Su verdadero nombre era Antonia Bronchalo Lopesino y nació en Sayatón, provincia de Guadalajara –no era
mexicana como se ha llegado a publicar– cuatro meses antes de que en Córdoba naciera Manuel Rodríguez Sánchez. Su segundo
apellido se transformó en nombre artístico: Lupe Sino. Sin duda alguna Antoñita fue el gran amor de Manolete, que vivió libremente en la postguerra española su relación de pareja, algo entonces anormal y que no llegaría a "normalizarse" hasta varias décadas después para la ciudadanía de esta nación. Adelantarse a su época para vivir esa libertad tuvo un precio, pero el torero no solo era valiente en el ruedo sino también en la
vida, y no escondió a la mujer que lo hizo feliz, aquella alcarreña que
consiguió dibujar las mejores sonrisas en los labios de un hombre serio, la
que le hizo ver que más allá del hermético mundo del toro había vida, y quien le advirtió que estaba en el centro de una peligrosa espiral que podía terminar en tragedia. Pensaba y manifestó públicamente que no
dejarían tranquilo a Manolete hasta que lo matara un
toro.
En el año 1946 logró apartarlo de los ruedos –solo toreó la corrida de Beneficencia de Madrid en la temporada española– para que disfrutara de la tranquilidad de una vida rural en paz, gozando de la naturaleza y de su presencia, conviviendo cotidianamente con la gente sencilla del pueblo. Manolo y Antoñita hallaron lo que buscaban en Fuentelaencina (Guadalajara), donde residieron largas temporadas alejados de los ruedos, y donde el torero aprendió a nadar en una poza que él mismo ayudó a cavar con Juan Padilla, su futuro cuñado por parte de ella, y un buen amigo bilbaíno, el fotógrafo José María Lara.
En el año 1946 logró apartarlo de los ruedos –solo toreó la corrida de Beneficencia de Madrid en la temporada española– para que disfrutara de la tranquilidad de una vida rural en paz, gozando de la naturaleza y de su presencia, conviviendo cotidianamente con la gente sencilla del pueblo. Manolo y Antoñita hallaron lo que buscaban en Fuentelaencina (Guadalajara), donde residieron largas temporadas alejados de los ruedos, y donde el torero aprendió a nadar en una poza que él mismo ayudó a cavar con Juan Padilla, su futuro cuñado por parte de ella, y un buen amigo bilbaíno, el fotógrafo José María Lara.
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Rumbo a México en 1946. Foto José María Lara |
También fueron felices en México, la nación que tanto quiso el torero cordobés, donde nadie echaba cuentas de su vida personal ni preocupaba poco o mucho si estaba casado, porque lo que de verdad admiraba aquella afición era su figura y su toreo. Allí gozaron de la libertad
que pretendieron limitarle en la triste España de la postguerra, la de palio y humaredas de incienso en las catedrales para el militar triunfador, la del pensamiento único
y sospechas permanentes, la de miseria social y mucho miedo silenciado, la de imágenes en blanco
y negro del NO-DO, el boletín publicitario del régimen para propagar las proezas del caudillo héroe de la
cruzada, la que miraba con cauteloso recelo el romance del torero más famoso del momento con la actriz que
había estado casada con un militar republicano. Difícil época para dos enamorados que decidieron convivir juntos para otorgarse cariño, respeto y
confianza, para vivir su romance por encima de las condenas que recibía la relación. ¿Qué mal hicieron a nadie? ¿Por qué profirieron a Antoñita los peores
insultos con que se puede ofender a una mujer?
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Fuentelencina, verano de 1946. Foto José María Lara |
Vivir juntos bajo un mismo techo sin estar casados no era
aceptable en España, donde los celosos vigilantes del nacional catolicismo tanto se
preocupaban del orden y la decencia, procurando mantener a raya una moral ciudadana ejemplar, aunque mirasen hacia otro lado con no pocos terratenientes que, además
de esposa y un montón de hijos, tenían su querida, lo que solía considerarse un pecado menor, por supuesto en virtud del peculio que atesorasen, que se justificaba con frases expiatorias como “algún
defecto ha de tener, pero es una persona muy buena que socorre siempre a los pobres”.
Manolete
se puso el mundo por montera y colocó su capote de paseo sobre el hombro de su novia, haciendo frente a la hipocresía de su tiempo para
ser feliz con Lupe, a la que siempre llamaba Antoñita, la mujer con la que hizo una
de las mejores faenas de su vida, y con la que descubrió que además de torero
era un ser humano, que como tal necesitaba querer y sentirse querido para hallar
sentido a su existencia.
Por supuesto esta faena no recibió ovaciones, sino la severa censura y feroz oposición
de su madre –que sería "oficialmente” la mujer de su vida, como si el amor a una madre estuviera reñido con el de la mujer amada–, de algunos miembros de su
cuadrilla, que incluso llamaron “serpiente” a la mujer de la que estaba enamorado, ignorando el más
elemental respeto no solo a la compañera del torero, sino a quien además de jefe
de filas era amigo y “padre protector” de todos. También recibió la
desaprobación de algunos que presumían de ser sus amigos, sin saber quizás el significado
de esa palabra, quienes estuvieron más preocupados de propagar la moral religiosa, que de mirarse en el sabio refranero español para comprender ese que dice: “Consejos vendo y para mí no tengo”.
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Antoñita luce el capotillo de Manolo |
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Antoñita y Manolo habían previsto su boda en Barcelona en octubre de 1947 |
La temporada de 1947 resultó vertiginosa
para Manolete.
Ya nada era como antes. El torero no se sentía a gusto toreando y había pedido a su apoderado que no le firmara más festejos, pero este hizo caso omiso y rubricó una
exclusiva con Pedro Balañá de
cuarenta corridas de toros, entre la que estaba una de Miura en Linares en el
mes de agosto, cuando el espada se hallaba en unas condiciones físicas y anímicas no adecuadas para tanta responsabilidad. Mas la honradez y el compromiso íntegro del torero con su
profesión le impulsó a cumplir las tardes firmadas, luchando en los ruedos por mantener su condición de primerísima figura del
toreo, y fuera de ellos por proteger a la mujer con la que iba a casarse en Barcelona
en octubre de 1947, como confesó al crítico Antonio
Bellón la noche del 27 de agosto, mientras conducía su coche desde Manzanares
a Linares, para pedirle un favor que consideraba que solo él podía hacer: convencer
a su madre para llevarla a su boda, a la que se negaba asistir. Aquella dolorosa petición mostraba el sufrimiento y la tristeza de un ser humano famoso, rico y con treinta
años de edad, al que no dejaban vivir en paz y entre todos iban a derribar: prensa, público y,
seguramente sin ser consciente de ello, su propia familia.
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Antoñita y Manolo. Estoril 1946. Foto José María Lara |
Lo que ocurrió en Linares era
previsible con ese estado físico y anímico. Islero pasó por allí para
cargar con tanta culpa inconfesable. Mas en el pueblo minero hubo otra víctima,
Antoñita,
que avisada por el mozo de espadas Máximo Montes Chimo –que tenía orden expresa del
torero para telefonearla todas las tardes de corrida y darle novedades–
llegó al hospital para estar junto a Manolo, pero Álvaro Domecq y Camará
no la dejaron entrar en la habitación del herido. No la aceptaban e impusieron su voluntad. ¿A un amigo en el lecho de muerte se le hace eso? Para colmo, una vez fallecido el torero se difundió por su entorno que la relación con Lupe llevaba tiempo rota. Mas lo cierto y verdad es que manejaron su agonía con una crueldad
impropia en quienes constantemente hablaban como si predicaran en lo alto de un púlpito. Si la religión no sirve para hacer mejores a las personas ¿para qué
sirve? ¿Temían un posible matrimonio en esos instantes que hubiera convertido a la novia
de Manolete
en la viuda más rica de España? Por si acaso, con el engaño de que si el torero preguntaba
por ella la llamarían, cuando el pobre de Manolo no sabía ni iba a saber nunca que Antoñita estaba allí, impidieron
que ambos vivieran la cercanía íntima y el calor humano del último encuentro. Muerto el torero dijeron a aquella mujer destrozada por la pena que ya podía pasar. El frío manejo
del duelo en esa larga noche de tristeza y dolor aseguraba que la fortuna no cambiaría de herederos. Los sentimientos de la compañera importaban poco. ¿Qué habría pensado Manolete
de todo lo ocurrido si hubiera superado la cornada? ¿Habría aprobado la conducta
de sus “íntimos amigos” con Antoñita?
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Manolete y Antoñita, cogidos de la mano, como una pareja de enamorados. Fuentelaencina, verano de 1946. Foto José Mª Lara |
Llegaba el momento de trasladar los
restos del torero a Córdoba. En Linares había terminado el acoso y derribo a uno de los toreros más importantes de todos los tiempos, mientras que para Antoñita, como si tampoco ya existiera, no había sitio en ninguna parte ni nadie se interesó en preguntar sobre su asistencia al duelo. En
Córdoba no tenía sitio la mujer que convivió con el torero durante más
de tres años. Conmovido por la tristeza y crueldad ante el desprecio más absoluto a una mujer rota y abandonada, Luis
Miguel Dominguín se ofreció para llevarla en su coche a Madrid. Manuel había emprendido un viaje sin retorno. Ella iniciaba otro demasiado incierto, que por supuesto no estuvo exento de vetos y dificultades. No dudaron en pasarle factura cuando no estaba para protegerla el hombre que amaba.