miércoles, 12 de febrero de 2025

TOREROS

Por Antonio Gala 

(Del libro «Dedicado a Tobías»).

«Una plaza de toros -mitad sol, mitad sombra-, 
en donde se jalea a la muerte con olés...»

Llega el buen tiempo aquí, y se desencadenan las corridas: la fiesta nacional o la vergüenza nacional, según como se mire. Porque aquí somos muy propensos a calificar un acontecimiento con motes antitéticos, de acuerdo con la gracia que nos haga. Y una plaza de toros -mitad sol, mitad sombra-, en donde se jalea a la muerte con olés y con pasodobles, siempre fue un buen paisaje donde pintar a España. En España hay una trinidad -el toro, el torero y la muerte- que, querámoslo o no, nos significa. Por eso antes, Tobías, casi todos los niños españoles querían ser toreros, menos los mosquitas muertas, que querían ser obispos. A un niño sólo lo ilusionan la exaltación y el valor y la gloria. Quizá ahora comiencen a querer ser cosmonautas o protésicos dentales: es otro estilo de representación. Un estilo que puede terminar en que un niño sueñe con ser oficinista. Sería una pena. El torero -un ser anacrónico, andrógino, sangriento y delicado- no puede estar, como un oficinista, a horas fijas delante de una mesa. Se trata de una profesión -si es una profesión- extravagante. De ahí que sean los oficinistas, los que vayan a ver a los toreros, no a la inversa.

A tu edad, hacía cuatro años que yo iba a las corridas. Y nunca opiné que fuesen un espectáculo lo que se dice alegre. Ni siquiera que fuesen un espectáculo: hay demasiada participación activa en ellas. Para mí la fiesta era y es terriblemente seria. Con una seriedad tal que, para no resultar abrumadora, exige el sol y el calorazo y el puro y el clavel y la charanga y el bullicio. El hecho de llamar fiesta a una ceremonia tan cruenta es el reverso de llamar sacrificio al rito incruento de la misa. Yo nunca quise ser torero: supe, desde el primer momento, lo que tenía que ser. Y tú, resultaría muy raro que quisieses serlo. No llevas en la masa de la sangre, no te borbotea en ella, no has respirado nunca el marchoso roce de la cogida, el sedado y recamado riesgo, la luminosa inutilidad de una revolera, el aplomado, aburrimiento de una mala corrida, del que brotan, como una chispa súbita, el arte y la belleza. Y no has visto a tu madre, como la he visto yo, guapa y un poco sofocada, con mantilla goyesca, recibir, a la vez que la montera, el brindis de un torero.

«Todo es morir aquí. Pero morir jugándose la vida ante una multitud...»
Juan Ortega. Sevilla, 15 de abril de 2024.

 

La historia que más cautiva a este pueblo es la de un muchacho pobre -mejor si es hospiciano- que, como en la suerte que se llama salto de la garrocha, atraviesa los estratos sociales y se planta en la cúspide. Antes aquí no había camino más rápido para que el hijo de un bracero se sentara a la mesa del señor; ahora apenas si quedan ya señores. Agotados las Reconquistas, los Descubrimientos y las Colonizaciones, la manera más veloz de alcanzar la fama y el dinero era el toreo. Y la más respetada. Entre Granada y Jaén hay una finca espléndida, que perteneció al matador Bombita. Cuando las agitaciones campesinas andaluzas, con horcas y con hoces se presento un grupo amenazador ante la casa. Salió el maestro, viejo e impresionante aún; miró a los campesinos en los ojos, y sin decir palabra, se desabrochó los pantalones y se los echó abajo. Aparecieron su vientre y sus muslos acribillados por las cicatrices. Los hombres de mirada torva comprendieron el gesto y su mensaje, abatieron los rebeldes utensilios, y se alejaron.


«El torero y sus largas caricias milagrosas provocan el éxtasis»

El torero es nuestra familiar y modesta versión de nuestro self-mademan, nuestra idea del superman, nuestra transposición -anterior en dos mil años- del héroe americano. El personifica las aspiraciones de quienes no tienen ni aspiraciones casi. El representa incluso a quienes no quieren ser representados. Sobre él se vuelcan la mitología y la literatura: es el vaso quebradizo de un dios; el sacerdote abrumado por las culpas de todos, entre la soledad y la proeza; Prometeo ofrecido, Orfeo apaciguador, Dionisos inmóvil entre la algarabía. Narciso mirándose en los ojos mortales de la vida. El torero es el hombre en capilla, coronado por la muerte o su inminente posibilidad. (Como decía Fernando el Gallo, padre, «a los únicos que no cogen los toros son a los canónigos de la catedral». Por supuesto, si toman precauciones; porque si no también). Todo es morir aquí. Pero morir jugándose la vida, ante una multitud, vestido de azul, pavo y oro, morir de pie y con elegancia, es morir más despacio.

El torero es un objeto universal de amor: exhibicionista y asexuado, emperifollado como un ídolo, con partidarios devotos, predecesores encendidos de los fans de hoy. Como las célebres mujeres adoradas, derrama y contagia el sentimiento. Ha de entusiasmarse para entusiasmar. Torear es como hacer el amor: uno no torea, ni se enamora, a toque de clarín -por muchos que atraviesen la tarde y el corazón-, sino cuando y como se puede: nadie elige ni su amor ni su muerte. Se torea para conquistar, no por dinero, igual que se ama; para librarse, como en el beso, de una emoción que nos ahoga. Se trata de hermosear una carnicería, lo mismo que con el amor; de domar una quimera, lo mismo que con el amor. Precisamente, por ser innecesario, el toreo, como el amor, ha de ser bello y en rapto. ¿Por qué, si no, matar un toro, revestido de ornamentos solemnes? Así mata el amor cuando nos deja. Y nos deja, cuando se va, tan solos, tan inútiles, tan fríos, como una plaza de toros en invierno. El torero y sus largas caricias milagrosas provocan el éxtasis. Y, a solas con el toro entre el gentío, se transfigura en el acto orgiástico y fatal… Pero el milagro, lo mismo que el amor, no dura. Queda frente a nosotros un ser frágil, receptor a veces de una gracia que no sabe explicar; que lo domina y que lo inviste, que lo abandona con su chaqueta ostentosa y su triste corbata, con una sonrisa cautelosa y vulgar, previa la epifanía.

Tobías, tú no serás torero. Tus mitos son ya otros. Sin embargo, aún hay niños que desean serlo. Estudian en escuelas de tauromaquia, maduros y traviesos, a la vez, responsables e improvisadores, vivaces y con un runrún de abejorro rondándoles la frente. Un abejorro negro que ellos espantan con la mano infantil que sostiene el capote y con el ansia que les sostiene el sueño. Son unos niños que saben mejor que otros lo que quieren, porque quieren lo que no saben: que vivir no consiste en evitar la muerte, sino en afirmarse y enriquecerse en la vida.

 


1 comentario:

Andrés Osado dijo...

Muchas gracias amigo Antonio