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Fuentelaencina, verano de 1946. Manolete, Juanito Padilla y las hermanas
Bronchalo Lopesino observan el paso de los bueyes. Foto José Lara. |
Los días felices de Manuel Rodríguez Manolete
en Fuentelaencina (Guadalajara), recordados por su gran amigo y anfitrión don
Juan Padilla.
La muerte de Manolete,
el torero más valiente, noble y pundonoroso que han visto los cosos taurinos, y
el ídolo público más sencillo y dado a los afectos de la amistad que se ha
conocido en el mundo artístico de estos últimos tiempos, trae de continuo a la
memoria de los que lo trataron íntimamente multitud de recuerdos que se
convierten en anecdotario alborotar, fervorosos y incesantes, en las
conversaciones en que se rememora la figura ingente del diestro y el amigo
desaparecido.
En una de estas charlas, don Juan Padilla, conocido perfumista
madrileño y gran amigo del torero cordobés, al que él y sus hijos trataban con
la más completa intimidad —uno de estos, Juanito, está casado con una hermana
de Lupe
Sino, la novia de Manolete—, es quien nos va suministrando profusos e
interesantes detalles de la vida del llorado Manolo fuera de los
ruedos. Él habla, y nosotros dejamos correr el lápiz sobre las cuartillas, en
una ávida recolección de tan preciosos datos de la biografía íntima del
monstruo.
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Manolete, antes de aprender a nadar, con el fotógrafo José Lara y Juanito Padilla |
Cuando Manolete quiso comprar una charca.
—A Manolete le gustaba mucho pasar todo el
tiempo que podía en Fuentelaencina, provincia de Guadalajara, en una finca que
allá poseemos y en la que hemos vivido con él ratos inolvidables. —«Esto es la
gloria», —solía decirnos—, porque a él, que no le agradaba la exhibición, le
encantaba poder pasear por el pueblo y por el campo a sus anchas, sin que nadie
le diera importancia. Aquello, para Manolo, era un sedante. Una vez que pudo pasar en la finca dieciséis
días de descanso, y de allí marcho a torear en Zaragoza, luego nos confesó que
en aquella corrida se había encontrado mucho mejor y que no le había pesado
tanto el estoque al matar. Porque una de las cosas que hacía siempre cuando
andábamos por el campo era llevar todo el rato una gruesa piedra en la mano
para fortalecer los músculos de la muñeca.
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Manolete alegre tras lograr sus primeras brazadas. Foto José Lara. |
En Fuentelaencina
—sigue contando el señor Padilla— aprendió
a nadar; por cierto, en una charca que hay allí y que él quiso comprar porque
le gustaba mucho lo pintoresco del sitio. Pero hubo de desistir de la compra
ante el elevado precio que le pedían por ella… Manolo no nadaba, y le
enseñó allí mi hijo Juan. Los tres
primeros días entraba en el agua con mucho miedo; no se atrevía a tirarse. Y
cuando ya aprendió, un día, al hacerlo, se le cayeron al agua las medallas que
llevaba al cuello y que apreciaba mucho. Una de ellas, grande, estaba hendida
del golpetazo de una banderilla. Manolo decía que lo había librado de
que aquella banderilla le hubiese hundido la yugular. Por eso, al verlas caer
al agua, se llevó un susto tremendo. Menos mal que mi hijo, buceando, pudo
recuperarlas.
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El torero descansa al sol. Foto José Lara |
En el campo era muy dormilón, pero se levantaba al oír su
pasodoble.
—También le
entusiasmaba a Manolete la caza, pero nunca había tirado a perdices. Y el
primer día que lo hizo, allá en nuestra finca, mató dos en los primeros tres
tiros. Tenía una puntería formidable. El decía: «yo creo que es fácil hacer
todo en la vida con perseverancia y dominio de nervios». Y ese fue su lema para
todo, y todo lo consiguió con su gran voluntad.
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Manolete lleva el burro que montan Lupe y su hermana Luchy. Foto José Lara |
—¿Qué vida hacían
esos días de descanso campestre?
—Se levantaba tarde;
era muy dormilón y resultaba inútil que lo llamáramos una y otra vez. ¿Sabe
usted cómo conseguíamos que se despertase? Poniéndole en el gramófono el disco
de su pasodoble. Y así lo hacíamos todas las mañanas. Él se asomaba después a
la ventana y le decía a mi esposa a gritos y muy alegre, pues Manolete
era como un chiquillo en su vida íntima: «¡Mamá: hoy quiero huevos fritos para
desayunar!», pues le entusiasmaban los huevos fritos. Después nos íbamos
andando unos tres kilómetros hasta la charca, donde nadaban mis hijos y él
hasta la hora de almorzar. Por la tarde después del reposo, jugaba a la pelota
en el frontón del pueblo, cosa que le gustaba mucho y en la que cansaba a
todos, pues era muy resistente. También, a veces, organizaba unos graciosos
partidos de fútbol, para que los para reclutaba jugadores entre los chiquillos
del pueblo. Y allí se estaba jugando con ellos toda la tarde.
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La foto anterior adecentada por la censura: Lupe en falda y sin su hermana. Foto José Lara |
Hace una pausa
don Juan para mostrarnos unas fotos
de las muchísimas que por allá le hicieran sus hijos al Monstruo, y prosigue:
—En
Fuentelaencina lo querían muchísimo todos por su sencillez. Jamás dejo de
saludar, como es costumbre en los pueblos, a los vecinos que encontraba
sentados a sus puertas al pasar. Como era muy religioso, siempre se disputaba
con los demás el llevar las andas del Cristo en las procesiones que se
celebraban. En la subasta era él el que ofrecía elevadas cantidades. Y como se
enterara de que en la iglesia faltaba un Jesús Nazareno que habían quemado los
rojos, regaló una imagen que era una verdadera preciosidad… Ahora, cuando se
enteraron allá de su muerte, le hicieron un funeral, al que acudieron en masa
todos los vecinos del pueblo, abandonando, por asistir a él, las faenas del
campo. Y esto, en honor al hombre bueno y generoso que fue, ya que como torero
apenas si lo habrían visto actuar tres o cuatro vecinos de todos los que tiene
Fuentelaencina.
Era una criatura que gozaba con las películas cómicas y
jugando caseramente al julepe.
Continúa nuestro
interlocutor recordando más detalles del famoso y admirado diestro.
—Le gustaba mucho
el cante flamenco, y nos confesó alguna vez que una de las cosas por las que
tenía tanta amistad con Gitanillo de Triana era su arte para
el cante y el baile, con los que le hacía pasar muy buenos ratos entre corrida
y corrida cuando andaban por ahí juntos. Un día que estábamos todos cenando con
él en Villa Rosa, lo invitó un prócer, amigo suyo, a que pasara con todos a
otra habitación, donde estaban celebrando una fiesta flamenca, y, aunque no
bebió vino Manolo, lo tuvimos que sacar de allí mareado, porque la
habitación era tan chica y nosotros tantos, que materialmente no quedaba allí
aire respirable. Luego él mismo se reía del percance. «Cualquiera que no lo
sepa —decía—, se creerá que ha sido la manzanilla la que me ha hecho doblar».
El cine también
lo atraía mucho, especialmente si se trataba de películas cómicas, que eran las
que prefería. Con las de Cantinflas, aún antes de conocerlo
personalmente, se reía como una criatura, que es lo que era Manolete,
al fin y al cabo… Recuerdo que una vez que, allá en el campo, teníamos postre
de nata, se le ocurrió a él coger un poco con los dedos y embromar a Lupe,
su novia, lanzándosela a la cara, como hacen en las películas. Y al poco rato
aquello era una batalla, en la que la nata corría por todos los rostros, menos
por el suyo, pues la esquivaba maravillosamente. Cuando, al fin acertó un
proyectil a estamparse en su frente, se enfadó mucho.
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Leyendo relajado en Fuentelaencina. Foto José Lara |
Era muy casero —nos
dice el señor Padilla seguidamente—.
Prefería después de cenar, quedarse en casa a ir al cine o a dar un paseo. Y lo
que le encantaba entonces era jugar al julepe, juego que conocía muy bien; a
pesar de lo cual, una noche, jugando con judías, como se hace caseramente,
llegó a perder tres duros.
La pasión por su madre y el susto que dio un día a su
cuadrilla.
—Muchas noches
nos quedábamos charlando con él hasta muy tarde. Nos contaba cosas de su vida,
de cuando los diecisiete años trabajaba en la carretera de Córdoba de asfaltador,
y él mismo se hacía su pucherito para la comida. Y de cuando se lanzó a torear
por afán de ganar dinero para alimentar a su madre, a la que, decía, veía
perder carnes por momentos. Luego, en cuanto empezó a ganar dinero con los
toros, después de cada corrida compraba un jamón y se lo enviaba a su madre
para que se alimentara bien. Sentía un cariño tan inmenso por ella, que todo se
la recordaba. A mi señora le decía: «Doña Isabel,
yo la quiero usted tanto porque se parece mucho a mi madre…».
La charla,
embalada en lo anecdótico, prosigue:
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Antoñita y Manolo felices en Fuentelaencina. Foto José Lara. |
—Una vez, antes
de su ida a México, le pregunté a Manolete cuál fue el momento más
peligroso de su vida. No recuerdo en qué plaza me dijo; pero la cosa fue con un
toro al que, al entrar a matar, «ya lo llevaba calado», como decía en su argot taurino;
pero al darle la estocada, lo engancho por la pierna, lo zarandeó en el aire y
lo lanzó magullado contra el estribo de la barrera. Y estando allí, sin poderse
mover, vio como se arrancaba el toro hacia él. ¡Entonces fue su pánico! Gracias
a que el toro, nada más llegar a rozarle el muslo con el hocico, cayó redondo,
porque le había calado bien el estoque. Pero el susto fue para Manolo
el más grande que se había llevado hasta entonces. Lo que lamentaba es que no
lo hubieran hecho ninguna fotografía de aquel momento los reporteros gráficos
para tenerla como recuerdo.
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Antoñita, la mujer de su vida. Foto Lara |
Otro susto que
nos contaba más adelante fue el que les dio él a los de su cuadrilla una vez
que, en México, iban en un avión desde Guadalajara a no sé qué otro punto de
aquel país. El viaje lo hacían en un avión de guerra que había sido convertido
en avión de transportes. Los pilotos le hicieron pasar a Manolete a la cabina de
mandos y ver lo fácil que era conducir el aparato, invitándole a que lo llevara
un rato (supervisado por ellos, claro). Cuando se enteró la cuadrilla de que
iban, como quien dice, en manos de él, el pánico fue horroroso. «¡Maestro, —le
decían—, que esto es peor que un toro!». Luego, el avión se lleno de humo, y
todos creyeron llegado el fin de sus vidas. Pero lo que ellos creían que era
una avería del motor producida por haber intentado su maestro conducir, resultó
que era simplemente que el tubo de la calefacción se había desunido…
Por qué no toreaba Manolete
a gusto en Córdoba.
—Un día —nos
sigue contando don Juan—, Manolete
nos descubrió porque no gustaba mucho de torear en la plaza de Córdoba.
Según parece, en la primera corrida que toreó allí le ofreció el empresario 1000 pesetas y sacarlo en la siguiente. La
plaza se llenó, pero a la hora de pagar, el empresario con el pretexto de que Manolo
no había hecho nada, le hizo elegir entre cobrar 70 duros menos de lo
estipulado o no torear la otra novillada prometida. De nada sirvió que Manolete
dijera que su madre estaba esperando aquellas 1000 pesetas para comer y
librarse de deudas. ¡O las 650 pesetas o nada! Tuvo que acceder el muchacho.
Pero cuando luego vinieron los éxitos, y las orejas, y los rabos, por otras
plazas, el empresario de Córdoba quería que toreara allí. Cuando al fin quiso
hacerlo, Manolete le exigió 5000 pesetas por torear… Y un recibo aparte
con aquellos 70 duros que le había quitado en su primera corrida, y que Manolo
donó, inmediatamente, al Asilo de Ancianos de aquella ciudad.
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Manolete ayuda a cavar la poza donde aprendió a nadar. Foto José Lara |
Otra anécdota que
nos contó nuestro amigo fue una que le ocurrió en la plaza de Zaragoza y que le
hizo mucha gracia. Estaba en uno de sus toros dando una serie de naturales
estremecedores en medio del silencio admirativo de toda la plaza. Y cuando ya
llevaba dados diez o doce (la serie fue de trece), un mañico le gritó con toda
su alma: «¡¡Anda ya, granuja: «qui» no
haces más «qui» ripitir»!!».