jueves, 27 de junio de 2024

URGE REFRESCAR EL ESCALAFÓN

Por Antonio Luis Aguilera 

José Ignacio Uceda Leal. Foto Plaza1

Están en todas las ferias importantes de la temporada. En los ciclos largos por triplicada o cuadruplicada impresión de su nombre en los carteles. Lo peor es que suelen completar sus citas igual que llegaron, haciendo que la afición siga preguntándose ¿y este qué ha hecho para estar otro año en tantas corridas si no justifica en la plaza el trato privilegiado de su inclusión? Nos referimos a los toreros apoderados por Matilla y Casas, los influyentes comisionistas que manejan los hilos que mueven el entramado del toreo. Son quienes los mantienen vivos en los carteles, los que les garantizan unas contrataciones que no se corresponden con las actuaciones de los que viven del recuerdo de lo que fueron, de otro tiempo que se fue y no tiene visos de volver. Han salido de las ferias de Sevilla y Madrid tocados, con el crédito bajo mínimos, pero seguirán ocupando los puestos que deberían pertenecer a quienes legítimamente han ganado en el ruedo lo que le birlan en las ferias.

Borja Jiménez. Foto Plaza1

La tarde que Talavante se dejaba ir un toro de cortijo de Santiago Domecq, con el que no se puso de verdad para torear ajustado, ofreciendo la panza de la muleta y templándolo para llevarlo hacia detrás en lugar de desplazarlo hacia afuera, para cuajarlo como merecía tan bravo, noble y  enclasado animal, hubo otro torero que sin ningún toro de tan excelsas condiciones dejó la gratísima impronta de su toreo clásico. Mientras un Alejandro sin gobierno, con violencia en el manejo de la muleta, poco  compromiso y sonrisas forzadas parecía implorar la complicidad del público, José Ignacio Uceda Leal se centraba en expresar su torería en las pocas embestidas que le ofrecía su lote, con el regusto de su elegante clasicismo, que esa tarde perfumaba la plaza y dejaba en evidencia a los que reparten y acoplan los puestos de las ferias según sus intereses. Cunde el hartazgo ante la abusiva repetición de quienes fueron figuras y son figurantes, toreros descentrados, desmotivados, sin ideas ni compromiso, que se dejan ir toros de verdadero triunfo grande, sin que el petardo sea obstáculo para continuar en las ferias.

Jorge Martínez. Foto Plaza1

Continuar marginando en los carteles a esos toreros que en buena lógica deben renovar el escalafón y lo han justificado en las plazas va contra la esencia del toreo. La pasada temporada, después de años ignorado y gracias al impulso de la «Copa Chenel» de la Fundación del Toro de Lidia, Borja Jiménez pudo dar el salto a un sitio de privilegio, el mismo que este año estaban dispuestos a arrebatarle al menor resbalón. Pero también en los veteranos hay quienes llaman la atención de los aficionados que, hartos de «sota, caballo y rey», anhelan ver en citas importantes, toreros cuestionados e injustamente orillados como Manuel EscribanoDaniel LuqueMiguel Ángel PereraPaco UreñaCurro Díaz Fernando Adrián, y por supuesto abrir la puerta de una vez a esos otros incipientes que en las pocas ocasiones otorgadas han demostrado tener más verdad y ganas de ser gente en el toro, que algunos de los coletas caducados impuestos por los comisionistas. Ahí están esperando a que les hagan caso muchachos con excelentes condiciones, como Jorge MartínezJosé Fernando MolinaVíctor Hernández o Isaac Fonseca, a quienes citamos entre un nutrido grupo de la nueva savia que necesita la Fiesta para ser más atractiva, generar interés y acabar con el aburrimiento de diestros más que previstos y vistos, que por su mandanga y sosería, además de por aquello de que el banquillo curte, tendrían que quedarse un tiempo en sus casas. Urge refrescar el escalafón. Hay que dar paso a quienes demuestran en el ruedo ilusión, condiciones y disponibilidad para justificar su inclusión en los carteles, para los que de verdad quieren ser figuras del toreo, algo que algunos han confundido con un título vitalicio. Las ferias no deben seguir hipotecadas por los intereses particulares de los comisionistas que ejercen como empresarios y apoderados. 

 

miércoles, 29 de mayo de 2024

LOS DONANTES DE SANGRE DE «MANOLETE»

Por Antonio Luis Aguilera

 

«Manolete» entrando a matar a «Islero». Foto Francisco Cano.
Cortesía de la revista «Aplausos»

Al conmemorarse este año el 200 aniversario de la fundación del Cuerpo Nacional de Policía, vamos a recordar un importante hecho donde fue protagonista uno de estos servidores públicos, que manifiesta el ejemplar altruismo y entrega de sus agentes a la ciudadanía. Ocurrió en Linares la tarde del 28 de agosto de 1947, antesala de la larga y agónica madrugada del inolvidable torero Manuel Rodríguez «Manolete», donde sabemos que no faltaron protagonistas que manejaron con mano de hierro la dramática situación, esa que luego contaron a su antojo, después de haber controlado el duelo con un desprecio y frialdad inhumanos, lo que no merecía el hombre que agonizaba desconociendo que en una habitación cercana a la suya habían escondido a «Lupe Sino», su pareja de hecho, la mujer que amaba, con la que convivía desde 1943, a la que no dejaron entrar para acompañarlo en sus últimas horas. Como hemos escrito otras ocasiones, el toro Islero pasaba por allí, y arrebatándole la vida cargó con muchas culpas inconfesables de lo que era una muerte anunciada.

Pero desde que Islero y «Manolete» se encontraron a muerte en la última suerte suprema del formidable estoqueador cordobés, hubo otros personajes menos conocidos y llenos de humanidad, que sin afán de protagonismo ni ánimo de pasar a la historia con ninguna etiqueta afectiva, en todo momento estuvieron dispuestos a colaborar en lo que fuera necesario para recuperar al torero, a quien al caer aquella tarde de corrida se le escapaba la vida por la tremenda hemorragia que le produjo la cornada del toro número 21, negro entrepelado y bragado de Miura. Fueron sus donantes de sangre.

Juan Sánchez Calle. Foto Cano

El primero fue Juan Sánchez Calle, cabo de la Policía, que conocía al matador de toros desde que juntos sirvieron como artilleros en el destacamento de El Carpio (Córdoba), y que antes del paseíllo se fotografió con el torero en la puerta de cuadrillas. Después vio la corrida desde el callejón y en tan privilegiado como cercano lugar pudo observar la cornada a pocos metros de donde el torero se perfiló para entrar a matar. Tras el percance acudió con el herido a la enfermería, donde los médicos pidieron inminentemente sangre al ver la hemorragia. Juan Sánchez se ofreció y fue elegido. Despojándose de la guerrera y remangándose la camisa, ocupó una silla junto a la mesa de operaciones para que los médicos practicaran,  de su brazo al del torero, la primera transfusión. 

Al llegar la noche, trasladado el herido al Hospital de los Marqueses de Linares, la severa debilidad obligaba a volver a operar y transfundir nuevamente. En esta ocasión, el segundo y último donante elegido fue el matador de toros de La Carolina (Jaén) Pablo Sabio González «Parrao», que a mediodía en el Hotel Cervantes había conversado con su compañero sobre la maravillosa experiencia vivida en México, el país cuya afición adoraba a «Manolete» tanto como el torero amaba a esa nación, a la que llevaba en el alma por el cariño y la admiración tan grande que su afición le hizo sentir. En principio «Parrao» pensaba que su sangre no sería útil, pero analizada por la farmacéutica de Linares y transfusora doña María Luisa López Jiménez, se comprobó que era del grupo universal, la idónea para auxiliar a su compañero. 

Así lo recordaba Pablo González en el libro «Vida y tragedia de Manolete», escrito por Filiberto Mira y publicado en 1984 por la revista «Aplausos»: 

Pablo González «Parrao» junto al cadáver de «Manolete».
Foto Francisco Cano. Cortesía de la revista «Aplausos»

—«Pasé al quirófano donde estaban operándole. Me sacaron los primeros 350 centímetros cúbicos de sangre, y vi perfectamente lo bien que reaccionó «Manolete» cuando se los pusieron. Serían las diez y pico de la noche, y lo seguían operando. Después hice otras dos donaciones. Fueron tres en total y todas en el hospital. 

Me pusieron en una habitación, junto a la de «Manolete». Me dieron ponche con yemas bebidas. Vendaron a Manolo y lo pusieron en una habitación; que como digo estaba junto a la que yo ocupaba.

Había pasado una hora después de esa primera transfusión; cuando me volvieron a sacar otros 350 c.c. de sangre. Yo vi cómo se la pusieron a «Manolete»; que conmigo no habló. Volví a darme cuenta que mi sangre le reanimaba.

Un par de horas después -ya de madrugada- por tercera vez me extrajeron 350 c.c. de sangre. Esta tercera no se la vi poner a «Manolete». Entré en su cuarto, y noté que quiso decirme algo, estaba muy débil. Me miró de una forma especial, como queriéndome dar las gracias». 

La farmacéutica doña María Luisa López Jiménez sujeta
el instrumento que sirvió para hacer las transfusiones.
Foto Francisco Cano. Cortesía de la revista «Aplausos»

En declaraciones para el libro citado, la farmacéutica doña María Luisa López Jiménez afirmaba: «Preparé tres transfusiones para «Manolete». Se le aplicaron un total de 1.750 c.c. entre sangre y compuestos. Toda la sangre que preparada por mí y se le puso a «Manolete» en el hospital fue universal y la donó «Parrao». Personalmente, fue al único que se la extraje. «Parrao» estuvo hecho un héroe. Ya que dijo que no le importaba quedarse sin sangre con tal de salvar la vida de «Manolete».

El desenlace de aquel drama resulta conocido por los aficionados. En la bochornosa madrugada de las postrimerías de agosto los doctores don Fernando Garrido Arboleda, don Julio Corzo López y don Manuel Tamames mostraron su disconformidad con el criterio mantenido por don Luis Jiménez Guinea, partidario de una nueva transfusión. Le argumentaron que en la operación hospitalaria al torero tuvieron que suspender la segunda transfusión por dolor en los riñones, lo que consideraban signo de rechazo. Pero el cirujano llegado expresamente desde Madrid la consideró idónea y ordenó una nueva transfusión al herido, que este volvió a rechazar momentos antes de su muerte. La polémica de la última transfusión continúa a pesar de los años transcurridos.

La última sonrisa de «Manolete» obligado a
saludar por el público de Linares tras el paseíllo
la tarde del 28-8-1947. Foto Francisco Cano.

Sin embargo, el propósito de estas líneas es recordar y homenajear el altruismo de los dos donantes de sangre que tuvo el torero cordobés Manuel Rodríguez Sánchez, cuyos nombres suelen ignorarse en muchos de los reportajes escritos y documentales grabados sobre la fatídica tarde-noche de Linares. Por eso queremos recordar a esos personajes tan humanos que fueron el cabo de la Policía Juan Sánchez Calle y el matador de toros Pablo S. González «Parrao», que generosamente, ofreciendo su propia sangre, hicieron todo lo que estuvo en sus manos por salvar la vida de «Manolete».

martes, 21 de mayo de 2024

DESDE EL TENDIDO 4

Por Antonio Luis Aguilera

La juventud saca a hombros a Roca Rey. Foto José Luis Cuevas.

Terminó la feria de Córdoba. Posiblemente la más extraña que desde 1965 se ha celebrado en la historia de la plaza califal. Una corrida de toros, otra anunciada como mixta, que parecía un festival pero cobrado a precio de corrida, y una novillada «mano a mano» que no era tal, porque carecía del fervor y demanda de la afición. Todo se anunció a lo grande, con una gala celebrada en el Gran Teatro de Córdoba como si se anunciara una de las ferias de once festejos que se celebraban en «Los Califas» en los años noventa. Y todo terminó en una gran decepción para los aficionados cordobeses, esos que ahora son menos que nunca, pero no son imbéciles, los que abandonaron la plaza cabreados, preguntándose donde está el filtro de la autoridad gubernativa para cumplir el reglamento y evitar que en un coso de primera categoría se lidien encierros propios de Andújar, Écija, Lucena o cualquier plaza de tercera.

En cuanto a la asistencia de público: media plaza para la novillada, otra media para el «festival» o mixta «XL», y tres cuartos para la corrida programada, aforos que considerando las 13900 localidades del coso y los precios de taquilla habrán permitido salvar con éxito el presupuesto de la miniferia. Destacar en lo positivo, como puede observarse en la fotografía de José Luis Cuevas, la gran afluencia de público joven.

La novillada no tuvo historia y el supuestamente reñido «mano a mano» quedó en nada. Si  en algo compitieron Manuel Román y Marco Pérez fue en torear sin ponerse, citando por fuera y abusando del pico para torear en oblicuo, desplazando las embestidas de un encierro noble y manejable de Jandilla que exigía algo más de compromiso.

En el «festival», el rejoneador Diego Ventura intercaló un poco de todo, a modo de menú de degustación, sin que su actuación alcanzara el grado de toreo ecuestre de otras tardes. Morante, con un lote manso de Román Sorando, evidenció su escaso compromiso, y el novillero Manuel Román, con utreros de El Parralejo, estuvo francamente bien con su primer oponente, con el que demostró que sabe torear de verdad, pues se colocó, lo enganchó y lo llevó hacía atrás en templados y hermosos muletazos —los mejores que ha dado en sus actuaciones en Córdoba—, mientras que con el segundo, más exigente, la cosa no pasó de intentos.  

La corrida programada fue la que congregó más público. El cartel interesaba y la gente evidenció que acude a lo bueno. Lástima que para la ocasión la empresa hubiera adquirido una impresentable corrida de Domingo Hernández, un encierro impropio para una plaza de primera, que en ningún momento debió superar el reconocimiento veterinario. Morante, que repitió actuación sustituyendo al lesionado Manzanares, demostró que había venido a cobrar; Juan Ortega dibujó los momentos más templados y toreros de la tarde; y Roca Rey, fue el triunfador y se marchó a hombros por la puerta grande tras cortar tres orejas, en una tarde con el fervor popular de su lado, donde hubo más toreo de efectos especiales, desplazando las embestidas hacia afuera, que de ese otro embraguetado de manos bajas y poderosos muletazos con el que ha conquistado a las aficiones más exigentes. Sería que la fácil y ruidosa plaza cordobesa invitaba al alivio.

Por lo demás, apuntar una mala organización en el acceso y evacuación de la plaza, donde por ajuste de presupuesto en porteros no se abrieron todas las alas de las puertas y se formaron largas colas para entrar y salir; una banda de música sin criterio, que tocaba a demanda para amenizar y desesperar; un callejón atestado de «beneficencia», y escasos momentos taurinos para recordar. Una feria sin historia, de las más decepcionantes en la presentación del ganado que se recuerdan en la plaza, donde si algo ha quedado de manifiesto es que Córdoba, con permiso de la autoridad competente, se ha convertido en un auténtico «coladero».

 

jueves, 16 de mayo de 2024

ANIVERSARIO DE «JOSELITO»


José Gómez Ortega Joselito 
Por Antonio Luis Aguilera

Hoy se cumplen 104 años de la muerte de «Joselito» en la plaza de Talavera de la Reina. Nuestro recuerdo para el grandioso torero que no solo llevó a su cenit el toreo del siglo anterior, siendo comparado por intuición, sabiduría, poder e inmensa torería con el genial «Guerrita». Al último rey del siglo XIX lo heredaría el menor de los «Gallo», que además desbrozaría en su reinado el camino que conducía al toreo moderno. 
Fue José Gómez Ortega quien con la muleta en la mano izquierda ejecutó el pase natural obligando al toro a desviar su trayectoria, sujetándolo para obligarlo a ir hacia el terreno de adentro, y colocar de esta forma la primera piedra en la técnica de la ligazón. «Joselito» fue el gran maestro que enseñó a ligar los pases naturales, con un toreo experimental que incluyó en su modelo de faena de muleta, el que tras su muerte rescataría y refinaría con la gracia de su arte Manuel Jiménez «Chicuelo», y que continuaría en manos de Manuel Rodríguez «Manolete» para ser consagrado de forma definitiva como el canon del toreo moderno. 
En homenaje al inolvidable torero de Gelves insertamos el enlace al magnífico documental titulado «Joselito, el torero sabio», que desde el pasado día 13 puede verse en Canal Sur y le invitamos a profundizar en la grandeza histórica del torero sevillano, que como podrán comprobar fue un genio irrepetible para la Fiesta de los toros.



 


sábado, 13 de abril de 2024

SEVILLA HA CAMBIADO

Por Antonio Luis Aguilera

Plaza de toros de Sevilla

Una de las cosas que caracteriza a una plaza de toros es el criterio de su afición y de la autoridad que ocupa el palco presidencial. Sevilla siempre fue una plaza con sello propio, donde sus silencios pesaban como una losa avergonzando a los toreros, y la entrega de su público era signo de reconocimiento y respeto: la aprobación de una obra bien hecha. Hasta en esa entrega Sevilla siempre fue cauta para administrar su saber ver el toreo, para analizar el comportamiento de los toros, y para medir en su justa medida la lidia. Salvo con algunos de «sus toreros», que gozaron de trato especial, Sevilla fue una plaza dura para la torería foránea, que debía de estar muy espabilada y hacer las cosas mejor que bien para obtener un triunfo que siempre otorgaba categoría.

Pero Sevilla ha cambiado, ya no es la misma. Por ley de vida han desaparecido aquellas generaciones de grandes aficionados que precedieron a los que hoy ocupan los asientos de la plaza más bonita del mundo. Y aunque todavía mantiene una afición selecta que ya quisieran para sí muchas plazas, entre los cabales que distinguen el paño se mezcla una masa triunfalista de escaso saber y menos prudencia, que estalla al primer lance o muletazo sin esperar para comprobar el planteamiento de la lidia, el acierto de los terrenos elegidos, el acoplamiento entre los protagonistas, o sin medir si el desarrollo, templanza y resolución de la suerte cobra idéntica verdad y belleza a la del embroque que provocó un precipitado estallido de júbilo. Ya no suele escucharse ese runruneo general del «bien» que precedía al ole emocionado con que estallaba toda la plaza.

Del mismo modo, tampoco se valora proporcionalmente la resolución de la faena, la firma que con el acero ha de estampar el matador sobre la cruz del animal. Como en tantas otras plazas, ahora lo importante es que el toro doble pronto, sin importar mucho la ejecución de la suerte suprema, la trayectoria de la espada y el lugar de la anatomía donde se haya alojado. Las estocadas que hace años se criticaban porque estaban en «el rincón» hoy serían estoconazos de primera categoría ante esos sablazos que se alojan en los bajos e incluso en «el chaleco», sin que importen mucho o poco para solicitar del palco un premio grande para el torero.

Y si el palco lo ocupan aficionados que llegado el momento de tomar su decisión no son capaces de soportar la presión de los triunfalistas, al relevo generacional del público de la plaza se suma ese otro cambio de criterio de un palco que ahora no valora en su justa medida la excepcional bravura de un toro en el ruedo antes de rajarse por estar pasado de faena, o que desde ese balconcillo, que nunca fue fácil para los toreros —salvo para algunos de Sevilla, como ya hemos dicho—, ahora flameen pañuelos blancos a pares ninguneando la categoría de una plaza que siempre fue única. En el tramo que va de feria se han tomado decisiones impropias por el presidente de las corridas, como no premiar con la vuelta al ruedo a un excelente toro, o regalar una Puerta del Príncipe, por razones que trascienden a las taurinas, a un matador que ofreció una gran tarde de toros y debió cortar una oreja de peso en cada toro. Esperemos que el palco vuelva a ser el palco y la tómbola de premios baratos siga donde tiene que estar: en la calle del infierno del recinto ferial.

 

lunes, 8 de abril de 2024

EN RECUERDO A JUAN BELMONTE


JUAN BELMONTE GARCÍA
(SEVILLA 14-4-1892/UTRERA 8-4-1962)
Juan Belmonte «El Pasmo de Triana» 
Escultura de Venancio Blanco en el Altozano de Triana,
frente a la plaza de toros de la Real Maestranza de Sevilla. 

 

EL ÚLTIMO ENCIERRO

Manuel Benítez Carrasco

 

¡Cómo pudo, cómo pudo

con un torero tan grande

un torillo tan menudo!

 

Los pitones van torcidos,

el plomo marcha derecho;

aquellos te hirieron tanto,

éste, una vez, y estás muerto.

 

¡Cómo pudo, cómo pudo

con un torero tan grande

un torillo tan menudo!

 

En el silencio del cuarto

—soledad de redondel—,

tú, y un torito de plomo

pequeño, que ni se ve;

y una arrancada de pólvora,

una cornada en tu sien,

y tu muerte en la pasmada

soledad del redondel.

Un hilo manso de sangre,

sin posible enfermería, 

poco a poco se cuajaba,

roja escarcha, en tu mejilla.

 

¡Cómo pudo, cómo pudo

con un torero tan grande

un torillo tan menudo!

 

¿O es que, cuando aquel torillo

de lumbre te dejó frío,

ya estabas empitonado 

por el toro del hastío…?

¿Qué corrida de amargura

bajo tu frente abatida;

qué toros de sinsabor

en la plaza de la vida;

qué toros de sin sabor

andaban dando cornadas

dentro de tu corazón…?

 

¿Acaso quisiste huirle

—qué tremenda única vez—

a ese toro, con frecuencia

marrajo, de la vejez…?

 

¿Fue que volviste la espalda

—qué única vez con razón—

al eral, florido, tierno

y astifino del amor…?

 

¿Fue que le tuviste miedo

—qué única vez de agonía–

al toro manso, más manso,

al de la melancolía…?

 

¿O más bien, que no quisiste,

porque no, torear más

al reservón, negro y largo

toro de la soledad…?

 

Si no pudieron contigo

los toros de furia brava

que matan a pitón limpio;

si no pudieron contigo

—si es verdad que no pudieron—

esos toros que te digo,

los del amor, la vejez,

la soledad, el hastío…

 

¿cómo pudo, por qué pudo

con un torero tan grande

un torillo tan menudo?

 

Los pitones van torcidos,

el plomo marcha derecho;

aquellos te hirieron tanto…;

éste, una vez, y estás muerto.

 

Y en el aire, la pregunta

está vestida de negro,

arañándose la duda:

 

¡Cómo pudo, por qué pudo

con un torero tan grande

un torillo tan menudo!


Juan Belmonte García

 

Tomado del libro «Los toros en la poesía de Manuel Benítez Carrasco».

Editorial Castillejo. Sevilla.

miércoles, 27 de marzo de 2024

GABRIEL DE LA HABA «ZURITO»

Por Antonio Luis Aguilera

Gabriel de la Haba «Zurito»

Ayer 26 de marzo, martes santo, a los 78 años de edad, dejó de existir en su querida Córdoba natal el matador de toros Gabriel de la Haba Vargas, miembro de la torera dinastía de los «Zurito», cuyo fallecimiento deja una honda huella de gratitud en quienes tuvimos la suerte de contar con su amistad.

Queremos rendir homenaje al espada del torerísimo barrio de Santa Marina con algunos de sus propios recuerdos sobre su época, aquella de los años sesenta, donde en los ruedos supo destacar por la verdad de su torería y gran hombría ante los toros, la misma que siempre le caracterizó en la vida —se torea como se es— como un cordobés serio y cabal, amigo de sus amigos, nada dado a chismes ni a moscones, dispuesto mientras las fuerzas le acompañaron a colaborar con su arte en las obras benéficas que fueran precisas para remediar el sufrimiento ajeno. Lo que se conoce como un tío y un torero de la cabeza a los pies.

Gabriel durante la tertulia. Foto Marogo

Las declaraciones que publicamos fueron realizadas en  la tertulia celebrada el ya lejano 10 de mayo de 1991 en el desaparecido Hotel Meliá Córdoba —el hotel de los toreros— y fue emitida por Onda Cero Radio.

 

De la antigua plaza  de toros de «Los Tejares» de Córdoba, Gabriel recordaba:

—Recuerdo la plaza de «Los Tejares» como mi segunda casa. Allí me crie y me hice hombre. Mi pena fue no tomar allí la alternativa. Fueron circunstancias de la vida, de los profesionales, se truncan las cosas…

Allí fue ese gran acontecimiento nuestro, de Agustín Castellano «El Puri» y mío, que marcó un hito en la historia del toreo, pues en una novillada sin caballos no se ha puesto el cartel de no hay billetes nada más que aquel día.

Recuerdo todos los pormenores y las grandes satisfacciones que me llevé, porque allí fue donde se hizo mi carrera y viví todo. Incluso mi padre, siendo asesor de la plaza —muy severo por cierto—, no me dejaba entrar —que él tenía posibilidad— y yo tenía que agarrarme a las amistades de los toreros cuando entraban, incluso colarme corriendo.

Quise tomar la alternativa en aquella plaza que llevo en el alma… Pude, pero no hubo acuerdo… Esa es mi única pena. Para mí todo son recuerdos… Incluso lástima.

El torero con el autor de este texto

Sobre la inauguración de la actual plaza de «Los Califas», donde figuró en tercer lugar en el cartel del 9 de mayo de 1965 —fecha que coincidió con la coronación canónica de la Virgen de los Dolores de Córdoba, que tuvo lugar por la mañana—con José María Montilla y Manuel Benítez «El Cordobés», Gabriel rememoraba:

—Los recuerdos de aquel día son inolvidables, porque me sucedieron dos cosas: la primera, la inauguración del coso en uno de los días más relucientes de la historia de Córdoba; la segunda, que venía arrastrando un gran bache en mi profesión, como consecuencia de la grave cornada que me dio un toro en Jaén.

En Sevilla se me dio mal la feria, y ya había decidido que si en Córdoba el día de la inauguración no se me daba bien me marchaba del toreo, porque cuando no van las cosas lo mejor es irse. Fue un bache profundo. Pero mira por dónde aquel día, como consecuencia de los dos toreros que tenía al lado, que arreaban, pues no me  dejé ganar la pelea. Las cosas se dieron bastante bien y a partir de ahí empecé otra vez a tomar vuelo. Ocurrieron esas dos cosas: la inauguración y encontrarme de nuevo conmigo mismo. 

 

El toreo al natural de Gabriel 

Aquella tarde, a Manuel Benítez le pegó una cornada en la axila el segundo toro de la tarde, en la enfermería solicitó que le infiltrarán para salir a matar al quinto, lo que herido hizo con gran éxito cortándole las dos orejas y el rabo. Gabriel recordaba a su compañero.

—Su raza era indiscutible. Ahí lo tiene la historia. Pienso que los demás toreros lo teníamos que haber tomado como ejemplo. Pero en fin, cada uno tiene su forma de ser y su personalidad. No obstante, quiero resaltar de ese hombre esa gran virtud de poderío para sobreponerse a todas las circunstancias de su profesión, aunque fueran las más adversas del mundo. Para mí ha sido lo más envidiable, porque en una profesión donde todo son inconvenientes, sustos y malos ratos, la forma con que ese hombre resolvía su papeleta, con responsabilidad y solvencia, ha sido la envidia de todos nosotros.

Eso quizá fue lo que me hizo reencontrarme conmigo en el último toro de la tarde. Aquel toro salió manso, costó trabajo picarlo y no se le pudo torear de capote. Hasta la gente se estaba levantando para irse. Pero ese acto de Manuel Benítez de salir en el quinto toro estando herido fue lo que me hizo sobreponerme a las dificultades que tenía mi toro. Al final, me eché la muleta a la mano izquierda y le corté el rabo. Aquello fue sensacional. (Gabriel, en un gesto de torería, renunció a salir a hombros por respeto a Manuel Benítez, que por estar herido tampoco lo hizo).

 

En aquellos años sesenta Córdoba gozó de una amplia baraja de grandes toreros. Debido al amplio número de toreros en activo a veces fue complicado anunciarse en los carteles de la feria.

—Ese problema lo hubiéramos querido tener todos los años, no solo en los sesenta. En toda la historia del toreo cordobés nos hubiera gustado tener esa dificultad. Nosotros podemos decir orgullosamente que estuvimos ahí, en esa época en la que había ocho o diez profesionales que paseaban el nombre de Córdoba por todas las ferias de España.

 

«He sido torero por encima de todo»

Sobre el torero de los años sesenta y el de los noventa, cuando tuvo lugar la conversación, Gabriel opinaba:

—El toreo de hoy es más chivato. Ahora ves a un profesional y te está contando con detalle las circunstancias y el porqué. Me estoy refiriendo a que el toro de hoy te deja torear más despacio, te deja estar menor rato delante, y las circunstancias son distintas a nuestra época. Aquel toro tenía mucha movilidad, y el problema estaba en que tenías que ser una excepción como ese Antonio Ordóñez, que los paraba en la misma muleta y los estrellaba… Por eso era Antonio Ordóñez. Para los demás, que no teníamos ese privilegio, pues además de nuestras cualidades todo era base de cojones y amor propio, pero no se podía templar el toro como hoy por sí mismo se templa. Hoy cualquier chaval torea despacio, pero ¿por qué? Pues porque el toro se presta a ese toreo, la prueba está en que se torea despacio o no se torea porque el toro  se para. Esa es la diferencia.

En el estar mal sí que existe una gran diferencia entre esta época y aquella. Antes nos tirábamos al callejón y hoy no pasa nada. Hoy un torero puede estar bien o no, pero tirarse al callejón no se tira.

Para mí fue una desgracia tener que comer del toro arrimándome, porque lo que me hubiera gustado es tener una calidad excepcional, para comer de esto sin tener que jugármela todos los días, y sin tener que mancharme «vestío» tras «vestío».

Pero la verdad es que cambia el sistema de vida. Todo cambia, y el toreo no es una excepción. Hoy no puede uno arrimarse al toro, porque se para y cuando se para, el torero lo que tiene que hacer es coger los trapos e irse, porque el toreo tampoco es echarse encima de los toros. Eso de la casta y la raza tiene que ir compaginando de calidad. Además, ahí está el público que ha vuelto a interesarse por la calidad, no por las barbaridades.

 

Preguntado qué se llevaba del toreo, Gabriel contestó:

—Me llevo todo, porque he sido torero por encima de todo; sin haberlo querido. Con eso te digo bastante…

 

Para finalizar aquel espacio radiofónico quisimos que recordara alguna anécdota simpática de su carrera. 

—Maté una corrida en la plaza de «Vista Alegre» de Madrid la tarde de «Antoñete» con el toro de Osborne «Las Ventas». Bajaba ya vestido de paisano al vestíbulo del hotel cuando subían los de «Las Ventas»; entre ellos Victoriano Valencia, que iba a impecablemente vestido de torero. 

Le dije: «Victoriano, ¿vas o vienes de la plaza…? 

 

Descanse en paz el respetado torero y buen amigo.