Por Antonio Luis Aguilera
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Manuel Jiménez «Chicuelo» (Foto familia Chicuelo) |
Faltaban veinte años para la alternativa de Manuel Rodríguez «Manolete» cuando en el mismo palenque la recibió Manuel Jiménez Moreno, el torero sevillano que sería su padrino de ceremonia, quien además de cederle muleta y espada, también le entregaría el testigo de su toreo, como si el histórico maestro presintiera que aquel espigado novillero cordobés, por su inmenso valor y el talento que atesoraba, sería capaz de imponerlo definitivamente en el orbe taurino. Aquella tarde del 28 de septiembre de 1919, en la plaza de la Real Maestranza de Sevilla, «Chicuelo», espada de dinastía, huérfano de padre torero desde la niñez —como lo fue «Manolete»—, fue investido matador de toros con el apretón de manos de Juan Belmonte. El chaval nacido en la calle Betis tenía diecisiete años cuando «El Pasmo de Triana» le cedió la lidia y muerte del toro Vidriero, del Conde de Santa Coloma. Completaba el cartel Manolo Belmonte.
En aquella época maravillosa y apasionante del toreo, cuando la afición estaba dividida en dos bandos irreconciliables, los partidarios de José Gómez Ortega y los de Juan Belmonte García, fantásticos y complementarios toreros que protagonizaron la «edad de oro del toreo» —la segunda, pues este titulo había denominado el siglo anterior la mantenida por «Lagartijo» y «Frascuelo»—, el joven «Chicuelo», como todos los toreros de su tiempo, incluido Belmonte, sentía verdadera admiración por «Gallito», aquel genio al que veneraba desde niño, y ante el que lidió su primer becerro en la placita familiar de los «Gallo» en la Huerta del Lavadero. Tanto le agradó su toreo a «Joselito» que le regaló una propina, que el chaval pronto gastó en las taquillas de la Maestranza, adquiriendo la entrada para la corrida donde José alternaba con Ricardo Torres «Bombita», Rafael «el Gallo» y Juan Belmonte.
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Juan Belmonte otorga la alternativa a «Chicuelo». Sevilla, 28 de septiembre de 1919. (Familia Chicuelo) |
«Chicuelo» pisaría por primera vez ese redondel el 28 de febrero de 1918, en un festival organizado por «Gallito». Rememoraba el maestro en una entrevista que cuando José le hablaba se ruborizaba, se ponía tan nervioso que no sabía qué decir, y si en un tentadero le cedía un capote o una muleta se le salía el corazón de felicidad. Si la participación del chaval en el festival de su debut de Sevilla fue gracias a José, es fácil deducir la empatía que existió entre ambos. «Chicuelo» consideraba a «Gallito» la máxima referencia del magisterio taurino, y procuró empaparse de sus enseñanzas en los tentaderos, donde pudo observar cómo José entrenaba la técnica de la ligazón del pase natural, procurando sujetar a las reses dejándole la muleta en la cara al terminar el pase en lugar de despedirlas, para así obligarlas a repetir la suerte. «Gallito» desarrolló en el campo la técnica de la ligazón, que después habitualmente incluía en las plazas en su modelo de faena. Fue el primero que mostró públicamente el germen de un toreo nuevo, que con el paso de los años, perfeccionado por «Chicuelo» y «Manolete», culminaría en el toreo de línea natural, el concepto que liga los pases agrupándolos en series: el toreo moderno. ¡Para qué algunos sigan diciendo que «Gallito» fue un torero antiguo!
No debe confundirse el concepto con la expresión o acento personal del torero. Conviene sacar esto a colación porque, ante la montaña de literatura que afirma lo contrario, Juan Belmonte no cambió el planteamiento del antiguo toreo de muleta. Sus faenas se desarrollaron según las normas clásicas, con el matador situado en los terrenos de adentro y el toro en los de afuera, y sus trasteos consistían en pases por alto, el natural ligado con el de pecho —no con otro natural o varios naturales—, molinetes, faroles y desplantes. Lo que de verdad hizo único a Juan Belmonte fue el sitio que pisó, pues acortó las distancias con el toro, y su portentoso temple le permitió expresar un toreo de capa de prodigiosa belleza, donde el espada ejecutaba los lances a la verónica por ambos lados, hasta cerrar la serie enroscándose el toro a la cintura con media verónica escultural, que liberaba la emoción y el entusiasmo del público por la escalofriante conmoción de su toreo. Con la muleta, por ocupar el mismo sitio, su temple sujetaba al animal, que al terminar el pase natural comenzaba a trazar la línea curva hacia adentro, pero al mantener el torero su terreno, dando la espalda a tablas, entre cada pase tenía que cruzarse al pitón contrario para no quedar fuera de cacho.
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«Chicuelo» torea a Corchaito. Madrid, 24 de mayo de 1928. (Foto familia Chicuelo) |
Tras la tarde fatal de Talavera de la Reina, sería «Chicuelo» —que había toreado con José seis corridas de toros y un festival—, quien otorgaría continuidad a la técnica de la ligazón de los pases del inolvidable espada de Gelves. Él sería quien daría un nuevo giro de tuerca al concepto «gallista», y al curvar el animal la embestida al final del pase natural, en lugar de irse al pitón contrario, lo que hizo fue girar sobre su eje, para de esa forma, intercambiando los terrenos del toro y del torero, ligar los pases y agruparlos en series, estructurando así la faena moderna. «Chicuelo» fue el creador de la faena actual, que por su quietud, emoción y belleza pronto halló la calurosa acogida del público.
Trascendente resulto para la historia la tarde del 24 de mayo de 1928 en Madrid, donde «Chicuelo», alternando con «Cagancho» y Vicente Barrera, deslumbró a la afición de la capital del reino ligando los pases en redondo por ambas manos al toro Corchaíto, de la ganadería de Graciliano Pérez Tabernero, al que toreó con tanta naturalidad, gracia y belleza que aquella faena —como sentenció su banderillero Manuel González Buzón «Rerre» al ir a dejar los trastos el maestro — «había cambiado el toreo». Fue también la gota de agua que colmaba el vaso de la injusticia, porque hasta entonces la carrera del espada sevillano había sido escrita con sordina por la “sobrecogedora” crítica española, que por no “trincar”, no tuvo escrúpulos en callar sus apoteósicos triunfos en México, donde logró éxitos de igual o mayor calado que el de Madrid. Históricas fueron por su repercusión las ejecutadas en la plaza de «El Toreo de la Condesa», donde en 1925 había inmortalizado a los toros Lapicero y Dentista, de San Mateo. En la nación hermana fue considerado máxima figura, y su concepto tuvo gran influencia en uno de los diestros más importantes de la tauromaquia azteca: el maestro de Saltillo Fermín Espinosa «Armillita». Aun así, la crítica española, más preocupada de ensalzar el toreo de avance buscando el pitón contrario, no tuvo reparos en ocultar el clamor levantado en América por «Chicuelo», donde aquella apasionada afición se entusiasmó con su toreo de reunión y quietud ligando los pases en redondo. La faena a Corchaíto no pudo eclipsar por más tiempo la realidad de su toreo en España.
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Con el ruedo lleno de sombreros, «Chicuelo» inmortaliza al toro Dentista en México, el 26 de octubre de 1925. (Foto familia Chicuelo) |
Por su importancia en este asunto reproducimos unos párrafos del texto «Chicuelo, las sombras de un silencio», escrito por Federico Arnás para el interesante libro «Chicuelo, el arte de inventar», editado por la Fundación de Estudios Taurinos de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, donde el sagaz periodista madrileño busca documentación en la hemeroteca para iluminar esta triste historia:
«Llevaba pocos años de alternativa cuando en México costaba entender las razones para que la prensa española no reconociera con carácter de unanimidad el alcance innovador que su toreo traía atestiguado en aquellas plazas. Valga como apunte lo firmado por el mexicano Verduguillo en el semanario La Corrida: “Si los revisteros madrileños que tratan a toda costa regatear méritos a este torero y de empequeñecer su labor hubieran visto a Manolo esta tarde, tendrían que reconocer que están haciendo el ridículo a sabiendas, o que no tienen un tanto así de pudor profesional… Lo que hay es que el tío Zocato no ha querido resolver el problema que tiene más de financiero que de artístico, fiado en lo grande que es su sobrino”. El comentario fue recogido en el diario madrileño La Nación con esta consideración a modo de escozor patrio: “¿Tiene razón Verduguillo? Parece que sí, puesto que a la hora presente todos los revisteros madrileños han dado la callada por respuesta. (Entremos todos y que salga el que pueda). Se ofende a los revisteros españoles y nadie dice esta pluma es mía”».
Queda por tanto suficientemente claro que la histórica faena realizada en la plaza madrileña no fue un hecho aislado, sino un eslabón más de la brillante y silenciada carrera de Manuel Jiménez «Chicuelo», que desde 1922 había conquistado a los públicos de Perú, México y Venezuela. En México, por su acoplamiento a los toros del encaste Saltillo, había protagonizado muchas tardes inolvidables en la plaza de «El Toreo de la Condesa», donde inmortalizó a Toledano, Lapicero, Dentista, Testaforte, Cartero, Melcochero, Peregrino, Mezcalero, Pintor, Duende, Serrano, Pergamino y Zacatecano. Tampoco los aficionados de Venezuela pudieron olvidar la realizada a Carpintero en la Maestranza de Maracay. Mas tantos triunfos no aparecieron en la prensa española, y tuvieron que pasar más de cinco años para que el encuentro de «Chicuelo» y Corchaíto resultara determinante gracias a la influyente la afición madrileña.
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«Chicuelo» otorga la alternativa a «Manolete» el 2 de julio de 1937 en la plaza de Sevilla. (Foto familia Chicuelo) |
Tras la década de los años treinta del siglo XX, dominada por el magisterio de Domingo Ortega y su toreo cambiado o de avance con el toro, quedó en segundo plano el toreo ligado en redondo, que después de la guerra española cobraría su más alto vuelo con la impresionante regularidad en el triunfo de Manuel Rodríguez «Manolete», que recibió la alternativa en Sevilla el 2 de julio de 1939 de manos de «Chicuelo». Por Comunista atendía el toro de la alternativa, pero lo rebautizaron con Mirador. «Manolete» hizo el paseíllo junto a Manuel Jiménez, su padrino, y Rafael Vega «Gitanillo de Triana», para lidiar un encierro de Clemente Tassara, antes Parladé, y la corrida fue a beneficio de la Asociación de la Prensa. Lo hizo con un traje heliotropo y oro, y cortaría las orejas, pero el gran triunfador de la tarde fue «Chicuelo», que cortaría las dos y el rabo del cuarto. «Gitanillo de Triana» paseó las del quinto. Aquella tarde no solo fue histórica por la alternativa del torero cordobés, sino porque «Chicuelo», al entregarle muleta y espada, también le cedió el testigo de su toreo, el que había aprendido de «Joselito» y pulido con la gracia de su arte. Se lo pasaba a «Manolete», que abrazando el concepto de la ligazón lo implantaría definitivamente durante su reinado.
Un reinado donde el torero cordobés, dirigido astutamente por José Flores «Camará», mandó sin contemplaciones dentro y fuera de las plazas, entre otras cosas, porque nadie le aguantaba el pulso, lo que provocó el adelanto de la retirada de toreros como Marcial Lalanda y Domingo Ortega, que nunca se lo perdonarían, y en complicidad con el influyente crítico Gregorio Corrochano lanzaron una feroz campaña para erosionarlo, a la que tristemente también se sumaron otros toreros. Lo acusaron de torear animales chicos y afeitados, cuando el mayor escándalo sobre este fraude lo provocó Marcial Lalanda en Valencia, y lo etiquetaron como un torero corto, perfilero y ventajista, en clara insinuación de cobardía. Ya se sabe que los rayos siempre fueron a las cumbres, pero lo inmoral fue que ese acoso continuó después de muerto el inolvidable torero, como quedó de manifiesto en la conferencia que leyó Domingo Ortega en el Ateneo de Madrid en 1950, cuando los restos de Manuel Rodríguez estaban enterrados en el cementerio de “Nuestra Señora de la Salud” de Córdoba, tras haber dado su vida por el toreo. Pero tanta patraña no pudo cambiar la historia, «Manolete» había mostrado su verdad en los ruedos, donde deben de hablar los toreros, y lo hizo todas las tardes —no aguardó a que le saliera "su" toro— con admirable honestidad, majestad y gallardía. Por otra parte, es importante subrayar que el público no estaba dispuesto a tolerar la vuelta de aquellas faenas pretéritas, las de un pase aquí y otro allí buscando el rabo, y exigió la faena con sentido de unidad que liga los pases agrupándolos en series, el toreo que Manuel Rodríguez defendia que era el de su padrino. Lo hizo en el invierno de 1946, en su última campaña mexicana, conversando con «José Alameda». El escritor le habló de la similitud de su toreo con el de «Chicuelo», y «Manolete» no tuvo reparos en confirmarlo: «Así es, la gente no suele verlo, porque la gente no se fija en esas cosas, pero ese es mi toreo. Yo creo que el torero debe mantenerse lo más posible en su centro, en la línea. Y en eso el mejor que yo he visto ha sido «Chicuelo».
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Natural de «Manolete» al toro Perfecto, de Miura. Barcelona, 2 de julio de 1944. (Foto Mateo) |
La gran aportación de «Manolete» al torero moderno la explica el historiador «José Alameda»: Manuel Rodríguez creó una nueva forma de obligar. Con la mano muy baja, situado en línea con el animal, acortaría las distancias con pasos laterales hasta provocar la arrancada. De esa forma fue como el torero cordobés consiguió sacar partido a la mayoría de los toros quedados de su época, que eran la mayoría, hasta instaurar de forma definitiva la ligazón revelada por «Joselito» —el toreo que deja venir al toro por su línea natural para obligarlo a ir hacia atrás y hacia adentro—, pulido y perfeccionado con el arte de «Chicuelo», que alternando los terrenos del toro y del torero creó la faena moderna, la que aceptó y adoptó «Manolete» para aguantar, obligar, ligar y expresar desde su majestuosa verticalidad de torre su señorial e inolvidable toreo de manos bajas.