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"Presentimiento". Así tituló su autor, Nicolás Müller, este
retrato de Manolete. Santander, 26 de agosto de 1947.
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Para que puedan adentrarse en este magnífico relato quienes no lo conozcan, rescatamos el valioso testimonio del periodista mallorquín Guillermo
Sureda Molina, publicado al final de los
años setenta en la revista “Toro”, donde narra cómo fue la última temporada de Manuel Rodríguez "Manolete".
CAMINO
DE LA MUERTE
La
última temporada de Manolete
Por Guillermo Sureda
Se intuía que todo
aquello no podía terminar bien, porque nada transcurría por el sosegado cauce
de la normalidad. En torno a Manuel
Rodríguez “Manolete”, todo había salido de quicio. La marejada levantaba
olas que subían de la arena a los tendidos y bajaban de los tendidos a la arena
en poderosa resaca devastadora. Un “fatum” inexorable y trágico volaba ya sobre
las plazas donde toreaba Manolete…
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Manolete con el torero mexicano Carlos Arruza |
La historia es
sencilla, como casi todas las historias verdaderas. Manolete estaba en México toreando, cuando los intrigantes de aquí
rompieron el convenio entre los toreros mexicanos y los españoles. Con ello
conseguían dos cosas: primera, que Manolete
no siguiera toreando en México, y segunda, que Carlos Arruza no pudiera torear en España. ¡Buena carambola! No
sirvió de nada que Manolete, una vez
en España, dijera compungido que los pleitos de los toreros deben dirimirse en
los ruedos y no desde las mesas de los despachos. Y el gesto de Pepe Luis Vázquez de retar a Manolete a varias corridas duras en
varias plazas incómodas, en seguida de pisar el cordobés suelo español, no pudo
ser más inoportuno sí más grotesco. Manolete
le había ganado tantísimas tardes la partida, que toda competencia entre ambos
era imposible. Desde 1942, Pepe Luis había dejado de ser rival de Manolete, por falta de regularidad, es
decir, por falta de casta torera... De ahí que Manolete contestara a este reto con este otro: “Yo a lo que le
desafío es a comer ostras".
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Pepe Luis Vázquez y Manolete en San Sebastián. Foto Lara |
Lo cierto es que Manolete, en aquel 1947, no había
reaparecido en su patria hasta el día 22 de junio en Barcelona, alternando con Juanito Belmonte y El Boni. Así,
pues, no había toreado la feria de Sevilla y ése era, por el momento, su
“enorme pecado”.
Gregorio Corrochano -a la mayoría de los
críticos le gustaba ya mucho Luis Miguel,
joven árbol que durante muchos años podía dar fruto-, en la crítica de la
corrida de Miura de la citada feria,
dijo lo siguiente: “Gitanillo de Triana
brindó a Manolete, que estaba en un
tendido. Desde lejos no se veía bien si brindaba a un torero o a un banquero.
Realmente no es solo el indumento el que favorece en este caso la confusión,
contribuye también que cuesta trabajo creer que en la feria de Sevilla, y
particularmente en la corrida de Miura,
el que es en la actualidad el primer torero de España está viendo toros desde
la barrera”. Pero, en esta misma corrida, Pepe
Luis le brinda un toro a Rafael el
Gallo, y Corrochano dice: “Cuando
se levantó Rafael el Gallo al
brindarle Pepe Luis Vázquez, toda la
plaza vio que se levantaba un torero… Pepe
Luis le llamó maestro y el maestro se puso en pie. Pepe Luis le dijo que sentía que por su edad estuviera en el
tendido, porque tenía la seguridad de que con diez años menos estaría Rafael el Gallo en el ruedo con ellos,
sin conformarse con verlos torear. Marcial
Lalanda estaba en el callejón, zona intermedia entre el público y los
toreros. Se advertía marejadilla taurina... ¿Se puede aplaudir igual al torero
que está en el tendido porque no puede ya torear que al que está en el tendido
por qué no quiere torear?”.
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Manolete pasea un rabo en la
Real Maestranza de Sevilla en
la feria de abril de 1941.
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Está
claro, pues, que el brindis de Pepe
Luis no era una simple cortesía hacia el Gallo, sino un claro ataque contra Manolete, tanto como la reseña de Corrochano. La campaña contra Manuel
Rodríguez había empezado desde distintos frentes. Los que antes habían
estado callados o a su lado, ahora estaban en trincheras contrarias. Se
alertaba al público contra Manolete,
entre otras razones porque gozaba éste de tres triunfos que no se podían
perdonar: era famoso, era rico y era la máxima figura del toreo de su época.
Y en ese
ambiente, rodeado de una circunstancia casi totalmente adversa, censurado
por una crítica antes “cantora”, Manolete,
como decía, reaparece el día 22 de junio en Barcelona, donde, con la plaza
llena, obtuvo un gran éxito y cortó dos orejas y rabo. Añadamos que en esa
corrida cobró la por aquel entonces fabulosa cantidad de trescientas cincuenta
mil pesetas, según me dice, años más tarde, Pedro Balaña. De Barcelona, Manolete
va a Badajoz y de allí a Segovia, es decir, "a las puertas de
Madrid". Su actuación en la ciudad del acueducto es bastante mala, cosa
que se aprovecha para arremeter de nuevo contra Manolete y su administración. Giraldillo
escribió lo siguiente: "De una vez para siempre quisiéramos prevenir a los
aficionados contra esas corridas que se organizan en los aledaños taurinos de
Madrid por toreros vergonzantes (el
subrayado es mío: a Manolete se le
llama torero vergonzante. ¡Santo Dios!) que rehúyen torear ante nosotros… si lo de
Segovia ha de repetirse, lo que está anunciado (anunciada retirada de Manolete) debía realizarse mañana mismo”.
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La cosa no podía durar mucho... |
El clima
en que se desenvolvía Manolete era
injusto, hostil. La cosa no podía durar mucho y no duró. El propio torero había
dicho: "Puedo asegurar que para mí no hubo nunca eso que suele llamarse
palmas de simpatía”.
Para Manolete, la corrida de Beneficencia
era "su" corrida y no podía faltar a ella. En 1947, también quiso
torearla. Se celebró el 16 de julio y alternaron Gitanillo de Triana, Manolete
y Pepín Martín Vázquez. Manolete toreo gratis, gesto hoy
insólito.
Cuando
llegó a Madrid, además de en las plazas citadas antes, había toreado en
Alicante, Lisboa, otra vez en Barcelona, Pamplona -donde estuvo colosal- y La Línea.
El prólogo al drama final tuvo lugar en esa corrida de Beneficencia. Pepín iba tener su gran tarde
madrileña. Gitanillo y Manolete habían estado decorosos en los
primeros toros. Sin embargo, Manolete
tenía que dar su habitual nota. El público se lo exigía cada tarde y Manolete se entregaba cada tarde. Aquel
día había mucha presión en la plaza, más que en otras ocasiones.
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Última tarde en Madrid, 16 de julio de 1947 |
Manolete le estaba haciendo una gran faena al
quinto toro. Tenía la angustiosa necesidad de hacer a casi todos los toros esa
faena que le había encumbrado. De pronto, un espectador le grito que se
arrimará más. Manolete levantó la
vista hacia el tendido, hizo un gesto afirmativo con la cabeza y se arrimó
todavía más. Al dar un pase con la mano derecha fue enganchado y herido. Un
hilo de sangre fue saliendo de la pierna izquierda, tiñendo de rojo la
taleguilla y la media. Cuando Manolete
se perfiló para entrar a matar, había en los tendidos una emoción palpable. La
estocada fue en lo alto y el toro rodó sin puntilla. Cayó el toro y cayó
también, medio desfallecido, Manolete,
a quien le concedieron las dos orejas. El toro, que se llamaba “Babilonio”, era
de la ganadería de Bórquez y fue el último que Manolete mató en Madrid. Pesó 492 kilos.
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Señorial lance a la verónica de Manolete |
Manolete reapareció en Vitoria, donde toreó los
días 4 y 5 de agosto. Allí fue recibido con una gran pita, mezclada con una
gran ovación. Gregorio de Altube, en su obra Manolete murió en Vitoria el día 4 de agosto
de 1947, escribe: "Sumido en aquel desconcierto, Manolete sonreía, y lejos de una expresión de tranquilidad,
denunciaba la inquietud que caracterizó sus últimas actuaciones en el ruedo
vitoriano". Y el título de la obra de Altube es por lo consiguiente: en el sexto toro, Manolete, dice el autor del libro,
"se lanzó a un quite brutal. Fueron dos lances y una media verónica, tan
ceñida, que abortó el recorte. El toro, en el viaje, llevaba la cabeza alta, el
cuerno izquierdo iba derecho al corazón; Manolete
aguantó impávido, suicida, y entonces le vimos morir; estuvo muerto, y si no se
ha sabido es porque el toro, ladeando la cabeza, evitó que lo difundieran los
periódicos. Pero, creedme, Manolete
estaba muerto, y muerto estuvo en Gijón, en Santander, en San Sebastián; cayó
en Linares, camino de su tierra, en el calor de una feria andaluza, pero a
Córdoba, a su casa, eso ya lo sabíamos, no llegó".
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Manolete con Gitanillo de Triana y Pepín Martín Vázquez. Corrida
de la Beneficencia. Madrid, 16 de julio de 1947. Foto Cano
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Toreó
luego Manolete en Valdepeñas, San
Sebastián, Huesca, Gijón, de nuevo en San Sebastián. En el norte la gente se
metió con él. Manolete estaba
profundamente triste. Él mismo le había confesado a un periodista: "el
público es cada vez más exigente conmigo. Yo hago todo lo que puedo por estar
bien, pero para mí no se tienen en cuenta las condiciones de los toros… Ya no
me toleran ni me disculpan nada". Y
era verdad. Durante esta temporada, Manolete
toreo mucho con Gitanillo de Triana
y el público creyó que eso era para poder elegir los dos toros más cómodos: el
de Gitanillo y el suyo. Pero la
verdad era muy distinta. Lo cierto es que solía quedarse con los dos toros mayores de ambos lotes para que así el público le chillara menos. Esto es lo
que, por ejemplo, sucedió en Linares, donde se eligió el toro mayor del lote de
Gitanillo y se le añadió el toro
mayor del propio Manolete.
Apresurémonos a decir que “Islero” fue el toro que a Manolete le había correspondido en el sorteo.
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Santander, 26 de agosto de 1947.
La penúltima... Foto Mari. |
A
finales de agosto, cinco días antes de morir, en una entrevista que le hizo Vizcaíno Casas en la revista "Triunfo",
Manolete decía lo siguiente: “Los toreros
que han estado arriba han tenido a la gente en contra. Claro que quizá conmigo
se acentuado la cosa...". Y en otro lugar, Manolete había dicho: "Convengo en que la fiesta es pasión.
Pero creo demasiada la pasión que sólo se calma cuando le ven a uno camino de
la enfermería".
Por todo
eso, Manolete pensaba irse de los
toros. Lo había dicho ya numerosas veces a lo largo de la temporada: "Si
Dios me da suerte, a mi regreso de México, torearé varias corridas y en ellas
daré ese "último adiós” a la afición española, que fue la que me dio sus
primeros aplausos y en definitiva la que me hizo torero… ¡Ah! -exclama Manolete tras una ligera pausa- añada
además que esas corridas las torearé sin compensación material para mí y que…
No, no digo más…".
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Antoñita y Manolete, dos enamorados con un entorno en contra.
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De
cuando en cuando -en realidad, más de lo conveniente- Manolete apagaba su tristeza en el whisky. Estaba descentrado,
nervioso. Por un lado, su amor hacia Lupe
Sino. Por otro, el público; por otro, la actitud de casi toda la prensa
taurina; por otro… Lo cierto es que era un hombre distinto aquella temporada.
En el ruedo, para contentar a los chillones, hacía cosas que nunca había hecho:
llegar con la mano hasta la mazorca de los toros, volverle la espalda al
enemigo, incluso, como hizo en Linares, torear de rodillas. Sí, en Linares intentó
dar un molinete de rodillas. Todo aquello, para aquel que conocía el toreo
sereno del cordobés, significaba, en cierto sentido, el principio del fin.
Quiero
aclarar un punto, en tantos sentidos todavía confuso. ¿Qué papel representó Luis Miguel en ese estado de cosas?
Existe la creencia de que Manolete y
Luis Miguel sostuvieron una dura
competencia, cosa que es falsa. Durante las temporadas de 1945, 1946 y 1947, Manolete solamente toreo ocho corridas
de toros con Luis Miguel. ¿Dónde
estuvo, pues, la rivalidad entre ambos toreros? Nada tenía que ver el gran
torero madrileño con la melancolía última de Manolete, aunque es lógico que Dominguín
quisiera todo lo que aquél ya tenía, sobre todo el cetro del toreo.
Después
de San Sebastián, Manolete toreo en
Toledo, donde cortó orejas. Pero no las corto en Gijón, ni en Santander, donde
el público le chillo con fuerza. En Santander, el gran fotógrafo Mari le hizo una foto impresionante,
por hermosísima y por premonitoria: Manolete
es ya el espectro de sí mismo, algo así como su propia mascarilla. De
Santander, Manolete marchó a
Linares. Y en Linares terminó todo.
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Monumento a Manolete en el barrio de Santa Marina
de Córdoba. Foto David Manuel Castilla. |
Ya
conocen ustedes la historia. La corrida, la única que le quedaba a Miura, tenía que lidiarse en Murcia,
pero, por azares del destino, terminó yendo a Linares. Incluso en esta su
última tarde, parece que alguien del tendido le grito a Manolete: "¡Teatro!", “Islero”
cogió al cordobés al entrar a matar. Manolete
murió en la madrugada, en el hospital. Una vez había dicho de ese hospital a
una monja: "Este hospital lo tienen ustedes tan blanco y tan limpio, que
dan ganas de ponerse malo aquí".
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La carrera taurina de Manolete se había consumido
como un cirio pascual, como una tragedia griega.
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El
dinero de Manolete, ese dinero que
tantísimo preocupaba a muchos, era ya todo de "Islero".
Se cerraba una etapa del toreo; se habría otra. Se moría un torero que había
dado nombre a toda una época y que será recordado hasta el fin de los tiempos.
La carrera taurina de Manolete se
había consumido inexorablemente como un cirio pascual, como una tragedia
griega. Moribundo, Manolete preguntó
si le habían dado las orejas...