Por Antonio Luis Aguilera
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Rafael Molina Sánchez "Lagartijo" |
En ese barrio, situado
en el "Campo de la Merced",
junto a la albarrana Torre de la "Malmuerta", vivían carniceros,
matarifes, tratantes de ganado. También, una chiquillería desarrapada y huérfana
de escuela para la clase pobre, demasiada en Córdoba a mediados del siglo XIX,
donde el azote del paro y la miseria motivaba a los nenes a jugar al toro en
las plazuelas, y a buscar el aprendizaje furtivo ante las reses destinadas para
el abasto público, soñando con emular algún día las hazañas de los toreros
célebres del barrio, como Francisco González “Panchón” o José
Dámaso Rodríguez “Pepete”.
Escasos
palmos de altura debía levantar el chiquillo Rafael Molina Sánchez, cuando ingresó en el Matadero Municipal de Córdoba como mozo de nave, empleo
que le duró un suspiro, por estar más pendiente de las vacas y becerros que
llegaban a las corraletas, que de las obligaciones propias del jornal, y aguardar
siempre el descuido del encargado del recinto, para trepar por tapias y muros con
la habilidad de una lagartija, hasta saltar y ponerse ante las reses. Sus proezas fueron
conocidas por el alcalde de la ciudad, señor García Lovera, que ordenó
su inmediata expulsión y detención en caso de reincidir en sus andanzas
toreras.
Pero estas otorgaron a Rafael
gran fama entre los vecinos, que pronto le llamaron “Lagartijo”, por su destreza para escalar muros y por la impropia habilidad que a su edad
mostraba ante las reses, cualidad que pronto difundieron los comentarios de los empleados del Matadero.
Tal era su grado de afición e inmenso valor, que con solo diez años de edad echó
su primer paseíllo en la plaza de “Los Tejares”, actuando como
banderillero en la cuadrilla de jóvenes cordobeses, capitaneada por su vecino Antonio
Luque “Camará”, acontecimiento que tuvo lugar el 8 de septiembre
de 1852, en la corrida mixta organizada por el Ayuntamiento para conmemorar la
festividad de la “Virgen de la Fuensanta ”.
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Rafael Molina, liado en el capote de seda |
Tan grande fue el
éxito de Rafael, que veinte días después repitió actuación, pero en esta
ocasión su nombre ya figuraba el primero entre los banderilleros del cartel, no
el último como en la fecha del debut. Tras sumar varios espectáculos con la
cuadrilla juvenil, “Lagartijo” decidió dedicarse al toreo
profesional, siendo su primer ajuste con el infortunado “Pepete”.
Después formaría parte de las cuadrillas de los hermanos Carmona,
conocidos como “Los Panaderos”, integrándose definitivamente en
la de Antonio, “El Gordito”, que sería su maestro.
A sus
órdenes actuó por primera vez en la plaza de Madrid el 13 de septiembre de 1863,
donde al tomar las banderillas el público le pidió que las clavara al quiebro,
invención y especialidad de su maestro. Rafael accedió y sorprendió a la
concurrencia por su inusual destreza. Tan grande fue el alboroto que formó el novel, que las crónicas del
festejo recogieron la hazaña. Pérez de Guzmán, escribió: “... Lagartijo
echóse hacia los tercios y alegrando al toro lo aguantó hasta el momento de
meterle la cabeza, en cuyo acto se cambió con tal aplomo, arte y serenidad,
metiendo los brazos y resultando un par tan perfectamente puesto y en tan buen
sitio, que el público no pudo por menos de admirarse de quien aquello hacia
hubiera estado alejado del circo de Madrid hasta aquel día."
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Rafael en traje corto |
El 29 de septiembre de
1865, en la plaza de Úbeda (Jaén), su maestro ofició la ceremonia cediéndole el
toro “Carabuco”, de la Marquesa viuda de Ontiveros.
Pocos días después, el 15 de octubre, confirmó en Madrid con “Barrigón”
de doña Gala Ortiz, oficiando como padrino el espada
madrileño Cayetano Sanz, y completando cartel “El Gordito”.
El público pronto tomó partido por el nuevo espada, y su nombre se hizo
indispensable en el orden taurino, mientras pasaban a un segundo plano
matadores como Cayetano Sanz, “Curro Cúchares”, Manuel
Domínguez, “El Tato”, o “El Gordito”.
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Salvador Sánchez "Frascuelo" |
La elegancia natural
de “Lagartijo”, su quietud, y
el fino trazo de su toreo, pronto le convirtieron en el torero predilecto de la
afición, que observaba como destacaba entre todos los que antes habían sido sus
espadas favoritos. No ocurrió así con Salvador Sánchez “Frascuelo”, torero granadino con quien durante veintidós años protagonizaría una noble
competencia. Ambos dieron contenido a la época que fue conocida como la “edad de oro del toreo”, título que
volvería a rotular la competencia que en el siglo XX protagonizarían “Joselito”
y Belmonte.
¿Pero cómo fue “Lagartijo”
para ser considerado uno de los toreros más importantes de todos los tiempos? Se
ha escrito tanto que hasta la época de “Joselito” y Belmonte los
toreros se quitaban cuando llegaba el toro, que la propia historia ofrece una
imagen distorsionada sobre la evolución del toreo, más avanzada en el curso del
tiempo de lo que algunos historiadores invitan a figurar. Por esta razón, conviene
considerar que aunque en el toreo actual la faena de muleta haya adquirido un protagonismo
que nunca tuvo, ello no debe ocultar que ese toreo de quietud, con menor grado de sosiego, no hubiera existido antes.
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"Lagartijo" en el ruedo |
Porque esa cualidad
debió tener el toreo de Rafael Molina para contar con la bendición del público durante veintiocho años, en los que contabilizó 1.632 corridas, de
las que 404 tuvieron lugar en la plaza de Madrid. Para José María de Cossío
la carrera taurina de “Lagartijo”, a quien compara con el
legendario Pedro Romero, no tiene par en la historia. El célebre
historiador se hace eco de su elegante magisterio, cimentado en un valor
auténtico, y caracterizado por la belleza plástica de un admirable toreo de
capa, una prodigiosa capacidad como banderillero, su portentoso dominio de
muleta, y la formidable forma de ejecutar la estocada en sus primeros años.
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Busto del torero en la calle Osario |
Más revelador aún resulta el testimonio que sobre el torero cordobés escribió Antonio Peña y Goñi, que en su libro “Lagartijo y
Frascuelo y su tiempo”, donde se declara frascuelista,
no tiene inconveniente en detallar magistralmente la verdadera dimensión
taurina del "Califa", desarmando el juicio de quienes incluyen a
“Lagartijo” en la nómina de espadas que ejecutaron
un toreo donde prevalecía el nerviosismo de piernas. Gracias al legado histórico
de Peña y Goñi, sabemos que ante un toro de mayor edad y sentido, de
cornamentas desproporcionadas, y con una conducta donde el genio prevalecía
sobre la bravura, la majestuosa serenidad de Rafael Molina Sánchez
destacó sobre el bullir de todos los espadas con los que compartió cartel. Basta con prestar
atención a los siguientes párrafos:
- “Lagartijo”
torea con el busto; los pies no hacen sino acompañar los cadenciosos
movimientos de una cintura flexible que imprime a todo el cuerpo ondulaciones
llenas de abandono y gracia...”
-“... el fondo y la
forma, en fin, se dan la mano para hacer de “Lagartijo” la
personificación del toreo más perfecto que haya podido existir, desde que hay
toreros en el mundo”.
-“... Rafael
no bulle jamás en la brega; está en ella como en terreno conquistado, anda más
que corre, pisa siempre en firme y cae a plomo”.
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Rafael, foto de estudio |
Tras esta
inigualable revelación, el autor deja a un lado su pasión por Salvador
Sánchez, para reflexionar históricamente sobre la figura de Rafael
Molina:
“... el toreo de “Lagartijo” ha
venido precisamente a limpiar con su aplomo y su elegancia toda la parte
movida, chabacana y falsa del arte de torear de “Cúchares”, que heredó Antonio
Carmona (Gordito), y transmitió éste a Rafael. Lejos de
“correr delante de los toros”, “Lagartijo” ha venido a detenerse ante
ellos, reemplazando lo artificial y forzado de lo cómico, con el poder y la
verdad de lo bello; y su toreo ha sabido volver a su primitivo cauce las reglas
de un arte que el temperamento de Rafael Molina y su maestría han
llevado a su más acabada perfección”.
Profundizando el
análisis sobre aquella figura legendaria del toreo, a quien proclamó "Califa" la ingeniosa hipérbole del maestro de periodistas Mariano de Cavia, conviene cotejar otro importante testimonio, que nos detalla cómo era la verónica de “Lagartijo”. En esta ocasión corresponde
a Natalio Rivas, que en su libro “Los toreros del Romanticismo”,
escribe sobre el espada cordobés:
“La verónica,
imponiendo al viaje la línea recta, para hacer pasar al toro de cabeza a rabo,
rozando con el cuerpo del capeador, sin trampas ni artificios y conservando
fijos los pies, tuvo en Rafael un cultivador formidable”.
Los valiosos testimonios de estos escritores, que contemplaron y analizaron el
toreo de Rafael Molina “Lagartijo”, demuestran que el
célebre espada cordobés fue torero por naturaleza. Su valor seco e inigualable personalidad,
el excepcional conocimiento de los toros y elegante dominio de los tercios
de la lidia, la templanza en las suertes y el señorial ritmo en su ejecución, invitan
a imaginar que su forma de ser y estar en los ruedos, debió de ser tan seductora
para el público de su época como lo sigue siendo en la historia del toreo,
donde la perspectiva del tiempo otorga a su figura esa privilegiada aureola de
torero único, que lo corona como uno de los protagonistas definitivos de la Tauromaquia.
1 comentario:
Ante tanto detalle pormenorizado, que viene a enaltecer el mundo taurino, yo me pregunto:
¿sólo por cuatro o cinco votos de diferencia, en un Ayuntamiento, se puede prescindir de algo, con tanta valía histórica?
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