domingo, 26 de septiembre de 2021

«EL PEREGRINO» (Sevilla, 24 de septiembre de 2021)

Por Luis Miguel López Rojas

«Juan Ortega cuajó el mejor toreo a la verónica que se ha realizado en la Maestranza en el siglo XXI».
Texto del Diario ABC de Sevilla. Foto Raúl Doblado.

Camino de Sevilla me preguntaba qué motivo razonable pudiera existir para que yo, un toledano, solo y sin compañía, hubiera decidido hacer mil kilómetros en un día para presenciar una corrida de toros. Por más que el mano a mano improvisado entre Morante y Juan Ortega en la Maestranza fuera un gran aliciente. Alguna causa, que convenciera a mi mente de que no era una locura, y de mi propia cordura… La razón, mi razón, no aparecía. Y donde acaba la razón, para aquellos que somos creyentes, empieza la fe. Y me sentí peregrino. Y le dije a mi mente que desde ese mismo instante era un peregrino. No hay más motivos.

Me preguntaba también cómo Juan Ortega, un torero de Sevilla, de Triana, cuyo toreo parece haberse concebido expresamente para pisar el albero maestrante, ha tardado siete años en ser anunciado en los carteles que cuelgan en la Avenida de Colón. Y no encontraba respuesta. 

Juan Ortega meciendo el lance a la verónica.
Foto Plaza de la Maestranza
Me preguntaba si Gallito y Belmonte hubieran nacido en nuestros días, si también habrían tardado siete años en ser anunciados. Y qué habría pasado con la edad de oro a la que tantas páginas y lecturas hemos dedicado. Y no encontraba respuesta. 

Me preguntaba si Juan Ortega hubiera nacido un siglo antes, en los tiempos de Gallito, en el mismo sitio que nació, en Triana, y Belmonte no hubiera ido a la novillada de Valencia, si no seguiríamos hablando hoy de “José y Juan”, pero de otro Juan, de apellido como el segundo de Gallito: Ortega. Y tampoco encontraba respuesta.

Y llegó la hora y el reloj de Dios, ese que mide en fracciones exactas, el que hace que las cosas pasen cuando tienen que pasar, se sincronizó con el que corona el coso del Baratillo. Eran las seis y veinte de la tarde del 24 de septiembre de 2021… Y yo estaba allí para presenciarlo.

El milagro del toreo a la verónica de Juan Ortega, de esa fragua incandescente que surge de lo más profundo de su alma. De ese corazón que late a compás, como guitarra que toca para marcar el ritmo del cante grande. Y sus muñecas se convierten en pincel y cincel. Pincel que pinta con fuego eterno en el lienzo de nuestra memoria. Cincel que hace de aquello una escultura con la que no pueda el tiempo, para que se lo podamos contar a nuestros hijos, a nuestros nietos… 

Lo vi, juro que lo vi. Vi la verónica de Cagancho, de Curro Puya,  la media de Belmonte… La “otra orilla”. Ese toreo que solo vi en fotografía, por tanto que nunca vi, pero que tantas veces imaginé… Y la música de la Maestranza, esta vez sí, tocó para recibirlo, para dar la buena nueva: La VERÓNICA DEL SIGLO XXI está aquí. Y para decirnos que aquello no era un sueño.  

«¡¡¡Juan Ortega!!! Sinfonía pura», Apunte de Humberto Parra sobre el 
toreo a la verónica de Juan Ortega. Publicado en Diario ABC de Sevilla.

Del resto de poco me acuerdo, ni creo que merezca la pena acordarnos. Un  milagro, es un milagro. Y yo «peregrino» tuve la suerte de presenciarlo. Y es que el reloj de Dios mide en fracciones exactas.

En el tren de vuelta a casa ya no había preguntas, sólo respuestas. Pero preferí cerrar los ojos y volver a soñar con ese cuadro que pintó Juan Ortega en mi memoria. 

¡Gracias, torero. Y viva Triana! 



jueves, 23 de septiembre de 2021

LA PLAZA DE TOROS DE GIJÓN Y RAFAEL GUERRA «GUERRITA»

Por Rafael Sánchez González      

Plaza de toros de Gijón

Ana González, alcaldesa de Gijón, ha decidido de manera unilateral no prorrogar la contratación del arrendamiento de la plaza de toros de El Bibio, de propiedad municipal, y de esta forma poner punto final a la celebración de espectáculos taurinos en aquella ciudad. Según indicó, la decisión estaba tomada desde hacía tiempo, pero la gota que ha colmado el vaso ha sido el hecho de que dos de los toros lidiados en la última corrida de la pasada feria llevaban los nombres de Feminista y Nigeriano. Añadiendo, además, que una ciudad que cree en la integridad y la igualdad de hombres y mujeres no puede permitir este tipo de cosas, y que se han utilizado los toros para desplegar una ideología contraria a los derechos humanos. Asimismo, afirma que ella no prohíbe nada, “pero la plaza de toros será para conciertos”. A tal fin, cómo no, cuenta con el respaldo de Izquierda Unida y Podemos.

Con ser relevante, no es este precisamente el motivo fundamental que me induce a escribir estas líneas, aunque como aficionado a la Fiesta Nacional no deje de preocuparme. Voces vinculadas directamente con el entramado taurino ya han manifestado su repulsa ante tan arbitraria decisión por parte de la regidora del municipio gijonés, pero argumentar que con los nombres de los citados toros se insulta al mundo del feminismo y a las personas inmigrantes, me parece un pretexto bastante baladí para tomar tan tajante como injusta determinación.

Conviene recordar, no obstante, que según la jurisprudencia ninguna autoridad municipal o autonómica puede dejar de proteger una manifestación cultural legal mientras no se modifique la legislación en vigor. La Ley 18/2013 para la regulación de la Tauromaquia, configura a ésta como un patrimonio cultural “digno de protección en todo el territorio nacional”, estableciendo que todas las Administraciones Públicas tienen un “deber de protección y conservación, así como promover su enriquecimiento”. Y la Ley 10/2015, para la salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial establece que los poderes públicos deben ejercer en sus respectivos ámbitos de competencia, una acción de defensa sobre los bienes que integran el patrimonio cultural inmaterial, entre los cuales se encuentra la Tauromaquia. Dicho esto, vayamos al tema que motiva este artículo. 

Cartel de la corrida de inauguración de la plaza de Gijón

Al cumplirse el ochenta aniversario del fallecimiento de Rafael Guerra Bejarano, Guerrita (21/2/1941), bueno será recordar que la plaza de toros de El Bibio de Gijón, centro de la polémica suscitada por la susodicha alcaldesa, fue la primera de las cinco que a lo largo de su trayectoria profesional inauguró el diestro de Córdoba. Las cuatro restantes fueron: Zamora (22/6/1889), con Ángel Pastor y ganado de Juan Sánchez, de Carreros. Valladolid (20/9/1890), alternando con Rafael Molina, Lagartijo y Manuel García, Espartero, ante toros de Saltillo. Y las dos últimas en 1894, actuando como único espada en Mataró (27/7), frente a reses de Cámara; y Jerez (2/8), lidiando un encierro de Villamarta, mano a mano con Francisco Bonal, Bonarillo.

Aunque los primeros antecedentes taurinos de Gijón se remontan a 1660, año en el que la Corporación Municipal acordó que con motivo de la festividad del Santo de la Villa se celebrase un festejo de toros, que tuvo por escenario la plaza que después tomaría el nombre de la Soledad, bien puede decirse que fue a partir de la construcción del coso de El Bibio cuando los espectáculos taurinos adquirieron relevancia para los gijoneses. Quede constancia también del circo taurómaco de madera que en 1862 se improvisó en el Parque de Begoña, en cuyo ruedo actuaron los célebres espadas Antonio Sánchez, Tato y Ángel López, Regatero.

Paseo de Begoña, donde se instaló una plaza de toros.

En 1887 un grupo de ciudadanos de la localidad, con Florencio Rodríguez a la cabeza, constituyeron una sociedad cuya finalidad era dotar a Gijón de una plaza de toros con carácter permanente en consonancia con las del resto de España, en terrenos del parque conocido por El Bibio junto a la carretera de Villaviciosa. Con proyecto del arquitecto Ignacio Velasco se encargó la construcción de la obra a los señores Goyanes y Casanova, levantándose un edificio de estilo neomudéjar con capacidad para diez mil espectadores, que en 1888 estrenaron los diestros Luis Mazzantini y Rafael Guerra, Guerrita con ocasión de las Fiestas de la Virgen de Begoña. Sucedía esto cuando Guerrita cumplía su primera temporada completa como matador de alternativa y ya era el espada que acaparaba la máxima atención entre los aficionados de finales del siglo XIX, hasta llegar a convertirse en uno de los toreros más importantes en toda la historia de la Tauromaquia.

Un siglo, por cierto, de ingrato recuerdo, que para colmo de males culminó con la pérdida de las colonias de ultramar, que sellaría el final de lo que había sido el poderoso imperio español. Al comenzar la regencia de la reina María Cristina tras la muerte de Alfonso XII, Práxedes Mateo Sagasta y Antonio Cánovas del Castillo estaban al frente de los partidos liberal y conservador, respectivamente, quienes establecieron un turno de alternancia al frente del gobierno. Algo sumamente difícil en aquellos años, que, junto a los primeros del siguiente siglo significaron una grave crisis económica para el país. Hasta mediados de 1890 gobernó Sagasta, siguiéndole Cánovas hasta fines de 1892, y así venían sucediéndose cuando en agosto del 97 fue asesinado este último. Al margen de todos estos acontecimientos políticos, como queriéndose olvidar de la preocupante situación que se vivía, los españoles seguían entregados a los espectáculos taurinos. Su afición preferida.

Plaza de toros de El Bibio en el año 1888

Volviendo a la plaza de toros de Gijón, es fácil comprender que su inauguración constituyese un gran acontecimiento para la ciudad, que rebasando incluso el ámbito taurino se convirtió en un fenómeno social para los gijoneses. A tal fin, se confeccionaron lujosos programas editados en seda amarilla y rosa, en cuya cabecera aparecían orlados los retratos de los dos espadas actuantes y se detallaban los precios de las localidades (cuatro pesetas el tendido de sombra y tres el de sol), así como las pertinentes observaciones y los componentes de las cuadrillas. Con Guerrita figuraban los picadores Francisco Fuentes y Antonio Bejarano, Pegote, y como banderilleros su hermano Antonio, Miguel Almendro, Ricardo Verdute, Primito y Rafael Rodríguez, Mojino, anunciándose en funciones de puntillero Joaquín del Río, Alones.

Conviene aclarar que la primera intención de la empresa formada por los señores Goyanes, Canosa y Compañía fue contar con Lagartijo y Frascuelo, pero por coincidencia con la feria de San Sebastián no fue posible su contratación. Se pensó entonces en José Sánchez Cara-ancha y Guerrita junto con Fernando Gómez, Gallo como tercer espada, siendo al final Mazzantini quien acompañase al torero de Córdoba, al ser elegido por mayoritaria petición de personas influyentes de la ciudad.

Servicio de tranvías a la plaza de toros de Gijón

Desde primeras horas de la mañana se produjo un desconocido aluvión de forasteros. Los trenes del norte dejaban gran cantidad de aficionados de la capital y otros pueblos de la provincia, y por el ferrocarril económico de Langreo, por los vapores y diligencias de localidades cercanas y demás medios de locomoción llegaron multitud de gente para presenciar el acontecimiento, haciendo intransitable la calle Corrida desde horas antes de la anunciada para su comienzo. Sobraría decir que la plaza, que se llenó a rebosar, presentaba un maravilloso aspecto y la aristocracia gijonesa ocupó mayoritariamente las localidades de palcos, en cuyos antepechos destacaban distinguidas y elegantes damas de la sociedad. También la literatura dramática estaba bien representada por los aplaudidos autores Vital Aza y Miguel Ramos Carrión, y en lo referente a la prensa local cabe citar al director del periódico tradicionalista El Cabecilla, señor Grande y a J. Flores, redactor de El Correo, a los que hay que añadir varios enviados especiales de la prensa taurina.

Con respecto al resultado del festejo bien puede decirse que no respondió a la expectación creada, y no precisamente por culpa de los toreros, que pusieron todo su empeño en lograr el triunfo y la complacencia del público, pero los toros de José Orozco no estuvieron a la altura que correspondía al reconocido prestigio de la sevillana divisa encarnada, blanca y caña. Un encierro al que le faltó poder y sobró mansedumbre, por lo que varios ejemplares fueron protestados desde los tendidos, hasta colmar la paciencia de gran número de espectadores en el sexto, arrojándose al ruedo almohadillas, botellas, bastones y cuantos objetos tenían a mano, por negarse el presidente, señor Rodríguez Sarmiento, a ordenar que el manso fuese fogueado. Vaya en descargo del ganadero que los animales llegaron en muy malas condiciones después de cincuenta y seis días de viaje y solo descansaron veinticuatro horas en los corrales de la plaza. Por orden de salida llevaban los nombres de Morito, Boyero, Brujito, Lechugo, Boñigo y Bollullero.

Rafael Guerra Bejarano «Guerrita». Foto Montilla.

Mazzantini, que vestía de verde botella y oro, fue aplaudido en dos de sus oponentes, mostrándose algo precavido a la hora de entrar a matar, suerte en la que basaba la mayoría de sus triunfos. Referente a Guerrita, que lucía un terno azul y oro, tampoco pudo sellar con éxito el final de sus intervenciones, viéndosele toda la tarde muy activo como lidiador frente a un ganado que requería muchos conocimientos para solventar las dificultades que sacaron de principio a fin. Las mayores ovaciones se oyeron durante el tercio de banderillas del quinto, rivalizando los dos espadas tanto al clavar, como en sus adornos jugueteos con el toro, sobre todo cuando Guerrita le arrancó la divisa al salir de un vistoso y arriesgado quiebro. Su segundo fue muy castigado en varas, por lo que llegó medio muerto a la muleta. Y poco pudo hacer con el bicho que cerraba el festejo, un manso de carreta, que en manos de otro espada sin los conocimientos técnicos del diestro de Córdoba hubiera hecho casi imposible acabar con su vida.

Luis Mazzantini y Eguía

Como colofón a estas líneas, apuntaré que en aquella temporada de 1888 Rafael Guerra sumó 71 corridas de toros en plazas españolas, a las que hay que agregar 9 de las 12 que toreó en La Habana, siendo el primer espada cordobés que actuó en cosos de Hispanoamérica. Lagartijo desestimó la oferta en dos ocasiones alegando que eso me cae mu lejos del barrio. Barrio del viejo matadero de Córdoba en el que por aquellas fechas se hizo muy popular esta coplilla: Ni me peino ni me lavo / ni me asomo a la ventana / hasta que no vea venir / a Guerrita de La Habana. Y volvió con un importante resultado artístico y económico y una cornada en el cuello que le infirió Boticario, marcado con el hierro de Saltillo, percance que con el paso del tiempo resultaría ser el origen del cáncer facial causante de su muerte, aunque no falten historiadores apuntando que el epitelioma de cuello que generaría el fatal desenlace fue la herida que en dicha zona sufrió en Murcia por un astado de Solís, de nombre Bragadito, el 7 de septiembre de 1893. Fallecimiento en definitiva del que, como ha quedado anotado anteriormente, se ha cumplido este año el ochenta aniversario. 

viernes, 3 de septiembre de 2021

MANOLETE

Por José Alameda

Suerte suprema. Óleo sobre lienzo de Diego Ramos

Si la preguerra la domina Ortega, la posguerra la enseñorea Manolete. Hay ocasiones en que las cifras cobran un especial valor, como es el caso de Manolete, quien por la relevancia de su figura induce a pensar, a los no iniciados en este punto, que toreó muchas corridas. En realidad, no fue así, pues nunca llegó a las cien por año. Como tampoco Domingo Ortega. En cambio, Joselito (que fue el primero en alcanzar la marca de las cien) sumó 102  en 1915; 104, en 1916; 103, en 1917, y otras tantas en 1918, aparte de haber aparecido también a la cabeza del escalafón (aunque sin llegar todavía a las cien) en 1913 y 1914. Belmonte sólo una vez, aunque con cifra récord hasta entonces, de 109 corridas en 1919. El que más veces ha figurado en toda la historia del toreo a la cabeza del escalafón ha sido Domingo Ortega, en siete temporadas. Manolete solamente en dos. Y sin embargo… 

Sin embargo, Manolete mandó en su época como no mandaron en la suya ni siquiera Guerrita, ni siquiera Joselito. Quizá por qué no ejercieron todo el mando que hubieran podido; en cambio, el de Manolete, dirigido por Cámara, fue muy ostensible.

Manolete formó un clan. Un clan que dominaba todas las ferias, que contaba con las mejores ganaderías y en el que, sobre todo, era muy difícil entrar.

Para formar un clan así se necesita imponerse a los demás toreros frente al toro. Es indiscutible. Ahora bien, ¿eso da al hecho título de legitimidad? Ahí está la piedra de discusión.

Por lo pronto, de ahí nace la primera reacción contra Manolete por un grupo de toreros y de periodistas, que se extremaría y se extendería (y esto es lo moralmente triste) después de muerto el gran torero.

«Dos son los puntos en que se basó la oposición 
a Manolete: el toro chico y el "afeitado"» 

El toro chico y el «afeitado».

Dos son los puntos —digamos, de orden administrativo— en que se basó la oposición a Manolete: el toro chico y el «afeitado».

Lo primero, que no fue una consecuencia de Manolete, sino de la guerra civil, que diezmó la ganadería española, se trató de prolongar, sin duda ventajosamente, pero no podía eternizarse. Aparte de que tampoco era un fenómeno total, pues en ocasiones salían toros de presencia y armadura muy dignos de tomarse en serio. Pero, sobre todo, hay un argumento serio también: el toro de aquel momento —fuese como fuese—, salía para todos, no sólo para Manuel Rodríguez. Pero éste se arrimaba más que todos, excepción hecha de Carlos Arruza y Domingo Ortega, que no cedían ante ningún rival.

El «afeitado» es otro asunto. No nació, sin duda, en la época de Manolete, pero es incuestionable que durante ella se sistematizó. Tengo por verosímil que esta práctica hubo de ser en su principio cosa de los ganaderos, para «igualar» algún «encierro» de cornamentas dispares. Pero de ahí se pasó al fraude tan cacareado y evidentemente cierto de aquel momento, y de otros posteriores, sin excluir, por desgracia, al actual.

Abordemos un problema interesante. Una de dos: el «afeitado» sirve o no sirve; es o no eficaz, evita el riesgo o no lo evita. Veamos, según cada hipótesis, la consecuencia.

Si evita el riesgo, no sólo es un fraude inmediato contra el público, sino algo de mayor trascendencia, una verdadera negación del fundamento del arte de torear.

El verdadero valor, la verdadera importancia del riesgo en el toreo, no estriba tanto en la entereza de ánimo que se necesita para afrontarlo cuanto en la exigencia de exactitud, de precisión que establece para el artista.

Un paso adelante y puede morir el hombre, un paso atrás y puede morir el arte.

«Manolete mandó en su época como no mandaron
en la suya ni siquiera Guerrita, ni siquiera Joselito»

El toreo se hace sobre una línea invisible, pero implacable.

Destruir esa línea, escamotearla, es, por lo tanto, negar la esencia misma del toreo. Quitado el riesgo, cualquiera puede entregarse a los intentos más aventurados, sin que ello tenga que ver con la hazaña del verdadero artista.

Queda la otra hipótesis: que el «afeitado» no sirva, en realidad, para una verdadera protección del torero.

A un matador de toros importante, cosido a cornadas, cuyo nombre omito por razones obvias, le pregunté un día:

—De los toros que te han herido, ¿cuáles crees que estuvieran «afeitados»?

—Todos  —Me respondió sin titubear.

—¿Entonces?

—El toro no hiere únicamente por lo agudo de sus puntas, sino principalmente por su fuerza. Pero pese a todo, el saber que está «arreglado» es un alivio psicológico, al que los toreros no podemos sustraernos. Pienso que el toro en esas condiciones puede ser menos certero, tener menos oportunidades, aunque no estoy muy seguro de ello.

Desde luego, sé que un toro «afeitado» me puede matar, pero lo toreo más tranquilo. Con razón o sin ella, así es la cosa.

El público, víctima del fraude, es el que menos se preocupa de él. Pero las autoridades están en su papel al prevenirlo y sancionarlo. Todo lo que va contra la naturaleza de las cosas debe combatirse.

Los enemigos de Manolete le reprochan a éste, principalmente, su
colocación "enfilada" con el toro. Plaza de Salamanca. Foto Hermer.
El toreo de perfil

En el orden técnico, los enemigos de Manolete le reprochan a éste, principalmente, su colocación «enfilada» con el toro.

Manolete fue un torero sumamente definido, casi exclusivamente de línea «natural». De ahí que, cuando remataba una serie en redondo, solía hacerlo con un molinete, suerte banal, en realidad una evasiva para evitar el pase de pecho, y que cuando por excepción daba éste, le resultase tan esquemático, tan rígido. Podía ejecutar, por supuesto, el toreo cambiado o contrario, pero no lo sentía, no le daba expresión.

Por lo que hace al toreo de perfil, me parece útil someter al juicio del lector las siguientes proposiciones:

1.  Al que torea de perfil, el toro le pasa por todo el frente.

2.  Al que torea de frente, el toro le pasa solamente por el flanco.

El argumento cimero de los antimanoletistas contra el toreo de perfil, lo expresa Gregorio Corrochano en su libro ¿Qué es torear?: 

Para torear hay que enfrentarse al toro.

Enfrentarse no es ir de costado.

Si al toro lo adormecieran con morfina, el torero avanzaría

y pasaría al lado del toro, en línea paralela, sin tropezar con él. 

Peregrina argumentación. Si lo malo es que toro y torero no puedan tropezar, de ahí parece seguirse que lo bueno ha de ser lo contrario es decir, que toro y torero tropiecen. Mas ¿en qué cabeza cabe que el toreo pueda basarse en el tropezón del toro con el torero?

El tropezón físico es la cogida.

Y el tropezón geométrico, o colisión de líneas, obliga a una de dos: o echar al toro por delante, desalojándolo con el engaño, o a irse el torero hacia atrás, «destoreando».

«Sentía y realizaba el toreo de línea natural, donde es fundamental que el
toro venga por su terreno, o se le haga venir por su terreno, sin expulsarlo»
Sevilla, 18 de abril de 1945. Foto Finezas.

Curiosamente, Corrochano agrega en el mismo libro: 

El paralelismo del toro y el torero —el perfil—, sólo debe darse

en el centro de la suertes, cuando el torero que tomó al toro de

frente, va girando y, en el momento que el toro le pasa,

 los dos estarán de perfil y en líneas paralelas, para que pueda cargarse

la suerte y el toreo adquiera más desarrollo,  más mando, más eficacia. 

Otra vez, una de dos: o el paralelismo es truco,  o no es truco. Pero no se ve por qué haya de ser truco en el cite, que es anterior a la suerte, preparación para ella, y no sea truco en la suerte misma, en su cogollo, en su centro.

Manolete indudablemente, no se situaba de perfil por «ventaja» —insinuación de cobardía, quiérase o no, por parte de los impugnadores de su arte—. Se situaba así por dos razones que me parecen claras.

Primera, que sentía y realizaba el toreo de «línea natural», en el que es fundamental que toro venga por su terreno, o se le haga venir por su terreno, sin expulsarlo. 

Segunda, que esa colocación era un medio para poder llegar más cerca, para aproximarse a un tipo de toros quedados, que requieren un cite sumamente en corto. Y así eran, en su mayoría, los que salían al ruedo en su época, en su momento.

Bueno es zanjar el paso a una posible objeción: la de que Manolete también se situaba así para citar de largo. Naturalmente, porque su toreo tenía unidad de sistema. No se ve por qué habría de utilizar un modo para torear de largo y otro para torear en corto. Lo técnico en un sistema es que, sin salirse de él, sirva para resolver todas las posibilidades.

La prueba de que estaba en lo justo es que su colocación primitiva le servía para torear desde cualquier distancia, incluso la mínima, sin que para ello tuviera que corregir ni su postura ni su línea de colocación con el toro. A un palmo, o a diez metros, su sistema era igualmente valedero.

«El toreo de perfil de Manolete era un riguroso
sistema, no una pícara estratagema». Foto Mari

En cualquier disciplina, un principio se revela como justo cuando, al aplicarlo, sirve para resolver todos los aspectos de un problema, no unos sí y otros no.

Por donde quiera que se le vea, el toreo de perfil de Manolete era un riguroso sistema, no una pícara estratagema.

Tengo a Manuel Rodríguez Sánchez por uno de los toreros más inteligentes con quienes he hablado en mi vida. No siempre los grandes actores conocen, y menos explican con justa visión, el sentido, los límites, el alcance de su arte.

De la clarividencia de Manolete me había yo dado cuenta al verlo torear y antes de hablar con él.

«Manolete no prejuzgaba, le preguntaba al toro»
México, 2 de febrero de 1947.

Recuerdo que, acostumbrada mi sensibilidad de aficionado a los ayudados por alto de Belmonte, en que «barría los lomos», me dejó frío el primer ayudado alto que le vi a Manolete, un pase «de telón», sin acompañar al toro, elemental y esquemático. Pero pronto caí en la cuenta de que aquello tenía una intención funcional. Belmonte, por darle belleza al pase, sujetaba el toro, lo retenía, lo determinaba; Manolete lo que hacía era dejarlo, para que el toro revelara su condición. De este modo, con el solo muletazo inicial de la faena, tenía ya los datos esenciales sobre el toro. En efecto, como se colocaba perfilado y fuera de distancia, para ir ganando los pasos laterales rumbo al toro, era éste el que le decía cuál era su distancia de arrancada. Después, dejándolo suelto en el pase alto, el propio toro le revelaba también en qué proporción se revolvía.

Manolete no prejuzgaba: le preguntaba al toro.

«Manolete fue un torero sin fantasía, pero con una lógica
irrefutable». Alicante, 29 de junio de 1947. Foto Finezas.

Todo eso, y lo demás, era tan lógico como la colocación perfilada. Manolete fue un torero sin fantasía, pero con una lógica irrefutable. Y al servicio de ella, un valor y una fuerza de carácter que llevaron un sistema, y hasta una línea completa del arte —el toreo «natural»— a una cúspide de eficacia hasta entonces no sospechada: esa línea del toreo cuyo desarrollo hemos visto a través de la historia, del silencio de Pedro Romero al silencio de Manolete. 

Manolete en el cuadro de Daniel Vázquez Díaz
Suplemento literario 

A Manuel Rodríguez «Manolete»


Estás tan fijo, ya, tan alejado,

que la mano del Greco no podría

dar más profundidad, más lejanía

a tu sombra de mártir expoliado.

 

Te veo ante tu Dios, el toro al lado,

en un ruedo sin límites, sin día,

a ti que eras una epifanía

y hoy eres un estoque abandonado.

 

Bajo el hueso amarillo de la frente,

tus ojos ya sin ojos, sin deseo,

radiográfico, mítico, ascendente.

 

Fiel a ti mismo, de perfil te veo,

como ya te verás eternamente,

esqueleto inmutable del toreo. 

                             JOSÉ ALAMEDA 


«José Alameda», seudónimo de Luis Carlos Fernández López-Valdemoro (1912-1990), fue un escritor, periodista taurino y poeta madrileño, que residió y murió en México, donde desarrolló su magistral obra como escritor y crítico taurino.

El texto anterior es el capítulo dedicado a Manolete de su excepcional libro «El Hilo del Toreo», obra agotada de la colección «La Tauromaquia» (Editorial Espasa Calpe, Madrid 1989), que por su importante valor histórico rescatamos, con intención de facilitar su lectura a los aficionados que no han tenido la posibilidad de adquirirlo para acceder al magisterio de sus páginas.    

VER ENTRADA RELACIONADA: «EL QUEHACER DE REGULAR EL ARTE» de Germán Lebatard

sábado, 28 de agosto de 2021

EL DÍA QUE MURIÓ «MANOLETE»

(Linares, 28 de agosto de 1947: 74 aniversario)

«La muerte de Manolete», de Jesús Helguera. Óleo sobre lino (1958) 

«La muerte de Manolete» (óleo sobre lino, 1958) de Jesús Helguera, pintor mexicano de quien se afirma fue discípulo de Julio Romero de Torres, es un homenaje poco común al Califa cordobés muerto por una cornada en 1947. Un cuadro verdaderamente simbólico en el que se muestra al torero yaciente, cubierto por un capote, bajo la imponente presencia de un astado victorioso con la plaza al fondo. La muerte se encuentra representada en los cipreses y las nubes con forma cortante como navajas, y se adivina el alma del diestro en un lucero del cielo. Junto a la cabecera del ataúd reposan dos sombreros, uno cordobés y otro mexicano. Fuente: Luis Pineda: Blog «Tercio de Pinceles».

DOCUMENTAL «EL DÍA QUE MURIÓ MANOLETE»

FALSETAS POR MANOLETE

Por Manuel Benítez Carrasco (poeta)

Escribí estas «Falsetas por Manolete» a raíz de su muerte. En el año 1961, aniversario de la tragedia de Linares, me encontraba en Buenos Aires actuando con Manolo Caracol en el teatro Avenida. Pensamos dedicar un recuerdo a Manolete; y lo hicimos alternando estos versos con sus cantes por martinetes y seguiriyas. La casi improvisación resultó muy emotiva.

Como emotivo es para mí el recuerdo del amigo y genial cantante, ya desaparecido, Caracol. 

Linares, 28 de agosto de 1947. Manolete corresponde  
a la gran ovación del público dedicándole su última
sonrisa. Foto Francisco Cano (Cortesía Revista Aplausos).

Era un torero

vestido de valiente

de cuerpo entero.

 Manolete tenía

en su muleta

la seriedad y el temple

de una saeta.

La noble valentía

de la serrana,

 y el profundo misterio

de una seguiriya

gitana.

Bien podría decirse

que Manolete

era la forma en carne

de un martinete.

 Era un torero

vestido de valiente

de cuerpo entero.

 Al río Guadalquivir

que hubiera salido al ruedo,

ni por río ni por toro,

le hubiera tenido miedo.

 ¡Qué caballero iba,

qué caballero,

a una cita de muerte

de cuerpo entero!

 Siempre en peligro de muerte

tenía abierta la vida.

La vida se le asomaba

al borde de cada herida

para decirle a la muerte:

«Ven a quitarme la vida».

 Y fue un torero

que se vistió de muerte

de cuerpo entero. 


domingo, 22 de agosto de 2021

LA GRAN TEMPORADA DE «GUERRITA» (y II)

Por Rafael Sánchez González

Rafael Guerra Guerrita. Foto Montilla

ACCESO A LA PRIMERA PARTE

Un mes de septiembre que resultaría bastante movidito en acontecimientos y no todos normales para el torero de Córdoba. De las mencionadas plazas norteñas fue a la localidad francesa de Bayona, donde comenzaron las vicisitudes debido al llamado decreto Dupuy (ingeniero y senador de la Tercera República que presidía Jules Grévy), mediante el cual se prohibía la suerte de matar en los espectáculos taurinos, allí llamados a la española. Una inicua sentencia promovida por la Sociedad Protectora de Animales, que los aficionados franceses (generalmente los de la parte meridional del país que era, y aún es, la zona en la que con mayor arraigo se venían celebrando estos festejos) no aceptaban, por considerar que atacaba sus derechos a la libertad de poder divertirse sin que el Estado les marcase la forma en que debían hacerlo. Recordando una frase del escritor de la Ilustración y político asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos: “Los pueblos que trabajan no necesitan que el Gobierno les divierta, sino que los dejen divertirse”. Al rechazo popular se unía la mayoría de la prensa que combatía con energía dicha disposición gubernamental. Así las cosas, para lidiar bichos  de Saltillo y ante más de seis mil espectadores, el día 2 actuaron en la citada plaza Guerrita, que acabó con su lote de tres soberbias estocadas, y Cara-Ancha, que resultó erosionado al saltar la berrera y hacerlo tras de él su tercer oponente. El escándalo vino cando la autoridad detuvo a todos los lidiadores en base a la desdichada ley. Tras ser enjuiciados resultaron absueltos. Lo más curioso del caso fue, que el propio juez que dictó la orden pronunció un discurso en defensa de las corridas de toros, “reconociendo la utilidad del espectáculo”. El asunto se dilataría durante largo tiempo

Dos días después, organizada por la Asociación del Comercio. la Industria y la Agricultura se celebró en Aranjuez una corrida con toros de José Navarro (antes marqués viudo de Salas), función que al igual que sucedió el 30 de mayo convocó en el Real Sitio a numerosos forasteros, en su gran mayoría procedentes de Madrid, viéndose abarrotados los trenes especiales que la Compañía de Ferrocarriles M.Z.A. puso en servicio, evitándose en esta ocasión los desórdenes de costumbre gracias a las acertadas disposiciones del duque de Tamames. Amenizada por la banda de música del Hospicio de Madrid y la de cornetas y tambores dirigida por el maestro Espinosa, hicieron el paseíllo las cuadrillas de Guerrita, vestido con su color favorito verde y oro,  que cumplió su cometido sin más, y Bombita que fue paseado a hombros. Los días 5 y 6 toreó en el coso linarense de Santa Margarita. La primera tarde para estoquear junto con Bombita ganado de Atanasio Linares que no dieron mucho juego, por lo que poco se detuvieron las reseñas sobre este festejo. Y todavía peor fue el resultado del segundo, con cinco reses de Saltillo y un sobrero de Atanasio Linares que pecaron de mansedumbre, esta vez acompañado del también diestro sevillano Antonio Fuentes.

Rafael Bejarano Carrasco Torerito

En la muy festiva fecha del 8 de septiembre y junto con su paisano Rafael Bejarano Torerito se enfrentaron brillantemente en Badajoz a reses de Filiberto Mira (el sobrero lo mató Blanquito), de las que el califa brindó la muerte del quinto, que había lastimado en el rostro al banderillero Primito, al marqués de Jerez que le obsequió con un valioso regalo. Un día después cruzó la frontera portuguesa para torear en Lisboa cornúpetas de Cámara y J. de Gama.  

En la feria de 1893 se inauguró la actual plaza de toros de Salamanca, tercera con que ha contado la capital charra, que vino a sustituir a la llamada de las Juanelas o de los Mínimos, por estar situada en el lugar conocido entonces como era de las Juanelas en terrenos que pertenecían al convento de la referida Orden Religiosa. Para tan señalado acontecimiento se contrató a las dos figuras más relevantes del escalafón, Mazzantini y Guerrita, pero el puntazo en el cuello, más preocupante por el sitio que por la gravedad de la herida, que cuatro días antes le infirió en Murcia un marrajo de Solís, de nombre Bragadito, impidió que el domingo 11 pudiese participar Rafael en dicha efeméride. Por lo tanto, su presentación en el coso de La Glorieta se produjo en el año 1894, que nos viene ocupando. Un debut que al final resultó bastante sonado, y no precisamente por el resultado artístico de su labor sino por lo que vino después. ¡Menudo alboroto se formó en todo el entorno taurino!

Guerrita estaba anunciado en tres corridas (la cuarta y última la finiquitaron Antonio Moreno Lagartijillo y Antonio Reverte con reses veragüeñas). La primera se celebró el día 11 bajo una pertinaz lluvia y constituyó un clamoroso triunfo para el torero de Córdoba, que desplegó todo su amplio repertorio ante los muy aceptables toros de Teodoro Valle, cosechando un rotundo triunfo en tanto que el mencionado diestro granadino se desenvolvió con lucimiento. El segundo festejo, que debió celebrarse en la jornada siguiente, se canceló a causa del mal tiempo. Respecto a la tercera corrida, poco antes de su comienzo se anunció la suspensión por orden gubernativa, debido al mal estado del ruedo, produciéndose un gran escándalo al entender el público que solo era un pretexto del torero de Córdoba, por tratarse de un martes y trece y con bichos de Miura, además. Ante las hostilidades, desde uno de los balcones de la plaza se hizo saber que Guerrita se había negado a actuar velando por la integridad física de los lidiadores, circunstancia que aún encolerizó más a la gente, por lo que el gobernador decidió acudir a la fonda donde se hospedaban los toreros, obligándoles a ir a la plaza en carruajes custodiados por la Guardia Civil, siendo recibidos con una silba monumental. Aun con este ambiente adverso, fueron calmándose los ánimos y tanto él como Reverte alcanzaron un éxito muy trabajado.

El sevillano Antonio Reverte Jiménez

Sucedió y aquí viene lo más relevante, que el día siguiente, D. Ramón Solís, propietario y empresario de la plaza anterior y amigo personal de Rafael Guerra, invitó a este junto con un reducido grupo de amigos a una comida en su casa. En la sobremesa se habló de toros y Rafael se refirió a lo exigente que se le había puesto la afición madrileña, al punto -parece ser que dijo- de que en Madrid tendría que torear San Isidro para poder satisfacer al público. Un periodista que asistió al acto, con más deseos de notoriedad que veracidad en sus palabras, lanzó a los cuatro vientos la noticia de que Guerrita había afirmado: “en Madrid que toree San Isidro”. Lógicamente la reacción general  aumentó las antipatías de aquella afición hacia el Guerra, desatándose una gran campaña en su contra e incluso comenzaron a circular noticias sobre la posible retirada del torero. Otros afirmaban que su alejamiento solo se refería a la plaza de Madrid, multiplicándose las noticias en prensa con opiniones para todos los gustos. Y en esta encrucijada continuó Rafael su triunfal campaña, que el viernes 16 tuvo como escenario el circo romano de Nimes, donde aún continuaba muy viva la lucha frente a la actitud gubernamental de querer prohibir las corridas de toros. Mano a mano con su pariente Torerito, estoquearon reses de José de la Cámara, recibiendo ambos continuas ovaciones al rivalizar en quites y banderilleando con especial lucimiento. 

Tres días después, los dos rafaeles lidiaron en Hellín seis ejemplares de Atanasio Linares, siendo muy aplaudidos. Y mayor aún fue el éxito alcanzado por él en la primera corrida de las Fiestas de San Mateo en Logroño (21/9), siéndole concedida la oreja en dos de los tres ejemplares del marqués de Saltillo que mató de sendos volapiés, después de torearlos y banderillearlos entre constantes ovaciones, rivalizando con Mazzantini que también vio premiada su labor.

De la capital riojana pasó a Valladolid, donde fue base de la programación taurina, celebrada entre los días 22 y 25, al intervenir en los cuatro festejos anunciados. Los tres primeros compitió mano a mano con Antonio Reverte, frente a toros de López Navarro, Esteban Hernández y Veragua, y haciéndolo como único espada en el último de ellos con seis ejemplares pertenecientes la mencionada divisa veragüeña. En la primera corrida se le concedió una oreja por su meritísima labor ante un bicho resabiado que tiraba hachazos por ambos pitones. Añadir, que por no estar recuperado Reverte de su último percance se instalaron burladeros. El problema fue que dos de los toros metieron la cabeza por la parte alta del burladero (eran bichos de descomunal alzada) obligando a tener que utilizar palancas para poderlos liberar. La siguiente tarde se le concedió otro apéndice a Rafael, que fue violentamente volteado por su primero al dejar una gran estocada. La tercera jornada se inició con malos augurios, pues nada más concluir el paseíllo comenzó a llover torrencialmente convirtiendo el ruedo en un auténtico barrizal, por lo que al arrastrarse del cuarto se acordó esperar unos minutos, y caso de continuar el temporal se determinaría la suspensión. Faltando a este compromiso el presidente y teniente de alcalde Lorenzo Bernal ordenó la salida del quinto animal, actitud que desembocó en el abandono de la plaza por parte de los lidiadores. Como quiera que las protestas del público iban en aumento, temiendo mayores consecuencias, el presidente ordenó que la Guardia Civil fuese al hotel donde se hospedaban los toreros, obligándoles a volver a la plaza en coches custodiados por la autoridad. No hará falta decir que fueron recibidos con una estruendosa bronca que persistió hasta el final del festejo. Es decir, que en un plazo de breves días se repitieron las circunstancias ya referidas de Salamanca, con el resultado final de que en esta ocasión fueron conducidos a la cárcel de la Chancillería, salvo Reverte y el picador Beao que tuvieron que ser atendidos de diversas lesiones y otros subalternos que pudieron escapar de la quema. Como quiera que el juez no encontró motivo para proceder a una retención mayor, al filo de la madrugada quedaron todos en libertad. Amparado en su capacidad lidiadora y acostumbrado ya a tener que superar toda clase de contratiempos, Guerrita triunfó de principio a fin en la última corrida, cortando  orejas y siendo constantemente ovacionado, sobre todo en quites y al banderillear, sacando a relucir su extraordinario repertorio de adornos y jugueteos con las reses.  

Picadores de Guerrita: Beao, Molina y Zurito

Ante este cúmulo de adversidades, sometido a un nivel de exigencias en los ruedos difíciles de poder superar, cabe pensar que no faltaría quiénes llegaran a pensar que a estas alturas de su brillantísima carrera taurina, disfrutando de un bien ganado capital, propietario de varias fincas de labor y un promedio de ochenta contratos por temporada, poco debería preocuparle dejar de torear en Madrid. ¡Qué poco conocerían a Guerrita! Por su pundonor y gran sentido de la responsabilidad, su reconocido amor propio y, por qué no decirlo, por un innato orgullo personal, no podía tomar la determinación de cancelar las actuaciones todavía pendientes con la empresa de la Villa y Corte y, si hubiese querido, afirmar después con toda rotundidad y justo fundamento: “En Madrid que atoree San Isidro”.

Envuelto en tan enrevesada situación que dio lugar a toda clase de comentarios, tanto a favor como en su contra, Rafael bajó a Sevilla para participar en la septembrina Feria de San Miguel, que estaba montada con Guerrita, Bombita y Reverte, dos tardes cada uno, pero las lesiones sufridas por este último en Valladolid le privaron de hacer el paseíllo en la Real Maestranza. Guerra actuó los días 28 y 29. El primero para enfrentarse a un áspero encierro de Miura mereciendo destacarse su labor ante el tercero, al que con valor y dominio pudo doblegar haciendo que las palmas sonaran con fuerza al término de la faena. Bombita resultó lesionado en la mano derecha al entrar a matar a su primero, continuando en la lidia tras ser atendido en la enfermería, que también visitó el picador Beao. El día 29 se corrieron astados del marqués de Villamarta en los que predominó la mansedumbre, comportamiento que fue manifiesto en el ejemplar que abrió plaza, peligroso por los arreones que soltaba en sus violentas embestidas, por lo que el califa solamente pudo brillar a ráfagas. Emilio Torres, que se resintió de su lesión en la mano y además resultó herido en el lado derecho de la región glútea, bastante hizo con quitarse de encima a sus dos regalitos. Por su parte, el pundonoroso matador de toros trianero Joaquín Navarro Quinito, que sustituía al torero de Alcalá del Río, se vio desbordado por su primer enemigo, que pudo lidiar gracias a  la eficaz colaboración de Guerrita. El picador Antonio Bejarano Pegote recibió un puntazo en el pie derecho. El ciclo se cerró con cinco reses de Moreno Santamaría y un sobrero de Adalid. Seis bueyes con los que apechugaron Quinito y Antonio Arana Jarana, diestro también sevillano en el ocaso ya de su trayectoria taurómaca, a quien el toro Distinguido, de Félix Gómez, le quitó el año anterior en Madrid los escasos ánimos que le quedaban. Por cierto, del mismo ganadero colmenareño y también llamado así, era e morlaco que en Cartagena (9/8/1914) cornearía mortalmente al espada de El Viso de los Pedroches (Córdoba) Fermín Muñoz Corchaíto.

Guerrita citando en banderillas

Y de Sevilla… ¡a Madrid! No hará falta señalar el panorama que le esperaba en la capital del Reino aquel domingo 30 de septiembre. Una situación que rebasaba incluso el ámbito taurino, pues hasta la prensa diaria de información general se ocupaba en exceso del tema. A tal respecto escribía Peña y Goñi en La Lidia (14/10/1894). “Lo de Guerrita es un colmo de la estupidez; porque parece mentira que un país se preocupe poco ni mucho de esas tonterías. Al hombre hay que dejarle a su paso, que ya sabe él adonde ha de llevarle, al disfrute, y Dios se lo logre y conserve…” Debe tenerse en cuenta que este desafecto de la afición madrileña hacia él no era algo nuevo, aunque se viese agrandado por la frase que hacía referencia al Santo Patrón. Empezó a tejerse en 1891 con el inoportuno empeño de competencia directa con su paisano y maestro Lagartijo, circunstancia que viene a explicar el trato favorable que recibía el infortunado Espartero, así como la entrega incondicional hacia el recién llegado Reverte en la temporada anterior, por parte del numeroso bando lagartijista.

Pero sigamos con la vuelta de Rafael al desaparecido coso de la Carretera de Madrid, edificado por iniciativa del marqués de Salamanca, que en principio levantó una ruidosa polémica al no estar todos de acuerdo con el ambicioso proyecto. 

Guerrita igualando

Pitos para silbarle a Guerrita”, se oía pregonar en los alrededores de la plaza desde muy temprana hora. “Antes de que termine la corría ya se han comío toos lo pitos”, dicen que fue la contestación del diestro al enterarse de dicha artimaña. En principio se le anunció con Julio Aparici Fabrilo (espada valenciano al que Lengüeto, de Cámara, arrebataría la vida el 27 de abril de 1897 en este mismo ruedo) y el sevillano Enrique Vargas Minuto, quien a última hora avisó que no podría comparecer al estar todavía convaleciente del percance sufrido tres días antes en la localidad portuguesa de Cascaes, que en tal fecha inauguraba su circo taurómaco. Se contactó entonces con Torerito, pero excusó torear por el reciente fallecimiento de su padre. Y cuando todo estaba dispuesto para que acudiese el veterano Enrique Santos Tortero, se notificó que el sustituto sería Antonio Fuentes. Para la ocasión llegó un encierro de José Moreno Santa María, pero los productos oriundos de la vacada de casta jijona, que en 1840 formara el ganadero cordobés Rafael José Barbero, salieron excesivamente mansos. Solo sirvió un sobrero de José Antonio Adalid salido en sexto lugar. Desde que Guerrita, vestido de perla y oro con cabos rojos, apareció por la puerta de cuadrillas y hasta bien avanzada la lidia del toro que abría el festejo, no cesó la bronca que le dedicaron. Menos mal que el diestro, tirando de recursos y a fuerza de tesón y valor, pudo resolver una situación que se presentó muy comprometida para él, consiguiendo que se le ovacionara con fuerza cuando tumbó al cuarto de una soberbia estocada hasta la empuñadura. Para rematar su labor, durante toda la función se mostró muy activo y brillante tanto en quites como con las banderillas, por lo que en el último toro una gran mayoría de espectadores se le rindieron plenamente dedicándole una clamorosa ovación. Tal y como había pronosticado, se tuvieron que comer los pitos.

El mes de octubre lo inició protagonizando la Feria de Úbeda (Jaén), saldando reses que respectivamente pertenecían a las vacadas de Rafael Surga, mano a mano con Quinito en el lunes primero, y a los Hermanos Nicolás y José Lozano, en compañía de su pariente Torerito, el jueves 4, si bien cedió la muerte del quinto al novillero José Rodríguez Bebe Chico que ejercía de sobresaliente. Con buen clima y mejor entrada, el día 7 se celebró en Barcelona la penúltima corrida de la temporada, con tres toros de José Navarro (antes Salas) y otros tres de Luis Mazzantini, que también actuaba, de los que el burriciego quinto fue reemplazado por un ejemplar de Torres Cortina, al que Guerrita realizó una completísima y labor que fue premiada con un apéndice. Para dar mayor realce a sus fiestas la ciudad valenciana de Gandia programó una corrida de toros, que pertenecieron al hierro de José Clemente y fue un desastre de ganado en todos los sentidos, para Guerrita y Fabrilo, ídolo de aquella región, que resultó herido en el muslo derecho cuando se preparaba para matar al cuarto, motivo por el que Rafael tuvo que vérselas con cuatro de aquellos marrajos que aún lucían la divisa de González Nandín. Sucedió que el padre y otros familiares de Julio Aparici que presenciaban el festejo tuvieron que ser “atendidos de un síncope”. Cabe recordar, como ya ha quedado apuntado, que Fabrilo murió a resultas de una cornada; y añadir ahora que su hermano Francisco, novillero apodado Fabrilo II, fue víctima de un pablorromero de nombre Corucho  (Valencia  30/4/1899). Paradojas del destino, vistiendo el mismo traje grosella y oro que llevaba Julio el día de su fatal percance.

Litografía del Guerra firmada por el torero

Un año más se engalanó Zaragoza para disfrutar su Feria de la Pilarica, que en esta ocasión se compuso de tres corridas de toros acontecidas los días 13, 14 y 15 (fuera del abono se dio un festejo mixto el domingo 21) y en las que Guerrita constituía su máxima atracción. En las dos primeras estuvo acartelado con Antonio Fuentes, junto a las ganaderías de Espoz y Mina y de Pablo Benjumea respectivamente. Del antiguo hierro de Carriquiri solo estoqueó dos, ya que el primero tuvo que ser apuntillado después del castigo que recibió del picador Agustín Molina, con la consiguiente bronca que parte del público llegó a expresar desde un invadido ruedo. Con sus otros dos ejemplares logró calmar la situación, cortándole una oreja a su segundo y redondeando una magistral faena en el último de su lote al que le entró a herir utilizando como muleta la chaqueta que desde el tendido le arrojó un enfervorecido espectador. Frente a los benjumeas debe significarse sus intervenciones en los dos primeros tercios, que fue portentosa en el sexto al banderillear con Fuentes, compartiendo con él una prolongada ovación. La última tarde se encerró en solitario con seis saltillos, de los que uno fue devuelto por presentar defectos en su encornadura, reemplazándolo un ejemplar de Espoz y Mina, cuya muerte, a petición del público, cedió al novillero local Nicanor Villa Villita, que aquella tarde trabajaba como peón. Guerrita tuvo una actuación que en líneas generales describen las crónicas como “mitad por mitad”.

Antes de que en Madrid pusiese término a su magnífica campaña de 1894, Guerrita viajó a tierras catalana. Así, el domingo 18 actuó en Tarragona acompañado de un voluntarioso Quinito, que salió en sustitución de Bombita (aquejado todavía de su mencionado percance en la sevillana Feria de San Miguel), para dar cuenta de un bravo encierro perteneciente a la vacada que Victoriano Ripamilán poseía en la comarca zaragozana de las Cinco Villas, cosechando Rafael un rotundo triunfo al obtener una oreja de los dos últimos toros que compusieron su lote, sobresaliendo la faena realizada con Jardinero, al que sentado en el estribo vio como rodaba a sus pies con el estoque hundido hasta las cintas. Tres días después volvía a realizar el paseíllo sobre el ruedo de El Torin (primer coso taurino construido en la Ciudad Condal, también llamado de La Barceloneta por estar ubicado en terrenos de dicha barriada), para encerrarse como único espada frente a cuatro astados marcados con el hierro de Saltillo, de bonita lámina y aceptable comportamiento, de los que el cuarto murió descordado a consecuencia de un puyazo de Rafael Moreno Beao, y dos bichos de Torres Cortina que dieron un juego desigual. Rafael estuvo superior toda la tarde, recibiendo numerosos aplausos y dos orejas que por unánime petición le concedió el presidente, León Guerrero, quien además ordenó que en honor del califa sonara la música en el quinto ejemplar.

Foto de estudio de Rafael Guerra

Y llegamos al punto final de su temporada, que tuvo por escenario el siempre importante y a la vez complicado coso taurino matritense, y aunque sin la acritud de la comparecencia anterior el panorama ambiental le seguía siendo poco propicio, dividiéndose las manifestaciones en los tendidos cuando el domingo 28 de octubre, ciñendo  un precioso terno encarnado con caireles de oro y cabos negros (los tres jefes de filas vistieron trajes con seda del mismo color) realizaba el paseíllo acompañado del granadino Lagartijillo y de Miguel Báez Quintero Litri (primer matador pero no el fundador de la famosa dinastía taurina onubense), que confirmaba la alternativa recibida un año antes en la Real Maestranza de Sevilla, motivo por el que, siguiendo una bonita costumbre después desaparecida, Rafael le cedió la muerte del primer toro, de nombre Sentimiento, que como el resto del encierro lucía la divisa encarnada y blanca de la ganadería de D. Cristóbal Colón de la Cerda, quien a la sazón era el titular del ducado de Veragua. La tarde se presentó con un cielo tristón después de haber llovido durante toda la mañana (este festejo se aplazó el martes anterior a causa del temporal) y hubo necesidad de acondicionar el ruedo antes de que el presidente, Tomás Minuesa de los Ríos, ordenara a Carlos Albarrán El Buñolero que abriese la puerta de toriles. Por el motivo indicado Guerrita estoqueó los toros tercero (Chaparro, berrendo en negro con apretadas defensas) y cuarto (Desertor, negro bragao, salpicado por los pechos y no mal encornado),  con los que estuvo por encima de las condiciones que le presentaron, siendo muy aplaudido al término de sus respectivas faenas,  sobresaliendo una vez más su saber estar en el ruedo y buena dirección de la lidia, cualidades que puso de manifiesto en diversos momentos de la misma, si bien, donde se llevó la mayor ovación de toda la tarde fue al correr por derecho al toro quinto “llevándole hasta la puerta fingida del 2 y 3 y una vez allí se sienta en el estribo a dos pasos del bicho con mucha tranquilidad. Al abandonar el sitio el público tributa al espada una nueva ovación, en la que caen a la arena sombreros, prendas de vestir, paraguas, cigarros, etc.” (El Toreo, 29/10/1894).

A mi modo de ver, esto fue lo más significativo, que no es poco, de cuanto en los ruedos realizó Guerrita en 1894, campaña en la que totalizó 80 corridas vestido de luces, contando con la valiosa colaboración del muy cualificado personal que llevaba a sus órdenes: los banderilleros Rafael Rodríguez Mojino (amigo y compañero inseparable desde la infancia), Antonio Guerra (su hermano), Enrique Ortega Almendro y Ricardo Verdute Primito. Y como picadores de nómina Antonio Bejarano Pegote (primo suyo), Rafael Moreno Beao, Manuel de la Haba Zurito y José Arana Agustín Molina, a los que en el transcurso de la temporada y como consecuencia de bajas ocasionales se unirían Joaquín Rubio Formalito, Rafael Bejarano El Cano y Rafael Roldán Quilin (estos dos últimos también familiares suyos). Todos ellos de Córdoba salvo Almendro y Primito que eran sevillanos. Como puntillero llevaba a Joaquín del Río Alones, que anteriormente fue con Frascuelo.    

Pero antes de finalizar este artículo y pese a la amplitud del mismo, no me resisto a decir que la historia del Toreo está plagada de múltiples curiosidades. Como ejemplos bien podrían servir la del traje de luces de los hermanos Fabrilo y la coincidencia de dos toros llamados Distinguido en relación con los diestros Jarana y Corchaíto ya referidos, circunstancia esta última  que se repite con dos de las reses estoqueadas en la corrida madrileña últimamente comentada: Desertor, primero que lidió Guerrita y es como se llamó el miura que en la barcelonesa plaza de Las Arenas (7/10/1900) causó la muerte a Domingo del Campo Dominguin, en tanto que Lagartijillo se enfrentó a Matajacas, nombre que llevaría el tepeyahualco que en la capital de México (13/1/1907) hirió mortalmente a Antonio Montes.

Rafael Guerra: De Llaverito a Califa 

Con la temporada de 1894 (80 corridas y 224 toros matados) llegó Guerrita a la cúspide de su reputación y de sus méritos, manteniéndose en lo alcanzado, era imposible llegar a más, y dejando bien definidas las cualidades por las que ha pasado a la historia de la Tauromaquia como el torero más completo jamás conocido, destacando sobremanera su indiscutible maestría en todos los tercios de la lidia y un amplio conocimiento de las reses. “Se atorea con la cabesa”, era una frase que solía repetir.

A modo de resumen recordaremos que Rafael Guerra Bejarano Guerrita (Córdoba, 1862-1941), a lo largo de su ejecutoria profesional totalizó 882 corridas (de las que 137 fueron en Madrid y 56 con ganado de Miura), y mató 2.339 toros, según su muy recordado nieto José Guerra Montilla, gran historiador taurino y mejor amigo. Otro dato a destacar, aunque habría muchísimos de donde escoger, es que de las doce temporadas que toreó, en todas quedó al frente del escalafón salvo la de 1897 que por cogidas, que entonces tardaban mucho en curar, acabó en segundo lugar detrás de Luis Mazzantini. Pero, quede constancia de que el año 1894 fue, sin ningún género de dudas, el de LA GRAN TEMPORADA DE GUERRITA.