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viernes, 16 de mayo de 2025

Y DESPUÉS DE LINARES… ¡¡¡MARTORELL!!! EL TORERO DE MANO BAJA

Por Antonio Luis Aguilera 

 

Portada del libro dedicado al torero cordobés

Con el título que encabeza esta entrada, el próximo miércoles día 21 de mayo, conmemorando el treinta aniversario del fallecimiento de José María Martorell, y editado por la Diputación Provincial de Córdoba, en colaboración con el capítulo de Córdoba de la Fundación del Toro de Lidia, será presentado el nuevo libro de Ángel Mendieta Baeza, que durante muchos años ejerció la información taurina en los periódicos “La Voz de Córdoba”, “Diario Córdoba”, así como las emisoras Antena3 y Radio Córdoba. La presentación será a las 7,30 de la tarde en el Salón de Actos de la Diputación, y a los asistentes se les entregará un ejemplar de la obra.

Con esta biografía, donde se detalla la carrera del matador de toros más importante que tuvo la ciudad de la Mezquita después de la trágica desaparición de Manolete, el autor recuerda aquella ciudad, que quedó hundida moral y taurinamente, y la inesperada e inmediata primavera que pronto le ofrecería el diestro del barrio de San Cayetano, que recibiría la alternativa en la entrañable plaza de Los Tejares dos años después de la muerte de Manuel Rodríguez, para mantenerse en activo hasta la temporada de 1956, que toreó su última corrida en la feria de San Lucas de Jaén.

Ángel Mendieta rememora en esta interesante obra la Córdoba taurina que vivió en su infancia y juventud, los aspirantes a toreros que alimentaban la ilusión de los aficionados, la conmoción que significó la muerte de Manolete, y termina centrándose en quien fue José María Martorell Navas, sus comienzos, su etapa novilleril, la ceremonia de la alternativa que le otorgó Agustín Parra Parrita” en mayo de 1949, y las importantes temporadas que realizó el torero desde 1950, dejando la inolvidable huella de su toreo de ajuste y manos muy bajas en las principales plazas de España, Francia y América. 

Nuestra cordial enhorabuena por el libro al querido compañero en la información taurina, porque con esta biografía rescata para las nuevas generaciones de aficionados la memoria de quien fue de verdad en los ruedos José María Martorell, el gran torero cordobés que devolvió la ilusión a los aficionados, que supo abrirse paso y ocupar un lugar importante entre la extensa y brillante nómina de los toreros de su tiempo. Un espada inolvidable, que en los últimos años de su vida acudió a peñas, tertulias, actos en la Universidad y donde solicitaran su presencia para recordar su carrera, la categoría de sus compañeros y hablar de la grandeza de la Fiesta de los Toros. 

jueves, 12 de octubre de 2023

LA DESPEDIDA DE MANOLO VÁZQUEZ

Por Antonio Luis Aguilera


La tarde del 12 de octubre de 1983 encontramos un hueco en los tendidos de sol de la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, que agotó el papel, para presenciar la despedida de los ruedos de Manolo Vázquez (celeste y oro), que mano a mano con «Antoñete» (lila y oro) lidiarían dos toros de las ganaderías de Carlos NúñezManolo González y Juan Pedro Domecq. La suerte estuvo del lado del toreo sevillano, que cortó cuatro orejas y salió a hombros por la puerta del Príncipe acompañado de  una multitud de aficionados.

Aquella fue por su grandeza torera una de las tardes imborrables en nuestra vida de aficionados. Años después, en una tertulia que dirigimos en Onda Cero Radio Córdoba, donde reunimos a los maestros del toreo Agustín Parra «Parrita», José María Martorell Manolo Vázquez, hablamos de esa tarde con el toreo sevillano, haciéndole saber el cariño con que recordábamos su despedida, la corrida donde el maestro se sintió y expresó un toreo pletórico de arte, garbo, gracia, pureza... Parecía mentira que cuando tenía asegurada la salida a hombros por la Puerta del Príncipe, pues había cortado tres orejas a sus dos primeros toros, en el quinto, el último de su carrera, un animal sin estilo y con evidentes dificultades, se la jugó y dio la sensación de que no le importaba cambiar la puerta que se asoma al Guadalquivir por la del cuarto del hule. 

Agustín Parra "Parrita", Manolo Vázquez y José María
Martorell con el autor de este artículo. Foto Marogo.

Esto fue lo que recordaba Manolo Vázquez:

«Ese día fue para mi muy importante. En realidad quería ratificar lo que ya Sevilla me había dado. El hecho de mi reaparición en el año 1981 era por lograrlo en Sevilla, cuando gracias a Dios tenía todo resuelto y había dejado en el toreo la huella de lo que más o menos había sido. 

Sevilla es muy especial, mucha gente puede pensar que con sus toreros es… Pero no lo es con todos sus toreros, sino con ciertos toreros. La afición de Sevilla se entrega con ciertos toreros, pero después ha habido toreros muy importantes a los que no se lo han reconocido.
Yo quería ratificar en Sevilla, y reaparecí con una edad que daba la sensación… Pero gracias a Dios lo logré. Ese día veía a la gente que estaba a cien por hora, allí todo el mundo estaba pensando en ir a la despedida de Manolo Vázquez como quien va a una fiesta. La corrida estaba anunciada mano a mano con «Antoñete», iban a salir tres toros y a ver cómo salían. Hombre, puse de mi parte todo lo que podía dar, pero aquello había que solucionarlo. Gracias a Dios la cosa se cuajó.

Tuve esa inmensa satisfacción, que Agustín y José María desgraciadamente no han podido lograr, lo logré con cincuenta y tres años de edad. Lograr salir por la Puerta del Príncipe a esa edad… No dejo de dar gracias a Dios y a esta profesión del toreo que es tan bonita.

Aquella noche, sentí por encima de todo la inmensa satisfacción de haber logrado lo que me propuse en esa reaparición, aunque anteriormente lo había logrado en el primer año y estuve a punto en el segundo de haber salido también. Lograrlo en esa última corrida creo que no se puede pedir más…

Cuando un torero, un profesional, dice voy preparar mi despedida en Sevilla, y que todo salga así… Porque todo se puede organizar, se puede preparar; pero, amigo mío, en el toreo hay un elemento con el que nunca se puede contar: el toro. Más grande, más chico, como sea, pero el toro después sale y se comporta como se tiene que comportar, nadie sabe cómo va a salir. Recuerdo perfectamente que aquel día, de los tres toros que maté, uno fue un gran toro, el de nuestro amigo Manolo González. Fue un gran toro en el último tercio, no en el primero, pues ahí empezó… Pero se vino arriba y fue un gran toro. Después, los otros dos tuvieron muchas dificultades. Y en el último, como ha comentado Antonio, cuando había cortado una oreja al primero y dos al segundo, no me importaba que me hubieran cogido y partido los muslos».   

Cuarenta años después, como homenaje al inolvidable maestro, hemos querido que sean sus propias palabras las que nos hablen de aquella gran tarde de toros.   

miércoles, 4 de mayo de 2022

JOSÉ MARÍA MONTILLA

Por Antonio Luis Aguilera    

José María Montilla en la Maestranza de Sevilla

El 26 se mayo se cumple el sesenta aniversario de la alternativa del maestro José María Montilla, decano de los matadores de toros cordobeses. Fue el 26 de mayo de 1962 en el coso de «Los Tejares», cuando Julio Aparicio, en presencia de Jaime Ostos, le cedió la lidia y muerte de “Avefría”, de la ganadería de María Francisca Mora Figueroa, al que cortó las dos orejas, a las que sumaría una más del toro que cerraba plaza. Aquella triunfal actuación le valió obtener el trofeo «Manolete» del Ayuntamiento de Córdoba.

José María Montilla recibe el trofeo «Manolete»

De nuestro archivo rescatamos unas declaraciones realizadas hace años por el maestro y amigo José María —persona muy querida en Córdoba—, de quien hemos sido durante muchos años compañeros como comentaristas taurinos en medios de comunicación, para que sean sus palabras las que evoquen su carrera como matador de toros.

—En los años sesenta Córdoba atravesó un momento histórico, porque se dieron cita muchos matadores de toros. Muy pocas veces el toreo cordobés ha tenido tanta altura. Toreros importantes como Gabriel de la Haba «Zurito», Agustín Castellano «El Puri», Manuel Cano «El Pireo», que ha sido uno de los que mejor ha hecho el toreo… Y tuvimos uno que mandó en la fiesta: Manuel Benítez «El Cordobés»… ¡Fíjate lo que es mandar en el toreo…! Eso solo sucede cada cuarenta o cincuenta años. Y mira por donde también fue Córdoba la que anteriormente mandó en el toreo con «Manolete».

Creo que fue el momento —y los aficionados lo saben— más importante que Córdoba ha tenido en el toreo, pues se dieron cita muchos matadores de toros, varios de ellos punteros, y uno que mandó sin contemplaciones.

Lance a la verónica de José María Montilla

Sobre la vieja plaza de «Los Tejares» José María recuerda:

—Fue nuestra escuela taurina. Allí comencé a ver toros. Precisamente fue donde Luis Miguel Dominguín, máxima figura del toreo, me hizo creer que ser torero era fácil. Aquello ocurría al comienzo de los años cincuenta. Se lidió una corrida de Saltillo para Luis Miguel, Luis Procuna y Manuel Calero «Calerito», que sustituyó a José María Martorell, que estaba herido. Fue una tarde tan apoteósica la del torero de Madrid, que yo pensé que aquello era fácil. Tenía doce o trece años y creí que podía ser torero. ¡Qué equivocado estaba...!  Después intenté aquello que pensé fácil y no lo conseguí, comprendí que era dificilísimo ser torero. A partir de entonces en aquella plaza los vi a todos: Martorell, Calerito… Me fijaba mucho en ellos.

Y vi a un torero que me impresionó gratamente, porque no he visto torear más despacio ni mejor. Fue a Manuel de la Haba, en un festival que toreó a beneficio de la Hermandad de la Virgen de las Angustias. Aquello se me quedó grabado y es de mis mejores recuerdos.

Había otro torero que causó una admiración tremenda, porque toreó fenomenal: Alfonso González «Chiquilín». En él los estatuarios, pases fáciles que no dicen nada, tenían una gran personalidad. Además hacía el toreo diferente.

José María en redondo. Foto Mateo

En «Los Tejares» conseguí ver muchas cosas importantes en el toreo. Vi a una pareja de becerristas que empezaban «Zurito» y «El Puri». ¡Qué difícil es despertar de becerristas tanta expectación! Antes había toreado muy bien Pedrín Castro. También hubo una pareja fenomenal, que hizo historia en la novillería cordobesa: «Zurito» y «El Pireo». He visto muchas cosas. Aquella plaza fue nuestro principio, nuestro sueño, nuestra ilusión. Allí pensé muchas cosas bonitas, pero luego está la historia, es muy difícil ser torero, y no pude desarrollar lo que hubiera querido.

Preguntamos a José María, que encabezó la terna que inauguró la nueva plaza de Córdoba el 9 de mayo de 1965, sus recuerdos de aquel día:

—Lo recuerdo con mucho cariño. Fue un día memorable para dos toreros de Córdoba, Manolo y Gabriel, que fue el triunfador absoluto de aquella corrida. Además, aquel día tuvo por la mañana el prólogo de la coronación de la Virgen de los Dolores, esa imagen tan cordobesa a la que yo tenía costumbre de visitar todos los viernes.

Esa tarde conseguí ver a un chaval muy joven, que venía con ganas de pelea. En esto del toreo al final los que dicen las cosas son los toreros de raza, y Gabriel lo era. En aquella tarde tan importante para todos, junto a Manuel Benítez, que mandaba en la fiesta, Gabriel se arrimó para que no se le fuera por delante y fue el triunfador absoluto. Benítez estuvo muy bien. Yo cumplí mi cometido, estuve simplemente bien.

Ayudado por alto en Madrid. Foto Botán

Pero siempre, cuando hablo de acontecimientos que recuerdo especialmente, no tengo más remedio que acordarme de mi alternativa en «Los Tejares». Fue uno de los días que me sentí torero. También de la alternativa de «El Cordobés» en la misma plaza. Quizás estas me hayan dejado más huella, pero no cabe duda de que históricamente nadie nos puede quitar a Gabriel, Manolo y a mí que inauguramos esa plaza tan importante que es la de Córdoba.

En mi época había bastantes toreros de Córdoba. En mi caso concreto estuve cuatro años de matador de toros y actué en las cuatro ferias de mayo. ¡Y era difícil! Pero los toreros de aquí contaban a la hora de hacer los carteles de la feria. Y fíjate los que había: Antonio Ordóñez, Paco Camino, Diego Puerta, El Viti… Y había sitio para ellos, pero Córdoba tenía un plantel de matadores que contaban, y mientras estuvimos en el toreo actuamos todas las ferias de mayo.

Ceñida manoletina de José María. Foto Arjona

Ante las afirmaciones que aseguran que hoy se torea mejor que nunca, José María Montilla opina:

—Eso no es verdad, cómo se iba a torear peor en nuestra época, que era la de Antonio Ordóñez, el que mejor ha hecho el toreo desde «Manolete» a nuestros días. Lo que tenemos claro los cordobeses y todo el mundo es que el mejor torero de los últimos cincuenta años ha sido «Manolete». Creo que ahí no hay discusión de ninguna clase y está todo el mundo de acuerdo, incluso algunos antimanoletistas, que después de escuchar al «Rubio de San Bernardo» no les queda duda de que «Manolete» ha sido el mejor torero que ha dado la historia en los últimos cincuenta años.

Atracándose de toro en Barcelona. Foto Mateo

Pero en nuestra época hemos visto torear a Antonio Ordóñez, del que pienso que no se puede torear mejor. Ni se puede torear con tanta importancia y sabiduría, con tanto conocimiento y arte como lo ha hecho Paco Camino. No se puede torear con más valor que lo ha hecho «El Cordobés» o Diego Puerta. Todo eso es historia. Había treinta matadores a cual mejor. 

Es cierto que en todas las actividades se progresa cada día. Hoy hay mejores médicos, mejores ingenieros, quizás se torea de salón mejor que nunca, porque ahora un chaval pega pases desde el principio. ¿Pero qué se torea hoy mejor que hace treinta años? ¡No, ni se canta mejor que Manolo Caracol, ni se torea mejor que Ordóñez! Es cierto que hay grandes profesionales, pero ¡cuidado!, el sitio que tenían los toreros de antes… Ni ahora con toda la grandeza que tiene el toreo ha superado el que conocí en mi época. Hoy hay más toros que se dejan torear, por eso se torea con más regularidad, pero también todos los toreros son más parecidos. Se dice que se torea mejor que nunca, pero también es verdad que no destaca uno de los otros, porque sale un toro que tiene muy pocas cosas que decir. Antes, al tener más movilidad, había más inspiración.

Estocada en todo lo alto el día de su alternativa
en la vieja plaza de Córdoba. Foto Framar

Hoy día el mejor de todos sería «Guerrita». Y el mejor de hoy sería el mejor de aquella época, porque el que ha sido figura del toreo lo sería siempre.

Dos toreros importantes en los años sesenta Manolo Vázquez y «Antoñete», acompañaban a Luis Miguel, Ordóñez, «Litri», «Pedrés», Puerta, «El Cordobés», Camino… Y sin embargo después cuando reaparecieron fueron  máximas figuras del toreo.

Finalmente, al preguntarle qué es lo más importante que se lleva del torero, el maestro respondió:

—La gratitud de haber tenido la oportunidad de realizar lo más bonito de mi vida. 

Enhorabuena José María, maestro y amigo, por este sesenta aniversario que celebras con el profundo respeto de una afición que te quiere como la de Córdoba, y el cariño de toda la afición taurina.

domingo, 3 de abril de 2022

JUAN ORTEGA RECIBE EL TROFEO «MARTORELL»

Por Antonio Luis Aguilera 

Juan Ortega recibe el trofeo «José María Martorell». 

El restaurante «La Casa de Manolete Bistró» fue el lugar elegido por la Tertulia Taurina «Tercio de Quites» de Córdoba para entregar el trofeo «José María Martorell», en su vigésimo sexta edición, al matador de toros Juan Ortega, a quien este grupo de aficionados ha querido reconocer «la ilusión despertada en la afición por la excelencia de su toreo». El premio otorgado es un busto en bronce del inolvidable torero, magistralmente modelado por los escultores cordobeses Hermanos García Rueda, que generosamente quisieron colaborar con la tertulia al fallecer el espada en 1995 por su  amistad con el mismo, y en su basamento se representan diferentes alegorías de la lidia enmarcadas en los arcos de gradas de la antigua plaza de «Los Tejares», el histórico coso cuyo arena pisaron para expresar su arte, entre grandiosos toreros, todos los espadas cordobeses considerados «Califas» del toreo.

Juan Ortega ante un cuadro de «Manolete» 

El acto comenzó con una visita guiada a la última casa en la ciudad de Manuel Rodríguez «Manolete», y estuvo a cargo de Remedios Romero, directora del restaurante, que fue explicando y documentando con fotografías las dependencias del histórico palacecete de la antigua Carrera de la Estación —hoy Avenida de Cervantes—, construido en 1890 por encargo del escritor y periodista José Ortega Munilla, padre del filósofo José Ortega y Gasset, que decidió residir temporadas en Córdoba por favorecer el clima de la ciudad la salud de su esposa Dolores Gasset. La obra, de estilo colonial con pinceladas modernistas y clásicas, fue dirigida por el ingeniero militar Juan Tejón y Marín. 

El torero posa con los miembros de «Tercio de Quites»

Dos décadas después esta residencia sería adquirida por el bodeguero Rafael Cruz Conde, a quien lo compró «Manolete» en 1942, para fijar la vivienda de su madre y hermanas, a las que trasladó desde la humilde casa de la Plaza de la Lagunilla. La segunda remodelación del inmueble estuvo a cargo del arquitecto Carlos Sáenz de Santamaría. Cabe señalar como dato histórico que el torero vivió en cuatro casas de la ciudad, aunque generalmente solo se conocen tres. Nació en el número 2A de la calle Conde de Torres Cabrera. De allí sus padres se trasladaron al número 8 de la calle Benito Pérez Galdós, donde el 4 de marzo de 1923 fallecería su progenitor, el espada de igual nombre, apellidos y apodo que su hijo. Después la madre fijaría su domicilio en la Plaza de La Lagunilla, en el barrio de Santa Marina, donde residió hasta que su hijo le compró el palacete.

Juan Ortega posa con el trofeo «Martorell» y su Tertulia.

Tras la visita guiada, en el jardín de entrada, se hizo entrega de la 26ª edición del premio «Martorell» a Juan Ortega, momento en que fue recordado como en 2010 también recibió el «Trofeo a la Ilusión», un capote de brega que anualmente regalaba la Tertulia al mejor de los becerristas que actuaban en los festejos de Córdoba, y que recibió de manos de Manuel Benítez «El Cordobés», premiado ese año con el trofeo «Martorell» en reconocimiento a su histórica carrera. Once años después es el diestro de Sevilla quien ha recibido  el prestigioso busto en bronce del torero más importante que tuvo Córdoba tras la muerte de «Manolete». 

Restaurante «La casa de Manolete» de Córdoba

Y también lo ha sido por la ilusión, por la que ha despertado en los aficionados por la belleza, hondura y temple de su toreo. Juan Ortega tuvo palabras de gratitud para la ciudad de Córdoba, a la que dice recordar constantemente por la huella que le marcara durante su estancia universitaria, citando por el encanto de sus rinconces la impresionante plaza del Cristo de los Faroles, donde tantas veces acudía a rezar, o la misteriosa belleza y el silencio de sus calles, sin olvidar el privilegiado lugar que ocupa en la historia del toreo. Quiso reiterar a los amigos de la Tertulia su gratitud por la forma en que fue acogido y apoyado desde becerrista, y que estuvieran a su lado en los duros momentos profesionales que precedieron a la hermosa tarde de agosto de 2019, que los tertulianos recuerdan como «La Epifanía de Linares». El acto concluyó con un almuerzo en homenaje al torero y su familia, donde los miembros de la veterana Tertulia disfrutaron del supremo valor de la amistad, de la grandeza del toreo como arte que hermana a los aficionados, y de las excelencias gastronómicas del restaurante ubicado en la casa del diestro que marcó el rumbo de la Tauromaquia contemporánea. 

Fotografías: José Luis Cuevas

miércoles, 16 de febrero de 2022

EL TOREO HABLADO

Por Antonio Luis Aguilera 

Tertulia con José María Montilla, Rafael Sánchez Saco
 y Pepín Fernández en el Bar «El Capricho».

A los aficionados les encanta hablar de toros con quienes les pueden enseñar a comprender mejor los conceptos del toreo. Y estos no son otros que los propios toreros, porque son los profesionales quienes, por lo general, pueden corregir ideas equivocadas y explicar los errores que encorsetan teorías confusas. También, quienes al recordar su historia profesional les pueden conmover o incluso hacer reír, cuando evocan los sacrificios y penas que hubieron de tributar para ser «gente» en el toreo. Por propia experiencia damos fe de que los toreros son personas generosas, capaces de entregarse en sus recuerdos y emocionar a quienes les escuchan, cuando rememoran el camino que hubieron de desbrozar confiando en sus posibilidades, de la misma forma que lo hacen en el ruedo cuando templan la embestida de un toro bravo.

El toreo hablado enriquece cuando el protagonista comparte la  experiencia de su vida como torero, ganadero, aficionado, profesor de Universidad, periodista o mozo de espadas. Porque la transmisión oral en este arte no solo fue determinante para los toreros de épocas pretéritas, cuando no había imágenes para aprender y las fotografías escaseaban, entonces la palabra resultó fundamental para forjar las primeras nociones y conceptos del oficio, sino que lo seguirá siendo siempre para enriquecer la formación de aficionados, que a través de conocimientos expertos pueden perfeccionar su inclinación en un complicado razonamiento, como es entender un arte vivo, que sucede en el preciso instante que se desarrolla la suerte, sin dejar más huella que la efímera escena que haya visto y debe interpretar el espectador.

Tertulia con Federico Arnás en la Taberna «San Cristóbal»

Para entender el toreo, como cualquier otra materia en la vida, es imprescindible saber escuchar. Como enseñaba Alberto Cortéz en su canción «Qué suerte he tenido de nacer», y añadía los sabios versos «para callar cuando habla el que más sabe, aprender a escuchar, esa es la clave, si se tienen intenciones de saber». Esta es la razón por la que una tertulia de aficionados donde habla más de uno a la vez es un rotundo fracaso, porque en ella falla algo fundamental: el respeto a la intervención que no se está escuchando. Habitualmente los impacientes suelen quebrantarlo para preguntar algo que no viene a cuento, al no guardar relación con lo que se está hablando. Son cortes en la conversación para satisfacer la propia curiosidad, o como se dice aquí en Córdoba: para soltar «un pego». Una tertulia tiene éxito cuando la persona que protagoniza la conversación es escuchada con respeto y admiración por lo que ha sido o representa en el toreo, y con gratitud por haber aceptado la invitación de un grupo de aficionados para reunirse con ellos.

Tertulia con Victorino Martín en misma sala de la taberna
«Paco Acedo», donde «Manolete» se reunía con sus amigos.

Durante más de treinta años hemos tenido el privilegio de organizar, dirigir y moderar las conversaciones de la tertulia «Tercio de Quites» de Córdoba, grupo de aficionados que llegó a contar hasta con veinticuatro miembros, para reunirse todos los lunes, coincidiendo con el calendario del curso académico y hablar de toros. Cuando el cielo muestra la belleza del firmamento, en torno a una larga mesa rectangular, y bien atendidos por los profesionales del restaurante, que sigilosamente servían la mesa para que no faltaran los vinos y el tapeo, a las nueve de la noche se iniciaba semanalmente la sesión con el invitado que había aceptado nuestra invitación, y lo hacía con una entrevista a modo de programa de radio, pues ese fue el origen de esta tertulia y el nombre que llevó, donde el moderador, procurando contener las preguntas de los impacientes, lo que no siempre sucedía, repasaba el historial del entrevistado hasta que transcurrida una hora de charla, los miembros del grupo accedían al turno de preguntas. Durante las tres largas décadas que nutrieron de maravillosos argumentos a los privilegiados miembros de esta tertulia cordobesa, pudimos escuchar y aprender de las vivencias de un excelente elenco de profesionales, cuya sensacional nómina se puede comprobar en el enlace que insertamos al final de este texto, quienes en primera persona nos hablaron de sus vidas, inquietudes, triunfos, fracasos y, por supuesto, a veces nos encogieron el alma, y otras nos hicieron reír con anécdotas divertidas.

Estamos seguros que pocas peñas o tertulias de todo el orbe taurino podrán lucir tan extraordinaria orla de un fabuloso elenco de invitados, de la noble gente del toro, que generosamente quiso estar y compartir sus experiencias con un grupo de aficionados. Una orla magistral de profesionales que dio forma a la historia de esta tertulia obsequiándole una docencia individualizada, porque «Tercio de Quites», como puede deducirse al comprobar los protagonistas que por allí acudieron para hablar de toros, ha sido una verdadera Universidad privada del toreo, una tertulia privilegiada por los auténticos maestros que a ella acudieron para analizar múltiples aspectos y temas de la Tauromaquia.

Tras una tertulia con José María Martorell,
José María Montilla Montilla y Rafael Sánchez Saco.

Conversaciones magistrales como las de José María Martorell, que no solo hablaba de su época y los fabulosos matadores con los que compartió cartel, sino que recordaba con singular admiración la huella de los espadas mexicanos. Daba gusto escuchar al maestro cuando con absoluta sencillez explicaba el toreo y la pureza en la realización de las suertes, o cuando desmontaba con una frase las patrañas con que fue censurado el toreo de perfil de «Manolete»: —«Adelantar la pierna contraria no es cargar la suerte, eso es quebrar el viaje del toro para aliviarse el torero y echarlo pa afuera»— 

Alternativa de «El Barquillero»,  
con Romero y "El Cordobés"

O anécdotas que provocaron las carcajadas del grupo como la que nos contó el matador de toros de Palma del Río Antonio Ruiz «El Barquillero», cuando recordó la terrible experiencia que sufrió de hambre y frío, resuelta por el ingenio que se agudiza cuando se trata de llevar algo al estómago. Decía que buscándose la vida por Salamanca, para hacer tapia por los tentaderos con otros chavales, los sorprendió una cruda noche de frío y hambre en plena dehesa, sin más refugio que las encinas y sus capotes para usarlos como mantas. Se acercaron a una finca donde los encargados, movidos por la pena, les dejaron dormir en un pajar para que durante la noche estuvieran refugiados de la intemperie. Les ofrecieron «habitación» pero sin cena incluida. 

Preparando el lecho de paja donde tumbarse observaron que las vigas estaban repletas de productos de matanza, pero la altura era tan considerable que entendieron de inmediato por qué los guardas los metieron allí. No había nada qué hacer: estaban muertos de hambre y el techo lleno de chacinas. Entonces sucedió el milagro: entre las pacas de paja vieron a un gato. Era la solución, la herramienta que necesitaban para saciar el hambre. Pero había que cogerlo. Tras sortear no pocas dificultades y enormes arañazos lograron echarle encima los capotes. Ahora tocaba templar sus mordiscos y arañazos para lograr propulsarlo violentamente hasta las vigas, donde el felino, atemorizado y descompuesto, tratara de agarrarse fuertemente a las morcillas y los chorizos, que de esta forma, con tan violentos zarpazos, irían descolgándose tantas veces como el gato volara hasta el techo, para convertirse en el anhelado y bendito maná que saciaría el hambre de los aspirantes a toreros. Al final comieron, pero añadía Antonio Ruiz que los capotes también sirvieron para limpiarse la sangre de los arañazos que repartió un animal descompuesto y desesperado, cuando como un loco trataba de zafarse de las rudas manos que lo aprisionaban para enviarlo en vuelos humanitarios. También, que antes de llegar el día, evitando que los guardas comprobaran el estropicio de la despensa, se habían marchado lejos para buscarse la vida.

Tertulia con Paloma y Gonzalo Bienvenida, Manuel Cano «El Pireo»
Juan Ortega y Jorge Fuentes.

El toreo contado también se nutre de estas anécdotas, que hoy resultan divertidas pero ayer fueron dramas, de quienes fueron soñadores de gloria. El toreo explicado por sus protagonistas, por los que fueron maestros y por los que quedaron en el intento; por subalternos, por ganaderos, por cirujanos especializados en realizar quites a vida y muerte en las enfermerías; por profesores de la Universidad. El toreo hablado y escuchado: la simpar experiencia de empaparse como una esponja de las historias de los protagonistas de un mundo lleno de valores, singular, único, extraordinario, que no solo es mágico cuando relampaguea el toreo en el ruedo, sino ante la escucha y el  tintineo de un catavinos, cuando su maravillosa gente, sintiéndose respetada, escuchada y admirada, abre de par en par el alma para compartir sus recuerdos. 

ENTRADA RELACIONADA: 

INVITADOS DE LA TERTULIA «TERCIO DE QUITES» DE CÓRDOBA

miércoles, 1 de diciembre de 2021

«CALERITO»: MERECIDO RECUERDO

Por Antonio Luis Aguilera

El 22 de noviembre se presentó en Córdoba el libro «Manuel Calero Cantero “Calerito”. Merecido Recuerdo», dedicado a la memoria de este gran matador de toros de la década de los años cincuenta, al que una cruel enfermedad segó la vida a los 33 años de edad. El autor es el cordobés Domingo Echevarría Echevarría, que ya ha escrito varias obras taurinas, y ahora nos presenta esta lujosa publicación, editada por la Excma. Diputación Provincial de Córdoba.

Se trata de un volumen de gran formato (30 x 22 cm), que a través de más de seiscientas páginas viene a saldar una cuenta con la historia del toreo cordobés, al romper el silencio que han hallado las generaciones de aficionados, que por razones de edad no vieron al valiente torero de Villaviciosa, autor de una carrera que estuvo jalonada de importantes éxitos en las plazas de España y América. Un trabajo riguroso, excelentemente documentado fotográficamente, que inserta numerosas crónicas y comentarios de las revistas taurinas de su época. En suma, una magnífica labor de Domingo Echevarría, que no dejará indiferente a ningún aficionado que lea sus páginas para recrearse con esta biografía dedicada a Manuel Calero «Calerito».

«Calerito» toreando al natural. Foto Cuevas

El autor cuida los detalles al contar la vida del torero de principio a fin, desde la primera inquietud del joven Manuel por «ser gente» en el toreo hasta el triste final del que fuera llamado el «Lobo de Villaviciosa», narrando con armonía sus etapas de becerrista y novillero, en Valencia y Córdoba, hasta llegar a la soñada tarde de la alternativa en la plaza cordobesa de «Los Tejares», con un encierro de Galache, de manos de Agustín Parra «Parrita», en presencia de José María Martorell. A continuación analiza cada uno de los capítulos que el espada escribió en los ruedos, con la verdad de sus triunfos y el tributo de sus cornadas, durante las temporadas de 1948 a 1957. Tras un apéndice estadístico, el libro nos habla de la vida de Manuel fuera de las plazas, de sus últimas actuaciones en festivales benéficos a partir de 1958, y en su ameno discurrir hasta sorprende al lector descubriendo el parentesco de «Calerito» con «Manolete», vía José Dámaso Rodríguez «Pepete». Finalmente, la obra contempla la figura del matador desde las Bellas Artes, hasta llegar al día «del último viaje», en palabras del genial poeta Antonio Machado. Por supuesto, no podía faltar una referencia a la fundación del «Club Calerito», la peña taurina más antigua de Córdoba, que cada feria de mayo, en memoria de su titular, premia con la «oreja de oro» al novillero que más orejas corte en las novilladas con picadores —si las empresas las organizan—, ofreciendo imágenes de todos los espadas que han sido galardonados.

En Sevilla con el miura «Rosalino» al que cortó las dos orejas... (Foto Cano)

Recreándonos en las fotografías de la obra recordamos un comentario que siendo niños escuchábamos a los aficionados mayores. Hablaban del «toreo cordobés», de ese estilo que tras «Manolete», aceptaron y adoptaron los espadas de la tierra que le sucedieron para expresar su arte. Llama la atención observar como José María Martorell, «Calerito», o con menor fortuna en los ruedos Alfonso González «Chiquilín», manifestaron en las plazas la inmensa verdad del ajuste en el encuentro con el toro, y que con firmeza de plantas citaran con la muleta retrasada, ofreciendo su cuerpo con gallardía, aguantando —¡qué verbo más torero!— a que metiera la cara, para obligarlo con un toreo de manos bajas que eriza el vello y seca las gargantas, con ese arte sin fantasia, austero y seco, que acuñó el sello de «toreros de bragueta» para identificar a los toreros de esta tierra de califas.

... aunque la plaza pidió el rabo para el torero cordobés. Foto Cano

Aún recuerdo aquel soleado día del 13 de noviembre de 1960, cuando tenía cinco años y como cada día, de la mano de mi abuela Pilar pasaba por el coso de «Los Tejares», donde siempre me asomaba a la puerta grande para mirar el ruedo entre la ranura de sus grandes hojas. Aquella excelente aficionada se detuvo en el pasillo que separan las dos palmeras —por donde sacaban a hombros a los toreros en las tardes de triunfo—, y con lágrimas en los ojos liberó la pena que sentía rezando una oración por «Calerito». Después, como comentarista taurino, pude observar el respeto y la admiración con que todos los compañeros hablaban de aquel torero. Pero «Calerito» no tenía quien le escribiera. Me dolía el silencio que envolvía la figura del gran torero, ese que ahora ha roto magistralmente Domingo Echevarría, para hacer justicia y narrar con verbo fácil, sentida emoción y profunda admiración, la carrera de un torero de Córdoba que debe llenar de orgullo a la afición de su tierra.

El sereno valor de «Calerito»

SONETO A «CALERITO», de Domingo Echevarría. 

Habla la historia, Manuel, de tu tesón,

de tu firme valor y tu templanza;

de Rosalino, el Miura cornalón

de tu gesta triunfal en la Maestranza. 


De Madrina, aquella bella canción,

donde Juana cantaba a tu bonanza;

de tu vida torera, de tu pasión,

que se truncó tan llena de esperanza. 


Guarda el recuerdo de tu luz primera:

Villaviciosa, tu tierra serrana.

Valencia, el de tu juventud torera. 


Y tu Córdoba: su cariño infinito,

y el de su viejo río que aún emana

con tu esencia torera ¡Calerito!

Manuel Calero «Calerito». Foto Ortiz

martes, 19 de octubre de 2021

JUAN ORTEGA PREMIADO CON EL TROFEO «JOSÉ MARÍA MARTORELL»

Por Antonio Luis Aguilera 

Juan Ortega. Foto Plaza1
La Tertulia Taurina «Tercio de Quites» de Córdoba ha premiado con el trofeo «José María Martorell» al matador de toros Juan Ortegaen reconocimiento «a la ilusión despertada en la afición y la excelencia de su toreo». El premio, un busto en bronce del inolvidable torero del barrio de San Cayetano, magistralmente modelado por los escultores cordobeses Hermanos García Rueda, que generosamente colaboraron con la tertulia por admiración y amistad con el torero, y que en su basamento tiene alegorías de la vieja plaza cordobesa de «Los Tejares», le será entregado al torero nacido en Triana en el transcurso de un almuerzo, cuando sus compromisos profesionales se lo permitan.
Juan Ortega en la pasada feria de Otoño de Madrid. Foto Plaza1
Juan Ortega fue miembro activo de esta Tertulia durante su etapa universitaria en la ciudad, donde entre toros y libros estudió y se licenció como Ingeniero Agrónomo. De igual modo, en el año 2010, siendo novillero sin picadores, Juan Ortega también fue premiado por este grupo de aficionados cordobeses con el «Trofeo a la Ilusión», un capote de brega que le fue entregado por la máxima figura del toreo Manuel Benítez «El Cordobés», que en el mismo acto recibió el trofeo «José María Martorell» en reconocimiento a su incomparable carrera en la historia del toreo. 
        Trofeo «Martorell»

Durante su etapa universitaria en Córdoba Juan Ortega fue alumno de la Escuela Taurina del «Círculo Taurino», con la que participó en varias novilladas sin picadores televisadas por Canal Sur. Del mismo modo, debutó como novillero con picadores en la plaza de «Los Califas», donde se había presentado sin caballos el año anterior, el día  24 de mayo de 2011, formando terna con Juan del Álamo y Víctor Barrio para lidiar un encierro de la ganadería Fuente Ymbro, y tomó la alternativa en el coso de «Los Llanos» de Pozoblanco el 27 de septiembre de 2014, de manos de Enrique Ponce, actuando como testigo José María Manzanares, con una corrida de Zalduendo. El toro de la ceremonia atendía por «Amante», estaba marcado con el número 122, y era negro mulato. El toricantano cortó las dos orejas a «Presumido», el sexto de aquella lluviosa tarde.

El trofeo «José María Martorell» fue instaurado por la Tertulia «Tercio de Quites» de Córdoba a la muerte del gran espada cordobés en 1995. 

domingo, 8 de agosto de 2021

JOSÉ MARÍA MARTORELL EN EL RECUERDO

Por Antonio Luis Aguilera

El toreo de ajuste, temple y manos bajas de José María Martorell

Fue el torero de mi abuelo Luis Roldán Torres, al que no alcancé a conocer, y el de toda mi familia materna, a la que debo esta maravillosa afición al toreo, porque desde que levantaba dos palmos del suelo me hablaban de toros y de los toreros de Córdoba, desde el respeto profundo a la huella de Lagartijo y Guerrita, la veneración por Manolete, y la admiración por José María Martorell, torero —decían— de bragueta, muy cordobés, de valor seco y temple en el comprometido sitio que pisó Manuel, bajando los engaños como él. 

Me hablaban de la profunda huella que este torero dejó en la afición mexicana; también, que por su apellido revolucionó a la afición de Barcelona, que en sus inicios pensaba que era catalán, y al emocionarse con sus grandes éxitos en la Monumental lo adoptó como suyo.

Entrada dedicada por José María Martorell

Recuerdo aquella maravillosa aficionada que era mi abuela —estuvo abonada a la plaza de Córdoba con más de ochenta años cumplidos— que cuando iba y venía con los seis nietos al colegio de monjas de la calle Gondomar, al coincidir y saludar a Martorell por el centro de la ciudad nos repetía una y otra vez lo gran torero que fue, rememorando los lentos viajes en el tren de entonces para verlo en Sevilla. Así pues, desde que vestía babero de párvulo admiraba a José María, de quien veía las fotos en las revistas que testimoniaban su paso por el toreo, ejemplares que conservaba la familia, como también guardaba la entrada de la última tarde que el abuelo lo vio antes de morir en la plaza de Los Tejares —27 de septiembre de 1953. Toros de Ramos Paúl (Villamarta), para Martorell, Calerito y el mexicano Jorge Aguilar El Ranchero—, donde al dorso, José María escribió de puño y letra con su estilográfica: «Para el mejor amigo y admirador que tengo en Córdoba, Luis Roldán con un fuerte abrazo de José María Martorell».

Antonio L. Aguilera con José María Montilla y Alfonso Galisteo. Foto Marogo

Años después Alfonso Galisteo, otro gran aficionado, además de suegro y amigo, seguidor de Martorell y más tarde de José María Montilla, me confirmaba los juicios de mi familia al hablar de las excelencias del maestro cordobés. Y en los años ochenta, cuando a propuesta del periodista Pepe Toscano inicié una aventura no profesional de informador taurino, que habría de durar tres décadas y aún colea en los textos de este blog, conocí a José María Martorell, con quien tuve la fortuna de gozar de su amistad, y de muchas conversaciones taurinas privadas y públicas, en coloquios donde su presencia era requerida porque otorgaba categoría al acto. También tuve el privilegio de organizar un almuerzo donde conseguí sentarlo en la mesa con sus compañeros Agustín Parra Dueñas Parrita, su padrino de alternativa, y Manolo Vázquez, para que tan excelente terna protagonizara una inolvidable tertulia radiofónica, que comenzó a la hora del café y terminó bien entrada la tarde.  

Parrita, Manolo Vázquez, Aguilera y Martorell. Foto Marogo 

Son muchos los recuerdos que tengo de José María, como la entrañable anécdota con aires de profecía que le gustaba contar. Fue a un tentadero a la finca «Las Cuevas», en el término de Villarrubia (Córdoba la Vieja), donde estaba la ganadería que don Alfonso de Olivares y Bruguera había formado con reses de Juan Belmonte (encaste Gamero Cívico), y Manolete acudía siempre que estaba en la ciudad, atendiendo a la invitación de doña Concepción Gómez-Barzanallana«Conchita Olivares», viuda del ganadero desde el fatídico 1936, que además era aficionada práctica. Allí estaba de aficionado José María Martorell, que salió a torear cuando fue requerido y en quien se fijó el director de la faena campera, quien luego en Córdoba, al caer la noche, cuando Manolete subía desde la plaza de La Lagunilla hasta San Cayetano para ir al Campo de la Merced, junto a la Torre de la Malmuerta, donde estaba la Taberna de Paco Acedo se reunía con sus amigos, al observar que el muchacho del tentadero estaba sentado en la puerta de su casa, lo reconoció y se dirigió a él con una frase que el tiempo convertiría en sentencia: «¡Adiós, torero!». Así fue, en mayo de 1949, casi dos años después de la tragedia de Linares, Martorell tomaba la alternativa en la plaza de Los Tejares, para convertirse en el torero de mayor relieve que tuvo Córdoba en los años cincuenta. «¿Te imaginas lo que significó para mí, siendo un aficionado, que ese Monstruo me llamara torero?».

Verónica de manos muy bajas de Martorell. Foto Cano

En los años ochenta José María acudió con asiduidad a las reuniones de la cordobesa Tertulia Tercio de Quites. Le agradaba el ambiente de silencio con que el grupo acogía los recuerdos de su paso por el toreo. Fueron muchas las noches que gozamos de su presencia y amistad, pero recuerdo especialmente una de invierno, desapacible por fría y ventosa, donde tras una penosa jornada de tratamientos contra la enfermedad que le acosaba, el maestro se presentó por sorpresa, abrió la puerta y nos saludó diciendo: «Buenas noches, señores; vengo a tomarme un par de medios de vino y hablar de toros, que es lo que más me gusta, con este maravilloso grupo de aficionados». Damos fe que impresionaba escuchar sus palabras en el silencio creado en la sala, a veces roto por el tintineo del cristal de los catavinos, y ser testigos de la generosidad con que abría su alma para hablar de toros, bien fuera para recordar su concepto del toreo, para censurar modas propiciadas por sectores intransigentes de la afición —«echar la pierna de salida adelante no es cargar la suerte, sino quebrar al toro echándolo para afuera, una ventaja para el torero», para manifestar su profunda admiración por el toreo de Pepe Luis y por el de los toreros de México y la maravillosa fantasía de su manejo del capote, para  desvelar confidencialmente la «guasa» de Luis Miguel, que enseñaba la punta de la capa por el hueco del burladero para distraer a los toros de sus compañeros en plena faena, y la de veces que hubo de pedirle públicamente que se tapara, o para asegurar que los miuras eran los únicos toros que no dejaban cruzarse a los toreros, porque ellos lo hacían antes para impedirlo. En resumen, para hablar de toros con asombrosa amenidad cuando la vida ya se le escapaba. 

Tal fue el cariño de la Tertulia al maestro, que a su muerte se creó el trofeo que lleva su nombre e imagen, el magistral busto modelado por los escultores y aficionados cordobeses Rafael, Pepe y Pedro García Rueda, quienes por su admiración y amistad con el torero fallecido, colaboraron regalando su trabajo en la creación de la estatua con que la tertulia cordobesa desde 1996, el año siguiente de su muerte, reconoce el mérito taurino de personalidades o entidades, para honrar la memoria del maestro.

Trofeo Martorell

Ángel Mendieta Baeza, compañero durante muchos años en la crítica taurina de Córdoba, nos obsequió el pasado año con un ejemplar de su libro «Y después de Linares… Martorell: El torero de mano baja», que no ha sido publicado y por su interés debería encontrar respaldo editorial para ver la luz, pues recoge el testimonio personal de aquella bonita época del toreo cordobés. De la amena y documentada obra extraemos dos fragmentos que hablan de José María y de su tiempo. 

—«Tras la tragedia, Martorell».

Y como el destino es inexorable, llegó agosto de 1947 y en Linares se produjo la trágica cogida que dejó al toreo huérfano de la figura más grande de una época cuyo eco, como dijo aquel crítico madrileño, sigue siendo inalcanzable. Pero bueno, volviendo al momento de Linares, la muerte de Manolete debió ser como un mazazo que dejó traumatizado al mundo de la tauromaquia y, mientras tanto, Córdoba quedaba ayuna de toreros de alternativa que continuaran la historia escrita por los grandes toreros nacidos en esta tierra, que la representaran en los carteles de postín y en las ferias más señeras de la torería. En Córdoba se produjo un vacío, pienso que profundo, muy profundo. Pero pronto, si echamos mano de la historia, veremos que la pena se vio aliviada, pues la incorporación de los ya referidos Rafael Soria Molina “Lagartijo”, José Moreno “Joselete” y Martorell al escalafón de los novilleros con picadores fue como una puerta abierta a la esperanza, que sirvió para reforzar el entonces raquítico escalafón de novilleros de que Córdoba disponía.

José María en tertulia radiofónica. Foto Marogo

—«¿Quién fue Martorell?»

 Martorell, en aquel momento, cubrió el vacío que había dejado Manolete. Pero que nadie piense que al decir que Martorell cubrió el vacío dejado por Manolete quiero decir que ocupó el sitio de Manolete. No. Martorell ocupó su sitio, el suyo, el que supo ganar con su arte, con su valor y con su personalidad. El lugar de Manolete sigue vacante, porque torero con la fuerza de Manolete solo hubo uno y, por tanto, ese lugar, que es como un trono en la historia torera de nuestra Córdoba, quedará vacante por los siglos de los siglos. Sólo digo que Martorell cubrió, de forma muy digna, aquel vacío, porque supo mantener la ilusión de muchos aficionados, ya que su presencia en los ruedos sirvió para mitigar el desencanto provocado con la desaparición de aquel genial torero cordobés en aquel trágico agosto de 1947. 

I Coloquio organizado por la Tertulia Taurina Santamarina de Córdoba:
Alfredo Asensi, Ángel Mendieta, Antonio L. Aguilera, José Mª Martorell,
Antonio Cabanillas y Enrique Cabello. Foto José Luis Cuevas.

Finalizamos esta entrada donde hemos evocado con tanto cariño como admiración la figura de José María Martorell, el espada cordobés que en una época de tristeza ante una perdida irreparable fue capaz de abrirse paso en el toreo, para volver a entusiasmar a la afición de Córdoba tras el vacío dejado por la muerte de Manuel Rodríguez Manolete«¡Con lo difícil que era eso!»sentenciaba su amigo y padrino Agustín Parra "Parrita".

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