lunes, 27 de marzo de 2023

EL CARTEL DE TOROS

Por Luis Rodríguez López*

«Manolete» en el cartel de Carlos Ruano Llopis

La historia del cartel taurino es, a la misma vez que amplia y diversa, tan rica y evolutiva en sus formas expresivas como la propia Fiesta de Toros, y ha experimentado en el transcurso de los años las mismas transformaciones que la propia Fiesta que les da motivo y razón de ser, llegando a convertirse no sólo en elemento meramente anunciador de un evento, sino en una parte importante de la propia liturgia que rodea y da carácter al mundo mágico y ancestral del rito taurino.

Cuando allá por el siglo XVII la nobleza cede el protagonismo de la Fiesta a las manos del pueblo, su legítima fuente creadora, el Cartel de Toros comienza paulatinamente a desarrollarse. Sin entrar en la extraordinaria fuerza de atracción que la Fiesta ejerció siempre en los grandes pintores, es a partir del siglo siguiente cuando comienza su verdadera expansión, que alcanza un cenit de extraordinaria inspiración creativa realizada por magníficos pintores y dibujantes, que se convierten en auténticos especialistas de la cartelería taurina, requeridos por algunas industrias litográficas que atienden demandas de empresarios del espectáculo taurino.

Así se abandona o se reduce a las mínimas expresiones la  utilización de la tipografía, que habiendo alcanzado su máxima expresión carece de más movilidad de elementos, y cede el protagonismo mantenido en la confección del cartel taurino a las nuevas técnicas de la litografía, impulsada por el genio creativo de los ilustradores de revistas taurinas.

En su origen, la litografía se confeccionaba en una piedra porosa calcárea, donde se dibujaba con pincel o lápiz litográfico con un componente de materia grasa. Concluido el dibujo, la piedra se bañaba en agua y luego se le pasaba un rodillo entintado, adhiriéndose así la tinta a la parte dibujada y quedando para la impresión o para el retoque. Posteriormente la piedra fue sustituida por planchas de zinc, pero siempre grabadas directamente sobre ellas, hasta la aparición del fotograbado que es otra técnica distinta.

«Manolete» en el cartel de José Cros Estrems

Las diferentes publicaciones taurinas que proliferaron en la segunda mitad del pasado siglo fueron los semilleros para aquellos cartelistas taurinos, que utilizaban con profusión multitud de elementos de todo tipo para realzar el elemento puramente taurino.

«La Lidia», sobre todas, «Sol y Sombra» y «El Chiquero», entre otras, incorporan en lo taurino lo que otras revistas como «El Violón», «El Guirigay»,  «Gil Blas», etc., hacen ya temas generales, y llaman a sus redacciones a dibujantes y “estampistas” que realcen el contenido de sus publicaciones.

Los mejores de la época son, sin duda, los hermanos Alfredo y Daniel Perea, autores de las siempre famosísimas láminas de «La Lidia» y que a través de ellas, como de la cartelería que confeccionan, se hacen acreedores a ser denominados, y con muchísima razón, los primeros protagonistas de la Fiesta.

Los hermanos Perea y sobre todo, Daniel, hacen con sus láminas y sus carteles que muchas personas se aficionen al tema taurino solamente viendo sus famosísimos dibujos.

Junto a ellos debemos citar también nombres como los de Chaves, Cilla, R. Esteban y Marín, todos de encomiable estilo, que en su mayoría graban e ilustran a la misma vez, aunque el resultado de las láminas y de los carteles fuesen labor de artesanos, que casi siempre estaban vinculados al taller del dibujante o de la revista.

A principios del siglo XX hay otra renovación en el cartel taurino, y colaboran con imprentas como la de Ortega de Valencia grandes artistas, que dan renovado esplendor a ese elemento vital de las corridas que es el cartel: Roberto  Domingo, Carlos Ruano Llopis, Juan Reus, Cross Estrems y otros, plasman verdaderas y auténticas obras maestras de esplendorosa grandeza.

Desde los años ochenta del siglo pasado, las nuevas tecnologías de impresión introducen elementos como la fotografía, de la que últimamente se está abusando, quizás en demasía, aunque afortunadamente y en tiempo muy reciente, se vuelve a la inquietud artística de presentar carteles taurinos, con la originalidad creativa que nunca debería perder un espectáculo basado fundamentalmente en la autenticidad, en el colorido y en la estética más gallarda que pueda encontrarse en  ninguna otra manifestación artística.


*En memoria del gran aficionado cordobés Luis Rodríguez López, de cuya empresa de artes gráficas salieron los excelentes carteles que anunciaron muchas ferias de Córdoba. Este artículo fue publicado en la feria del año 2000 por el Semanario «La Calle de Córdoba», en un extraordinario suplemento taurino titulado «Córdoba, cien años de toros», dirigido por Rafael Sánchez González.

sábado, 18 de marzo de 2023

VER AL TORO PARA ENTENDER EL TOREO

Por Antonio Luis Aguilera 

Saber ver al toro para entender el enigma de su bravura

No solo el torero ha de saber ver al toro para interpretar el enigma de su bravura. También el espectador, aunque siempre en distinta medida, porque cómo lo sabe ver un torero nunca lo hará ningún aficionado por experto que sea, para entender la lidia ha de saber ver al animal, comprender su conducta, graduar la escala de su bravura, bien sea ofensiva, defensiva o con retazos de ambos matices, para aprobar el planteamiento de la lidia del diestro. Por eso llevan razón aquellos que, ante la división de criterios sobre una actuación, aseguran que hay tantas faenas como aficionados había en la plaza. 

No obstante, al espada hay que juzgarlo en base a las interrogantes que ha resuelto de las planteadas por el toro, por la manera de entenderlo y aplicar sus conocimientos para potenciar virtudes o corregir defectos. Así las cosas, si el espectador, más allá de aguardar una expresión artística que puede no llegar, no entra en la partida, sin duda estará incapacitado para juzgar lo que pasa en el ruedo, porque quien no sabe ver al toro carece de objetividad y no está capacitado, ni éticamente legitimado, para opinar de la actuación del torero que desde el tendido ha mirado sin ver.

La peor ceguera de algunos espectadores, que se jactan de severos, viene causada por la ridícula idea de considerar inalterable un concepto y pretender convertirlo en dogma, por ejemplo: la sacralización de la bravura. Se ignora su evolución histórica, unida al propio toreo. Esta singularidad del toro de lidia no fue igual en el toreo primitivo que en épocas posteriores, gracias al buen trabajo de los ganaderos, que supieron adivinar el toro que por hechuras, fijeza y entrega demandaba cada tiempo, para que fuera posible un arte más estilizado.

Los criadores lo buscaron en la selección y lo hallaron, ofreciendo al toreo un animal más armónico y proporcionado, con mejores hechuras y superior entrega, clase y fondo, que sin perder la agresividad y nobleza que lo diferencia del ganado bovino de abasto, permitiera transformar la lidia, entendida como lucha y burla de las acometidas, en un encuentro artístico de superior rango, por su belleza y quietud. 

Fueron los criadores quienes escucharon las demandas de históricos espadas, como el genial Rafael Guerra «Guerrita», y hallaron otro toro para otro toreo, para que el torero se pudiera parar y expresar su acento artístico, templar con gracia, modelar acometidas,  y otorgar plasticidad al encuentro con la despaciosidad de una fuerza creativa que posibilitaba mandar y ligar esa embestida, indispensable para que relampagueara la belleza efímera de instantes inolvidables. Momentos maravillosos que para captarlos requieren atención, conocimiento y sensibilidad artística, pues sin esta será imposible participar en la comunión que se crea en la plaza cuando cristaliza el toreo, el único arte vivo de todas las artes.  

La singular belleza del toreo al natural de Juan Ortega. Foto Arjona

Y para ser partícipe de esa comunión hay que saber ver el toro, distinguir entre las manifestaciones de la bravura y del genio, entre la entrega humillada de la noble embestida y la defensa áspera del arreón. Identificar los bravos rasgos de nobleza, fijeza, prontitud, entrega, clase, recorrido, ritmo sostenido, fondo. Adivinar cuando empieza a mentir en la lucha antes de que definitivamente se raje y busque tablas, observar cuando comienza a aburrirse al rematar la embestida, a protestar en las telas, a frenarse y medir al torero, a reservarse esperando el descuido para hacer presa. 

También es indispensable observar el planteamiento del torero en la resolución de cada incógnita en el ruedo, porque cada toro es un problema que salta con dos pitones, al que hay que someter con inteligencia, sin brusquedad en las formas ni en los toques, invitándole suavemente a tomar las telas para llevarlo despacito, sin olvidar nunca que a buenos modales responderá de igual forma, pero a los violentos recordará que para fuerza bruta la suya. 

Saber ver el toreo requiere descifrar los enigmas de cada toro, entender el planteamiento del torero, valorar la suma de entregas, las del animal y la del hombre, protagonistas de soledad y miedo cada tarde de corrida, dignos merecedores del respeto más absoluto de quienes de verdad aman el toreo, de todos esos aficionados auténticos que tan acertadamente supo retratar un gran entusiasta de la Tauromaquia, el periodista y escritor francés Jean Cau cuando escribió: «Amar los toros es, cada tarde, a eso de las cinco, creer en los Reyes Magos e ir a su encuentro».

jueves, 9 de marzo de 2023

EL DÍA QUE LLORÓ «GUERRITA»

Por Rafael Sánchez González      

Antonio María Bejarano Millán «Pegote»

En febrero de 1887 y a modo de ensayo para la alternativa, fijada ya para el otoño, toreó «Guerrita» en Madrid una serie de novilladas, en las que salieron con él como picadores Francisco Parente «El Artillero», muy conocido de aquella afición, y Antonio Bejarano Millán, mozo fornido y de arrogante presencia que comenzaba a picar con habilidad y valentía y al que, indistintamente, apodaban «Cono» o «Pegote». Acartelado con el primero de estos alias hizo su debut en la Corte el día 27 —festejo en el que «Arriero», del Duque de Veragua, le infirió un puntazo en el pie derecho—, y a partir de la novillada del 12 del siguiente marzo adoptaría definitivamente el de «Pegote», con el que alcanzaría justa fama.

Todo transcurría con normalidad a las órdenes de Rafael Guerra, primo hermano suyo, hasta que en 1892 el comportamiento de Antonio Millán comenzó a preocupar a todos sus compañeros de cuadrilla, situación que se vería agravada el siguiente año, al extremo de que «Guerrita», tras actuar en Logroño (22/9), hubo de aconsejarle su regreso a Córdoba. Así lo hizo, pero a su paso por Madrid, no se le ocurrió otra cosa que personarse en el Gobierno Civil para denunciar el robo de unas alhajas del que, según él, había sido víctima, suceso que sólo existía en su ya trastornada mente. Y lo peor fue que no quedó ahí la cosa, porque, aquella misma noche se echó a la calle casi desnudo, portando en sus manos una lavativa y provocando un gran escándalo, ya que, además de gritar y proferir insultos, golpeaba a cuantos sorprendidos transeúntes encontraba a su paso, amén de algún municipal que avisado del alboroto acudió con intención de detenerle. Gracias que coincidió a pasar por allí su compañero y amigo José Galea Jiménez, banderillero gaditano enrolado en las filas de Mazzantini, que anteriormente había pertenecido a las de su primo Rafael Bejarano «Torerito», quien, reconociéndole, salió en su defensa y se  lo llevó a la fonda «La Gregoria», asiduo cuartel general en Madrid de las huestes del Guerra, donde al fin pudo ser calmado.

Prácticamente, todo estaba acabado ya para el desventurado «Pegote». Recluido en el manicomio que en Carabanchel tenía el doctor Esquerdo, y aunque pasara en Córdoba cortas etapas cuando su lucidez era más acorde, el 2 de febrero de 1899 fallecería en dicho establecimiento psiquiátrico, totalmente loco. 

Días después fue trasladado su cadáver a Córdoba en un furgón funerario del tren correo, y a la torerísima hora de las cinco de la tarde, antes de ser enterrado en el cementerio de San Rafael, se celebraron en la iglesia de Santa Marina los funerales, resultando insuficiente el templo para poder acoger a cuantas personas asistieron a los mismos. «Guerrita», aquél poderoso diestro que jamás desmayara frente a los astados, apenado por la muerte de Antonio Millán, no pudo evitar que unas lágrimas cayeran por su rostro. Hasta esa fecha, nadie había visto llorar al Guerra.

Un revuelo de gemidos…

Una angustiosa llamada…

Y luego, solo el silencio…

el aire… la luna… nada…

(José de la Vega)

 

miércoles, 1 de marzo de 2023

«YO MATÉ A MANOLETE»

Por Antonio Luis Aguilera


Con este llamativo título el cordobés Antonio Estévez Reyes presenta su segunda obra literaria. En esta ocasión se trata de la biografía novelada de la actriz Antonia Bronchalo Lopesino (1917-1959), conocida artísticamente como «Lupe Sino», que fue la novia del torero Manuel Rodríguez Sánchez «Manolete» (1917-1947), desde 1943 hasta la infausta tarde de Linares, cuando una grave cornada y la infortunada actuación de un prestigioso cirujano, contraria a la opinión de sus compañeros médicos, acabaron con la vida del torero. La muerte de Manolo destrozaba los planes de boda con Antoñita, prevista para el mes de octubre, con o sin consentimiento de Angustias Sánchez, madre del diestro, que no quería ni oír nombrar a la novia de su hijo. 

Antonio Estévez presenta un documentado relato sobre la relación de aquella pareja de novios adelantados a su tiempo, a los que por envidia y por «pasarse de la raya», como se decía en la severa España de entonces, no dejaron vivir en paz, cayendo sobre ellos una sarta de calumnias, murmuraciones, críticas, acosos y desprecios personales y profesionales, que fueron minando el ánimo del torero. Cinco días antes de la tarde de Linares, «Manolete» acudió con su apoderado a la consulta del doctor don Gregorio Marañón en el hotel «María Cristina» de San Sebastián. Tras explorarlo, el prestigioso médico le comunicó que no estaba en condiciones de torear y debía cortar la temporada. Ante la negativa del torero, añadió: «Mañana mejor que pasado». Pero el diestro continuó la ruta para cumplir sus compromisos en las plazas de Toledo, Gijón, Santander y Linares, donde «Camará» le había firmado la de Miura. Allí saltó «Islero», el toro que cargaría con tanta culpa inconfesable.

Antoñita y Manolo. Foto Santos Yubero

El libro desmonta la sesgada historia «oficial» sobre la tormentosa relación del torero y su novia, a la que acusaron de su deterioro físico y anímico. Ella, «la serpiente» para algunos miembros de la cuadrilla, o «la puta de Madrid» para el matriarcado del espada, era el blanco perfecto para descargar tanto odio e imputarla, aunque fuera de forma indirecta, de haber matado a «Manolete». No está desorientado, pues, el título de esta biografía novelada. Lo que está claro es que una cosa fue lo que contaron y otra lo que ocurrió. Ahora, cuando parecía que después de tantos años no habría vuelta atrás en aquel discurso de los hechos, aparece este libro, fruto de una larga investigación en hemerotecas y archivos, conversaciones con familiares de Antoñita, recopilación de fotos y cintas magnetofónicas con testimonios de quienes convivieron con la pareja, que fueron grabados por José María Lara, amigo de ambos y autor del interesante libro «Manolete, yo me mando». Antonio Estévez indaga la vida de la protagonista antes, durante y después de la guerra civil para encajar las piezas del puzle, otorgando voz a quien no la tuvo, para que sea la propia «Lupe» quien rememore su vida en un extenso relato, que desde la primera de las cuatrocientas páginas del libro invita a conocer una versión distinta de los hechos, la de una hermosa mujer que fue víctima de todas las habladurías, descalificaciones e insultos por haber estado casada con un «rojo» antes de ser la novia de «Manolete», que no solo la eligió libremente conociendo su pasado, sino que jamás permitió que nadie le faltara el respeto.

Manolete y Antoñita cogidos tiernamente de la mano.
Fuentelaencina (Guadalajara), 1946. Foto José Lara

La novela concitará la atención de los manoletistas, pero también de los aficionados que no quedaron conformes con el relato difundido por algunos protagonistas de los hechos; aquellos que consumado el drama pretendieron beatificar al espada glorificándolo profesional, familiar y humanamente, proyectando el misticismo de una figura que parecía escapada de los cuadros del Greco. Los NO-DO propagaron al «Manolete» varón de virtudes, ejemplo de torero, hijo, hermano y buen cristiano. Puede que la imagen que idealizaron sirviera para tranquilizar algunas conciencias, pero cínicamente olvidaron que Manuel Rodríguez Sánchez fue mucho más que toda esa blandenguería de diseño. «Manolete» fue un hombre, en el sentido literal de la palabra, que como cualquier hombre amaba y sentía. Un hombre bueno, que no permitió nunca que nadie hablara mal de un torero delante suya, al que por ser bueno no dejaron en paz quienes se beneficiaron de su rango de máxima figura, a los que molestaba la presencia de la hermosa mujer que lo hizo feliz. Antoñita, viéndolas venir, en el verano de 1946 en Fuentelaencina (Guadalajara), alejado esa temporada de los ruedos, le advirtió que no lo dejarían en paz hasta que lo matara un toro. No iba descaminada, pues todo empezó a enrarecerse desde el regreso de la pareja de la exitosa campaña americana, cuando en la primavera de 1947 se desató un orquestado acoso de compañeros, críticos y público, que sumado a la falta de empatía con el apoderado y la incomprensión de su madre, fueron cubriendo el cielo de negros nubarrones en la última temporada, que toreó sin querer torear, cuando ya lo tenía todo conseguido, para cumplir la exclusiva firmada por «Camará». 

«Yo maté a Manolete», la biografía novelada de Antonia Bronchalo Lopesino escrita por Antonio Estévez, revela hechos, corrige falsedades, presenta a personajes desconocidos de la historia, profundiza en la relación de Antoñita y Manolo, y pone en valor las ilusiones e inquietudes de dos jóvenes que, por amarse sin estar casados, al no autorizarlo el matriarcado del chalet de la cordobesa avenida de Cervantes, condenaron a un sinvivir personal, social, profesional y familiar. Aguardando la llegada de octubre de 1947, para contraer nupcias con o sin autorización de la madre, el 7 de octubre de 1946, en el aeropuerto de Nueva York, «Manolete» colocó su capote de luces sobre el hombro de «Lupe», para que todo el mundo comprendiera el significado del gesto, mientras miraba con ternura a la mujer que quería.

Suplemento musical:

«Tu mirá». Por Lole y Manuel




martes, 21 de febrero de 2023

UNOS REGRESAN, OTROS VUELVEN

Por Antonio Luis Aguilera               

Oliva Soto, que cortó una oreja la pasada feria de abril, se queda
fuera este año por rechazar lo que le ofrecían: un puesto en la
corrida de seis toros para seis toreros sevillanos. Foto Arjona

A la afición no suele agradar el regreso de los toreros retirados. Sobre todo, de los que nadie echó de menos en su ausencia, que es lo general —José Tomás es punto y aparte—, y de forma especial si a las despedidas solo le faltaron los mariachis, o lo que es igual: si se anunciaron a bombo y platillo y tuvieron finales llorones. Salvo puntuales regresos que están en el recuerdo de los aficionados, como aquellos de los años ochenta de AntoñeteManolo Vázquez José Luis Parada, la mayoría de los diestros, al volver a plazas donde su presencia era recibida con agrado, observan como esa afición los saluda con una frialdad alpina, como interpelándoles: ¿Y tú a qué vuelves?

Las madrugadoras combinaciones de Madrid y Sevilla incluyen en sus carteles regresos de toreros que se marcharon como vulgarmente se dice “hace un cuarto de hora”. Sin embargo, a pesar de la dura competencia para figurar anunciados, no han tenido problemas para ser incluidos por una poderosa razón: la influencia en el clan familiar del toreo de sus comisionistas, que cuelan como imprescindibles a diestros que nadie ha llamado, porque a los que pagan la entrada, en otro tiempo “el respetable”, hace tiempo que se les perdió el respeto y no se les pide opinión antes de anunciar tan gélidos como desangelados retornos.

Al “respetable” solo le asiste el derecho a expresar su cabreo en peñas y tertulias, lugares que habitualmente no pisan los que hacen los carteles en los despachos taurinos, para no escuchar a los que despotrican de sus planificaciones, ni aguantar críticas sobre los abusos del sistema o las ausencias de toreros con más méritos para estar, cuyos representantes no comen en la mesa de los comisionistas que controlan el toreo. Así que poco importa si la afición quiere ver en los carteles a los triunfadores del pasado año, toreros emergentes con posibilidades, que necesitan madurar pero que son una seria apuesta para otorgar un imprescindible relevo al escalafón de matadores, bien cargado de espadas con demasiados años de alternativa, que por su rutinario hacer parecen tener todo dicho en el toreo.

Ángel Téllez, triunfador en Madrid, fuera de Sevilla. Foto Arjona

En Madrid se organizó una gala de presentación de los carteles, que sustituyó a las antiguas ruedas de prensa, evitando así a periodistas independientes, que son los menos pero molestan como "moscas cojoneras", porque no enjabonan ni dan masajes añadiendo unas gotitas de colonia. Quedaron, pues, fuera del guion de la noche, las preguntas molestas, para que los políticos y la gente guapa disfrutaran del éxito de la ceremonia, sin que a nadie se le atragantaran los canapés. En Sevilla, sin canapés, de forma austera, más de lo mismo. El circunspecto empresario se ufanó en presentar “la feria con mayúsculas”. Solo faltó el incensario humeante perfumando el regio salón maestrante. Tampoco hubo ninguna explicación del por qué se repiten más que un sofrito malo espadas caducados y amortizados, ni los méritos para estar dos tardes en el abono de quienes regresan sin ser llamados, y nada menos que tres los que, sin haberse retirado, por lo que fueron hace temporadas, vuelven como las golondrinas al estar representados por comisionistas de la gran familia.

Así las cosas, entre los que regresan y los que vuelven sin haberse ido, en Madrid y en Sevilla, como le gustaba decir a mi abuela: “ni son todos los que están, ni están todos los que son”. Y entre algunos buenos carteles, por aquello de “vamos a llevarnos bien”, la programación de ambas plazas empacha con tanto torero de tono gris, sin mayor mérito que estar impuesto por los comisionistas de las familias del toreo. Las declaraciones que afirman que “la de este año es la feria con mayúsculas”, cobrarían sentido si no existiera el intercambio de cromos en perjuicio de toreros que se han ganado el puesto en el ruedo. Las galas nocturnas y los placenteros soliloquios de los empresarios de ambas plazas no pueden ocultar las miserias que tanto daño están haciendo al toreo.

miércoles, 15 de febrero de 2023

¿UN CABALLO DE TROYA?

Por Antonio Luis Aguilera

Logotipo de Canal Toros Televisión 

Los gerentes taurinos de Madrid y Sevilla, las plazas más importantes del mundo, han dado la espalda a Canal Toros, que al quedarse fuera de las grandes ferias ha decidido cerrar antes de desangrarse por falta de abonados. Poco ha importado el buen trabajo realizado durante treinta años por este canal bajo sus distintas denominaciones (Canal+ toros, Vía Digital y últimamente Canal Toros de Movistar), ni la vital ayuda prestada al toreo en los difíciles años de pandemia, cuando los mismos que ahora le dan la puntilla no tuvieron cojones de organizar un solo festejo en sus distinguidas plazas, dejando en entredicho su dignidad empresarial en los horribles momentos que vivía la gente del toro.

Este año, sin negociaciones previas con la anterior proveedora televisiva Canal Toros, y por supuesto sin consultar con ninguno de los colectivos de profesionales taurinos que han de ponerse delante y ser televisados, que como siempre reaccionarán tarde, ambas empresas han aceptado la oferta de un nuevo operador para televisar digitalmente todos los festejos de sus plazas, enterrando así, sin funeral ni siquiera un responso de tercera, al anterior medio televisivo que durante tantos años les permitió organizar con holgura las ferias, colando entre col y lechuga, para inflar los ciclos, carteles paupérrimos que, sin ese soporte televisivo, jamás habrian sido posibles. 

Nadie tiene claro qué va a ocurrir. El nuevo medio, al parecer una plataforma digital de fútbol con cápital américano, que aún no ha hecho acto de presentación oficial y dicen que se denominará One Toros, ha llegado con enorme sigilo, no tiene aún sede ni infraestructuras, pero ha logrado la inmediata y apasionada reacción empresarial porque ha pagado por adelantado el primer año de contrato, aumentando la oferta. Y como los gestores en cuestión no entienden de romanticismo, pues lo dicho: pronto y en la mano. 

Sin embargo, los mosqueados son los aficionados y consumidores del producto. Ha sido todo demasiado rápido y bonito, para los empresarios, claro está: negociaciones fluidas, dinero adelantado del primer año de contrato, capital extranjero, difusión de la maravilla del toreo por todo el mundo mundial… Curiosas las pegatinas de colores para vender el producto, sobre todo cuando lo normal fuera de nuestras fronteras es que nos llamen bárbaros a quienes amamos y defendemos las corridas como la fiesta más auténtica y culta de nuestro pueblo. 

¿Y si detrás de esta historia fulgurante y rentable para las empresas de las plazas de Madrid y Sevilla, dentro de un año o dos, con el toreo fuera de la televisión pública y tras el derribo del Canal Toros de Movistar, es decir, sin competencia alguna, la nueva televisión taurina de Internet decidiera cerrar por falta de negocio? ¿No podríamos estar ante un caballo de Troya que llevaría oculto el apagón televisivo del toreo? No lo vemos nada claro.

martes, 7 de febrero de 2023

EL TOREO SE LLAMA JUAN ORTEGA

Por Antonio Luis Aguilera 

Juan Ortega en Valdemorillo. Foto Alfredo Arévalo

El toreo existe de milagro. Sale un torero excepcional como Juan Ortega, que está en boca de los mejores aficionados, y lo dejan fuera de Madrid. El motivo: haber roto con el comisionista que lo representaba, que a su vez tiene una pequeña participación en la empresa de Las Ventas. Y los aficionados que lo quieran ver, que vayan a donde lo anuncien, como Valdemorillo, donde el nuevo «Pasmo de Triana» formó hace dos días un lío grande. Y lo hizo de la forma que él sabe hacerlo: sin levantar la voz, susurrando el toreo, acariciando las embestidas con engaños de seda guiados por las yemas de los dedos, para contagiar a quienes se sientan en los tendidos del sentimiento más místico y auténtico del arte de jugarse la vida. No hay nada más verdadero que el valor de quien relaja todo su cuerpo —observen los dedos de la mano que no torea y las zapatillas en el trance— para crear una obra que estremece por su pureza y maravillosa belleza.

Pues Juan Ortega, este grandioso artista, está fuera de Madrid, porque el señor García, socio mayoritario de Plaza1, no es aficionado ni siente el arte del toreo, y deja que el locuaz y vacuo Casas, el socio minoritario, se tome la venganza con tan gran torero, al que hacía las corridas hasta la pasada temporada, ese al que no acompañaba casi nunca, y con quien no hablaba de las cosas que se deben hablar entre torero y apoderado: de cómo eran los toros de sus corridas, de cuándo fue a verlos al campo, del hierro y de las hechuras de los sobreros dispuestos para las plazas importantes. O lo que es igual: de las letras vocales que debe conocer un apoderado para diferenciarse de un comisionista.

El domingo, el torero que mejor torea de todo el escalafón, el castigado a quedarse fuera de San Isidro, la feria que llaman «el mundial del toreo», toreó en Madrid. Lo hizo en la provincia, en la serrana localidad de Valdemorillo, donde iluminó la tarde con la insuperable belleza del toreo más lento que puede verse en los ruedos, ese que no saben ver, porque no son aficionados, los listos que gestionan la plaza de Madrid, esos que, para escarnio de la gran afición de la capital del reino, lo han dejado fuera de los carteles. Observen las imágenes grabadas por Carmelo López, y entenderán de qué estamos hablando y de cómo se preocupan por la afición los gestores de la primera plaza del mundo, esos dos personajes que no tienen sensibilidad ni saben de toros.