Premio del concurso literario convocado por el Ayuntamiento
de Córdoba en los actos conmemorativos del cincuenta aniversario de la muerte de Manolete (1997).
Manolete enseñoreó el toreo. Lima, 12 octubre 1946 |
Manolo: en mi lento discurrir
por los actos que esta Córdoba tuya organiza para conmemorar tu muerte gloriosa
hace medio siglo, con sus dosis de folklore y donde no han faltado graves
ofensas a tu memoria, he vuelto recalar por el Museo Taurino Municipal en la
bonita plaza de las Bulas, donde celebraban sus fiestas infantiles las amables
criaturas de don Luis de Góngora. He
subido a la sala donde se custodian -se veneran, mejor- tus recuerdos, en medio
de la cual duermes tu sueño tranquilo en el modelo que Ruiz Olmos confeccionó para tu mausoleo. Al costado, la piel
de Islero, con el ojal abierto por tu
estoque en la mismísima cruz. Allí os ha juntado la muerte, ya sin rencor y sin
bravura, y así os contemplo en esta luminosa mañana otoñal, cuya dulce claridad
recorta tu sereno perfil de cordobés señero y majestuoso, como el de Lagartijo
que en el caballo de Las Tendillas
suplanta a la del Gran Capitán; y no
es disparatada la comparación porque tú fuiste también Gran Capitán de la Tauromaquia y Califa del toreo.
La tensión en el rostro de quien se juega la vida |
A tus pies hay una vitrina con diversos objetos y
recuerdos de tu paso por los ruedos y por la vida; en el centro, el traje corto
de etiqueta con el que apabullaste en el Lhardy
madrileño la elegancia importada de quienes te rendían -con sus altos discursos
y hermosas estrofas- el mejor de los homenajes. Me parece, no estoy seguro, que
allí estuvo también alguna vez el vestido de la fatídica tarde linarense que
inspiró al poeta: “De rosa pálido y oro/hace el diestro el paseíllo./Sobre el
albero amarillo/cruje la furia del toro /La gente, en injusto coro/contra el Califa
arremete;/pone su vida en un brete/el pundonor del torero/¡y luego dicen que es
Islero/fue quien mató a Manolete!”/.
Pero allí, entre cosas de diversa importancia, hay una
que me ha llamado poderosamente la atención: tu montera, la única que usaste en
tu brillante carrera, la que llegó a ser corona imperial de tu califato y
terminó siendo tu corona de espinas; la que encierra en su hueco toda la grandeza
de tu torería.
No puedes figurarte, Manolo, la emoción con que he
acariciado en mis temblorosas manos tan singular objeto; y me he preguntado qué
sería de ella cuando en el coso de Linares caíste herido de muerte y se quedó
esperando tu regreso imposible entre barreras. Pienso que tu mozo de estoques
doblaría nerviosamente tus capotes, esas grandes mariposas con los
colores de nuestra bandera (¡hasta eso se está perdiendo!) que revoloteaban
grácilmente en tus manos como un prodigio de luz y color, con la suavidad de
una caricia y la fuerza de un látigo que paraba la primeriza acometida de los
toros. Después, también para el esportón, desarmaba y planchaba las muletas (“ave
con ala escondida/es tu muleta plegada”); y al introducir en el fundón de los estoques
el último que usaste oiría como este susurraba a sus compañeros: “He vengado la
muerte del maestro”. Mientras, como la lira del poeta, tu montera quedaba sola
en cualquier rincón hasta que alguien la recogiera y, dentro de su funda de
cuero, llegaría a tu casa, a la que había sido tu casa. Algún tiempo después,
tu familia la depositó en este museo, en esta vitrina, y entre tantas otras
cosas, pasa casi desapercibida para las visitas, turísticas o no. Y sin
embargo, ¡qué objeto más significativo de tu vida taurina!
No podía soñar el madrileño sastre de toreros Juan
Jiménez, establecido en la calle del Prado -la del Ateneo- cuando te
proporcionó esta prenda bastantes años atrás, que iba a rematar la enhiesta y
majestuosa figura del diestro cordobés más grande del siglo veinte. Y que
ninguno de los objetos que ibas a usar a lo largo de tu quehacer profesional iba
a ser único, y a tener tan brillante ejecutoria como esta montera, esta que
acarician mis manos pecadoras. Y al contemplarla me pregunto: ¿con qué mezcla
de emoción y nerviosismo te la encasquetarías en tus primeras actuaciones? ¿Cuántas
veces harías el paseíllo con ella en la mano, como una prolongación natural de
tu arqueado brazo derecho -apenas doblado por el codo- cuando estrenabas albero?
¿Cómo sería el vuelo de tu montera, como una paloma escapada de tu mano, cuando
cruzaba el aire calino y denso de los tendidos en busca del afortunado a quien
distinguías con tu brindis? ¿Qué caricias te transmitiría después de sentirse
apretada contra el palpitante seno de una mujer hermosa a quien ofrecías el
holocausto de la muerte del toro… O la tuya? ¿Cómo sentiría el nervioso
palpitar de tus sienes en momentos de angustia o de peligro? ¿Cómo gozaría de
tu gloria en los paseos triunfales por los ruedos, cuando la alzabas en tu mano
derecha saludando al público enfebrecido y entregado a tu arte singular,
valeroso y sereno?
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Cumplimentando con su montera |
Pienso en las veces que este forro de seda blanca empapó
tus sudores de calor y de coraje; en los “diálogos” que mantuviera con el
mechón blanco que apareció en tu frente, como airoso destello de tu brillante
carrera; en las largas esperas por fondas y hoteles rematando “la silla”; en
los miles de kilómetros que recorriera encerrada en su funda, que tenía como
dos alas similares a las del hierro de Miura.
Era, Manolo, lo último que te ponías y lo primero que te
quitabas. Y así como hubiste de desechar trajes estropeados por el uso o las
cogidas, y renovar capotes rajados por los toros, y reponer muletas
inservibles, tu montera te fue fiel hasta la muerte, y hasta después de muerto
sigue compartiendo contigo -aquí dormido en piedra- estancia y techo. En esta
fidelidad le ganó a Lupe Sino. Y tu montera que, igual que tú, fue acariciada
por la poderosa mano de Jefes de Estado y altos dignatarios, y por la modesta
de fervientes y leales hombres del pueblo, no perdió nunca la sencillez que tú
le habías imbuido tarde tras tarde, hasta encontrarse aquí casi imperceptible.
Pero todo esto no es, no puede ser casual; porque el Califato
taurino tiene más de un siglo de historia y eso no se inventa ni desaparece. Mira
Manuel: el primer Califa, cuya sangre se cruzó con la de tu madre en su primer
matrimonio, le entregó el cetro del Califato al segundo, su discípulo Rafael Guerra, y no hubo entre ambos solución de continuidad. Pero cuando Guerrita se retiró (“no me voy de los
toros, me echan”, como te estaba pasando a ti) en 1899 no tenía a quien
traspasarle el honroso título. Es verdad que a primeros de este siglo surgió la
impresionante figura de Machaquito
que ha sido, a mi entender, el que mejor ha llevado durante el mismo el nombre
de su profesión: MATADOR DE TOROS; pero sus inimitables estocadas creo yo que
no le elevaron por encima de la gracia y el arte de su contemporáneo Bombita, y que por ello no llegó a
alcanzar el Califato.
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Sevilla, abril de 1941. Manolete, montera en mano, pasea un rabo en la Maestranza. |
Y así las cosas, el
Guerra, con la paciencia y el senequismo de un gran cordobés, al par que la
fe de un buen creyente, se sentó en su “palco de la calle Gondomar” ostentando
brillantemente su condición de torero para demostrar que seguía ejerciendo el Califato
-¡genio y figura!-, a esperar la llegada de su sucesor, seguro de que alguien le
pediría el traspaso de poderes. Y esta espera duró más de cuarenta años,
Manuel, once años más que lo que tú viviste, sufriendo a la mitad de ella la
dolorosa pérdida de su admirado y querido Joselito;
pero nada ni nadie lo apartó de su sitio. Y ese mesías que esperaba fue el hijo
del Sagañón, tú mismo, a cuyo bautizo
no asistió por algunas diferencias que mantuvo con tu padre pero te
envío, como primicia de una futura unción, una medalla con la efigie de San
Rafael que llevaste siempre al cuello. Fue como si Guerrita presintiera tu destino, y un día, cercana ya su muerte, te
oyera repetir las firmes palabras del Custodio: “Te juro por Jesucristo Crucificado
que yo soy “… El nuevo califa. Y se murió con la tranquilidad de ver que el
cetro de la Tauromaquia estaba en buenas manos. En las tuyas, Manolo, en esas
que ahora mantienes cruzadas sobre tu pecho y que tantas veces sostuvieron tu
montera, negra como tus ojos tristes, negra como tu pena, y blanca por dentro
como tu sencillez de niño grande.
Pero tú no pudiste hacer lo mismo, porque en plena
madurez y juventud se cumplieron las palabras del poeta que mejor cantó la
muerte de un torero, y que también murió trágicamente en otra madrugada de otro
agosto: “Voces de muerte sonaron/cerca del Guadalquivir“. Y a la vera de la romana
Cástulo, entre un aire de tarantas dolientes, te dormiste para siempre. Mas no
se quedó Córdoba huérfana de toreros ni se quedará nunca; sino que esa montera
que parece dormir a tus pies no es solo un recuerdo, sino también y sobre todo,
una promesa que aguarda, como Guerrita,
la llegada de tu sucesor. Lleva más de cincuenta años esperando; pero, ¿qué son
cincuenta años en una ciudad que hace diez siglos era el centro del mundo? Más
años tienen el puente y la Mezquita, y ahí siguen como símbolos de la
perennidad de lo cordobés. Por eso tengo la seguridad de que en el próximo
siglo un paisano tuyo te pedirá que le corones con ella como nuevo Califa de la
tauromaquia.
Y mientras, se me antoja que este sueño tuyo vigila tan
valiosa prenda para que nadie la profane. No ha sido profanación el que yo, en
la parte superior de su casquete, el punto más alto de la torería cordobesa
de todo un siglo, haya dejado un beso trémulo; y me ha parecido que en ese
momento la cicatriz de tu cara se distendía y que por tus labios, como un
relámpago, pasó una leve sonrisa. Y es que después de besar esa reliquia yo te
confieso, Manolo, que otra vez creo en los milagros.
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"La tarde de Santander". (26 de agosto de 1947) |
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El gran aficionado cordobés don Carlos Valverde Castilla (Priego de Córdoba, 1928-Córdoba, 2019) |