domingo, 8 de agosto de 2021

JOSÉ MARÍA MARTORELL EN EL RECUERDO

Por Antonio Luis Aguilera

El toreo de ajuste, temple y manos bajas de José María Martorell

Fue el torero de mi abuelo Luis Roldán Torres, al que no alcancé a conocer, y el de toda mi familia materna, a la que debo esta maravillosa afición al toreo, porque desde que levantaba dos palmos del suelo me hablaban de toros y de los toreros de Córdoba, desde el respeto profundo a la huella de Lagartijo y Guerrita, la veneración por Manolete, y la admiración por José María Martorell, torero —decían— de bragueta, muy cordobés, de valor seco y temple en el comprometido sitio que pisó Manuel, bajando los engaños como él. 

Me hablaban de la profunda huella que este torero dejó en la afición mexicana; también, que por su apellido revolucionó a la afición de Barcelona, que en sus inicios pensaba que era catalán, y al emocionarse con sus grandes éxitos en la Monumental lo adoptó como suyo.

Entrada dedicada por José María Martorell

Recuerdo aquella maravillosa aficionada que era mi abuela —estuvo abonada a la plaza de Córdoba con más de ochenta años cumplidos— que cuando iba y venía con los seis nietos al colegio de monjas de la calle Gondomar, al coincidir y saludar a Martorell por el centro de la ciudad nos repetía una y otra vez lo gran torero que fue, rememorando los lentos viajes en el tren de entonces para verlo en Sevilla. Así pues, desde que vestía babero de párvulo admiraba a José María, de quien veía las fotos en las revistas que testimoniaban su paso por el toreo, ejemplares que conservaba la familia, como también guardaba la entrada de la última tarde que el abuelo lo vio antes de morir en la plaza de Los Tejares —27 de septiembre de 1953. Toros de Ramos Paúl (Villamarta), para Martorell, Calerito y el mexicano Jorge Aguilar El Ranchero—, donde al dorso, José María escribió de puño y letra con su estilográfica: «Para el mejor amigo y admirador que tengo en Córdoba, Luis Roldán con un fuerte abrazo de José María Martorell».

Antonio L. Aguilera con José María Montilla y Alfonso Galisteo. Foto Marogo

Años después Alfonso Galisteo, otro gran aficionado, además de suegro y amigo, seguidor de Martorell y más tarde de José María Montilla, me confirmaba los juicios de mi familia al hablar de las excelencias del maestro cordobés. Y en los años ochenta, cuando a propuesta del periodista Pepe Toscano inicié una aventura no profesional de informador taurino, que habría de durar tres décadas y aún colea en los textos de este blog, conocí a José María Martorell, con quien tuve la fortuna de gozar de su amistad, y de muchas conversaciones taurinas privadas y públicas, en coloquios donde su presencia era requerida porque otorgaba categoría al acto. También tuve el privilegio de organizar un almuerzo donde conseguí sentarlo en la mesa con sus compañeros Agustín Parra Dueñas Parrita, su padrino de alternativa, y Manolo Vázquez, para que tan excelente terna protagonizara una inolvidable tertulia radiofónica, que comenzó a la hora del café y terminó bien entrada la tarde.  

Parrita, Manolo Vázquez, Aguilera y Martorell. Foto Marogo 

Son muchos los recuerdos que tengo de José María, como la entrañable anécdota con aires de profecía que le gustaba contar. Fue a un tentadero a la finca «Las Cuevas», en el término de Villarrubia (Córdoba la Vieja), donde estaba la ganadería que don Alfonso de Olivares y Bruguera había formado con reses de Juan Belmonte (encaste Gamero Cívico), y Manolete acudía siempre que estaba en la ciudad, atendiendo a la invitación de doña Concepción Gómez-Barzanallana«Conchita Olivares», viuda del ganadero desde el fatídico 1936, que además era aficionada práctica. Allí estaba de aficionado José María Martorell, que salió a torear cuando fue requerido y en quien se fijó el director de la faena campera, quien luego en Córdoba, al caer la noche, cuando Manolete subía desde la plaza de La Lagunilla hasta San Cayetano para ir al Campo de la Merced, junto a la Torre de la Malmuerta, donde estaba la Taberna de Paco Acedo se reunía con sus amigos, al observar que el muchacho del tentadero estaba sentado en la puerta de su casa, lo reconoció y se dirigió a él con una frase que el tiempo convertiría en sentencia: «¡Adiós, torero!». Así fue, en mayo de 1949, casi dos años después de la tragedia de Linares, Martorell tomaba la alternativa en la plaza de Los Tejares, para convertirse en el torero de mayor relieve que tuvo Córdoba en los años cincuenta. «¿Te imaginas lo que significó para mí, siendo un aficionado, que ese Monstruo me llamara torero?».

Verónica de manos muy bajas de Martorell. Foto Cano

En los años ochenta José María acudió con asiduidad a las reuniones de la cordobesa Tertulia Tercio de Quites. Le agradaba el ambiente de silencio con que el grupo acogía los recuerdos de su paso por el toreo. Fueron muchas las noches que gozamos de su presencia y amistad, pero recuerdo especialmente una de invierno, desapacible por fría y ventosa, donde tras una penosa jornada de tratamientos contra la enfermedad que le acosaba, el maestro se presentó por sorpresa, abrió la puerta y nos saludó diciendo: «Buenas noches, señores; vengo a tomarme un par de medios de vino y hablar de toros, que es lo que más me gusta, con este maravilloso grupo de aficionados». Damos fe que impresionaba escuchar sus palabras en el silencio creado en la sala, a veces roto por el tintineo del cristal de los catavinos, y ser testigos de la generosidad con que abría su alma para hablar de toros, bien fuera para recordar su concepto del toreo, para censurar modas propiciadas por sectores intransigentes de la afición —«echar la pierna de salida adelante no es cargar la suerte, sino quebrar al toro echándolo para afuera, una ventaja para el torero», para manifestar su profunda admiración por el toreo de Pepe Luis y por el de los toreros de México y la maravillosa fantasía de su manejo del capote, para  desvelar confidencialmente la «guasa» de Luis Miguel, que enseñaba la punta de la capa por el hueco del burladero para distraer a los toros de sus compañeros en plena faena, y la de veces que hubo de pedirle públicamente que se tapara, o para asegurar que los miuras eran los únicos toros que no dejaban cruzarse a los toreros, porque ellos lo hacían antes para impedirlo. En resumen, para hablar de toros con asombrosa amenidad cuando la vida ya se le escapaba. 

Tal fue el cariño de la Tertulia al maestro, que a su muerte se creó el trofeo que lleva su nombre e imagen, el magistral busto modelado por los escultores y aficionados cordobeses Rafael, Pepe y Pedro García Rueda, quienes por su admiración y amistad con el torero fallecido, colaboraron regalando su trabajo en la creación de la estatua con que la tertulia cordobesa desde 1996, el año siguiente de su muerte, reconoce el mérito taurino de personalidades o entidades, para honrar la memoria del maestro.

Trofeo Martorell

Ángel Mendieta Baeza, compañero durante muchos años en la crítica taurina de Córdoba, nos obsequió el pasado año con un ejemplar de su libro «Y después de Linares… Martorell: El torero de mano baja», que no ha sido publicado y por su interés debería encontrar respaldo editorial para ver la luz, pues recoge el testimonio personal de aquella bonita época del toreo cordobés. De la amena y documentada obra extraemos dos fragmentos que hablan de José María y de su tiempo. 

—«Tras la tragedia, Martorell».

Y como el destino es inexorable, llegó agosto de 1947 y en Linares se produjo la trágica cogida que dejó al toreo huérfano de la figura más grande de una época cuyo eco, como dijo aquel crítico madrileño, sigue siendo inalcanzable. Pero bueno, volviendo al momento de Linares, la muerte de Manolete debió ser como un mazazo que dejó traumatizado al mundo de la tauromaquia y, mientras tanto, Córdoba quedaba ayuna de toreros de alternativa que continuaran la historia escrita por los grandes toreros nacidos en esta tierra, que la representaran en los carteles de postín y en las ferias más señeras de la torería. En Córdoba se produjo un vacío, pienso que profundo, muy profundo. Pero pronto, si echamos mano de la historia, veremos que la pena se vio aliviada, pues la incorporación de los ya referidos Rafael Soria Molina “Lagartijo”, José Moreno “Joselete” y Martorell al escalafón de los novilleros con picadores fue como una puerta abierta a la esperanza, que sirvió para reforzar el entonces raquítico escalafón de novilleros de que Córdoba disponía.

José María en tertulia radiofónica. Foto Marogo

—«¿Quién fue Martorell?»

 Martorell, en aquel momento, cubrió el vacío que había dejado Manolete. Pero que nadie piense que al decir que Martorell cubrió el vacío dejado por Manolete quiero decir que ocupó el sitio de Manolete. No. Martorell ocupó su sitio, el suyo, el que supo ganar con su arte, con su valor y con su personalidad. El lugar de Manolete sigue vacante, porque torero con la fuerza de Manolete solo hubo uno y, por tanto, ese lugar, que es como un trono en la historia torera de nuestra Córdoba, quedará vacante por los siglos de los siglos. Sólo digo que Martorell cubrió, de forma muy digna, aquel vacío, porque supo mantener la ilusión de muchos aficionados, ya que su presencia en los ruedos sirvió para mitigar el desencanto provocado con la desaparición de aquel genial torero cordobés en aquel trágico agosto de 1947. 

I Coloquio organizado por la Tertulia Taurina Santamarina de Córdoba:
Alfredo Asensi, Ángel Mendieta, Antonio L. Aguilera, José Mª Martorell,
Antonio Cabanillas y Enrique Cabello. Foto José Luis Cuevas.

Finalizamos esta entrada donde hemos evocado con tanto cariño como admiración la figura de José María Martorell, el espada cordobés que en una época de tristeza ante una perdida irreparable fue capaz de abrirse paso en el toreo, para volver a entusiasmar a la afición de Córdoba tras el vacío dejado por la muerte de Manuel Rodríguez Manolete«¡Con lo difícil que era eso!»sentenciaba su amigo y padrino Agustín Parra "Parrita".

 TEXTOS RELACIONADOSEl toreo en los años cincuenta


martes, 3 de agosto de 2021

SEMBLANZA DE DON RODOLFO GAONA

 Por Manuel Benítez Carrasco (poeta) 

«El par de Pamplona» protagonizado por Rodolfo Gaona

Don Rodolfo Gaona, de sobrenombre «El Califa», nació en León, Guanajuato, México. Torero de brío, de empuje, de guerra, se codeó airosamente con los mejores toreros españoles de su época. Y se sigue, y se seguirá hablando de su famoso par de banderillas de Pamplona. El 29 de enero de 1972, cuando cumplía «sus» años, la casa Domecq, tan ligada a todos los acontecimientos taurinos, le rindió un homenaje en su tierra natal. Yo colaboré con esta «Semblanza». En ella lo describo, en el «Ayer», como torero; en el «Hoy», como torero retirado. Siempre vestía de campero andaluz.

 Ayer

México en el capotillo

de paseo,

símbolo y trofeo

de su califato

del toreo;

Guanajuato en su montera,

León en sus zapatillas…,—

por la puerta de cuadrillas

asoma, sale y se empina,

con una altivez taurina

que pocas veces se ve,

la frente, el aire y el pie

de un torero.

De un torero

que será por las arenas

águila que, con un ala

quiere ceñirse por gala

la gala de su gaonera;

la elegancia de puntillas

que va a dar en el albero

su doctorado torero

en suerte de banderillas;

y un coraje

que pocas veces se ve,

para exponer en el juego,

sangre y traje;

para luego

ver bien lo bien que se ve

una nevada caliente

por los tendidos

rendidos;

la gloria con piel morena

por su frente,

y en la arena

despojo de su faena

y sin puntilla,

la muerte bien toreada,

bien burlada y adornada y

bien matada,

arrastrada

al trote de las mulillas.

 

Hoy

Hoy en que, por los alberos

de tus recuerdos toreros,

aún saltan tus zapatillas

y bailan tus banderillas

y relumbran tus gaoneras;

y, a veces, te pondrás triste

por no verte ya vestido

con el dorado vestido

con que vestiste

y ceñiste

tu coraje,

sigues siendo lo que fuiste

aunque con distinto traje:

Señor de tu califato

por tierras de Guanajuato

para historia

y para gloria

de la historia del toreo,

León en bota campera

y, bajo el ala cimera,

andaluza y soberana

del sombrero,

México peinando canas

de torero.


ENTRADA RELACIONADA: RODOLFO GAONA, EL PROTAGONISTA MEXICANO DE LA EDAD DE ORO DEL TOREO.

martes, 27 de julio de 2021

LAS VERGÜENZAS DEL TOREO

Por Antonio Luis Aguilera

Plaza de toros de Valencia. Foto J. Diez Arnal

Las familias que controlan el toreo hace tiempo que dejaron de engañar a la afición, que no se traga ni una de las mentiras que pregonan, pretendiendo colar con inaguantables verborreas una imagen falsa del panorama taurino, donde rigen de manera absolutista y opaca todos los estamentos que conforman este mundo singular, en el que lamentablemente cada cual hace su propia guerra, sin importarle mucho ni poco la unión por el futuro de la Tauromaquia.  

Al hacerse públicas las condiciones para regentar la plaza de Valencia, Simón Casas, el mismo empresario que la lleva y seguirá llevando, con su habitual incontinencia verbal se quejaba amargamente de la falta de interés por el toreo de la propietaria del coso, la Diputación de Valencia, cuando esta requería un canon inferior al que viene satisfaciendo por el alquiler de la plaza.

Tras la cortina de humo intentando despistar a la opinión pública, la empresa con la que concursa, la misma que regenta el coso de Las Ventas en Madrid, con objeto de asegurar que el inmueble no fuera a otras manos ofreció 450.000 euros, cantidad que supera holgadamente los 150.000 euros que establecía la Diputación, y que habrán de salir, no quepa la menor duda, del incremento de precios de las localidades y reducción de honorarios a toreros y ganaderos.

Ahora, con el poder en la mano, toca callar, mientras el aficionado se pregunta para qué querrá tantas plazas quien no da toros en las que debe y puede hacerlo, como ocurre en la misma Valencia, donde llevan dos años sin ver un pitón, o Madrid, plaza de temporada donde con un par de festejos y la promesa de un otoño taurino han callado bocas.

Parece mentira que este señor, presidente de la Asociación de Empresarios Taurinos, fuera el mismo que el pasado año cargara toda la artillería pesada contra José María Garzón, un empresario joven, buen aficionado, que goza de excelente crédito entre los amantes del toreo, por el hecho de organizar brillantemente una corrida de toros en la plaza de El Puerto de Santa María, cuando las familias permanecían escondidas y no eran capaces de dar un pitón.

Y como el delito fue que «les levantó los pies del suelo» pretendieron hundirlo, lo que no consiguieron gracias al testimonio de la Policía Autonómica de la Junta de Andalucía, que desarmó el conjunto de falsedades de las que fue acusado por la cúpula del club de empresarios, y algún ridículo espontáneo con ganas de notoriedad, sin que después ninguno de los que quedaron con sus vergüenzas al aire ante el informe de la Policia Nacional, por un mínimo de decencia o vergüenza torera entonara su disculpa.

Del buen hacer de Garzón se van a acordar este año en la bonita plaza gaditana, pues el Ayuntamiento del Puerto ha subastado al mejor postor la explotación, para que la regente el que más dinero ingrese en las arcas municipales. Gracias a tan brillante idea política, el tendido de sombra que en 2020 costaba 65 euros este año costará 99 euros con Carlos Zuñiga, que para cuadrar sus cuentas deberá hacer lo que hemos apuntado hablando de Valencia, plaza donde por cierto también pujaron en subasta los miembros de las otras familias que controlan el toreo, como Bailleres-Chopera, que no ofrecen un pitón desde hace dos años en las plazas del norte que regentan —San Sebastián y Bilbao—, mientras Garzón, también en el norte, ha sido capaz de ofrecer en el precioso coso de Santander una brillante feria taurina. ¿A las familias les importan las plazas o el poder absoluto para controlar y manejar el toreo a su antojo?

Hacen falta empresarios independientes, que vayan por derecho y se preocupen por la afición y por organizar festejos con categoría, como se ha hecho en El Puerto, Córdoba, Jaén, Santander y ahora se anuncia en la bella Málaga, empresarios valientes como Alberto García y José María Garzón, capaces de dar la cara en los dramáticos momentos Covid del pasado año, y sobran los que buscando el control absoluto del negocio, pretenden sin disimulos cortar el paso a esa gente joven que ha demostrado que se pueden dar toros con ilusión, afición, precios aceptables y pensando en el futuro de la Fiesta. 

sábado, 17 de julio de 2021

BELMONTE ACORTÓ DISTANCIAS Y SUJETÓ AL TORO

Por Antonio Luis Aguilera

El natural de Belmonte con el toro por los terrenos de afuera,
donde se observa como el animal se curva al finalizar el pase.

Guerrita influyó determinantemente en la selección del toro. El cordobés consideraba que el toreo de mayor reunión y sosiego que anhelaba el público necesitaba otro animal de mejores hechuras y mayor fijeza. Por esta razón ordenaba a sus picadores que dejaran a los toros llegar al caballo para que engancharan y romanearan. Bien sabía el maestro que con este desgaste los animales llegarían al último tercio con mayor fijeza y probabilidad de lucimiento, que aquellos otros que lo hacían descompuestos, sin descolgar y tirando derrotes. 

Por su enorme influencia en el toreo de su época, el que fuera gran especialista en el encaste Saltillo, pidió a los ganaderos que afinaran en el tipo y el comportamiento de las reses, que seleccionaran animales que posibilitaran el toreo, con mejores e igualadas hechuras y cornamentas proporcionadas, indicaciones cuyos frutos no se lidiarían en el reinado del II Califa, pero que poco a poco acabaron siendo una realidad en los ruedos, donde fueron apareciendo en la llamada edad de oro del toreo.

Así comenzaba un capítulo trascendente y apasionante de la historia, con un nuevo toro que iba a permitir un nuevo toreo, un animal seleccionado que permitiría que le disputaran su terreno, para que fuera posible otra lidia de mayor sosiego y superior rango artístico, un toreo moderno que se iría desarrollando hasta alcanzar su madurez con la ligazón de los pases de muleta en redondo. En el punto de partida de este momento histórico se encontraron los dos protagonistas de aquella época: Joselito y Belmonte.

Dos genios del toreo: Belmonte otorga la alternativa a Chicuelo.

Del primero sabemos de su aportación a la ligazón de los pases de muleta; del segundo no han faltado aficionados que ante la afirmación de que Joselito, Chicuelo y Manolete forman la columna vertebral del toreo ligado en redondo, muestran sus reservas por lo mucho que han leído sobre el papel de Belmonte en el toreo actual, que sin duda lo tuvo, pero no de esa forma exclusiva que le atribuyen sus panegiristas, donde la mayoría se pierde magnificándolo sin explicar lo que hizo. No obstante, lo que debe quedar suficientemente claro es que la evolución del nuevo toreo no habría sido posible sin el ceñimiento de las suertes que trajo Belmonte, que al acortar las distancias y curvar el final del muletazo sujetó al toro.

Pero Belmonte no cambió el planteamiento del antiguo toreo de muleta. Sus faenas se desarrollaban siguiendo las normas clásicas, con el diestro situado en los terrenos de adentro y el toro en los de afuera, la misma preceptiva anterior, y consistían en pases por alto, el natural ligado con el de pecho —no con otro natural o naturales—, molinetes, faroles y desplantes. La diferencia estuvo en que al ceñirse más con el animal, al torear más cerca y empaparlo de muleta, conseguía sujetarlo al terminar el pase, pues el toro no abandonaba la suerte en línea recta, sino que al ir toreado comenzaba a describir una línea curva, y como el torero permanecía en los terrenos de adentro, para no quedarse fuera de cacho entre pase y pase no tenía más remedio que cruzarse en busca del pitón contrario, mientras el toro en su trayectoria entre pases por las afueras iba describiendo ochos en la arena.

El natural de Chicuelo con el toro por los terrenos de adentro. El torero
gira y alterna los espacios, para aprovechar la curvatura y ligar los pases. 

Posteriormente sería Chicuelo quien toreando en la distancia establecida por Belmonte, y sujetando de igual manera al toro, al curvarse el animal al final del muletazo, en lugar de irse al pitón contrario, para seguir toreando por los terrenos de afuera, resolvió el problema girando sobre sus plantas para permutar los espacios y así, al dejar al toro pasar por adentro, ligar el siguiente muletazo. Y como lo hizo con la mano izquierda, resultó que en lugar de la combinación del toreo antiguo del pase natural ligado con el de pecho, ejecutada con la misma mano para conservar los terrenos, el maestro de la Alameda de Hércules enseñaba que con la alternancia de espacios se podían enlazar los pases naturales en series.

Chicuelo versificó el toreo moderno agrupando los pases en series como los versos se agrupan en estrofas. De ahí que pueda afirmarse que él fue el creador de la faena moderna. Una faena que para su evolución requirió el ceñimiento de las distancias de Belmonte, la búsqueda de un toro que la permitiera propiciada por Guerrita, la ligazón revelada por Joselito en su modelo de faena, que tras la fatal tarde de Talavera continuó y resolvió embelleciéndola con su arte Chicuelo, y unos años después Manolete, que por su valor y perseverancia la ejecutó a todos los toros, para consagrarla definitivamente como la arquitectura que acogería cualquier expresión artística.

ENTRADA RELACIONADA: LOS PRECURSORES DEL BELMONTISMO

viernes, 9 de julio de 2021

JOSÉ MARÍA MANZANARES EN CÓRDOBA

Por Antonio Luis Aguilera

Magnífico muletazo de José María Manzanares en Sevilla. Foto Arjona

El 24 de junio se cumplió medio siglo de la alternativa del matador de toros José María Dols Abellán, fallecido el 28 de octubre de 2014. José María Manzanares, espada que por el concepto, clase y calidad de su toreo ha sido considerado un «espejo de toreros», pues raro resultaría el caso de alguna de las figuras actuales que no lo haya tenido como modelo de referencia para expresar su arte. La ceremonia tuvo lugar el día grande de la feria de Hogueras de su Alicante natal, oficiada por Luis Miguel Dominguín y actuando de testigo Santiago Martín El Viti, perteneciendo la ganadería al hierro de Atanasio Fernández; el toro del doctorado, al que cortó las orejas y el rabo, se llamaba Rayito.

José María Dols Abellán: Manzanares

El inolvidable torero alicantino permaneció en activo hasta el 2 de mayo de 2006, cuando en la plaza de Sevilla no hubo suerte y tras la lidia del sexto, sin previo aviso, decidió dejar el toreo activo, diciéndole a su hijo José María, matador de toros del mismo nombre y apodo, que cogiera unas tijeras y saliera al tercio para quitarle el añadido que simula la coleta. Reaccionaron ante el imprevisto varios matadores y subalternos que estaban en la corrida, que saltaron al ruedo para cogerlo a hombros y sacarlo así por la anhelada Puerta del Príncipe de la Maestranza, mérito que a punto estuvo de lograr varias tardes en la que era una de sus plazas favoritas, pero que nunca alcanzó durante su carrera. Así pues, por encima del preceptivo éxito artístico y de los trofeos exigidos para abrirla, sus compañeros quisieron reconocer la categoría del maestro, al que se disputaron por llevar de costaleros

Un emocionado Manzanares 
a hombros de Enrique Ponce.

Hablar del maestro de Alicante es hacerlo de quien desde sus inicios fue un referente para los aficionados del toreo clásico, uno de los pocos espadas al que se marcan los carteles de las ferias grandes para seguirlo, porque gusta lo qué hace y cómo lo hace: el toreo con elegancia y maestría, sin estridencias, con suave dominio y un marcado acento personal que cautiva por su belleza y señorío.

Vamos a recordar la huella del alicantino en la plaza de Los Califas, donde José María hizo diecinueve paseíllos para actuar en dieciséis corridas de toros y tres festivales benéficos.

Su debut en Córdoba fue como espada de alternativa el 26 de mayo de 1973, tarde que se lidiaron toros de la recordada divisa cordobesa de don Francisco Martínez Benavides —encaste Santacoloma-Urquijo, que por brava y enclasada gozaba de un excelente momento y que el torero de Alicante mató con frecuencia—, acartelado con el cordobés Antonio José Galán, que cortó cuatro orejas y un rabo, y José Luis Galloso, que cortó una oreja al sexto. José María resolvió su presentación cortando las dos orejas al segundo y una al quinto. Por cierto, esa tarde se dio la vuelta al ruedo a Madrileño, al que Galán había cortado el rabo.

Ese mismo año, en la desaparecida feria de septiembre, Manzanares haría su segundo paseíllo el día 26, alternando con José Fuentes, ovación y palmas; y Ruiz Miguel, vuelta y dos orejas. Se lidiaron cuatro ejemplares de don Juan Gallardo Santos, uno (4º) de don Julio Garrido y otro (6º) de Prieto de la Cal. Su balance fue ovación y silencio.

El 25 de mayo de 1975, José María Manzanares volvía a triunfar con rotundidad en la plaza cordobesa, cortando las dos orejas del segundo y otra al quinto. En su tercera corrida, con toros de don Manuel González Cabello, alternó con Sebastián Palomo Linares, que fue ovacionado en ambos; y Paco Alcalde, que cortó la oreja al tercero y dio la vuelta al ruedo en el sexto. Manzanares fue proclamado el triunfador de la feria con la adjudicación del trofeo Manolete del Ayuntamiento de la ciudad.

La cuarta cita como matador de toros fue el 30 de mayo de 1976, tarde que se jugaron astados de doña María Coronel de Núñez. Manzanares, que encabezaba la terna, fue aplaudido en el primero y cortó las dos orejas del cuarto; Paco Alcalde fue ovacionado y escuchó palmas; y Agustín Parra Parrita cortaba una oreja a cada uno de sus ejemplares.

Córdoba, 29 de mayo de 1977. Curro Romero,
José María Manzanares y Paquirri. Foto Arjona.

El 29 de mayo de 1977 Manzanares toreaba su quinta corrida en el coso califal, cortando las dos orejas al sexto y siendo aplaudido en el tercero. Alternó con Curro Romero, división de opiniones y ovación; y Francisco Rivera Paquirri, que cortó las dos orejas al segundo y fue ovacionado en el quinto. Los toros pertenecieron, cinco a la ganadería de don Francisco Martínez Benavides, y uno (5º) a los Herederos de don Salvador Guardiola.

La sexta comparecencia de José María Manzanares en corrida de toros tuvo dos partes, porque en la tarde del 26 de mayo de 1978 fue tal la tormenta y el fuerte aguacero que descargó durante la lidia del primer astado, que en pocos minutos el ruedo quedó impracticable para el toreo. Empresa, autoridad y toreros acordaron que la corrida se celebrara tres días después, el 29 de mayo, lidiándose los cinco toros restantes. Así pues, en la nueva fecha se pudo llevar a cabo y el balance de este festejo de dos sesiones fue Antonio José Galán, oreja y dos orejas; José María Manzanares, vuelta y palmas; y Niño de la Capea, ovación y oreja. Los toros pertenecieron a don Francisco Martínez Benavides.

La séptima corrida de José María Manzanares en Los Califas fue el 27 de mayo de 1979, tarde que nuevamente se lidiaron cinco toros de don Francisco Martínez Benavides y uno (6º) de doña Mercedes Pérez Tabernero, corrido como sobrero. El albaceteño Dámaso González fue ovacionado en el primero y cortó una oreja al cuarto; Manzanares cortó las dos orejas al segundo y una al quinto; y Niño de la Capea fue silenciado en su lote.

Manzanares al natural en Sevilla. Foto Arjona

Por octava vez como matador de toros haría el paseíllo el 25 de mayo de 1980, para lidiar toros de Torrestrella con Francisco Rivera Paquirri, división de opiniones y dos orejas; Manzanares, ovación y oreja; y Luis Francisco Esplá, vuelta tras aviso y ovación. Al tercer ejemplar, de nombre Rompevientos, se le concedió la vuelta al ruedo.

La tarde del 26 de mayo de 1982 el diestro alicantino sumaría su novena actuación compartiendo cartel con Paquirri, oreja y vuelta, y Dámaso González, vuelta y silencio. Manzanares dio la vuelta en el tercero y escuchó palmas en el sexto. Los toros pertenecieron, tres al hierro de don Ramón Sánchez Rodríguez y tres (2º, 3º y 4º) al de su hijo don Ramón Sánchez Recio.

Cuatro años después, la tarde del 25 de mayo de 1986, José María Manzanares sumaba su décima corrida en Córdoba. Se lidiaron toros de los Herederos de don José Luis Osborne para el espada alicantino, que fue pitado en el primero y cortó una oreja al cuarto; Paco Ojeda, oreja y ovación; y Juan Antonio Ruiz Espartaco, silencio y ovación.

En la feria siguiente, la tarde del 26 de mayo de 1987, Manzanares sumaba su corrida número once. Se jugaron cinco toros de don Ramón Sánchez y uno (6º) de don Alonso Moreno. El balance de José María fue pitos y división de opiniones; Paco Ojeda, ovación y silencio; y Emilio Oliva, oreja y palmas.

El inolvidable toreo de Manzanares. Foto Arjona

Para la corrida número doce, celebrada la tarde siguiente, se jugaron cuatro toros de los Herederos de don José Luis Osborne y dos (1º y 5º) de don Ramón Sánchez. Manzanares cortó la oreja al primero y fue ovacionado en el cuarto; Niño de la Capea, palmas y ovación; y Fernando Cepeda, vuelta al ruedo y palmas.

La tarde doce más uno tuvo lugar el 25 de mayo de 1989, corriéndose cinco toros de El Torero y uno (3º) de Hermanos González Sánchez-Dalp. Manzanares fue ovacionado en ambos; Manili, dos vueltas al ruedo y ovación; y Fernando Cepeda, vuelta y silencio.

El 24 de mayo de 1991, para su corrida catorce en Córdoba, se jugaron tres toros de Montalvo y tres (1º, 5º y 6º) de Arauz de Robles. Curro Romero fue abroncado en ambos; Manzanares escuchó ovación y pitos; y Julio Aparicio, fue pitado en su lote, siendo avisado en el sexto. 

Al año siguiente, la tarde del 31 de mayo de 1992, José María se anunció con toros de los Herederos de don José Luis Osborne, siendo ovacionado en el primero y silenciado en el cuarto; Niño de la Capea, fue ovacionado en ambos; y Rafael González Chiquilín escuchó ovación y palmas.

Toreando al natural a un santacoloma de doña Ana
Romero. Última corrida en Córdoba. Foto Arjona

Y así llegamos a su último paseíllo como matador de toros, que fue el 1 de junio de 1996. Aquella tarde el mal uso de la espada impidió un gran éxito al maestro de Alicante, que con los bravos santacoloma de doña Ana Romero, remendados con un sobrero de don Juan José González (2º), ofreció una soberana tarde de toros. José María Manzanares dio la vuelta al ruedo en el primero y fue fuertemente ovacionado en el cuarto; José Miguel Arroyo Joselito cortó una oreja a cada uno de su lote; y Juan Serrano Finito de Córdoba cortó una oreja al tercero y las dos al sexto tras una gran actuación.

En cuanto a los festivales, en tres ocasiones pisó José María Manzanares el ruedo califal para colaborar con su arte en causas benéficas. La primera vez fue el 22 de abril de 1979, cuando el torero de Alicante vistió de corto para colaborar con la Escuela Taurina del Círculo Taurino de Córdoba, despachando utreros de Torrestrella. Le acompañaron los maestros Paco Camino (dos orejas), Gabriel de la Haba Zurito (oreja) y Pedro Gutiérrez Niño de la Capea (dos orejas y rabo), y los novilleros Fernando Vera (oreja), Fermín Vioque (vuelta) y Antonio Tejero (dos orejas). Manzanares cortó una oreja.

Su segundo paseíllo con el marsellés tuvo lugar el 19 de diciembre de 1998, festejo a favor de la Hermandad de Jesús Caído de Córdoba (la de los toreros). Aquella tarde se jugaron dos novillos de Miguel Báez Litri (1º y 3º), dos de Los Guateles (5º y 7º) y tres de Enrique Ponce (2º, 4º y 6º). Abrió plaza el rejoneador Martín González Porras, que cortó una oreja; en lidia ordinaria, José María Manzanares fue ovacionado; Litri cortó una oreja; Enrique Ponce, dos orejas; Chiquilín, oreja; José Luis Moreno, oreja; y el novillero Rafael Sánchez Pulido, dos orejas.

Su último paseíllo en el albero califal fue vestido de corto el 25 de marzo de 2006, actuando a beneficio de la Asociación contra el Cáncer en Córdoba. Se lidió un toro de Castilblanco para rejones, y seis utreros de Manuel y Antonio Tornay. El rejoneador Leonardo Hernández hijo fue ovacionado; José María Manzanares, silenciado; Enrique Ponce, oreja; Jesulín de Ubrique, oreja; Rivera Ordóñez, oreja; Salvador Cortés, dos orejas; y el novillero Julio Benítez El Cordobés, oreja.

Pepe Manzanares (padre de José María), Fernando Carrasco (crítico de ABC)
 y el autor del blog. Antiguo hotel Meliá Córdoba, 31-5-1992 . Foto Marogo.

Este es el historial de José María Dols Abellán en Córdoba, el hijo del banderillero Pepe Manzanares, al que su padre transmitió la afición y de quien recibió, además del apodo y las nociones básicas del oficio, el permanente consejo de que el toreo es clasicismo y pureza para acariciar las embestidas y expresar artísticamente un sentimiento. La gran referencia del maestro de Alicante, como la de tantos otros, fue Antonio Ordóñez, pero también bebió de las cristalinas fuentes de Antonio BienvenidaPaco Camino, Santiago Martín El Viti, José Fuentes y otros toreros hasta pulir un estilo con sello propio, inconfundible por la bella expresión de las suertes, su cadencia en la forma de acompañarlas con la cintura, y la maestría con que las ejecutaba desde que se colocaba para enganchar hasta que las soltaba para ligar la serie, dibujando inolvidables y templados trazos que engrandecía con su empaque de clásica torería.

Al cumplirse cincuenta años de la alternativa de José María Manzanares, rendimos honor a uno de los maestros del toreo, de los que dejaron su huella imborrable en el corazón de los aficionados, que lo recuerdan con la admiración y emoción que merece la elegante belleza de su arte. 

viernes, 2 de julio de 2021

EL NOBLE TESTIMONIO DE LUIS FRANCISCO ESPLÁ

Por Antonio Luis Aguilera 

Despedida de Luis Francisco Esplá en Madrid. Foto Diario El Mundo

El domingo 27 de junio, al terminar la transmisión televisiva ofrecida por Movistar Toros de la última corrida de la feria de Hogueras de Alicante, ciclo que este año ha estado dedicado al maestro José María Manzanares con motivo de conmemorarse el cincuenta aniversario de su alternativa, en el espacio titulado «El último tercio», donde entre otros tertulianos interviene el maestro alicantino Luis Francisco Esplá, este desgranó con amenidad y gracejo recuerdos de sus vivencias de infancia, juventud y madurez profesional con el espada homenajeado.

Luis Francisco habló de su relación nada cordial con Manzanares, siempre marcada por los celos de los dos bandos locales que se crearon en Alicante cuando eran unos chavales: «Yo era el torero del sol y José Mari el de la sombra», y que se mantuvieron durante las carreras de ambos espadas.

Las palabras cariñosas de Luis Francisco borboteaban con frescura hilando un discurso agradable, donde en todo momento prevalecía la admiración profunda que sentía por el compañero fallecido, y donde resplandeció con luz propia la nobleza del maestro, que abriendo las puertas a sus sentimientos reconoció con una sincera franqueza que lo engrandece como torero: «¡Manzanares ha sido siempre un torero de toreros... Admirado por todos... Y el que no lo haya hecho peor para él!».

Última tarde de José María Manzanares en Sevilla.

No obstante, cuando en la tertulia se comentó la dura competencia que en Alicante mantuvieron desde sus inicios, Luis Francisco reconoció la «alta tensión» que se sentía en la plaza cuando llegaban a la puerta de cuadrillas, encuentro donde según el torero no había sonrisas ni palmaditas en el culo, sino una rivalidad de verdad. Tan auténtica, aunque se saludaran protocolaria y respetuosamente, que cuando se apretaban las manos era una verdadera declaración de intenciones, donde ambos se miraban diciendo sin pronunciar palabra: «Ahora te vas a enterar ahí afuera».

Para argumentarlo con alguna de esas vivencias recordó la tarde del 4 de agosto de 1984 en Alicante, donde ante los encendidos partidarios locales se lidiaron toros de la ganadería de Manuel San Román, para José María Manzanares, que abría plaza, él y su hermano Juan Antonio.

—Iba a hacer un quite con mi hermano y a Manzanares le «calentaron los cascos» los Lozano. Se vino y me dijo:

—Si vais a hacer juntos un quite salgo y os corto el toro.

Yo le contesté:

José Mari en mi toro y en mi turno mando yo.

Pero él insistió:

—Pues me voy a cruzar.

Y sin mirarlo le dije:

—¡Como te cruces te pego una hostia que te arranco la cabeza!

Tras desvelar esta cruda pero real vivencia con el compañero y ante el toro, sentenció:

—¡Eso era el toreo... Y el beneficiado de todo era el público... No había historias ni teatro...!

Luis Francisco Esplá

Cuando la tertulia terminaba Germán Estela preguntó a Luis Francisco si de vivir José María creía que habrían cambiado la relación. Este respondió:

—Mira si viviese José Mari seguiríamos divorciados. Yo me he llevado perfectamente con la familia, pero José Mari tenía ese punto de soberbia profesional, y estoy seguro de que nunca hubiésemos llegado a ser amigos. Hemos convivido y hemos sido correctos en el plano profesional, pero nunca hubiésemos tenido tregua. Jamás. Y no por mi parte. Pero la vida nos ha dado muchas opciones para conciliarnos y nunca hubo por su parte un esfuerzo. ¡Qué me parece fenomenal…! ¿Por qué tenía él que dar concesiones a Esplá…?

A continuación, con brillo en los ojos y la sinceridad que delata una mirada emocionada, cuando la noche apagaba los útimos ecos de la corrida, en el mismo escenario donde los dos protagonizaron sus más enconadas disputas, el torero desveló un deseo que guardaba entre sus íntimos sentimientos:

—Que hayamos tenido problemas no quiere decir que acumule ningún rencor. He sido admirador de Manzanares, lo he dicho siempre. Y solo he levantado la voz cuando me han puesto la mano en el pan, pero yo no tengo rencor ni artístico, ni humano, ni nada. Y si hubiese podido darle la mano hubiera sido para mí la satisfacción más grande de mi profesión: terminar abrazados José Mari y yo. Pero ya digo que hubiese sido, si no imposible, casi imposible.

Luis Francisco Esplá en Córdoba con el autor del texto. Foto Jurado

Por su grandeza humana nos emocionó el sincero homenaje del maestro Luis Francisco Esplá al inolvidable José María Manzanares, y quisimos anotarlo en nuestro blog para conocimiento de los aficionados que no lo vieron, porque lejos del pasteleo al uso de los españoles con los muertos, un matador de toros aireó retazos de su vida para mostrar algunas de las cicatrices que los toreros llevan en el alma. Pero lo hizo cuando habían curado, con elegancia, sin rencor, mostrando en todo momento su admiración y respeto por el compañero recordado, para proclamarlo «torero de toreros».

Las vivencias y roces propios de una profesión tan dura no han marchitado los sentimientos más nobles de Luis Francisco Esplá, que con estas declaraciones ha ofrecido un ejemplar y hermoso testimonio de humanidad que le honran como torero y como persona.