuya finalidad era dotar a Gijón de una plaza de toros con carácter permanente en consonancia con las del resto de España, en terrenos del parque conocido por El Bibio junto a la carretera de Villaviciosa. Con proyecto del arquitecto Ignacio Velasco se encargó la construcción de la obra a los señores Goyanes y Casanova, levantándose un edificio de estilo neomudéjar con capacidad para diez mil espectadores, que en 1888 estrenaron los diestros Luis Mazzantini y Rafael Guerra, Guerrita con ocasión de las Fiestas de la Virgen de Begoña. Sucedía esto cuando Guerrita cumplía su primera temporada completa como matador de alternativa y ya era el espada que acaparaba la máxima atención entre los aficionados de finales del siglo XIX, hasta llegar a convertirse en uno de los toreros más importantes en toda la historia de la Tauromaquia.

Un siglo, por cierto, de ingrato recuerdo, que para colmo de males culminó con la pérdida de las colonias de ultramar, que sellaría el final de lo que había sido el poderoso imperio español. Al comenzar la regencia de la reina María Cristina tras la muerte de Alfonso XII, Práxedes Mateo Sagasta y Antonio Cánovas del Castillo estaban al frente de los partidos liberal y conservador, respectivamente, quienes establecieron un turno de alternancia al frente del gobierno. Algo sumamente difícil en aquellos años, que, junto a los primeros del siguiente siglo significaron una grave crisis económica para el país. Hasta mediados de 1890 gobernó Sagasta, siguiéndole Cánovas hasta fines de 1892, y así venían sucediéndose cuando en agosto del 97 fue asesinado este último. Al margen de todos estos acontecimientos políticos, como queriéndose olvidar de la preocupante situación que se vivía, los españoles seguían entregados a los espectáculos taurinos. Su afición preferida.

Plaza de toros de El Bibio en el año 1888

Volviendo a la plaza de toros de Gijón, es fácil comprender que su inauguración constituyese un gran acontecimiento para la ciudad, que rebasando incluso el ámbito taurino se convirtió en un fenómeno social para los gijoneses. A tal fin, se confeccionaron lujosos programas editados en seda amarilla y rosa, en cuya cabecera aparecían orlados los retratos de los dos espadas actuantes y se detallaban los precios de las localidades (cuatro pesetas el tendido de sombra y tres el de sol), así como las pertinentes observaciones y los componentes de las cuadrillas. Con Guerrita figuraban los picadores Francisco Fuentes y Antonio Bejarano, Pegote, y como banderilleros su hermano Antonio, Miguel Almendro, Ricardo Verdute, Primito y Rafael Rodríguez, Mojino, anunciándose en funciones de puntillero Joaquín del Río, Alones.

Conviene aclarar que la primera intención de la empresa formada por los señores Goyanes, Canosa y Compañía fue contar con Lagartijo y Frascuelo, pero por coincidencia con la feria de San Sebastián no fue posible su contratación. Se pensó entonces en José Sánchez Cara-ancha y Guerrita junto con Fernando Gómez, Gallo como tercer espada, siendo al final Mazzantini quien acompañase al torero de Córdoba, al ser elegido por mayoritaria petición de personas influyentes de la ciudad.

Servicio de tranvías a la plaza de toros de Gijón

Desde primeras horas de la mañana se produjo un desconocido aluvión de forasteros. Los trenes del norte dejaban gran cantidad de aficionados de la capital y otros pueblos de la provincia, y por el ferrocarril económico de Langreo, por los vapores y diligencias de localidades cercanas y demás medios de locomoción llegaron multitud de gente para presenciar el acontecimiento, haciendo intransitable la calle Corrida desde horas antes de la anunciada para su comienzo. Sobraría decir que la plaza, que se llenó a rebosar, presentaba un maravilloso aspecto y la aristocracia gijonesa ocupó mayoritariamente las localidades de palcos, en cuyos antepechos destacaban distinguidas y elegantes damas de la sociedad. También la literatura dramática estaba bien representada por los aplaudidos autores Vital Aza y Miguel Ramos Carrión, y en lo referente a la prensa local cabe citar al director del periódico tradicionalista El Cabecilla, señor Grande y a J. Flores, redactor de El Correo, a los que hay que añadir varios enviados especiales de la prensa taurina.

Con respecto al resultado del festejo bien puede decirse que no respondió a la expectación creada, y no precisamente por culpa de los toreros, que pusieron todo su empeño en lograr el triunfo y la complacencia del público, pero los toros de José Orozco no estuvieron a la altura que correspondía al reconocido prestigio de la sevillana divisa encarnada, blanca y caña. Un encierro al que le faltó poder y sobró mansedumbre, por lo que varios ejemplares fueron protestados desde los tendidos, hasta colmar la paciencia de gran número de espectadores en el sexto, arrojándose al ruedo almohadillas, botellas, bastones y cuantos objetos tenían a mano, por negarse el presidente, señor Rodríguez Sarmiento, a ordenar que el manso fuese fogueado. Vaya en descargo del ganadero que los animales llegaron en muy malas condiciones después de cincuenta y seis días de viaje y solo descansaron veinticuatro horas en los corrales de la plaza. Por orden de salida llevaban los nombres de Morito, Boyero, Brujito, Lechugo, Boñigo y Bollullero.

Rafael Guerra Bejarano «Guerrita». Foto Montilla.

Mazzantini, que vestía de verde botella y oro, fue aplaudido en dos de sus oponentes, mostrándose algo precavido a la hora de entrar a matar, suerte en la que basaba la mayoría de sus triunfos. Referente a Guerrita, que lucía un terno azul y oro, tampoco pudo sellar con éxito el final de sus intervenciones, viéndosele toda la tarde muy activo como lidiador frente a un ganado que requería muchos conocimientos para solventar las dificultades que sacaron de principio a fin. Las mayores ovaciones se oyeron durante el tercio de banderillas del quinto, rivalizando los dos espadas tanto al clavar, como en sus adornos jugueteos con el toro, sobre todo cuando Guerrita le arrancó la divisa al salir de un vistoso y arriesgado quiebro. Su segundo fue muy castigado en varas, por lo que llegó medio muerto a la muleta. Y poco pudo hacer con el bicho que cerraba el festejo, un manso de carreta, que en manos de otro espada sin los conocimientos técnicos del diestro de Córdoba hubiera hecho casi imposible acabar con su vida.

Luis Mazzantini y Eguía

Como colofón a estas líneas, apuntaré que en aquella temporada de 1888 Rafael Guerra sumó 71 corridas de toros en plazas españolas, a las que hay que agregar 9 de las 12 que toreó en La Habana, siendo el primer espada cordobés que actuó en cosos de Hispanoamérica. Lagartijo desestimó la oferta en dos ocasiones alegando que eso me cae mu lejos del barrio. Barrio del viejo matadero de Córdoba en el que por aquellas fechas se hizo muy popular esta coplilla: Ni me peino ni me lavo / ni me asomo a la ventana / hasta que no vea venir / a Guerrita de La Habana. Y volvió con un importante resultado artístico y económico y una cornada en el cuello que le infirió Boticario, marcado con el hierro de Saltillo, percance que con el paso del tiempo resultaría ser el origen del cáncer facial causante de su muerte, aunque no falten historiadores apuntando que el epitelioma de cuello que generaría el fatal desenlace fue la herida que en dicha zona sufrió en Murcia por un astado de Solís, de nombre Bragadito, el 7 de septiembre de 1893. Fallecimiento en definitiva del que, como ha quedado anotado anteriormente, se ha cumplido este año el ochenta aniversario. 

domingo, 15 de agosto de 2021

LA GRAN TEMPORADA DE «GUERRITA» (I)

Por Rafael Sánchez González

Rafael Guerra Bejarano «Guerrita».
Óleo de Julio Romero de Torres

Mientras España curaba sus heridas por la pérdida de las colonias de ultramar, las plazas de toros eran los escenarios donde muchos españoles, olvidando la situación política por la que atravesaba el país, seguían entregándose a su afición favorita, los espectáculos taurinos, en cuyo entorno se reflejaba también ese ambiente de pesar, influenciado además por la retirada de los dos ídolos que durante más de cuatro lustros habían acaparado la máxima atención y dividido sus pasiones: Rafael Molina Lagartijo y Salvador Sánchez Frascuelo. Cuando esto sucedía, otro diestro ocupaba ya el liderazgo de manera absoluta, Rafael Guerra Guerrita, cuya trayectoria profesional transcurrió envuelta en una merecidísima aureola de auténtico magisterio. Desde su aparición formando parte de la Cuadrilla Juvenil Cordobesa que en 1875 formó Francisco Rodríguez Gómez Caniqui, destacado banderillero a quien un problema de visión le obligó a dejar la profesión, Llaverito, que así se le conocía entonces a Rafael (por ser hijo del conserje y por consiguiente tener las llaves del viejo Matadero de Córdoba), mostró unas cualidades excepcionales para la lidia, aptitudes que fueron progresando a medida que avanzaba su excepcional carrera, hasta que en 1899 decidió retirarse cuando era figura máxima e indiscutible de la Tauromaquia. Pero si toda su ejecutoria en los ruedos fue brillantísima, cabe significar que en 1894 cuajó su campaña más completa, que además se vio acompañada por acontecimientos de muy diversa índole. Fue, la gran temporada de Guerrita, a la que quiero dedicar la atención que por su relevancia merece.

El Barrio del Matadero de Córdoba, en el Campo de la Merced.

A modo de introducción, he de indicar que en 1891 el bando lagartijista, declarado abiertamente en contra de Guerrita, tomó partido por Manuel García el Espartero, quien a base de gran pundonor y un arrojo temerario cogió alas en el coso de la Villa y Corte, situación por la que Rafael decidió no ajustarse el siguiente año (1892) con el empresario de tan importante plaza, el famoso Bartolo (Bartolomé Muñoz), que tampoco pudo contar con Luis Mazzantini y José Sánchez Cara-ancha. En 1893, siguiendo la determinación tomada por Frascuelo y cansado por el peso de los años se retiró Lagartijo, que ya había firmado las paces en Córdoba con Guerrita (un problema del que sus respectivos seguidores fueron más culpables que los propios espadas), y cuando este último regresa ante el exigente público madrileño, aun sin decepcionar, tampoco puede decirse que alcanzara el alto nivel de años anteriores. Al empuje del Espartero vino a unirse con fuerza en la segunda parte del abono Antonio Reverte, otro diestro sevillano con el valor como base de sus triunfos y la misma atracción popular que su citado paisano, del barrio de La Alfalfa. Así estaban las cosas cuando Rafael encaró su importante campaña de 1894, que curiosamente comenzó con dos actuaciones los días 2 y 5 de marzo en la plaza Serra do Pillar de Oporto (Portugal), acompañado del rejoneador Duarte d´Oliveira.

La temporada madrileña se abrió el siguiente día 25, con ganado de Manuel Bañuelos para Espartero, Reverte y Guerrita, quien, vestido de verde y oro, se enfrentó a Picafuerte y Lagartijo (no sería el único astado con este nombre que matase a lo largo de su carrera), actuación que le sirvió para darse buena cuenta de que había que apretarse los machos, dado que soplaban vientos de Fronda. Pero no tardaría Rafael en poner las cosas en su lugar exacto. En la primera de abono, el domingo 1 de abril (suspendida por lluvia siete días antes), con los mismos compañeros de cartel y reses de Esteban Hernández, grandes y con poder, cuajó el diestro de Córdoba una de sus tardes más completas en este coso frente a Rebollo, un colorao de cuello rizao y grandes defensas, que derrochó mansedumbre desde que asomó por la puerta de chiqueros, y a Segoviano, ejemplar de bonita lámina, con el que se lucieron en quites los tres espadas y cuya muerte brindó a la francesa duquesa de Uzés, que le correspondió con un valioso alfiler, para realizar después una brillante faena a la que puso colofón con un soberbio volapié. El público, que se había mostrado con intencionada frialdad tras rematar a su primero, no tuvo más remedio que entregársele con una ovación general, que le acompañó cuando en su jardinera enfilaba la calle de Alcalá arriba para entrar en la del Turco camino de la fonda.

Guerrita en la plaza de Sevilla trasteando a Judio de Miura

Con el grato sabor de este triunfo llegó Rafael a Sevilla para participar en la Corrida del Corpus (15/4) y en las tres de su famosa Feria abrileña, anunciado con Espartero y Emilio Torres Bombita. Los toros pertenecían a las prestigiosas divisas de Adalid, Concha y Sierra, Ybarra y Miura, y el resultado general no pudo ser más exitoso para él. Con relación al segundo de estos festejos recojo estas líneas escritas por Don Ventura  en su obra Al hilo de las tablas: “Los dos diestros [Espartero y Guerrita] estuvieron superiores de verdad contendiendo con las reses de la Viuda, que así era cómo toreros y aficionados designaban a doña Celsa Fontfrede [Vda. de Concha y Sierra](…) Aquella noche de la corrida los vendedores de periódicos voceaban éstos, repitiendo machaconamente el bordoncillo de: con lo bien que han trabajado Espartero y Guerrita”. Y añade después dicho historiador: “la gente se agolpaba como para contemplar algo extraordinario, y quien producía aquel revuelo era el célebre diestro cordobés, el cual avanzaba por la angosta vía ataviado con arreglo al puro clasicismo torero: recogido sombrero calañés, chaquetilla de terciopelo granate, rico pantalón negro de talle, botas de charol con cartera de color claro, bastón, camisa bordada y deslumbradores brillantes. ¡Qué olor a torero se esparció por la calle de las Sierpes! Al llegar Guerrita frente al Círculo de Labradores se encontró con el crítico madrileño Don Clarencio, gran partidario suyo. ¿Cómo? ¿Usted por aquí? -dijo Rafael-. A ver a ustedes y que sea enhorabuena -replicó Don Clarencio-. Rafael hizo una breve pausa, giró la mirada por aquella multitud que le asediaba y le cerraba el paso, y añadió con firmeza: “¡Aquí soy el amo!”.

El domingo 22 volvió a Madrid, donde, después de varias suspensiones por lluvia y variaciones en el cartel, se celebró la segunda corrida de abono en la que, mano a mano con Reverte por reciente percance de Espartero en Sevilla, se enfrentaron a bichos de Juan Vázquez, con romana y bravura, que a punto estuvieron de dejar  en la ruina al señor Bonilla, encargado de la cuadra de caballos de esta plaza. Tercer paseíllo en la Corte y otra lección magistral de Guerrita, esta vez ante Farolero, con el que desempeñó una gran labor con la muleta y citó hasta cuatro veces en la suerte de recibir, que fueron otras tantas ovaciones. Según Paco Media Luna (El Toreo 23/4/1894): “Nada más bonito y artístico que aquellos pases naturales haciendo girar al toro en un palmo de terreno (…) No hay que consignar que toda la faena fue exornada con unánimes salvas de aplausos, repitiéndose al caer el bicho muerto”. Siete días después nueva actuación en el mismo escenario, acompañado de Cara-ancha, que resultó herido en una pierna al banderillear, y Antonio Fuentes, alternativado por Fernando el Gallo hacía siete meses, para lidiar un encierro de José Orozco remendado con un sobrero de Conradi, que pareció raquítico comparado con aquel ya citado de Vázquez y por añadidura no dio el juego apetecido.

Manuel García El Espartero

El 3 de mayo, festividad de la Ascensión, junto a Reverte y Fuentes se las vieron con astados de Miura, muy grandes, duros y poderosos, sobre todo el cuarto, con el que tuvieron que emplearse a fondo Pegote, Zurito y Beao, ordenando el diestro que abrieran las puertas para una vez en el callejón poderle quitar al toro la mitad del palo que Pegote había enterrado en el morrillo de Enanito, que así se llamaba el miureño. De vuelta a la arena, Rafael sacó a relucir una vez más sus dotes de gran lidiador ante el público madrileño. Y según narra El Toreo (4/5/1884): “se arranca a dos palmos de la cara de su enemigo, y al volapié deja una gran estocada. El toro queda como inmóvil frente al 10, Guerrita se sienta en el estribo. El bicho le mira. Saca el matador el pañuelo, se limpia con él, y vuelve a guardarle. El toro da una vuelta y vuelve a quedarse mirando a Guerrita, que continúa sentado. Y se acuesta a sus pies besándolos casi (…) Un espectador de la grada 9 gritaba: ¡ole por el Lagartijo y el Frascuelo, todo en una pieza! Conste que la ovación fue de las que hacen época, y de las que son espontáneas”. Añadir, que a su regreso a Córdoba fue recibido en la estación del ferrocarril por una banda de música y numerosas personas que le acompañaron entusiásticamente hasta su domicilio en Plaza de Capuchinos.

Cuatro paseíllos más realizó Rafael Guerra sobre el ruedo madrileño (los días 6, 13, 17 y 20 de mayo) y en todos mantuvo en alza su bien ganado cartel de figura cumbre del toreo, llegándose a leer en la prensa expresiones como: “ya no se puede llegar más alto que ha llegado Guerrita”, o bien: “hoy día es el único torero capaz de poner en las taquillas el ansiado cartelito de no quedan localidades”. Relacionado con el tercero de ellos se produjo un leve incidente del que se han contado diferentes versiones que, más o menos, vienen a redundar en el mismo resultado final. En el mañanero apartado de los toros, propuso Guerrita la conveniencia de dejar fuera uno que desentonaba del resto por su exagerada altura y descomunal cabeza, aún dentro de un encierro que ya era grande y cornalón. El mayoral cometió la torpeza de advertirle al diestro que no debía preocuparse dado que dicho ejemplar no venía para él (conviene recordar que entonces era el ganadero quién señalaba el orden de salida de las reses a lidiar en cada corrida). Como era de esperar, la respuesta del califa fue tan rápida como contundente. Imponiendo su jerarquía exigió enfrentarse a Cocinero, que así se llamaba aquel elefante con cuernos perteneciente al ganadero colmenareño de D. Félix Gómez, quien, por cierto, fallecería veinticuatro días después. Con la maestría que era de suponer, Cocinero fue lidiado en segundo lugar y al caer fulminado de certera estocada sonaron con fuerza las palmas para el torero. De la dureza que sacaron los bichos  es prueba exponente los 49 puyazos que recibieron, por 33 caídas y 18 caballos muertos.  

Picador antes del peto para proteger las cabalgaduras

Dos corridas de toros (25 y 26 de mayo) y una novillada conformaron en Córdoba la Feria de la Virgen de la Salud de aquel año, en las que Guerrita alternó con Mazzantini, y Espartero, frente a reses de Eduardo Ybarra y de Antonio Campos (oriundas de Barrionuevo) respectivamente. Por cierto, sería la última vez que el valiente espada sevillano abandonaría una plaza vestido de luces, dado que el día siguiente caía mortalmente herido por el toro Perdigón, de Miura, en el ruedo de la Villa y Corte. El paso por nuestra ciudad del vagón en el que viajaba el cadáver de Manuel García congregó en la estación a numerosos aficionados y por encargo expreso de Rafael Guerra, ausente al torear ese día en Granada, el clero de la parroquia de San Miguel acudió para rezar un solemne responso ante los restos mortales del desgraciado torero. Continuando con la Feria cordobesa, el tiempo desapacible, que quitó brillantez al  recinto ferial, no restó público en el desaparecido coso de Los Tejares, escenario de un triunfo más de Guerrita, que fue clamorosamente aplaudido por sus paisanos, con el mismo entusiasmo que despertó cuando en la noche del viernes 25 advirtieron su presencia en la lujosa tienda (caseta) del Círculo de Amistad, lugar al que para felicitarle acudió el alcalde de la ciudad, señor Aparicio Marin, acompañado del Director General de Establecimientos Penitenciarios, el cordobés D. Antonio Barroso Castillo, que disfrutaba de las jornadas festivas en compañía de familiares y amigos.

A su mencionada actuación en Granada, siguió la de Aranjuez, el miércoles 30, donde se dieron cita numerosos aficionados desplazados desde Madrid, y a continuación las de Antequera (31/5), Barcelona y Nimes (Francia), los días 3 y 10 de junio respectivamente, antes de regresar a la capital de España para participar  el 17 de junio en la tradicional Corrida de Beneficencia, con Mazzantini, Lagartijillo (en sustitución de Reverte), Fuentes (que sufrió una extensa herida en la región lumbar derecha) y  ganado de la Marquesa Vda. de Saltillo. Según El Bachiller González de Rivera en Sol y Sombra: “el segundo saltillo, de nombre Baratero, fue bravísimo, llegó a la muleta cortando terreno y Guerra, de tórtola y oro, le toreó de un modo magistral con diecisiete pases, en cada uno de los cuales obtuvo una ovación, que aumentó al matar con una estocada algo caída recibiendo. Al sexto, Zorrillo, lo toreó con suprema elegancia, matándolo de un magnífico volapié. La segunda ovación igualó a la primera”. El jueves 21 toreó en la lisboeta plaza de Campo Pequeño y el domingo 24 en la Real de El Puerto de Santa María, recintos taurómacos con la belleza arquitectónica y reconocida importancia que en la actualidad conserva y sigue disfrutando respectivamente uno y otro. 

Guerrita entra a matar a Cocinero, de don Félix Gómez

Entre las festividades de San Juan y San Pedro vuelve a Madrid el día 27, en tarde lluviosa que no repercutió en los tendidos pese a ser además jornada laborable, esta vez para entendérselas con ganado de Adalid en compañía de Antonio Fuentes y Ricardo Torres Bombita, que confirmaba la sevillana alternativa que el año anterior le había otorgado el Espartero (única que dio este diestro) en la Feria de San Miguel. Guerrita, que tuvo que descalzarse para poderse mover con cierta seguridad sobre el barrizal en que se había convertido el ruedo, estuvo valentísimo toda la tarde, sacando a relucir su incontestable magisterio taurino, sobre todo ante Gallarete, un buey con desarrolladas defensas que mostró mansedumbre desde su aparición por la puerta de chiqueros. Según la prensa, los antiguos núñezdeprado no dieron el juego esperado y ya no tenían la pujanza frente a los caballos de cuando los presentaba D. ª Teresa. Y con doble y triunfal participación en la feria burgalesa, los días 29 y 30, ponía punto final Rafael al mes de junio.

El domingo 1 de julio se cerraba la primera temporada del abono madrileño con un cartel de extraordinario interés. Nada menos que Guerrita como único espada con seis ejemplares de Joaquín Muruve, gesta que llevaría a cabo en veinte ocasiones a lo largo de su carrera. De la expectación que el festejo había despertado es señal inequívoca el comienzo de la crónica de Paco Media Luna en el semanario El Toreo: “El delirio, el disloque, el acabóse, el colmo, todo en una pieza (…) Los billetes para presenciar la corrida de ayer se han cotizado a precios fabulosos. Asientos que en el despacho valían de ordinario dos pesetas se han pagado a seis y ocho, sin andarse con requisitos, so pena de quedarse a la luna de Valencia. Y si esto ha ocurrido con los billetes de las andanadas frente a la sombra, ¿qué precios no habrán obtenido los billetes de preferencia? La calle de Sevilla toda la mañana de ayer estuvo convertida en una segunda edición de la Bolsa, con mucha más animación que la mejor sala de contrataciones, y cotizándose en alza continua el papel, según transcurría el tiempo. A las dos era ya difícil obtener un asiento en la mezquita, porque quedaban contados, y esos a precios fabulosos. (…) A las cinco, D. Manuel Cobos Canalejas, encargado de la presidencia, dio las órdenes de comenzar. Al poco presentábase el ejército capitaneado por el gran califa Rafael Guerra «Guerrita», vestido de verde y oro, que fue saludado por la asamblea con un aplauso general”. De su continuado elogio a la redonda actuación del torero de Córdoba, destaco estas líneas: “El sexto, como queda dicho, fue un buey. Pero como una de las grandes habilidades que tiene el Guerra es convertir a la hora de la muerte bueyes carreteros en toros boyantes, tomando al manso de cerca y tapándole siempre la salida, consiguió apoderarse de él y dar fin a la faena con la mejor estocada que se clavó en toda la tarde, cayendo el bicho sin necesidad de puntilla”. 

Guerrita y su tropa torera

Con lleno a rebosar en Castellón, el 8 de julio volvió a encerrarse en solitario con seis muruves a los que despachó de otras tantas estocadas y un pinchazo recibiendo. Así resumía su labor la reseña de Arte Taurino (15/7): “Con la muleta hizo todo lo que sabe, que no es poco. Dio pases acabadísimos, imposibles de describir con la perfección con que él los ejecuta”. Cuatro días después y precedido de toda la parafernalia que allí rodea a los festejos taurómacos, lidió en Lisboa reses nacionales de Palha, que dieron un excelente juego. En cambio, no sucedió igual con cinco de los seis morlacos que el domingo 15 se jugaron en Barcelona, marcados con los hierros de Benjumea, Miura y Mazzantini, que pasaportó junto con el Gallo y Don Luis, que en dicha función conjugaba protagonismo como ganadero y torero.

Cuatro corridas compusieron la valenciana Feria de Julio (todavía no se celebraba el ciclo fallero, que con el paso del tiempo alcanzaría mayor celebridad), de las que solamente él fue máximo protagonista de todas, figurando también en la programación Bombita, Mazzantini, el diestro local Julio Aparici Fabrilo y Rafael Bejarano Torerito en sustitución de Reverte que se encontraba herido. Lo más destacado corrió a cargo de Guerrita, lucido con los toros aceptables, que salieron pocos, y mostrándose dominador con los que mansearon, que fueron mayoría. Intercalando actuación entre estos festejos viajó a Mataró el día 27, para estrenar el único coso taurino levantado en la capital del Maresme, con capacidad para ocho mil espectadores, en una nueva encerrona, ahora frente seis cornúpetos de José María de la Cámara que averiguó con sobrada solvencia. 

Aplazado a fin de que pudiese intervenir Guerrita, con lleno rebosante, teniendo que desalojar la autoridad al público que había invadido el callejón antes de comenzar el espectáculo, el jueves 2 de agosto se inauguró la tercera plaza de toros levantada en Jerez de la Frontera (las dos anteriores desaparecieron pacto de las llamas). Ni los bichos del señor marqués de Villamarta, procedentes de Juan Vázquez, ni Francisco Bonal Bonarillo, antiguo competidor suyo en novilladas matritenses que en esta ocasión alteraba con él, aportaron nada digno de ser recordado en fecha tan señalada para la afición jerezana. Consignar, si acaso, que el picador Rafael Moreno Beao pasó a la enfermería con erosiones en la cara y luxación del brazo izquierdo. Los días 4 y 5 compartió aplausos con Antonio Fuentes en la localidad murciana de Cartagena frente a sendos encierros de Saltillo y Muruve. Y el lunes 6, desilusión en Alicante al estrellarse los deseos de agradar del califa, que una vez más se anunciaba como único espada, por culpa de las nulas condiciones que salvo en varas aportaron los muruves lidiados. 

Antonio Fuentes

Rafael proseguiría su triunfal campaña con una doble participación en la Feria de Málaga. El miércoles 8 para despachar en veinte minutos un encierro de Saltillo, que representó un triunfo más para Guerrita, éxito que se vio complementado el jueves con una gran actuación, de manera especial en el toro cuya muerte brindó a su maestro y antiguo jefe Rafael Molina Lagartijo, invitado de honor en el palco de la Diputación. Extraordinaria faena, a la que Barabino ponía colofón en su reseña (El Toreo 13/8), con estas líneas: “En el quinto desarrolló arte, elegancia y maestría, entusiasmando al público de tal modo que hasta las presidentas aplaudían. Mató al bicho de una estocada muy buena, después de rascarle el testuz, llevándoselo luego a las tablas, donde se sentó, sacó el estoque y le remató con la puntilla. Ovación, oreja y música por las tres bandas que asistían a la corrida”. Testigos de excepción Mazzantini y Bombita, que completaban cartel con reses de Orozco.

Rafael Guerra en sus inicios

Tras un breve descanso a su paso por Córdoba, Rafael Guerra emprendió viaje para acometer las dos citas taurinas más importantes del norte como son los ciclos feriales de San Sebastián y Bilbao, en los que ya en aquellos años se daban cita miles de aficionados llegados de Francia. Comenzó en la desaparecida plaza guipuzcoana de Atocha (primera en España que en agosto de 1886 y bajo el reclamo de Toros de Noche anunció un festejo taurino nocturno), donde, vestido de corinto y oro, lidió ganado navarro del conde de Espoz y Mina (dueño ya en solitario de los antiguos carriquiris), junto con Luis Mazzantini, que aun habiendo nacido en Italia siempre se consideró un torero de esa tierra. Tres días después (15/8) repetirían actuación, esta vez frente a toros de la Sra. Vda. de López Navarro que colaboraron al triunfo de ambos espadas, sobresaliendo el alcanzado por el cordobés ante Donoso, del que le concedieron una oreja. Según la prensa: “Los trenes para Francia salen atestados de gente, y al partir de la estación, los franceses gritan con entusiasmo ¡viva España! ¡Viva Guerrita!”.  Quizás por no tener mucho de qué escribir en temporada estival, periódicos como El Tiempo y El Liberal se ocuparon de la comida ofrecida a Rafael Guerra a bordo del Conde de Venadito, intentando comprometer con ello a significativas personas relacionadas con el Ministerio de Marina, al punto de tener que enviar el torero una carta aclaratoria al respecto que fue publicada en el primero de los rotativos citados. 

En cuanto a Bilbao, tomó parte en las cuatro corridas programadas del 19 al 22 de agosto, abriendo actuación mano a mano con Mazzantini y ganado de Muruve al que le sobró mansedumbre. En los dos siguientes festejos alternaron ambos junto al sevillano Antonio Reverte, corriéndose la primera tarde reses de Veragua, con romana y desarrolladas defensas, que dieron un juego bastante aceptable, en tanto que en la siguiente los pupilos de Saltillo demostraron enorme poder y sacaron mucho que lidiar, mandando a la enfermería a los dos compañeros de Guerrita, motivo por el que Reverte no pudo torear el último día y Mazzantini anduvo muy mermado de facultades, cargando el califa con todo el peso de la lidia, en la que colaboró muy eficazmente y compartió palmas con él, haciendo gala de su reconocida solvencia, ese portento de la brega llamado Juan Molina, que todavía figuraba en la cuadrilla de Mazzantini para pasar el siguiente año a las órdenes del Guerra, quien a fin de cuentas sería el triunfador absoluto de la feria. Por compromiso con el empresario, su amigo José Arana, volvió de nuevo a San Sebastián el domingo 26, para estoquear saltillos en compañía de Emilio Torres Bombita, que fueron de Zalduendo el día 28 en Dax (Francia), y de González Nandín el 3 de septiembre en Valdepeñas.

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