viernes, 1 de junio de 2018

EL CALIFATO TAURINO


Por Antonio Luis Aguilera
El Cordobés, V Califa del toreo
       Cuando en 2002, el Ayuntamiento de Córdoba proclamó solemnemente “V Califa del Toreo” a Manuel BenítezEl Cordobés”, atendiendo la propuesta de más de doscientas asociaciones, Diputación, y Ayuntamientos de la provincia, algunos aficionados abrieron la caja de los truenos, que en la ciudad de la Mezquita siempre ha sido la tradición del Califato Taurino. No hubiera podido imaginar el ilustre periodista aragonés don Mariano de Cavia y Lac, la trascendencia que el tiempo otorgaría a su ingeniosa hipérbole en la barojiana ciudad de los discretos. El escritor zaragozano, modelo y maestro de periodistas, por haber convertido el artículo periodístico en género literario, trató con éxito la tauromaquia bajo el seudónimo de “Sobaquillo”, y fue seguidor de Rafael MolinaLagartijo”, al que proclamó “Califa“ del toreo. De un plumazo, sin más pretensión que utilizar una figura retórica, para engrandecer la opinión del torero que admiraba, “instauraba" en la imaginación popular esa especie de “estado taurino”, al que la tradición iría tejiendo una enigmática ley sucesoria, que algunos dicen conocer pero pocos explicar, en cuyos alambicados códices prevalecen dos que se consideran incuestionables: ser matador de toros cordobés y haber mandado en el toreo de su tiempo.
Don Mariano de Cavia y Lac

La afición de mediados del siglo XIX había llamado al toreo el “arte de Cúchares”, en honor a las innovaciones que trajo al toreo de muleta Francisco Arjona Herrera, que sin ser capitán general en su tiempo, graduación que habría correspondido a Francisco MontesPaquiro”, al que llamaron “el Napoleón de los toreros”, porque tuvo mucho que ver en la transformación de la lidia. Catorce años después del  fallecimiento del torero de Chiclana, recibe la alternativa Rafael Molina Lagartijo”, que pronto se convertiría en el ídolo de la afición, especialmente de la madrileña, por su elegancia natural, la destreza con que ejecutaba todas las suertes, su valor sereno y la hermosa belleza de su toreo. Quién iba a pensar entre las humildes y toreras gentes del Campo de la Merced, que el apodo con que motejaron en el barrio la agilidad del hijo del discreto banderillero “Niño Dios”, por su destreza para trepar las tapias del matadero y llegar a las reses destinadas al abasto, terminaría siendo el apodo de uno de los espadas más grandes de la historia del toreo. Desde su doctorado hasta la retirada en 1893, destacaron los veintitrés años de noble competencia que mantuvo con el granadino Salvador SánchezFrascuelo” –dicen que la rivalidad era imposible, por la distancia artística que les separaba y la entrañable amistad que les unía-, que pasaron a los anales de la Tauromaquia como la “edad de oro del toreo”, expresión reutilizada en el siglo XX para rotular de igual forma la época de “Gallito” y Belmonte.

Rafael Molina "Lagartijo"
Al inolvidable “Lagartijo” le sucede en el trono del toreo su discípulo y paisano Rafael Guerra Bejarano, que tras destacar con brillantez como banderillero, recibe la alternativa en 1887, de manos de su maestro, ante la afición madrileña. Desde entonces hasta su retirada en la feria del Pilar de 1899, la hegemonía de “Guerrita” es incontestable. El hijo del conserje del matadero domina con tal precisión todas las suertes, que su presencia en los ruedos eclipsa cuanto ocurre en el panorama taurino. Cómo sería de poderoso, que a pesar de los años transcurridos, una importante corriente de opinión considera  que posiblemente haya sido el torero más completo de todos los tiempos. Precisamente esto, sumado al fuerte carácter del diestro, fue erosionando su condición de primerísima figura y le hizo perder apoyo popular. “No me voy, me echan”, dijo con amargura al quitarse en Zaragoza por última vez el traje de luces. Retirado de los ruedos, "Guerrita" fue considerado una autoridad taurina, y presumió de genio y figura. Una vez le preguntaron: “Rafael, ¿siente usted haber dejado los toros?, y él contestó con legítimo orgullo: “¿Quién, yo...? ¡Eso, ustedes!”. Qué razón llevaba quien fue considerado maestro de maestros, pues el trono que dejaba no tenía sucesor. La afición, y no solo la de Córdoba, siempre lo consideró II Califa.  

Rafael Guerra "Guerrita"
Comenzaba el siglo XX sin dueño en el toreo. Guerrita había sentenciado: “Después de mí, naide, y después de naide, Fuentes”. Llegaba la generación de los “naides”, que sin embargo iba a llenar de contenido el interregno taurino, ese espacio de tiempo que el toreo estuvo sin soberano. Desde 1899 a 1912, Antonio Fuentes, primero, y después Ricardo TorresBombita”, Vicente Pastor, Rafael GonzálezMachaquito” y Rafaelel Gallo”, protagonizan un tiempo donde destaca la dureza del toro, aunque los ganaderos ya habían escuchado las recomendaciones de “Guerrita”, que les hizo saber que para el toreo de mayor quietud que anhelaba el público, se necesitaba un toro de mejores hechuras, que “entrara” en la muleta, que fuera más bravo y tuviera mayor fijeza. En el interregno, “Machaquito” se anuncia como figura destacada en todas las ferias, y comparte los mejores carteles, mas en Córdoba se dividieron las opiniones sobre su inclusión en el figurado Califato, por no haber mandado en solitario en el toreo de su tiempo, aunque nadie cuestionó que el honrado y valiente espada de la calle Adarve, fue una figura indiscutible del toreo en la primera década del siglo XX, en la que destacó como formidable estoqueador. 

Rafael González "Machaquito"
Machaquito” se retira cuando alborea la segunda “edad de oro”, precisamente el 16 de octubre de 1913,  en una desastrosa corrida celebrada en Madrid, con enorme escándalo e invasión del ruedo por la afición, en la que otorga la alternativa  a Juan Belmonte. Va a comenzar una época diferente, que marcará los principios de un toreo de mayor quietud y acento artístico, la de José y Juan, inseparables en la historia, por mucho que algunos se empeñen en lo contrario. Belmonte, por gozar de más y mejor literatura, es considerado por sus partidarios el padre del toreo moderno, mientras “Gallito”, que no tiene quien le escriba, es relegado a un segundo plano, siendo etiquetado como torero poderoso y completo, en quien culmina en su máxima expresión el toreo antiguo. Pero este juicio falta a la verdad, porque ni Juan, que fue de los toreros que realizaron las faenas más cortas de muleta, puede ser considerado el padre de las larguísimas de hoy, ni José, que con su prodigiosa técnica colocó la primera piedra del toreo ligado en redondo, puede ser despachado como torero antiguo y poderoso. Lo trascendental es que “Gallito”, dejando la muleta en la cara del toro al torear al natural, revela la ligazón de los pases en redondo, mientras que Belmonte acorta las distancias y ciñe el toreo, destacando por su temple y ligazón en el lance a la verónica, pero su planteamiento con la muleta no difiere en absoluto del toreo anterior, donde el diestro se sitúa por dentro, de espaldas a tablas, y el toro por fuera, y en esa posición instrumenta un natural ligado al de pecho. En definitiva, José y Juan son inseparables en la historia del toreo, comparten una época de profundos cambios, y resulta absurdo que algunos pretendan atribuir la exclusiva del toreo actual al espada de Triana. Como afirmaba Pepe Alameda, la historia no establece dogmas, los establecen quienes la escriben.
       
Joselito y Belmonte
         La evolución del toreo moderno comienza con estos dos genios, pero en ella es determinante la figura de otro grandioso torero sevillano, Manuel JiménezChicuelo”, el tercer genio de esta apasionante historia, al que algunos pretendieron ignorar, cuando es él precisamente quien otorga continuidad a la obra de “Gallito” y crea la faena moderna. "Chicuelo" resuelve  la ligazón de los pases con un giro de talones, para intercambiar los terrenos del toro y los del torero y engarzar los muletazos. Además, suaviza las formas y con su arte dota al toreo de una belleza desconocida. Su influencia en el toreo mexicano resultó determinante, pues la rotundidad de su escuela llega antes al otro lado del océano, y de su fuente bebieron el gran Armillita, y los demás diestros aztecas. 
Manuel Jiménez "Chicuelo"
En España obtiene éxitos trascendentales,  aunque su obra adolece de la continuidad necesaria para consolidarse como nuevo modo de torear. La historia reserva ese puesto a “Manolete”, su ahijado de alternativa, que retoma la tauromaquia del maestro, y da al toreo otro giro de tuerca. Así, mientras algunos hablan del toreo de dominio, y hallan eco al enunciar como normas clásicas el “parar, templar y mandar”, el diestro de Córdoba habla en el ruedo, que es donde deben hablar los toreros, y agrega dos verbos que ignoraban los inquisidores de su arte: “aguantar y ligar”. Manuel Rodríguez, citando de perfil y ganando pasos laterales hacia el animal, revela la distancia de arrancada y  obliga a embestir a los toros. Su valor y perseverancia otorgan a su toreo regularidad, enseñorea su época e implanta definitivamente la ligazón de los pases, la versificación del toreo, el sistema cuyos primeros eslabones engarzaron "Joselito” y “Chicuelo”. Manolete, el niño que jugó al toro en la Plaza de La Lagunilla, escribía su nombre con letras de oro en la simbólica historia del Califato.

Manuel Rodríguez "Manolete"
Lagartijo”, “Guerrita”, ¿”Machaquito”?, “Manolete”. ¿Tres o  cuatro? En esta discusión de tabernas, peñas y tertulias andaban los cordobeses, cuando en los años sesenta del siglo XX irrumpe Manuel BenítezEl Cordobés”, que arrasa el toreo para mandar como nadie hizo antes ni después. Desde 1963 a 1971, el de Palma del Río impone su hegemonía en el mundo taurino, relegando a un segundo plano a toda una generación de toreros de primerísima fila. A las empresas les basta anunciar “El Cordobés y dos más”, para llenar las plazas hasta el tejado, mientras los “ortodoxos”, que solo lo consideran un fenómeno de masas, se rasgan las vestiduras, y detestan el poderío de la locomotora que remolca el tren de la Fiesta. Pero "Benítez" pone su sonrisa al lado trágico del toreo, y tras tributar no pocas e importantes cornadas, demuestra que es capaz de abarrotar todas las plazas, y triunfar clamorosamente ligando series interminables de naturales en un palmo de terreno.  
Manuel Benítez "El Cordobés"
¿Qué le faltaba entonces a Manuel Benítez para ser considerado miembro del Califato? ¿Acaso la tremenda fuerza de su personalidad, extrovertida, simpática y espontánea, no encajaba con la seriedad que algunos atribuyen a los Califas? A saber qué pensaban los que polemizaban por la sucesión del figurado califato, sin pensar que donde “El Cordobés” ejerció de “califa”, sin figuraciones, fue conquistando el planeta taurino, por el que llevó con orgullo el gentilicio de su tierra. Por fortuna, entidades y asociaciones de ciudadanos, coordinadas por el periodista taurino Pepe Toscano, canalizaron el clamor general, y el 29 de octubre de 2002, Manuel Benítez fue proclamado “V Califa del Toreo” por el Ayuntamiento de Córdoba, con el unánime reconocimiento del mundo del toro y la ciudadanía cordobesa. 

       Esta es la historia de una tradición, la del Califato Taurino de Córdoba, que la afición quiso figurar gracias a la ingeniosa hipérbole de don Mariano de Cavia. Curiosamente sigue viva, y no faltan propuestas de ampliación, aunque parece que estas olvidan que el aspirante debe haber mandado en el toreo, como lo hicieron "Lagartijo", "Guerrita", "Manolete" y "El Cordobés", los cuatro que, cambiando el cetro por estoque y el turbante por montera, hicieron que Córdoba fuera considerada definitiva en el toreo. 




viernes, 25 de mayo de 2018

LAS DOS MEJORES FAENAS DE MANOLETE

TEXTOS MAGISTRALES:
Pepe Alameda habla de toros con Manolete.

Luis Carlos Fernández López-Valdemoro (Pepe Alameda)
          Aquel ambiente que rodeaba al torero no me iba. De ahí que, al no hablar con Manolete de otras cosas y, siendo yo cronista en activo, no hablara con él más que de toros. De eso, sí, con frecuencia, pues como advirtiera que mis opiniones coincidían en mucho con sus experiencias del ruedo, me fue prestando cada vez mayor atención. De nuestras largas conversaciones, en las que por lo común nos aislábamos, voy a recordar una, que puede tener interés para el aficionado, por los testimonios que Manolete aporta. 
Manolete en la plaza México
Un día le dije:
—De tus actuaciones en México, las que más se comentan son las faenas al toro “Manzanito”, de Pastejé (cuando alternó con Garza y El Ahijado) y a “Platino”, de Coaxamalucan (cuando lo hizo con Pepe Luis Vázquez y Procuna); a esos dos toros les cortaste el rabo, pero la que más me ha gustado es la faena que le hiciste a un toro del que no cortaste más que una oreja.
—¿Cuál?
—La de un toro de Torrecilla, en la segunda corrida de la apertura de la plaza México.
—¿Recuerdas el nombre del toro?
—Sí. “Espinoso”.
—Te lo pregunté para probarte, porque yo también lo sabía.
—¿Por qué?
—Porque esa no es solamente la mejor faena que hecho en México, es quizá la mejor de mi vida, o por lo menos, la segunda.
—¿Cuál podría ser la primera?
—La del toro de Pinto Barreiros en Madrid. Había muchas circunstancias, el toro me hirió y yo me impuse, era una corrida de mucha responsabilidad y todo eso influye. Pero, quitando eso y viendo la parte estrictamente taurina, quizá no fuera mejor que la del toro de Torrecilla... ¿Por qué te gusto?
—Hombre, el toro era muy difícil, no descubría, punteaba y además, por lo paliabierto, resultaba aparentemente imposible acoplarse con él. En efecto, los primeros derechazos fueron un poco bailados y nada ceñidos. El toro no se dejaba. Pero, de pronto, al revolver de un pase, lo enganchaste con un toque de muleta, echándosela hacia abajo, tan a tiempo, que metió la cabeza y le pudiste dar cinco pases en redondo, perfectamente centrado. Por aquel lado, mal que bien, era posible. Pero por el izquierdo, estaba intocable. Cuando te pusiste la muleta en la zurda, pensé: “está loco”. Cuál no sería mi asombro, al verte ligar cinco pases naturales, con el mismo ajuste.
Manolete no respondió. Dirigía la mirada hacia el frente, como si estuviera con la imaginación siguiendo la faena, en un ruedo invisible.
Continué:
—Como uno está siempre aprendiendo, en esa faena me enseñaste algo que no había sospechado: que si a un toro se le mete de verdad en la muleta por el lado posible, lo que se logra sirve para el otro lado. Pero tiene que ser de verdad.
—Yo ya lo sabía. Por eso lo hice.
—Todo lo que se aprende del toreo, se aprende de los toreros.
—¿Hablando con nosotros?
—No. Sabiéndolos ver. Viéndolos acertar y viéndolos equivocarse.
Una fugaz chispa de recelo cruzó por los ojos líquidos de Manolete.
—¿En qué me he equivocado?
En no mandar disecar la cabeza de “Espinoso”.
(Del libro “La pantorrilla de Florinda o el origen bélico del toreo”).


Manolete al natural, con un toro de La Punta en México


          La corrida de la que hablan Pepe Alameda y Manolete, tuvo lugar en la plaza México el 16 de febrero de 1946. Esa tarde se lidió un encierro de Torrecilla para Silverio Pérez y Manolete, que actuaron mano a mano. El "Faraón de Texcoco", le cortó el rabo al toro "Barba azul", y el "Monstruo", una oreja a "Espinoso". Este texto desvela que el torero cordobés consideraba esa faena como una de las dos mejores de su vida, junto a la de "Ratón (que se llamaba Centella)", de Pinto Barreiros, en Madrid. 
A.L.Aguilera

Manolete presentación en México





    

sábado, 19 de mayo de 2018

EL ARTE DE CÚCHARES

Por Antonio Luis Aguilera
Curro Cúchares
El 19 de mayo se cumplen doscientos años del nacimiento de uno de los toreros más significativos del siglo XIX, Francisco Arjona HerreraCurro Cúchares”, el espada que poniéndose por montera los cánones del toreo de su tiempo, colocó a la muleta en el muelle de partida hacia un nuevo puerto, para que dejara de ser la azafata de la espada y navegara rumbo a una tauromaquia distinta, donde habría de tener su propio tercio y desarrollar una expresión artística entonces impensable.  

Placa en la calle Huertas de Madrid
Aunque se le considera sevillano, por haber residido en la ciudad hispalense desde muy temprana edad, "Curro Cúchares" nació en el número 6 de la calle Huertas de Madrid el día 19 de mayo de 1818, siendo bautizado en la Parroquia de San Sebastián. Era hijo del banderillero Manuel ArjonaCosturas”, que sin lograr gran relieve en el toreo estaba orgulloso de ser pariente de Joaquín Rodríguez "Costillares", y de María Herrera, hermana del famoso espada Francisco Herrera Rodríguez Curro Guillén”. Falleció el 4 de diciembre de 1868 en La Habana (Cuba), donde había acudido a cumplir varios contratos, víctima de la fiebre amarilla o vómito negro, siendo sus restos repatriados a Sevilla, donde recibieron sepultura en la iglesia del torerísimo barrio de San Bernardo, a los pies del Cristo de la Salud. Fue padre del matador de toros Francisco Arjona ReyesCurrito”.

      La infancia de “Curro Cúchares” transcurrió en los aledaños del matadero de Sevilla, donde su padre trabajaba de empleado. Como tantos otros aspirantes a alcanzar la gloria del toreo, allí fue donde recibió las primeras lecciones con las reses destinadas al abasto público. En 1831, contando doce años de edad, por mediación de su madre, ingresó como alumno en la efímera Escuela de Tauromaquia de la ciudad de la Giralda (1830-1834), dirigida por el histórico espada Pedro Romero, que era asistido por el chiclanero Jerónimo José Cándido, en calidad de segundo maestro, y de la que también fueron alumnos destacados  Francisco MontesPaquiro” y Manuel DomínguezDesperdicios”.

        Francisco Arjona actuó por primera vez en Madrid en 1839, como banderillero a las órdenes de Juan León. Posteriormente, en calidad de medio espada lo hizo en los años 1840 y 1841, siendo su presentación el 27 de abril de 1840, con toros de Veragua y doña Manuela de la Dehesa, junto  a Juan Pastor “El Barbero”. Como primer espada se anunció a partir de 1842. No hay constancia de que ningún toro lo hiriera de gravedad en su extensa carrera, donde destaca la rivalidad que mantuvo con José Redondo Domínguez “El Chiclanero”.  

       Entre algunos aficionados existe la creencia de que el toreo primitivo debió ser aburrido, por la economía de pases de muleta que imperaba para preparar al toro a la muerte, al ser la estocada la suerte más valorada, a la que estaba dirigida toda la lidia. Pero no debió de ser así, porque la lidia gravitaba sobre el toreo de capa, donde adquiría protagonismo el tercio de varas -aún no existían los petos-, que albergaba gran cantidad de quites de riesgo, para alejar a los toros de los picadores en peligro, de ahí el nombre de quite, y también los artísticos, donde los espadas buscaban lucirse con verónicas, navarras, tijerillas, aragonesas, recortes, galleos, saltos sobre el testuz o de la garrocha. Y por supuesto, el tercio de banderillas, donde la capa era necesaria como hoy, para mover al toro y colocarlo en suerte.

        Este es el escenario de la lidia a mediados del siglo XIX, cuando el toreo de muleta va a empezar a cobrar relieve gracias a Francisco ArjonaCurro Cúchares”, que ignorando la preceptiva de su época, se la echa a la mano derecha, de uso exclusivo para la espada, y decide “alegrar la función” realizando un trasteo primitivo, que los ortodoxos condenaron por considerarlo una profanación del arte de torear, un acto de cobardía donde el matador buscaba restar fuerza al toro para aliviarse en la suerte de recibir.

Francisco Arjona Herrera
Pero el pueblo llano, que siempre fue a los toros a emocionarse, no a pasar un mal rato como los puristas de todas las épocas, recibió con agrado la inventiva del espada que liberaba a la muleta de las normas que la encorsetaban, y decidió llamar al toreo el “arte de Cúchares”, en honor del matador que dio el primer paso, que históricamente resultaría trascendental, hacia una tauromaquia distinta. De esta forma, saltándose a la torera las normas que impedían su desarrollo, Francisco Arjona demostró que la muleta podía adquirir tanto o más protagonismo que la capa, y que su uso daría origen a nuevas suertes, que refinarían y engrandecerían el arte de torear, cambiando incluso la gravitación de la lidia del tercio de varas al de muleta, donde este trebejo iba a servir para mucho más que fijar al toro en la estocada. 

Le llamaron ventajista, marrullero y hasta títere, pero Arjona, llevando adelante su empeño de “alegrar la función”, desbrozaba el camino y hallaba un sendero lleno de posibilidades para engrandecer el arte de torear, demostrando con su iniciativa que donde antes solo cabían dos pases, luego cabrían veinte, treinta o muchos más, porque con la tela sujeta al palillo quedaba todo por descubrir. Además, para que “el arte de Cúchares” pudiera desarrollarse fue necesario un toro más bravo, que los ganaderos buscaron y encontraron.  No se equivocó, pues, el pueblo sencillo, la gente llana, cuando, ignorando a los escolásticos de su tiempo, llamó al arte del toreo con el apodo del espada a quien recordamos al cumplirse dos siglos de su nacimiento. En cuanto al origen del apodo del célebre torero, según el historiador Fernando Claramunt, parece ser que "Costuras", padre de "Cúchares", vendía cucharas de madera por las calles, y del pregón de su mercancía pudo venir el apodo que heredó el hijo.

Francisco Arjona "Currito"
También se cumple en la fecha de este natalicio, pero cuarenta y nueve años más tarde, la efeméride de la alternativa que "Curro Cúchares" otorgó a su hijo Francisco Arjona ReyesCurrito”, matador de toros que como su padre también nació en la capital del reino. El doctorado tuvo lugar en Madrid el 19 de mayo de 1867, con el toro “Serranito”, de la ganadería del Marqués de Ontiveros.

miércoles, 9 de mayo de 2018

2019: EL AÑO DE CHICUELO

Por Antonio Luis Aguilera          
Manuel Jiménez Moreno "Chicuelo"
          La historia del toreo no siempre fue como algunos la cuentan. El análisis de su evolución, la capacidad para comprender el tránsito desde una lidia eminentemente sobria y eficaz, a otra donde habría de predominar la belleza plástica, no encontró igual calado en todas las plumas que legaron sus testimonios sobre las diferentes épocas de la Tauromaquia, algo que resulta lógico si consideramos el talante conservador que acompañó al toreo desde sus orígenes.     
   
La chicuelina y su autor
      No ocurrió así con los aficionados, que siempre tomaron la vanguardia a los más ilustres escritores, cuando se trataba de reconocer méritos a los diestros que levaron las anclas del conservadurismo, a los revolucionarios del toreo, aclamados por el pueblo antes de lograr el reconocimiento de la crítica influyente, lo que lamentablemente no todos consiguieron. De todas formas, pese a las más variadas y feroces censuras, la perspectiva histórica demuestra que en la evolución técnica del arte de torear tuvieron mucho que ver: Francisco Arjona Herrera "Curro Cúchares", Rafael Guerra Bejarano "Guerrita", José Gómez Ortega "Gallito", Juan Belmonte García, Manuel Jiménez Moreno "Chicuelo", Manuel Rodríguez Sánchez "Manolete", Manuel Benítez Pérez "El Cordobés" y Francisco Manuel Ojeda González "Paco Ojeda".
          
Pase de la firma de Chicuelo
          La época conocida como "edad de plata del toreo", que abarca desde la muerte de Gallito hasta el estallido de la guerra civil española, fue determinante en la transición hacia un nuevo modo de torear, gestado en la competencia que durante siete años mantuvieron José y Juan, bautizada como "edad de oro del toreo", sin reparar que con idéntico título había sido registrada en la historia otra noble pugna, la que en el siglo anterior, durante veintidós años, mantuvieron Rafael MolinaLagartijo” y Salvador Sánchez Frascuelo”.

          Analizando distintas opiniones, comprobamos cómo se magnifican las trayectorias de algunos protagonistas de esa "edad de plata" que, aún siendo importantes, poco o nada tuvieron que ver en la evolución del toreo. Por ejemplo: Marcial Lalanda solo fue “el más grande” en la letra de su pasodoble; el llorado Ignacio Sánchez Mejías, debe más a los versos de García Lorca que a su huella taurina; Manolo Granero fue el príncipe que pudo suceder a Joselito, pero “Pocapena” se lo impidió; la gran obra taurina de Cayetano OrdóñezEl Niño de la Palma”, fue engendrar a su hijo Antonio; Domingo Ortega capitaneó la década de los años treinta con un toreo que alternaba pasos y pases, pero su tauromaquia no halló descendencia.         
 Remate a dos manos de Chicuelo

     También pertenece a esa época Manuel Jiménez Moreno, el creador de la faena moderna, a quien curiosamente unos historiadores dan de lado, otros lo olvidan, y algunos despachan como un “fino torero sevillano”. Sin embargo, el gran “Chicuelo” no puede pasar de puntillas por la historia, donde su menuda figura se erige con relieve propio, inteligencia y gracia, porque el maestro nacido en la trianera calle Betis fue el genio que influyó determinantemente en la evolución del toreo ligado en redondo, al convertirse en el hilo conductor que depuró con su arte la técnica revelada por Joselito, y transmitirla a Manolete, su ahijado de alternativa, que la elevaría a definitiva en el orbe taurino.

          Quienes atribuyen a Belmonte la paternidad del toreo moderno, ignoran que las faenas del “Pasmo” fueron de las más cortas del toreo, pues raras veces albergaban más de diez muletazos. Lo verdaderamente importante del torero de Triana fue un temple excepcional, expresado en un toreo de capa portentoso, donde tras acortar las distancias y ceñir el toreo, tendió la suerte para ejecutar la verónica ligando los lances, lo que asombró al público de su tiempo. Mas con la muleta su repertorio lo componían ayudados, molinetes, afarolados y el clásico pase natural ligado al de pecho, con el torero por dentro y el toro por fuera. Salvo excepciones, como las célebres faenas de México y Madrid, rara vez ligó series de naturales con intercambio de los terrenos.
         
Chicuelo en México. Histórica faena a "Dentista"
        La carrera de Joselito tuvo bastante menos literatura, posiblemente porque la inmensa luz de su maestría despejaba cualquier secreto de la lidia, y no daba opción a mantener ningún misterio. Aunque la mayoría de los críticos coincidieron en cantar las fantásticas cualidades del rey de los toreros, no todos supieron ver ni comprendieron que fue él  quien reveló la técnica que cimentaría un nuevo toreo, el que permitiría la ligazón del pase natural, alternando los terrenos del toro y los del torero, para cambiar la trayectoria del animal hacia atrás y hacia adentro.

          Tras su muerte en Talavera, Manuel Jiménez “Chicuelo”, espada de mayor expresión artística, adopta su tauromaquia e incluye en su modelo de faena las enseñanzas de Gallito sobre el toreo al natural y la ligazón de los pases. Chicuelo gira sobre sus plantas para dejar al toro por el terreno de adentro y ligar los muletazos intercambiando los terrenos. Como torero artista no lo lleva a cabo todas las tardes, sino cuando los toros son propicios, pero cuando ello ocurre logra éxitos rotundos con un toreo nuevo, que liga los pases en redondo y hace vibrar a los públicos por su quietud, gracia y belleza.
        
Chicuelo y "Corchaíto"
        La obra que consagraría en España al artista sevillano, y pasaría a los anales del toreo como nuevo modelo de faena, influyendo en la consolidación del toreo ligado en redondo, tuvo lugar en Madrid el 24 de mayo de 1928, alternando con Joaquín Rodríguez “Cagancho” y Vicente Barrera, donde el torero de Triana inmortalizó a “Corchaíto”, bravo y noble ejemplar de la ganadería de Graciliano Pérez Tabernero. Fue de tal magnitud la conmoción que causó en la afición, que desde esa tarde Madrid comenzó a exigir a todos los diestros la ligazón de los pases.

          Chicuelo, que aquella temporada sumó 81 corridas, había demostrado que a los productos de una selección más cuidadosa, y por tanto más bravos y encastados, con mayor nobleza y fijeza que los de épocas anteriores, se les podía realizar una faena más larga y de superior expresión artística, como la instrumentada a “Corchaíto”, que por haber tenido lugar ante la afición de la primera plaza del mundo, marcaría un antes y un después en la historia del toreo. No obstante, conviene señalar que unos años antes, en 1925, el gran Manuel Jiménez "Chicuelo" había enamorado con ese toreo a la afición mexicana, que ya lo consideraba un ídolo, con faenas tan grandiosas como las realizadas a los toros "Dentista" y "Lapicero", de San Mateo.
       
Chicuelo al natural 
        Las crónicas definen la faena de "Corchaíto": cuatro naturales en los medios ligados con uno de pecho soberbio, tres más soberanos, cuatro portentosos pases en redondo girando sobre los talones en un palmo de terreno, otros dos naturales inmensos, dos ayudados magnos, un afarolado maravilloso y cambiados sublimes. Tras señalar un pinchazo, otros cuatro naturales de asombro y dos de pecho soberbios, otro pinchazo y dos de pecho soberbios, hasta que media estocada pone el punto final a una obra sublime donde los naturales se suceden tirando del toro, ligados, templados y lentos. De esa forma nadie había toreado jamás. Cómo sería de grandiosa aquella actuación, que a pesar de los pinchazos fue premiada con las dos orejas y el espada hubo de dar dos clamorosas vueltas al ruedo.     
     
Estocada de Chicuelo
      Tras la guerra civil, el toreo revelado por Joselito y puesto en valor por  “Chicuelo”, encuentra sucesión en Manolete, el nuevo rey de los toreros, que reduce las distancias al mínimo para obligar a los toros, y se embragueta todas las tardes, con los que embisten, con los que hace embestir y con los que espera -Chicuelo confesó que Manolete había sido el único torero al que había visto pararse con los toros gazapones-, para imponer definitivamente un nuevo orden taurino consolidando ese modelo de faena, con sentido de unidad, ligada y seriada, como canon que habrían de aceptar y adoptar todos los toreros para expresar el toreo. El gran Manuel Jiménez Moreno había pasado el testigo al inolvidable torero cordobés, quien siempre dijo que su toreo era el de "Chicuelo". Sin embargo, no todos los que escribieron la historia explicaron que el torero de Sevilla había sido fundamental en la vertebración del toreo ligado en redondo. Una lástima, lo tuvieron ante sus ojos pero miraron sin ver al padre de la faena moderna.  
    
Juan Belmonte le concede la alternativa. Sevilla 1919
Adenda: El 28 de septiembre de 2019 se cumplirán cien años de la alternativa de Manuel Jiménez "Chicuelo" en la Real Maestranza de Sevilla, plaza donde llegó a cortar cuatro rabos, de manos de Juan Belmonte, que le cedió la muerte de "Vidriero", del Conde de Santa Coloma.

Desde "Plaza de la Lagunilla" nos adherimos a la iniciativa del aficionado malagueño José Morente, y solicitamos al Ayuntamiento, a la Real Maestranza de Caballería, a la Universidad y a las Asociaciones Taurinas de Sevilla, que adopten las iniciativas que sean necesarias para que "Chicuelo" figure en la cartelería de la temporada taurina de 2019 de la plaza de la Maestranza, como en su día figuraron Joselito y Belmonte. El recuerdo de tan histórico torero lo merece por lo que dio a su ciudad y al toreo. 

Fotos: Cortesía de la familia Chicuelo (chicuelodinastia.com)






miércoles, 2 de mayo de 2018

TERCIO DE BANDERILLAS

Antonio Luis Aguilera

  
Rodolfo Gaona
 Quienes hemos conocido otras épocas del toreo sabemos que cada día acuden menos aficionados a las plazas de toros. Se trata de una evidencia preocupante, porque los pocos entendidos que van quedando, los que saben interpretar el toreo, porque lo mamaron de sus mayores desde la infancia, son minoría y peinan canas. Basta escuchar los comentarios de quienes ocupan los tendidos para comprobar los escasos conocimientos sobre la lidia en general. Pocas plazas se salvan, incluso las más importantes, de la escasa capacidad para saber ver lo que miran la mayoría de sus espectadores.

            No hay más que observar el nulo interés que despierta el tercio de varas, en otros tiempos crisol de la bravura y muestrario de los quites más variados. Actualmente es un trámite dónde lo importante es que el picador termine pronto su trabajo, sin que se repare, ni mucho ni poco, el modo de ejecución de la suerte o la proporcionalidad del castigo. Los picadores son los subalternos más pitados de la cuadrilla, pero no por tapar la salida del toro o picar defectuosamente, sino porque al público le molesta que permanezcan mucho tiempo en el ruedo. De ahí las extrañas ovaciones que reciben cuando simulan la suerte señalando el puyazo sin manchar el encordado.

        Mayor respaldo popular adquiere el tercio de banderillas, donde el respetable manifiesta un agrado especial si es ejecutado por los propios espadas. Ver al matador exhibir sus cualidades atléticas con los garapullos entusiasma a los tendidos. Tanto gusta, que hasta no faltan quienes se ponen de pie, para subrayar con su gesto la grandeza del par, aunque el tercio gravite exclusivamente sobre el alarde físico del espada, que corre de espalda o cruza el ruedo a una velocidad que quisieran algunos delanteros para encarar la puerta contraria. Lo de menos es la ejecución de la suerte o el lugar dónde quedan arponados los palos. 

       
Manolo Bienvenida
 Pero
no solo es el respetable quien manifiesta su ardor cuando el diestro que banderillea exhibe sus dotes olímpicas, aunque los avivadores se alojen en el chaleco o se hayan arponado "asomándose al pescuezo". Lo peor es que algunos comentaristas de importantes medios también eleven el tono de voz para exaltar pares vulgares, como si hubieran entrado en trance y visto a Guerrita, Gallito, Gaona o los hermanos Bienvenida cuadrar en la cara, clavar arriba y salir andando de la suerte. Esto sí es grave, porque se trata de un desconocimiento que hace daño a una audiencia a la que se desorienta, y que además puede alterar el ritmo cardíaco de los aficionados que conocen el paño, todos mayores de edad, que se preguntan cómo es posible tal disparate en personas supuestamente cualificadas para explicar los entresijos de la lidia.

Gallito por los adentros
Siempre hubo excepciones y las habrá entre los espadas banderilleros, a las fotografías que ilustran esta entrada nos remitimos, pero pensamos que los grandes banderilleros predominan entre los toreros que visten de plata. Y no resulta extraño que en las corridas donde banderillea un espada, los subalternos de otras cuadrillas se hagan notar en su turno para realizar la suerte cómo muchos desconocen. ¿Cómo es eso?  Pues con pureza y verdad, como mandan las normas y la tradición, que en el toreo son sagradas, por el tremendo respeto con que se transmiten entre los toreros.  
         
      
Gallito reuniendo el par
La condición esencial que ha de reunir un buen rehiletero es saber parear por ambos pitones, porque si el animal plantea dificultades por un lado es necesario ir por el otro, y porque a los toros se les debe entrar por los dos para que no tomen resabios. No olvidemos que mientras se desarrolla el tercio, el matador estará pendiente de cómo el toro toma el capote del peón que brega, y es su último estudio de la res antes de torear con la muleta. De ahí la importancia de la cuadrilla en economizar capotazos y conocer los terrenos y querencias, para que el tercio se ejecute con seguridad, eficacia y brillantez, evitando riesgos innecesarios por desconocimiento de las reglas del toreo.

            Independientemente de la expresión de cada torero, el par debe ejecutarse cuadrando y clavando en la cara del toro, es decir, que en la reunión el torero se halle frente al toro, porque si la ejecución se realiza desde el costado, ganada la cara y fuera de los pitones, la suerte pierde valor al haberse realizado a toro pasado. En el cuarteo, el modo más frecuente de banderillear, con el toro colocado en la segunda raya, el torero debe de ir de frente, dejándose ver, y esperar la arrancada, para entonces comenzar a describir un semicírculo hasta que se produce la reunión, instante en que sacará los brazos de abajo, juntará el par arriba, arponará y apoyándose en los palos procurará salir de la suerte con torería.

Manuel Escribano parea al quiebro
Finalizamos este apunte con una recomendación. Por más que escuchen comparar el par al quiebro con el par al cambio, hagan caso omiso a tan grave error del entendimiento. Sencillamente, porque el par al cambio no existe. Como ya explicaba Francisco MontesPaquiro” en su tauromaquia, “consiste el cambio en marcar la salida del toro por un lado de la suerte y dársela por otro. Por consiguiente, sólo puede hacerse con la capa, con la muleta o con otro cualquier engaño, que así como estos puede dirigirse con facilidad y se lleve al toro metido en él”. Debe quedar claro que en el quiebro solo hay una salida del toro, porque quien se pone y se quita es el torero, mientras que en el cambio hay dos salidas, la propuesta en el cite y la definitiva, por donde, con el auxilio de las telas, se vacía la embestida del toro.