Por Antonio Luis Aguilera
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Luis Miguel Dominguín. |
No vi torear a Luis Miguel Dominguín, pero tuve la suerte de saludar al maestro.
Fue en Córdoba, cuando acudió como invitado a la “Semana del Toro de Lidia”,
magnífico evento cultural que en los años noventa organizaba un elenco de
grandes profesores de la Facultad de Veterinaria. Aquella tarde, al estrechar su mano, le dije
que era un honor poder saludar a uno de los toreros importantes de la historia.
Sonriendo me dio las gracias. No podía suponer el veterano maestro que estaba
reconciliándome conmigo mismo, pidiéndole perdón por el odio que pudo haber en
mí cuando siendo niño creí a quienes decían que Luis Miguel había matado a Manolete.
No era verdad. La historia y la vida me demostraron la falsedad de aquella
cruel aseveración. Por eso guardo con enorme gratitud la oportunidad que me dio
la vida, y recuerdo con inmensa paz el apretón de manos y la sonrisa agradecida
de uno de los espadas grandes del toreo.
A Manolete no lo mató Luis
Miguel. Posiblemente ni “Islero”, con marcada querencia a chiqueros, tuvo
intención de herirlo mortalmente cuando, en la suerte contraria y cerca de
toriles, derrotó al sentir la estocada y emprendió huida hacia la querencia
arrollando al torero, que había entrado muy despacio y no tuvo tiempo de pasar
el fielato. Manolete había llegado a
Linares tremendamente cansado de la hostilidad del público y la campaña
antimanoletista de un influyente sector de la crítica taurina; hastiado de la
profesión a la que se había entregado con honradez ejemplar y pensaba dejar al concluir la temporada;
apenado por el visceral rechazo de su familia y amigos íntimos a Lupe Sino, la mujer que amaba y con la
que iba a casarse en octubre en Barcelona, como aseguró la noche antes de su
muerte a don Antonio Bellón, crítico
del Diario “Pueblo”, asegurándole que él era la única persona a la que creía
capaz de convencer a su madre para que acudiera a la boda.
Intrigas de despachos,
protagonizadas por espadas que no le aguantaron el pulso en los ruedos,
rompieron en 1947 el convenio entre México y España. La ruptura cobraba dos
presas importantes: Manolete
regresaba a España en plena campaña americana, cuando era un ídolo en el país
azteca, y Carlos Arruza, primerísima figura en España,
se quedaba fuera de la temporada. Contrariado por la política que le impide
torear en la nación donde era feliz y tener que adelantar el regreso a España,
donde le esperaba la dura defensa del cetro del toreo, Manolete declara que donde los toreros tienen que hablar es en el
ruedo. Le dicen que en su ausencia Pepe
Luis lo ha retado a torear varias
corridas duras en plazas incómodas, hostil propuesta a la que contesta con
ironía por el cariño y admiración que siente por el compañero con quien más
tardes alternó: “Habrá sido a comer ostras”. Se comenta con insistencia que es
su última campaña y la crítica afina el estilete, Gregorio Corrochano “le
llama “banquero”, Giraldillo le pide
que se retire de los toros y le llama “torero vergonzante”. Manolete manifiesta: “Para mí nunca
hubo eso que llaman palmas de simpatía”.
El 28 de agosto de 1947 Manolete y Luis Miguel se hospedan en el Hotel
Cervantes de Linares, donde a mediodía se produce el encuentro de ambos en la
habitación del aspirante al trono. El rey de los toreros le dice a Dominguín que se siente muy cansado, y
le anuncia su retirada al acabar la temporada. También le advierte que él
heredará todos sus enemigos. Esa misma tarde, durante la lidia del sexto
miureño, mientras Manolete libraba
su última batalla en la enfermería, el público insulta al joven torero. Así lo
narra el espada a Carlos Abella en la obra biográfica “Luis Miguel Dominguín” (Espasa Calpe,
1995): “El público de Linares empezó a insultarme, porque se sentía responsable
de la tragedia. Ellos sabían que habían exigido todo al pobre Manolo y que lo habían llevado hasta la
muerte. Empezaron a llamarme ¡canalla!, ¡sinvergüenza!, hasta ¡asesino!, dijo
uno”. Más adelante añade: “La muerte de Manolete
me produjo una inmensa rabia y una sensación de odio hacia la gente. Y por
supuesto, desde ese día, mi actitud ante ella fue otra. A partir de Linares
empiezo a maltratarla”.
Mucho se ha escrito de la
competencia entre Manolete y Dominguín, pero la perspectiva
histórica enseña que lo único que existió fue el anhelo de un joven espada por ocupar el
primer puesto del toreo, como demuestra que ambos solo se midieron doce tardes
desde 1944, año de la alternativa del madrileño, confirmada por Manolete esa misma temporada. Una
docena de corridas en cuatro años no permite hablar con fundamento de
competencia. El joven Luis Miguel quería el trono del toreo,
aspiración tan legítima entonces como ahora. Pero la tragedia se cruzó en
Linares y entonces el público no soportó el aire altivo, pedante y suficiente
de su carácter, ni la provocación que mantuvo con el “respetable”. Mas su
fuerte carácter también poseía unas cualidades innatas que resultaron
definitivas para conseguir su propósito de ser figura del toreo: inteligencia
natural, ambición, amor propio y valor. Tampoco es desdeñable que la contrición
del público por la muerte de Manolete
hallara en Luis Miguel una nueva víctima, y pretendiera colgarle la etiqueta que le
señalaba culpable de la tragedia. Se cumplía la profecía del cordobés en el
Hotel Cervantes. Veinticinco años después, en la conmemoración del aniversario,
Luis Miguel escribió: “Comprendí entonces lo que se me venía
encima. Pensé en mi efímera conquista, que no era tal sino una herencia, y en
el duro camino que me esperaba. Conocí desde entonces eso que mi amigo Agustín de Foxá llama el peso de
la púrpura”.
Pero Luis Miguel no callaba
como Manolete, sino que se
enfrentaba a la animadversión del público. Convencido de su poderío y
capacidad, lo desafiaba para demostrar que podía con los toros y con quienes le
chillaban. La tarde del 17 de mayo de 1949 en Madrid, alternando con Parrita y Manolo González, se
proclamó número uno del toreo, tras torear con largura y lentitud, cerrando
círculos completos con la muleta, a un ejemplar de la viuda de Galache al que cortó dos orejas.
Aseguraba Parrita que Luis Miguel se le acercó entre barreras, mientras el público estaba entregado a la gran faena de Manolo González, que cortaría dos orejas, y en voz baja le aseguró:
“Mañana solo se va a hablar de mi”. Y así fue. Hubo una enorme división de
opiniones, pero al día siguiente todos los periódicos hablaban de Luis Miguel, que esa misma tarde repetía actuación en Las Ventas y
volvía a salir a hombros tras cortar otras dos orejas a un manso de Antonio Pérez.
Otro de los innumerables ejemplos de
su carácter, que demuestra el desprecio que sentía por quienes le chillaban y
la seguridad en su magisterio profesional, tuvo lugar en la corrida celebrada
el 12 de octubre de 1960 en la plaza de El Puerto de Santa María, donde se
encerró con seis ejemplares de diferentes ganaderías. Mientras toreaba con la
derecha al toro de Cobaleda que
hacia cuarto, desde el tendido le gritaron: ¡Con la izquierda, Luis Miguel! El torero ignoró la exigencia sin inmutarse e hizo toda la
faena con la diestra. Llegada la hora de matar sorprendió al perfilarse con la
espada en la mano izquierda y cobrar media lagartijera de resultado fulminante.
La faena fue premiada con las dos orejas y el rabo que no paseó, pues esa tarde
no dio vueltas al ruedo tras recoger premios -cortó cuatro orejas y un rabo-,
solo lo hizo al final de la corrida acompañado de todos los hombres de su
cuadrilla.
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Torero dominador |
En 1951 Luis Miguel regresa a
Córdoba tras la muerte de Manolete.
Anunciado el 25 de mayo para lidiar toros de Benítez Cubero con Martorell y Litri, a mediodía se coloca en taquillas el cartel de “no hay
billetes”. La revista El Ruedo se
hace eco del recibimiento hostil con pitos y protestas que le dispensa el
público. Aún así, corta la oreja del segundo. Vuelve a la plaza de Los Tejares
el 18 de julio, corrida organizada por la Hermandad de la Misericordia, con
toros de Saltillo (Félix Moreno), alternando con Luis
Procuna y Calerito. Tras un recibimiento idéntico al anterior, el madrileño
corta las dos orejas y el rabo a su primero, que pasea triunfalmente
recreándose en dos vueltas al ruedo, y obtiene una oreja del segundo, que pasea
dando otras dos vueltas al redondel, saliendo de la plaza a hombros junto a Calerito. Esa tarde presencia la
corrida un muchacho que analiza como el público quiere que fracase Dominguín
pero termina rendido a su magisterio, y como los pitos hostiles se convierten
en palmas de un triunfo colosal. El muchacho era José María Montilla, decano de los matadores de
toros cordobeses, que recuerda: “Viendo la inmensa facilidad con que estuvo Luis Miguel, imponiéndose a las dificultades del público y de los toros,
salí de la plaza convencido de que quería ser torero”.
Dominador de los tres tercios de la
lidia, de enorme inteligencia, variado repertorio y gran conocimiento de las
suertes y del toro, Luis Miguel compitió contra sí mismo, contra
la animadversión del público y contra diferentes generaciones de toreros
formidables, manteniendo hasta su retirada la condición de primerísima figura
del toreo y el respeto a su magisterio. Alternó con todas las figuras de tres
épocas del toreo, desde los años cuarenta a los setenta del pasado siglo, y su
carrera estuvo jalonada de una popularidad enorme, que sin duda contribuyó a la
difusión de la Fiesta en el mundo. Demasiado éxito en un país de envidiosos,
pues como escribiera el inolvidable Antonio Machado: “En España,
de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Efectivamente, Luis Miguel
fue embestido por poderle al toro y al público, por su éxito con las mujeres
más bellas, por el atractivo personal que le permitió relacionarse con la
derecha y con la izquierda, y porque, sin proponérselo, fue el mejor embajador
de España en el mundo.
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Ava Gardner y Luis Miguel |
No pudieron derribar al donjuán, ni
al torero. Por eso propagaron la miserable patraña que le culpaba de la muerte
del rey de los toreros. Mas todo acusado tiene derecho a su legítima defensa. Dejemos que el propio Luis Miguel la ejerza como declaró para la biografía citada: “A Manolete
le mató el público, porque era un torero extraordinario, de gran honradez
profesional, con mucha personalidad y con mucho valor. Manolete ha sido el torero más honrado que he conocido y su
personalidad era tremenda”.