miércoles, 27 de marzo de 2024

GABRIEL DE LA HABA «ZURITO»

Por Antonio Luis Aguilera

Gabriel de la Haba «Zurito»

Ayer 26 de marzo, martes santo, a los 78 años de edad, dejó de existir en su querida Córdoba natal el matador de toros Gabriel de la Haba Vargas, miembro de la torera dinastía de los «Zurito», cuyo fallecimiento deja una honda huella de gratitud en quienes tuvimos la suerte de contar con su amistad.

Queremos rendir homenaje al espada del torerísimo barrio de Santa Marina con algunos de sus propios recuerdos sobre su época, aquella de los años sesenta, donde en los ruedos supo destacar por la verdad de su torería y gran hombría ante los toros, la misma que siempre le caracterizó en la vida —se torea como se es— como un cordobés serio y cabal, amigo de sus amigos, nada dado a chismes ni a moscones, dispuesto mientras las fuerzas le acompañaron a colaborar con su arte en las obras benéficas que fueran precisas para remediar el sufrimiento ajeno. Lo que se conoce como un tío y un torero de la cabeza a los pies.

Gabriel durante la tertulia. Foto Marogo

Las declaraciones que publicamos fueron realizadas en  la tertulia celebrada el ya lejano 10 de mayo de 1991 en el desaparecido Hotel Meliá Córdoba —el hotel de los toreros— y fue emitida por Onda Cero Radio.

 

De la antigua plaza  de toros de «Los Tejares» de Córdoba, Gabriel recordaba:

—Recuerdo la plaza de «Los Tejares» como mi segunda casa. Allí me crie y me hice hombre. Mi pena fue no tomar allí la alternativa. Fueron circunstancias de la vida, de los profesionales, se truncan las cosas…

Allí fue ese gran acontecimiento nuestro, de Agustín Castellano «El Puri» y mío, que marcó un hito en la historia del toreo, pues en una novillada sin caballos no se ha puesto el cartel de no hay billetes nada más que aquel día.

Recuerdo todos los pormenores y las grandes satisfacciones que me llevé, porque allí fue donde se hizo mi carrera y viví todo. Incluso mi padre, siendo asesor de la plaza —muy severo por cierto—, no me dejaba entrar —que él tenía posibilidad— y yo tenía que agarrarme a las amistades de los toreros cuando entraban, incluso colarme corriendo.

Quise tomar la alternativa en aquella plaza que llevo en el alma… Pude, pero no hubo acuerdo… Esa es mi única pena. Para mí todo son recuerdos… Incluso lástima.

El torero con el autor de este texto

Sobre la inauguración de la actual plaza de «Los Califas», donde figuró en tercer lugar en el cartel del 9 de mayo de 1965 —fecha que coincidió con la coronación canónica de la Virgen de los Dolores de Córdoba, que tuvo lugar por la mañana—con José María Montilla y Manuel Benítez «El Cordobés», Gabriel rememoraba:

—Los recuerdos de aquel día son inolvidables, porque me sucedieron dos cosas: la primera, la inauguración del coso en uno de los días más relucientes de la historia de Córdoba; la segunda, que venía arrastrando un gran bache en mi profesión, como consecuencia de la grave cornada que me dio un toro en Jaén.

En Sevilla se me dio mal la feria, y ya había decidido que si en Córdoba el día de la inauguración no se me daba bien me marchaba del toreo, porque cuando no van las cosas lo mejor es irse. Fue un bache profundo. Pero mira por dónde aquel día, como consecuencia de los dos toreros que tenía al lado, que arreaban, pues no me  dejé ganar la pelea. Las cosas se dieron bastante bien y a partir de ahí empecé otra vez a tomar vuelo. Ocurrieron esas dos cosas: la inauguración y encontrarme de nuevo conmigo mismo. 

 

El toreo al natural de Gabriel 

Aquella tarde, a Manuel Benítez le pegó una cornada en la axila el segundo toro de la tarde, en la enfermería solicitó que le infiltrarán para salir a matar al quinto, lo que herido hizo con gran éxito cortándole las dos orejas y el rabo. Gabriel recordaba a su compañero.

—Su raza era indiscutible. Ahí lo tiene la historia. Pienso que los demás toreros lo teníamos que haber tomado como ejemplo. Pero en fin, cada uno tiene su forma de ser y su personalidad. No obstante, quiero resaltar de ese hombre esa gran virtud de poderío para sobreponerse a todas las circunstancias de su profesión, aunque fueran las más adversas del mundo. Para mí ha sido lo más envidiable, porque en una profesión donde todo son inconvenientes, sustos y malos ratos, la forma con que ese hombre resolvía su papeleta, con responsabilidad y solvencia, ha sido la envidia de todos nosotros.

Eso quizá fue lo que me hizo reencontrarme conmigo en el último toro de la tarde. Aquel toro salió manso, costó trabajo picarlo y no se le pudo torear de capote. Hasta la gente se estaba levantando para irse. Pero ese acto de Manuel Benítez de salir en el quinto toro estando herido fue lo que me hizo sobreponerme a las dificultades que tenía mi toro. Al final, me eché la muleta a la mano izquierda y le corté el rabo. Aquello fue sensacional. (Gabriel, en un gesto de torería, renunció a salir a hombros por respeto a Manuel Benítez, que por estar herido tampoco lo hizo).

 

En aquellos años sesenta Córdoba gozó de una amplia baraja de grandes toreros. Debido al amplio número de toreros en activo a veces fue complicado anunciarse en los carteles de la feria.

—Ese problema lo hubiéramos querido tener todos los años, no solo en los sesenta. En toda la historia del toreo cordobés nos hubiera gustado tener esa dificultad. Nosotros podemos decir orgullosamente que estuvimos ahí, en esa época en la que había ocho o diez profesionales que paseaban el nombre de Córdoba por todas las ferias de España.

 

«He sido torero por encima de todo»

Sobre el torero de los años sesenta y el de los noventa, cuando tuvo lugar la conversación, Gabriel opinaba:

—El toreo de hoy es más chivato. Ahora ves a un profesional y te está contando con detalle las circunstancias y el porqué. Me estoy refiriendo a que el toro de hoy te deja torear más despacio, te deja estar menor rato delante, y las circunstancias son distintas a nuestra época. Aquel toro tenía mucha movilidad, y el problema estaba en que tenías que ser una excepción como ese Antonio Ordóñez, que los paraba en la misma muleta y los estrellaba… Por eso era Antonio Ordóñez. Para los demás, que no teníamos ese privilegio, pues además de nuestras cualidades todo era base de cojones y amor propio, pero no se podía templar el toro como hoy por sí mismo se templa. Hoy cualquier chaval torea despacio, pero ¿por qué? Pues porque el toro se presta a ese toreo, la prueba está en que se torea despacio o no se torea porque el toro  se para. Esa es la diferencia.

En el estar mal sí que existe una gran diferencia entre esta época y aquella. Antes nos tirábamos al callejón y hoy no pasa nada. Hoy un torero puede estar bien o no, pero tirarse al callejón no se tira.

Para mí fue una desgracia tener que comer del toro arrimándome, porque lo que me hubiera gustado es tener una calidad excepcional, para comer de esto sin tener que jugármela todos los días, y sin tener que mancharme «vestío» tras «vestío».

Pero la verdad es que cambia el sistema de vida. Todo cambia, y el toreo no es una excepción. Hoy no puede uno arrimarse al toro, porque se para y cuando se para, el torero lo que tiene que hacer es coger los trapos e irse, porque el toreo tampoco es echarse encima de los toros. Eso de la casta y la raza tiene que ir compaginando de calidad. Además, ahí está el público que ha vuelto a interesarse por la calidad, no por las barbaridades.

 

Preguntado qué se llevaba del toreo, Gabriel contestó:

—Me llevo todo, porque he sido torero por encima de todo; sin haberlo querido. Con eso te digo bastante…

 

Para finalizar aquel espacio radiofónico quisimos que recordara alguna anécdota simpática de su carrera. 

—Maté una corrida en la plaza de «Vista Alegre» de Madrid la tarde de «Antoñete» con el toro de Osborne «Las Ventas». Bajaba ya vestido de paisano al vestíbulo del hotel cuando subían los de «Las Ventas»; entre ellos Victoriano Valencia, que iba a impecablemente vestido de torero. 

Le dije: «Victoriano, ¿vas o vienes de la plaza…? 

 

Descanse en paz el respetado torero y buen amigo.

 

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Mi más sentido pésame. Gracias, Antonio, por recordar a un torero tan querido por todos.

Anónimo dijo...

Mi más sentido pésame para toda la familia D.E.P

Pablo Trujillo dijo...

Hoy he estado en Los Califas en la despedida de Zurito. Lo he hecho en memoria de mi padre ya fallecido, que le encantaba el toreo de Gabriel y también en mí propio nombre para dar el último adiós a un torero de Córdoba. Mi padre, siendo "cordobesista", pertenecía al Club Taurino El Cordobés de Puerta Nueva, pero también le gustaba el toreo de Zurito, hasta el punto, que en una vuelta al ruedo en Los Califas, le arrojó su sombrero cordobés. Decir que mí padre no consentía que nadie tocase su sombrero para que no se le estropeara
y viciara las alas. Sin embargo, no le importó que se manchara de albero;que Zurito lo tomase por el ala y que se lo devolviera tras completar la vuelta.Mi sentido pésame para su familia.DEP

Pablo Trujillo Flores

Andrés Osado dijo...

Querido amigo Antonio:
Me uno al sentir de la familia y al tuyo, que queda reflejado, como siempre, en estas bellas palabras.
Gracias por mostrarnos su profesional figura.
Un abrazo