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domingo, 27 de agosto de 2023

MANOLETE: «LO PRIMO QUE HE SIDO…»

Por Antonio Luis Aguilera

Manolete obligando con firmeza a "Islero". Foto Cano

Nos contaba el matador de toros Rafael Soria Molina «Lagartijo», que en la noche de Linares, cuando la muerte de su tío Manolo se presentía inevitable, este inclinó la cabeza hacía él y le dijo: «Sobrino: Esto no me pasa más que a mí por lo primo que he sido…». Enigmática frase en aquellas horas de dolor, angustia, nervios, rezos desesperados y división de criterios médicos, que puede encerrar varias lecturas; entre ellas, la que hace pensar que en su final Manolete fue consciente de lo que ocurría, lo que había ocurrido, y lo que, por lo que observaba a su alrededor, iba a ocurrir. 

Dicen que en los últimos momentos de la vida, ante la evidencia del final, las personas que son conscientes repasan su existencia en un instante. Cierto o no, la frase delataba la honda decepción de quien en su agonía se sintió un «primo», la víctima de un engaño o manejo interesado. ¿Qué pasaría por la memoria de Manolete…? ¿Recordaría en el trance que no quería torear en 1947, y contra su deseo Camará le firmó una exclusiva de cuarenta corridas con Balañá, entre las que figuraba la tarde de Miura en Linares? ¿Pensaría por qué no decidió negarse para seguir sin torear en España, como hizo en 1946 —que solo actuó en la Beneficencia de Madrid, gratis como era su costumbre en esa corrida—, cuando roto el convenio forzaron su regreso de México, para que los intrigantes y envidiosos de aquí lo acosaran culpándole de todos los problemas del toreo y le echaran encima al público? ¿Se preguntaría amargamente decepcionado qué había hecho mal para que no le dejaran vivir en paz profesional, social ni familiarmente…? 

Entrega absoluta hasta el final con "Islero". Foto Cano

El torero era un apasionado de la lectura de la historia de Roma y conocía bien el significado de la frase latina: «Alea iacta est»... Todo hace pensar que en el hospital de Linares fue consciente de su muerte: «¡Qué disgusto se va a llevar mi madre!», angustia que debió aumentar cuando preguntó al doctor Jiménez Guinea «si no le metía mano», y este le contestó que «todo estaba bien». Pero bien no había nada dentro ni fuera de aquella habitación. Camará y Domecq no le informaron que Antoñita, su mujer —¿o no lo era la actriz con la que convivía feliz desde 1943?—, avisada por Máximo Montes «Chimo», su mozo de espadas, que tenía órdenes expresas del torero, había llegado al hospital, pero no le permitieron el paso a la habitación. La realidad es que nunca habían aceptado aquella relación, y con la excusa de que el nerviosismo de Lupe no era bueno para el torero, que «se recuperaba de la segunda intervención y estaba tranquilo», la acomodaron en una habitación contigua asegurándole que si Manolo preguntaba por ella la llamarían. ¿Cómo iba a preguntar por Antoñita quien nunca supo en su agonía que la tenía tan cerca...? 

La pareja rumbo a México en 1946. Foto José María Lara

Las horas que faltaban para el amargo desenlace pasaron sin que Antoñita reaccionara ante el engaño forzando su entrada en la habitación del torero, donde tantos sobraban y ella faltaba, para que el moribundo recibiera el consuelo de la mujer que amaba, la actriz que había elegido como compañera de vida e iba a ser su esposa —quede claro lo de actriz de cine, pues Lupe Sino nunca fue una "chica Chicote" o mujer de alterne, como se propagó para hacer daño—. Que iba a ser la esposa del torero quedó suficientemente claro la noche anterior, cuando Manolete conducía de Manzanares a Linares, y pidió a don Antonio Bellón, que ocupaba el asiento delantero a su lado, un favor que consideraba que sólo él podía hacerle: convencer a su madre para que acudiera a su boda, prevista para el 18 de octubre en Barcelona. ¿Qué pensaría el crítico al ver pocas horas después cómo impedían la entrada en la habitación del herido a su mujer? ¿O acaso no lo era porque estuviera sin oficializar el papeleo matrimonial...? 

La presencia de Lupe, a la que el torero siempre llamó por su nombre de pila, no fue recibida con agrado después de que Manolo hubiera confesado sacramentalmente por sugerencia de Domecq. Según el rejoneador, «ya había puesto en "orden" sus asuntos y estaba en paz con Dios». El caballero priorizaba su piadosa confianza en el ritual del sacramento a la compasión y humanidad sobre las personas que en esos momentos necesitaba Antoñita, rota por el dolor y el desprecio aquella noche del 29 de agosto, donde ningún samaritano pasó por su lado para aliviar sus heridas, hasta que poco después de las cinco y siete minutos de la madrugada le dijeron fríamente que ya podía pasar a ver a Manolete

Pasar a ver el cadáver de un hombre joven, de treinta años, que humanamente destacó por su nobleza y bondad, y toreramente por su dignidad, honradez y entrega absoluta a la profesión. Pasar para llorar sin consuelo ante el cuerpo sin vida de Manolo en aquella habitación donde entre lágrimas, sollozos, desesperación y amargura, quedaron solapadas aquellas enigmáticas palabras: «Esto no me pasa más que a mí por lo primo que he sido…». Se cumple el 76 aniversario de la muerte de Manuel Rodríguez «Manolete», el arquitecto definitivo del toreo moderno, cuya majestuosa huella permanece imborrable en los ruedos cada tarde de corrida. 

miércoles, 24 de junio de 2020

LA ÚLTIMA ENTREVISTA A MANOLETE


Tomada del ensayo publicado en 2008 por la periodista Julia Rivera, «Manolete y la prensa. Cronología de una crítica relación», en la Revista de Asuntos Taurinos, editada por la Fundación de Estudios Taurinos de Sevilla.
Linares, la tarde triste. Óleo sobre lienzo de Diego Ramos
Hotel Cervantes, habitación nº 42, Linares, Jaén. 28 de agosto de 1947. Son las 12:30 de la mañana. La habitación de Manolete está llena de gente: el empresario taurino Pedro Balañá; el mozo de espadas del torero, Guillermo; el ayuda, Chimo; y algunos periodistas. 

Llega del apartado su apoderado José Flores Cámara, y despeja algo la habitación. Manolete se queda tumbado en la cama. Sólo viste el pantalón del pijama. Frente a él, la silla ya está “hecha” con un terno rosa pálido. Los críticos insisten —entre ellos sus íntimos: Bellón y K-Híto—, necesitan material porque los comentarios que circulan sobre la retirada de Manolete son casi hechos.

—No os demoréis mucho que tiene que comer ya, dice Cámara

Y Manolete contesta a las preguntas, en una pequeña e improvisada rueda de prensa:

Pregunta. Le encuentro cansado, a pesar de que este año está siendo menos agitado que los anteriores.
Respuesta. Me gustaría que este festejo fuera el cierre de la temporada. 

P. ¿Por qué?
R. Nunca me había pesado tanto como este año.

P. Quizá sea esta profesión, que es muy dura.
R. Estoy deseando tener un momento libre. Esta profesión lo absorbe todo. Desde que comienza la temporada hasta que termina está uno sujeto a una gran tensión. Viajar por la noche,  torear por el día, dormir poco. Yo me pongo aquí a torear y puedo estar hasta mañana por la mañana pero, amigo, a la cuarta vez que se pasa uno el toro por delante hay que abrir la boca en busca de aire. 

P. De todas formas, usted afirmó que si toreaba este año lo hacía al cien por cien.
R. Desde luego, no quería que fuese una temporada de sumar y sumar corridas. Si salgo al ruedo es para darlo todo, si no, me quedo en casa.

P. No hablamos de retirada, pero ¿no será esta su última temporada en activo…?
R. ¡Quién sabe! Lo que sí le aseguro es que esta temporada será la última oficial. A lo mejor la próxima toreo siete u ocho festejos.

P. ¿La presión del público le afecta cada vez más?
R. Cada vez se me exige más, y más no puedo dar. Es lógica esta exigencia, pero hasta cierto punto.
Manolete. Óleo sobre lienzo de Diego Ramos
P. A estas alturas, ¿qué le puede amedrentar?
R. Solo el toro.

P. ¿Le agrada la popularidad?
R. Nada.

P. Muchos aficionados le han acusado de torear toros chicos.
R. Lamento que haya gente que crea que siento reparos para torear el toro demasiado grande. Nunca lo pensé. Lo que procuro, dentro de lo posible, es elegir toros de buena casta, pero sin que su tamaño me haya impresionado. Además, en contra de lo que cree la afición, el tamaño de los toros no es siempre lo esencial en una buena tarde. Lo extraño es que los buenos aficionados estimen que el toreo que hoy piden los públicos se pueda hacer con toda clase de ganado. No es posible y, si fuese así, los toreros quedaríamos siempre bien porque nadie pasa una mala tarde por gusto. 

P. El toreo no se debe al volumen del animal…
R. El toro pequeño es mucho más nervioso, más rápido y se revuelve en menor espacio. Sin embargo, el toro grande, el de peso, es lento de movimientos y se asfixia rápidamente por los kilos.

P. ¿Cuál ha sido la mayor responsabilidad que ha tenido en su carrera?
R. Quizá haya sido la de torear en Madrid la única corrida en la que actué el año pasado. Fue una temeridad después de estar todo el año sin torear.

P. ¿Y debutar en la plaza monumental de México no le preocupó tanto?
R. No. Cuando llegué allí sabía a lo que iba: a triunfar o a la enfermería.

Manolete en la plaza de El Toreo de México (17-2-1946)
P. Por cierto, en México es considerado como una gran figura. ¿Qué le ha dado aquel público?
R. Allí la pasión por los toros es enorme, creo que más que aquí. La lucha es terrible, el público se divide en dos bandos y en medio están los toreros. Pero a mí me encanta aquello, aunque sea la guerra.

P. ¿Más pasión que en España, donde es el espectáculo por antonomasia?
R. No se explican un espectáculo sin lucha, sin ardor, sin sectarismos. A un mexicano una corrida en España le parecería algo frío. Son dos conceptos distintos de un mismo espectáculo.

P. De los matadores mexicanos que han actuado con usted, ¿a cuál destacaría?
R. Silverio Pérez. Como torero tiene momentos sublimes y como persona es único. Recuerdo una ocasión en la que le obligaron a saludar al terminar el pasillo y me propuso que compartiera la ovación. Yo le dije que no, que de ninguna manera, y él me dijo: "Pero hombre, nos vamos a pelear antes de empezar la corrida".

P. Recuerde una anécdota de su estancia en el país azteca.
R. La expectación era muy grande. Mi mozo de espadas, Chimo, siempre se ha sumaba la puerta del hotel para ver cuánta gente me estaba esperando. En una ocasión estaba un maestro de un colegio con toda la clase. Al profesor se le ocurrió que los niños me debían conocer en persona, porque no paraban de hablar sobre Manolete.

P. En sus viajes a América ha hecho escalas en Norteamérica, concretamente en Nueva York. Allí por lo menos habrá pasado desapercibido…
R. No crea. En algunos establecimientos en los que he entrado me ha sorprendido escuchar: «"¡Monster, Monster!», que es lo único que entiendo del inglés.

P. ¿Qué le dicen los periodistas norteamericanos?
R. Siempre me hacen las mismas preguntas: cuántas cornadas me han dado los toros y cuánto dinero tengo.

P. ¿Son muy raros?
R. Mire, un día estaba con el boxeador Joe Luis y su preparador se me acercó, me tocó los bíceps y me dijo: «Puaf». Por lo visto se creía que los toros se matan a puñetazos.

P. Defíname a Carlos Arruza, Pepe Luis Vázquez y Luis Miguel Dominguín, sus amigos y rivales en los ruedos.
R. Arruza es un gran torero. De Pepe Luis Vázquez bastará con que se quede quieto, en ese caso sobraremos los demás. Y a Luis Miguel Dominguín decirle que, cuando yo me vaya, heredará mis enemigos.

P. A los 11 años decidió ser torero. Sus primeros pases los da en una finca cercana a Córdoba.  ¿Cómo fue aquella experiencia?
R. Me supo a gloria. Era mi primer triunfo. Cuando llegué a mi casa me tiré toda la noche entrando a matar en un macetón que había. Me causaba una grata satisfacción tocar con la mano la tierra mojada de la maceta. 

P. ¿Recuerda su primera cornada?
R. Sí, fue una cogida sin importancia en un tentadero, que me convirtió en un personaje entre los chavales. Me acompañaban todos a la Casa de Socorro a curarme y, aunque me dolían mucho las curas que me hacían, aguantaba el dolor en silencio para que no dijesen que era un quejica.

P. La gente le admira pero, a veces, su carácter le impacta mucho. Le ven muy serio.
R. Lucho contra esta seriedad. La gente me cree huraño y orgulloso y soy, ciertamente, afectivo y sentimental; los que me tratan con asiduidad lo saben.

P. Se habla mucho de su relación sentimental con la actriz Lupe Sino, de la que media España cree que será su esposa. ¿Qué piensa usted del matrimonio?
R. No le tengo miedo. Creo que es el estado perfecto del hombre, pero yo no sé hasta qué punto sería un buen marido. Soy un poco dominante, absolutista, si se quiere. Quizá un poco chapado a la antigua. No me gusta que la mujer vaya a todos los lados con el marido, sino que sea más bien casera, que no salga mucho del hogar. Una esposa llamaría a esto egoísmo.

En ese momento llega el almuerzo solicitado y los periodistas cierran sus cuadernillos y se despiden. El torero come despacio y descansa un rato; ha concedido su última entrevista.

El crítico taurino Ricardo García “K-Hito así la transcribió ese mismo año en su libro Manolete ya se ha muerto: muerto está que yo lo vi. Medio siglo después, la revista Cambio 16 la evocó de la mano de Juan Lucio, y Francisco Narbona hizo lo propio en su obra Manolete, 50 años después de su muerte.

Magnífico reportaje sobre Manolete en México emitido por RTVE



viernes, 26 de julio de 2019

LUPE SINO, LA MUJER QUE HIZO FELIZ A MANOLETE

Por Antonio Luis Aguilera

Antoñita y Manolo. Foto Santos Yubero 
Su verdadero nombre era Antonia Bronchalo Lopesino y nació en Sayatón, provincia de Guadalajara –no era mexicana como se ha llegado a publicarcuatro meses antes de que en Córdoba naciera Manuel Rodríguez Sánchez. Su segundo apellido se transformó en nombre artístico: Lupe Sino. Sin duda alguna Antoñita fue el gran amor de Manolete, que vivió libremente en la postguerra española su relación de pareja, algo entonces anormal y que no llegaría a "normalizarse" hasta varias décadas después para la ciudadanía de esta nación. Adelantarse a su época para vivir esa libertad tuvo un precio, pero el torero no solo era valiente en el ruedo sino también en la vida, y no escondió a la mujer que lo hizo feliz, aquella alcarreña que consiguió dibujar las mejores sonrisas en los labios de un hombre serio, la que le hizo ver que más allá del hermético mundo del toro había vida, y quien le advirtió que estaba en el centro de una peligrosa espiral que podía terminar en tragedia. Pensaba y manifestó públicamente que no dejarían tranquilo a Manolete hasta que lo matara un toro. 
En el año 1946 logró apartarlo de los ruedos solo toreó la corrida de Beneficencia de Madrid en la temporada española para que disfrutara de la tranquilidad de una vida rural en paz, gozando de la naturaleza y de su presencia, conviviendo cotidianamente con la gente sencilla del pueblo. Manolo y Antoñita hallaron lo que buscaban en Fuentelaencina (Guadalajara), donde residieron largas temporadas alejados de los ruedos, y donde el torero aprendió a nadar en una poza que él mismo ayudó a cavar con Juan Padilla, su futuro cuñado por parte de ella, y un buen amigo bilbaíno, el fotógrafo José María Lara.
Rumbo a México en 1946. Foto José María Lara
También fueron felices en México, la nación que tanto quiso el torero cordobés, donde nadie echaba cuentas de su vida personal ni preocupaba poco o mucho si estaba casado, porque lo que de verdad admiraba aquella afición era su figura y su toreo. Allí gozaron de la libertad que pretendieron limitarle en la triste España de la postguerra, la de palio y humaredas de incienso en las catedrales para el militar triunfador, la del pensamiento único y sospechas permanentes, la de miseria social y mucho miedo silenciado, la de imágenes en blanco y negro del NO-DO, el boletín publicitario del régimen para propagar las proezas del caudillo héroe de la cruzada, la que miraba con cauteloso recelo el romance del torero más famoso del momento con la actriz que había estado casada con un militar republicano. Difícil época para dos enamorados que decidieron convivir juntos para otorgarse cariño, respeto y confianza, para vivir su romance por encima de las condenas que recibía la relación. ¿Qué mal hicieron a nadie? ¿Por qué profirieron a Antoñita los peores insultos con que se puede ofender a una mujer?
Fuentelencina, verano de 1946. Foto José María Lara
Vivir juntos bajo un mismo techo sin estar casados no era aceptable en España, donde los celosos vigilantes del nacional catolicismo tanto se preocupaban del orden y la decencia, procurando mantener a raya una moral ciudadana ejemplar, aunque mirasen hacia otro lado con no pocos terratenientes que, además de esposa y un montón de hijos, tenían su querida, lo que solía considerarse un pecado menor, por supuesto en virtud del peculio que atesorasen, que se justificaba con frases expiatorias como “algún defecto ha de tener, pero es una persona muy buena que socorre siempre a los pobres”. Manolete se puso el mundo por montera y colocó su capote de paseo sobre el hombro de su novia, haciendo frente a la hipocresía de su tiempo para ser feliz con Lupe, a la que siempre llamaba Antoñita, la mujer con la que hizo una de las mejores faenas de su vida, y con la que descubrió que además de torero era un ser humano, que como tal necesitaba querer y sentirse querido para hallar sentido a su existencia. 
Antoñita luce el capotillo de Manolo
Por supuesto esta faena no recibió ovaciones, sino la severa censura y feroz oposición de su madre –que sería "oficialmente” la mujer de su vida, como si el amor a una madre estuviera reñido con el de la mujer amada–, de algunos miembros de su cuadrilla, que incluso llamaron “serpiente” a la mujer de la que estaba enamorado, ignorando el más elemental respeto no solo a la compañera del torero, sino a quien además de jefe de filas era amigo y “padre protector” de todos. También recibió la desaprobación de algunos que presumían de ser sus amigos, sin saber quizás el significado de esa palabra, quienes estuvieron más preocupados de propagar la moral religiosa, que de mirarse en el sabio refranero español para comprender ese que dice: “Consejos vendo y para mí no tengo”.
Antoñita y Manolo habían previsto su boda en Barcelona en octubre de 1947
La temporada de 1947 resultó vertiginosa para Manolete. Ya nada era como antes. El torero no se sentía a gusto toreando y había pedido a su apoderado que no le firmara más festejos, pero este hizo caso omiso y rubricó una exclusiva con Pedro Balañá de cuarenta corridas de toros, entre la que estaba una de Miura en Linares en el mes de agosto, cuando el espada se hallaba en unas condiciones físicas y anímicas no adecuadas para tanta responsabilidad. Mas la honradez y el compromiso íntegro del torero con su profesión le impulsó a cumplir las tardes firmadas, luchando en los ruedos por mantener su condición de primerísima figura del toreo, y fuera de ellos por proteger a la mujer con la que iba a casarse en Barcelona en octubre de 1947, como confesó al crítico Antonio Bellón la noche del 27 de agosto, mientras conducía su coche desde Manzanares a Linares, para pedirle un favor que consideraba que solo él podía hacer: convencer a su madre para llevarla a su boda, a la que se negaba asistir. Aquella dolorosa petición mostraba el sufrimiento y la tristeza de un ser humano famoso, rico y con treinta años de edad, al que no dejaban vivir en paz y entre todos iban a derribar: prensa, público y, seguramente sin ser consciente de ello, su propia familia.  
Antoñita y Manolo. Estoril 1946. Foto José María Lara
Lo que ocurrió en Linares era previsible con ese estado físico y anímico. Islero pasó por allí para cargar con tanta culpa inconfesable. Mas en el pueblo minero hubo otra víctima, Antoñita, que avisada por el mozo de espadas Máximo Montes Chimo –que tenía orden expresa del torero para telefonearla todas las tardes de corrida y darle novedades– llegó al hospital para estar junto a Manolo, pero Álvaro Domecq y Camará no la dejaron entrar en la habitación del herido. No la aceptaban e impusieron su voluntad. ¿A un amigo en el lecho de muerte se le hace eso? Para colmo, una vez fallecido el torero se difundió por su entorno que la relación con Lupe llevaba tiempo rota. Mas lo cierto y verdad es que manejaron su agonía con una crueldad impropia en quienes constantemente hablaban como si predicaran en lo alto de un púlpito. Si la religión no sirve para hacer mejores a las personas ¿para qué sirve? ¿Temían un posible matrimonio en esos instantes que hubiera convertido a la novia de Manolete en la viuda más rica de España? Por si acaso, con el engaño de que si el torero preguntaba por ella la llamarían, cuando el pobre de Manolo no sabía ni iba a saber nunca que Antoñita estaba allí, impidieron que ambos vivieran la cercanía íntima y el calor humano del último encuentro. Muerto el torero dijeron a aquella mujer destrozada por la pena que ya podía pasar. El frío manejo del duelo en esa larga noche de tristeza y dolor aseguraba que la fortuna no cambiaría de herederos. Los sentimientos de la compañera importaban poco. ¿Qué habría pensado Manolete de todo lo ocurrido si hubiera superado la cornada? ¿Habría aprobado la conducta de sus “íntimos amigos” con Antoñita?
Manolete y Antoñita, cogidos de la mano, como una pareja de
enamorados. Fuentelaencina, verano de 1946. Foto José Mª Lara
Llegaba el momento de trasladar los restos del torero a Córdoba. En Linares había terminado el acoso y derribo a uno de los toreros más importantes de todos los tiempos, mientras que para Antoñita, como si tampoco ya existiera, no había sitio en ninguna parte ni nadie se interesó en preguntar sobre su asistencia al duelo. En Córdoba no tenía sitio la mujer que convivió con el torero durante más de tres años. Conmovido por la tristeza y crueldad ante el desprecio más absoluto a una mujer rota y abandonada, Luis Miguel Dominguín se ofreció para llevarla en su coche a Madrid. Manuel había emprendido un viaje sin retorno. Ella iniciaba otro demasiado incierto, que por supuesto no estuvo exento de vetos y dificultades. No dudaron en pasarle factura cuando no estaba para protegerla el hombre que amaba. 


miércoles, 11 de abril de 2018

EL ÚLTIMO BESO

Por Antonio Luis Aguilera


Manolete saliendo del hotel
Impecablemente vestido de celeste y oro, el capote de paseo bordado con la Virgen de los Dolores descansando sobre el brazo izquierdo, la montera calada y un cigarrillo recién encendido entre los dedos de la mano derecha, Manolete sale del Hotel María Cristina de San Sebastián la tarde del 16 de agosto de 1947 para dirigirse al coso del Chofre, la primera plaza del norte que pisó como matador de toros y la primera donde resultó herido por un ejemplar de Mora-Figueroa. En la penumbra de chiqueros, una hermosa y seria corrida del Marqués de Villamarta aguarda el momento en que clarines y timbales ordenen su lidia y muerte por Juanito Belmonte, el “Monstruo”, que actúa por décima vez ante la afición donostiarra, y Luis Miguel Dominguín.

El señorío de su trasteo. Foto Cano
Trasteando en tablas al dificultoso quinto, un gesto con la cabeza de Manuel Rodríguez delata la imposibilidad de lucimiento, ademán que es aprovechado por unos despiadados para injuriar a su madre, brutal ofensa donde la sinrazón aflora sin atenuantes como la condición del astado o las orejas conseguidas por el torero cordobés tras la faena realizada al segundo de la tarde. El ultraje levanta de su asiento a un aficionado cuya localidad se encuentra próxima al lugar del matador, que se enfrenta abiertamente a los provocadores. Manolete reconoce de inmediato la voz y sin apartar la mirada del toro le dice: “Gracias, Torerito. Déjalos. Serán de Bilbao y han venido a meterse conmigo”. Se trataba del novillero sevillano de los años treinta Pedro Ramírez Marín, “Torerito de Triana”. 

Manolete y Matias Prats. Foto Lara

Las palmas se imponen a algunas protestas cuando los areneros borran las huellas de la lidia. Manolete entra en el callejón y Matías Prats, que transmite la corrida por Radio Nacional de España, lo requiere para entrevistarle. El torero se acerca al burladero donde se cobija su paisano y comenta: “Me piden más de lo que puedo dar. Sólo he de decir que tengo muchas ganas de que llegue el mes de octubre”. La hostilidad del público está haciendo mella en su ánimo. Días antes, en esta misma plaza, ha confesado a su amigo Arruza: “Yo no puedo seguir así, Carlos”. El desaliento ante el acoso se refleja en su rostro cuando apoyado en la contera de la barrera sigue la lidia del sexto. Su mirada parece perdida en la arena donde cinco años antes, “Ribereño”, un saltillo de Félix Moreno, le hirió en la mejilla izquierda dejándole una cicatriz en la comisura del labio para el resto de sus días. 

Al caer la noche la cuadrilla cena y se relaja comentando las incidencias de la corrida en el restaurante Legorburu de la calle Hermanos Iturrino. Manolete aprovecha la ocasión para acudir a “Villa Iru”, frente al casino de la playa de Miraconcha, distinguida zona residencial al sur de la bahía de la Concha donde veranea su madre, que en junio abandonó Córdoba buscando la brisa del Cantábrico y el suave clima de la señorial urbe que se extiende a la sombra de los montes Igueldo y Urgull. Impacientes aguardan doña Angustias, junto a su hija Teresa y sus nietas Lola, Encarnita y Rafaela, a las que el torero abraza al llegar y pregunta si tienen un vaso de vino fresco. Todo parece poco para el “niño”, que distendido aprovecha el encuentro familiar para olvidar las ingratitudes del traje de luces. 

Manolete en familia. Foto Ricardo 
Mientras la luna refleja sus rayos de plata sobre el espejo de la bahía y el cielo luce un radiante palio de estrellas, madre e hijo saben que llega el momento de decir adiós. Hay que partir para cumplir compromisos que comienzan a pesar, aunque consuela pensar que todo acabará con la retirada, decidida para final de temporada. La noche luce todo su esplendor cuando los brazos que dominan las más ásperas embestidas rodean tiernamente la cintura de la mujer que le dio la vida, la albaceteña que con cuatro años de edad llegó a Córdoba para convertirse en doble esposa y madre de toreros. Manolete bromea con su hermana y las niñas antes de abrazar y besar a su madre, que junto al flamante coche del matador delata con sus lágrimas la preocupación que le embarga por quien viaja a Toledo para jugarse la vida.

Manolete besa a su madre. Foto Ricardo
El día de San Agustín Manolete torea una de Miura en Linares. Inquieta tarde de rezos en “Villa Iru”, donde anochece y el teléfono no suena a la hora de costumbre. Pasadas las nueve, Encarna atiende la anhelada llamada y muestra su extrañeza al no escuchar la voz del tío Manolo. Quien está al otro lado es Máximo Montes “Chimo”, el mozo de espadas. Dice que el torero ha sufrido un puntazo, algo parecido a lo de Madrid, pero que ha sido operado y todo va superior. El escudero del héroe sortea como puede la situación e insiste que no deben dar importancia a las noticias de la radio. Antes de colgar requiere especial cautela en cómo decírselo a la abuela, que es mayor y no debe sobresaltarse. Mas nada ni nadie puede impedir que la preocupación estreche el círculo familiar alrededor de una radio en espera de noticias tranquilizadoras.

Manolete e Islero, encuentro a muerte. Foto Cano
José Flores “Camará” telefonea a Pablo Martínez Elizondo informándole de la gravedad de la cornada. El apoderado aconseja el regreso de la madre del torero y lo encomienda a su interlocutor, que inmediatamente acude a “Villa Iru” y con su presencia inquieta el ánimo de la familia. Con palabras tranquilizadoras el empresario vasco sugiere a doña Angustias que viaje a Linares y se ofrece a llevarla; considera que a Manolo le agradará verla a su lado después de la operación. Pero este argumento agudiza el sexto sentido de quien ha entregado su vida a tres toreros, que intuye que ocurre algo desagradable y pide explicaciones. La confusión aumenta ante evasivas que si algo aconsejan es permanecer prudentemente en San Sebastián. Sobre las once de la noche, sin que el engaño de buena fe del emisario haya surtido el efecto deseado, doña Angustias emprende viaje y calla. Sabe mejor que nadie que su hijo no quiere tenerla a su lado cuando resulta herido.

Los faros del automóvil del Duque de Villapadierna iluminan la carretera. Lo ha cedido para la ocasión a “Chopera”, que sortea curvas y procura distraer a la madre del torero, acomodada en el asiento trasero junto a Encarna, la nieta que siguiendo los pasos de la abuela contraerá nupcias con Agustín Parra “Parrita” y será esposa y madre de toreros. En el trayecto doña Angustias rememora la conversación que tuvo con Manolo cuando a mediodía velaba armas en el Hotel Cervantes. Ambos habían disimulado la preocupación propia de los días de corrida hablando del calor de Linares y su contraste con la suave temperatura de San Sebastián, breve charla donde antes de la despedida no falta el deseo de suerte y la recordatoria de que llame por la noche. El monótono rugido del motor y la penumbra del interior del vehículo provocan fugaces cabezadas, constantemente desveladas por una inquieta pregunta: ¿Qué hace camino de Linares si todo transcurre con la normalidad que asegura Pepe Camará

Manolete. Foto Ricardo
Nada es normal en el Hospital de los Marqueses de Linares, donde la preocupación por el estado de salud del torero aumenta con el paso de las horas. Al reanimarse de la segunda intervención, Manolete tiene palabras de ánimo para todos los miembros de la cuadrilla, mas poco después se nota mal y lo comunica a quienes le rodean. Pide las medallas para invocar su divina protección; desde la alternativa suma veintinueve cornadas y en ninguna sintió peligrar su vida como en la que iguala los años que cuenta. Batallando con la debilidad se esfuerza en mantener los ojos abiertos. Anhela más que nunca la llegada del nuevo día. Pero la noche no tiene prisa en plegar su velo negro. Los médicos tranquilizan al torero, aseguran que todo va bien, pero éste teme lo peor y angustiado piensa en San Sebastián, donde supone a la mujer a quien quiere evitar cualquier sufrimiento, y deja que sus labios liberen la pena que embarga su alma: “¡Qué disgusto se va a llevar mi madre!”. 

Monumento a Manolete en Córdoba. Foto David Manolo Castilla

El automóvil que cruza España no llegará a Linares, sino a Córdoba, que en las postrimerías de agosto parece más lejana y sola que nunca. Sobre las cuatro y cuarto de la tarde del viernes doña Angustias entra en el chalet familiar de la avenida de Cervantes y se desvanece al contemplar la capilla ardiente de su hijo. Destrozada por la pena, abraza fuertemente el cadáver y no cesa en llantos y sollozos. La conmoción por la fatal cogida estremece a todo el orbe taurino. Linares ha suspendido sus fiestas y consuela su dolor con tarantas y vino amargo. Guadalquivir abajo, la ciudad de la mezquita levanta la mirada al cielo para entonar la más honda y contrita de sus soleares. Teresa, Lola y Rafaela abandonan San Sebastián. Al partir, con los ojos bañados en lágrimas y un nudo atenazando la garganta, recuerdan que allí fue donde besaron por última vez al rey de los toreros. 

Artículo galardonado con el I Premio periodístico "Paco Apaolaza-Fundación Cruz Campo" de San Sebastián, Guipúzcoa en 2003.