Por
Antonio Luis Aguilera
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Manolete alumno salesiano (fila de abajo, 3º a la derecha) |
Manolete fue escolarizado en
el Colegio de los Salesianos de Córdoba, ubicado en la calle María Auxiliadora,
donde iba andando desde la plaza de La Lagunilla por las calles Mayor de Santa
Marina, Zarco, Reja de Don Gome, Ocaña, Santa María de Gracia y plaza de San
Lorenzo, colindante con el centro escolar. Como alumno salesiano rezó a María
Auxiliadora, imagen que preside la capilla del colegio, pero también fue devoto
del Cristo de los Faroles y de la Virgen de los Dolores, venerados en la plaza
de Capuchinos, a la que gustaba rezar no solo en el interior del Convento de
San Jacinto, sino ante el azulejo situado a la subida de la Cuesta del Bailío. En
una ocasión, a la vuelta de un viaje de América, lo sorprendió en este lugar el
hermano mayor de la cofradía, que le preguntó porqué no le rezaba dentro del
templo. El torero le respondió: «esto es como los toros, antes de entrar a la
plaza hay que entrenarse».
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Azulejo de la Virgen de los Dolores |
Pascual Membrives Martínez, fue
un excelente aficionado cordobés, que contando más de ochenta años se emocionaba al
hablar de Manolete, de la humanidad y sencillez de un hombre que era la
máxima figura del toreo. Recordaba que, siendo él un niño, se orientó de la
celebración de un tentadero dirigido por Manolete en la finca “Las
Cuevas”, en Villarrubia (Córdoba la Vieja), donde pastaba la ganadería que don Alfonso
de Olivares y Bruguera había formado con reses de Juan Belmonte (procedencia
Gamero Cívico), y acudió al amanecer para subirse a la tapia. Ese día no solo
quedó impresionado por el toreo de su ídolo, sino por las experiencias que
vivió en la jornada campera.
Rememoraba que doña Concepción
Gómez-Barzanallana, «Conchita Olivares», viuda del ganadero
desde 1936, era aficionada práctica y gustaba torear a las becerras. En ello
estaba cuando una la tropezó y derribó. Los banderilleros acudieron de momento
para hacer el quite, pero Manolete los frenó ordenándoles: «¡No corráis,
dejarla ahí un rato para que se le quite el miedo!». Seguidamente acudió él
para llevarse a la vaca y preguntaba a la ganadera: —¿Te has asustado? Después
sería protagonista nuestro amigo. Finalizado el tentadero los empleados
sirvieron un arroz a los invitados. Manolete observó que mientras
comía el chaval no le quitaba el ojo de encima, y pensando que tenía hambre
pidió para él un plato. Pascual, que no había probado bocado desde la
noche anterior, quedó impresionado al ver que le hablaba el torero que tanto
admiraba, con quien mantuvo este breve diálogo: —No señor, muchas gracias, ya
he comido. Manolete sonrió al adivinar la justificación: —¡Tú cómo vas a haber
comido, hombre... Venga, ponerle un plato ahora mismo al nene! —No señor, de
verdad que sí he comido, muchas gracias...
—Como quieras... Pero tú no has comido y por vergonzoso te vas a ir sin
comer.
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José María Martorell. Foto Mateo |
En un tentadero celebrado en esta misma
finca, donde Manolete acudía a prepararse cuando estaba en Córdoba, estaba
como aficionado José María Martorell Navas, preparado para salir a dar
unos pases cuando fuera requerido, previo permiso de la ganadera. Por la noche,
cuando Manolete subía desde La Lagunilla a San Cayetano, para ir al
Campo de la Merced, donde se juntaba con los amigos, observó que el aficionado
del tentadero estaba sentado en la puerta de su casa, y mirándolo con una
sonrisa le regaló una frase que el tiempo convertiría en sentencia: «¡Adiós,
torero!». Casi dos años después de su muerte en Linares, en mayo de 1949, aquél
muchacho tomaba la alternativa en la plaza de “Los Tejares”, y sería el torero
más importante de Córdoba en los años cincuenta. José María lo recordaba
con enorme orgullo: «¿Te puedes imaginar lo que significó para mí que ese Monstruo me llamara torero, cuando yo era
un aficionado?».
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Iglesia de San Miguel |
Otra simpática anécdota de Manolete, prácticamente desconocida, la contaba
su íntimo amigo Manuel Sánchez de Puerta. Ocurrió en Córdoba una noche
de invierno. Después de tomar unas copas de vino con los amigos, al pasar por
la plaza de San Miguel -templo donde fue bautizado el torero-, vieron pasar a
un señor bajito con sombrero. Al torero le hizo gracia el sombrero, se lo quitó
para ponérselo y todos corriendo alrededor de la iglesia. El hombre siguió al
grupo sin alcanzarlo gritando: «¡Sinvergüenzas...!». Ellos, muertos de risa,
escondidos en un portal, lo veían pasar desorientado, hasta que dieron por
terminada la broma. Saliendo del escondite, Manolete se acercó al señor:
—Amigo, tome usted el sombrero y disculpe. Créame, solo ha sido una broma. ¿Sabe
usted quien soy? Acalorado, contestó: —¡Usted es un sinvergüenza! —Hombre, no
diga usted eso, yo no soy un sinvergüenza, soy Manolete, el torero. El hombre,
que resultó ser un agente comercial de Barcelona que se alojaba en el Hotel
Simón, replicó acalorado: —¡Usted que va a ser Manolete. Usted es un
sinvergüenza! El torero, acercándolo a un farol de la plaza, le dijo: —¿Se
convence? Al descubrirlo, aquél hombre, loco de alegría, no daba crédito a lo
ocurrido, se disculpó en repetidas ocasiones, rieron la broma y charlaron un
rato, quedando citados por la mañana siguiente para desayunar juntos. Aseguraba
Manuel Sánchez de Puerta,
que el hombre se marchó de Córdoba encantado de haber conocido a Manolete, desayunar con el torero y ser protagonista de su
broma.
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Manolete por estatuarios. Foto Mateo |
Como final de este mosaico recomendamos
la visita a los lugares citados, donde podrán encontrar tabernas clásicas cuyas
paredes veneran el recuerdo del torero. En la plaza de San Miguel, próxima a la
calle donde nació: Taberna “El Pisto”, ubicada en la misma casa donde en
el siglo XIX se fundó el famoso Club Guerrita. En el barrio de Santa
Marina: Taberna “La Sacristía”, calle Alarcón López, entre las plazas de
La Lagunilla, donde vivió el torero, y Conde de Priego, donde se alza su
monumento. Frente a esta taberna se halla la Casa de Hermandad del Señor
Resucitado, donde se custodia el traje de luces que Manolete vistió en
Santander la última tarde que salió a pie de una plaza. Bar “Santa Marina”, frente a la iglesia que da nombre al barrio, que guarda
recuerdos del torero. En la plaza de San Agustín: Taberna “Rincón de las Beatillas”,
visitada por Federico García Lorca y sede de las Tertulias “Manolete”,
“Chiquilín” y “Fosforito”. En el barrio de Ciudad Jardín: Taberna
San Cristóbal, en calle Rodolfo Gil, sede de la Tertulia “Tercio de
Quites”, donde se exhiben fotos de Manolete, Martorell y otros espadas cordobeses.
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