A orillas del río Urola, entre montañas y frondosa vegetación, se encuentra el balneario de Cestona, donde el último rey del toreo del siglo XIX, Rafael Guerra Bejarano, acudió en el verano de 1914 para comprobar si las famosas aguas termales mitigaban las molestias de antiguos golpes que certificaban su paso por los ruedos. La terapia incluía escapadas a San Sebastián, para presenciar las corridas anunciadas en el moderno coso del Chofre, donde dos años más tarde asesoraría al gobernador civil señor López Monis. Este recinto había sido inaugurado después de su encerrona en 1895 con una de Saltillo en la vieja plaza situada junto a la estación del ferrocarril, última ocasión que Guerrita mató seis toros como único espada, y las obras fueron dirigidas por el arquitecto Francisco Urcola, que también supervisó las del teatro Victoria Eugenia, proyectado conjuntamente con el Hotel María Cristina por el arquitecto francés M. Charles Meurres.
Joselito, que en abril había actuado dos
tardes en El Chofre, regresaba a la ciudad donde las aguas del Urumea
abrazan el mar a la sombra del Monte Urgull, para cumplir otro par de
compromisos en la
Semana Grande. El primero, el día de la Virgen de la Asunción , con ganado
de Murube y Santa Coloma, junto a su hermano Rafael, Gaona
y Belmonte; la tarde siguiente, con los dos primeros y Paco Madrid,
para estoquear toros de Parladé. Tenía motivos Guerrita
para acudir a la plaza, donde además de gozar de la admiración de los
aficionados –“A tó nos gusta que nos rasquen”- podía observar la progresión del
nuevo mandamás del toreo, el chiquillo de Fernando el Gallo, que
siendo su jefe de filas le convenció para que dejara de apodarse Llaverito
–antes lo hizo con El Airoso- y se anunciara con el que habría de
inmortalizar en la historia de la Tauromaquia. También ,
quien antes de morir le envió una carta confiándole el cuidado de su prole: “A
mi compadre Guerra, en la hora de mi muerte, le ruega que no deje sin
pan a mis hijos. Se lo pide, medio moribundo, su compadre Gallito”.
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Joselito y Belmonte |
Cumplidos los ajustes del Chofre
Joselito partió hacia Bilbao, donde en la plaza de Abando le
aguardaban tres tardes consecutivas –17, 18 y 19 de agosto-. En la primera no
ocurrió nada destacable, pero en la segunda, donde con su hermano Rafael
y Belmonte despachaba una impresionante corrida de Miura, un
ejemplar del legendario hierro lo trajo de cabeza. Para colmo, el genio de
Triana estuvo sensacional y le ganó la pelea ante la exigente afición del Bocho.
El maletilla que forjara sus primeros pasos taurinos a la luz de la luna en las
dehesas de Tablada, del que Guerrita llegó a decir que a él no le
hubiera durado ni dos minutos, iba adquiriendo la técnica que le permitía
desarrollar su impresionante toreo y con su temple y escalofriante quietud
conquistaba legiones de partidarios. Afortunadamente no hizo falta darse prisa
para verlo, como también vaticinara el torero cordobés, y durante su carrera
alternaría con Joselito 257 tardes, protagonizando ambos la edad
de oro del toreo, título que también había sido utilizado el siglo anterior
para definir la época de Lagartijo y Frascuelo.
Después de la miurada Joselito
se mostraba preocupado. En sus oídos resonaban las protestas del público y no
dejaba de pensar en el maldito toro. La bronca le había planteado dudas sobre
su modo de actuar y como no hallaba respuestas a sus interrogantes decidió
salir del alojamiento y desplazarse esa noche a Cestona, donde estaba Guerrita,
para cambiar impresiones con quien consideraba una auténtica autoridad del
toreo. Durante la cena le contó con detalle el comportamiento del marrajo y la
lidia llevada a cabo. Quería saber si hizo lo correcto o debió haber hecho otra
cosa, porque le inquietaba enormemente encontrarse con otro “regalo” parecido.
El antiguo rey del toreo no tardó en desengañar al legítimo heredero del trono:
“No le des más vueltas José, con esos toros tampoco podía yo.”
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Rafael Guerra Bejarano |
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Joselito: el poder de la lidia |
En tierras de Guipúzcoa tuvo lugar
el encuentro íntimo entre dos toreros excepcionales que por inteligencia, arte
y valor marcaron el rumbo de la tauromaquia contemporánea. Ambos sintieron la
necesidad de ser los mejores de su tiempo para mandar en el toro y en el toreo.
Joselito, a pesar de pertenecer a una familia de toreros, tenía
una referencia: Guerrita. Analizada su figura con perspectiva
histórica se observa que su linaje profesional no pertenece al de los Gallo,
sino al de Rafael Guerra, que sin conocer descendencia en los
ruedos pudo ver como Joselito abrazaba su tauromaquia, la
refinaba y construía el armazón donde habría de descansar el toreo moderno. Por
eso, ante la tragedia de Talavera, el gran torero cordobés sintió que algo suyo
también moría, como puso de relieve en el telegrama enviado a Rafael Gómez
Ortega: “Impresionadísimo y con verdadero sentimiento te envío mi más
sentido pésame. Se acabaron los toros. Guerrita”.
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