Por Rafael Sánchez González
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Juan Belmonte hace un quite a Catalino en Lima (Perú)
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Cuando escribí sobre la relación de
la dinastía taurina de los Gallo con varios toreros cordobeses,
dejé para una nueva ocasión a los varilargueros Zurito y Catalino.
Recordado ya el primero, quiero ocuparme ahora del segundo de esta pareja de
verdaderos maestros con la vara de detener.
En mi ya dilatada vida de aficionado
a la fiesta de los toros he tenido la oportunidad, en realidad ha sido siempre
una constante en mí, de dialogar con numerosos profesionales del toreo en sus
distintas categorías, y personas relacionadas con él, por lo que he podido
recoger infinidad de datos y vivencias que han venido a enriquecer mi archivo
taurino. Puedo asegurar que una de las entrevistas más amenas e interesantes
fue la mantenida con Bernabé Álvarez
Jiménez Catalino, si bien debo
apresurarme a decir que mi participación en ella solo fue en calidad de escribano, por cuanto quienes la
concertaron fueron mi padre y Pepe Guerra, mis auténticos
maestros en materia taurómaca. Todo vino porque en 1953 Don Alonso Moreno estaba interesado en
recabar información sobre este picador, para un libro que tenía intención de
escribir y que al final creo que no vio la luz. No podía imaginar entonces que
transcurridos más de veinte años compartiría tertulia con el ganadero palmeño
en el Mesón del Príncipe, situado en
la madrileña calle del mismo nombre, reunión de la que también formaban parte
mi desaparecido amigo y gran aficionado Manolo León, y los conocidos
picadores toledanos Rubio de Quismondo y los dos hermanos Mozo.
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Casa Castillo, hoy Taberna Santi, lugar del encuentro
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La cita con Catalino fue en Córdoba,
en la antigua Casa Castillo, hoy Taberna Santi, en la plaza del Realejo,
cercana a la calle Muñices, en la que a la sazón vivía y fallecería el 22 de
diciembre de 1958, es decir cinco años después. No olvidaré su llegada al punto
de encuentro. Valiéndose de una muleta y un bastón, apenas si podía andar con
estabilidad y mover aquel corpachón de anchos hombros y elevada estatura,
malformada ya por los numerosos golpes recibidos en los ruedos, más que por el
paso de los años. A lo largo de casi tres horas nos fue desgranando su densa
ejecutoria, citando a todos los espadas
de alternativa con los que trabajó, al tiempo que iba añadiendo datos o
detalles curiosos relacionados con cada uno de ellos, datos que fui recogiendo
apresuradamente, dándose la circunstancia de que agoté todas las cuartillas que
llevaba, por lo que Enrique Fresno, que en calidad de mozo
regentaba entonces aquella popular taberna, me tuvo que facilitar varias hojas
del bloc que guardaba en uno de los cajones de la vieja estantería, momento que
aprovechó Bernabé para decirle,
señalando a varios clientes que con atención seguían nuestra conversación: “Enrique, ten cuidao, no nos vayas a dar esas en las que tienes apuntao las
trampas de esta gente”. Quiero y debo hacer constar, que se trata de todo
un personaje dentro y fuera de las plazas de toros, y aunque la vida particular
no deba ser nunca información fundamental para una biografía profesional,
aportaré algunos detalles, que, unidos a los que por otras fuentes tengo
recogidos en relación con él, servirán para un mejor conocimiento de la
personalidad del protagonista al que quiero recordar, en la seguridad de que no
será poca la información que por razones de espacio se quedarán sin exponer.
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Para empezar habrá que decir que ni Bernabé pertenece al frondoso árbol
genealógico de la torería cordobesa, ni entre sus jóvenes ilusiones anidaba la
idea de actuar en los ruedos, aunque eso sí, fue bautizado en la muy torera
Parroquia de Santa Marina, dado que nació en la calle Valencia de nuestra capital
el día 15 de febrero de 1885. Fueron sus padres Adela Jiménez Fernández
y Catalino -de ahí su apodo- Álvarez Gómez, manchego de nacimiento y
primo del famoso doctor Don Luis Jiménez
Guinea. Aquel hombre se ganaba el sustento “haciendo portes” con un pequeño
carro tirado por una mula, teniendo como
clientes a muchos profesionales del toreo, a los que transportaba el equipaje a
la estación de ferrocarriles para sus continuos viajes. De complexión fuerte,
con quince años de edad se colocó Bernabé
de faenero en el almacén de aceitunas y cereales de José Delgado, donde sin
demostrar exagerado esfuerzo se cargaba sacos de 80 y 100
kilos. Y aquí empieza su relato. “Allí
ganaba poco y duré menos todavía”. Seguidamente pasó a trabajar en la
calderería del Depósito de Máquinas de Renfe, y después a la de Antonio Caro, situada en un corralón junto a la Torre de la Malmuerta,
donde tenía como jefe a un tal Mayuel,
“un tío de origen francés al que llamaban
El Filipino, porque decía que había
estado en la guerra de aquél país, luchando como infante de marina en las
tropas españolas al mando del cordobés Don Rafael
Cabezas, capitán de fragata, que fue el que se lo trajo después a Córdoba.
Lo curioso era que en el mono de trabajo
llevaba enganchada la medalla que como mérito decía él que le habían concedido”.
Dada su enorme fortaleza todos los
compañeros le decían que tenía que ser picador. Y sucedió que regresando con
unos amigos del Bar La Parra, junto
al paso a nivel de Las Margaritas, al
llegar al Café Chastang se
encontraron con el Sr. Mayuel, que
estaba acompañado de quien resultó ser el contratista de caballos de la
novillada, anunciada para el día siguiente en Los Tejares (luego comprobaría que todo estaba tramado en ese
empeño por hacerle picador). Una vez
presentados dijo Mayuel que ese
era el muchacho del que le había indicado que quería picar en ella, y al saber
este hombre que carecía de experiencia en dicho menester, le preguntó: “¿Tú que te crees, que los caballos son de
cartón?”; “Ni de cartón ni de ná, que
quiero ser picaor”, contestó Bernabé.
El resultado fue que acordaron su actuación, por lo que sin más relación con
las cabalgaduras que la mula del carro de su padre, y el manejo alguna que otra
vez del coche de caballos que su tío Antonio
tenía en la parada, con ropa prestada y sin informar de la aventura a su
familia, valiéndose de la ayuda del monosabio que pasó a recogerlo con el
caballo para llevarle a la plaza de toros, se vistió en casa de la novia que
entonces tenía (de su faceta mujeriega también hablaremos). Se trataba de una
novillada con motivo de la festividad de la Virgen de la Fuensanta (8/9) en la
que el granadino Serafín Ibáñez Corcelito y los cordobeses Rafael Rodríguez Chaqueta y Rafael Sanz se enfrentaban a ganado de
D. Juan Galdón. Recordaba Bernabé que al salir de la plaza era ya
casi de noche; que como reserva actuó en los seis novillos, sin que ninguno
llegara a derribarle; que el cuarto fue condenado a banderillas de fuego; el
quinto se lo brindaron a Guerrita; y el sexto, que era el de menos peso salió bravo, pero todos con
empuje y desarrollados pitones. Con cierto gracejo nos comentó que, antes de
hacer el paseíllo, Carrana (Antonio
Bejarano), que ejercía de torilero, al saber que era novato le dijo: “Muchacho, ¡¡te van a dar poco esta tarde…!!”.
En realidad no debió dársele muy mal la cosa por cuanto el mencionado
empresario de caballos, el sevillano Antonio
Arenas, le ofreció la repetición para dos días después en la plaza de
Andújar (Jaén), novillada en la que Rafael
Molina Lagartijo Chico y Antonio Fuentes se las vieron con reses
de Conradi. “Por ambas actuaciones me pagaron veinticinco pesetas, y en vista de que
aquello era más rentable que seguir como calderero, y además no tendría que
estar todo el día con el mazo de acero, la cizalla y las tajaderas, ni cargarme pesadas chapas,
le dije al Filipino que hasta luego
y me tomé en serio lo de picador”.
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Antigua plaza de Los Tejares de Córdoba
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Una vez decidido a ello, pensó que
convenía adiestrarse lo mejor posible como jinete, por lo que en compañía de su
amigo el Gordoncho (Rafael González Gómez), que también sería picador de toros, se fueron a una huerta
en los pagos de la Fuensanta, donde un amigo de Rafael tenía un potro a medio domar.
Profesionalmente Catalino no llegó a manejar con total destreza la brida, pero tenía poderosas piernas con
las que atenazaba al caballo; es más, escogía los de mayor alzada sin
importarle la doma que tuvieran, ya se encargaba él de que le obedecieran.
Durante mi estancia en Madrid, muchas mañanas de invierno solía acercarme hasta
el patio de caballos de Las Ventas
para ver a Luis Vallejo Pimpi,
responsable de la cuadra de caballos de dicha plaza. Sentados al solecito en un
banco de madera, no me cansaba de escuchar sus interesantes y amenas vivencias.
Como componente que fue de la cuadrilla de Manolete, a veces se le saltaron las lágrimas hablándome del inolvidable
diestro. Respecto a Catalino me comentó que el día que confirmó la alternativa el califa (12/10/1939), que por cierto
le cortó las dos orejas a un toro de Antonio
Pérez, cuando su tío Basilio Barajas,
que fue rejoneador y a la sazón era el responsable de la cuadra de caballos,
vio por la mañana a Bernabé,
exclamó: “todavía está vivo el bestiajo
este”.
A partir de aquellas dos
intervenciones primeras, Catalino continuó actuando como
reserva en cuantas ocasiones se le presentaban, haciéndolo también a las
órdenes de distintos novilleros en el coso cordobés, y así le veo con Corchaíto II,
Manolete
y Machaquito.
En 1909 decide trasladarse a Madrid y con la ayuda de Manuel del Pino Monerri,
picador cordobés casado con la popular lotera madrileña conocida por Doña Manolita,
consigue debutar en la desaparecida plaza anterior a la de Las Ventas un domingo de frío polar (1912), enrolado en las filas
del valenciano Antonio Mata Copao, que igualmente hacía su
presentación, formando parte del cartel que completaban Isidoro Martí Flores, Pacomio Peribáñez y reses de Moreno Santa María. Trabajó después
para otros espadas como Alfonso Cela Celita, Moreno de Alcalá y el
mexicano Vicente Segura, hasta que
por fin Rafael González Machaquito le dio puesto fijo en su
cuadrilla en 1912, cubriendo con él las dos últimas temporadas en activo de
dicho espada. A partir de aquí su trayectoria profesional cobró importancia y
sus servicios fueron solicitados por los más importantes diestros del primer
tercio del siglo XX, peticiones que él atendía según su conveniencia, porque, y
me refiero a un aspecto muy señalado por quienes le conocieron, Bernabé se preocupó mucho del tema
económico, y cambiaba de jefe según los emolumentos que le ofrecían. Un detalle
al respecto. Era costumbre que los contratistas de caballos ofreciesen una
gratificación a los picadores, con el fin de que, en lo posible, defendieran en
el ruedo sus cabalgaduras, y según le contó el citado Fausto Barajas a su también mencionado sobrino, cierta mañana de festejo, como
quiera que aquella oferta económica no llegaba, Catalino repetía en voz
alta por el patio de caballos: “con estos
jacos no llegamos ni a la mitad de la corría”.
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Los contratistas de caballos gratificaban a los picadores que defendían a las cabalgaduras |
Quiero resaltar que en la entrevista
que mantuvimos con él, según citaba los espadas a los que había acompañado, nos
añadía su opinión sobre cada uno de ellos, a la vez que recordaba numerosos
datos acerca de sus intervenciones, algunas de cuyas citas voy a referir (las
fechas las aporto yo), por considerarlas interesantes o curiosas, y desde luego
no fue tarea fácil darle forma a los apuntes que en su esencia tomé, mientras
conversaba con mi padre y con Pepe Guerra. Así, de Machaquito resaltaba las cualidades
de gran estoqueador y su enorme pundonor. “Toreamos
cuatro corridas en Pamplona y en la primera, mano a mano con el Gallo, quedó muy mal con la espada,
oyendo dos avisos con un bicho pregonao de Vicente
Martínez, y por lo que el maestro nos contó, se tiró toda la noche sin
poder dormir”. A continuación, tras permanecer unos segundos en silencio
nos dijo Bernabé: “de allí me vine para Córdoba, porque se
agravó la enfermedad de mi mujer y la pobre se murió el día 19, por lo que no
pude ir a Pozoblanco, incorporándome a la cuadrilla en la feria de Valencia,
donde también actuamos cuatro tardes”. Aquel año, Machaquito comenzó muy
tarde la temporada, pero realizó doce paseíllos en la plaza madrileña cuyo
ruedo no pisaba desde el 6 de octubre de 1911, cuando Pandero, un astado de Gamero
Cívico, le causó la gravísima lesión
vertebral que le mantuvo largo tiempo inactivo. A varias de ellas se refirió Bernabé. La primera, aquella en la que “nos echaron como sobrero un toro enano y se
armó una gran escandalera, con la gente en el ruedo y mi jefe llamado al palco
presidencial. Menos mal que enseguida cogió los palos Vicente Pastor y la cosa se pudo calmar”. Seguidamente, nos
habló del día en que poco antes de hacer el paseíllo en Madrid, se le acercó Cocherito
de Bilbao, y refiriéndose a la baja estatura de Fermín Muñoz Corchaíto, “me
preguntó con mucha guasa: ¿oiga usted, su paisano que es corcho o tapón?;
contestándole yo, ¿y usted que es cochero o lacayo…? Ahora en el ruedo vamos a
ver lo que es un torero con cojones”. Se trataba de la corrida celebrada
bajo una pertinaz lluvia el 25 de mayo, en la que con siete toros de Martínez y uno de Pérez de la Concha actuaba con ellos Vicente Pastor. Se refirió también a la corrida de Beneficencia
(29/5) a la que asistió la Infanta
Isabel, “fue para ver a su torero,
que era Vicentito Pastor”. Y cómo no, se detuvo al
recordar cuando Machaquito se despidió del toreo, concediéndole la alternativa
a Juan Belmonte, accidentado festejo celebrado el 13 de octubre, en el que
saltaron a la arena once toros de los que cinco fueron devueltos, “por poco se acaban las banderillas de fuego
con tanto manso como salió. Rafael tuvo que matar el último, casi
de noche ya, porque Belmonte había
pasado a la enfermería. Bueno, lo que hizo fue rematarlo, porque a ese toro le
di yo lo que se merecía”. Referente a las intervenciones en provincias de
aquel año (1913), además de detenerse en las que picó en Córdoba, recordaba muy
bien la llamada corrida Monstruo de
Santander (26/6), en la que, dividida en tres partes, se lidiaron en total
dieciocho toros, “yo no he visto en mi
vida tantos caballos de picar juntos… Más de sesenta creo yo. Por la mañana
había caballos hasta en el mataero, que estaba al lado de la plaza”.
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Estocada de Machaquito en Málaga. Foto web Anís Machaquito
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Retirado Machaquito, en 1914
ingresó en la cuadrilla de Paco Madrid, otro extraordinario
estoqueador de toros, gran ejecutor del volapié. De su año con él nos habló Catalino de la tarde (1/9) que en La Malagueta
se doctoró Matías Lara Larita, primera corrida de feria en
la que se corrieron reses de Nandín
y ejerció de testigo Juan Belmonte.
Esta misma terna se repitió el día siguiente para enfrentarse a ganado de Conradi. Sucedió que “un toro enganchó a Belmonte cuando entró a matar, y aunque no llegó a herirle le
propinó una paliza terrible, menos mal que Larita
le hizo el quite a cuerpo limpio llevándose al bicho. Estando ya ambos en el
callejón, con el traje hecho una piltrafa, le dijo Belmonte: gracias Matías,
no se como pagártelo. A lo que contestó, no te preocupes Juan, ya me lo cobraré poco a poco. El tiempo le dio la razón,
porque se sabe que fueron varias las ocasiones en que Belmonte ayudó económicamente a Larita”. Pobre y olvidado, Larita fue a morir en un asilo de
Guadalajara. Aunque Bernabé, por
modestia seguramente, no se extendió en elogios sobre su carrera taurómaca, sí
nos dijo a continuación, “una de mis
mejores tardes fue en la corrida concurso de ganaderías que se celebró en
Madrid, picando a un toro de Andrés
Sánchez. Fui muy aplaudido por el
público y felicitado por el ganaero”.
Se refería al festejo celebrado el 29 de septiembre, en el que con seis
ganaderías salmantinas participaron Tomás Alarcón Mazzantinito, Francisco
Martín Vázquez, Agustín García Malla y Paco Madrid. Tras una
breve pausa, esbozando una leve sonrisa dijo: “os voy a contar lo que ese año nos pasó a mi compañero Farfán y a mí en Burdeos. La habitación
que teníamos estaba separada de otra por un tabique que no llegaba hasta el
techo, y el pedazo que quedaba libre estaba tapado por una arpillera pintada de
blanco. En esa otra habitación oíamos a una pareja que deberían estar a sus
cosas, ya sabéis, por lo que decidimos arrimar el armario y subirnos para poder
espetar a través de la tela de saco,
pero no se como se apañaría Farfán
para que aquella se desclavara del techo, y a punto estuvo de ir a parar al
otro lado. Tuvimos que bajarnos del armario a prisa y corriendo, pero como todo
aquel entramado cayó en aquel lado, la pareja se puso a gritar en francés,
mientras nosotros nos hacíamos los dormidos. Total, que en poco rato se formó
un jaleo tremendo en toda la fonda. El conserje nos miraba a los dos, que nos
hacíamos los longuis, encogiéndonos de hombros como si no comprendiéramos nada
de lo que allí había pasado. Por cierto, aquel día nos salió un Miura que dio 485 a la canal… Parecía
un elefante con cuernos, al que le arreamos siete u ocho buenos puyazos porque
no había forma de bajarle los jumos. Como sería, que nos felicitaron los tres
espadas y escuchamos una ovación enorme”.
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Catalino picó en las cuadrillas de Gallito y de Belmonte
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Siguiendo con su relato, dijo; “aquel año toreamos 49 corridas. La última
fue en Jaén y la anterior en Madrid (11/10).
Por cierto, que estando por la mañana en
la prueba de caballos se me acercó D.
Juan Rodríguez, apoderado de Belmonte,
y me preguntó si yo estaría dispuesto a ir con Juan el año siguiente. En
principio le contesté que le agradecía el ofrecimiento y que ya le llamaría. En
noviembre pasé por el domicilio del apoderado para firmar el contrato y de paso
aproveché para encargarme ropa en Ripollés,
que estaba en la calle del León”. Al término
de aquella temporada Belmonte
trasladó su residencia a Madrid, y fue cuando al pasar por la peluquería de Almeida, en calle Sevilla, entró y
solicitó que le cortasen la coleta, sorprendiendo a todos con esta acción,
inusual hasta entonces y menos encontrándose el torero todavía en activo. Días
después ingresaba en el servicio militar.
“Mi estreno con Belmonte fue en
Málaga, primer mano a mano que toreó con Joselito
(28/2) y toros de Murube (como novilleros ya habían
coincidido el 22 de agosto de 1912 en Cádiz). Qué gran feria cuajó Juan en
Sevilla, sobre todo frente a los Miura
(21/4 con el Gallo y Joselito),
saliendo a hombros por la Puerta del Príncipe y siendo llevado así hasta su
casa. Después otro faenón a un toro de Murube al que le cortó una oreja en la
Corrida de Beneficencia madrileña (25/4, con los citados hermanos y Vicente Pastor). Aquella de 1915 fue una gran temporada, en la que de no ser por algunos
percances podríamos haber llegado a las 110 actuaciones que tenía contratadas.
Y la siguiente (1916) iba por el mismo camino hasta que llegó la
cornada de La Línea (16/7), donde un
bicho de Salas le hirió de gravedad
en un muslo al hacer un quite”. Resulta elocuente el dato de que de las 44 corridas que solo llegó a
torear 32 fueron con Joselito. “Cuando hablé por teléfono
con el maestro para saber como se encontraba, me dijo que ya no torearía más
ese año y que podía contar con su apoyo para que yo continuase con otros
matadores en lo que restaba de temporada. En realidad apenas si estuve parao,
porque en San Sebastián me dijo Cantimplas
(Manuel Saco, banderillero en las
filas de Rafael el Gallo) que sabía que a
Joselito no le importaría llevar un
picador más en la cuadrilla, donde ya estaban Carriles y Farnesio.
Total, que en la feria de Bilbao ya iba yo con José”. Por cierto, un Joselito que hasta entonces no
llevaba un año de muchos triunfos, salvo una tarde en la feria sevillana (27/4),
en la que paseó un apéndice de un toro de Santa
Coloma, y otra en Madrid (15/5) que cortó sendas oreja a dos astados de Gamero Cívico, aunque, como cabía
esperar, acabó brillantemente con 105 festejos en su haber, de los 117 que
había contratado. Que fueron 103 en 1917, año en que a Joselito le veían sus más
allegados algo deprimido, por culpa de ese amor imposible con la hija de un
famoso ganadero, al que tanto parecía preocuparle el tema de las clases
sociales. De cuantas referencias hizo Bernabé
sobre esta temporada, solo citaré las cinco orejas que obtuvo de los toros de doña
Carmen de Federico, que por primera
vez lidiaba a su nombre la ganadería de Muruve,
corrida de la Prensa sevillana en la que actuó como único espada. “Yo no recuerdo un triunfo tan grande, ni un
público tan entregado con un torero como el que vi aquel día; si en un toro estaba bien, en el otro
todavía estaba mejor… Yo puedo
presumir de que he ido con los dos mejores toreros de aquella época”. No
obstante, cabe añadir que en 1917, al celebrarse también espectáculos en la
recién estrenada plaza Monumental, Joselito solo toreó en La Maestranza dicho festejo (24/6), y el
que con astados de Saltillo, a
beneficio de la Cruz Roja, se celebró el 27 de abril, cuando por primera vez en
la capital hispalense se devolvió un toro por manso. Al terminar aquella
temporada de nuevo solicitó Belmonte
los servicios de Catalino, para que, junto con los diestros Diego Mazquiarán Fortuna y Rufino San Vicente Chiquito de
Begoña, los banderilleros Luis
Suárez Magritas, Manuel García Maera, Emilio Moreno Morenito de Valencia y el mozo de
estoques Antonio Conde, le
acompañara en su viaje a Lima (Perú), donde tenía proyectado torear varias
corridas de toros…, y llevar a cabo cierto asunto de índole particular. A tal
fin, el 30 de noviembre embarcaban todos en el puerto de Santander. “Durante la travesía me ocurrió un suceso
bastante lamentable, pues una señorita,
que tomaba el sol en la terraza del barco, entendió que yo le había molestado
cuando lo que hice fue decirle un piropo bonito, total que si no llega a
intermediar Juan me hubiera pasado
todo el viaje encerrado en mi camarote, porque dicha señorita resultó ser la
mujer del jefe de máquinas del barco. Pero repito que yo no quise ofenderla”. Dos días antes de Navidad, vestido de perla
y oro el trianero hacía su debut en
el coso limeño de Acho para matar reses de Asin
en compañía de los dos espadas citados. En total fueron nueve corridas y una en
su beneficio, más otra en Panamá y tres en la plaza de toros Circo
Metropolitano de Caracas. “Y estando en
Lima nos enteramos de que el maestro se había casado por poderes con una rica
señorita de la alta sociedad peruana (Julia
Cossio y Pomar) que se encontraba en
Panamá, cuando por lo que supimos después ni en España sabían nada del asunto”.
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Puyazo en todo lo alto de Bernabé Álvarez Catalino. Foto El Ruedo
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En el transcurso de la reunión que
tuvimos con él, aunque se valiese de
varios recortes de prensa y apuntes suyos, que portaba en una carpeta de
color azul ya descolorida por su uso y el paso del tiempo, nos sorprendió en
sus declaraciones la facilidad con que recordaba los acontecimientos que nos
fue desgranando y era encomiable oír los elogios que tenía para todos los
diestros que acompañó a lo largo de su extensa carrera taurina. Tampoco se
olvidó del toro de aquellos años, y nos hizo bastante hincapié en la diferencia
del ganado al que se enfrentó antes y después de ir con Machaquito, “a partir de Joselito y Belmonte
salía ya un toro con menos kilos y menos cornamenta, aunque pasaran de cuatro
años y tuviesen el empuje necesario para aguantar cinco o más puyazos, como aquel de Aleas,
Palillero recuerdo que se llamaba, que en la plaza de Madrid, después de llevar
en volandas a mi compañero Camero,
tirándolo al callejón con caballo y todo, me derribó a mí y me echó el jaco
encima, menos mal que me pilló cuando
estaba ya en cuclillas para levantarme, y solo me dejó un fuerte magullamiento
en el costado izquierdo”. En ese momento nos mostró una foto en la que se
le veía en el patio de Las Ventas junto con una cabalgadura, “con este caballo, Marconi, piqué varias
tardes en Madrid… a mí me gustaban los caballos
grandes para poderme echar sobre los toros largando palo y así poder
apretar con facilidad”.
La temporada de 1918 estuvo marcada
por una terrible epidemia que dieron en llamar “gripe española”, que llegó a
Europa a primeros de año, con los soldados americanos que lucharon en la
Primera Guerra Mundial, causando más de 200.000 muertes en nuestro país,
gobernado entonces por el liberal Manuel
García Prieto. Epidemia que en el ámbito taurino obligó a la suspensión de
numerosos festejos. Dicha temporada Belmonte
no toreó en España, por lo que Catalino aceptó la oferta que le
hiciera José Flores Camará,
a quién, tras su apoteósico debut en Madrid como novillero el año anterior
(2/9), se le presentaba una campaña importante, como así fue, pues totalizó 56
corridas de toros, entre las que cabría destacar las tres de la feria de
Córdoba, más una (24/10) como único espada; cuatro en la de Bilbao y seis en Madrid, la primera de ellas la tarde
que Joselito
le otorgó la alternativa (21/3) con el toro Amargoso
(así se llamaba también el primer miura que
Manolete
mató aquella fatídica tarde de Linares), y la de Beneficencia (17/5). Un
prometedor futuro que se diluyó pronto, ya que a partir de 1920 el descenso de
sus intervenciones fue vertiginoso hasta quedar totalmente eclipsado del
escalafón. El destino le tenía reservado otro puesto relacionado con la Fiesta,
con el que sí dejaría muy marcadas sus señas de identidad. Sobre Camará
nos dijo Bernabé: “Yo creo que se equivocó al tomar la
alternativa sin tener todavía la suficiente preparación… Fue una víctima más
del poderío de Joselito. ¡Qué gran
afición y qué inmenso poderío tenía este torero!”.
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