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miércoles, 12 de febrero de 2025

TOREROS

Por Antonio Gala 

(Del libro «Dedicado a Tobías»).

«Una plaza de toros -mitad sol, mitad sombra-, 
en donde se jalea a la muerte con olés...»

Llega el buen tiempo aquí, y se desencadenan las corridas: la fiesta nacional o la vergüenza nacional, según como se mire. Porque aquí somos muy propensos a calificar un acontecimiento con motes antitéticos, de acuerdo con la gracia que nos haga. Y una plaza de toros -mitad sol, mitad sombra-, en donde se jalea a la muerte con olés y con pasodobles, siempre fue un buen paisaje donde pintar a España. En España hay una trinidad -el toro, el torero y la muerte- que, querámoslo o no, nos significa. Por eso antes, Tobías, casi todos los niños españoles querían ser toreros, menos los mosquitas muertas, que querían ser obispos. A un niño sólo lo ilusionan la exaltación y el valor y la gloria. Quizá ahora comiencen a querer ser cosmonautas o protésicos dentales: es otro estilo de representación. Un estilo que puede terminar en que un niño sueñe con ser oficinista. Sería una pena. El torero -un ser anacrónico, andrógino, sangriento y delicado- no puede estar, como un oficinista, a horas fijas delante de una mesa. Se trata de una profesión -si es una profesión- extravagante. De ahí que sean los oficinistas, los que vayan a ver a los toreros, no a la inversa.

A tu edad, hacía cuatro años que yo iba a las corridas. Y nunca opiné que fuesen un espectáculo lo que se dice alegre. Ni siquiera que fuesen un espectáculo: hay demasiada participación activa en ellas. Para mí la fiesta era y es terriblemente seria. Con una seriedad tal que, para no resultar abrumadora, exige el sol y el calorazo y el puro y el clavel y la charanga y el bullicio. El hecho de llamar fiesta a una ceremonia tan cruenta es el reverso de llamar sacrificio al rito incruento de la misa. Yo nunca quise ser torero: supe, desde el primer momento, lo que tenía que ser. Y tú, resultaría muy raro que quisieses serlo. No llevas en la masa de la sangre, no te borbotea en ella, no has respirado nunca el marchoso roce de la cogida, el sedado y recamado riesgo, la luminosa inutilidad de una revolera, el aplomado, aburrimiento de una mala corrida, del que brotan, como una chispa súbita, el arte y la belleza. Y no has visto a tu madre, como la he visto yo, guapa y un poco sofocada, con mantilla goyesca, recibir, a la vez que la montera, el brindis de un torero.

«Todo es morir aquí. Pero morir jugándose la vida ante una multitud...»
Juan Ortega. Sevilla, 15 de abril de 2024.

 

La historia que más cautiva a este pueblo es la de un muchacho pobre -mejor si es hospiciano- que, como en la suerte que se llama salto de la garrocha, atraviesa los estratos sociales y se planta en la cúspide. Antes aquí no había camino más rápido para que el hijo de un bracero se sentara a la mesa del señor; ahora apenas si quedan ya señores. Agotados las Reconquistas, los Descubrimientos y las Colonizaciones, la manera más veloz de alcanzar la fama y el dinero era el toreo. Y la más respetada. Entre Granada y Jaén hay una finca espléndida, que perteneció al matador Bombita. Cuando las agitaciones campesinas andaluzas, con horcas y con hoces se presento un grupo amenazador ante la casa. Salió el maestro, viejo e impresionante aún; miró a los campesinos en los ojos, y sin decir palabra, se desabrochó los pantalones y se los echó abajo. Aparecieron su vientre y sus muslos acribillados por las cicatrices. Los hombres de mirada torva comprendieron el gesto y su mensaje, abatieron los rebeldes utensilios, y se alejaron.


«El torero y sus largas caricias milagrosas provocan el éxtasis»

El torero es nuestra familiar y modesta versión de nuestro self-mademan, nuestra idea del superman, nuestra transposición -anterior en dos mil años- del héroe americano. El personifica las aspiraciones de quienes no tienen ni aspiraciones casi. El representa incluso a quienes no quieren ser representados. Sobre él se vuelcan la mitología y la literatura: es el vaso quebradizo de un dios; el sacerdote abrumado por las culpas de todos, entre la soledad y la proeza; Prometeo ofrecido, Orfeo apaciguador, Dionisos inmóvil entre la algarabía. Narciso mirándose en los ojos mortales de la vida. El torero es el hombre en capilla, coronado por la muerte o su inminente posibilidad. (Como decía Fernando el Gallo, padre, «a los únicos que no cogen los toros son a los canónigos de la catedral». Por supuesto, si toman precauciones; porque si no también). Todo es morir aquí. Pero morir jugándose la vida, ante una multitud, vestido de azul, pavo y oro, morir de pie y con elegancia, es morir más despacio.

El torero es un objeto universal de amor: exhibicionista y asexuado, emperifollado como un ídolo, con partidarios devotos, predecesores encendidos de los fans de hoy. Como las célebres mujeres adoradas, derrama y contagia el sentimiento. Ha de entusiasmarse para entusiasmar. Torear es como hacer el amor: uno no torea, ni se enamora, a toque de clarín -por muchos que atraviesen la tarde y el corazón-, sino cuando y como se puede: nadie elige ni su amor ni su muerte. Se torea para conquistar, no por dinero, igual que se ama; para librarse, como en el beso, de una emoción que nos ahoga. Se trata de hermosear una carnicería, lo mismo que con el amor; de domar una quimera, lo mismo que con el amor. Precisamente, por ser innecesario, el toreo, como el amor, ha de ser bello y en rapto. ¿Por qué, si no, matar un toro, revestido de ornamentos solemnes? Así mata el amor cuando nos deja. Y nos deja, cuando se va, tan solos, tan inútiles, tan fríos, como una plaza de toros en invierno. El torero y sus largas caricias milagrosas provocan el éxtasis. Y, a solas con el toro entre el gentío, se transfigura en el acto orgiástico y fatal… Pero el milagro, lo mismo que el amor, no dura. Queda frente a nosotros un ser frágil, receptor a veces de una gracia que no sabe explicar; que lo domina y que lo inviste, que lo abandona con su chaqueta ostentosa y su triste corbata, con una sonrisa cautelosa y vulgar, previa la epifanía.

Tobías, tú no serás torero. Tus mitos son ya otros. Sin embargo, aún hay niños que desean serlo. Estudian en escuelas de tauromaquia, maduros y traviesos, a la vez, responsables e improvisadores, vivaces y con un runrún de abejorro rondándoles la frente. Un abejorro negro que ellos espantan con la mano infantil que sostiene el capote y con el ansia que les sostiene el sueño. Son unos niños que saben mejor que otros lo que quieren, porque quieren lo que no saben: que vivir no consiste en evitar la muerte, sino en afirmarse y enriquecerse en la vida.

 


viernes, 14 de julio de 2023

VERGÜENZA NACIONAL (Charlas con Troylo)

Por Antonio Gala

Antonio Gala con Troylo

Muchas veces me has oído decir que hay en el mundo tres cosas que me gustaría no haber ido conociendo, poco a poco, desde niño, para encontrármelas de golpe ahora y comprobar el efecto que me harían en esta madurez, algo pocha, que tengo. Esas tres cosas son: la ciudad de Córdoba -recóndita y rezumante de historia-, el castellano de Santa Teresa -barroco e inmediato- y las corridas de toros. Pero, por fortuna o no, jamás he gozado de perspectiva bastante para contemplar ni juzgar tales dones: los tres han formado parte de mi vida desde que comenzó. En los muros milenarios de Córdoba he orinado cuando tenía dos años; en los rincones sorprendentes de Córdoba he quebrado el silencio jugando a policías y ladrones; en las altas callejas de Córdoba me ha escalofriado, adolescente, al cruzar, la belleza. Y, a los siete años, alguien me regaló las obras de Teresa de Cepeda, y yo anduve entre ellas, avanzando y retornando por sus largos periodos, tropezando y cayendo entre la plenitud y el grácil desenfado. ¿Cómo puede opinar nadie con objetividad de algo que ya es sí mismo? ¿Cómo conseguir uno alejarse de su propia mirada?

Plaza de Los Tejares de Córdoba

¿Y los toros?  De niño me llevaban a Los Tejares, la plaza cordobesa que ya no existe, mi padre y Machaquito. Me sentaban entre ellos, pensaba yo que para enseñarme la fiesta, sus complicados cánones, el rígido entresijo de la lidia, los minúsculos secretos de su trama. (Algunas veces, muy pocas, he escrito yo de toros. Y siempre me ha parecido tan difícil entenderlos, tan habitual confundir el griterío con la sabiduría, tan sencillo caer en la grosera estupidez de quien paga, por eso sólo, entiende). Jamás me compraron una gaseosa, ni un pestiño, ni un paloduz. Los dos estaban, uno a cada lado, dignos, erguidos, atentos y callados. No recuerdo haberles escuchado una palabra. No recuerdo haberles visto sacar el pañuelo para pedir una oreja. Cuando el graderío bramaba, subía yo los ojos en busca de uno y otro. Ni un gesto, salvo el ligero tic que aleteaba en la cara de Machaco. Entre mí me preguntaba yo cómo iba a aprender nada de aquellas dos esfinges. Sólo una tarde (toreando un torero que no tuvo futuro) los vi mirarse de reojo, y dejar caer los párpados en una levísima aquiescencia, y apuntar en sus labios algo relativamente semejante a una sonrisa. Al salir a la calle se despedían con el mismo desbordado entusiasmo: «Adiós, Rafael». «Don Luis, hasta la próxima». (¡Qué poco habla la hermosa gente de Córdoba, Troylo!). Y el niño que yo era se quedaba dudando si ellos estaban locos o los locos eran los vociferantes espectadores de la plaza. 

"Córdoba, recóndita y rezumante de historia"

No creo saber una palabra de toros. Después de mi experiencia infantil dudo que sean palabras lo que se necesiten. Lo cierto, Troylo, es que me pica la curiosidad de comprobar qué impresión me produciría una corrida sin haber visto ninguna previamente; qué me parecería ese espectáculo de activa participación, ese marchoso roce con la tragedia, ese riesgo asedado y dorado, esa inutilidad luminosa, ese aplomado aburrimiento -en que lo atroz se hace costumbre- del que se desprende, como una chispa, el arte y la belleza repentinos. En España, desde las seculares tradiciones hasta su mismo contorno geográfico; desde sus virtudes raciales, hasta el jocundo desgarro de su idioma, casi todo se halla, Troylo, en relación con los atributos y la figura del toro. No hay otro tótem que nos coja más cerca. En su doble manera, culta o popular, casi todas nuestras creaciones están empapadas de ese tema o de sus contigüidades.

"En ella el hombre es como el vaso de un dios"

Y es que la mitología entera se despeña sobre la fiesta. En ella el hombre es como el vaso de un dios; el sacerdote que reclama sobre si los pecados de todos, antes de iniciarse en el rito de la soledad y la proeza; Prometeo sacrificado; Orfeo, apaciguador de la fiera, descendiendo a las sombras; Dionisos inmóvil entre la danza de faunos, silenos, ménades y bacantes; Narciso virginal frente al doble unicornio. En ella, el toro significa la carne y sus poderes, el ímpetu desordenado y rebelde, la transgresión amenazadora, la víctima también propiciatoria, la hostia ofrecida, el raptor de Europa. Pero entremezclándose ambos símbolos de espíritu y materia, amándose, buscándose, dándose muerte, dándose victoria, dándose victoria en la muerte y viceversa. Es decir, con las contradicciones típicas -y tópicas- de lo más español… Acaso yo viese así -aterradora, enriqueciente, monstruosa, repugnante, obsesiva e hipnotizadora -mi primera corrida.

"se desprende, como una chispa, el arte y la belleza repentinos".

Sin embargo, leo en estos días con frecuencia que las corridas de toros son una vergüenza nacional. (Aquí somos propensos a calificar de vergüenza nacional todo lo que no nos hace individualmente gracia). Y bastantes cartas me piden, apoyándose en mi afecto por ti, Troylo, que escriba denigrando lo que se llamó siempre fiesta nacional, y procure su prohibición. Parece que a la democracia española le ha dado más por proteger a los animales que a las personas. Y hasta tú sabes, Troylo, que eso es comenzar la casa por el techo. Por descontado que percibo y me duele la pasión del toro en la arena (la activa y la pasiva, que también  la primera es pasión). Pero, sin las corridas, ni siquiera existiría ese toro de lidia, creado y conservado y dirigido para ellas; un animal tan majestuoso en libertad -en la relativa libertad de los campos- como ningún otro. Por descontado que veo el espeso chorreón de su sangre y escucho su mugido. Pero también me estremece el infinito balar de los corderos amontonados en las jaulas, camino de su muerte, carreteras alante. Y me estremece el atroz grito del cerdo en las matanzas, y el desorbitado terror de las terneras, y la candidez de los pavos navideños. El hombre mata y come (no creo que ni el comer sea  excusa suficiente para matar); el hombre caza también por gusto. El hombre, en definitiva, forma parte de la naturaleza- y su ritmo o su arritmia ecológicos.

"sin las corridas, ni siquiera existiría ese toro de lidia..."

¿Por qué no contestamos, Troylo tranquilizando a quienes se sonrojan del mundo de los toros? Si los españoles aparecemos ante ojos ajenos como incivilizados, o sangrientos, o rudos, no es por el hecho de la fiesta; es por la simple razón de que los somos. Más vergüenza nacional, muchísima más, producen otras cosas: desde el funcionamiento- si llamamos así a justamente lo contrario- de la Telefónica, hasta el de cualquier otro monopolio; desde el terrorismo de ETA hasta el de la ultraderecha; desde el espeluznante paro a la multiplicación de los atracos tan ligados a él. Suprímase, Troylo, antes que los toros el sudoroso esplendor del circo con sus niños entre aéreos y víctimas. Suprímase antes la percutante locura del boxeo. Suprímase antes la guerra que llega, pendularmente, desde hace siglo y medio, a anegarnos de odio. Porque es posible -¿verdad Troylo?- que para el toro de lidia, ancestral y mítico, sea su muerte menos incomprensible que para nosotros, cuidados y engordados para ser abatidos por una muerte sorda, sin nombre, indiferente y silenciosa. Más cruel, Troylo, cuanto más sorda e indiferente.

 

*Antonio Gala Velasco falleció en su querida Córdoba el 28 de mayo de 2023. El gran escritor, sin ser aficionado a los toros, respetó y defendió con la singular belleza de sus palabras la fiesta nacional. 

(Libro: "Córdoba de Gala". Caja Provincial de Ahorros de Córdoba. Año 1993)

sábado, 11 de diciembre de 2021

¿FELIZ NAVIDAD?

Por Antonio Gala

«Y nacerán también en un pesebre, o en un lugar peor...»

De cuanto tenemos, o podríamos tener, nada hay tan esencial como la vida. Nacer, en sí, siempre es hermoso y bueno. Es aparecer —¿desde donde?—, salir de la inexistencia, sumergirse en las inmensas mares de la vida, y ser a la vez un minúsculo recipiente de ella. Nacer es ingresar en la incontable hermandad de los hombres, en la impaciente y larga búsqueda del amor, en el fervoroso deseo de la verdad, a la que vemos tan turbia y tan lejana como el pez ve a la estrella. Un nacimiento habría de ser siempre una ocasión de gozo; una renovación de la eterna esperanza, esa hermana siamesa de la vida. Quizá no sea otro el simbolismo de la Navidad: alguien infinito que nace para compartir. Por eso aterra pensar en lo que la humanidad se ha convertido, y en lo injusto y atroz de sus repartos. No es ya nacer un paso —el primero— hacia la confusa majestad de ser hombre, hacia la improbable felicidad, hacia la verde y agridulce danza de la naturaleza. El hombre es una vida consciente de sí misma: eso es lo que lo erige en superior a todos los demás. Y eso es también lo que lo hace responsable. El tigre es inocente; el terremoto y el volcán y el ciclón son inocentes. El hombre no lo es. Tan solo con diez justos se habría salvado la Pentápolis; no se encontraron tantos. No; no en cualquier caso es nacer bueno y hermoso. Y quizá nos beneficie reflexionar en ello cuando conmemoramos un nacimiento que debió transformarnos, pero que no lo consiguió porque no nos dejamos transformar.

Cuarenta millones de personas mueren al año de hambre. Diecisiete millones de ellas son niños. No han cometido más falta que estar vivos. ¿No aterra? ¿No estremece? ¿Qué mundo, sordo y ciego, es éste, que se dispone cada año, volviendo la cabeza, a celebrar su Navidad? ¿Qué Navidad es la que celebra este mundo ensangrentado, egoísta, insolidario, devorador, materialista, estúpido? ¿En qué sinceridad podrá creerse? ¿Qué sinceridad cabe entre los mazapanes, Papá Noel, los espumillones, el abeto, el belén, los Reyes Magos? ¿Qué monstruosa comedia, autocomplacida y gestera, es la de las campañas navideñas de sentar un pobre a su mesa, o recordar a los negritos, o mandar un par de botellas y un jamón a la parroquia? Dos tercios de los hombres sufren tan solo por haber nacido. No penas finas, no penas imaginarias, no desazones por llegar más alto, o por ambiciones fracasadas, o por intentos contradichos: sufren por hambre: por hambre de justicia, por hambre de esperanza y por hambre de pan. Ven morir a sus hijos; se ven morir los unos a los otros irremediablemente. Mientras nosotros, en hogares tibios, sin la menor intención de darnos cuenta de esa roja marea de dolor, cantamos villancicos, lanzamos a Dios filiales guiños de complicidad, comemos hasta hartarnos, bebemos hasta hartarnos y celebramos nuestras Navidades. 

La humanidad no sabe, pues, dónde está el Norte

Nacer no es compartir. El sufrimiento de las dos terceras partes de la humanidad no lo comparte la otra. El Dios de amor, que nace para unos, no lo comparten todos. No sé si habrá otra vida, en que el Dios remunerador ponga las cosas en su sitio; ni siquiera es preciso que la haya para saber, en ésta, que la vida es lo esencial; que la humanidad que deja morir cada año, por hambre, a cuarenta millones de hijos suyos, es una inhumana humanidad. Y debe concluir. Quizá por eso, para concluir, se esfuerza  tanto en armarse; se esfuerza tanto en preparar su insensato suicidio. «Con el costo de un misil intercontinental se podrían plantar doscientos millones de árboles, regar un millón de hectáreas, dar de comer a cincuenta millones de niños». Para cubrir las necesidades de alimentos, vivienda, salud y escuela del tercer mundo (¿qué tercer mundo es ése?, ¿quién señala el primero y el segundo?, ¿quién discrimina aquí?)  se precisan diecisiete mil quinientos millones de dólares: la misma cifra que el primer mundo se gasta en armamento cada dos semanas. En armamento, es decir, en exactamente lo contrario. Porque aquella es la lista de la vida y ésta, la de la muerte. La humanidad no sabe, pues, dónde está el Norte: cree avanzar y regresa; cree progresar y vuelve a la caverna. Como si nada estuviese sucediendo, nos sentamos a cenar en Navidad, religiosos y alegres y seguros. Qué torpe farsa.

Somos culpables todos. Culpables «esas modas y esos gestos de asistencia, que proporcionan una buena conciencia barata y que no salvan a aquellos a quienes están destinados». Culpables «esas crueles e infecundas utopías, que sacrifican a los hombres actuales en nombre de un futuro proyecto de sociedad». Culpables los que entienden que, por ser antiabortistas, por ejemplo, han cumplido y defienden la vida de modo suficiente. Culpables quienes no damos valor de ley fundamental —sobre todas las otras: sobre todas— a la obligación de salvar a los vivos, de no matarlos y de no exterminarlos. Culpables los que olvidamos —al día siguiente de ver reportajes, fotografías, textos, atrocidades, razas atormentadas— lo que, para nuestra comodidad, nos conviene olvidar. Culpables porque hablamos de otras cosas, y no gritamos, ni exigimos, ni denunciamos, ni acusamos incesantemente. Culpables porque, como Caín, satisfechos y erguidos, poseemos la tierra sin sentir que nos llega hasta el pecho la sangre.

«El sufrimiento de las dos terceras partes de la humanidad no lo comparte la otra»

Pero ni en esta Navidad, ni en ninguna otra, las naciones poderosas van a mirar a las que no lo son. Para no verlas, tienen las serpentinas, los confetis, los globos, las comilonas, los amargos dulces de la Navidad. Para no verlas, tienen los problemas artificiales, los problemas secundarios, los problemas de ataque y de defensa que les plantea la política. La política gélida, que separa y se entroniza, sin saber cómo, en el caliente corazón de los hombres. La política desentendida y asesina, que actúa como si ser blanco o negro, pobre o rico, capitalista o comunista, musulmán o cristiano, significase algo ante el hecho de ser sencillamente hombres. Todos iguales en el fondo, todos de la misma estatura, todos con idénticas necesidades, todos llamados —cada cual a su hora— a la vida y a la muerte. ¿Es que en el destino de la humanidad está escrito algo más que la vida y la muerte?

No consintamos celebrar, con tal hipocresía, la natividad de un niño que sólo habló de amor: de renuncia, de entrega, de compasión, de comunión, de amor. Comamos y emborrachémonos hasta caer al suelo, pero sin poner como pretexto al niño de Belén. Porque la inmensa mayoría de los niños que nazcan esta noche tampoco encontrarán, para nacer, un sitio en la posada. Y nacerán también en un pesebre, o en un lugar peor, y no tendrán una mula y un buey que les vahee los pies, ni paja que los abrigue, ni les darán un cuenco de leche los pastores. Mientras ocurra esto, sospecho que no habrá coros de ángeles cantando la gloria de Dios en los cielos y anunciando la paz para los hombres. Lo diga quien lo diga, por muy alto que esté. Me temo que los ángeles no quieran arriesgarse en un mundo, donde diecisiete millones de niños se mueren cada año de hambre, al tiempo que se almacenan armas y armas para seguir matando a los que el hambre tenga a bien dejar vivos. 

Carta de Antonio Gala, de las aparecidas en El País dominical desde el 1 de febrero de 1981 hasta el 9 de enero de 1983 con el título «EN PROPIA MANO», recopiladas en el libro de igual título editado por Selecciones Austral, Espasa-Calpe, 1983.

 

sábado, 10 de agosto de 2019

MI ÚLTIMO BASTÓN


 Apoteosis de Manolete con el toro Platino
El 17 de febrero de 1946 tuvo lugar en la plaza de El Toreo de la Condesa de México una corrida inolvidable. Se lidiaron seis ejemplares de la ganadería de Coaxamalucan para Manolete, Pepe Luis Vázquez y Luis Procuna. Los tres espadas triunfaron clamorosamente y cortaron un rabo. Cuando el cordobés paseaba una de las vueltas al ruedo que le obligaron a dar tras la faena al toro Platino, un espectador le arrojó un bastón que debió agradar al torero porque decidió quedárselo. Años más tarde, en 1981, fue obsequiado por su familia a Antonio Gala, en gratitud por una brillante intervención sobre Manolete en Televisión Española. Poco después, en la sección semanal titulada “En propia mano” que el gran escritor cordobés tenía en "El País Semanal", agradeció públicamente este regalo con el artículo “Mi último bastón”, donde narró con prosa magistral la historia del bastón que aceptó guardar como recuerdo del inolvidable torero. Merece la pena rescatar un fragmento de esta preciosa pieza literaria:

Antonio Gala
“…Pero el último de todos, que también me vino de Córdoba, contiene un especial significado: lo ganó, toreando, Manolete. Llegó acompañado de su certificado de origen: una fotografía fechada el 17 de febrero de 1946 en Méjico. En ella, da Manolete una vuelta al ruedo. Sereno, pero no sonriente. La mano izquierda lleva la montera, el bastón —con la elegancia del que tiene costumbre de la espada— y el capote, plegado y dibujado por Zurbarán. La mano derecha, con desmayo lleva un ramo de flores. El torero acaba de matar un toro llamado Platino, como el vino admirable de los plateros cordobeses. Ha logrado su más hermosa faena mejicana. En la primera vuelta, de las cuatro que dio, un admirador le arrojó ese bastón de caña de Malaca, cuyo puño es un afilado león de marfil indio y ojos de ámbar. No sé quién era tal espectador, pero estoy satisfecho de encontrar hoy su bastón entre los míos.
La noche que la familia de Manolete me lo ofreció, lo acepté con responsabilidad y con recogimiento. Lo besé al aceptarlo. Besaba en el mi infancia y mi adolescencia, que iban a ver los toros con mi padre y Machaco. Lo besé porque siempre he admirado a esa raza de hombres que viven, como funambulistas, sobre el filo de la navaja; que arrojan al aire una sigilosa moneda, cuya cara y cruz son la vida y la muerte. Siempre he admirado a quienes comprenden que no hay que vivir la vida a cualquier precio; que hay precios que no deben pagarse; que la vida, en todo caso, es corta y hay que hacerla, si no más larga, más ancha por lo menos. Siempre he admirado a quienes hacen del riesgo su pan de cada día; a quienes, enaltecidos y plenos y envidiados, con grandeza y consciencia saben vivir su muerte, acaso lo más arduo de la vida. Siempre he admirado a los hombres de tal raza, a la que Manolete perteneció, y a la que supongo que, de otro modo, también yo pertenezco.
En un país maniqueo, donde gritar ¡viva Joselito! equivale a gritar ¡muera Belmonte! Manolete recogió los vivas y los mueras. Su fruición por la vida pareció a muchos desdén por ella, y su desdén, distancia, y su distancia, sosería: qué cordobés es eso. Se dice que los amados de los dioses mueren jóvenes. No es cierto: los amados de los dioses no mueren: se van al mediodía; se van en flor. Para inmortalizarla hay que cortar la rosa…
En un momento de política estrecha y de estrechas fronteras; en un momento en que aquí se elevó un especialmente estúpido ¡Santiago y cierra España!, Manolete saltó por encima con la agilidad con que saltaba una barrera. Cualquier arte es superior a cualquier política cuando ésta no es un arte. Hay que saber estar en la plaza: fijar, templar, mandar. En el toro por cuya lidia le ofrendaron el bastón, el público le pidió a Manolete que banderillease. Él señaló, sin inmutarse, a su banderillero. Y luego comentó: "Se están poniendo las cosas de una forma que el mejor día van a querer que actúe también de mulillero”. No dio lugar la vida. Sin embargo, hoy, en la fiesta y en muchos otros campos, sería bueno colocar a cada cual en el sitio que le correspondiese. Muchos maestros harían así de mulilleros. Y aún de mulas, algunos”.

Faena de Manolete al toro Platino