Por José Alameda
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Suerte suprema. Óleo sobre lienzo de Diego Ramos |
Si la preguerra la
domina Ortega, la posguerra la
enseñorea Manolete. Hay ocasiones en que las cifras cobran un especial
valor, como es el caso de Manolete, quien por la relevancia de
su figura induce a pensar, a los no iniciados en este punto, que toreó muchas
corridas. En realidad, no fue así, pues nunca llegó a las cien por año. Como
tampoco Domingo Ortega. En cambio, Joselito (que fue el primero en
alcanzar la marca de las cien) sumó 102 en 1915; 104, en 1916; 103, en
1917, y otras tantas en 1918, aparte de haber aparecido también a la cabeza del
escalafón (aunque sin llegar todavía a las cien) en 1913 y 1914. Belmonte sólo una vez, aunque con cifra
récord hasta entonces, de 109 corridas en 1919. El que más veces ha figurado en
toda la historia del toreo a la cabeza del escalafón ha sido Domingo Ortega, en siete temporadas. Manolete
solamente en dos. Y sin embargo…
Sin embargo, Manolete mandó en su época como no mandaron
en la suya ni siquiera Guerrita, ni siquiera Joselito.
Quizá por qué no ejercieron todo el mando que hubieran podido; en cambio, el de
Manolete,
dirigido por Cámara, fue muy ostensible.
Manolete formó un clan. Un
clan que dominaba todas las ferias, que contaba con las mejores ganaderías y en
el que, sobre todo, era muy difícil entrar.
Para formar un clan
así se necesita imponerse a los demás toreros frente al toro. Es indiscutible. Ahora
bien, ¿eso da al hecho título de legitimidad? Ahí está la piedra de discusión.
Por lo pronto, de ahí
nace la primera reacción contra Manolete por un grupo de toreros y
de periodistas, que se extremaría y se extendería (y esto es lo moralmente
triste) después de muerto el gran torero.
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«Dos son los puntos en que se basó la oposición a Manolete: el toro chico y el "afeitado"» |
El toro chico y el «afeitado».
Dos son los puntos —digamos,
de orden administrativo— en que se basó la oposición a Manolete: el toro chico y
el «afeitado».
Lo primero, que no fue
una consecuencia de Manolete, sino de la guerra civil, que diezmó la ganadería
española, se trató de prolongar, sin duda ventajosamente, pero no podía eternizarse.
Aparte de que tampoco era un fenómeno total, pues en ocasiones salían toros de
presencia y armadura muy dignos de tomarse en serio. Pero, sobre todo, hay un
argumento serio también: el toro de aquel momento —fuese como fuese—, salía
para todos, no sólo para Manuel
Rodríguez. Pero éste se arrimaba más que todos, excepción hecha de Carlos
Arruza y Domingo Ortega, que no cedían ante ningún
rival.
El «afeitado» es otro
asunto. No nació, sin duda, en la época de Manolete, pero es incuestionable que
durante ella se sistematizó. Tengo por verosímil que esta práctica hubo de ser
en su principio cosa de los ganaderos, para «igualar» algún «encierro» de
cornamentas dispares. Pero de ahí se pasó al fraude tan cacareado y
evidentemente cierto de aquel momento, y de otros posteriores, sin excluir, por
desgracia, al actual.
Abordemos un problema
interesante. Una de dos: el «afeitado» sirve o no sirve; es o no eficaz, evita
el riesgo o no lo evita. Veamos, según cada hipótesis, la consecuencia.
Si evita el riesgo, no
sólo es un fraude inmediato contra el público, sino algo de mayor
trascendencia, una verdadera negación del fundamento del arte de torear.
El verdadero valor, la
verdadera importancia del riesgo en el toreo, no estriba tanto en la entereza
de ánimo que se necesita para afrontarlo cuanto en la exigencia de exactitud,
de precisión que establece para el artista.
Un paso adelante y
puede morir el hombre, un paso atrás y puede morir el arte.
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«Manolete mandó en su época como no mandaron en la suya ni siquiera Guerrita, ni siquiera Joselito» |
El toreo se hace sobre
una línea invisible, pero implacable.
Destruir esa línea,
escamotearla, es, por lo tanto, negar la esencia misma del toreo. Quitado el
riesgo, cualquiera puede entregarse a los intentos más aventurados, sin que
ello tenga que ver con la hazaña del verdadero artista.
Queda la otra
hipótesis: que el «afeitado» no sirva, en realidad, para una verdadera
protección del torero.
A un matador de toros
importante, cosido a cornadas, cuyo nombre omito por razones obvias, le
pregunté un día:
—De los toros que te
han herido, ¿cuáles crees que estuvieran «afeitados»?
—Todos —Me
respondió sin titubear.
—¿Entonces?
—El toro no hiere
únicamente por lo agudo de sus puntas, sino principalmente por su fuerza. Pero
pese a todo, el saber que está «arreglado» es un alivio psicológico, al que los
toreros no podemos sustraernos. Pienso que el toro en esas condiciones puede
ser menos certero, tener menos oportunidades, aunque no estoy muy seguro de
ello.
Desde luego, sé que un
toro «afeitado» me puede matar, pero lo toreo más tranquilo. Con razón o sin
ella, así es la cosa.
El público, víctima
del fraude, es el que menos se preocupa de él. Pero las autoridades están en su
papel al prevenirlo y sancionarlo. Todo lo que va contra la naturaleza de las
cosas debe combatirse.
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Los enemigos de Manolete le reprochan a éste, principalmente, su colocación "enfilada" con el toro. Plaza de Salamanca. Foto Hermer. |
El toreo de perfil
En el orden técnico, los enemigos
de Manolete
le reprochan a éste, principalmente, su colocación «enfilada» con el toro.
Manolete fue un torero
sumamente definido, casi exclusivamente de línea «natural». De ahí que, cuando
remataba una serie en redondo, solía hacerlo con un molinete, suerte banal, en
realidad una evasiva para evitar el pase de pecho, y que cuando por excepción
daba éste, le resultase tan esquemático, tan rígido. Podía ejecutar, por
supuesto, el toreo cambiado o contrario, pero no lo sentía, no le daba
expresión.
Por lo que hace al
toreo de perfil, me parece útil someter al juicio del lector las siguientes
proposiciones:
1. Al que torea de perfil, el toro le pasa por
todo el frente.
2. Al que torea de frente, el toro le pasa
solamente por el flanco.
El argumento cimero de
los antimanoletistas contra el toreo
de perfil, lo expresa Gregorio
Corrochano en su libro ¿Qué es torear?:
Para torear hay que enfrentarse al
toro.
Enfrentarse no es ir de costado.
Si al toro lo adormecieran con morfina,
el torero avanzaría
y pasaría al lado del toro, en línea
paralela, sin tropezar con él.
Peregrina
argumentación. Si lo malo es que toro y torero no puedan tropezar, de ahí
parece seguirse que lo bueno ha de ser lo contrario es decir, que toro y torero
tropiecen. Mas ¿en qué cabeza cabe que el toreo pueda basarse en el tropezón
del toro con el torero?
El tropezón físico es
la cogida.
Y el tropezón
geométrico, o colisión de líneas, obliga a una de dos: o echar al toro por
delante, desalojándolo con el engaño, o a irse el torero hacia atrás, «destoreando».
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«Sentía y realizaba el toreo de línea natural, donde es fundamental que el toro venga por su terreno, o se le haga venir por su terreno, sin expulsarlo» Sevilla, 18 de abril de 1945. Foto Finezas. |
Curiosamente, Corrochano agrega en el mismo libro:
El paralelismo del toro y el torero —el
perfil—, sólo debe darse
en el centro de la suertes, cuando el
torero que tomó al toro de
frente, va girando y, en el momento que
el toro le pasa,
los dos estarán de perfil y en líneas
paralelas, para que pueda cargarse
la suerte y el toreo adquiera más
desarrollo, más mando, más eficacia.
Otra vez, una de dos:
o el paralelismo es truco, o no es truco. Pero no se ve por qué haya de
ser truco en el cite, que es anterior a la suerte, preparación para ella, y no
sea truco en la suerte misma, en su cogollo, en su centro.
Manolete indudablemente, no se
situaba de perfil por «ventaja» —insinuación de cobardía, quiérase o no, por
parte de los impugnadores de su arte—. Se situaba así por dos razones que me
parecen claras.
Primera, que sentía y
realizaba el toreo de «línea natural», en el que es fundamental que toro venga
por su terreno, o se le haga venir por su terreno, sin expulsarlo.
Segunda,
que esa colocación era un medio para poder llegar más cerca, para aproximarse a
un tipo de toros quedados, que requieren un cite sumamente en corto. Y así eran, en su
mayoría, los que salían al ruedo en su época, en su momento.
Bueno es zanjar el
paso a una posible objeción: la de que Manolete también se situaba así para
citar de largo. Naturalmente, porque su toreo tenía unidad de sistema. No se ve
por qué habría de utilizar un modo para torear de largo y otro para
torear en corto. Lo técnico en un sistema es que, sin salirse de él, sirva para
resolver todas las posibilidades.
La prueba de que
estaba en lo justo es que su colocación primitiva le servía para torear desde
cualquier distancia, incluso la mínima, sin que para ello tuviera que corregir
ni su postura ni su línea de colocación con el toro. A un palmo, o a diez
metros, su sistema era igualmente valedero.
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«El toreo de perfil de Manolete era un riguroso sistema, no una pícara estratagema». Foto Mari |
En cualquier
disciplina, un principio se revela como justo cuando, al aplicarlo, sirve para
resolver todos los aspectos de un problema, no unos sí y otros no.
Por donde quiera que
se le vea, el toreo de perfil de Manolete era un riguroso sistema, no
una pícara estratagema.
Tengo a Manuel Rodríguez Sánchez por uno
de los toreros más inteligentes con quienes he hablado en mi vida. No siempre
los grandes actores conocen, y menos explican con justa visión, el sentido, los
límites, el alcance de su arte.
De la clarividencia de
Manolete
me había yo dado cuenta al verlo torear y antes de hablar con él.
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«Manolete no prejuzgaba, le preguntaba al toro» México, 2 de febrero de 1947. |
Recuerdo que,
acostumbrada mi sensibilidad de aficionado a los ayudados por alto de Belmonte, en que «barría los lomos», me
dejó frío el primer ayudado alto que le vi a Manolete, un pase «de
telón», sin acompañar al toro, elemental y esquemático. Pero pronto caí en la
cuenta de que aquello tenía una intención funcional. Belmonte, por darle belleza al pase, sujetaba el toro, lo retenía,
lo determinaba; Manolete lo que hacía era dejarlo, para que el toro revelara su
condición. De este modo, con el solo muletazo inicial de la faena, tenía ya los
datos esenciales sobre el toro. En efecto, como se colocaba perfilado y fuera
de distancia, para ir ganando los pasos laterales rumbo al toro, era éste el
que le decía cuál era su distancia de arrancada. Después, dejándolo suelto en
el pase alto, el propio toro le revelaba también en qué proporción se revolvía.
Manolete no prejuzgaba: le
preguntaba al toro.
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«Manolete fue un torero sin fantasía, pero con una lógica irrefutable». Alicante, 29 de junio de 1947. Foto Finezas. |
Todo eso, y lo demás,
era tan lógico como la colocación perfilada. Manolete fue un torero
sin fantasía, pero con una lógica irrefutable. Y al servicio de ella, un valor
y una fuerza de carácter que llevaron un sistema, y hasta una línea completa
del arte —el toreo «natural»— a una cúspide de eficacia hasta entonces no
sospechada: esa línea del toreo cuyo desarrollo hemos visto a través de la
historia, del silencio de Pedro Romero al silencio de Manolete.
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Manolete en el cuadro de Daniel Vázquez Díaz |
Suplemento literario
A Manuel Rodríguez «Manolete»
Estás tan fijo, ya,
tan alejado,
que la mano del Greco
no podría
dar más profundidad,
más lejanía
a tu sombra de mártir
expoliado.
Te veo ante tu Dios, el
toro al lado,
en un ruedo sin
límites, sin día,
a ti que eras una
epifanía
y hoy eres un estoque
abandonado.
Bajo el hueso amarillo
de la frente,
tus ojos ya sin ojos,
sin deseo,
radiográfico, mítico,
ascendente.
Fiel a ti mismo, de
perfil te veo,
como ya te verás
eternamente,
esqueleto inmutable
del toreo.
JOSÉ ALAMEDA
«José Alameda», seudónimo de Luis Carlos Fernández López-Valdemoro (1912-1990), fue un escritor, periodista taurino y poeta madrileño, que residió y murió en México, donde desarrolló su magistral obra como
escritor y crítico taurino.
El texto anterior es el capítulo dedicado a Manolete de su excepcional libro «El Hilo del Toreo», obra agotada de la colección «La
Tauromaquia» (Editorial Espasa Calpe, Madrid 1989), que por su importante valor histórico rescatamos, con intención de facilitar su lectura a los aficionados que no han tenido la posibilidad de adquirirlo para acceder al magisterio de sus páginas.
VER ENTRADA RELACIONADA: «EL QUEHACER DE REGULAR EL ARTE» de Germán Lebatard